paradigmas

23 août, 2006

el estatuto epistemológico de la ciencia política – notas para una reflexión crítica

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PROLOGO

 

 

Preguntarse que es la Politica es tan complejo de responder como preguntarse que es la Ciencia Politica.
 

¿Es la Ciencia Politica una ciencia y porqué?   Analicemos en primer lugar el estatuto científico y epistemológico de esta disciplina y a continuación los campos o ámbitos del conocimiento que abarca su estudio.
 

Este esquema de clases tiene por objeto sintetizar -con fines pedagógicos- los conceptos básicos de los contenidos que se imparten en el aula en el marco de la carrera de Ciencias Políticas y que no los sustituyen.
 

Punta Arenas – Magallanes, diciembre de 2005.
 

 

LA PREHISTORIA DE LA CIENCIA POLITICA:

FILOSOFOS, HISTORIADORES Y JURISTAS EN LA ANTIGUEDAD

 

 

Aun cuando los inicios históricos de la Ciencia Politica han sido situados en las obras de Platon y Aristoteles en la Grecia antigua, en realidad, los fundamentos epistemologicos y conceptuales de la Ciencia Politica fueron puestos a partir de Maquiavelo y otros pensadores europeos en el siglo XV y XVI y a lo largo de tres siglos, hasta llegar al siglo XX en el que esta disciplina se independiza de la Filosofia, de la Historia, del Derecho y de la Administración, para devenir una ciencia social autonoma.
 

La reflexión sobre la política se inicia entonces en la Grecia Antigua y en Roma, a partir de dos fuentes distintas pero interconectadas: la Filosofía, la Historia y el Derecho.   Fueron los pensadores griegos los primeros que – a partir de la experiencia de la polis y de las confederaciones de ciudades griegas frente al peligro asiático y persa- que configuraron los primeros conceptos teóricos acerca de la Política: las nociones de democracia, de libertad, de justicia, de igualdad, de política, de Estado, surgen en esta primera etapa. 
 

Platón y Aristóteles son aquí los fundadores de grandes corrientes de pensamiento politológico, donde encontraremos una tendencia hacia el idealismo a partir de Platón, y una tendencia hacia al realismo en Aristóteles.
 

La Filosofía piensa la política, reflexiona sobre sus fundamentos conceptuales y éticos, mientras que la Historia describe y ordena los hechos del pasado y busca comprender su sentido, finalidad y trayectoria.  Por lo tanto, podemos afirmar que la primera forma de reflexión política en la historia de Occidente fue la reflexión filosófica y el conocimiento histórico.
 

En este período –estamos en la Antigüedad- la reflexión política aparece mezclada con la comprensión de la Historia y adquiere un carácter de pensamiento filosófico.   Historia y Filosofía son entonces las disciplinas a partir de las cuales va a surgir y se desarrollará la Ciencia Política.  Es una etapa, además, en la que hay reflexión política, es decir, hay un esfuerzo racional por “pensar la política” a partir de las realidades políticas presentes y pasadas, pero no existe todavía un esfuerzo de sistematización científica de las ideas y experiencias.
 

Los romanos aportaron una tercera forma de pensar la Política: el Derecho.   La enorme construcción jurídica realizada por Roma, desde los tiempos de la República y a través del Imperio, fue la forma cómo fue pensada y realizada la vida política en aquella época.   Marco Tulio Cicerón es aquí la figura principal.
 

En esta primera fase histórica entonces, la Política aparece sumergida al interior de la Filosofía, la Historia y el Derecho.
 

 

EL MOMENTO INICIAL DE LA POLÍTICA COMO CIENCIA:
EL RENACIMIENTO Y EL HUMANISMO
 

 

Hasta aquí, pasado el Imperio Romano y desarrolladas las experiencias de los Estados feudales, todavía no podemos hablar de una Ciencia de la Política, sólo de formas de pensamiento político no sistematizadas.
 

Sin embargo, el esfuerzo de Nicolás Maquiavelo y otros pensadores del Renacimiento europeo, constituye el momento de formación de la Política como ciencia.  Es importante subrayar que la obra de Maquiavelo, siendo el resultado de su propia elaboración y reflexión, refleja también poderosas influencias humanistas que constituían el ambiente intelectual de la Italia del siglo XV.  Autores como Lorenzo Valla, Giovanni Pico della Mirandola, Leonardo Bruni, Marsilio Ficino, Francesco Guichiardini y otros, pertenencientes a la tradición de humanistas, hicieron posible que Nicolás Maquiavelo construya su propia visión de la vida política.
 

Lo que realiza Maquiavelo intelectualmente es ordenar los datos históricos que tenía a su disposición, conforme a una hipótesis que tenía in-mente, conforme a una idea filosófica propia y preconcebida, una visión del hombre y de la política que tenía elaborada previamente, y aplicarlos a su realidad política e histórica: la de Florencia e Italia a fines del siglo XV y principios del XVI.
 

Por lo tanto, se puede afirmar con propiedad que Nicolás Maquiavelo es el fundador de la Ciencia Política moderna, por su tentativa de ordenamiento y sistematización de los datos políticos e históricos existentes, por su audacia intelectual de salir de los esquemas tradicionales de la Historia, la Filosofía y el Derecho y de otorgarle a la Política el carácter de una dimensión distinta y específica del conocimiento y de la realidad existente.  Maquiavelo separa a la Política de la religión, de la Teología, de la Filosofía antigua y medieval, de la Historia secular y religiosa, del Derecho y establece que la Política como campo de conocimientos específicos, se constituye en una disciplina diferente.
 

Otros autores como a lo largo de los siglos XVI y XVII, como Jean Bodin, Erasmo de Rotterdam, Tomás Luis de Vitoria, Martin Lutero, Johannes Althusius, Francisco Suarez, continuaron abordando la cuestión política desde la perspectiva filosófica, teológica e incluso jurídica, pero Maquiavelo ya había abierto la vía para constituir a la Política en una disciplina aparte. 
 

 

LAS GRANDES CONSTRUCCIONES INTELECTUALES DE LA POLITICA:

EL SIGLO XVII Y EL ABSOLUTISMO
 

 

El gran hecho político del siglo XVII es la implantación del absolutismo como forma de gobierno monárquico en toda Europa.  Y este absolutismo encontró a teóricos que desde el pensamiento político, argumentaron a favor o en contra de él. Epoca turbulenta de crisis políticas, de guerras, de depresiones económicas, de desórdenes religiosos, el siglo XVII ve aparecer el abolutismo en política y las elaboraciones políticas y teóricas de Grottius, de Thomas Hobbes, de Baruch Spinoza, de John Locke, del cardenal de  Richelieu, de Bossuet.
 

En este período se desarrolla una corriente de pensamiento asociada al derecho natural, en la que destacan Grotius y Samuel Pufendorf, y una tendencia realista en la que se destaca Thomas Hobbes, pero también Cardin Le Bret, Philippe de Bethune, Claude Joly, Bossuet y sobre todo el Cardenal de Richelieu.
 

Pero también otros autores desarrollarán una crítica política contra el absolutismo como Pascal, La Bruyere, Fenelón, Baruch Spinoza y el filósofo alemán Leibnitz, mientras en Inglaterra surgieron pensadores utopistas renovadores como Gerrard Winstanley, Harrington, John Milton y Algernon Sidney.  Pero el principal pensador inglés de este período es John Locke, que se orienta dentro del individualismo y el liberalismo, expresando los ideales políticos de la burguesía inglesa.
 

 

EL ILUMINISMO Y SUS ELABORACIONES POLITICAS:

EL SIGLO XVIII Y LA DECLINACION DEL ABSOLUTISMO
 

 

El siglo del iluminismo en la ciencia, en las artes, en la filosofía, se inicia en el plano del pensamiento político a través de Montesqiueu, quién busca a través de las leyes de cada país un orden inteligible e intenta fijar un modelo de gobierno moderado y de equilibrio de poderes.   Le seguirán otros pensadores como Gianbattista Vicco y Voltaire.   A su vez, Diderot y el formidable esfuerzo intelectual de la Enciclopedia, con Helvetius y d’Holbach, fijaron las bases del utilitarismo francés.
 

El liberalismo de John Locke, va a ser seguido por Jeremy Bentham, Adam Smith y David Hume.
 

El otro gran pensador del siglo XVIII es Jean Jacques Rousseau, cuyo Contrato Social abre la vía para reflexionar el Derecho desde la Política, fija el concepto de soberanía, propone la idea de un contrato social primigenio que da origen al Estado y propone los rasgos básicos del buen gobierno.
 

Emmanuel Kant y Condorcet ponen término al iluminismo del siglo XVIII y dejan sentadas las bases de los conceptos que darán sustento teórico a la Independencia de Estados Unidos y a la Revolución Francesa.   A lo largo de este período, la ciencia política ha avanzado en dos sentidos: ha producido ya construcciones intelectuales jurídicas, históricas, filosóficas y políticas que tienden a analizar y comprender el acceso histórico de la burguesía al poder, pero al mismo tiempo, todavía no ha logrado separar a la Política del Derecho y de la Filosofía, el sueño y la propuesta moderna de Maquiavelo dos siglos antes.
 

 

LOS PENSADORES DE LA REVOLUCION:
EL SIGLO XVIII
 

 

Los pensadores de la Independencia Americana y de la Revolución Francesa, no pensaban todavía en términos de ciencia política sino en conceptos políticos para racionalizar los cambios que estaban produciendo.  De los Padres Fundadores de Estados Unidos, Hamilton, Jefferson o el propio Georges Washington, o de los jacobinos y girondinos de la Francia revolucionaria de 1789  y 1791, solo obtendremos ideas asociadas a sus propias experiencias de cambio social y político.
 

Pero en ambas revoluciones vemos configurarse las nociones modernas de república, de representación, de ciudadanía, de Estado de Derecho, de parlamento, de nación, de democracia representativa, que van a hacer historia en los dos siglos siguientes.
 

Dos pensadores filósofos se dedicarán a reflexionar la revolución: Emmanuel Kant y Hegel.  Ambos construyen verdaderas teorías del Estado y de la nación, que alimentaron las corrientes políticas que surgirán en el siglo siguiente.
 

 

EL SIGLO XIX:
LIBERALISMOS, NACIONALISMOS, SOCIALISMOS
 

 

El siglo XIX ve constituirse las tres corrientes de pensamiento político que van a dominar el propio siglo XIX y hasta el siglo XX.  El liberalismo se alimentó con las reflexiones de Benjamin Constant, Stuart Mills, Mireaux, y sobre todo Alexis de Tocqueville y Jules Michelet; y a fines de siglo tendrá a Herbert Spencer.
 

Los nacionalismos reflexionaron la nación desde el tradicionalismo y la búsqueda de la preeminencia de la nación propia sobre las demás naciones.
 

 

Los socialismos
 

 

Por su parte los socialismos comenzaron con Proudhon, Henri de Saint Simon y los utopistas ingleses con Robert Owen y franceses con Charles Fourier, Luis Augusto Blanqui y Louis Blanc, pasaron por los socialistas científicos Karl Marx y Federico Engels, fundadores del maxismo clásico, y llegaron hasta  los modernos socialismos europeos, alemanes, franceses, italianos, ingleses, chinos y latinoamericanos, orientados hacia teorías e hipótesis más estrechamente relacionadas con la propia evolución nacional de las luchas de liberación nacional y tentativas  de construcción del socialismo
 

El socialismo es al mismo tiempo, una teoría y una ideología política basada en el principio de que una sociedad debe existir de tal manera que el colectivo popular tenga el control del poder político, y por lo tanto, de los medios de producción. Sin embargo, en la práctica el significado de facto del socialismo ha ido cambiando con el transcurso del tiempo. Aunque es un término político bastante cargado, permanece fuertemente vinculado con el establecimiento de una clase trabajadora organizada, creada ya sea mediante revolución o evolución social, con el propósito de construir una sociedad sin clases. También se ha enfocado últimamente a las reformas sociales de las democracias modernas. El concepto y término socialista se refieren a un grupo de ideologías, un sistema económico o un estado que existe o existió.
 

El estudio del socialismo propiamente dicho suele iniciarse a partir de de la Revolución Francesa en 1789, que supuso el derrocamiento de la clase feudal francesa y la ascensión al poder de la burguesía, y el período premarxista en la historia del socialismo, corresponde a los cien años aproximadamente (de mediados del siglo XVIII a mediados del siglo XIX en los que los principale países de Europa desarrollan el proceso de sustitución del feudalismo por el capitalismo como sistema económico, y en el que los estados feudales se unen para formar las modernas Naciones-Estado.
 

A raíz de la Revolución Francesa, aparece Gracchus Babeuf, el primer pensador socialista (aunque en su época esta palabra no se utilizaba todavía) que se pone a la cabeza de un movimiento llamado la Conspiración de los Iguales.
 

Inglaterra fue la cuna del socialismo utópico y reformador en la primera mitad del siglo XIX. Existen dos causas importantes que dan al socialismo utópico inglés su carácter peculiar: la revolución industrial con su cortejo de miserias para la naciente clase proletaria y el desarrollo de una nueva rama de la ciencia : la economía política. Recordemos entre los socialistas utópicos a Spencer (1730-1814), fundador del socialismo agrario, y a William Thompson, que consideró al trabajo fuente única de valor y por tanto, si el obrero crea el valor con su propio trabajo, a él debe corresponderle el producto íntegro de éste.   De mayor relieve es la figura de Robert Owen (1771-1858), que fue el primero en considerar al proletariado como clase independiente con intereses comunes.
 

En Francia en cambio, el utopismo tuvo un carácter más filosófico que en Inglaterra. Su primer representante fue el conde Saint Simón (1760-1825). Propuso la Federación de Estados Europeos, como instrumento político para evitar las guerras y asegurar la paz mundial.   Carlos Fourier, (1772-1837), concibió los falansterios-comunidades humanas regidas por normas colectivistas.   Inspirandose en los principios fourieristas, se constituyeron falansterios, siendo el más importante el fundado en Massachussetts U.S.A., en 1841.   Otro utopista francés fue Etienne Cabet (1778-1856), que durante su destierro en Inglaterra, en el año 1842, escribió Viaje a Icaria.
 

La teoría marxista se refiere a la sociedad que debe sustituir al capitalismo, y en algunos casos desarrollarse en comunismo. El Marxismo y comunismo son dos ramas muy específicas de socialismo. Las dos no representan al socialismo como un todo.
 

El socialismo libertario es una corriente del socialismo que busca que las personas decidan sobre sus vidas directamente, y en el caso del anarquismo propugna la abolición del Estado. Es la corriente con un trasfondo más individualista, de respeto y valoración al sujeto o individuo, y que considera a la libertad como el camino y el objetivo del socialismo.
 

En la teoría moderna del socialismo democrático, se aspira a llegar a una sociedad democrática que sea la columna vertebral de un estado de bienestar. La meta del socialismo libertario es construir una sociedad sin clases sociales, autogestionaria y descentralizada.
 

La palabra tiene sus orígenes en el XIX. Fue usado por primera vez , autoreferenciado, en el lenguaje inglés en 1827 para describir a los seguidores de Robert Owen. En Francia, fue nuevamente referenciado y utilizado en 1832 para referirse a los seguidores de las doctrinas de Claude Henri de Rouvroy, Comte de Saint-Simon y más tarde por Pierre Leroux y J. Regnaud en L’Encyclopédie nouvelle.
 

La palabra ha sido ampliamente usada, en distintos momentos y lugares, por diversos grupos en ocasiones enfrentados entre sí. Existen algunas grandes diferencias entre los grupos socialistas, aunque casi todos están de acuerdo de que están unidos por una historia en común que tiene sus raíces en el siglo XIX y el siglo XX, entre las luchas de los trabajadores industriales y agricultores, operando de acuerdo a los principios de solidaridad y vocación a una sociedad igualitaria, con una economía que pueda, desde sus puntos de vista, servir a la amplia población en vez de a unos cuantos.
 

De acuerdo con los autores marxistas (más notablemente Friedrich Engels), los modelos y las ideas socialistas serían rastreables los principios de la historia social humana, siendo una característica de la naturaleza humana y los modelos sociales humanos.   En la versión del marxismo-leninismo el socialismo es considerado como la fase previa al comunismo, por ello los procesos revolucionarios vividos por la URSS, Cuba y China se relacionan con esta doctrina, ya que, en el caso de la URSS nunca se logró alcanzar el comunismo, y en el caso de Cuba todavía se lucha para alcanzar ese objetivo.
 

 

Los nacionalismos
 

 

El nacionalismo es una doctrina o filosofía política que propugna como valores fundamentales el bienestar, la preservación de los rasgos identitarios, la independencia en todos los órdenes, y la gloria, de la nación propia.
 

El nacionalismo es un concepto de identidad experimentado colectivamente por miembros de un gobierno, nación, sociedad o territorio particular. Los nacionalistas se esfuerzan en crear o sustentar una nación basados en varias nociones de legitimación política. Muchas ideologías nacionalistas derivan su desarrollo de la teoría romántica de la « identidad cultural« , mientras que otros se basan en el argumento liberal de que la legitimidad política deriva del consenso de la población de una región.
 

El nacionalismo es un término frecuentemente malinterpretado, ya que su definición más general es vasta y ha sido polémica históricamente. A menudo, sus consecuencias más negativas (tensión étnica, guerra o conflictos políticos entre estados) son vistas como nacionalismo en sí mismas. Según varias definiciones, el nacionalismo no implica que una nación sea necesariamente superior a otra, sino que sostiene que ciertas naciones podrían encontrarse en mejor situación si se les permitiera gobernarse a sí mismas, alcanzando así su independencia política, económica y cultural.
 

Ciertos teóricos, como Benedict Anderson, han afirmado que las condiciones necesarias para el nacionalismo incluyen el desarrollo de la prensa y el capitalismo. Anderson también afirma que los conceptos de nación y nacionalismo son fenómenos construidos dentro de la sociedad, llamándolos comunidades imaginarias. Ernest Gellner añade al concepto: « el nacionalismo no es el despertar de las naciones hacia su conciencia propia: inventa naciones donde no las hay ».
 

El Estado Nación surgió en Europa con el tratado de Westfalia (1648). El nacionalismo continuó siendo un fenómeno elitista durante un par de siglos tras el tratado, pero fue durante el siglo XIX cuando se propagó ampliamente por toda Europa y ganó popularidad. Desde entonces, el nacionalismo ha dominado las políticas europeas y mundiales. Muchas de las políticas europeas del siglo XIX pueden ser vistas como luchas entre antiguos régimenes autocráticos y nuevos movimientos nacionalistas. En algunos casos el nacionalismo tomó una ideología liberal y contra la monarquía, mientras que en otros los movimientos nacionalistas fueron apoyados por regímenes monárquicos conservadores. Durante dicho siglo, los viejos estados plurinacionales (como el Imperio Austrohúngaro) comenzaron gradualmente a agrietarse, y varios estados localizados fueron absorbidos por entidades nacionales mayores, como Alemania, Bolivia e Italia.
 

A finales del siglo XIX las ideas nacionalistas habían comenzado a expandirse por toda Asia. En la India el nacionalismo incentivó el fin del dominio británico. En China el nacionalismo dio una justificación para el estado chino, que se encontraba enemistado con la idea de un imperio universal. En Japón el nacionalismo fue combinado con el excepcionalismo japonés.
 

La I Guerra Mundial marcó la destrucción definitiva de varios estados multinacionales de carácter imperial y colonialista (el Imperio Otomano, el Imperio Austrohúngaro y, en cierta medida, el ruso). El Tratado de Versalles (1919= fue establecido como un intento por reconocer el principio de nacionalismo, ya que gran parte de Europa fue dividida en Naciones-Estado en un intento por mantener la paz. Sin embargo, muchos estados multinacionales e imperios sobrevivieron. El siglo XX fue también marcado por la lenta adopción del nacionalismo por todo el mundo con la destrucción de los imperios coloniales europeos, la Unión Soviética y varios otros estados multinacionales menores.
 

Simultáneamente, fuertes tendencias antinacionalistas han tenido lugar a lo largo del siglo XX, siendo en general destacables las manejadas por determinadas élites. La actual Unión Europea está actualmente transfiriendo poder del nivel nacional a entidades locales y continentales. Acuerdos de comercio, tales como NAFTA y GATT, y la creciente internacionalización de mercados de comercio debilitan también la soberanía de la Nación-Estado.
 

El nacionalismo cívico (también llamado nacionalismo civil) es la forma del nacionalismo según la que el estado deriva su legitimidad política de la participación activa de sus ciudadanos, la « voluntad del pueblo »; representación política. Un individuo en tal nación debe creer que las acciones del estado, en mayor o menor medida, reflejan su voluntad, incluso cuando ciertas acciones van en contra de sus propios principios. Jean-Jacques Rousseau, quien desarrollara esta teoría por primera vez, ideó el concepto de Voluntad General para explicar cómo podría funcionar esto. Rousseau anotó sus teorías en varios de sus escritos, particularmente en Sobre el Contrato Social (véase teorías de contrato social para un análisis en profundidad del desarrollo histórico de esta filosofía).
 

El nacionalismo cívico yace dentro de las tradiciones de racionalismo y liberalismo. Es la teoría tras las democracias constitucionales.
 

El nacionalismo étnico define la nación en términos de etnicidad, lo cual siempre incluye algunos elementos descendentes de las generaciones previas. También incluye ideas de una conexión cultural entre los miembros de la nación y sus antepasados, y frecuentemente un lenguaje común. La nacionalidad es hereditaria. El Estado deriva la legitimidad política de su estatus como hogar del grupo étnico, y de su función de protección del grupo nacional y la facilitación de una vida social y cultural para el grupo. Las ideas sobre etnicidad son muy antiguas, pero el nacionalismo étnico moderno está fuertemente influido por Johann Gottfried von Herder, quien promovió el concepto de Volk, y Johann Gottlieb Fichte.
 

El nacionalismo romántico (también llamado nacionalismo orgánico y nacionalismo identitario) es la forma de nacionalismo étnico según la cual el estado deriva su legitimidad política como consecuencia natural (orgánica) y expresión de la nación o la raza. Refleja los ideales del romanticismo y se opone al racionalismo. El nacionalismo romántico enfatiza una cultura étnica histórica que se conecta con el ideal romántico; el folklore se desarrolla como un concepto nacionalista romántico. Los hermanos Grimm se inspiraron en los escritos de Herder para crear una colección idealizada de historias étnicamente alemanas. El historiador Jules Michelet ejemplifica la concepción nacionalista romántica de la historiografía.
 

El nacionalismo de izquierdas suele defender el derecho de todas las naciones a la autodeterminación constituyendo una estructura políca que habría de beneficiar a las clases populares de esa nación. En ocasiones los nacionalistas de izquierdas se definen a la vez como internacionalistas.
 

El nacionalismo religioso es la forma de nacionalismo según la que el estado deriva su legitimidad política en consecuencia de una religión común. El sionismo es un ejemplo de esto, pero buena parte de las formas de nacionalismo étnico son también en gran medida formas de nacionalismo religioso. Por ejemplo, el nacionalismo irlandés es generalmente asociado al catolicismo; el nacionalismo indio se asocia con el hinduismo, etc. El nacionalismo religioso es generalmente visto como una forma de nacionalismo étnico.
 

En algunos casos, sin embargo, la componente religiosa es más una etiqueta que la verdadera motivación del nacionalismo de un grupo. Por ejemplo, aunque la mayoría de los líderes nacionalistas irlandeses del último siglo fueron católicos, durante el siglo XIX, y especialmente en el XVIII, muchos líderes nacionalistas fueron protestantes. Los nacionalistas irlandeses no luchan por distinciones teológicas, sino por una ideología que identifica a la isla de Irlanda con una visión particular de la cultura irlandesa, que para muchos nacionalistas incluye al catolicismo aunque no como elemento predominante. Para muchas naciones que se vieron obligadas a luchar contra las consecuencias del imperialismo de otra nación, el nacionalismo fue asociado a la búsqueda de un ideal de libertad.
 

El islam se opone fuertemente a todo tipo de nacionalismo, tribalismo, racismo u otra clasificación de la gente no basada en las creencias propias. Sin embargo, ciertos grupos islámicos pueden ser considerados racistas y nacionalistas (así, para algunos, no pueden considerarse verdaderos islámicos).
 

El fascismo es generalmente clasificado como nacionalismo étnico, habiendo sido el caso más extremo de esto el nacional socialismo de la Alemania Nazi.
 

 

El liberalismo
 

 

Se suele considerar su origen en el siglo XVII, en este caso a John Locke como el primer pensador liberal, siendo su segundo Tratado sobre el Gobierno Civil la obra seminal de esta ideología. David Hume y los economistas clásicos como Adam Smith y David Ricardo continuaron esta línea de pensamiento, especialmente en lo que se refiere al librecambismo.
 

En cuanto a la política, la ideología liberal encuentra sus bases en Montesquieu y en los padres fundadores americanos; parte del hecho de que no hay personas ni sistemas perfectos, y por lo tanto, el Estado debe ser un conjunto de pesas y balanzas en el que se contrapesen los distintos poderes que ostenta sobre el individuo, para que ninguno pueda devenir en tiranía.
 

Por tanto, según la teoría liberal, el Estado debe seguir una filosofía de mínima intervención, o laissez faire (en francés, « dejar hacer »). Esta se sustenta de un lado en la convicción de que cada individuo buscará lo mejor para si mismo, y del otro en que las relaciones sociales surgidas de este modo tenderán a beneficiar a todos, siendo la labor del Estado corregir los casos en que esto último no se cumpla. Por su parte, los críticos del Liberalismo suelen insistir en que la segunda premisa pocas veces se cumple, ya que a menudo algunos individuos logran beneficiarse a costa del resto de la sociedad.
 

Liberalismo social y liberalismo económico
 

En las formulaciones del liberalismo, es frecuente que se admita la necesidad de algunas restricciones a la libertad individual, para salvaguardar los derechos fundamentales de otros individuos. Ahora bien, como no todo el mundo considera fundamentales los mismos derechos, dependiendo de cuál sea la jerarquía de derechos, unos pensadores o agentes están a favor de unas regulaciones y otros de otras. En general, se suele diferenciar entre liberalismo social y liberalismo económico, si bien esta distinción es poco nítida y arbitraria.
 

El liberalismo social defiende la no intromisión del estado o de los colectivos en la conducta privada de los ciudadanos y en sus relaciones sociales no-mercantiles, admitiendo grandes cotas de libertad de expresión y religiosa, los diferentes tipos de relaciones sexuales consentidas, el consumo de drogas, etc. Para sus detractores, falla al no tener en cuenta valores superiores a la voluntad humana, como los valores religiosos o tradicionales.
 

El liberalismo económico postula la no intromisión del Estado en las relaciones mercantiles entre los ciudadanos (reduciendo los impuestos a su mínima expresión y eliminando cualquier regulación sobre comercio, producción, condiciones de trabajo, etc.), sacrificando toda protección a « débiles » (subsidios de desempleo, pensiones públicas, beneficencia pública) o « fuertes » (aranceles, subsidios a la producción, etc.). La impopularidad de reducir la protección de los más desfavorecidos lleva a los liberales a alegar que resulta perjudicial también para ellos, porque entorpece el crecimiento, y reduce las oportunidades de ascenso y el estímulo a los emprendedores. Los críticos, por el contrario, consideran que el Estado puede intervenir precisamente fomentando estos ámbitos en el seno de los grupos más desfavorecidos. El liberalismo económico tiende a ser identificado con el capitalismo, aunque este no tiene por qué ser necesariamente liberal, ni el liberalismo tiene por qué llevar a un sistema capitalista. Por ello muchas críticas al capitalismo son trasladadas falazmente al liberalismo.
 

En la discusión filosófica teórica actual, se suele dar el caso de que un pensador coincida a la vez con las posturas del liberalismo social y el liberalismo económico. En la práctica política, es raro que coincidan. En general, el intervencionismo económico y el liberalismo social son característicos de la socialdemocracia y el eurocomunismo mientras que el liberalismo económico y el control social son más característicos del llamado neoliberalismo económico, pero la práctica real de la política obliga a atender a muchas circunstancias, aparte de la propia ideología. Otras políticas, como el comunismo leninista (especialmente en la época de Stalin) y la autarquía franquista combinaban el intervencionismo económico con un rígido control social. También se dan casos de que un mismo grupo de presión pida unas medidas económicas liberales y otras intervencionistas. Por ejemplo, un sector industrial puede reclamar libre circulación de bienes y servicios dentro de un mercado, pero una fuerte protección frente a productores de fuera del país.
 

Una división menos famosa pero más rigurosa dentro del liberalismo es la que distingue entre el liberalismo predicado por Jeremías Bentham y el defendido por Wilfredo Pareto. Esta diferenciación surge de las distintas concepciones que estos autores tenían respecto al cálculo de un óptimo de satisfacción social.
 

En el cálculo económico se recurre con frecuencia a la teoría del Homo Oeconomicus, un ser perfectamente racional con tendencia a maximizar su satisfacción. Para simular este ser ficticio, se ideó el Gráfico Edgeworth-Pareto, que permitía conocer la decisión que tomaría un individuo con un sistema de preferencias dado (representado en Curvas de Indiferencia) y unas condiciones de mercado dadas.
 

Pero existe una gran controversia cuando el modelo de satisfacción ha de trasladarse a una determinada sociedad. Al deber elaborar un gráfico de satisfacción social, el modelo benthamiano y el paretiano chocan frontalmente.
 

Según Wilfredo Pareto, la satisfacción que goza una persona es absolutamente incomparable a la de otra. Para él, la satisfacción es una magnitud ordinal y personal. Esto supone que no se puede cuantificar ni relacionar con la de otros. Por lo tanto, sólo se puede realizar una gráfica de satifacción social con una distribución de la renta dada. No se podrían comparar de ninguna manera distribuciones diferentes. Por el contrario, en el modelo de Bentham los hombres son en esencia iguales, lo cual lleva a la comparabilidad de satisfacciones, y a la elaboración de una única gráfica de satisfacción social.
 

En el modelo paretiano, una sociedad alcanzaba la máxima satisfacción posible cuando ya no se le podía dar nada a nadie sin quitarle algo a otro. Por lo tanto, no existía ninguna distribución óptima de la renta. Un óptimo de satisfacción de una distribución absolutamente injusta sería a nivel social tan válido como uno de la más absoluta igualdad (siempre que estos se encontrasen dentro del criterio de Óptimo Paretiano).
 

Pero para igualitaristas como Bentham, no valía cualquier distribución de la renta. El que los humanos seamos en esencia iguales, la comparabilidad de las satisfacciones, llevaban necesariamente a un óptimo más afinado que el paretiano. Este nuevo óptimo, que es necesariamente uno de los casos de óptimo paretiano, surge como conclusión lógica necesaria de la llamada Ley de Rendimientos Decrecientes.
 

Estas dos concepciones radicalmente diferentes dividen al liberalismo entre dos corrientes: una igualitarista y progresista, abanderada por la teoría de Bentham, y otra que no solo tolera, sino que aplaude la desigualdad, de carácter profundamente conservador.
 

Entre los seguidores de Bentham destacan las tesis del Social-Liberalismo y del Keynesianismo, mientras que de Pareto surge la Escuela Austríaca, defensora del liberalismo autoritario y del anarco-capitalismo.
 

 

LA CIENCIA POLITICA EN EL SIGLO XX:
LA CONSTRUCCION DE LA CIENCIA
 

 

 

Aunque la Ciencia Política nace como disciplina en la segunda mitad del siglo XIX, pueden incluirse dentro de ella obras de autores clásicos como Aristóteles, Maquiavelo, Montesquieu o Toqueville, debido a que las mismas tienden a la formulación de tipologías, de generalizaciones, de teorías generales, de leyes relativas al análisis político, fundadas en el estudio de la historia, factual.
 

La Ciencia Politica en primer lugar es una ciencia social, es decir, su campo de estudio abarca la sociedad en su conjunto, aun cuando dentro del cuerpo social, esta disciplina se focaliza sobre cierto tipo de fenomenos y procesos.
 

A pesar de estos esfuerzos para conseguir una disciplina realista y concreta, basada en la objetividad y en la utilización de herramientas científicas, el tradicional estudio especulativo y normativo siguió siendo la nota común hasta mediados del siglo XX, momento en que el punto de vista científico empezó a dominar los análisis de la ciencia política. La experiencia de quienes retornaron a la docencia universitaria después de la II Guerra Mundial (1939-1945) tuvo profundas consecuencias sobre la totalidad de la disciplina. El trabajo en los organismos oficiales perfeccionó su capacidad al aplicar los métodos de las ciencias sociales, como las encuestas de opinión, análisis de contenidos, técnicas estadísticas y otras formas de obtener y analizar sistemáticamente datos políticos. Tras conocer de primera mano la realidad de la política, estos profesores volvieron a sus investigaciones y a sus clases deseosos de usar esas herramientas para averiguar quiénes poseen el poder político en la sociedad, cómo lo consiguen y para qué lo utilizan. Esta corriente de pensamiento fue llamada conductismo, porque sus defensores sostenían que la medición y la observación objetivas se debían aplicar a todas las conductas humanas tal y como se manifiestan en el mundo real.
 

Los adversarios del conductismo sostienen que no puede existir una verdadera ciencia política. Objetan, por ejemplo, que cualquier forma de experimentación en que todas las variables de una situación política estén controladas, no es ni ética, ni legal, ni posible con los seres humanos. A esta objeción, los conductistas responden que la pequeña cantidad de conocimiento obtenido de forma sistemática se irá sumando con el tiempo para dar lugar a una extensa serie de teorías que explicarán el comportamiento humano.
 

 

Desarrollos y autores recientes en la Ciencia Política
 

 

Ya a mediados de los años 50, la ciencia política estaba incorporando a sus estudios el concepto de “cultura política” de la mano de Gabriel Almond. En un célebre artículo (Comparative Political Systems, 1956), Almond decía que para analizar en clave comparada las estructuras y las funciones de los sitemas políticos, hacían falta nuevos conceptos como “cultura” o “subcultura” políticas, sabiendo que con ello el análisis pasaría de la descripción del funcionamiento de las instituciones a la explicación de la modalidad de los comportamientos de los individuos: cómo interpretan las reglas políticas, o qué valores o inclinaciones tienen hacia la política, para ver finalmente si estas orientaciones eran compatibles y funcionales respecto de una democracia competitiva moderna y estable frente a la velocidad de los cambios.
 

Con la colaboración de Sidney Verba emprendió una investigación en el Center of International Studies de la Universidad de Princeton entre 1958 y 1962, cuyos resultados darán lugar a la gran innovación de Almond: la aplicación del análisis funcional al estudio de la cultura política y del desarrollo, a través de un vastísimo trabajo empírico y comparado. En The Civic Culture: Political Attitudes and Democracy in Five Nations, publicado con Verba en 1963 —la primer versión castellana de este trabajo es La cultura cívica, Euroamérica, Madrid, 1970—. Esta obra es considerada el reflejo teórico y metodológico de la revolución conductista en ciencia política —su primer capítulo aparece en la famosa compilación española Diez textos básicos de ciencia política, Ariel, Barcelona, 1992— donde se define la “cultura política” como el conjunto de valores que determina la acción política de una nación. Partiendo su análisis de datos de opinión de Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, México y Alemania, pretende teorizar inductivamente acerca de la estabilidad democrática de estos países en función de una tipología de la cultura política, según nivel y tipo de participación, parroquialismo y compromiso político que los individuos autoperciben respecto del sistema político al que pertenecen. Así, las encuestas que definirían la cultura política concernían tres aspectos: conocimiento y respeto de las reglas del sistema político, sentimiento personal sobre las estructuras y los titulares del poder, y juicios y opiniones sobre varios componentes del sistema político.
 

En 1980, el texto The Civic Culture Revisited  de G. Almond incluye revisiones a las características de la cultura política de los países originalmente estudiados, y comentarios a las críticas y polémicas que había suscitado la utilización del concepto, ya que la primera edición del libro se había convertido en un modelo del estudio comparado. Almond fue también uno de los creadores del enfoque teórico del “desarrollo político”, particularmente en el área de la política comparada. En Comparative Politics: A Developmental Approach, escrito junto a su asistente de 24 años de edad en la Universidad de Stanford, Bingham Powell, en 1966 —la primera versión castellana es Política comparada. Una concepción evolutiva, Paidós, Bs.As., 1970— se explicita la voluntad de dejar atrás el provincialismo, el descriptivismo y el formalismo de la ciencia política.
 

Con ese texto, Almond y Powell dotaron a la ciencia política de un verdadero “paradigma” estructural funcionalista. Su objetivo era organizar una red de conceptos analítico-empíricos, no sólo para afrontar con un fuerte poder descriptivo y explicativo el estudio de un sistema político singular, sino sobre todo para comparar entre diferentes clases de sistemas políticos. Se miden allí grados variables de desarrollo político entre diferentes tipos históricos de sociedades, combinando sus grados de diferenciación en sus estructuras y secularización de la cultura política, con la autonomía de los subsistemas sociales. De esta manera, las capacidades de un sistema político serán mayores si son más altas su diferenciación estructural y su secularización cultural. Así, por ejemplo, las bandas primitivas son el tipo de sociedad que registran menor grado de diferenciación estructural y secularización de la cultura política (por estos dos factores conforman sistemas primitivos) y menor autonomía de los subsistemas; los sistemas patrimoniales o feudales estarían en una condición intermedia; mientras que los sistemas políticos modernos (con altos grados de secularización y de diferenciación estructural entre sus componentes) varían entre sistemas totalitarios, autoritarios y democráticos, a medida que aumenta la cultura de participación política y la autonomía de los subsistemas. El funcionalismo sistémico suponía que la interdependencia entre las partes de un sistema hace que el cambio de las propiedades de un componente afecte a los demás elementos que integran el sistema.
 

De esta manera, si algunos sistemas políticos han desaparecido porque no han podido desarrollar capacidades de respuesta y adaptación a los cambios, es porque el grado de desarrollo político hace variar las distintas funciones del sistema. De allí que entonces, escribían los autores, examinando y clasificando los diferentes sistemas de acuerdo a esas variables de desarrollo político y niveles funcionales, se podrá explicar y predecir su desempeño. En la segunda edición, de 1978, los autores completan el modelo original focalizando centralmente la atención en los outcomes, es decir, en el rendimiento de las políticas públicas, o en otras palabras, los efectos y las consecuencias de los outputs. Estos estudios que buscaban una teoría unificada de la política a partir de la aplicación a los diferentes sistemas políticos nacionales de las mismas categorías teóricas utilizadas para el caso norteamericano, definieron el perfil del área comparativa para la gran mayoría de los politólogos, y particularmente de los latinoamericanos hasta que surgieron las teorizaciones sobre los regímenes autoritarios desarrollistas de mediados de los 60, y la teoría de la dependencia.
 

En realidad, aquel comparativismo trataba de explicar por qué algunos países no se desarrollaban, tanto política como económicamente. Esos trabajos encarnaban la versión politológica de la sociológica teoría de la modernización (que intentaba identificar a los actores del cambio en las capas medias o el empresariado dinámico) y de la teoría económica del desarrollo (que propugnaba para el Estado un papel activo en la economía). A pesar que esos estudios dotaron de un torrente de energía nunca antes visto en la ciencia política —entre los años 50 y 60 los miembros de la American Political Science Association llegan a 14 mil, y las facultades de ciencia política a 500—, a principios de los 70 sus tipologías fueron muy criticadas, entre otros factores, por incluir casos muy disímiles en una  misma categoría —como los casos de las democracias continentales europeas, o los totalitarismos, por ejemplo—, y por presuponer la validez objetiva del examen funcional también para casos no suficientemente analizados. Pero las críticas hacia el comparatismo ilimitado del que se acusaba a Almond sirvieron luego de advertencia para los más modernos estudios de área y de los modelos de democracia.
 

El último aporte de alcance mundial de G. Almond ha sido el artículo “Mesas separadas: escuelas y corrientes en las ciencias políticas” —en su libro Una disciplina segmentada. Escuelas y corrientes en las ciencias políticas, FCE, México D.F., 1999—, donde postuló que en los años ochenta no hay una mesa central en la que converjan las diferentes vertientes de la disciplina en el mundo, sino que el debate acerca de los temas de estudio o las teorías adecuadas a ellos se da entre diversas corrientes independientes entre sí, aunque todas ellas tienen un mismo y bien definido campo de estudio. “… La inmensa mayoría de los politólogos, ecléctico en cuanto a sus enfoques metodológicos, así como quienes se esfuerzan por controlar la orientación ideológica de la actividad profesional —nuestra «cafetería central»— no deberían conceder a ninguna de estas escuelas el privilegio de escribir la historia de la disciplina. La historia de la ciencia política no apunta hacia ninguna de esas apartadas mesas, sino más bien hacia la porción central del comedor, en donde sus ocupantes son partidarios de metodologías mixtas y aspiran a la objetividad” (53). Su último ensayo, “Foreign Policy and Theology in Ancient Israel” será publicado este año en Estados Unidos como parte de Strong Religions, una serie de libros en la que Almond ha colaborado en sus últimos años. Más allá de las diferencias que podamos tener con él, es indiscutible su valiosísimo aporte y defensa de la ciencia política, desde cualquier ángulo desde el que se lo estudie.
 

Existe toda una tradición sociológica y política que viene desde Platón y Aristóteles, pasa por Polibio, Cicerón, Maquiavelo, Hobbes, Locke, Montesquieu, Hume, Rousseau, Tocqueville, Comte, Marx, Pareto, Durkheim, Weber, y llega hasta Hans Morgenthau, Raymond Aron,  Robert Dahl, M. Lipset, Rokkan, Giovanni Sartori, Moore y Lijphart, que intentó, y continúa haciéndolo, relacionar las condiciones socioeconómicas con las constituciones políticas y las estructuras institucionales, y asociar estas características estructurales con tendencias políticas en tiempos de paz y guerra.
 

 

¿Realismo o idealismo en la Ciencia Política?
 

 

Existe una tendencia y una controversia intelectual, dentro de diferentes corrientes teóricas modernas de las relaciones internacionales y de la Ciencia Política – considerando que las Relaciones Internacionales como disciplina aun no tienen un siglo de vida- a hablar sobre las corrientes más antiguas, en forma crítica, confundiendo « cosmovisiones » con los marcos teóricos o el objeto central de la teoría.  Hans Morgenthau, padre del realismo moderno en la Ciencia Política y las relaciones internacionales, parece ser el eje central de estas críticas.
 

Para Raymond Aron -un sociológico-histórico-, Morgenthau no considera como central, la variable ideológica, más allá de que este último sí considera a la ideología como una variable, aunque el poder es su variable central.
 

Keohane y Nye lo critican, por ver al poder en términos de « estructura global » y no cómo ellos lo analizan, por « áreas temáticas »; no obstante reconocer, que « hay circunstancias en las que el poder opera como estructura global y otras, como áreas temáticas » (48). Por otra parte, para ellos la ideología no es una variable significativa, pero sí la guerra como instrumento de cambio (49). Le atribuyen, a su vez, una concentración del concepto de poder en lo militar, cuando la definición central de poder para Morgenthau es sobre el « poder político » al considerar que las relaciones « cotidianas » no se basan en la fuerza, sino en la « influencia », por lo que es posible que haya un poder político y un poder « material », sea éste económico o militar.
 

En general, las críticas de los teóricos, tienen que ver con perspectivas diferentes, con variables diferentes, o con variables que agregan y que otros no consideraron, o con metodologías diferentes (51). Pareciera no reconocerse que hay algún « fenómeno central » que llama la atención de los teóricos, alrededor del cual centran su concepción teórica: Morgenthau el poder, Aron, la influencia de la ideología y las características societales; Keohane y Nye el impacto producido por la OPEP en los ’70 y una forma atípica de operar el poder, procurando substituir al realismo con lo que ellos llaman « interdependencia compleja »; Morton Kaplan, una perspectiva « totalizadora » u « holistica » de la Política y las relaciones internacionales, bajo el concepto de « sistemas de acción ».
 

Existe una frecuente confusión respecto del significado del realismo. Particularmente porque se lo confunde con una teoría. El hecho de que autores como Hans Morgenthau hayan desarrollado una teoría realista, no significa que lo hayan hecho sobre el realismo. La teoría de Hans Morgenthau fue desarrollada sobre el poder, desde una cosmovisión realista.
 

Realismo e idealismo son cosmovisiones, no teorías. Platón fue idealista filosóficamente –mito de las cavernas-. Aristóteles fue realista, al igual que Machiavello y Hegel.
 

El idealismo, visto a través del mito de las cavernas de Platón, muestra que el conocimiento no es la resultante del « condicionamiento del objeto sobre el sujeto », sino a la inversa. Resulta de la representación –imagen- que tenemos de las cosas, más que de lo que las cosas son en sí. El realismo, por el contrario, considera que « el objeto condiciona al sujeto ». El realismo, más allá de la « idea » que tenga sobre cómo debe ser –perspectiva idealista- considera que la « realidad », tiene vida propia, tiene una « lógica » propia y debe ser descubierta, a los efectos de explicarse su comportamiento y saber cómo actuar sobre ella.
 

Los autores que apuntan a que el realismo es una perspectiva teórica se equivocan. Lo hacen aún más, toda vez que consideran que el realismo de autores como Morgenthau, se basa en el poder militar y en el conflicto armado. Keohane y Nye (52)-entre otros- desarrollaron toda su teoría bajo este criterio erróneo.
 

Basta leer atentamente « Política de Poder entre las Naciones: La Lucha por el Poder y por la Paz » de Hans Morgenthau, como para tener en claro que la definición de poder, no se basa en lo militar, sino que apunta a lo político, en términos de influencia psicológica, y hace una clara diferenciación entre poder como influencia –político- y poder material, que puede ser militar o económico.
 

Por otra parte, también resulta claro que su desarrollo teórico, es sobre el poder, bajo una perspectiva u óptica realista, que se desprende con total claridad del primero de los 6 principios, alrededor de los cuales elabora toda su teoría.
 

Realismo e idealismo, como cosmovisiones, han existido siempre y seguirán existiendo como un debate interminable al interior de la Ciencia Política y las Relaciones Internacionales, ya que depende de la perspectiva que se adopte –desde dónde uno se pare para observar la realidad- para comprender, explicarse y operar sobre la realidad.
 

Los idealistas han sido los dominantes, ya que ha habido una gran influencia de su perspectiva. Las Relaciones Internacionales como Política Internacional, son algo moderno, reciente. Nace con el siglo XX, ya que, con anterioridad, las Relaciones Internacionales eran el « Derecho Internacional », visión jurídico-idealista. Recién con la finalización de la primera guerra mundial y el fracaso de la Sociedad de Naciones para mantener la paz, es que el realismo –en lo internacional- se fortaleció y planteó la necesidad de abandonar la postura de estar de « espaldas » a la realidad –deber ser- y considerarla como algo que tiene vida propia, lógica propia. Este es el origen del « realismo » de Morgenthau, y el objeto central de su planteo.
 

En el sistema internacional de la post primera guerra mundial, los principales líderes y gobernantes occidentales, seguían insistiendo en soluciones jurídico-idealistas: la Sociedad de Naciones, como instrumento capaz de lograr el ideal de « nunca más la guerra ». Además pretendían sostener un sistema internacional multipolar, cuyo eje de poder estuvo durante más de cien años centrado en Europa, cuando este sistema, estaba agotado y ya « no quería seguir viviendo ». El poder se había desplazado fuera de Europa, hacia Estados Unidos, Japón y Rusia, potencia europea que se transformaría en 1923 en la URSS.
 
El resultado de esta ceguera y a la vez « espejismo » de la configuración mundial, fue la crisis del 29/30 y la segunda guerra mundial, con intermedios como la invasión por parte de Italia a Etiopía, las de Japón a China en dos oportunidades, una de las cuales -1936- creó un nuevo Estado que llamó « Manchukuo » y que fue reconocido por la S. de N.; la invasión de la URSS a Finlandia en 1939; sin que el organismo internacional nada pudiera hacer para sancionar o para mantener el orden.
 

Este tremendo fracaso del idealismo-juridicista fortaleció la tesis de los realistas, que, reitero, siempre existieron, pero no tuvieron poder de convocatoria como para plantear su perspectiva. Morgenthau, considerado padre del realismo en relaciones internacionales, discípulo del presbítero alemán, Reinhold Niebhur, padre de la « Macht-Politik », advirtió a los « idealistas » sobre su error de vivir de « espaldas » con la realidad pensando exclusivamente en el « deber ser » sin importar el « ser » que la realidad misma tiene en la práctica.
 

A la visión « atomista » de la realidad por parte de autores, como Morgenthau, Raymond Aron y otros, sobrevino una perspectiva « totalizadora », que proponía observar a la realidad como un todo. Los idealistas también plantearon una visión totalizadora, y generaron la perspectiva sistémico-funcionalista frente a los sistémicos-estructurales que provienen del realismo y consideran al poder como una variable importante –la estructura es la configuración de poder vigente o emergente-.
 

Autores como Kenneth Waltz, o como Stephen Krasner, entre otros, son realistas, pero evolucionaron hacia perspectivas totalizadoras, al plantearse marcos teóricos sistémico-estructurales.
 

Lo significativo de la evolución del debate teórico y epistemológico, ha sido que no se ha frenado el conocimiento bajo esquemas de conjunciones desintegradoras y estancas, como « o », que plantean una visión u otra de manera excluyente, sino con conjunciones integradoras, como « y » que « sumaron » perspectivas teóricas y metodológicas, para mejorar el conocimiento y explicación de los hechos y fenómenos de la internacional.
 

El problema con las teorías de la Ciencia Político, es que muchos toman partido por una u otra, como si apuntalaran un punto de vista o una ideología, en vez de considerarlas como complementarias de una aproximación científica a la verdad. Una cosa es la concepción del decisor o el analista y otra es el debate teórico-epistemológico.
 

Por otra parte los teóricos, como los decisores, apuntan a una visión de la realidad orientada a la estabilidad y no al cambio. El cambio parece dar la sensación de inestabilidad, incluso quien lo provoca, de tener conductas « subversivas ». No obstante, los que están disconformes con el estado de cosas, o la inserción en la que se encuentran, procuran modificar su status, por lo que generan « desorden », en aras de obtener una mayor justicia a sus aspiraciones, en función de su capacidad de poder. No tienen conductas « statuquistas », sino reformistas.
 

Lo que les preocupa fundamentalmente a los teóricos y a los que toman decisiones siguiendo una concepción teórica, es el orden en términos de status quo, pero no un orden considerado como dinámico. La idea de orden, más allá de « estabilidad », no implica inmovilidad, perpetuación; sino movilidad y cambio entre parámetros.
 

Poder no es lo que dice Morgenthau o Keohane y Nye, o Krasner o Galtung, etc., sino un concepto « multívoco », donde los autores anteriores hicieron aportes significativos.
 

Sin embargo, las concepciones jurídico-idealistas, bajo el esquema actual sistémico-funcionalista, mantienen su poder de observar y operar sobre la realidad y, en vez de actuar como un complemento de la perspectiva realista o sistémico-estructural, mediante la que se podría observar que se « institucionaliza » lo que el poder alcanza en los hechos, se pretende mostrar que el orden es la resultante de una « convergencia de voluntades » dentro de un determinado marco institucional y normativo.
 

 

REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS
 

 

Chatelet, F., Duhamel, O., Pisier, E.: HISTOIRE DES IDEES POLITIQUES.  Paris, 1989.  PUF.
 

Historia de la Humanidad Larousse.  Madrid, 2004.
 

Pastor, M.: CIENCIA POLITICA.  Madrid, 1991.  McGraw-Hill.
 

Touchard; J.: HISTOIRE DES IDEES POLITIQUES. (2 vols.) Paris, 1988.  P.U.F.
 

16 juillet, 2006

siglo XXI, ¿el fin de la modernidad?

Classé sous interrogaciones — paradygmes @ 22:19

En algún momento del siglo XX, las gigantescas crisis originadas por las guerras mundiales, el drama interminable e inolvidable del Holocausto, de todos los holocaustos sociales, ambientales, político-ideológicos y culturales que se han producido, dieron por tierra con los términos de referencia de la modernidad.

La crisis de la modernidad como paradigma articulador de la conciencia occidental a lo largo de casi cinco siglos de historia, deja abiertamente al desnudo la naturaleza egoísta, hedonista y materialista del ser humano y abre profundas interrogantes de orden moral y política acerca de la racionalidad y de la humanidad.

Visto desde el punto de vista de la racionalidad, esa condición constitutiva del ser humano en tanto Homo Sapiens, la crisis de la modernidad podemos leerla como una crisis de la conciencia racional, como el más poderoso disparo perpetrado hacia uno de los pilares de la conciencia moderna: la Razón.

¿Cuan racional es en realidad el ser humano?  ¿Cuál y dónde reside la cuota de racionalidad que le atribuimos al ser humano?

¿La crisis de la modernidad racional es al mismo tiempo una crisis de la humanidad?

¿Somos modernos todos los seres humanos, o en realidad la modernidad no es también una convención social, una suerte de convenio intelectual tácito acerca del cual nos apresuramos en afirmar, pero tardamos en explicar?   Ciertamente la modernidad, sobre todo aquella construída desde los centros hegemónicos de Occidente, ha sido y ha funcionado como una poderosa máquinaria de producción de asimetrías, de desigualdades.  Paraciera que la modernidad occidental hubiese venido a profundizar las desigualdades anteriores y hubiese instalado nuevas inequidades que, como bien lo sabemos, son en muchos casos también iniquidades.

Algunos autores se apresuran a poner fin a la modernidad, probablemente revelando el profundo deseo -hasta de tono mercantilista- de hacer desaparecer un « producto », un « ídolo » que no ha dado los resultados esperados y prometidos.

Pero la modernidad, dotada de ese poderoso signo individualista que le da sentido en Occidente y que se ha extendido por todo el mundo, con la arrogancia conquistadora del europeo y del anglosajón, viene hoy a ser interrogada desde la perspectiva de la alteridad y de la otredad afincada en las identidades no occidentales.

¿Los latinoamericanos somos entonces « el otro » que la orgullosa modernidad occidental ha debido reconocer? 

La cuestión nos pone por delante el gran tópico de la identidad de los latinoamericanos, ese mestizaje de conflictiva síntesis, que todavía no hemos sido capaces de afirmar.

Mientras escribo esto con toda la calma del mundo, una poderosa máquina Caterpillar escarba ruidosa cerca de aquí y prepara la construcción de otro esperpento  megalítico de cemento…el cual será presentado como signo irrevocable de modernidad…

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