paradigmas

13 août, 2006

la construcción social de la crítica: notas sobre el rol de los intelectuales y de la crítica frente al orden establecido

Classé sous ciencia política,epistemologías,reflexiones — paradygmes @ 5:43

la naturaleza del acto crítico 

 

La crítica es un acto de cuestionamiento, representa una representación simbólica y simbolizable de la puesta en tensión, de la problematización de lo existente, de lo pretendidamente existente, para sustituirlo por una lectura diferente. La crítica es una lectura, una lectura de la realidad que apoyada en el inconformismo de lo establecido, apunta a la construcción de una relectura, de una nueva reconstrucción del imaginario.Desde una perspectiva intelectual la crítica se constituye en una tentativa de redefinición de la verdad, de una verdad, a partir de un cuestionamiento de sus premisas, de sus bases conceptuales y empíricas, de una relectura de sus estructuras argumentales, a fin de presentar a la conciencia una nueva manera de ver los hechos, una nueva forma de interpretar los acontecim ientos que intenta escapar a los dogmas establecidos, que pretende « iluminar » otros aspectos de la realidad en cuestión.

Existe una relación dialéctica entre la verdad y la crítica. 

La crítica parte desde una verdad, para arribar -o intentar llegar- a otra verdad por el difícil camino de la reconstrucción y de la reinterpretación de los datos que la constituyen.  La crítica destructiva solo se remite al imaginario por la vía del desmontaje del argumento o la verdad ajena, mediante la descalificación del otro o de la forma argumental utilizada por el interlocutor.  La crítica constructiva recoge y desarma los elementos constitutivos de la verdad argumental en cuestión, va al fundamento de la verdad y no a sus formas exteriores,  y reformula una interpretación de los hechos, dando forma a ideas y fórmulas propositivas que tienden a presentar nuevas salidas a la salución del problema analizado.

La radicalidad de la crítica en el mundo social y en el orden político moderno, hace posible que pueda leerse la realidad escapando a los « discursos oficiales » y a los « discursos únicos » que abundan en ambas dimensiones de la vida contemporánea.  Critico porque la sociedad y la cultura tienen la posibilidad de  alimentarse de una visión distinta que devela, que desnuda las verdades aceptadas como absolutas e intocables.   Por eso la crítica es una posibilidad, una probabilidad que puede o no ser aceptada, que puede o no ser escuchada, pero el intelectual tendrá su conciencia tranquila una vez que haya formulado una visión distinta frente a una misma realidad o frente a otras realidades que los discursos oficiales pueden pretender ocultar, velar  o silenciar.

La crítica frente al orden político es la palabra diferente que elude aceptar en forma obsecuente lo ya establecido, para introducir una interrogación, una duda sustancial: ¿existe otra manera de ver los hechos?  ¿los hechos tal como nos son presentados, constituyen la única interpretación de la realidad?  ¿es posible ver la realidad desde otros puntos de vista?

El dogma se alimenta de verdades absolutas e intocables.

El discurso oficial se nutre de verdades consideradas como únicas o como las verdades políticamente correctas.

Por eso, la crítica -desde el punto de vista intelectual- puede constituirse social y políticamente en un gesto de transgresión frente a las verdades únicas y al orden establecido.

la construcción social de la verdad

En las condiciones de la sociedad moderna, los grupos,  las instituciones, las organizaciones construyen universos simbólicos a partir de los cuales explican su propia realidad y la realidad que los rodea.  Cada grupo humano se construye su propia verdad, su propia realidad, dando forma así a una construcción simbólica y social de la verdad, a partir de la cual los integrantes de ese grupo « leen » la realidad a la que pertenecen.

Los significados y los símbolos confieren así a la acción social y a la interacción social características distintivas.  Si aceptamos que la acción social es aquella en la que los individuos actúan teniendo en mente a los otros, a los demás, entonces sucede que al emprender una acción, los individuos tratan de medir su influencia en los demás actores implicados y por lo tanto en el curso de la acción social, en el curso de la interacción social los individuos comunican simbólicamente significados a otros individuos implicados en la interacción.  Por su parte,  los demás individuos de la escena social interpretan esos símbolos y esos significados y orientan sus respuestas en función de esa interpretación que se hacen de la situación.

Y esas interpretaciones siempre son únicas, porque cada grupo construye su propia visión del orden social que integra, porque proviene de un punto de vista, el propio.

La crítica es un acto de la razón.  Pero ¿se trata siempre de una razón despierta? ¿En el auténtico sentido de la palabra despierta, es decir, atenta, vigilante, crítica, obstinadamente crítica? ¿o de una razón somnolienta, adormecida, que en el momento de inventar, de crear, de imaginar, descarrila y crea, imagina efectivamente monstruos?   La crítica es obra de la razón, cuando devela lo que otros quieren ocultar, cuando reordena en la conciencia individual y colectiva los datos tal como han sido presentados, cuando desnuda lo que estaba vestido para que lo veamos en toda su integridad y en la totalidad de su realidad. 

De esta manera las visiones particulares se orientan en función de verdades generales, aceptadas, consensuadas.  Se produce una construcción social de la realidad, de la verdad, dando forma a verdades únicas, a verdades aceptadas socialmente como únicas e intocables.

La crítica es un acto de la razón en nombre de la libertad y de la responsabilidad.

La crítica social, intelectual y política apunta precisamente a desmontar teórica y argumentalmente esta maquinaria de construcción social de la verdad, poniendo el acento en los tópicos que han sido silenciados, en los aspectos que no han sido mostrados, en los hechos que no han sido abordados en profundidad.   Una crítica tibia y sumisa, una crítica obsecuente es el más seguro pasaporte a un mundo yermo y carente de miradas alternativas, incapaz de poner en entredicho las verdades establecidas que envilecen nuestra existencia y la vuelven gris y acotada.

11 août, 2006

elementos para una historia del realismo político

Classé sous ciencia política,epistemologías — paradygmes @ 4:34

La prehistoria de la Ciencia Politica:
Antigüedad clasica en Grecia y Roma
Los orígenes de la tradición intelectual del realismo en Occidente, podrían situarse en la filosofía clásica greco-latina con Tucídides, Aristóteles, Protágoras y Cicerón, quienes, entre otros, ponen las bases de esta escuela. 
Heródoto (siglo V AnE.), por ejemplo,  pone en evidencia que la ley es la única norma que gobierna a los hombres, que los seres humanos se gobiernan a sí mismos, y en particular subraya que los seres humanos no tienen otra motivación en la vida política,  que el interés y el temor.
Protágoras, por su parte, declara que el hombre es la medida de todas las cosas, de lo que resulta que la Ciudad, la polis (es decir, la organización política de la sociedad) es el producto de los actos de los hombres y que las leyes resultan de una convención acordada entre ellos.  Mientras tanto, Jenofonte e Isócrates (en el siglo IV AnE.), consideran que la desgracia de las ciudades griegas proviene de su división y proponen buscar una autoridad política superior que sea capaz de confederar las ciudades-Estados, con lo que pre-anuncian el dominio imperial de Filipo de Macedonia y de Alejandro el Grande.
Por su parte, Aristóteles (384-322 AnE.), alejándose de los utopistas y sofistas que parecían dominar su época, propone el ideal realista de la Ciudad, la que hace de la libertad de los ciudadanos la premisa fundamental de toda organización justa, entendiendo que la Ciudad es la unidad de una multiplicidad y que la Ley es la expresión política de un orden, teniendo en cuenta la situación de la Ciudad, de su historia y de la composición del cuerpo social.
La creación política de la República y del Imperio romano, a su vez, sustentada en una prolongada elaboración jurídica, proviene justamente del hecho que la cultura romana presenta la virtualidad de haber sabido actuar mediante un sentido constante de los hechos consumados, procurando radicar la idea y la Ley en las estructuras colectivas cada vez más impersonales e institucionalizadas.  En esta concepción, los enunciados jurídicos y la legitimación filosófica que les acompaña, funcionan como marco fundacional y de perpetuación de un orden, de manera que el Derecho, la República y el Imperio actúan en tanto factores constitutivos de un orden militar y administrativo establecidos por dos órganos de poder: el Pueblo y el Senado.
Una de las diferencias mayores que separan a la construcción imperial romana, respecto de los imperios asiáticos anteriores, es precisamente el rasgo de satrapía que caracteriza a éstos.  El gobernante es aquí un autócrata absoluto e incontrolable, mientras que Roma y su Imperio se ven a sí mismos, como orden político universal regido por la Ley, y por un poder que ha cristalizado históricamente en órganos establecidos, regulados y distintos.
A partir de la Ley de las Doce Tablas, el Derecho Romano reconoce la existencia de un orden del mundo ineluctable y racional, que considera la sumisión tranquila al destino como una virtud capital.  De este modo, los méritos  de las instituciones romanas –como se pone en evidencia con Cicerón (106-43 AnE) y la escuela estoica- consiste en haber sabido definir una comunidad regida por Roma bajo el imperio de la Ley y de un orden político estrictamente determinado, y de haber comprendido a  Roma y a su imperio como una Ciudad Universal, en la que la condición ciudadana se extendía cada vez más, creando así un primer esbozo de ordenamiento internacional y de cosmopolitismo.
Desde la perspectiva de Roma, como capital y centro de un poder único y sacralizado, el imperium es el medio por el cual la Ciudad realiza sus virtudes republicanas y propaga por el mundo las ventajas de una dominación revestida de civilización.  El gobernante o Emperador, deviene a la vez, detentor de la “potestas” y la “auctoritas”, mientras se erige en “imperator” y en “princeps”. 
En este ordenamiento político, con vocación internacional aún poco definida, el pragmatismo del ejercicio del poder y la dominación, mediante una combinación dosificada de fuerza militar, diversidad religiosa, ocupación territorial, reconocimiento jurídico e influencia cultural, producen como resultado histórico que, tanto en las provincias como en la capital imperial, las fuerzas materiales y simbólicas de unificación –o fuerzas centrípetas- siempre logran predominar sobre los  poderosos factores de dispersión y división –o fuerzas centrífugas.
En el imperio romano, como forma refinada de dominación política de un Estado sobre una diversidad creciente de  territorios, el poder imperial se caracteriza por la omnipotencia del dominio, por la sacralidad de que se rodean los símbolos y signos visibles del poder, y por la legitimidad subjetiva que sustenta a los gobernantes transformados en divinidades.  La pax romana que se instala en torno al Mediterráneo y en Europa central y sur por varios siglos, es más una época de fuerte dominación tranquila que una larga sucesión de guerras de conquista. 
Roma funda el jus gentium mediante la práctica de su dominación imperial.
El realismo romano (tan notorio en Polibio, como en Cicerón y en Séneca) consiste en un pragmatismo revestido de juridicidad y de un vigoroso sentido material del poder, lo que convierte al Imperio (floreciente o decadente) en la base política  sobre la que se levantaron los Estados de la Edad Media, de manera que la crisis de ésta estructura de dominación territorial, tuvo más bien el aspecto de una desconstrucción prolongada, lenta y casi imperceptible (aún a pesar de las invasiones orientales).
La prehistoria de la Ciencia Politica:
(Edad Media)
La tradición realista proveniente del imperio romano, dio paso en los inicios de la Edad Media, al predominio de las concepciones cristianas, que afirmaban –con Agustín de Hipona (354-430 NE), Gelasio y Gregorio el Grande (540-604 NE) el principio de las dos espadas o los dos poderes: temporal y espiritual, y de que entre ambos, es el poder divino el que detentaba la plenitudo potestatis o potestad suprema.
Esta concepción produce como resultado en la esfera internacional, que el Papado ejerce una suprema autoridad espiritual, a la que se subordinan los poderes temporales: reyes, príncipes y emperadores.  Pero mientras gran parte de la Edad Media estuvo atravesada por ésta contienda de competencias, al interior de los reinos y territorios resultantes de la desmembración del Imperio, una contínua práctica jurídica y administrativa fue consolidando la autonomía de un poder político, ejercido en nombre de otros principios: así surge el poder monárquico.
Hay que observar que al interior de la dispersión medieval de reinados, aparece la visión universalista de Marsilio de Padua (1275-1343 NE.) quién al pretender sostener las pretensiones del poder universal de un emperador europeo, reinicia la polémica contra la teocracia romana, desde una óptica tomista.  Pero, al mismo tiempo sustenta el principio de que la sociedad es un todo, que es anterior y trascendente a sus partes, lo que origina el universitas civium, una universalidad de ciudadanos regida por un pars principans es decir, por un Príncipe responsable de la gestión pública y la coerción.
Marsilio, al concebir y proponer la autonomía del cuerpo político respecto del poder religioso, prefigura el concepto político de la soberanía, es decir, el concepto moderno de Estado, con lo que –de paso- recusa teórica y jurídicamente la autoridad de los Papas.  Al mismo tiempo, la idea de universitas no se refiere solamente a la comunidad de los ciudadanos, sino a los grupos y Estados reunidos en torno a una función y a una misma regla, dando forma a cuerpos sociales que aspiran a ser reconocidos como sujetos de Derecho y como personas morales.
Sin embargo, al separar al hombre cada vez más solo, del poder cada vez más fuerte e impersonal del Estado, los pensadores medievales estaban abriendo las puertas del Humanismo y del Renacimiento.
El realismo político se alimentó inicialmente de la tradición humanista.  El Humanismo, como paradigma cultural, estético y filosófico se originó en el siglo XIV en Italia, pero a lo largo de dos siglos se extendió a toda Europa occidental, en gracias a la difusión provocada por la imprenta inventada por Gutenberg, como un ideal y un conjunto de maneras de ser, métodos y corrientes filosóficas cuyo énfasis central se dirige a valorar, enaltecer y comprender la realidad humana.
La visión humanista clásica de fines de la Edad Media, se estructura en torno a un clacicismo literario y estético, a un fuerte realismo y una visión esencialmente crítica de la realidad, a la emergencia del individuo y de la idea de la dignidad del ser humano y al desarrollo de ciertas virtudes activas.
El realismo que contiene el Humanismo clásico apunta a rechazar las creencias tradicionales, y buscar establecer al análisis objetivo de la experiencia observable como el modelo epistemológico del hombre curioso y ávido de saber.  A partir de esta búsqueda nacieron las ciencias modernas, no solo como disciplinas académicas, lo que implicaba una evolución cultural e institucional que desembocó en la formación de la institución universidad, sino sobre todo como instrumentos eficaces y prácticos para conocer la verdad y la realidad, lo que tendría efectos sobre el mundo político con la formación de los primeros Estados modernos.
Desde Francisco Petrarca (1304-1374) hasta Marsilio Ficino (1433-1499), autores tan influyentes como F. Guicciardini, C. Salutati, L.B. Alberti, G. Boccaccio, T. Tasso, B. Bruno, G. Budé, D. Erasmus, F. Rabelais y M. de Montaigne, desarrollaron una corriente de pensamiento cuyo realismo político y moral desembocaría más adelante en Maquiavelo y Bodin, postulando que el conocimiento de los hechos humanos debía ser similar al examen que Galileo hacía de los hechos físicos, es decir, que los hechos son fenómenos que deben ser descritos minuciosamente, antes de ser explicados, evaluados y comprendidos.
El humanismo clásico produce la primera ruptura con los paradigmas religiosos y morales predominantes en la edad feudal, incita al ser humano a pensar por sí mismo y sobre sí mismo, a creer en sus poderes y capacidades humanas reales como individuo y como parte de la sociedad y de la historia.  Se trata también de un realismo historicista que busca relativizar en la mente humana, las creencias sobrenaturales imperantes.
Los primeros fundamentos
de la Ciencia Politica:
el aporte del Renacimiento
Hay que avanzar hasta el Renacimiento italiano en el siglo XV, para encontrar algunos de los desarrollos intelectuales más significativos de la escuela de pensamiento realista, momento en el que N. Maquiavelo (1469-1527) estableció las primeras bases conceptuales de la Ciencia Política moderna.
El aporte de Maquiavelo al realismo en Política y en Estrategia y a la Ciencia Politica como disciplina, proviene de dos conceptos fundamentales: el primero, que la Política debe ser considerada como la actividad objetiva y constitutiva de la existencia colectiva; y el segundo, el concepto de la autonomía de la Política, respecto de las creencias, ideas y religiones, de manera que deben ser descartadas del cálculo gracias al cual se establece el poder y se mantiene el Estado.  
Propone Maquiavelo, que en la Política reina la voluntad de poder, y por eso sintetiza la noción primera de la Razón de Estado, la « raggion di Stato », posteriormente perfeccionada por Giovanni Bottero  (1544-1617).
El realismo de Maquiavelo proviene precisamente de la tajante y definitiva separación y autonomía de lo político frente a otras realidades sociales y culturales. (3)  Maquiavelo proclama la autonomia de la Politica con respecto a las demas formas de conocimiento y de practica humana, con lo que estaba sentando los primeros fundamentos de una disciplina social distinta de la Historia, de la Filosofia y del Derecho.
  Según el Florentino, la autonomía de la Política, como ciencia y como práctica social,  pone de relieve que  son los hombres quienes hacen su Historia. Hay que destacar que N. Maquiavelo formó parte de toda una tradición intelectual y de un ambiente cultural donde otros escritores como Leonardo Bruni, C. Salutati, F. Guicciardini (1483-1540), Alain Chartier o J. Fortescue, contribuyeron también a desarrollar una visión realista del quehacer político.
Hay que observar que el siglo XV es el escenario de cambios científicos y mentales de profunda amplitud en Occidente: se juntan Copérnico, Erasmo de Rotterdam, Leonardo da Vinci, Maquiavelo, mientras los grandes navegantes y conquistadores, como F. Pizarro, J. Cabot, C. Colón y A. Vespucio, contribuyen a extender los horizontes físicos e intelectuales de su época con los grandes descubrimientos geográficos.
Esta fue la época histórica en que el astrolabio, la brújula y el cañón, hicieron posible  realizar la navegación oceánica y los grandes descubrimientos geográficos marítimos.
  
Al entrar en crisis la visión  feudal y teológica dominante, el realismo en la Política y en el poder, en la ciencia y en el conocimiento, se alimentó de una concepción moderna y humanista del mundo, centrada ahora en el ser humano y en el ejercicio pleno de la razón. En este período, se instala plenamente en la conciencia europea el racionalismo: se trata de la búsqueda voluntarista de la Razón como ideal, como actitud y como método. El humanismo ha devenido realista y el realismo ha devenido racional y racionalista.  Desde este punto de vista, la razón es –para el hombre renacentista- a la vez un ideal y un método, es decir, obedece y se manifiesta como el pensamiento crítico, mesurado y metódico, que siempre tiende a reducir a las dimensiones humanas y a los hechos objetivos, las ilusiones que forman su fantasía y su imaginación.
                                                                                                       
 Por lo tanto, el desarrollo más amplio de la tradición intelectual del realismo, se corresponde con la primera etapa de la historia de la Modernidad, desde principios del siglo XVI a fines del siglo XVIII.
A continuación, se incorporarán los aportes de Jean Bodin, con su teoría de la potencia soberana del Estado, como principio necesario y trascendente de la sociedad como organización política; de J. Althusius  que insiste sobre la unidad nacional que funda al Estado,  de H. Grottius con su tentativa de fundar la razón política sobre las bases de la ley natural y el Derecho, y finalmente, de S. Pufendorf  quién afirma la preeminencia del derecho, y el rol de la autoridad como  entidad legisladora. 
El jurista Jean Bodin (1529-1596) en particular, se esfuerza en afirmar la soberanía absoluta del Estado, a partir del concepto de que el poder del Estado se ejerce sobre ciudadanos o sujetos libres, y de que ésta potencia soberana es absoluta, una e indivisible y perpetua.  Para Bodin, el Estado es la sede de la soberanía y de la potencia soberana, punto focal del orden público, y sólo en él residen las  facultades de hacer la paz y la guerra, de dirigir la administración, de juzgar y de solicitar impuestos.
Desde la perspectiva internacional, el realismo político de Bodin reside en su visión del Estado como un actor soberano en el mundo, como el único órgano de poder que, junto con reunir el mando y la autoridad dentro de una sociedad, y encarnando dicha potencia soberana en instituciones empíricas, la representa en la escena internacional con una plenitud de potestad.
Ha quedado así abierta la perspectiva para el Estado contractual que propone H. Grotius.
Hugo Grotius (1583-1645) en su De jure Belli ac Pacis (1625), propone los principios y los elementos de un derecho universal que apunta a definir las reglas en función de las cuales se  deberían regir las relaciones entre Estados soberanos, tanto en la paz como en la guerra, de manera de proteger a los individuos implicados en tales conflictos.
Esta preocupación, lleva a Grotius a afirmar la universalidad del Derecho sobre la naturaleza del hombre, en su acepción más racional.  La sociedad política, para este jurista holandés, es un resultado objetivo de la sociabilidad humana, o sea, es una realización de las leyes de la naturaleza.  Esta sociedad política –interna e internacional- emana de una decisión voluntaria de sus integrantes (individuos o Estados soberanos), de manera de colocar la autoridad pública en una instancia soberana y perpetua cuya misión es asegurar la paz y la concordia.
En la visión de Grotius, el individuo es el centro de la organización estatal, y el Estado se sustenta en el consentimiento y la voluntad de la colectividad.  Grotius no es el creador del Derecho Internacional, pero su obra tiene la virtud de introducir la Razón en el derecho natural. Asi, el jurista holandés no fue un pacifista, sino un realista del pensamiento político, en tanto pretendía humanizar y legalizar la guerra, pero no suprimirla, y en cuanto sustenta el programa de un Estado universal, de una sociedad internacional conformada por todos los Estados, que mantengan las mejores y más armoniosas relaciones posibles entre sí.
El siglo XVII es una época de revolución intelectual y científica y Grotius forma parte de ésta poderosa corriente, cuando afirma que “el derecho deriva de la naturaleza, que es igualmente la madre de todos, y cuyo imperio se extiende sobre aquellos que dirigen las naciones…”, como aparece en su obra De mare liberum (1609).
 Por su parte T. Hobbes (1588- 1679) subrayó que el orden político se funda en un principio de autoridad y poder que se impone a la colectividad, el que reside en el Estado, y cuya soberanía es única e indivisible.  Para Hobbes, el ser humano es una individualidad corporal caracterizada fundamentalmente por su potencia: de aquí se deriva su visión del Estado y del poder.
Aquí nos encontramos en la transición entre el siglo XVI y el siglo XVII, un período en que numerosos autores cuestionan, desde el punto de vista de la Política, del Derecho y de la Filosofía, las concepciones idealistas y teológicas predominantes.  Hobbes escribe en su Leviatán: “…en una condición en la que los hombres no tienen más ley que sus apetitos personales, no puede haber norma general que establezca qué acciones son buenas y qué acciones son malas.  Pero dentro de un Estado, esa norma basada en el apetito individual de cada uno es ya falsa: no es el apetito de cada individuo sino la Ley, es decir, la voluntad y el apetito del Estado, lo que constituye la norma”. ([1]).
La soberanía del Estado es única, indivisible e ilimitada, según Hobbes. 
En el fondo de su visión, lo que pretende Hobbes es eliminar el estado natural de las relaciones políticas, en la que cada uno puede perjudicar o destruir a los demás, produciendo un choque caótico de voluntades e intereses, y reemplazarlo por una instancia superior cuya finalidad sea imponer un orden que junto con eliminar la violencia natural de los actores políticos, sea capaz de sustituir la guerra de todos contra todos, por la paz entre todos.
Tomando como punto de partida una concepción realista e individualista del ser humano, Hobbes afirma que la condición fundamental para que exista un orden político estable, es que la colectividad construya e institucionalice un principio de soberanía todopoderosa, y que consienta a obedecer a las leyes y a las decisiones que impondrá dicho poder, en cuanto encarnación de la soberanía.
El realismo dominante de T. Hobbes se prolonga en la experiencia de poder del cardenal de Richelieu (1585-1642) en el Estado absoluto francés, en el siglo XVII.
Richelieu inscribe la práctica del poder en la lógica de la Razón de Estado.  En la práctica de la Política de Richelieu más que en su retórica, los principios básicos son la permanencia y preservación del Estado, la continuidad y estabilidad de las instituciones, y la primacía del interés general representado y realizado en la práctica política por dicho poder estatal.
Como se analiza más adelante, la doctrina de la Razón de Estado encuentra sus raíces en los pensadores y hombres de Estado del Renacimiento, en un proceso que se asocia estrechamente con la formación y consolidación del Estado absolutista, la primera forma de Estado moderno históricamente conocida.
Los amplios cambios intelectuales incubados desde el Renacimiento, cristalizaron en la Epoca y la Filosofía de las Luces, verdadera revolución intelectual de la que se desprendieron novedosas proposiciones realistas.
El realismo de los iluministas viene sugerido desde Descartes (1596-1650), quién deduce y construye un modelo, un método y un instrumento dirigido al conocimiento demostrativo.  La razón cartesiana se dirige a establecer una ciencia eficaz, susceptible de ser aplicada en el mundo real, y el conocimiento teórico se dirige a conocer no sólo los cuerpos y las almas –tarea ya cumplida anteriormente por la filosofía escolástica y la teología-  sino además a construir ciencias e ingenierías capaces de permitir el gobierno de los seres humanos y la sociedades, de limitar las pasiones y ordenar el curso de la Historia.
En la poderosa vertiente cultural generada por el Iluminismo, el realismo político se manifiesta –entre otros elementos- en su especial valoración por el Derecho de Gentes, a través del cual se pretende regular las relaciones entre los Estados.  Estamos en pleno siglo XVIII.
 Asi, por ejemplo, Puffendorf influye en Diderot y D’Alambert para que éstos plasmen en la Enciclopedia (1751-1780) la lógica de la razón aplicada al quehacer político e internacional, y a toda la reflexión científica y filosófica.
La continuidad intelectual del realismo político con el período del Renacimiento y el Iluminismo, puede encontrarse   a través de los teóricos de la Nación- Estado en el siglo XVIII, asociados a la Revolución Americana y a la Revolución Francesa.  Esta orientación contribuirá a una visión política realista, subrayando el lugar central del ciudadano (citoyen o citizen) y de la Nación,  en la construcción política y simbólica de un Estado soberano, unitario y territorialmente establecido y organizado, pero al mismo tiempo, desencadenará fuerzas sociales, políticas e ideológicas, cuyos efectos aún encontramos en el umbral del siglo XXI.
Por su parte,  las contribuciones de B. Spinoza (1632- 1677), de Ch. de Montesquieu (1689-1755), de G.W. Hegel (1770-1831), terminaron por despojar al pensamiento político de sus “lastres del pasado”.  B. Spinoza, por ejemplo, afirma que el mejor de los Estados es aquel que garantiza la seguridad y la paz, en un mundo en el que la fuerza coincide con el Derecho, es decir, donde la fuerza no es más que una manifestación de la Ley.
A través de B. Spinoza y R. Descartes, como se ha visto, el esfuerzo intelectual y teórico del realismo –aún en medio de un prolongado contrapunto con el idealismo- se entronca con el racionalismo emergente, y conducirá a los pensadores políticos a buscar construir una “política de la razón”, es decir, una política fundada en la racionalidad del ser humano como ser político.
Ch. de Montesquieu a su vez, propone que la investigación de las causas es la primera etapa que lleva al descubrimiento de las leyes que rigen la sociedad y la Política, de manera que el punto de partida de su método y de la novedad de éste, es suponer que la infinita diversidad de los seres humanos, puede ser comprendida mediante un orden inteligible. 
Su actitud científica realista se resume en su proposición de “describir lo que es, no lo que debe ser”.   Por esta vía, afirma que la Ciencia de la Política debe fundarse sobre la autonomía intelectual y moral de la Política, respecto de las demás actividades materiales e intelectuales.
Durante el siglo XVIII, C.A. Helvetius (1715-1771) señala un momento relevante en el desarrollo de una visión realista de los hechos y de la Política. 
Dentro de los filósofos iluministas, C.A. Helvetius (1715-1771) es quién mejor afirma la primacía del interés y del interés general como criterio central de lectura de la realidad y de la moral.  No solamente el interés preside todos nuestros juicios, sino que el realismo se extiende a la esfera moral, al afirmar que dicho interés (personal o general) es el único juicio de la probidad, del intelecto y del mérito, de manera que no son más que las acciones de los hombres, de donde el público puede juzgar su probidad. La libertad, a su vez, desde la óptica de Helvetius, es el ejercicio libre de las potencialidades del ser humano.  Para este filósofo, un hombre es justo, en la medida en que todas sus acciones tienden hacia el bien público, de modo tal que en cuanto a la probidad, es únicamente el interés público el que hay que considerar, como criterio para comprender la justicia, la verdad y la libertad, en cuanto valores cívicos.
Durante el siglo XIX, probablemente Metternich y O. von Bismarck, fueron la expresión  más acabada del realismo en Política, mientras K. von Clausewitz, siendo tributario de C. de Guibert y de una larga tradición occidental del pensamiento estratégico, propuso los fundamentos de una profunda y amplia visión estratégico- política, analizando los principios y las características objetivas del fenómeno bélico.    
El paradigma de la modernidad –que preside el desarrollo del mundo desde el siglo XVIII hasta hoy- supone que ésta representa un modo de civilización característico, que se opone a la tradición, es decir a todas las otras culturas anteriores, y que se centra en el individuo libre o autónomo, en la búsqueda del interés privado y la realización de la conciencia personal, así como en la incorporación creciente de la ciencia y de las técnicas con su racionalidad eficiente, a los procesos sociales, políticos y productivos.  Individuo y razón son así, los dos valores ideológicos, culturales y morales centrales de la modernidad.  En el mundo de la modernidad, lo realista reside en la búsqueda consciente y voluntarista de la racionalidad, en todos los fenómenos y procesos.
En ese período, el realismo se alimentó  además con el fortalecimiento metodológico y conceptual alcanzado por las principales Ciencias Sociales: Sociología, Ciencia Política, Economía, Historia.   A. Comte y E. Durkheim, fueron los autores más relevantes.
Entre el siglo XIX y el siglo XX, período durante el cual las grandes convulsiones sociales anunciaban las grandes guerras que asolaron el mundo entre 1914  y 1939, dos fuerzas ideológicas adquirieron una connotación relevante en la escena política: el marxismo sustentado en el ideario socialista clásico, y el nacionalismo respaldado en la afirmación histórica del hecho nacional en Occidente.  Ambas doctrinas nacen en Occidente y se nutren, en términos más o menos significativos, de un realismo político que se afirma en la creciente adhesión social que encuentran en las sociedades donde se instalan como fuerzas emergentes.
El realismo implícito en el marxismo (especialmente en su vertiente clásica, a partir de las elaboraciones de C. Marx y F. Engels), proviene tanto de su crítica filosófica contra la alienación humana provocada por el sistema económico capitalista dominante, como de su tentativa intelectual de develar los mecanismos económicos y políticos de dominación creados por dicho sistema, y por una cierta categoría social instalada en el poder: la burguesía. 
El marxismo -desde una perspectiva teórica e intelectual- se nutrió de los principales avances de las Ciencias Sociales en el siglo XIX, especialmente de la Sociología, la Economía Política y la Historia.
Lo que el marxismo clásico contiene de realismo (y que proviene básicamente de la tradición intelectual del Iluminismo europeo), es su capacidad objetiva para identificar la existencia de diferencias profundas y estructurales entre las diferentes clases y segmentos de la sociedad, y su formidable potencialidad crítica, para develar las fuentes del poder en la sociedad moderna y sus múltiples formas de dominación y explotación, pero ese realismo queda relativizado, cuando el marxismo anuncia la crisis terminal del capitalismo y la llegada de una sociedad socialista y comunista, y cuando carece de conceptos que le permitan explicar el retorno del socialismo al capitalismo.
A su vez, el nacionalismo desde el siglo XIX hasta hoy, ha sido una fuerza impulsora de movimientos sociales e ideológicos, de la formación de partidos y fuerzas políticas,  de guerras civiles e internacionales. 
El nacionalismo convertido en fuerza política e intelectual, se apoya en el poderoso sustrato cultural formado por la identidad territorial y grupal constituída a lo largo de un período histórico, por una comunidad de individuos, grupos y familias, los que al alcanzar la condición nacional, la convierten en una creencia cohesionadora.  Naturalmente, que siempre es necesario distinguir el nacionalismo espontáneo de los pueblos, de los nacionalismos políticos reaccionarios  producidos por los ideólogos conservadores y racistas.
Cualquiera sea la tendencia ideológica que se apropie del hecho nacional, el fenómeno objetivo que debe considerarse políticamente, es que el hecho nacional y la creencia nacionalista constituyen todavía poderosos resortes políticos y sociales, aún en las condiciones de la sociedad de hoy, crecientemente  globalizada e interdependiente.
La constitucion de la Ciencia Politica
 en el siglo XX
La Política del siglo XX, puede ser comprendida y considerada como la política alienada, individualista e ideologizada que entra en crisis consigo misma y con la racionalidad  moderna.  La Política ha chocado con la Modernidad y con la Razón, en un siglo en el que el realismo ha llevado tanto por el camino de la prudencia y del equilibrio, como por la senda de la agresión y la violencia.
A su vez, la tradición realista se desarrolla durante el presente siglo  en dos direcciones intelectuales complementarias: por un lado, la racionalidad política del pragmatismo en los sistemas nacionales, y por el otro, las aplicaciones del realismo a la esfera de las Relaciones Internacionales, de la Estrategia y de la Polemología.
Tres fenómenos mayores marcan la evolución del realismo en el siglo XX: la lucha interminable de la democracia y el Estado de Derecho, como sistema de gobierno, frente a sus enemigos dictatoriales y autoritarios; la experiencia de las guerras mundiales y de las guerras ideológicas, con su corolario estratégico del hecho nuclear; y la problemática económica, política y cultural del desarrollo y el subdesarrollo.
Las dos Guerras Mundiales y el ciclo de la bipolaridad Este- Oeste (1945-1990), potenciaron la escuela realista con una visión objetiva, descarnada y fría de los múltiples juegos de fuerzas, intereses y manifestaciones de poder, que caracterizan a las relaciones entre los Estados.
La experiencia de las dos Guerras Mundiales puso de relieve dos fenómenos que influyeron sobre la evolución intelectual de la escuela realista de las Relaciones Internacionales. 
Uno de ellos, fue el logro una mayor conciencia en cuanto a la relatividad de los tratados y acuerdos internacionales, si ellos no están suficientemente respaldados por una adecuada estatura política y estratégica de los respectivos  Estados contratantes, lo que ha contribuído, en cierto modo, a otorgar un mayor realismo y pragmatismo a las decisiones y a las conductas de Estados y gobiernos.
La I Guerra Mundial y el conjunto de conflictos anteriores que desembocaron en ella (guerra ruso-japonesa de 1905, guerras balcánicas de 1912 y 1913), así como los numerosos esfuerzos de paz y de conciliación internacional (Conferencias de La Haya, Conferencias Navales, etc.), demostraron la necesidad de la existencia de una organización internacional amplia, que otorgue respaldo a la creciente  normativa jurídica que surgía de la voluntad e intereses de los Estados.
El fracaso de la Sociedad de las Naciones, para impedir los cada vez más frecuentes conflictos en Europa y otras regiones del mundo, en la década de los años 30, y para frenar las ambiciones imperialistas de algunas naciones europeas, demostró precisamente que el Derecho Internacional -en las condiciones de la sociedad moderna y tecnificada actual, dotada de armamentos de creciente sofisticación, letalidad y precisión- no puede tener mayor fuerza ni eficacia, que la que emana de la voluntad política explícita de los gobiernos y Estados que lo pactan y de la suficiente estatura política, diplomática y estratégica de esos mismos Estados, a fin de garantizar su cumplimiento.
El otro fenómeno, fue el logro de una mayor comprensión y conciencia universal, acerca de las posibilidades aterradoras de destrucción total, que la propia especie humana es capaz de inflingir a otros seres humanos, como consecuencia de determinadas ideologías políticas. 
De las dos mayores conflagraciones mundiales, y especialmente después de la II Guerra y de los Tribunales de Nuremberg y Tokio y otros procesos históricos, ha emanado gradualmente una conciencia humanitaria, que no solo apunta al fortalecimiento de los derechos de las personas, los grupos y las minorías ante el poder del Estado, sino también ha continuado en la tendencia a cristalizar tales derechos en normas del Derecho Internacional, susceptibles de ser aplicadas en cualquier lugar del mundo, dando forma –desde 1945 en adelante- a una suerte de extra-territorialidad moral y jurídica aún en vías de configurarse.
Este Derecho sin embargo, continúa requiriendo de una afirmación pragmática de la personalidad internacional de cada Estado soberano.
Entre los más destacados exponentes de la escuela realista, durante la segunda mitad del siglo XX, hay que mencionar a G. Bouthoul en el desarrollo de la Polemología, K. Friedrich y C.W. Deutsch en el campo teórico de la Ciencia Política, R. Aron y H. Morgenthau en la esfera de las Relaciones Internacionales, los que encontraron seguidores destacados en las décadas de los sesenta y los setenta, en autores como B. Brodie, N. Spykman, H. Kissinger, Z. Brzezinski, G. Kennan, A. Wohlstetter y H. Kahn,  entre otros. 
En particular, H. Kissinger y Z. Brzezinski desarrollaron en el plano teórico y práctico, una concepción realista de la disuasión, aplicada a las difíciles condiciones contemporáneas del hecho nuclear, al mismo tiempo que elaboraron y trataron de aplicar una visión del equilibrio político y estratégico y la estabilidad en la esfera internacional, incorporando un desarrollo específico de la teoría del dominó al complejo juego de fuerzas políticas y militares que allí tienen lugar, a través de un estudio pragmático de los intereses en conflicto en las relaciones entre las naciones-Estados.
Es necesario subrayar que H. Kissinger, G. Kennan, A. Wohlstetter y H. Kahn, sin embargo, a diferencia de los realistas teóricos de principios de siglo, tuvieron la virtualidad de llevar el pragmatismo doctrinal que sustentaban, a la esfera de la aplicación concreta en la realidad del ejercicio del poder en la esfera internacional.
  A decir verdad, en el siglo XX, el realismo político encuentra líneas muy estrechas de conexión intelectual con el realismo estratégico.
Revisemos algunas de sus líneas matrices de desarrollo.
Después de la II Guerra Mundial, el escenario internacional pareció dominado por las visiones estratégicas y políticas orientadas a la confrontación entre Oriente y Occidente. 
El hecho nuclear introdujo además, una creciente dosis de incertidumbre en los cálculos estratégicos de los actores internacionales.
Por el lado estadounidense y occidental, Winston Churchill, Truman y George Kennan inauguran el enfoque bipolar, a partir del concepto de que la superioridad estratégica (real o supuesta) de la Unión Soviética, constituía un dato inaceptable para la posición político-estratégica de Estados Unidos y de todo Occidente, y de dicha “brecha” debía ser cerrada.
Entre 1945 y 1953, la visión política de Estados Unidos es la del containment , basada en la lógica de que había que contener o parar la ofensiva de la URSS, en todo lugar donde ésta se manifieste.  Naturalmente, este enfoque presupone la existencia de arsenales estratégicos suficientemente dotados para poder servir a tal política.
El realismo americano de la primera post-guerra, se alimenta del deseo de mantener la superioridad de los intereses estadounidenses en el mundo, y de combatir al comunismo allí donde éste emerja y ponga en riesgo dichos intereses.
A su vez, la URSS construye en éste período, la estrategia de la fortaleza asediada.  J. Stalin define entonces que la URSS se encuentra crecientemente sometida a una estrategia occidental de amenaza que los rodea territorialmente.  El “muro de Berlín” y la “cortina de hierro” que acusa Churchill, convenía a ambas partes: los sovéticos lo utilizan como muro defensivo e impermeable y glacis de contención,  frente a las numerosas alianzas militares que EE.UU. tejió a su alrededor, y los occidentales lo utilizan como arma retórica, y como justificación del armamentismo.
La URSS formuló entonces una definición territorial de la potencia estratégica, y los EE.UU., generan una fórmula de contención ante todos los movimientos soviéticos en el exterior.  Cada uno percibe en los gestos, pasos, decisiones, acciones y omisiones del adversario, una estrategia de agresión que debe ser respondida.
En el período soviético, los pensadores políticos coinciden con los gobernantes, de manera que V.I. Lenin, fundador del Estado soviético fue el primero en formular una visión político-estratégica global.  Desde el punto de vista del realismo político marxista, el concepto leninista del imperialismo como última fase del capitalismo constituye el fundamento doctrinal sobre el cual su sucesor J. Stalin, elaboró la doctrina de la Unión Soviética como el primer y único Estado socialista, en función de la cual los pensadores militares trabajaron la noción de la fortaleza asediada por las fuerzas del capitalismo y el imperialismo.
A la muerte de Stalin, en 1953, se inicia un nuevo período de formulaciones político estratégicas.  N. Khroutchev en sus sucesivos Informes del Comité Central al Congreso del PC de la URSS, desarrolló la política de la coexistencia pacífica, la que pretendía combinar el potenciamiento de la capacidad militar y el armamentismo estratégico de su país, con la mantención de relaciones de coexistencia pacífica y competitiva con los Estados Unidos en todas las regiones del planeta.
Esta orientación reveló sus imperfecciones con la Crisis de los Misiles de 1962, la que le costó su salida del poder en 1963.
L.Breshnev, a medida que fue afirmando su hegemonía al interior del aparato de poder de la URSS, desarrolló la doctrina de la intervención  limitada, al mismo tiempo que fortaleció la capacidad estratégica intercontinental y marítima de su país.  La política estratégica de la URSS de Breshnev, a pesar de su fuerte realismo clausewitziano, comenzó a hacer crisis con la Primavera de Praga (1968) y la invasión de Afganistán (1979), en las que el propio edificio intelectual del marxismo-leninismo comenzó a perder su atractivo intelectual y su poder explicativo teórico y práctico.
El advenimiento de M. Gorbatchov (1985) significó la aparición de una política realista de glasnost (transparencia), de perestroika (apertura) y de desarme regulado y compartido con Estados Unidos, lo que constituyó en la práctica, un reconocimiento pragmático del atraso tecnológico de la URSS ante los EE.UU., y de la necesidad de democratizar el socialismo, lo que a su vez, se correspondía con la presión social que surgía en otras naciones de Europa Oriental (Polonia en particular).    El libro Perestroika de 1987, puede considerarse como la elaboración más acabada de la nueva visión política soviética representada por M. Gorbatchov, en la que postula un nuevo esquema de relaciones con Estados Unidos, basado en la cooperación, el desarme equilibrado y gradual de las fuerzas y el retiro de las respectivas tropas nacionales de territorios extranjeros.  Este enfoque –profundamente realista- no pudo impedir ni frenar las poderosas fuerzas internas y externas que condujeron a la implosión soviética.
Como se verá más adelante, el realismo político encontró su corolario en el pensamiento estratégico de manera que toda la idea de la disuasión clásica al llevar a un impasse militar, terminó por conducir  al término de la lógica de la bipolaridad en 1989 y 1990, abriéndose el actual período de transición e incertidumbre.
 

¿Cuál es la postura del realismo actual en la esfera internacional?
 

El realismo político del presente, especialmente en las Relaciones Internacionales, se nutre del reconocimiento de la coyuntura transitoria e impredecible que experimenta el mundo actual, de la identificación de causas cada vez más complejas y variadas en el orígen de los conflictos y las guerras, y de la necesidad de afirmar la Política Exterior del Estado en una identificación pragmática y objetiva del balance de poder y del juego de intereses que se manifiestan en su entorno internacional.
LA POLITICA DE LA RAZON DE ESTADO
Uno de los componentes conceptuales básicos del paradigma realista de la Política, se encuentra en la Política de la Razón de Estado.
La Ciencia Política moderna parece haber eludido un examen minucioso en torno a uno de los mecanismos políticos más importantes y decisivos para asegurar la permanencia y continuidad del Estado.
Consideraciones históricas
La doctrina de la Razón de Estado encuentra sus fundamentos históricos en las profundas mutaciones intelectuales y culturales que se manifiestan en el Renacimiento europeo en los siglos XV y XVI.
 

 

La Razón de Estado es una creación política –o un descubrimiento intelectual- propio del Renacimiento europeo.  En el clima  político y cultural inquieto de las ciudades italianas del siglo XV y XVI, autores humanistas como F. Guichiardinni, C. Salutati, Leonardo Bruni entre otros, influyeron para que N. Maquiavelo y G. Botero elaboraran una primera formulación  doctrinal, poniendo al desnudo la realidad del poder del Estado, y fijando los principios para que éste naciente aparato de poder y de gobierno, pudiera perpetuarse en el tiempo y trascender a sus funcionarios. Mientras Maquiavelo fue el primero en separar la Política de las religiones y teorías idealistas, Giovanni Botero comprendió que la Razón de Estado era la propia manera de funcionar del Estado.  Según la nueva doctrina, la Política es un arte pragmático y positivo, es una práctica racional que recoge y sintetiza en sus cálculos, los datos de la realidad concreta y de la experiencia.  Posteriormente, J. Bodin, T. Hobbes, así como las experiencias de gobierno del Cardenal de Richelieu y del propio M. Robespierre en el siglo XVIII, vinieron a confirmar sus alcances y límites.
 

La doctrina de la Razón de Estado es el punto de convergencia de la modernidad y del poder, del realismo en política y de la búsqueda de una racionalidad en los actos humanos. 
Elementos para una definición
 de la Razón de Estado
Más allá de la retórica o del silencio que rodea al tema de la Razón de Estado, todo Estado moderno está dotado de una doctrina inmanente cuya función fundamental consiste en justificar su existencia, de manera de otorgarle cohesión doctrinal a su funcionamiento como institución de instituciones.
La Razón de Estado podría entenderse, en un primer sentido, como el conjunto de las decisiones y actos políticos cuya legitimidad y legalidad son problemáticas, y mediante las cuales un Estado soberano asegura su realización, sin perjuicio de los recursos internos o externos que permitan garantizar tales prácticas.  Sin embargo, la Razón de Estado no se confunde pura y simplemente con una política de transgresión de las normas ético-jurídicas bajo los efectos de una afirmación de hecho del poder coercitivo del Estado.
Es necesario reconocer que la conservación de un Estado o el crecimiento de su poder y potencia, deben ser incorporadas durante una larga tradición política e intelectual, dentro del ámbito de los fines legítimos que se proponen los gobernantes y los funcionarios del Estado.  
En última instancia, es el interés del Estado en el sentido amplio del concepto,  el objetivo, la guía y la justificación de los gobernantes, cualquiera sea el régimen político donde aquel tenga lugar.
El interés del Estado, no necesariamente coincide con el interés de la Nación, y ambos tampoco pueden necesariamente asociarse con el interés general, aunque estas tres dimensiones tienden a ser confundidas, labor que resulta precisamente del funcionamiento o de los mecanismos de la razón de Estado.
La Razón de Estado es la doctrina inmanente de la maquinaria estatal, que se orienta a preservar y asegurar su estabilidad, su permanencia y su continuidad en el tiempo, por encima de las variaciones coyunturales, y que trasciende a los individuos que ejercen el poder.
Los mecanismos de la Razón de Estado
El gobierno y la política de la Razón de Estado son inseparables de la realización de un conjunto de actos y operaciones políticas, a través de las cuales el Estado o alguna de sus instituciones fundamentales intenta preservar la continuidad esencial de la “maquinaria estatal”.
Cuatro son los mecanismos principales a través de los cuales se manifiesta el principio de la razón de Estado, en las organizaciones estatales modernas, a saber:
a)         Las políticas de silenciamiento de la acción estatal o de sus decisiones.
b)        Las políticas comunicacionales sistemáticas, en cuanto son conducentes a establecer una verdad oficial.
c)        Las técnicas de golpe de Estado.
d)        Las políticas de seguridad del Estado.
Veamos cada uno de estos mecanismos.
Se definen como políticas de silenciamiento al conjunto de procedimientos políticos y burocrático-administrativos destinados a ocultar los mecanismos y el proceso de toma de decisiones de las autoridades e instituciones del Estado.
 

El Estado tiende espontáneamente a ocultar de la opinión pública y del escrutinio ciudadano, los procesos de toma de decisiones especialmente aquellos que se sitúan institucionalmente en las esferas superiores de las estructuras de poder.
Los ciudadanos en definitiva, aún cuando cuenten con la acción vigilante de la opinión pública, sólo conocen las decisiones cuando éstas han sido adoptadas y son comunicadas o ejecutadas por la burocracia.
 

Las políticas comunicacionales, son operaciones sistemáticas de orientación de la información y del flujo de las comunicaciones estatales, a fin de presentar bajo el mejor aspecto posible y presentable, una verdad oficial.
 

 

Forma parte de los mecanismos normales de ejercicio de la razón de Estado, el que la maquinaria estatal tienda a elaborar, procesar, difundir y defender una verdad oficial, la que se configura en un conjunto –más o menos coherente- de afirmaciones, puntos de vista, interpretaciones y percepciones acerca de la realidad.
La verdad oficial es la interpretación que el Estado y/o sus autoridades dan a los eventos de la vida política, social, económica y cultural de la sociedad; se trata ciertamente de un punto de vista, de un enfoque diferente e incluso de un enfoque ideológicamente sesgado y dirigido.
Pero, además se trata de un conjunto de técnicas de elaboración y manipulación de los hechos y de la información, de manera de producir un determinado efecto comunicacional y político.
 

 

La técnica del golpe de Estado constituye una operación político-militar de irrupción violenta y de copamiento de las fuentes físico-geográficas de poder y de las instituciones fundamentales del Estado, a fin de satisfacer determinados intereses políticos.
 

En cuanto operación político militar, todo golpe de Estado supone la intervención –más o menos planificada- de fuerzas armadas o militares, sean éstas regulares o irregulares.
Todo golpe de Estado supone, al mismo tiempo, el doble objetivo de paralizar el funcionamiento de la maquinaria decisional y burocrática de las instituciones fundamentales del Estado (en particular de los poderes ejecutivo y legislativo); y poner en marcha nuevas estructuras, autoridades y/o procesos políticos decisionales.  Desde ésta perspectiva procedimental, la operación del golpe supone siempre tres tiempos, a saber: un primer tiempo, de preparación y creación de clima; un segundo tiempo, de ejecución de la operación y  de instalación del nuevo poder; y un tercer tiempo, de consolidación del nuevo poder.
En una perspectiva política general, el golpe de Estado puede ser el punto de partida o el momento culminante de una crisis política o institucional prolongada, o de una coyuntura insurrecional.
 

Desde el punto de vista de los motivos y sus ejecutores, se distinguen el golpe de Estado como una operación en la que intervienen militares y políticos; y el golpe militar en cuanto operación en la que intervienen solamente militares.
Desde el punto de vista de su operatoria, se distingue el golpe de Estado propiamente tal, rompiendo la legalidad vigente, y el golpe blanco que consiste en la ocupación política y militar del poder, dentro de los límites de la legalidad.
Desde el punto de vista de sus consecuencias físicas y humanas, se distingue el golpe cruento que implica daños materiales y bajas en vidas humanas, y el golpe incruento en el que la operación de toma del poder resulta tan súbita que las bajas son mínimas o inexistentes.
 

Las políticas de seguridad del Estado consisten en orientaciones generales de acción, dirigidas a prevenir y preservar la integridad física y material de las instituciones y autoridades del Estado, frente a amenazas internas y externas.
De este modo, todas decisiones y actos de los funcionarios y autoridades que operan desde el Estado tienden a impregnarse de una justificación oculta y silenciosa, cuya finalidad es la realización objetiva, impersonal y sistemática de tres condiciones o requisitos, esenciales para asegurar el funcionamiento del Estado:
a)                    su estabilidad (poniéndolo a resguardo de cambios, de desequilibrios, crisis o quiebres institucionales, que puedan arriesgar su ordenamiento jurídico básico);
b)                   su permanencia (en cuanto conjunto de instituciones instaladas en un espacio físico, geográfico y político propio y jurisdiccional, y en las que las autoridades y  funcionarios son siempre transitorios); y
c)                   su continuidad (es decir, que se asegura su existencia en el tiempo, trascendiendo a los individuos  que operan en él).
 

Al revelar la existencia de la doctrina de la Razón de Estado, queda en evidencia que la política y el poder son realidades objetivas, profundamente humanas, marcadas por el sesgo del conflicto, por la disparidad básica e incluso la confrontación de ideas, de fuerzas y de intereses.
La política de la Razón de Estado, se manifiesta en todas aquellas decisiones y actos de la autoridad política, tendientes a preservar el interés superior de la Nación o del propio Estado, a asegurar por cualquier medio (especialmente por medios legales, pero sin descartar los medios no-legales o ilegales) la permanencia y unidad del Estado y de sus instituciones básicas, la estabilidad de dichas instituciones o su continuidad en el tiempo, así como su estatura política, diplomática y estratégica en el campo internacional.  Se trata en la práctica política, de medidas de carácter riguroso, no siempre populares ni del agrado de la opinión pública, y por ello, frecuentemente incomprendidas y criticadas.
Lo que realiza la idea de la Razón de Estado, es que introduce el desvelamiento del logos de la política, del poder y del Estado. 
Desde esta perspectiva profundamente realista, el Estado no es una fuerza ideal y superior que se impone sobre el espíritu de los hombres, sino que ahora, al ponerse en evidencia la existencia de la Razón de Estado, queda al desnudo que el Estado es, en primera y última instancia, una maquinaria organizada de poder y de mando, que funciona dentro de la esfera política de la sociedad, dominada por los intereses, por las estrategias, los cálculos y los juegos de poder y de guerra de quienes ejercen el poder.
En la práctica política, la Razón de Estado se realiza permanente y cotidianamente, cada vez que el poder político es ejercido por una autoridad o funcionario, por cuanto a través de sus decisiones y actos de poder, ambos están cumpliendo con sus propias metas y objetivos y están contribuyendo a realizar en el presente, los fines de permanencia y continuidad del Estado al que sirven.
De este modo, el poder político del Estado moderno encuentra en la Razón de Estado una lógica propia, una racionalidad explicativa que le da coherencia en el tiempo y en el espacio.  El poder político no podría ejercerse en el Estado y aún mediante los instrumentos de poder que le son inherentes (tribunales, ejército, policía), si quién ejerce tal poder no tuviera la certeza que sus decisiones serán cumplidas y ejecutadas por una cadena de funcionarios, y que a través de dicha cadena orgánica de individuos, el Estado se asegura su permanencia y su continuidad.  Es como si el Estado, adquiriendo una personalidad propia, se reprodujera a sí mismo, asegurándose de paso su propia permanencia.
 

 

Política y poder en la Razón de Estado
 

 

La Razón de Estado, de este modo, no es el deber ser del Estado como aparato político o de la Política como forma de relación para organizar el gobierno de la sociedad, sino que es el Estado y la Política tal como son en la realidad objetiva. 
Por ello se afirma que la política de la Razón de Estado no es solamente el realismo político en su estado más puro, sino también es la propia Política de Estado, en su forma más objetiva, en sus finalidades más amplias y prospectivas, en sus manifestaciones más pragmaticas y eficaces.
Para la política enfocada, pensada y realizada desde esta perspectiva, lo que cuenta es el poder, lo que importa son los hechos concretos, lo determinante son las fuerzas, capacidades y recursos de que dispone realmente cada actor, y no las intenciones, las retóricas o las declaraciones de principios. 
Lo esencial siempre  es la preservación de la unidad del Estado –como territorio y como jurisdicción soberana- y todo lo que la altere o ponga en riesgo, choca con una razón de Estado que vigila su cohesión esencial.
Aquí, a diferencia de otras perspectivas doctrinales o ideológicas, lo central es la capacidad objetiva de actuar con eficacia, con capacidad de realización.
La política de la Razón de Estado es la política del poder, un poder completamente desnudado de toda pretensión idealista, de toda veleidad imaginaria, de toda intención discursiva: los hechos y los hechos políticos tal como son, y no como uno quisiera que fueran.  Más que “una moral en acción”, ésta forma de hacer Política es “la acción moral y pragmática”.
 

 

Cuando el político se guía por estos criterios pragmáticos, se aleja de la posibilidad de confundir sus deseos con la realidad, y pone su capacidad de influencia, de acción y de realización, al servicio de una idea superior (e incluso de una utopía) que le puede permitir sobrevivir a los avatares de la política cotidiana y a las cambiantes coyunturas, situándose en una perspectiva de largo plazo.
La Política no es lo que parece, sino lo que es en realidad: un juego dinámico y cambiante de decisiones y actos motivados por intereses, en el que cada actor calcula sus estrategias, movimientos y retóricas para ganar posiciones en cada arena política, y lograr en definitiva influir y predominar.
En la política de la Razón de Estado, la fuerza está al servicio de la razón, es decir, de la Política como función superior y gobernante.  De aquí se desprende que la compulsión o la coerción, que son el resultado inmediato de la fuerza, funcionan siempre en la lógica de que la fuerza es un instrumento racional al servicio de una Política pragmática y eficaz: la Política siempre  es la idea y la fuerza es el instrumento.
Esto no quiere decir que la Razón de Estado carezca de ideales o de moral, como le atribuyen sus detractores.  Por el contrario, el ideal aquí es el pragmatismo irrecusable de los hechos, es el logro objetivo de las realizaciones, es el cumplimiento irrestricto de las promesas, es la política de las obras antes que de las promesas, es el Hacer más que el Decir: un ideal utilitario, funcional y eficaz, que se opone a la política tradicional de anuncios y proclamas, sustentándose en una ética incorruptible de la eficiencia, de la verdad, de la justicia y del deber cívico.
La doctrina de la Razón de Estado, aunque ha desaparecido como tema de interés para los pensadores y hombres de acción, ha pasado a incorporarse en el funcionamiento normal de todos los Estados, y aparece frecuentemente puesta de relieve tanto en la política interna, como en las Relaciones Internacionales, en las esferas de la Política, la Diplomacia y la Estrategia.
 

 

 

CONSIDERACIONES HISTORICAS
SOBRE EL REALISMO
EN LA ESFERA ESTRATEGICA
Y EN LAS RELACIONES INTERNACIONALES
Como se podrá apreciar a continuación, existe una clara conexión intelectual, por lo menos en la tradición cultural de Occidente, entre el realismo político, entendido en los términos definidos más arriba, y el realismo estratégico, entendido a su vez, como una perspectiva teórica, doctrinal y práctica que tiende a privilegiar la problemática del poder y las correlaciones de fuerzas, para comprender los procesos políticos y estratégicos y los conflictos en las relaciones internacionales.
Esta tradición encuentra sus bases fundacionales en la práctica estratégica de algunos líderes militares de la Antigüedad, en ciertos pensadores y en la tradición histórica que allí se originó.
El realismo estratégico de la Antigüedad
Poco se sabe sobre la experiencia guerrera, o las relaciones que entablaron las primitivas comunidades en la Prehistoria.
Los  testimonios gráficos y pictóricos del Paleolítico (Lescaux, Altamira…), no se centran principalmente en escenas de batallas, sino de cacería, por lo que debemos aproximarnos a la Antigüedad para comprender las primitivas formas de pensar y actuar en Estrategia.
Un panorama histórico e intelectual del realismo centrado en el campo estratégico dentro de Occidente, no estaría completo si no mencionara además, la significación e influencia producida por los encuentros y conflictos entre los europeos y otras civilizaciones.
Así entonces, debiera reconocerse que autores como Sun-Tzu desde la tradición cultural china o Ibn-Kaldhoun como manifestación polemológica de la civilización árabe, constituyeron paradigmas estratégicos que, habiendo influído decisivamente en el pensamiento militar y político de sus culturas, trascendieron inspirando las conquistas y el quehacer “internacional” de los pueblos que tuvieron contacto con ellos.
Hace más de 2.000 años, Sun-Tzu un misterioso filósofo guerrero chino, recopiló un conjunto de máximas hoy conocidas bajo el nombre de El arte de la guerra.  Allí Sun-Tzu recogió los aspectos esenciales de la sabiduría guerrera oriental, de manera que el conjunto de la obra se orienta a demostrar que la eficiencia máxima del conocimiento y de la estrategia, es hacer que el conflicto sea totalmente innecesario. Sun-Tzu se ocupa de los criterios estratégicos de la guerra, del orden de batalla, de la fuerza, de las maniobras, de la utilización de espías y la adquisición de la información, y de la importancia del terreno, asumiendo un enfoque pragmático cuya modernidad está fuera de discusión.  Hay en la lógica de Sun-Tzu un realismo implacable, una frialdad absoluta en el camino y los medios hacia el objetivo final, pero siempre toma en cuenta al estratega, al ser humano, en cuanto individuo dotado  de un juicio racional y objetivo, para evaluar fríamente las cambiantes situaciones reales.
El paradigma estratégico chino iniciado por el maestro Sun-Tzu, ha predominado en el mundo oriental hasta el siglo XX.
Si adoptamos una perspectiva global y reconocemos el juego dinámico de influencias que operan en este campo, comprenderemos que, por ejemplo, la experiencia militar de las Cruzadas (entre los siglos XI y XIII de nuestra Era), no sólo significó una empresa conquistadora de los ejércitos feudales europeos, sino que además, pusieron en contacto –estratégico, económico y cultural- a dos civilizaciones disímiles, ninguna de las cuales resultó totalmente inmune a la influencia de la otra.
Tal es también el caso de la empresa conquistadora española que –como se verá más adelante- al contacto con las culturas originarias de América, no sólo desplegó su milenario saber guerrero –aún impregnado de un acento épico y feudal- sino que recibió el impacto de esos pueblos con sus tácticas de hostigamiento, dispersión y ataque en bandada.
Durante la Antigüedad, surgen los primeros atisbos de la idea de comunidad internacional.  El concepto se arraiga en la necesidad y búsqueda de normas que permitan ordenar y regular las relaciones y los intercambios entre los Estados y los gobiernos.
El primer testimonio histórico de un Tratado internacional se remonta al 1277 AnE. en el que hititas y egipcios (bajo Ramsés II) acuerdan un tratado de paz y fraternidad, y en cuyas estipulaciones se encuentran: la renuncia mutua a todo proyecto de conquista de sus respectivos territorios,  se establece una alianza defensiva, y se acuerdan formas de cooperación en el castigo de súbditos delincuentes y su extradición mutua.
Heródoto y Tucídides, respectivamente, señalan también la existencia de Tratados de alianza en el siglo V AnE., entre varios pueblos griegos como respuesta a las necesidades de regulación de sus vínculos con Estados y pueblos “bárbaros”: dieron así orígen a la práctica del asilo político, ensayaron  los pactos de arbitraje, e iniciaron la realización de los congresos anfictiónicos en los que se acordaban las reglas jurídicas comunes entre los diversos pueblos y ciudades-Estados de la Hélade.
Siguiendo una inspiración realista y pragmática, fueron las realidades objetivas e impostergables de los crecientes vínculos  entre los actores políticos en la esfera internacional, las que impulsaron el surgimiento de normas e instituciones, a partir de las cuales se pudiera hablar de comunidad internacional.
El realismo estratégico de la prolongada época de la Antigüedad, está marcado por  una fuerte tendencia a una política imperial de conquista, es decir, por una lógica de poder y de dominación, según la cual cada Estado que alcanzaba una estatura política y militar significativa, consideraba su derecho la dominación de territorios y pueblos vecinos, hasta alcanzar la forma imperial.
Esta fue –entre otros- la experiencia de Hammurabi, fundador del imperio babilonio (hacia 1750 AnE), de Amenofis III (1410-1379 AnE) con el imperio egipcio, de Salomón (972-932 AnE) en el espacio israelita del Medio Oriente, de Asurnazirpal (883-859 AnE) y Asurbanipal con el imperio asirio, o de la dinastía Ts’in en la que Che-Houang-Ti fundó el imperio chino (221-207 AnE).
La Antigüedad clásica que conocemos sin embargo, inaugura su experiencia estratégica con la Guerra de Troya, si es que no queremos remontarnos a las bíblicas batallas que enfrentaron al pueblo judío con los filisteos y los egipcios.
La Grecia clásica hace escuela de realismo estratégico, mediante una tentativa exitosa de expansión comercial y guerrera contra Troya (hacia el 1.250 AnE) como lo ilustra Homero en  La Ilíada.  Los griegos coaligados montan una expedición marítima llevando en sus naves un ejército perfectamente equipado para un largo sitio.   La concepción estratégica es de un realismo puro: se trataba de vencer la oposición de Troya a la expansión de las líneas de comercio de las polis griegas, tal como lo hará varios siglos más tarde, la República romana ante la oposición de Cartago.
Hay quienes han visto en la historia de las guerras de la Antigüedad, los inicios de una histórica confrontación entre potencias terrestres y potencias marítimas.  Este criterio de lectura nos podrá servir en ciertos casos caracterizados, pero no será el único. 
El imperio persa fue probablemente uno de los casos más notables de perseverancia en el ejercicio del poder imperial.  El imperio persa representa una vasta dominación política y territorial entre el siglo VI AnE hasta el VII NE.  Ciro II (559-520 AnE),  Darío I el Grande (522-486 AnE) y Jerjes I (486-465 AnE) representan la etapa más floreciente de la dominación persa, abarcando  desde las costas de Asia Menor hasta  el río Indo, y desde el océano Indico hasta  el Mar de Aral.  Un imperio de dominación exclusivamente terrestre, que combinó una organización territorial (las satrapías), un sistema monetario e impositivo único, vías de comunicación y ejércitos dotados de una alta movilidad.
Del mismo modo, hacia el 300 AnE., se consolidaron en China los siete Estados, que dan forma al llamado Período de los Reinos Combatientes.  Después de 400 años en que predominan las tendencias a la división feudal, a través de diversas guerras y otras formas de decantación política, el vasto imperio chino comienza a orientarse hacia la configuración de grandes unidades políticas. 
Este proceso culminó en la formación de un solo Estado, hacia el 221 AnE con el emperador Qin-Shi-Huangdi, quién organiza una administración central y un ejército de arqueros y lanceros, sobre el que se asentó el nuevo poder.  Hacia el siglo III AnE, China inicia un lento y prolongado proceso de construcción estatal e imperial.
Lo que importa subrayar es que, en medio de su experiencia conquistadora y guerrera, numerosos pueblos de la Antigüedad clásica, y en particular el pueblo griego, aprendieron gradualmente a pensar política y estratégicamente no sólo en términos de unidades políticas aisladas que se enfrentan (Estados, polis, señoríos y ciudades), sino también en términos mundiales o universales, guardando las debidas proporciones geográficas del “mundo conocido” que ellos tenían.  Probablemente, ésta es la mayor contribución de Grecia al pensamiento estratégico e internacional.
Los griegos con su concepción de la Hélade enfrentándose al poderío masivo de los ejércitos persas (siglo V AnE), son acaso los primeros en Occidente que abren una perspectiva histórica y realista de comprensión del mundo que les rodea y en el que les toca actuar, y al mismo tiempo dan los primeros pasos en la configuración de la idea de comunidad y Derecho internacional. 
Su realismo los impulsa a aliarse entre ellos, frente al peligro de la dominación oriental, de manera que la amenaza exterior no solo les proporciona una intuición de unidad cultural y política, sino que les enseña una de las primeras lecciones maestras del pragmatismo político y estratégico: “si estás en desventaja ante tu adversario, busca buenos aliados”.
Este es el significado político profundo que aporta la retórica de Pericles desde la experiencia estratégica de la Atenas clásica (492-429 AnE): solo la unidad de los débiles, les permitirá vencer al más fuerte.
Al mismo tiempo, la obra de los historiadores, Heródoto (486-420 AnE), Tucídides (465-395 AnE) y Jenofonte (430-355 AnE) en primer lugar, permite efectivamente ampliar la visión del mundo real que tenían los griegos, comprensión innovadora de la que no hay que descartar  a los primeros geógrafos y cartógrafos, de manera que los helénicos no sólo se ven como parte de un mundo muy variado y complejo, sino que se retratan a sí mismos dentro del mundo.
El primer testimonio de la Estrategia aplicada en la Antigüedad griega, se  encuentra en La Ilíada de Homero (hacia el 750 AnE) en el que se ponen de manifiesto tanto las cualidades literarias del autor, como los aspectos técnicos de las tácticas guerreras terrestres de griegos (falanges de hoplitas) y troyanos.  Desde una perspectiva realista, la obra de Homero subraya las tendencias expansivas del pueblo griego y su creciente influencia en el espacio mediterráneo.  La guerra de Troya duró 10 años y al término de ella, las ciudades griegas iniciaron un largo proceso de crecimiento y predominio imperial.
 
Hasta esta etapa de la Historia de Occidente, el horizonte mental, político y geográfico de los estrategas y gobernantes griegos es el Mediterráneo.   El mundo llega hasta las “Columnas de Hércules”.
Entre La Hélade y el dominio de Alejandro el Magno, pudiera verse una cierta solución de continuidad, aunque el quiebre intelectual y político que produce su dominación, puso de relieve el fracaso de la polis griega como forma política adecuada para un mundo dominado por vastas construcciones imperiales.
Alejandro no escribió sus conquistas ni teorizó acerca de su imperio, pero su genio consiste precisamente, en la realización objetiva de una vasta obra de confederación de culturas, pueblos y Estados diversos.
Sin embargo, fue Julio Cesar (101-44 AnE), el gran conquistador romano, quién primero tuvo una de las intuiciones estratégicas más realistas: la idea de que la supremacía militar conduce casi irremediablemente a la dominación política. 
Cesar fue el primero que hizo uso del arte de la Política para conquistar las voluntades y la adhesión, al mismo tiempo que utilizó el arma del arte de la Diplomacia, para convencer a sus conciudadanos y a otros pueblos de las ventajas de su dominio, en una adecuación realista con el arte de la Estrategia, ampliando los límites de las conquistas romanas,  poniendo en práctica así una política de poder en la que combinó la satisfacción de sus intereses y ambiciones personales, con la preservación y ampliación de los intereses vitales de Roma.
Diversos historiadores han visto en la obra literaria de Julio Cesar, especialmente en sus Comentarios de la Guerra de las Galias, como un clásico de la propaganda política, en la que el general y Senador victorioso, junto con reivindicar las victorias obtenidas en el campo de batalla sobre los pueblos galos, se sitúa por encima de las rencillas políticas que atraviesan la República.  En ella, se describe la confrontación entre la táctica de bloque y de rodillo compresor utilizada por las legiones romanas, y la táctica de guerrilla organizada por los diversos pueblos francos.   La ocupación romana a continuación –hecha en base al poblamiento estable y a la construcción de una cadena de aldeas-fuertes fronterizas, el “limes” imperial, permitió extender los límites del Imperio hasta el Norte de Europa y la Germania.
Es importante subrayar que la lógica realista de los romanos, aplicada en la esfera estratégica les permitió lanzarse a la conquista del mundo que los rodeaba.  Para ello, dividieron a los pueblos vecinos para combatirlos unos a otros; se sirvieron de los pueblos sometidos, para dominar a aquellos que no lo estaban; intervinieron en los conflictos internos de los pueblos no sometidos a fin de proteger a los débiles, y lograr con ello el dominio; ejecutaron un estilo de guerra sin cuartel, de manera de ser más inflexibles en las derrotas que en las victorias; e invadieron los territorios vecinos bajo el pretexto de defenderlos de sus enemigos.
No deja de ser sugestivo constatar que, paralelamente a la evolución política de las culturas europeas y asiáticas, en América, diversos pueblos como los olmecas (300 AnE-300 NE), la cultura de Teotihuacán  (100-200 NE), o los aztecas y mayas en América Central (400 AnE- 1000 NE) construyeron sistemas políticos de rasgos imperiales, combinando conquista militar y económica, dominación político y fuertes influencias culturales y religiosas.
Los aztecas extendieron su dominación desde el centro de México, durante casi un siglo (1440- 1521 NE), a partir de la Triple Alianza de reinos-ciudades (Tenochtitlán, Texcoco y Tlacopán), en una combinación política de capacidad de aprendizaje, fuerza militar organizada, y una política diplomática hábil y flexible.
Del mismo modo, a partir de los horizontes culturales Chavin y Nazca, los imperios de Tiwanaku (siglos VII al XI NE) y de Tahuantinsuyo en América del Sur, configuraron una amplia estructura de dominación política y económica, que llegó a su apogeo con Thupa Inka Yupanki y Wayna Qhapaq (1463-1493 NE), y que supo equilibrar un cierto grado de autonomía relativa de los señoríos locales, con una estructura centralizada de poder supraterritorial, adaptándose –de un modo realista y pragmático- a las condiciones de una gran diversidad de pueblos y espacios geográficos conquistados.
Hay que subrayar aquí la importancia de la sacralidad del poder y la dominación que instauraron los pueblos americanos originarios.  Mayas, aztecas e incas dieron una relevancia excepcional al carácter místico, divino y sagrado de sus gobernantes imperiales, instaurando una tradición de poder elitista casi absoluto, que perduró mucho más allá de la conquista española.
Al otro lado del mundo, en China y en las grandes estepas de Mongolia, por su parte, se desarrolla la experiencia conquistadora del Imperio Mongol.   Bajo  el poder de Gengis Khan (1155-1227 NE), los ejércitos de arqueros y jinetes mongoles se convirtieron en una arma política, en una combinación realista de alianzas, saqueos, conquistas, incursiones relámpago y ocupación territorial.  En el siglo XVII, la expansión mongol decayó y fue finalmente detenida, ante  el crecimiento del poder manchú.
La lógica estratégica de la cultura china, ha sido sintetizada en numerosos autores, pero el más conocido es Sun-Tzu cuyo Arte de la Guerra (escrito en el siglo V AnE.) es considerado un clásico hasta el día de hoy.  Sun-Tzu enfatiza la importancia del dominio de la voluntad guerrera como parte de una visión humana integral en la que la fuerza se somete a los imperativos de la inteligencia, de la sabiduría y del conocimiento.
El derrumbe de los grandes imperios de la Antigüedad, dió paso a una disgregación de la unidad política y territorial y a una poderosa tendencia centrífuga en la geografía política de Europa y Asia: así surgió el feudalismo.
La estrategia medieval
Probablemente la experiencia estratégica e internacional de Europa, en la época medieval, comenzó, entre otros hechos, con las invasiones de los marineros escandinavos.   Los normandos o vikingos ejercieron una combinación bastante pragmática de conquista depredadora, saqueo e intercambio comercial, sin buscar prioritariamente la ocupación territorial, durante un largo período que va desde el siglo VIII hasta el IX, en las costas de Europa occidental y del norte.
Numerosos autores han subrayado el aspecto épico de las guerras medievales.  Hayan sido motivados por el afán de conquista, por las necesidades dinásticas o las ambiciones principescas, los conflictos de la Edad Media se nos aparecen como guerras entre caballeros, que van adquiriendo un aspecto cada vez más refinado y barroco.
No es posible quedarse con ésta primera impresión.   Las prácticas guerreras y de la Política exterior de los Estados medievales, dejan traslucir un notorio realismo.
La formación del Imperio Carolingio, a partir de la coronación de Carlomagno (en el 800 NE), constituyó una expresión de las posibilidades y limitaciones del poer de los francos.  Se extendieron hacia  el Mar del Norte y el Báltico, hacia la región de Bohemia, hacia los reinos itálicos y España y en dirección de las regiones eslavas de los Balkanes.  Pero, a la muerte del emperador (814 NE), el Imperio carolingio se desmoronó en menos de dos generaciones.
En efecto, por debajo de la dialéctica y la elegante retórica religiosa, teológica o política de los guerreros y diplomáticos del Medioevo, se encuentra siempre una intrincada gama de intereses de poder y de dominio y de fuerzas poderosas y actuantes las que constituyen el material objetivo, concreto de las ambiciones y las pasiones desatadas en el campo de batalla o en los refinados salones.
Ya en esta época, resulta cada vez más claro que la guerra es un acto político que obedece a una finalidad política del gobernante.  A partir de Santo Tomás de Aquino, todos los autores medievales parten del principio realista de que la guerra justa debe ser conducida por el monarca, lo que conduce a relacionar el acto bélico como acción militar, con los intereses políticos que le daban justificación.
Así se puede considerar la obra  El arbol de las Batallas, como una de las primeras obras estratégicas medievales, publicada entre 1382-1387 por Honoré Bonnet, y donde ya se plantea el tema de la guerra justa y la responsabilidad política primordial del Príncipe [es decir del gobernante], en su organización y en su conducción.
Pero sin duda, la acción político-estratégica más relevante de la Edad Media, fueron las Cruzadas. Entre el siglo XI y el siglo XIII, numerosos reyes, príncipes y guerreros europeos de todo tipo enfrentaron a los ejércitos islámicos por el dominio de Jerusalén y otros territorios.  Se trataba de una época de abierta expansión de la dominación política y militar árabe, la que ejercía una fuerte presión geopolítica sobre todo el flanco sur de Europa, desde España por el oeste hasta Siria y Palestina por el este.
 ¿Qué mas grande acto de realismo estratégico que pretender recuperar la lejana Tierra Santa en el Medio Oriente, bajo una inspiración declaradamente religiosa y mística, cuando en realidad lo que se pretendía era asegurarse los mercados  orientales y las rutas de navegación y comercio con Asia, amenazadas por la expansión árabe?
La primera Cruzada fue proclamada en el año 1095, y demoró más de un año en ponerse en marcha, en la medida en que los señores feudales comprendían que para vencer, necesitaban asegurarse la superioridad militar en Oriente. Se desarrolló entre el 1096 y el 1099. La mayoría de los ejércitos se desplazaron por tierra, mientras que la expedición naval coincidió con las fuerzas terrestres a su llegada a Bizancio.
Desde una óptica estratégica e internacional, las Cruzadas pueden ser comprendidas como el choque de dos culturas políticas con vocación expansionista sobre el vasto espacio territorial de Europa oriental, el Medio Oriente y el Mediterráneo. Las consecuencias no solo fueron una suerte de occidentalización del Oriente y de orientalización de Occidente, sino también el fortalecimiento de los intercambios comerciales y del progreso cultural, como consecuencia de la apertura a los nuevos conocimientos y técnicas de  que cada cultura era portadora.
La última Cruzada se realizó en el 1270 (siglo XIII), pero resultó un fracaso.
La cultura árabe encontró durante la Edad Media, en Ibn-Khaldoun (1332-1406 NE) una adecuada síntesis política y estratégica.  Khaldoun, desde una perspectiva de observador agudo de la realidad y de historiador, sustenta la necesaria complementariedad de las ciencias y del conocimiento, con exclusión de todo juicio o a-priori moral.
La guerra de los Cien Años (1337-1453), constituyó una etapa decisiva en el debilitamiento del feudalismo europeo, y en el fortalecimiento de las burguesías comerciantes y bancaria.  Esta es la época en que predominan la infantería y la caballería, pero sin lograr un efecto decisivo sobre el campo de batalla o en la escena política internacional.  Al término de éste conflicto, ni Francia ni Inglaterra resultaron beneficiadas sino que por el contrario, debido al desgaste y la destrucción prolongada, sus economías estaban debilitadas y sus fuerzas diezmadas.
Por otra parte, la formación de la Liga Hanseática (de la que llegaron a formar parte cerca de 90 ciudades comerciales e industriales del norte de Alemania, Polonia, los países bálticos y Rusia), reflejó también una estrecha y realista asociación entre los intereses comerciales y el significado político atribuido a éstos.  La Liga Hanseática (predominante en los mares del Norte de Europa entre  mediados del siglo XIII y fines del siglo XV) se planteó como una de sus metas, competir frente al comercio de las ciudades italianas, de manera que su peso financiero y su potencial económico, determinó en muchos casos la política exterior e interior de los Estados en que estaba implantada.
Por lo tanto, la política comercial de la Liga de Hansa es una política pragmática de poder económico, respaldada –en última instancia- por el poder político, es decir, estuvo profundamente dominada por los intereses materiales de los comerciantes dominantes en las ciudades de la alianza.
La misma lógica de poder y dominación, caracterizó a las ciudades-Estados italianas encabezadas por la República de Venecia, desde el siglo XII al siglo XV.
“La moneda de la ciudad de Venecia, el ducado de oro, llegaría a ser durante más de trescientos años, junto al florín de Florencia, el patrón monetario del Mediterráneo occidental.” (Crónica de la Humanidad.  Barcelona, 1987.  Plaza & Janés Editores, p. 367).  El predominio de los intereses comerciales como manifestación pragmática de la voluntad de hegemonía de una unidad política en la escena internacional, encuentra un ejemplo evidente en la experiencia veneciana: los intereses económicos, a medida que se hacen predominantes, impulsan la búsqueda de la hegemonía política, mediante la utilización del instrumento estratégico -en este caso- de una poderosa flota de guerra.
Pero es necesario llegar hasta el Cinqueccento italiano, con autores como Maquiavelo, Guicciardini y otros, para  encontrar el realismo estratégico formulado sobre bases históricas y conceptuales sólidas.
Como se ha visto más arriba, Maquiavelo funda la autonomía de lo Político y pone de manifiesto en Los Discursos sobre las Décadas de Tito Livio, en El Príncipe y especialmente en El Arte de la guerra, la significación política de la acción estratégica.
Nicolas Maquiavelo tambien aporto al desarrollo de la Estrategia y al estudio de la guerra.
En  El arte de la guerra, N. Maquiavelo se plantea dos temas mayores: el primero, la organización de las milicias y los Ejércitos, en virtud de las necesidades políticas del Príncipe o del Estado; y el segundo, proclama la necesidad de reemplazar las fuerzas militares de mercenarios (condottieri) por Ejércitos nacionales, que garanticen a la vez, el control político del gobernante, y la fidelidad de las tropas a los intereses nacionales y al Estado al que obedecen.
El ambiente intelectual que determina el realismo maquiaveliano en el campo estratégico, es el del Humanismo dentro del Renacimiento.  Esto significa que Maquiavelo –siguiendo los dictados del humanismo- rinde tributo a la Antigüedad clásica, y se basa en la experiencia de la República de Roma, para afirmar el carácter nacional que deben tener los ejércitos y la primacía de lo político como orientación superior que dirige lo estratégico y militar.
El Humanismo operó como una poderosa corriente intelectual y cultural que invade las mentes de los europeos del siglo  XIV y XV, aunque también puede ser comprendido como una manifestación del racionalismo realista con que los pensadores, políticos y estrategas deciden centrar su pensamiento en el ser humano, entendido ahora como  objeto central y privilegiado  de reflexión e investigación.
Maquiavelo anticipó así la Modernidad, al situar la acción estratégica como una necesidad que funda la justicia, al interior de una reflexión política realizada por el gobernante de la Nación.  Para Maquiavelo, la guerra es justa cuando es necesaria.
Los principales pensadores estratégicos de la época feudal después de Maquiavelo, fueron Gustavo Adolfo de Suecia (1554-1632),  Mauricio de Sajonia (1696-1750), Federico II de Prusia (1712-1786) y el conde de Guibert (1743-1790), quienes tuvieron la particularidad de combinar la experiencia militar en terreno, con el ejercicio del poder político y la reflexión estratégica e intelectual.  Ellos fueron los teóricos del orden de batalla en sus más diversas combinaciones.  Propiciaban con mayor frecuencia una estrategia de usura y de agotamiento del adversario, antes que su destrucción total.
Federico II de Prusia escribe Los principios generales de la guerra en 1746, y posteriormente su Testamento militar en 1768.  Partidario de utilizar grandes masas de soldados en el despliegue de sus fuerzas sobre el teatro de la batalla, propuso el concepto del orden oblicuo, una forma de ataque por el flanco que supone el avance de un ala por escalones y la retirada del otra ala, de manera de obtener una victoria rápida mediante el envolvimiento de las líneas enemigas.
A su vez, el conde de Guibert publica en 1772 su Ensayo General de Táctica, en el que desarrolla dos grandes temas.  En el primero, propugna la  necesidad de formar Ejércitos nacionales, sobre la base de los ciudadanos, con lo que se adelanta a la experiencia de la Revolución Francesa de la Nación en armas y de la conscripción general.  En segundo lugar, Guibert postula el predominio de la guerra de movimientos:  una  guerra en la que los ejércitos desarrollan su máxima movilidad en líneas interiores y exteriores, mediante audaces maniobras destinadas a superar las posiciones del enemigo.
Estamos en el siglo XVII y en los inicios del XVIII, la época de oro del barroco…
Cuando las anteriores y poco decisivas guerras entre caballeros pasaron a convertirse en guerras entre mercaderes y mercenarios (siglo XVI al XVII), el predominio emergente de las burguesías comerciales europeas en la esfera del poder político (en Italia, en España, en la Liga Hanseática, en las Provincias Unidas…) determinó que los conflictos y guerras, dejen de estar motivadas mayoritariamente por intereses dinásticos (no obstante ciertos anacronismos persistentes), dando paso a enfrentamientos causados por intereses económicos y comerciales de dominación.
Incluso en el contexto de la lucha multisecular entre la Cristiandad y el Islam, una de cuyas formas fueron las Cruzadas, los intereses comerciales no podían ocultarse tras el velo religioso que las justificaba.
El historiador inglés Michael Howard,  dice al respecto que: “…en el curso del siglo XVII la aptitud para hacer la guerra y mantener el poderío político dependía de más en mas, del acceso a las riquezas provenientes del mundo extra-europeo o derivadas de su comercio.  Existía en realidad una interacción permanente entre el desarrollo de las empresas europeas de ultramar y los conflictos interiores en el continente.”
 Y expone más adelante, que “Al término de la guerra de los Treinta Años, en 1648, la mezcla de celo religioso, búsqueda de botín y la aspiración a honestos beneficios comerciales que había inspirado la expansión europea y las rivalidades marítimas en el curso de los dos siglos precedentes, se sistematizó y se simplificó: los conflictos ahora opusieron a los Estados y tuvieron por objetivo la conquista del poder”. (
[2])
La manifestación más explícita de esta combinación entre poder estratégico y político, al servicio de los intereses económicos, la encontramos en la época de los grandes descubrimientos marítimos.
La expansión marítima
 de las potencias europeas
¿Qué explica el formidable poder de expansión que despliegan las naciones europeas desde el siglo XV y XVI?
En poco más de dos siglos, mientras Europa vivía un formidable Renacimiento cultural, artístico e intelectual, varias naciones europeas se lanzaron a una empresa sin precedentes de descubrimientos geográficos, conquista territorial y expansión colonial.
No todas las naciones de Europa tuvieron una voluntad política de conquista colonial, pero aquellas que habían logrado edificar  una flota mercante y guerrera considerable, habían adquirido una experiencia de navegación apoyada en recientes conocimientos científicos: el sextante, la brújula y los avances cartográficos, no sólo confirmaban el hallazgo teórico de la esfericidad de la Tierra (N. Copérnico, 1473-1543), sino que abrieron los horizontes mentales e intelectuales de políticos, gobernantes y científicos, e hicieron por primera vez pensar en términos de planeta lo que hasta ahora sólo se circunscribía al Mediterráneo y los mares continentales.
Los autores intelectuales de la expansión marítima de Europa no fueron estrategas, sino que fueron inventores, marinos y comerciantes.  Y en el trasfondo de ésta formidable hazaña, hay que situar el significado político y militar de algunos descubrimientos científicos y tecnológicos de importancia.  El cañón (con metales de mejores aleaciones) y la pólvora (recién traída desde China por Marco Polo), fueron las herramientas militares de la nueva dominación; la brújula y el sextante, fueron los instrumentos exactos que guiaron el acceso a los mares y océanos desconocidos o inexplorados; y la imprenta de tipos móviles, fue el vehículo de transmisión de ideas.
Francis Bacon, por ejemplo, en el siglo XVI, constata que “…después de la invención del cañón, sus efectos pueden ser descritos de la siguiente manera: tenemos una nueva invención por la cual las murallas y las grandes obras militares pueden ser perforadas y derrumbadas desde una considerable distancia, con lo cual los hombres poseen ahora una considerable fuerza, para incrementar la potencia  de los proyectiles y de las máquinas.   Estas invenciones, junto a la imprenta, las armas de fuego y el compás, están cambiando la apariencia y el estado del mundo entero…” (
[3])
Los Estados se comprometieron económica y políticamente en las expediciones y descubrimientos.   Aquí, una vez más, el poder político, percibiendo los intereses económicos implícitos en la empresa colonial, apoyó los esfuerzos privados,  y adaptó sus estructuras de poder a las nuevas condiciones geográficas.   Inglaterra, España, Portugal y Francia, materializaron la conquista de nuevos territorios a continuación  de los descubrimientos, haciendo de ellos, no sólo espacios geográficos de descubrimiento, sino sobre todo los convirtieron en territorios de dominación y de poder.
La navegación y el comercio de ultramar, se fueron convirtiendo en parte de una estrategia marítima de dominación de mercados y de territorios.
Así, la política territorial y colonial de las potencias europeas del siglo XV y XVI se  fue configurando como una política de poder basada en intereses materiales, los que con el paso del tiempo se convirtieron en intereses vitales.
La política imperial del poder
La formación de sistemas imperiales constituye una de las más notables constantes en la Historia de la Humanidad.
Si se analizan desde una perspectiva histórica global, podría argumentarse que, no obstante las diferencias particulares de cada uno de ellos, la formación de sistemas de dominación imperial constituye una etapa de culminación de varios fenómenos socio- económicos, políticos y militares, en un momento dado del desarrollo de la formación estatal.  
Obsérvese, por ejemplo, los períodos de expansión imperial experimentados por China, y por el Islam.  Se trata de dos ejemplos de predominio basado fundamentalmente en una hegemonía militar terrestre, continental, la que se tradujo a continuación en dominación política. 
Entre 661 y 750 NE., el Islam se extendió por el Oriente Medio, abarcando todo el Maghreb y bordeando los dominios eslavos de Europa oriental y los pueblos de la India.    Como efecto de ésta expansión entraron en crisis, los dominios bizantino, persa, egipcio y de la Mesopotamia, desarticulando el sistema político en torno al Mediterráneo y del Medio Oriente.
 Bajo la conducción de Mahoma, Abu-Bakr, Omar I y Otman los ejércitos de la caballería árabe construyeron una amplia zona de dominación política y militar, manteniendo ciertas autonomías locales y regionales, y a partir de la cual, el Imperio pudo intentar la conquista de zonas del sur de Europa.
El dominio imperial, desde la Antigüedad hasta hoy, es un fenómeno estatal, si se lo comprende desde el punto de vista histórico y político.
Se define como política imperial del poder a la expresión material y simbólica de la hegemonía y dominación que ejerce un Estado sobre otros Estados, como resultado de una política voluntarista más o menos sistemática, en un momento del proceso histórico internacional.
 
Dos son los elementos materiales que fundamentan la política imperial del poder: uno, el logro de una cierta hegemonía en el plano económico, material y tecnológico, de manera que la superioridad alcanzada es reconocida por los demás actores de la escena internacional; y dos, la obtención de una cierta hegemonía estratégica que resulta del potencial militar que cada Estado posee.
Cuando se analiza la evolución histórica de Occidente, se perciben claramente, sucesivos períodos de hegemonía imperial.
A partir del siglo XV y XVI, la expansión comercial fue uno de los fundamentos racionales de la políticas de ciertas naciones europeas, a partir de la cual buscaron el dominio sobre otras regiones del mundo.
Hay allí, una combinación compleja de factores, tales como la  búsqueda de nuevos mercados, el desarrollo de la potencia marítima y naval, y el logro de la cohesión nacional y voluntad política deliberada por alcanzar una posición de predominio en la escena internacional.
La historia de Occidente, en los últimos cinco siglos, puede ser enfocada desde la perspectiva de la emergencia, apogeo y decadencia de sucesivos imperios marítimos y terrestres.
Así, el siglo XVI puede ser caracterizado como la época de predominio de España, bajo el poder de Carlos V (1516-1556), hasta la derrota sufrida por la “Armada Invencible”, en 1588 por la flota inglesa.  Después de  una primera época, marcada la conquista de los grandes imperios de América (que realizan principalmente H. Cortés, F. Balboa y F. Pizarro), España construye un vasto imperio basado en la explotación económica y el saqueo de las riquezas, el desplazamiento y mestizaje  cultural y social de algunas culturas aborígenes, la conquista y reparto territorial, el exterminio de los pueblos originarios renuentes, y el poblamiento y formación de unidades políticas coloniales urbano-rurales.
El dominio imperial español fue el de una nación esencialmente terrestre, continental, que había logrado formar una relativa capacidad naviera, vocación que determinó e hipotecó su futuro como potencia.
Del mismo modo, el siglo XVII europeo  estuvo marcado por el dominio relativo de Francia bajo Luis XIII, el cardenal de Richelieu (1624-1642) y Luis XIV. 
La Política de Razón de Estado construída pacientemente por los cardenales Richelieu y Mazarino, hecha de riguroso realismo político, búsqueda de la unidad territorial y política, y de construcción de la potencia nacional, industrial y marítima, puede ser considerada la base material sobre la cual se edificó el prestigio y la influencia cultural y política ejercida por Luis XIV en toda Europa, durante este período.
En el siglo XVII, la Paz de Westfalia (1648), que puso término  a la Guerra de Treinta Años, puede ser considerada como el punto de partida del Derecho Internacional moderno.  El Tratado que puso término a este largo conflicto europeo, reconoció el principio de la igualdad jurídica de los Estados, sin distinción de su tamaño o forma de Gobierno, proclamó la necesidad de las asambleas internacionales como mecanismo de negociación diplomática, y señaló la importancia de las alianzas entre Estados como forma de asegurar la paz y la solidaridad y de buscar al adecuado “contrapeso” entre las distintas potencias y Estados.
La obra político-estratégica más relevante del Cardenal de Richelieu se encuentra en su Testamento Político (1642), en el que proclama su adhesión a las doctrinas en boga del mercantilismo, al nacionalismo económico, y a la necesidad de afirmar la supremacía del Estado y de la política de Razón de Estado para asentar la unidad nacional por encima de las facciones, disensiones religiosas y actitudes de fronda de la aristocracia, y para construir metódicamente el engrandecimiento del Estado, en la esfera internacional.
El apogeo cultural francés, sin embargo no se tradujo en un imperio colonial extenso, aunque aquí también hubo de ser determinante el profundo apego terrestre, rural que forma parte -de un modo atávico- de la cultura y de la historia francesa.  El predominio cultural, político y estratégico francés –con Luis XIV y con Napoleón dos siglos más tarde- fue siempre esencialmente terrestre, carente de una voluntad marítima.
El siglo XVIII, por su parte, estuvo marcado por tres fenómenos imperiales al mismo tiempo, a saber: el inicio de la emergencia del poder de Prusia (con Federico II, entre 1740-1786) como potencia continental, en el centro de Europa; la emergencia gradual de Inglaterra como potencia marítima (a partir aproximadamente de 1763),  la máxima expansión del Estado francés hasta alcanzar una forma imperial, con la experiencia de Napoleón Bonaparte (1799-1815).
Los pensadores estratégicos más relevantes en el período de las guerras napoleónicas, y quienes mejor teorizaron al respecto, fueron Ardant du Picq, Jomini  y  Clausewitz.
Henry de Jomini (1779-1869)  en su obra mayor Précis de l’Art de la Guerre (1855) tuvo la virtud de captar el significado militar y las implicancias estratégicas de la reciente Revolución Industrial.  Percibió que las nuevas invenciones en curso (el motor a vapor, los obuses de artillería, el fusil de aguja y el revólver, los primeros fusiles ametralladoras, entre otros) estaban aproximando una revolución profunda en el desarrollo de la guerra, y en la capacidad ofensiva y poder de fuego de los ejércitos.
El mundo estaba entrando en la época del telégrafo, del navío acorazado, de los ferrocarriles, de los vehículos blindados, de manera que resultaba evidente que el desarrollo de la siderurgia y de la industria en general, estaba potenciando los intereses nacionales y de seguridad de la Nación en armas y del Estado con intenciones imperiales.
A su vez, Carl von Clausewitz (1780-1831), puede ser considerado como el pensador estratégico más importante de los siglos XIX y XX.  En su obra De la guerra, pensó el complejo fenómeno de la guerra, desde la amplia perspectiva de la Ciencia y de la Política.  El edificio teórico de Clausewitz se apoya sobre el concepto de la guerra definida como un acto de violencia destinado a obligar al adversario a ejecutar nuestra voluntad, sobre la noción de que siempre se trata de un conflicto de grandes intereses, y de que en definitiva, constituye la continuación de la Política por otros medios.
El análisis de Clausewitz desarrolla la relación entre la guerra absoluta y la guerra real, sitúa al fenómeno bélico como instrumento de la Política, define la importancia estratégica del centro de gravedad de la guerra y de la batalla, propone que la defensiva es la forma más eficaz de guerra y subraya la gravitación de la batalla decisiva en el curso del conflicto.
Toda la política del siglo XVIII y de los inicios del siglo XIX estuvo condicionada por la confrontación y la búsqueda de  esferas de influencia, con la formación de Estados- pivotes y Estados- tampones, destinados a servir en el juego complejo de los intereses de dominación de Inglaterra, Prusia y Francia, y en los que Rusia, Austria  y el Imperio Otomano jugaban un rol creciente.
Es alrededor de la experiencia napoleónica que surgió en Europa, el concepto de equilibrio entre las potencias, entendido como una condición política y estratégica en la que cada Estado y cada alianza de Estados, posea un grado de control y poder suficiente para ejercer su dominio en términos que no alteren la estabilidad y la paridad relativa en el conjunto del sistema de Estados y naciones involucrados.   Uno de los artífices de éste modelo de orden internacional, fue el Ministro K.W.L. Metternich, quién logró situar al Estado austríaco como un Estado-pivote de equilibrio y de árbitro en el sistema europeo (Santa Alianza y Congreso de Viena, 1815), con lo que de paso,  le otorgó un rol político y estratégico cada vez más relevante al Imperio Austríaco.
El Congreso y el Tratado de Viena (1815) marcaron un momento decisivo en la evolución de la Política Internacional y del Derecho.  El realismo político moderno se nutre  del Congreso de Viena, en la medida en que dicho encuentro tuvo como resultado principal la consagración política y diplomática del principio del equilibrio, como instrumento político y estratégico básico, orientado a garantizar la paz y la estabilidad en el sistema internacional.
Ciertamente, todo el siglo XIX estuvo condicionado por dos fenómenos imperiales mayores: el acceso de Inglaterra a la condición de primera potencia  marítima y comercial mundial, y la formación y consolidación de Prusia como gestora de la unidad nacional alemana.
En ambos fenómenos, que resultan como efectos retardados del derrumbe del Imperio napoleónico, Inglaterra y Prusia desarrollaron formas sistemáticas de política imperial aunque con finalidades diversas.  Inglaterra ocupa el siglo XIX con el gobierno de la reina Victoria (1837-1901) al alcanzar el zénith de su expansión imperial, dominio que se eclipsó con la I Guerra Mundial (1914-1918), mientras que Prusia, bajo la conducción de O. V. Bismarck (1815-1898), da forma al Estado nacional alemán, bajo la forma de un imperio con posesiones coloniales en Africa y Asia.
Con la guerra franco-prusiana de 1870, la Prusia de Bismarck culminó el proceso de construcción de su unidad nacional, dando forma al I Reich alemán.  Es interesante observar que cuando el Estado alemán completó la unidad de la nación alemana, lo hizo afirmando militarmente su superioridad sobre Francia, y bajo una forma política imperial única modalidad considerada suficiente y adecuada al mantenimiento de la cohesión de los numerosos particularismos y regionalismos de dicha región europea.
Los realizadores de las teorías de Clausewitz en el plano estratégico, fueron los generales prusianos Moltke y Schlieffen, quienes, como herederos de la tradición formada por Scharnhorst y Gneisenau en la Escuela de Guerra de Berlín, llevaron a su máxima perfección la organización, disciplina y doctrinas de empleo del ejército, como herramienta al servicio de la Política del Estado.  El realismo de la política de Estado pasa por el realismo estratégico de los jefes militares.
El retardo de Alemania en acceder a la unidad nacional, y su impulso político y militar por obtener rápidamente una forma imperial, será una de las causas del desequilibrio que originó la I Guerra.
En el siglo XX, a la lenta decadencia de la hegemonía británica, se sucede la llegada de Estados Unidos a la condición de potencia mundial, y la aparición de la Unión Soviética como factor global de equilibrio, de disuasión y de bi-polaridad (1945-1990).  
En efecto, los tres rasgos característicos de la política internacional durante el siglo XX, desde el punto de vista de los sistema imperiales de dominación, son el eclipse final del imperio británico (arrastrado tanto por los ingentes costos humanos y materiales de la I Guerra Mundial, como por el colapso de su dominio sobre Canadá, la India y otras colonias de importancia), la emergencia de los Estados Unidos a la condición de potencia mundial, la que se inicia en el período de entre-guerras (1918-1939), y el surgimiento de la Unión Soviética como potencia industrial y militar en Eurasia (1917-1939).
De este modo, aún cuando la política internacional entre las dos guerras mundiales aparece dominada por los imperios emergentes de Alemania, Italia y Japón, bajo fuertes dictaduras militares, el fenómeno político dominante en ésta época es el militarismo y el predominio de políticas voluntaristas de expansión imperial.
La geografía como arma estratégica
en las Relaciones Internacionales
En algún momento de su desarrollo histórico y material, cada Estado como entidad política situada en la escena internacional “toma consciencia” de su realidad geográfica, comprende los procesos de territorialización que ha estado experimentando y percibe la importancia de dichos espacios en cuanto ámbitos en donde tiene lugar la Política, la Diplomacia y la Estrategia.
Entonces, surge en el Estado la conciencia geográfica de su Historia, y en la Nación, la conciencia histórica de su Geografía.
Las dos manifestaciones históricas más explícitas de ésta conciencia territorial, provienen de la Geopolítica y de la Oceanopolítica.
Numerosos autores contemporáneos han subrayado que la Geopolítica tradicional, surgió a fines del siglo XIX y primeros veinte años del presente siglo, como una derivación intelectual de la Geografía Política, muy en boga en los círculos universitarios alemanes y nor-europeos.  Analizemos éste fenómeno.
El primer período de la Geopolítica:
elementos para un análisis crítico.
Existe, en efecto, una primera época del pensamiento geopolítico, que surge y se desarrolla dentro de una óptica marcadamente organicista y fuertemente determinista.   Sus influencias intelectuales originarias más significativas, provenían de H. Spencer y de Ch. Darwin, y de las derivaciones sociales que resultaron de sus teorías sociológicas y biológicas.
Así, dos líneas intelectuales se sitúan en las bases de la primera reflexión geopolítica: por un lado, el desarrollo del “darwinismo social”,  a partir de Ch. Darwin, en la segunda mitad del siglo XIX, incluyendo a H. Taine, G. Le Bon, L. Woltmann y V. de Lapouge; y por el otro, un cierto “bio-historicismo” que desarrollan F. List (1789- 1842),  y A. de Gobineau (1816- 1882), el que se entronca con O. Spengler , A. Rosenberg (uno de los teóricos mayores del nazismo alemán),  y con F. Ratzel.  En List y Gobineau, la Geopolítica inicial se alimentó del racismo, y a través de A. Rosenberg, a su vez, contribuyó decisivamente a elaborar una visión ideológica racista de la Historia, a partir del supuesto “conflicto entre la raza aria y la raza semita”.
Inicialmente, autores como F. Ratzel, con su Politische Geographische  y a continuación K. Haushofer, fueron construyendo un cuerpo teórico configurado en torno a conceptos tales como “espacio vital”, “heartland”, “rimland”, o la asociación entre “suelo, sangre y raza”, nociones que estaban construídas sobre la base de una visión organicista del Estado.   Otros autores alemanes en la década de los treinta y cuarenta, dieron contenido a esta visión: L. Mecking, H. Schrepfer, H. Rüdiger, N. Krebs o R. Hennig, para nombrar a los más connotados, trabajaron sistemáticamente la nueva concepción geopolítica.   Numerosos títulos aparecidos en la revista de Geopolítica creada en torno a Haushofer, la Zeitschrift für Geopolitik (revista que, desde 1932, estuvo influenciada y dominada por el Partido nazi), atestiguan el enfoque señalado.
Al mismo tiempo, desde los inicios de los años treinta, esta Geopolítica se asoció directamente con los proyectos expansionistas, racistas y belicistas del nazismo alemán, otorgándole una justificación integral, completa, y respaldándolos con un conjunto de fundamentos teóricos, ideológicos y políticos, por lo que sus postulados hicieron crisis junto con el derrumbe del III Reich,  al término de la Segunda Guerra Mundial.   Por ello puede afirmarse que dicha Geopolítica era nazi en su esencia y contenido.
Al analizar sus postulados, se puede descubrir que esta primera Geopolítica constituye una representación político-estratégica e ideológica del mundo, que tiende naturalmente a centrarse en una concepción totalizadora del poder, y en una idea absoluta de la Nación y del Estado, como si ambas fueran entidades totales y homogéneas.   Hay que subrayar que toda Geopolítica es una empresa intelectual esencialmente « patriótica », ya que intenta colocar al propio Estado, en el centro de las representaciones cartográficas del espacio territorial, de manera que la Cartografía termina graficando lo que los geopolíticos quieren que grafique…
Las falencias intelectuales de aquella visión geopolítica no solo provienen de su incapacidad conceptual para interpretar la creciente interdependencia y complejidad del mundo moderno, de las estrategias y formas políticas que hoy caracterizan a la sociedad, sino del hecho que las interpretaciones y asociaciones conceptuales organicistas, belicistas y racistas, son absolutamente insuficientes, y se encuentran en una fase pre- científica de las Ciencias Sociales, y del estudio de la relación « hombre- geografía ».
Ya ha sido demostrado que los procesos orgánicos funcionan conforme a lógicas completamente distintas y con elevados grados de pre- determinación, mientras que los sistemas sociales y políticos están dotados de características de complejidad y azar, que aquel organicismo primitivo no puede explicar.
Le Geopolítica de la primera época, era profunda y radicalmente estatista, ya que concebía al Estado como un organismo absoluto y predominante en la escena geográfica y política.
La visión geopolítica que concibe al Estado como un organismo vivo que nace, crece, se desarrolla, decae y muere, adolesce precisamente de una lectura estrecha y limitada de la estructura estatal.  G. Sabine en su Historia de la teoría política subraya que “el argumento supuestamente científico de la Geopolítica no es más que una analogía biológica.  Según dicha lectura, los Estados serían “organismos” y mientras viven y conservan su vigor, crecen; cuando dejan de crecer, mueren…” , lo que pondría de relieve que el “bienestar social parece equivaler a la supervivencia del más apto…”.   Además de contener muchas ambiguedades lógicas, ésta confluencia de ideas y de pseudo- conceptos sociales y biológicos, ha sido una fuente de graves confusiones científicas.
 Al contrario de lo que pretende la geopolítica, el Estado no es un organo viviente; es una construcción política, jurídica, ideológica y territorial que se asienta en una sociedad históricamente determinada, es una estructura institucional compleja, que opera mediante resortes materiales y simbólicos de poder.
La segunda época de la Geopolítica
A partir de la década de los cincuenta, la reflexión geopolítica se centró la comprensión de los problemas geográficos y políticos derivados del nuevo escenario de conflicto bi- polar, en la forma de diversas escuelas nacionales geopolíticas, directamente vinculadas con los intereses nacionales de los Estados.
Autores como R. Kahn, H. Kissinger y otros desarrollaron nuevas interpretaciones geopolíticas, pero todas ellas se inscribieron en dos grandes tendencias intelectuales generales, que podemos sintetizar de la siguiente manera:
a)  una corriente de orientación determinista que heredó algunas nociones de la Geopolítica de la primera época y que conservó el concepto de predominio del medio geográfico que se impone a las organizaciones humanas y políticas; y
b)  una corriente de orientación posibilista que se desprende del determinismo anterior y sostiene la primacía del hombre sobre el medio natural, en un proceso progresivo de territorialización del espacio geográfico.
Además, desde el punto de vista marítimo y oceanopolítico, es posible formular una crítica mayor a las escuelas geopolíticas tradicionales.  En la práctica, las visiones geopolíticas no dejan de  operar conceptualmente dentro de una lógica esencialmente terrestre, como si la perspectiva de lectura dominante fuera para y en los espacios continentales, subordinando a los mares y océanos a un rol secundario.  La Geopolítica es un paradigma tal,  como si nos situáramos en la tierra, para observar y comprender el mar.
La perspectiva moderna de la Oceanopolítica
La Oceanopolítica surge durante la segunda mitad del siglo XX, como resultado de una serie de procesos intelectuales y políticos.
La nueva disciplina introduce un cambio profundo de perspectiva a éste respecto: ella permite analizar los fenómenos políticos, diplomáticos y estratégicos que suceden en mares y océanos, desde la perspectiva de los espacios marítimos, de manera que se nos ofrece como un paradigma tal, como si nos situáramos en el mar,  para observar y comprender la tierra.
Si la Geopolítica pretendía ser « la conciencia territorial del Estado », la Oceanopolítica pretende ser « la conciencia marítima de la Nación ».
La Oceanopolítica puede ser considerada como una visión con pretensiones científicas, que resulta de la confluencia multidisciplinaria de distintos aportes intelectuales.   Se trata de una  forma moderna de hacer ciencia a partir de los fenómenos marítimos y navales, en la medida en que su pretensión mayor es lograr establecer un conjunto aceptado de principios y teorías dotadas de racionalidad y de objetividad.   En términos generales, la ciencia social es moderna, porque cree y se afirma en los resultados del ejercicio de la razón, como fundamento objetivo del conocimiento.
La reflexión oceanopolítica se pretende a sí misma como una racionalización de los procesos y relaciones entre el Estado- Nación (como actor político programático) y los mares y océanos.  Desde esta perspectiva, los espacios marítimos y oceánicos son comprendidos y se configuran como campos teórico- prácticos relacionales, donde se ponen en juego los objetivos políticos, los grandes fines y sobre todo, los intereses nacionales y de seguridad de los Estados, como se analizará más adelante.
Para la Oceanopolítica, como para las demás disciplinas de las Relaciones Internacionales, el contenido esencial de las relaciones entre los Estados en la esfera marítima y naval son los intereses nacionales y de seguridad, en virtud de los cuales cada Estado desarrolla una Política, y despliega su Diplomacia y su Estrategia.
La Oceanopolítica es una disciplina o ciencia política del mar, es una manera política de ver las relaciones entre los Estados y naciones a propósito de los espacios marítimos.   La politicidad de los procesos y relaciones oceanopolíticas, proviene fundamentalmente del carácter  político de la acción de sus actores principales, los Estados, y del contenido esencial de las relaciones que éstos establecen entre sí a propósito de dichos espacios.
Así, resulta que la Oceanopolítica es -al mismo tiempo- una ciencia política de los espacios marítimos y oceánicos, y también, la Política de los Estados en los espacios marítimos y oceánicos.  Por ello mismo, la Oceanopolítica no es una geopolítica marítima, ni una geografía política de los mares y océanos, sino que resulta de una elaboración intelectual y político- institucional distinta, y que produce como resultado una reflexión científico- política acerca de los mares y océanos, la que se traduce siempre en políticas y estrategias.
En su definición más primaria y elemental, la Oceanopolítica estudia la Política en el mar y en los océanos. 
Su propia denominación, sugiere un elemento de encuentro, una síntesis entre el fenómeno político y el fenómeno oceánico, en la medida en que ambas dimensiones convergen en la realidad, desde los albores de la Historia de la humanidad.  
 Ahora bien, en la Época Moderna -inaugurada por el Iluminismo racionalista y humanista, la Revolución Francesa y la descolonización de las naciones- la Política en los océanos y espacios marítimos la realizan fundamentalmente los Estados-naciones, de lo que se desprende que la Política en el mar es siempre y en primera y última instancia la Política del Estado en el mar.
 

La Oceanopolítica puede definirse -para los efectos de este ensayo- como el estudio científico de las relaciones oceanopolíticas que se establecen históricamente entre ciertos actores políticos y los espacios marítimos y oceánicos.
Esto quiere decir que el fundamento de la teoría oceanopolítica, reside en una comprensión y racionalización sistemática y científica  de un cierto tipo de relaciones, las que se pueden clasificar en dos tipos básicos:
a)  las relaciones que  establecen los Estados y otros actores políticos entre sí a propósito de los espacios marítimos y oceánicos, relaciones que tienen lugar en la esfera internacional; y
b)  las relaciones que se establecen entre los Estados y los espacios marítimos y oceánicos, las que se sitúan generalmente en la esfera nacional, por su carácter jurídico y su contenido político.
De esta definición se desprende naturalmente, que los espacios marítimos constituyen una diversidad superpuesta e interdependiente  de arenas o campos relacionales.  Aquí reside la racionalidad objetiva de los fenómenos oceanopolíticos: se trata de procesos y fenómenos que son empíricamente observables y verificables, en los que los mares y océanos son el elemento de sustrato, la base fundante y explicativa de la relación, y los Estados y otros actores políticos son el elemento activo y dinámico.
A su vez, las relaciones oceanopolíticas, sin embargo, no solamente se sitúan en la esfera objetiva y empírica de los procesos políticos, diplomáticos y estratégicos, sino que también se manifiestan en un ámbito imaginario y cultural, es decir, en una dimensión simbólica: el de la conciencia marítima.
Pero, además, la reflexión oceanopolítica no surge de una simple teorización, sino que se enmarca en un contexto histórico internacional que le fija un derrotero intelectual característico.
El aporte del realismo en Oceanopolítica.
La Oceanopolítica es una disciplina científica que se sustenta en un conjunto de constataciones empíricas de la realidad internacional.
Uno de los postulados oceanopolíticos más importantes, parte del diagnóstico histórico y afirma que a lo largo de los casi veinte siglos de Historia occidental, ha existido un centro de gravedad oceánico, consistente en un determinado mar u océano en torno al cual se han articulado los poderes, economías, imperios y Estados dominantes en cada período.
Según ésta concepción, desde la Antigüedad clásica y hasta el siglo XV, el centro marítimo del mundo habría estado en el mar Mediterraneo, y a partir del descubrimiento de América y de la apertura de nuevas rutas marítimas coloniales de conquista y comercio, dicho centro se habría desplazado gradualmente al océano Atlántico.
Esta centralidad marítima del Atlántico se habría reforzado con la hegemonía británica durante el siglo XIX y  con el predominio naval de los Estados Unidos durante el siglo XX.
Un corolario natural de ésta teoría afirma que, como consecuencia de los crecientes intercambios entre las potencias mayores del Pacífico, el siglo XXI se presentaría como la época en que dicho océano se convertirá en el centro de gravedad marítima del mundo.
Es necesario subrayar a este respecto, que a pocos años del inicio del siglo XXI, el océano Atlántico continúa manteniendo las rutas marítimas estratégicas que unen a EE.UU. con Europa occidental, y a ésta con Japón, muy en especial aquellas que aseguran los suministros energéticos principales desde el Medio Oriente y el Golfo Pérsico.
Al mismo tiempo, las alianzas políticas y estratégicas fundamentales que unen a los EE.UU.  y Norteamérica con Europa occidental, continúan sustentándose en una doctrina estratégica y militar atlántica,  basada en intereses políticos y de seguridad comunes y compartidos.
Puede afirmarse, en consecuencia, que mientras persistan éstos hechos de relevancia fundamental y dominante, el Atlántico continuará siendo un centro marítimo de importancia mundial.
A su vez, para que el Pacífico se convierta en el océano principal del sistema- planeta sería necesario que se configure en torno a él, una comunidad política, económica y estratégica basada en amplios intereses y objetivos comunes y compartidos, diseño que integre los distintos grupos de naciones y Estados, con su enorme diversidad cultural e histórica.  Eso está aún lejos de ocurrir, no obstante que ya se han perfilado algunos esfuerzos de cooperación e integración.
A partir del actual juego dinámico de las potencias globales y de los principales  Estados- pivotes presentes en torno al Pacífico, es posible prever que en un futuro previsible en la primera mitad del siglo XXI, los roles dominantes todavía estarán repartidos entre Japón, China Popular, Estados Unidos y Rusia, como actores fundamentales, mientras que Australia,  Nueva Zelandia y otras naciones asiáticas y latinoamericanas pugnarán crecientemente por intervenir en la escena marítima y política de la región.
 Además, esta interpretación de la geografía política de los mares, debe situarse en una perspectiva teórica mayor, que propone una visión distinta de los  océanos y continentes en su relación dinámica.  La Oceanopolítica funda  también sus orígenes intelectuales, en un cierto análisis geográfico del planeta, que postula que éste presenta una desigualdad básica entre un Hemisferio Norte dominado por grandes masas continentales, y un Hemisferio Sur dominado por las grandes masas oceánicas.
Analizemos ésta teoría.  La desigual distribución de continentes y océanos resulta de una simple constatación física, a la que debe agregarse el hecho de que más del 60% de la superficie total del globo terráqueo está cubierta por mares y océanos.    Ahora bien, ¿qué significado tiene el predominio oceánico del Hemisferio Sur?  ¿qué  consecuencias podrían deducirse de éste factor geo-morfológico?
En este punto, hay que despejar de inmediato toda inclinación determinista.  El predominio cuantitativo de las masas oceánicas respecto de los continentes en el Hemisferio sur del mundo, no implica necesariamente ningún destino marítimo manifiesto, ni supone automáticamente la potencia marítima de los Estados costeros.
En efecto, la sola constatación de la distribución histórica de las hegemonías marítimas desde el siglo XV en adelante, pone de manifiesto un hecho básico, según el cual la totalidad de las potencias marítimas y navales que han ejercido un predominio a escala regional o mundial, se encuentran ubicadas en el Hemisferio Norte del planeta: Venecia, el Imperio Otomano, la Liga Hanseática, Portugal, las Provincias Unidas, Francia, España, Inglaterra (en Europa), o la China continental (en el Extremo oriente), Rusia, la URSS o los Estados Unidos en Norteamérica.
La sola posición marítima de un Estado, (que en términos oceanopolíticos  definimos como la posición oceanopolítica relativa) no constituye una condición suficiente para crear la potencia marítima o naval, y ello es particularmente evidente en el caso de las naciones ubicadas en el Hemisferio sur del mundo, puesto que la potencia marítima y naval constituye el resultado histórico de un largo proceso en el tiempo, durante el cual confluyen diversos factores políticos, culturales, económicos y estratégicos.
Realismo y Estrategia
 durante el período de la Guerra Fría
(1945-1990)
Al término de la II Guerra Mundial, quedó en evidencia que la derrota del imperio nazi de Hitler, se debió a una combinación realista de la estrategia militar, aero-naval y aero-terrestre de D. Eisenhower, la estrategia terrestre masiva del mariscal G. Schukov y la fluidez estratégica en tierra y en el aire del general Montgomery.  
La síntesis lograda por la coalición aliada, entre 1939 y 1945, de potencia militar blindada y artillada, amplio control de los mares y océanos y dominio estratégico del aire, no cristalizó después de 1945 en formas políticas de hegemonía conjunta, sino que dieron paso a una nueva forma de confrontación: el conflicto ideológico, político y militar entre la URSS y Estados Unidos.
Se puede afirmar que el fenómeno estratégico e internacional más relevante de la segunda mitad del siglo XX, ha sido la bi-polaridad Este-Oeste, que opuso a Estados Unidos y la Unión Soviética.  Se trataba de un ordenamiento global particularmente previsible, en el que detrás de las dos potencias globales dominantes, se fueron formando dos campos políticos y estratégicos opuestos, al interior de los cuales debían alinearse todos los demás Estados, naciones, movimientos y fuerzas.
El campo occidental, dirigido por los Estados Unidos y articulado en torno a un conjunto de regímenes de seguridad y de alianzas estratégicas (tales como la OTAN, el ASEAN, el Pacto de Río de Janeiro, etc.), trataba de mantener la hegemonía económica, política y cultural de la potencia dominante, desarrollando relaciones de dependencia económica y tecnológica.
A su vez, el campo oriental o socialista, dirigido por la Unión Soviética y articulado en torno al Pacto de Varsovia, trataba de mantener la hegemonía económica, política y cultural de la potencia dominante, desarrollando relaciones de dependencia ideológica, estratégica y económica.
En una amplia perspectiva histórica de los años de guerra fría, puede constatarse que la Unión Soviética aplicó una política estratégica fuertemente realista en la esfera internacional.  Sobre todo a partir de la Crisis de los Misiles (1962), N. Khroutchev (1953-1964) y en particular L. Breshnev (1964-1982) aplicaron una política de corte pragmático, orientada a no llevar ni escalar el conflicto bipolar, hasta el extremo riesgoso de la guerra nuclear con Estados Unidos, pero de ejercer suficiente presión política y estratégica como sea posible, en el Tercer Mundo, y especialmente en aquellas nuevas naciones dependientes, que deseaban alcanzar un mayor protagonismo político y un mejor nivel de desarrollo.
Para materializar esta visión estratégica, la URSS creó en torno suyo un verdadero glacis de seguridad con una serie de Estados-pivotes aliados en un pacto estratégico-militar (el Pacto de Varsovia) y encargados de impedir y frenar un ataque occidental directo sobre territorio soviético (Polonia, Checoeslovaquia, Hungría, Rumania, Bulgaria) y un amplio sistema de bases e instalaciones militares de ultramar (Yemen. Vietnam, Cuba, Etiopía, Angola, Libia), que le permitieran extender el alcance de su presencia naval y marítima en el mundo.
La Política Estratégica general aplicada por la Unión Soviética, desde Stalin hasta Breshnev, obedeció al principio del imperio asediado.  La retórica diplomática, política e ideológica de la URSS siempre se orientó a presentarse como un Estado socialista que se encontraba permanentemente amenazado por diversas formas de agresión, provenientes del campo occidental.   Cuando ésta línea estratégica no fue aplicada, se encontraron con la política de contención de los Estados Unidos, o fueron derrotados abiertamente como en Afganistán.
Los pensadores estratégicos soviéticos más relevantes fueron el Mariscal G. Schukov, vencedor en la II Guerra Mundial y autor de unas Memorias en 1961, en las que destaca la importancia de la estrategia de cerco con blindados en la batalla terrestre; los Mariscales G. Talenskii y A.K. Slobodenko, y en particular el Mariscal V.D. Sokolovskii quién en su obra Voennaia Strategiia de 1962, subrayó la puesta a punto de una doctrina soviética de la disuasión basada en la defensa estratégica terrestre.
Posteriormente se destacan el Mariscal A.A. Grechko quién en 1975 publicó su texto Las Fuerzas Armadas del Estado soviético, y el Almirante S. Gorschkov (1910-1988), quién con su obra La potencia marítima del Estado,(1976) sentó las bases de la estrategia marítima y naval soviética. 
Un problema pendiente es el de la superioridad estratégica que se suponía alcanzaría o estaba alcanzando la URSS en la carrera nuclear con Estados Unidos.  La  información hoy disponible (con la apertura de los archivos soviéticos de inteligencia), permite afirmar que entre 1945 y 1990 nunca la Unión soviética logró la superioridad estratégica en armamentos con los EE.UU. y en muchos aspectos ni siquiera la paridad.  Y ésta podría ser una de las razones de fondo del realismo estratégico mostrado.
El derrumbe final del sistema soviético, sin embargo, se debió menos a la presión política y tecnológica ejercida por EE.UU. (carrera espacial, Guerra de las Galaxias, misiles intercontinentales, sistemas satelitales y redes informáticas), que a la crisis ideológica y política interna, en la que las sociedades civiles gobernadas por regímenes comunistas, presionaron por más libertad y más democracia.  El sistema imperial soviético, se fue desagregando lentamente, primero en el plano ideológico y después en el plano político, es decir en definitiva, hizo crisis e  implosión desde adentro.
En síntesis, la representación soviética de la guerra fue un enfoque pragmático de la invasión como principal herramienta estratégica para apoderarse del territorio enemigo, mediante el copamiento y el aplastamiento de sus capacidades ofensivas y defensivas, a partir de una santuarización militar y política del imperio soviético.
La lógica que presidió el sistema bipolar fue la de evitar la guerra o la confrontación directa entre las potencias globales (lo que habría conducido a una guerra nuclear, con un resultado de aniquilamiento masivo y planetario, inaceptable para ambos contendores), y de derivar el conflicto hacia las naciones del Tercer Mundo,  de manera que la mayor parte de las conflagraciones (internas e internacionales) de la época de la Guerra Fría, fueron guerras por procuración: cada bando, grupo armado o Estado en conflicto, era más o menos apoyado por cada una de las potencias dominantes, según la importancia de la encrucijada.
De este modo, las guerras de la Guerra Fría fueron siempre guerras ideológicas o con un fuerte contenido político, aunque sus causas de fondo hayan sido étnicas, geopolíticas, religiosas o económicas.  La bipolaridad Este-Oeste, fue, por ejemplo, el telón de fondo del fin de los imperios coloniales en Asia, Africa y Oceanía,  del fortalecimiento de los nacionalismos y fundamentalismos árabes, y del conflicto entre la URSS y China Popular por la hegemonía ideológica en el campo socialista.
La política estratégica de los Estados Unidos durante casi medio siglo (1945-1990) se orientó a mantener su hegemonía imperial en el mundo, creando a su vez, un vasto sistema de alianzas políticas y estratégicas, de Estados-pivotes (Turquía, Iran, Pakistán, Israel, Arabia Saudita, Australia, Sudáfrica…), y de numerosas bases militares capaces de rodear todo el territorio de la Unión Soviética con un muro de contención, y una amplia red de relaciones comerciales, tecnológicas y financieras –mediante empresas, bolsas de comercio y bancos- que permitieran asegurar los suministros y flujos económicos y energéticos estables entre el centro y la periferia.
El pensamiento estratégico estadounidense y occidental de la Guerra Fría, estuvo dominado por autores como B. Brodie y el General Maxwell Taylor, con su obra The Uncertain Trumpet  de 1961.  Desde el punto de vista de la conducción estratégica de la guerra, pensadores y políticos como Robert McNamara, que propiciaba la proliferación de blancos y la gestión de las crisis, en su texto The Essence of Security, (1968), o Thomas Schelling, a través de su obra La estrategia del conflicto,  son quienes mejor contribuyeron a formular  la teoría de la respuesta flexible o graduada, dominante en el pensamiento estratégico occidental de los años sesenta y setenta.
Simultáneamente, la OTAN desarrolló un pensamiento estratégico, en el que las elaboraciones más relevantes fueron El Informe Harmel (1967) sobre la estrategia de la respuesta graduada, la Declaración de Washington sobre las relaciones Este-Oeste (1984) y el Nuevo concepto estratégico de la Alianza de 1991.
Durante la década de los sesenta, emergen dos nuevas formulaciones doctrinales estadounidenses: la doctrina del Assured Destruction-Damage Limitation orientada a precisar en el plano nuclear las implicancias militares de la doctrina de la respuesta flexible (y propuesta por McNamara en 1965); y la ideología de la seguridad nacional, destinada a servir de justificativo  político a una nueva etapa de intervencionismo militar y de militarismo en el Tercer Mundo.
La doctrina americana del MAD /Mutual Assured Destruction constituye el punto culminante del pensamiento estratégico occidental en los años setenta.  En 1967y 1968, R. McNamara la cristaliza en su texto The Essence of Security, al afirmar que “…a partir de ahora, la destrucción asegurada es la verdadera esencia de todo el concepto de disuasión”, en la medida en que supone la capacidad para asestar un segundo golpe nuclear estratégico al adversario.  A su vez, Thomas Schelling propone su obra Controlled response and strategic warfare, (1965), en la que  postula que la respuesta americana en cualquier región del mundo a las variadas formas de agresión percibidas desde la URSS, deben evitar ser “demasiado grandes” para que puedan seguir siendo creible, lo que fue desoído en Vietnam.
En este mismo período, o sea, en los años setenta, Henry Kissinger aporta una visión  profundamente realista y pragmática de la política internacional, con su teoría del dominó  y un elaborado concepto de la guerra limitada para enfrentar la amenaza soviética, y para pensar una capacidad de realizar la guerra nuclear en caso que la disuasión fracase.
El realismo estratégico de EE.UU., en este punto de su evolución histórica, parece reducirse a una contabilidad cuasi-matemática de cabezas nucleares disponibles, para afirmar la superioridad estratégica sobre el enemigo principal.
Sin lugar a dudas, y a la luz de la información actual disponible, los Estados Unidos siempre mantuvieron una ventaja considerable en la esfera de los armamentos estratégicos, como consecuencia de la superioridad tecnológica alcanzada, especialmente a  partir de la década de los setenta.
En numerosos momentos de la confrontación Este-Oeste, los Estados Unidos ejercieron un rol  de gendarme imperial en el Tercer Mundo, desestabilizando y reemplazando gobiernos poco proclives, por dictaduras civiles y militares aliadas, de manera de garantizarse su propia hegemonía regional y mundial, así como los suministros energéticos que requería su economía.
Finalmente, la derrota americana en Vietnam produce una prolongada crisis en el pensamiento estratégico estadounidense, de la que se recuperan solamente con la doctrina reaganiana de la disuasión discriminada, que proponen F. Iklé y A. Wohlstetter en Discriminate Deterrence en 1988, que contiene –entre otros elementos- la llamada doctrina del conflicto de baja intensidad, mediante la que se pretende enfrentar los nuevos desafíos del narcotráfico, las mafias internacionales, las guerrillas internas, las guerras locales y el terrorismo fundamentalista, y con su concepto de la Iniciativa de Defensa Estratégica que postulaba llevar la disuasión y la guerra nuclear al espacio extraterrestre.
Con este enfoque, el pensamiento estratégico estadounidense deviene pluridimensional, hace depender el cálculo estratégico de la diversidad y calidad tecnológica de los arsenales disponibles, y refleja la disposición política de Estados Unidos de intervenir militarmente en cualquier punto del globo donde su propia Diplomacia y Estrategia lo aconsejen, y donde se perciban sus intereses nacionales afectados. 
En síntesis, la representación estadounidense de la guerra es un enfoque pragmático de la saturación del teatro enemigo, mediante el peso imponente y decisivo de una tecnología sofisticada masivamente utilizada, y que supone el control de los mares y océanos y el dominio estratégico del aire, el espacio y las comunicaciones, a partir de la santuarización nuclear del territorio de los Estados Unidos y de Europa occidental.
Al final del período de la Guerra Fría, ambas potencias tuvieron que experimentar costosas derrotas en guerras llevadas a cabo con tropas de intervención propias en territorios ajenos.  
La derrota militar de Estados Unidos en Vietnam (1965-1975) fue un golpe psicológico y político muy duro, del que se recuperaron sólo diez años después; mientras que el desastre y retirada militar de la Unión Soviética en Afganistán (1979-1989) constituyó un factor coadyuvante de consideración, en el derrumbe socio-político, ideológico y militar del sistema soviético.
La doctrina político-estratégica que predominó entre las grandes potencias en el período 1945-1990 fue la disuasión clásica y la disuasión nuclear.   Como se sabe, el principio de la disuasión ha sido  considerado tan antiguo como la propia historia de la Humanidad, pero sólo ha cristalizado doctrinalmente durante el siglo XX, y  consiste esencialmente en la noción que supone disuadir al oponente de ejecutar una acción hostil, mediante la amenaza creíble y la certeza previsible de una respuesta  más destructiva, y por ello  inaceptable.
 
La gran interrogante es la de determinar en qué medida la disuasión clásica podrá responder a las exigencias e incertidumbres del período posterior a la guerra fría.
Estrategia y relaciones internacionales
en el orden de la post-guerra fría
Numerosos autores realistas, afirman que con la crisis final del orden bi-polar predominante hasta 1990, ha entrado también en crisis la noción tradicional de disuasión, ya que no sólo se han multiplicado los focos y causas de conflicto, sino que el poderío nuclear estratégico resultaría políticamente inviable, para resolver tantos conflictos diversos y localizados.
En efecto, el conjunto del edificio intelectual y político edificado en torno a la disuasión clásica, ha quedado profundamente cuestionado, desde el momento en que con la implosión del sistema soviético y de toda la bipolaridad, la disuasión parece ser cada vez menos eficaz para resolver los problemas estratégicos ocasionados por la multipolaridad y sobre todo por la imprevisibilidad  del escenario internacional.
El año 1989 y el derrumbe de la Unión Soviética constituyó uno de los fenómenos mayores en las Relaciones Internacionales, hasta el punto que diversos autores han señalado que en dicha coyuntura concluyó el siglo XX.
A partir del quiebre del sistema de la bipolaridad Este-Oeste, el escenario internacional de fines de la década de los noventa y desde el punto de vista estratégico, ha entrado en una prolongada zona de incertidumbre y de imprevisibilidad.
El mundo de fines del siglo XX y de principios del siglo XXI es menos previsible y más incierto que lo era durante el período de la Guerra Fría, en razón de una complejización y multiplicación de las causas de los conflictos, del hecho que muchos conflictos de dicho período quedaron pendientes y de la ausencia de un orden internacional seguro y capaz de regular el conjunto del sistema-planeta.
No solamente han desaparecido  las motivaciones ideológicas que fundamentaban los conflictos del actual siglo XX, sino que –como se explica en otro capítulo-  se han complejizado las causas que originan las guerras.
Las guerras y conflictos abiertos más relevantes que han sucedido en el mundo, desde 1989 hasta el presente, se sitúan precisamente en ésta óptica de complejización y multiplicación de sus causas originarias.
Por ejemplo, los conflictos pendientes en el Medio Oriente (Israel frente al Líbano, fundamentalismos islámicos, Israel y el pueblo palestino, Irak frente a la comunidad internacional), han continuado suscitando guerras y enfrentamientos, sobre la base de motivaciones geopolíticas, étnicas y religiosas.   Tal es el caso también, de la guerra civil en la exYugoeslavia (1993-1999), y de los conflictos civiles internos de Irlanda del Norte, Córcega, España y Norte de Italia.
La pervivencia de diferendos fronterizos entre diversos Estados en el mundo, en Asia, en el continente africano y en América Latina, permite comprender que durante el período de la Guerra Fría, se mantuvieron latentes pero obedecían a  motivaciones geopolíticas y de intereses nacionales, que la oposición ideológica anterior no logró superar.
Resulta particularmente significativo observar que los dos Estados victoriosos de la II Guerra Mundial, sin embargo, han sido alcanzados por las dos potencias vencidas: Japón y Alemania, cuyas esferas de influencia económica y tecnológica, abarcan el continente europeo y toda la región del Asia- Pacífico.


elementos para una historia del realismo político

Classé sous ciencia política,epistemologías — paradygmes @ 4:34

La prehistoria de la Ciencia Politica:
Antigüedad clasica en Grecia y Roma
Los orígenes de la tradición intelectual del realismo en Occidente, podrían situarse en la filosofía clásica greco-latina con Tucídides, Aristóteles, Protágoras y Cicerón, quienes, entre otros, ponen las bases de esta escuela. 
Heródoto (siglo V AnE.), por ejemplo,  pone en evidencia que la ley es la única norma que gobierna a los hombres, que los seres humanos se gobiernan a sí mismos, y en particular subraya que los seres humanos no tienen otra motivación en la vida política,  que el interés y el temor.
Protágoras, por su parte, declara que el hombre es la medida de todas las cosas, de lo que resulta que la Ciudad, la polis (es decir, la organización política de la sociedad) es el producto de los actos de los hombres y que las leyes resultan de una convención acordada entre ellos.  Mientras tanto, Jenofonte e Isócrates (en el siglo IV AnE.), consideran que la desgracia de las ciudades griegas proviene de su división y proponen buscar una autoridad política superior que sea capaz de confederar las ciudades-Estados, con lo que pre-anuncian el dominio imperial de Filipo de Macedonia y de Alejandro el Grande.
Por su parte, Aristóteles (384-322 AnE.), alejándose de los utopistas y sofistas que parecían dominar su época, propone el ideal realista de la Ciudad, la que hace de la libertad de los ciudadanos la premisa fundamental de toda organización justa, entendiendo que la Ciudad es la unidad de una multiplicidad y que la Ley es la expresión política de un orden, teniendo en cuenta la situación de la Ciudad, de su historia y de la composición del cuerpo social.
La creación política de la República y del Imperio romano, a su vez, sustentada en una prolongada elaboración jurídica, proviene justamente del hecho que la cultura romana presenta la virtualidad de haber sabido actuar mediante un sentido constante de los hechos consumados, procurando radicar la idea y la Ley en las estructuras colectivas cada vez más impersonales e institucionalizadas.  En esta concepción, los enunciados jurídicos y la legitimación filosófica que les acompaña, funcionan como marco fundacional y de perpetuación de un orden, de manera que el Derecho, la República y el Imperio actúan en tanto factores constitutivos de un orden militar y administrativo establecidos por dos órganos de poder: el Pueblo y el Senado.
Una de las diferencias mayores que separan a la construcción imperial romana, respecto de los imperios asiáticos anteriores, es precisamente el rasgo de satrapía que caracteriza a éstos.  El gobernante es aquí un autócrata absoluto e incontrolable, mientras que Roma y su Imperio se ven a sí mismos, como orden político universal regido por la Ley, y por un poder que ha cristalizado históricamente en órganos establecidos, regulados y distintos.
A partir de la Ley de las Doce Tablas, el Derecho Romano reconoce la existencia de un orden del mundo ineluctable y racional, que considera la sumisión tranquila al destino como una virtud capital.  De este modo, los méritos  de las instituciones romanas –como se pone en evidencia con Cicerón (106-43 AnE) y la escuela estoica- consiste en haber sabido definir una comunidad regida por Roma bajo el imperio de la Ley y de un orden político estrictamente determinado, y de haber comprendido a  Roma y a su imperio como una Ciudad Universal, en la que la condición ciudadana se extendía cada vez más, creando así un primer esbozo de ordenamiento internacional y de cosmopolitismo.
Desde la perspectiva de Roma, como capital y centro de un poder único y sacralizado, el imperium es el medio por el cual la Ciudad realiza sus virtudes republicanas y propaga por el mundo las ventajas de una dominación revestida de civilización.  El gobernante o Emperador, deviene a la vez, detentor de la “potestas” y la “auctoritas”, mientras se erige en “imperator” y en “princeps”. 
En este ordenamiento político, con vocación internacional aún poco definida, el pragmatismo del ejercicio del poder y la dominación, mediante una combinación dosificada de fuerza militar, diversidad religiosa, ocupación territorial, reconocimiento jurídico e influencia cultural, producen como resultado histórico que, tanto en las provincias como en la capital imperial, las fuerzas materiales y simbólicas de unificación –o fuerzas centrípetas- siempre logran predominar sobre los  poderosos factores de dispersión y división –o fuerzas centrífugas.
En el imperio romano, como forma refinada de dominación política de un Estado sobre una diversidad creciente de  territorios, el poder imperial se caracteriza por la omnipotencia del dominio, por la sacralidad de que se rodean los símbolos y signos visibles del poder, y por la legitimidad subjetiva que sustenta a los gobernantes transformados en divinidades.  La pax romana que se instala en torno al Mediterráneo y en Europa central y sur por varios siglos, es más una época de fuerte dominación tranquila que una larga sucesión de guerras de conquista. 
Roma funda el jus gentium mediante la práctica de su dominación imperial.
El realismo romano (tan notorio en Polibio, como en Cicerón y en Séneca) consiste en un pragmatismo revestido de juridicidad y de un vigoroso sentido material del poder, lo que convierte al Imperio (floreciente o decadente) en la base política  sobre la que se levantaron los Estados de la Edad Media, de manera que la crisis de ésta estructura de dominación territorial, tuvo más bien el aspecto de una desconstrucción prolongada, lenta y casi imperceptible (aún a pesar de las invasiones orientales).
La prehistoria de la Ciencia Politica:
(Edad Media)
La tradición realista proveniente del imperio romano, dio paso en los inicios de la Edad Media, al predominio de las concepciones cristianas, que afirmaban –con Agustín de Hipona (354-430 NE), Gelasio y Gregorio el Grande (540-604 NE) el principio de las dos espadas o los dos poderes: temporal y espiritual, y de que entre ambos, es el poder divino el que detentaba la plenitudo potestatis o potestad suprema.
Esta concepción produce como resultado en la esfera internacional, que el Papado ejerce una suprema autoridad espiritual, a la que se subordinan los poderes temporales: reyes, príncipes y emperadores.  Pero mientras gran parte de la Edad Media estuvo atravesada por ésta contienda de competencias, al interior de los reinos y territorios resultantes de la desmembración del Imperio, una contínua práctica jurídica y administrativa fue consolidando la autonomía de un poder político, ejercido en nombre de otros principios: así surge el poder monárquico.
Hay que observar que al interior de la dispersión medieval de reinados, aparece la visión universalista de Marsilio de Padua (1275-1343 NE.) quién al pretender sostener las pretensiones del poder universal de un emperador europeo, reinicia la polémica contra la teocracia romana, desde una óptica tomista.  Pero, al mismo tiempo sustenta el principio de que la sociedad es un todo, que es anterior y trascendente a sus partes, lo que origina el universitas civium, una universalidad de ciudadanos regida por un pars principans es decir, por un Príncipe responsable de la gestión pública y la coerción.
Marsilio, al concebir y proponer la autonomía del cuerpo político respecto del poder religioso, prefigura el concepto político de la soberanía, es decir, el concepto moderno de Estado, con lo que –de paso- recusa teórica y jurídicamente la autoridad de los Papas.  Al mismo tiempo, la idea de universitas no se refiere solamente a la comunidad de los ciudadanos, sino a los grupos y Estados reunidos en torno a una función y a una misma regla, dando forma a cuerpos sociales que aspiran a ser reconocidos como sujetos de Derecho y como personas morales.
Sin embargo, al separar al hombre cada vez más solo, del poder cada vez más fuerte e impersonal del Estado, los pensadores medievales estaban abriendo las puertas del Humanismo y del Renacimiento.
El realismo político se alimentó inicialmente de la tradición humanista.  El Humanismo, como paradigma cultural, estético y filosófico se originó en el siglo XIV en Italia, pero a lo largo de dos siglos se extendió a toda Europa occidental, en gracias a la difusión provocada por la imprenta inventada por Gutenberg, como un ideal y un conjunto de maneras de ser, métodos y corrientes filosóficas cuyo énfasis central se dirige a valorar, enaltecer y comprender la realidad humana.
La visión humanista clásica de fines de la Edad Media, se estructura en torno a un clacicismo literario y estético, a un fuerte realismo y una visión esencialmente crítica de la realidad, a la emergencia del individuo y de la idea de la dignidad del ser humano y al desarrollo de ciertas virtudes activas.
El realismo que contiene el Humanismo clásico apunta a rechazar las creencias tradicionales, y buscar establecer al análisis objetivo de la experiencia observable como el modelo epistemológico del hombre curioso y ávido de saber.  A partir de esta búsqueda nacieron las ciencias modernas, no solo como disciplinas académicas, lo que implicaba una evolución cultural e institucional que desembocó en la formación de la institución universidad, sino sobre todo como instrumentos eficaces y prácticos para conocer la verdad y la realidad, lo que tendría efectos sobre el mundo político con la formación de los primeros Estados modernos.
Desde Francisco Petrarca (1304-1374) hasta Marsilio Ficino (1433-1499), autores tan influyentes como F. Guicciardini, C. Salutati, L.B. Alberti, G. Boccaccio, T. Tasso, B. Bruno, G. Budé, D. Erasmus, F. Rabelais y M. de Montaigne, desarrollaron una corriente de pensamiento cuyo realismo político y moral desembocaría más adelante en Maquiavelo y Bodin, postulando que el conocimiento de los hechos humanos debía ser similar al examen que Galileo hacía de los hechos físicos, es decir, que los hechos son fenómenos que deben ser descritos minuciosamente, antes de ser explicados, evaluados y comprendidos.
El humanismo clásico produce la primera ruptura con los paradigmas religiosos y morales predominantes en la edad feudal, incita al ser humano a pensar por sí mismo y sobre sí mismo, a creer en sus poderes y capacidades humanas reales como individuo y como parte de la sociedad y de la historia.  Se trata también de un realismo historicista que busca relativizar en la mente humana, las creencias sobrenaturales imperantes.
Los primeros fundamentos
de la Ciencia Politica:
el aporte del Renacimiento
Hay que avanzar hasta el Renacimiento italiano en el siglo XV, para encontrar algunos de los desarrollos intelectuales más significativos de la escuela de pensamiento realista, momento en el que N. Maquiavelo (1469-1527) estableció las primeras bases conceptuales de la Ciencia Política moderna.
El aporte de Maquiavelo al realismo en Política y en Estrategia y a la Ciencia Politica como disciplina, proviene de dos conceptos fundamentales: el primero, que la Política debe ser considerada como la actividad objetiva y constitutiva de la existencia colectiva; y el segundo, el concepto de la autonomía de la Política, respecto de las creencias, ideas y religiones, de manera que deben ser descartadas del cálculo gracias al cual se establece el poder y se mantiene el Estado.  
Propone Maquiavelo, que en la Política reina la voluntad de poder, y por eso sintetiza la noción primera de la Razón de Estado, la « raggion di Stato », posteriormente perfeccionada por Giovanni Bottero  (1544-1617).
El realismo de Maquiavelo proviene precisamente de la tajante y definitiva separación y autonomía de lo político frente a otras realidades sociales y culturales. (3)  Maquiavelo proclama la autonomia de la Politica con respecto a las demas formas de conocimiento y de practica humana, con lo que estaba sentando los primeros fundamentos de una disciplina social distinta de la Historia, de la Filosofia y del Derecho.
  Según el Florentino, la autonomía de la Política, como ciencia y como práctica social,  pone de relieve que  son los hombres quienes hacen su Historia. Hay que destacar que N. Maquiavelo formó parte de toda una tradición intelectual y de un ambiente cultural donde otros escritores como Leonardo Bruni, C. Salutati, F. Guicciardini (1483-1540), Alain Chartier o J. Fortescue, contribuyeron también a desarrollar una visión realista del quehacer político.
Hay que observar que el siglo XV es el escenario de cambios científicos y mentales de profunda amplitud en Occidente: se juntan Copérnico, Erasmo de Rotterdam, Leonardo da Vinci, Maquiavelo, mientras los grandes navegantes y conquistadores, como F. Pizarro, J. Cabot, C. Colón y A. Vespucio, contribuyen a extender los horizontes físicos e intelectuales de su época con los grandes descubrimientos geográficos.
Esta fue la época histórica en que el astrolabio, la brújula y el cañón, hicieron posible  realizar la navegación oceánica y los grandes descubrimientos geográficos marítimos.
  
Al entrar en crisis la visión  feudal y teológica dominante, el realismo en la Política y en el poder, en la ciencia y en el conocimiento, se alimentó de una concepción moderna y humanista del mundo, centrada ahora en el ser humano y en el ejercicio pleno de la razón. En este período, se instala plenamente en la conciencia europea el racionalismo: se trata de la búsqueda voluntarista de la Razón como ideal, como actitud y como método. El humanismo ha devenido realista y el realismo ha devenido racional y racionalista.  Desde este punto de vista, la razón es –para el hombre renacentista- a la vez un ideal y un método, es decir, obedece y se manifiesta como el pensamiento crítico, mesurado y metódico, que siempre tiende a reducir a las dimensiones humanas y a los hechos objetivos, las ilusiones que forman su fantasía y su imaginación.
                                                                                                       
 Por lo tanto, el desarrollo más amplio de la tradición intelectual del realismo, se corresponde con la primera etapa de la historia de la Modernidad, desde principios del siglo XVI a fines del siglo XVIII.
A continuación, se incorporarán los aportes de Jean Bodin, con su teoría de la potencia soberana del Estado, como principio necesario y trascendente de la sociedad como organización política; de J. Althusius  que insiste sobre la unidad nacional que funda al Estado,  de H. Grottius con su tentativa de fundar la razón política sobre las bases de la ley natural y el Derecho, y finalmente, de S. Pufendorf  quién afirma la preeminencia del derecho, y el rol de la autoridad como  entidad legisladora. 
El jurista Jean Bodin (1529-1596) en particular, se esfuerza en afirmar la soberanía absoluta del Estado, a partir del concepto de que el poder del Estado se ejerce sobre ciudadanos o sujetos libres, y de que ésta potencia soberana es absoluta, una e indivisible y perpetua.  Para Bodin, el Estado es la sede de la soberanía y de la potencia soberana, punto focal del orden público, y sólo en él residen las  facultades de hacer la paz y la guerra, de dirigir la administración, de juzgar y de solicitar impuestos.
Desde la perspectiva internacional, el realismo político de Bodin reside en su visión del Estado como un actor soberano en el mundo, como el único órgano de poder que, junto con reunir el mando y la autoridad dentro de una sociedad, y encarnando dicha potencia soberana en instituciones empíricas, la representa en la escena internacional con una plenitud de potestad.
Ha quedado así abierta la perspectiva para el Estado contractual que propone H. Grotius.
Hugo Grotius (1583-1645) en su De jure Belli ac Pacis (1625), propone los principios y los elementos de un derecho universal que apunta a definir las reglas en función de las cuales se  deberían regir las relaciones entre Estados soberanos, tanto en la paz como en la guerra, de manera de proteger a los individuos implicados en tales conflictos.
Esta preocupación, lleva a Grotius a afirmar la universalidad del Derecho sobre la naturaleza del hombre, en su acepción más racional.  La sociedad política, para este jurista holandés, es un resultado objetivo de la sociabilidad humana, o sea, es una realización de las leyes de la naturaleza.  Esta sociedad política –interna e internacional- emana de una decisión voluntaria de sus integrantes (individuos o Estados soberanos), de manera de colocar la autoridad pública en una instancia soberana y perpetua cuya misión es asegurar la paz y la concordia.
En la visión de Grotius, el individuo es el centro de la organización estatal, y el Estado se sustenta en el consentimiento y la voluntad de la colectividad.  Grotius no es el creador del Derecho Internacional, pero su obra tiene la virtud de introducir la Razón en el derecho natural. Asi, el jurista holandés no fue un pacifista, sino un realista del pensamiento político, en tanto pretendía humanizar y legalizar la guerra, pero no suprimirla, y en cuanto sustenta el programa de un Estado universal, de una sociedad internacional conformada por todos los Estados, que mantengan las mejores y más armoniosas relaciones posibles entre sí.
El siglo XVII es una época de revolución intelectual y científica y Grotius forma parte de ésta poderosa corriente, cuando afirma que “el derecho deriva de la naturaleza, que es igualmente la madre de todos, y cuyo imperio se extiende sobre aquellos que dirigen las naciones…”, como aparece en su obra De mare liberum (1609).
 Por su parte T. Hobbes (1588- 1679) subrayó que el orden político se funda en un principio de autoridad y poder que se impone a la colectividad, el que reside en el Estado, y cuya soberanía es única e indivisible.  Para Hobbes, el ser humano es una individualidad corporal caracterizada fundamentalmente por su potencia: de aquí se deriva su visión del Estado y del poder.
Aquí nos encontramos en la transición entre el siglo XVI y el siglo XVII, un período en que numerosos autores cuestionan, desde el punto de vista de la Política, del Derecho y de la Filosofía, las concepciones idealistas y teológicas predominantes.  Hobbes escribe en su Leviatán: “…en una condición en la que los hombres no tienen más ley que sus apetitos personales, no puede haber norma general que establezca qué acciones son buenas y qué acciones son malas.  Pero dentro de un Estado, esa norma basada en el apetito individual de cada uno es ya falsa: no es el apetito de cada individuo sino la Ley, es decir, la voluntad y el apetito del Estado, lo que constituye la norma”. ([1]).
La soberanía del Estado es única, indivisible e ilimitada, según Hobbes. 
En el fondo de su visión, lo que pretende Hobbes es eliminar el estado natural de las relaciones políticas, en la que cada uno puede perjudicar o destruir a los demás, produciendo un choque caótico de voluntades e intereses, y reemplazarlo por una instancia superior cuya finalidad sea imponer un orden que junto con eliminar la violencia natural de los actores políticos, sea capaz de sustituir la guerra de todos contra todos, por la paz entre todos.
Tomando como punto de partida una concepción realista e individualista del ser humano, Hobbes afirma que la condición fundamental para que exista un orden político estable, es que la colectividad construya e institucionalice un principio de soberanía todopoderosa, y que consienta a obedecer a las leyes y a las decisiones que impondrá dicho poder, en cuanto encarnación de la soberanía.
El realismo dominante de T. Hobbes se prolonga en la experiencia de poder del cardenal de Richelieu (1585-1642) en el Estado absoluto francés, en el siglo XVII.
Richelieu inscribe la práctica del poder en la lógica de la Razón de Estado.  En la práctica de la Política de Richelieu más que en su retórica, los principios básicos son la permanencia y preservación del Estado, la continuidad y estabilidad de las instituciones, y la primacía del interés general representado y realizado en la práctica política por dicho poder estatal.
Como se analiza más adelante, la doctrina de la Razón de Estado encuentra sus raíces en los pensadores y hombres de Estado del Renacimiento, en un proceso que se asocia estrechamente con la formación y consolidación del Estado absolutista, la primera forma de Estado moderno históricamente conocida.
Los amplios cambios intelectuales incubados desde el Renacimiento, cristalizaron en la Epoca y la Filosofía de las Luces, verdadera revolución intelectual de la que se desprendieron novedosas proposiciones realistas.
El realismo de los iluministas viene sugerido desde Descartes (1596-1650), quién deduce y construye un modelo, un método y un instrumento dirigido al conocimiento demostrativo.  La razón cartesiana se dirige a establecer una ciencia eficaz, susceptible de ser aplicada en el mundo real, y el conocimiento teórico se dirige a conocer no sólo los cuerpos y las almas –tarea ya cumplida anteriormente por la filosofía escolástica y la teología-  sino además a construir ciencias e ingenierías capaces de permitir el gobierno de los seres humanos y la sociedades, de limitar las pasiones y ordenar el curso de la Historia.
En la poderosa vertiente cultural generada por el Iluminismo, el realismo político se manifiesta –entre otros elementos- en su especial valoración por el Derecho de Gentes, a través del cual se pretende regular las relaciones entre los Estados.  Estamos en pleno siglo XVIII.
 Asi, por ejemplo, Puffendorf influye en Diderot y D’Alambert para que éstos plasmen en la Enciclopedia (1751-1780) la lógica de la razón aplicada al quehacer político e internacional, y a toda la reflexión científica y filosófica.
La continuidad intelectual del realismo político con el período del Renacimiento y el Iluminismo, puede encontrarse   a través de los teóricos de la Nación- Estado en el siglo XVIII, asociados a la Revolución Americana y a la Revolución Francesa.  Esta orientación contribuirá a una visión política realista, subrayando el lugar central del ciudadano (citoyen o citizen) y de la Nación,  en la construcción política y simbólica de un Estado soberano, unitario y territorialmente establecido y organizado, pero al mismo tiempo, desencadenará fuerzas sociales, políticas e ideológicas, cuyos efectos aún encontramos en el umbral del siglo XXI.
Por su parte,  las contribuciones de B. Spinoza (1632- 1677), de Ch. de Montesquieu (1689-1755), de G.W. Hegel (1770-1831), terminaron por despojar al pensamiento político de sus “lastres del pasado”.  B. Spinoza, por ejemplo, afirma que el mejor de los Estados es aquel que garantiza la seguridad y la paz, en un mundo en el que la fuerza coincide con el Derecho, es decir, donde la fuerza no es más que una manifestación de la Ley.
A través de B. Spinoza y R. Descartes, como se ha visto, el esfuerzo intelectual y teórico del realismo –aún en medio de un prolongado contrapunto con el idealismo- se entronca con el racionalismo emergente, y conducirá a los pensadores políticos a buscar construir una “política de la razón”, es decir, una política fundada en la racionalidad del ser humano como ser político.
Ch. de Montesquieu a su vez, propone que la investigación de las causas es la primera etapa que lleva al descubrimiento de las leyes que rigen la sociedad y la Política, de manera que el punto de partida de su método y de la novedad de éste, es suponer que la infinita diversidad de los seres humanos, puede ser comprendida mediante un orden inteligible. 
Su actitud científica realista se resume en su proposición de “describir lo que es, no lo que debe ser”.   Por esta vía, afirma que la Ciencia de la Política debe fundarse sobre la autonomía intelectual y moral de la Política, respecto de las demás actividades materiales e intelectuales.
Durante el siglo XVIII, C.A. Helvetius (1715-1771) señala un momento relevante en el desarrollo de una visión realista de los hechos y de la Política. 
Dentro de los filósofos iluministas, C.A. Helvetius (1715-1771) es quién mejor afirma la primacía del interés y del interés general como criterio central de lectura de la realidad y de la moral.  No solamente el interés preside todos nuestros juicios, sino que el realismo se extiende a la esfera moral, al afirmar que dicho interés (personal o general) es el único juicio de la probidad, del intelecto y del mérito, de manera que no son más que las acciones de los hombres, de donde el público puede juzgar su probidad. La libertad, a su vez, desde la óptica de Helvetius, es el ejercicio libre de las potencialidades del ser humano.  Para este filósofo, un hombre es justo, en la medida en que todas sus acciones tienden hacia el bien público, de modo tal que en cuanto a la probidad, es únicamente el interés público el que hay que considerar, como criterio para comprender la justicia, la verdad y la libertad, en cuanto valores cívicos.
Durante el siglo XIX, probablemente Metternich y O. von Bismarck, fueron la expresión  más acabada del realismo en Política, mientras K. von Clausewitz, siendo tributario de C. de Guibert y de una larga tradición occidental del pensamiento estratégico, propuso los fundamentos de una profunda y amplia visión estratégico- política, analizando los principios y las características objetivas del fenómeno bélico.    
El paradigma de la modernidad –que preside el desarrollo del mundo desde el siglo XVIII hasta hoy- supone que ésta representa un modo de civilización característico, que se opone a la tradición, es decir a todas las otras culturas anteriores, y que se centra en el individuo libre o autónomo, en la búsqueda del interés privado y la realización de la conciencia personal, así como en la incorporación creciente de la ciencia y de las técnicas con su racionalidad eficiente, a los procesos sociales, políticos y productivos.  Individuo y razón son así, los dos valores ideológicos, culturales y morales centrales de la modernidad.  En el mundo de la modernidad, lo realista reside en la búsqueda consciente y voluntarista de la racionalidad, en todos los fenómenos y procesos.
En ese período, el realismo se alimentó  además con el fortalecimiento metodológico y conceptual alcanzado por las principales Ciencias Sociales: Sociología, Ciencia Política, Economía, Historia.   A. Comte y E. Durkheim, fueron los autores más relevantes.
Entre el siglo XIX y el siglo XX, período durante el cual las grandes convulsiones sociales anunciaban las grandes guerras que asolaron el mundo entre 1914  y 1939, dos fuerzas ideológicas adquirieron una connotación relevante en la escena política: el marxismo sustentado en el ideario socialista clásico, y el nacionalismo respaldado en la afirmación histórica del hecho nacional en Occidente.  Ambas doctrinas nacen en Occidente y se nutren, en términos más o menos significativos, de un realismo político que se afirma en la creciente adhesión social que encuentran en las sociedades donde se instalan como fuerzas emergentes.
El realismo implícito en el marxismo (especialmente en su vertiente clásica, a partir de las elaboraciones de C. Marx y F. Engels), proviene tanto de su crítica filosófica contra la alienación humana provocada por el sistema económico capitalista dominante, como de su tentativa intelectual de develar los mecanismos económicos y políticos de dominación creados por dicho sistema, y por una cierta categoría social instalada en el poder: la burguesía. 
El marxismo -desde una perspectiva teórica e intelectual- se nutrió de los principales avances de las Ciencias Sociales en el siglo XIX, especialmente de la Sociología, la Economía Política y la Historia.
Lo que el marxismo clásico contiene de realismo (y que proviene básicamente de la tradición intelectual del Iluminismo europeo), es su capacidad objetiva para identificar la existencia de diferencias profundas y estructurales entre las diferentes clases y segmentos de la sociedad, y su formidable potencialidad crítica, para develar las fuentes del poder en la sociedad moderna y sus múltiples formas de dominación y explotación, pero ese realismo queda relativizado, cuando el marxismo anuncia la crisis terminal del capitalismo y la llegada de una sociedad socialista y comunista, y cuando carece de conceptos que le permitan explicar el retorno del socialismo al capitalismo.
A su vez, el nacionalismo desde el siglo XIX hasta hoy, ha sido una fuerza impulsora de movimientos sociales e ideológicos, de la formación de partidos y fuerzas políticas,  de guerras civiles e internacionales. 
El nacionalismo convertido en fuerza política e intelectual, se apoya en el poderoso sustrato cultural formado por la identidad territorial y grupal constituída a lo largo de un período histórico, por una comunidad de individuos, grupos y familias, los que al alcanzar la condición nacional, la convierten en una creencia cohesionadora.  Naturalmente, que siempre es necesario distinguir el nacionalismo espontáneo de los pueblos, de los nacionalismos políticos reaccionarios  producidos por los ideólogos conservadores y racistas.
Cualquiera sea la tendencia ideológica que se apropie del hecho nacional, el fenómeno objetivo que debe considerarse políticamente, es que el hecho nacional y la creencia nacionalista constituyen todavía poderosos resortes políticos y sociales, aún en las condiciones de la sociedad de hoy, crecientemente  globalizada e interdependiente.
La constitucion de la Ciencia Politica
 en el siglo XX
La Política del siglo XX, puede ser comprendida y considerada como la política alienada, individualista e ideologizada que entra en crisis consigo misma y con la racionalidad  moderna.  La Política ha chocado con la Modernidad y con la Razón, en un siglo en el que el realismo ha llevado tanto por el camino de la prudencia y del equilibrio, como por la senda de la agresión y la violencia.
A su vez, la tradición realista se desarrolla durante el presente siglo  en dos direcciones intelectuales complementarias: por un lado, la racionalidad política del pragmatismo en los sistemas nacionales, y por el otro, las aplicaciones del realismo a la esfera de las Relaciones Internacionales, de la Estrategia y de la Polemología.
Tres fenómenos mayores marcan la evolución del realismo en el siglo XX: la lucha interminable de la democracia y el Estado de Derecho, como sistema de gobierno, frente a sus enemigos dictatoriales y autoritarios; la experiencia de las guerras mundiales y de las guerras ideológicas, con su corolario estratégico del hecho nuclear; y la problemática económica, política y cultural del desarrollo y el subdesarrollo.
Las dos Guerras Mundiales y el ciclo de la bipolaridad Este- Oeste (1945-1990), potenciaron la escuela realista con una visión objetiva, descarnada y fría de los múltiples juegos de fuerzas, intereses y manifestaciones de poder, que caracterizan a las relaciones entre los Estados.
La experiencia de las dos Guerras Mundiales puso de relieve dos fenómenos que influyeron sobre la evolución intelectual de la escuela realista de las Relaciones Internacionales. 
Uno de ellos, fue el logro una mayor conciencia en cuanto a la relatividad de los tratados y acuerdos internacionales, si ellos no están suficientemente respaldados por una adecuada estatura política y estratégica de los respectivos  Estados contratantes, lo que ha contribuído, en cierto modo, a otorgar un mayor realismo y pragmatismo a las decisiones y a las conductas de Estados y gobiernos.
La I Guerra Mundial y el conjunto de conflictos anteriores que desembocaron en ella (guerra ruso-japonesa de 1905, guerras balcánicas de 1912 y 1913), así como los numerosos esfuerzos de paz y de conciliación internacional (Conferencias de La Haya, Conferencias Navales, etc.), demostraron la necesidad de la existencia de una organización internacional amplia, que otorgue respaldo a la creciente  normativa jurídica que surgía de la voluntad e intereses de los Estados.
El fracaso de la Sociedad de las Naciones, para impedir los cada vez más frecuentes conflictos en Europa y otras regiones del mundo, en la década de los años 30, y para frenar las ambiciones imperialistas de algunas naciones europeas, demostró precisamente que el Derecho Internacional -en las condiciones de la sociedad moderna y tecnificada actual, dotada de armamentos de creciente sofisticación, letalidad y precisión- no puede tener mayor fuerza ni eficacia, que la que emana de la voluntad política explícita de los gobiernos y Estados que lo pactan y de la suficiente estatura política, diplomática y estratégica de esos mismos Estados, a fin de garantizar su cumplimiento.
El otro fenómeno, fue el logro de una mayor comprensión y conciencia universal, acerca de las posibilidades aterradoras de destrucción total, que la propia especie humana es capaz de inflingir a otros seres humanos, como consecuencia de determinadas ideologías políticas. 
De las dos mayores conflagraciones mundiales, y especialmente después de la II Guerra y de los Tribunales de Nuremberg y Tokio y otros procesos históricos, ha emanado gradualmente una conciencia humanitaria, que no solo apunta al fortalecimiento de los derechos de las personas, los grupos y las minorías ante el poder del Estado, sino también ha continuado en la tendencia a cristalizar tales derechos en normas del Derecho Internacional, susceptibles de ser aplicadas en cualquier lugar del mundo, dando forma –desde 1945 en adelante- a una suerte de extra-territorialidad moral y jurídica aún en vías de configurarse.
Este Derecho sin embargo, continúa requiriendo de una afirmación pragmática de la personalidad internacional de cada Estado soberano.
Entre los más destacados exponentes de la escuela realista, durante la segunda mitad del siglo XX, hay que mencionar a G. Bouthoul en el desarrollo de la Polemología, K. Friedrich y C.W. Deutsch en el campo teórico de la Ciencia Política, R. Aron y H. Morgenthau en la esfera de las Relaciones Internacionales, los que encontraron seguidores destacados en las décadas de los sesenta y los setenta, en autores como B. Brodie, N. Spykman, H. Kissinger, Z. Brzezinski, G. Kennan, A. Wohlstetter y H. Kahn,  entre otros. 
En particular, H. Kissinger y Z. Brzezinski desarrollaron en el plano teórico y práctico, una concepción realista de la disuasión, aplicada a las difíciles condiciones contemporáneas del hecho nuclear, al mismo tiempo que elaboraron y trataron de aplicar una visión del equilibrio político y estratégico y la estabilidad en la esfera internacional, incorporando un desarrollo específico de la teoría del dominó al complejo juego de fuerzas políticas y militares que allí tienen lugar, a través de un estudio pragmático de los intereses en conflicto en las relaciones entre las naciones-Estados.
Es necesario subrayar que H. Kissinger, G. Kennan, A. Wohlstetter y H. Kahn, sin embargo, a diferencia de los realistas teóricos de principios de siglo, tuvieron la virtualidad de llevar el pragmatismo doctrinal que sustentaban, a la esfera de la aplicación concreta en la realidad del ejercicio del poder en la esfera internacional.
  A decir verdad, en el siglo XX, el realismo político encuentra líneas muy estrechas de conexión intelectual con el realismo estratégico.
Revisemos algunas de sus líneas matrices de desarrollo.
Después de la II Guerra Mundial, el escenario internacional pareció dominado por las visiones estratégicas y políticas orientadas a la confrontación entre Oriente y Occidente. 
El hecho nuclear introdujo además, una creciente dosis de incertidumbre en los cálculos estratégicos de los actores internacionales.
Por el lado estadounidense y occidental, Winston Churchill, Truman y George Kennan inauguran el enfoque bipolar, a partir del concepto de que la superioridad estratégica (real o supuesta) de la Unión Soviética, constituía un dato inaceptable para la posición político-estratégica de Estados Unidos y de todo Occidente, y de dicha “brecha” debía ser cerrada.
Entre 1945 y 1953, la visión política de Estados Unidos es la del containment , basada en la lógica de que había que contener o parar la ofensiva de la URSS, en todo lugar donde ésta se manifieste.  Naturalmente, este enfoque presupone la existencia de arsenales estratégicos suficientemente dotados para poder servir a tal política.
El realismo americano de la primera post-guerra, se alimenta del deseo de mantener la superioridad de los intereses estadounidenses en el mundo, y de combatir al comunismo allí donde éste emerja y ponga en riesgo dichos intereses.
A su vez, la URSS construye en éste período, la estrategia de la fortaleza asediada.  J. Stalin define entonces que la URSS se encuentra crecientemente sometida a una estrategia occidental de amenaza que los rodea territorialmente.  El “muro de Berlín” y la “cortina de hierro” que acusa Churchill, convenía a ambas partes: los sovéticos lo utilizan como muro defensivo e impermeable y glacis de contención,  frente a las numerosas alianzas militares que EE.UU. tejió a su alrededor, y los occidentales lo utilizan como arma retórica, y como justificación del armamentismo.
La URSS formuló entonces una definición territorial de la potencia estratégica, y los EE.UU., generan una fórmula de contención ante todos los movimientos soviéticos en el exterior.  Cada uno percibe en los gestos, pasos, decisiones, acciones y omisiones del adversario, una estrategia de agresión que debe ser respondida.
En el período soviético, los pensadores políticos coinciden con los gobernantes, de manera que V.I. Lenin, fundador del Estado soviético fue el primero en formular una visión político-estratégica global.  Desde el punto de vista del realismo político marxista, el concepto leninista del imperialismo como última fase del capitalismo constituye el fundamento doctrinal sobre el cual su sucesor J. Stalin, elaboró la doctrina de la Unión Soviética como el primer y único Estado socialista, en función de la cual los pensadores militares trabajaron la noción de la fortaleza asediada por las fuerzas del capitalismo y el imperialismo.
A la muerte de Stalin, en 1953, se inicia un nuevo período de formulaciones político estratégicas.  N. Khroutchev en sus sucesivos Informes del Comité Central al Congreso del PC de la URSS, desarrolló la política de la coexistencia pacífica, la que pretendía combinar el potenciamiento de la capacidad militar y el armamentismo estratégico de su país, con la mantención de relaciones de coexistencia pacífica y competitiva con los Estados Unidos en todas las regiones del planeta.
Esta orientación reveló sus imperfecciones con la Crisis de los Misiles de 1962, la que le costó su salida del poder en 1963.
L.Breshnev, a medida que fue afirmando su hegemonía al interior del aparato de poder de la URSS, desarrolló la doctrina de la intervención  limitada, al mismo tiempo que fortaleció la capacidad estratégica intercontinental y marítima de su país.  La política estratégica de la URSS de Breshnev, a pesar de su fuerte realismo clausewitziano, comenzó a hacer crisis con la Primavera de Praga (1968) y la invasión de Afganistán (1979), en las que el propio edificio intelectual del marxismo-leninismo comenzó a perder su atractivo intelectual y su poder explicativo teórico y práctico.
El advenimiento de M. Gorbatchov (1985) significó la aparición de una política realista de glasnost (transparencia), de perestroika (apertura) y de desarme regulado y compartido con Estados Unidos, lo que constituyó en la práctica, un reconocimiento pragmático del atraso tecnológico de la URSS ante los EE.UU., y de la necesidad de democratizar el socialismo, lo que a su vez, se correspondía con la presión social que surgía en otras naciones de Europa Oriental (Polonia en particular).    El libro Perestroika de 1987, puede considerarse como la elaboración más acabada de la nueva visión política soviética representada por M. Gorbatchov, en la que postula un nuevo esquema de relaciones con Estados Unidos, basado en la cooperación, el desarme equilibrado y gradual de las fuerzas y el retiro de las respectivas tropas nacionales de territorios extranjeros.  Este enfoque –profundamente realista- no pudo impedir ni frenar las poderosas fuerzas internas y externas que condujeron a la implosión soviética.
Como se verá más adelante, el realismo político encontró su corolario en el pensamiento estratégico de manera que toda la idea de la disuasión clásica al llevar a un impasse militar, terminó por conducir  al término de la lógica de la bipolaridad en 1989 y 1990, abriéndose el actual período de transición e incertidumbre.
 

¿Cuál es la postura del realismo actual en la esfera internacional?
 

El realismo político del presente, especialmente en las Relaciones Internacionales, se nutre del reconocimiento de la coyuntura transitoria e impredecible que experimenta el mundo actual, de la identificación de causas cada vez más complejas y variadas en el orígen de los conflictos y las guerras, y de la necesidad de afirmar la Política Exterior del Estado en una identificación pragmática y objetiva del balance de poder y del juego de intereses que se manifiestan en su entorno internacional.
LA POLITICA DE LA RAZON DE ESTADO
Uno de los componentes conceptuales básicos del paradigma realista de la Política, se encuentra en la Política de la Razón de Estado.
La Ciencia Política moderna parece haber eludido un examen minucioso en torno a uno de los mecanismos políticos más importantes y decisivos para asegurar la permanencia y continuidad del Estado.
Consideraciones históricas
La doctrina de la Razón de Estado encuentra sus fundamentos históricos en las profundas mutaciones intelectuales y culturales que se manifiestan en el Renacimiento europeo en los siglos XV y XVI.
 

 

La Razón de Estado es una creación política –o un descubrimiento intelectual- propio del Renacimiento europeo.  En el clima  político y cultural inquieto de las ciudades italianas del siglo XV y XVI, autores humanistas como F. Guichiardinni, C. Salutati, Leonardo Bruni entre otros, influyeron para que N. Maquiavelo y G. Botero elaboraran una primera formulación  doctrinal, poniendo al desnudo la realidad del poder del Estado, y fijando los principios para que éste naciente aparato de poder y de gobierno, pudiera perpetuarse en el tiempo y trascender a sus funcionarios. Mientras Maquiavelo fue el primero en separar la Política de las religiones y teorías idealistas, Giovanni Botero comprendió que la Razón de Estado era la propia manera de funcionar del Estado.  Según la nueva doctrina, la Política es un arte pragmático y positivo, es una práctica racional que recoge y sintetiza en sus cálculos, los datos de la realidad concreta y de la experiencia.  Posteriormente, J. Bodin, T. Hobbes, así como las experiencias de gobierno del Cardenal de Richelieu y del propio M. Robespierre en el siglo XVIII, vinieron a confirmar sus alcances y límites.
 

La doctrina de la Razón de Estado es el punto de convergencia de la modernidad y del poder, del realismo en política y de la búsqueda de una racionalidad en los actos humanos. 
Elementos para una definición
 de la Razón de Estado
Más allá de la retórica o del silencio que rodea al tema de la Razón de Estado, todo Estado moderno está dotado de una doctrina inmanente cuya función fundamental consiste en justificar su existencia, de manera de otorgarle cohesión doctrinal a su funcionamiento como institución de instituciones.
La Razón de Estado podría entenderse, en un primer sentido, como el conjunto de las decisiones y actos políticos cuya legitimidad y legalidad son problemáticas, y mediante las cuales un Estado soberano asegura su realización, sin perjuicio de los recursos internos o externos que permitan garantizar tales prácticas.  Sin embargo, la Razón de Estado no se confunde pura y simplemente con una política de transgresión de las normas ético-jurídicas bajo los efectos de una afirmación de hecho del poder coercitivo del Estado.
Es necesario reconocer que la conservación de un Estado o el crecimiento de su poder y potencia, deben ser incorporadas durante una larga tradición política e intelectual, dentro del ámbito de los fines legítimos que se proponen los gobernantes y los funcionarios del Estado.  
En última instancia, es el interés del Estado en el sentido amplio del concepto,  el objetivo, la guía y la justificación de los gobernantes, cualquiera sea el régimen político donde aquel tenga lugar.
El interés del Estado, no necesariamente coincide con el interés de la Nación, y ambos tampoco pueden necesariamente asociarse con el interés general, aunque estas tres dimensiones tienden a ser confundidas, labor que resulta precisamente del funcionamiento o de los mecanismos de la razón de Estado.
La Razón de Estado es la doctrina inmanente de la maquinaria estatal, que se orienta a preservar y asegurar su estabilidad, su permanencia y su continuidad en el tiempo, por encima de las variaciones coyunturales, y que trasciende a los individuos que ejercen el poder.
Los mecanismos de la Razón de Estado
El gobierno y la política de la Razón de Estado son inseparables de la realización de un conjunto de actos y operaciones políticas, a través de las cuales el Estado o alguna de sus instituciones fundamentales intenta preservar la continuidad esencial de la “maquinaria estatal”.
Cuatro son los mecanismos principales a través de los cuales se manifiesta el principio de la razón de Estado, en las organizaciones estatales modernas, a saber:
a)         Las políticas de silenciamiento de la acción estatal o de sus decisiones.
b)        Las políticas comunicacionales sistemáticas, en cuanto son conducentes a establecer una verdad oficial.
c)        Las técnicas de golpe de Estado.
d)        Las políticas de seguridad del Estado.
Veamos cada uno de estos mecanismos.
Se definen como políticas de silenciamiento al conjunto de procedimientos políticos y burocrático-administrativos destinados a ocultar los mecanismos y el proceso de toma de decisiones de las autoridades e instituciones del Estado.
 

El Estado tiende espontáneamente a ocultar de la opinión pública y del escrutinio ciudadano, los procesos de toma de decisiones especialmente aquellos que se sitúan institucionalmente en las esferas superiores de las estructuras de poder.
Los ciudadanos en definitiva, aún cuando cuenten con la acción vigilante de la opinión pública, sólo conocen las decisiones cuando éstas han sido adoptadas y son comunicadas o ejecutadas por la burocracia.
 

Las políticas comunicacionales, son operaciones sistemáticas de orientación de la información y del flujo de las comunicaciones estatales, a fin de presentar bajo el mejor aspecto posible y presentable, una verdad oficial.
 

 

Forma parte de los mecanismos normales de ejercicio de la razón de Estado, el que la maquinaria estatal tienda a elaborar, procesar, difundir y defender una verdad oficial, la que se configura en un conjunto –más o menos coherente- de afirmaciones, puntos de vista, interpretaciones y percepciones acerca de la realidad.
La verdad oficial es la interpretación que el Estado y/o sus autoridades dan a los eventos de la vida política, social, económica y cultural de la sociedad; se trata ciertamente de un punto de vista, de un enfoque diferente e incluso de un enfoque ideológicamente sesgado y dirigido.
Pero, además se trata de un conjunto de técnicas de elaboración y manipulación de los hechos y de la información, de manera de producir un determinado efecto comunicacional y político.
 

 

La técnica del golpe de Estado constituye una operación político-militar de irrupción violenta y de copamiento de las fuentes físico-geográficas de poder y de las instituciones fundamentales del Estado, a fin de satisfacer determinados intereses políticos.
 

En cuanto operación político militar, todo golpe de Estado supone la intervención –más o menos planificada- de fuerzas armadas o militares, sean éstas regulares o irregulares.
Todo golpe de Estado supone, al mismo tiempo, el doble objetivo de paralizar el funcionamiento de la maquinaria decisional y burocrática de las instituciones fundamentales del Estado (en particular de los poderes ejecutivo y legislativo); y poner en marcha nuevas estructuras, autoridades y/o procesos políticos decisionales.  Desde ésta perspectiva procedimental, la operación del golpe supone siempre tres tiempos, a saber: un primer tiempo, de preparación y creación de clima; un segundo tiempo, de ejecución de la operación y  de instalación del nuevo poder; y un tercer tiempo, de consolidación del nuevo poder.
En una perspectiva política general, el golpe de Estado puede ser el punto de partida o el momento culminante de una crisis política o institucional prolongada, o de una coyuntura insurrecional.
 

Desde el punto de vista de los motivos y sus ejecutores, se distinguen el golpe de Estado como una operación en la que intervienen militares y políticos; y el golpe militar en cuanto operación en la que intervienen solamente militares.
Desde el punto de vista de su operatoria, se distingue el golpe de Estado propiamente tal, rompiendo la legalidad vigente, y el golpe blanco que consiste en la ocupación política y militar del poder, dentro de los límites de la legalidad.
Desde el punto de vista de sus consecuencias físicas y humanas, se distingue el golpe cruento que implica daños materiales y bajas en vidas humanas, y el golpe incruento en el que la operación de toma del poder resulta tan súbita que las bajas son mínimas o inexistentes.
 

Las políticas de seguridad del Estado consisten en orientaciones generales de acción, dirigidas a prevenir y preservar la integridad física y material de las instituciones y autoridades del Estado, frente a amenazas internas y externas.
De este modo, todas decisiones y actos de los funcionarios y autoridades que operan desde el Estado tienden a impregnarse de una justificación oculta y silenciosa, cuya finalidad es la realización objetiva, impersonal y sistemática de tres condiciones o requisitos, esenciales para asegurar el funcionamiento del Estado:
a)                    su estabilidad (poniéndolo a resguardo de cambios, de desequilibrios, crisis o quiebres institucionales, que puedan arriesgar su ordenamiento jurídico básico);
b)                   su permanencia (en cuanto conjunto de instituciones instaladas en un espacio físico, geográfico y político propio y jurisdiccional, y en las que las autoridades y  funcionarios son siempre transitorios); y
c)                   su continuidad (es decir, que se asegura su existencia en el tiempo, trascendiendo a los individuos  que operan en él).
 

Al revelar la existencia de la doctrina de la Razón de Estado, queda en evidencia que la política y el poder son realidades objetivas, profundamente humanas, marcadas por el sesgo del conflicto, por la disparidad básica e incluso la confrontación de ideas, de fuerzas y de intereses.
La política de la Razón de Estado, se manifiesta en todas aquellas decisiones y actos de la autoridad política, tendientes a preservar el interés superior de la Nación o del propio Estado, a asegurar por cualquier medio (especialmente por medios legales, pero sin descartar los medios no-legales o ilegales) la permanencia y unidad del Estado y de sus instituciones básicas, la estabilidad de dichas instituciones o su continuidad en el tiempo, así como su estatura política, diplomática y estratégica en el campo internacional.  Se trata en la práctica política, de medidas de carácter riguroso, no siempre populares ni del agrado de la opinión pública, y por ello, frecuentemente incomprendidas y criticadas.
Lo que realiza la idea de la Razón de Estado, es que introduce el desvelamiento del logos de la política, del poder y del Estado. 
Desde esta perspectiva profundamente realista, el Estado no es una fuerza ideal y superior que se impone sobre el espíritu de los hombres, sino que ahora, al ponerse en evidencia la existencia de la Razón de Estado, queda al desnudo que el Estado es, en primera y última instancia, una maquinaria organizada de poder y de mando, que funciona dentro de la esfera política de la sociedad, dominada por los intereses, por las estrategias, los cálculos y los juegos de poder y de guerra de quienes ejercen el poder.
En la práctica política, la Razón de Estado se realiza permanente y cotidianamente, cada vez que el poder político es ejercido por una autoridad o funcionario, por cuanto a través de sus decisiones y actos de poder, ambos están cumpliendo con sus propias metas y objetivos y están contribuyendo a realizar en el presente, los fines de permanencia y continuidad del Estado al que sirven.
De este modo, el poder político del Estado moderno encuentra en la Razón de Estado una lógica propia, una racionalidad explicativa que le da coherencia en el tiempo y en el espacio.  El poder político no podría ejercerse en el Estado y aún mediante los instrumentos de poder que le son inherentes (tribunales, ejército, policía), si quién ejerce tal poder no tuviera la certeza que sus decisiones serán cumplidas y ejecutadas por una cadena de funcionarios, y que a través de dicha cadena orgánica de individuos, el Estado se asegura su permanencia y su continuidad.  Es como si el Estado, adquiriendo una personalidad propia, se reprodujera a sí mismo, asegurándose de paso su propia permanencia.
 

 

Política y poder en la Razón de Estado
 

 

La Razón de Estado, de este modo, no es el deber ser del Estado como aparato político o de la Política como forma de relación para organizar el gobierno de la sociedad, sino que es el Estado y la Política tal como son en la realidad objetiva. 
Por ello se afirma que la política de la Razón de Estado no es solamente el realismo político en su estado más puro, sino también es la propia Política de Estado, en su forma más objetiva, en sus finalidades más amplias y prospectivas, en sus manifestaciones más pragmaticas y eficaces.
Para la política enfocada, pensada y realizada desde esta perspectiva, lo que cuenta es el poder, lo que importa son los hechos concretos, lo determinante son las fuerzas, capacidades y recursos de que dispone realmente cada actor, y no las intenciones, las retóricas o las declaraciones de principios. 
Lo esencial siempre  es la preservación de la unidad del Estado –como territorio y como jurisdicción soberana- y todo lo que la altere o ponga en riesgo, choca con una razón de Estado que vigila su cohesión esencial.
Aquí, a diferencia de otras perspectivas doctrinales o ideológicas, lo central es la capacidad objetiva de actuar con eficacia, con capacidad de realización.
La política de la Razón de Estado es la política del poder, un poder completamente desnudado de toda pretensión idealista, de toda veleidad imaginaria, de toda intención discursiva: los hechos y los hechos políticos tal como son, y no como uno quisiera que fueran.  Más que “una moral en acción”, ésta forma de hacer Política es “la acción moral y pragmática”.
 

 

Cuando el político se guía por estos criterios pragmáticos, se aleja de la posibilidad de confundir sus deseos con la realidad, y pone su capacidad de influencia, de acción y de realización, al servicio de una idea superior (e incluso de una utopía) que le puede permitir sobrevivir a los avatares de la política cotidiana y a las cambiantes coyunturas, situándose en una perspectiva de largo plazo.
La Política no es lo que parece, sino lo que es en realidad: un juego dinámico y cambiante de decisiones y actos motivados por intereses, en el que cada actor calcula sus estrategias, movimientos y retóricas para ganar posiciones en cada arena política, y lograr en definitiva influir y predominar.
En la política de la Razón de Estado, la fuerza está al servicio de la razón, es decir, de la Política como función superior y gobernante.  De aquí se desprende que la compulsión o la coerción, que son el resultado inmediato de la fuerza, funcionan siempre en la lógica de que la fuerza es un instrumento racional al servicio de una Política pragmática y eficaz: la Política siempre  es la idea y la fuerza es el instrumento.
Esto no quiere decir que la Razón de Estado carezca de ideales o de moral, como le atribuyen sus detractores.  Por el contrario, el ideal aquí es el pragmatismo irrecusable de los hechos, es el logro objetivo de las realizaciones, es el cumplimiento irrestricto de las promesas, es la política de las obras antes que de las promesas, es el Hacer más que el Decir: un ideal utilitario, funcional y eficaz, que se opone a la política tradicional de anuncios y proclamas, sustentándose en una ética incorruptible de la eficiencia, de la verdad, de la justicia y del deber cívico.
La doctrina de la Razón de Estado, aunque ha desaparecido como tema de interés para los pensadores y hombres de acción, ha pasado a incorporarse en el funcionamiento normal de todos los Estados, y aparece frecuentemente puesta de relieve tanto en la política interna, como en las Relaciones Internacionales, en las esferas de la Política, la Diplomacia y la Estrategia.
 

 

 

CONSIDERACIONES HISTORICAS
SOBRE EL REALISMO
EN LA ESFERA ESTRATEGICA
Y EN LAS RELACIONES INTERNACIONALES
Como se podrá apreciar a continuación, existe una clara conexión intelectual, por lo menos en la tradición cultural de Occidente, entre el realismo político, entendido en los términos definidos más arriba, y el realismo estratégico, entendido a su vez, como una perspectiva teórica, doctrinal y práctica que tiende a privilegiar la problemática del poder y las correlaciones de fuerzas, para comprender los procesos políticos y estratégicos y los conflictos en las relaciones internacionales.
Esta tradición encuentra sus bases fundacionales en la práctica estratégica de algunos líderes militares de la Antigüedad, en ciertos pensadores y en la tradición histórica que allí se originó.
El realismo estratégico de la Antigüedad
Poco se sabe sobre la experiencia guerrera, o las relaciones que entablaron las primitivas comunidades en la Prehistoria.
Los  testimonios gráficos y pictóricos del Paleolítico (Lescaux, Altamira…), no se centran principalmente en escenas de batallas, sino de cacería, por lo que debemos aproximarnos a la Antigüedad para comprender las primitivas formas de pensar y actuar en Estrategia.
Un panorama histórico e intelectual del realismo centrado en el campo estratégico dentro de Occidente, no estaría completo si no mencionara además, la significación e influencia producida por los encuentros y conflictos entre los europeos y otras civilizaciones.
Así entonces, debiera reconocerse que autores como Sun-Tzu desde la tradición cultural china o Ibn-Kaldhoun como manifestación polemológica de la civilización árabe, constituyeron paradigmas estratégicos que, habiendo influído decisivamente en el pensamiento militar y político de sus culturas, trascendieron inspirando las conquistas y el quehacer “internacional” de los pueblos que tuvieron contacto con ellos.
Hace más de 2.000 años, Sun-Tzu un misterioso filósofo guerrero chino, recopiló un conjunto de máximas hoy conocidas bajo el nombre de El arte de la guerra.  Allí Sun-Tzu recogió los aspectos esenciales de la sabiduría guerrera oriental, de manera que el conjunto de la obra se orienta a demostrar que la eficiencia máxima del conocimiento y de la estrategia, es hacer que el conflicto sea totalmente innecesario. Sun-Tzu se ocupa de los criterios estratégicos de la guerra, del orden de batalla, de la fuerza, de las maniobras, de la utilización de espías y la adquisición de la información, y de la importancia del terreno, asumiendo un enfoque pragmático cuya modernidad está fuera de discusión.  Hay en la lógica de Sun-Tzu un realismo implacable, una frialdad absoluta en el camino y los medios hacia el objetivo final, pero siempre toma en cuenta al estratega, al ser humano, en cuanto individuo dotado  de un juicio racional y objetivo, para evaluar fríamente las cambiantes situaciones reales.
El paradigma estratégico chino iniciado por el maestro Sun-Tzu, ha predominado en el mundo oriental hasta el siglo XX.
Si adoptamos una perspectiva global y reconocemos el juego dinámico de influencias que operan en este campo, comprenderemos que, por ejemplo, la experiencia militar de las Cruzadas (entre los siglos XI y XIII de nuestra Era), no sólo significó una empresa conquistadora de los ejércitos feudales europeos, sino que además, pusieron en contacto –estratégico, económico y cultural- a dos civilizaciones disímiles, ninguna de las cuales resultó totalmente inmune a la influencia de la otra.
Tal es también el caso de la empresa conquistadora española que –como se verá más adelante- al contacto con las culturas originarias de América, no sólo desplegó su milenario saber guerrero –aún impregnado de un acento épico y feudal- sino que recibió el impacto de esos pueblos con sus tácticas de hostigamiento, dispersión y ataque en bandada.
Durante la Antigüedad, surgen los primeros atisbos de la idea de comunidad internacional.  El concepto se arraiga en la necesidad y búsqueda de normas que permitan ordenar y regular las relaciones y los intercambios entre los Estados y los gobiernos.
El primer testimonio histórico de un Tratado internacional se remonta al 1277 AnE. en el que hititas y egipcios (bajo Ramsés II) acuerdan un tratado de paz y fraternidad, y en cuyas estipulaciones se encuentran: la renuncia mutua a todo proyecto de conquista de sus respectivos territorios,  se establece una alianza defensiva, y se acuerdan formas de cooperación en el castigo de súbditos delincuentes y su extradición mutua.
Heródoto y Tucídides, respectivamente, señalan también la existencia de Tratados de alianza en el siglo V AnE., entre varios pueblos griegos como respuesta a las necesidades de regulación de sus vínculos con Estados y pueblos “bárbaros”: dieron así orígen a la práctica del asilo político, ensayaron  los pactos de arbitraje, e iniciaron la realización de los congresos anfictiónicos en los que se acordaban las reglas jurídicas comunes entre los diversos pueblos y ciudades-Estados de la Hélade.
Siguiendo una inspiración realista y pragmática, fueron las realidades objetivas e impostergables de los crecientes vínculos  entre los actores políticos en la esfera internacional, las que impulsaron el surgimiento de normas e instituciones, a partir de las cuales se pudiera hablar de comunidad internacional.
El realismo estratégico de la prolongada época de la Antigüedad, está marcado por  una fuerte tendencia a una política imperial de conquista, es decir, por una lógica de poder y de dominación, según la cual cada Estado que alcanzaba una estatura política y militar significativa, consideraba su derecho la dominación de territorios y pueblos vecinos, hasta alcanzar la forma imperial.
Esta fue –entre otros- la experiencia de Hammurabi, fundador del imperio babilonio (hacia 1750 AnE), de Amenofis III (1410-1379 AnE) con el imperio egipcio, de Salomón (972-932 AnE) en el espacio israelita del Medio Oriente, de Asurnazirpal (883-859 AnE) y Asurbanipal con el imperio asirio, o de la dinastía Ts’in en la que Che-Houang-Ti fundó el imperio chino (221-207 AnE).
La Antigüedad clásica que conocemos sin embargo, inaugura su experiencia estratégica con la Guerra de Troya, si es que no queremos remontarnos a las bíblicas batallas que enfrentaron al pueblo judío con los filisteos y los egipcios.
La Grecia clásica hace escuela de realismo estratégico, mediante una tentativa exitosa de expansión comercial y guerrera contra Troya (hacia el 1.250 AnE) como lo ilustra Homero en  La Ilíada.  Los griegos coaligados montan una expedición marítima llevando en sus naves un ejército perfectamente equipado para un largo sitio.   La concepción estratégica es de un realismo puro: se trataba de vencer la oposición de Troya a la expansión de las líneas de comercio de las polis griegas, tal como lo hará varios siglos más tarde, la República romana ante la oposición de Cartago.
Hay quienes han visto en la historia de las guerras de la Antigüedad, los inicios de una histórica confrontación entre potencias terrestres y potencias marítimas.  Este criterio de lectura nos podrá servir en ciertos casos caracterizados, pero no será el único. 
El imperio persa fue probablemente uno de los casos más notables de perseverancia en el ejercicio del poder imperial.  El imperio persa representa una vasta dominación política y territorial entre el siglo VI AnE hasta el VII NE.  Ciro II (559-520 AnE),  Darío I el Grande (522-486 AnE) y Jerjes I (486-465 AnE) representan la etapa más floreciente de la dominación persa, abarcando  desde las costas de Asia Menor hasta  el río Indo, y desde el océano Indico hasta  el Mar de Aral.  Un imperio de dominación exclusivamente terrestre, que combinó una organización territorial (las satrapías), un sistema monetario e impositivo único, vías de comunicación y ejércitos dotados de una alta movilidad.
Del mismo modo, hacia el 300 AnE., se consolidaron en China los siete Estados, que dan forma al llamado Período de los Reinos Combatientes.  Después de 400 años en que predominan las tendencias a la división feudal, a través de diversas guerras y otras formas de decantación política, el vasto imperio chino comienza a orientarse hacia la configuración de grandes unidades políticas. 
Este proceso culminó en la formación de un solo Estado, hacia el 221 AnE con el emperador Qin-Shi-Huangdi, quién organiza una administración central y un ejército de arqueros y lanceros, sobre el que se asentó el nuevo poder.  Hacia el siglo III AnE, China inicia un lento y prolongado proceso de construcción estatal e imperial.
Lo que importa subrayar es que, en medio de su experiencia conquistadora y guerrera, numerosos pueblos de la Antigüedad clásica, y en particular el pueblo griego, aprendieron gradualmente a pensar política y estratégicamente no sólo en términos de unidades políticas aisladas que se enfrentan (Estados, polis, señoríos y ciudades), sino también en términos mundiales o universales, guardando las debidas proporciones geográficas del “mundo conocido” que ellos tenían.  Probablemente, ésta es la mayor contribución de Grecia al pensamiento estratégico e internacional.
Los griegos con su concepción de la Hélade enfrentándose al poderío masivo de los ejércitos persas (siglo V AnE), son acaso los primeros en Occidente que abren una perspectiva histórica y realista de comprensión del mundo que les rodea y en el que les toca actuar, y al mismo tiempo dan los primeros pasos en la configuración de la idea de comunidad y Derecho internacional. 
Su realismo los impulsa a aliarse entre ellos, frente al peligro de la dominación oriental, de manera que la amenaza exterior no solo les proporciona una intuición de unidad cultural y política, sino que les enseña una de las primeras lecciones maestras del pragmatismo político y estratégico: “si estás en desventaja ante tu adversario, busca buenos aliados”.
Este es el significado político profundo que aporta la retórica de Pericles desde la experiencia estratégica de la Atenas clásica (492-429 AnE): solo la unidad de los débiles, les permitirá vencer al más fuerte.
Al mismo tiempo, la obra de los historiadores, Heródoto (486-420 AnE), Tucídides (465-395 AnE) y Jenofonte (430-355 AnE) en primer lugar, permite efectivamente ampliar la visión del mundo real que tenían los griegos, comprensión innovadora de la que no hay que descartar  a los primeros geógrafos y cartógrafos, de manera que los helénicos no sólo se ven como parte de un mundo muy variado y complejo, sino que se retratan a sí mismos dentro del mundo.
El primer testimonio de la Estrategia aplicada en la Antigüedad griega, se  encuentra en La Ilíada de Homero (hacia el 750 AnE) en el que se ponen de manifiesto tanto las cualidades literarias del autor, como los aspectos técnicos de las tácticas guerreras terrestres de griegos (falanges de hoplitas) y troyanos.  Desde una perspectiva realista, la obra de Homero subraya las tendencias expansivas del pueblo griego y su creciente influencia en el espacio mediterráneo.  La guerra de Troya duró 10 años y al término de ella, las ciudades griegas iniciaron un largo proceso de crecimiento y predominio imperial.
 
Hasta esta etapa de la Historia de Occidente, el horizonte mental, político y geográfico de los estrategas y gobernantes griegos es el Mediterráneo.   El mundo llega hasta las “Columnas de Hércules”.
Entre La Hélade y el dominio de Alejandro el Magno, pudiera verse una cierta solución de continuidad, aunque el quiebre intelectual y político que produce su dominación, puso de relieve el fracaso de la polis griega como forma política adecuada para un mundo dominado por vastas construcciones imperiales.
Alejandro no escribió sus conquistas ni teorizó acerca de su imperio, pero su genio consiste precisamente, en la realización objetiva de una vasta obra de confederación de culturas, pueblos y Estados diversos.
Sin embargo, fue Julio Cesar (101-44 AnE), el gran conquistador romano, quién primero tuvo una de las intuiciones estratégicas más realistas: la idea de que la supremacía militar conduce casi irremediablemente a la dominación política. 
Cesar fue el primero que hizo uso del arte de la Política para conquistar las voluntades y la adhesión, al mismo tiempo que utilizó el arma del arte de la Diplomacia, para convencer a sus conciudadanos y a otros pueblos de las ventajas de su dominio, en una adecuación realista con el arte de la Estrategia, ampliando los límites de las conquistas romanas,  poniendo en práctica así una política de poder en la que combinó la satisfacción de sus intereses y ambiciones personales, con la preservación y ampliación de los intereses vitales de Roma.
Diversos historiadores han visto en la obra literaria de Julio Cesar, especialmente en sus Comentarios de la Guerra de las Galias, como un clásico de la propaganda política, en la que el general y Senador victorioso, junto con reivindicar las victorias obtenidas en el campo de batalla sobre los pueblos galos, se sitúa por encima de las rencillas políticas que atraviesan la República.  En ella, se describe la confrontación entre la táctica de bloque y de rodillo compresor utilizada por las legiones romanas, y la táctica de guerrilla organizada por los diversos pueblos francos.   La ocupación romana a continuación –hecha en base al poblamiento estable y a la construcción de una cadena de aldeas-fuertes fronterizas, el “limes” imperial, permitió extender los límites del Imperio hasta el Norte de Europa y la Germania.
Es importante subrayar que la lógica realista de los romanos, aplicada en la esfera estratégica les permitió lanzarse a la conquista del mundo que los rodeaba.  Para ello, dividieron a los pueblos vecinos para combatirlos unos a otros; se sirvieron de los pueblos sometidos, para dominar a aquellos que no lo estaban; intervinieron en los conflictos internos de los pueblos no sometidos a fin de proteger a los débiles, y lograr con ello el dominio; ejecutaron un estilo de guerra sin cuartel, de manera de ser más inflexibles en las derrotas que en las victorias; e invadieron los territorios vecinos bajo el pretexto de defenderlos de sus enemigos.
No deja de ser sugestivo constatar que, paralelamente a la evolución política de las culturas europeas y asiáticas, en América, diversos pueblos como los olmecas (300 AnE-300 NE), la cultura de Teotihuacán  (100-200 NE), o los aztecas y mayas en América Central (400 AnE- 1000 NE) construyeron sistemas políticos de rasgos imperiales, combinando conquista militar y económica, dominación político y fuertes influencias culturales y religiosas.
Los aztecas extendieron su dominación desde el centro de México, durante casi un siglo (1440- 1521 NE), a partir de la Triple Alianza de reinos-ciudades (Tenochtitlán, Texcoco y Tlacopán), en una combinación política de capacidad de aprendizaje, fuerza militar organizada, y una política diplomática hábil y flexible.
Del mismo modo, a partir de los horizontes culturales Chavin y Nazca, los imperios de Tiwanaku (siglos VII al XI NE) y de Tahuantinsuyo en América del Sur, configuraron una amplia estructura de dominación política y económica, que llegó a su apogeo con Thupa Inka Yupanki y Wayna Qhapaq (1463-1493 NE), y que supo equilibrar un cierto grado de autonomía relativa de los señoríos locales, con una estructura centralizada de poder supraterritorial, adaptándose –de un modo realista y pragmático- a las condiciones de una gran diversidad de pueblos y espacios geográficos conquistados.
Hay que subrayar aquí la importancia de la sacralidad del poder y la dominación que instauraron los pueblos americanos originarios.  Mayas, aztecas e incas dieron una relevancia excepcional al carácter místico, divino y sagrado de sus gobernantes imperiales, instaurando una tradición de poder elitista casi absoluto, que perduró mucho más allá de la conquista española.
Al otro lado del mundo, en China y en las grandes estepas de Mongolia, por su parte, se desarrolla la experiencia conquistadora del Imperio Mongol.   Bajo  el poder de Gengis Khan (1155-1227 NE), los ejércitos de arqueros y jinetes mongoles se convirtieron en una arma política, en una combinación realista de alianzas, saqueos, conquistas, incursiones relámpago y ocupación territorial.  En el siglo XVII, la expansión mongol decayó y fue finalmente detenida, ante  el crecimiento del poder manchú.
La lógica estratégica de la cultura china, ha sido sintetizada en numerosos autores, pero el más conocido es Sun-Tzu cuyo Arte de la Guerra (escrito en el siglo V AnE.) es considerado un clásico hasta el día de hoy.  Sun-Tzu enfatiza la importancia del dominio de la voluntad guerrera como parte de una visión humana integral en la que la fuerza se somete a los imperativos de la inteligencia, de la sabiduría y del conocimiento.
El derrumbe de los grandes imperios de la Antigüedad, dió paso a una disgregación de la unidad política y territorial y a una poderosa tendencia centrífuga en la geografía política de Europa y Asia: así surgió el feudalismo.
La estrategia medieval
Probablemente la experiencia estratégica e internacional de Europa, en la época medieval, comenzó, entre otros hechos, con las invasiones de los marineros escandinavos.   Los normandos o vikingos ejercieron una combinación bastante pragmática de conquista depredadora, saqueo e intercambio comercial, sin buscar prioritariamente la ocupación territorial, durante un largo período que va desde el siglo VIII hasta el IX, en las costas de Europa occidental y del norte.
Numerosos autores han subrayado el aspecto épico de las guerras medievales.  Hayan sido motivados por el afán de conquista, por las necesidades dinásticas o las ambiciones principescas, los conflictos de la Edad Media se nos aparecen como guerras entre caballeros, que van adquiriendo un aspecto cada vez más refinado y barroco.
No es posible quedarse con ésta primera impresión.   Las prácticas guerreras y de la Política exterior de los Estados medievales, dejan traslucir un notorio realismo.
La formación del Imperio Carolingio, a partir de la coronación de Carlomagno (en el 800 NE), constituyó una expresión de las posibilidades y limitaciones del poer de los francos.  Se extendieron hacia  el Mar del Norte y el Báltico, hacia la región de Bohemia, hacia los reinos itálicos y España y en dirección de las regiones eslavas de los Balkanes.  Pero, a la muerte del emperador (814 NE), el Imperio carolingio se desmoronó en menos de dos generaciones.
En efecto, por debajo de la dialéctica y la elegante retórica religiosa, teológica o política de los guerreros y diplomáticos del Medioevo, se encuentra siempre una intrincada gama de intereses de poder y de dominio y de fuerzas poderosas y actuantes las que constituyen el material objetivo, concreto de las ambiciones y las pasiones desatadas en el campo de batalla o en los refinados salones.
Ya en esta época, resulta cada vez más claro que la guerra es un acto político que obedece a una finalidad política del gobernante.  A partir de Santo Tomás de Aquino, todos los autores medievales parten del principio realista de que la guerra justa debe ser conducida por el monarca, lo que conduce a relacionar el acto bélico como acción militar, con los intereses políticos que le daban justificación.
Así se puede considerar la obra  El arbol de las Batallas, como una de las primeras obras estratégicas medievales, publicada entre 1382-1387 por Honoré Bonnet, y donde ya se plantea el tema de la guerra justa y la responsabilidad política primordial del Príncipe [es decir del gobernante], en su organización y en su conducción.
Pero sin duda, la acción político-estratégica más relevante de la Edad Media, fueron las Cruzadas. Entre el siglo XI y el siglo XIII, numerosos reyes, príncipes y guerreros europeos de todo tipo enfrentaron a los ejércitos islámicos por el dominio de Jerusalén y otros territorios.  Se trataba de una época de abierta expansión de la dominación política y militar árabe, la que ejercía una fuerte presión geopolítica sobre todo el flanco sur de Europa, desde España por el oeste hasta Siria y Palestina por el este.
 ¿Qué mas grande acto de realismo estratégico que pretender recuperar la lejana Tierra Santa en el Medio Oriente, bajo una inspiración declaradamente religiosa y mística, cuando en realidad lo que se pretendía era asegurarse los mercados  orientales y las rutas de navegación y comercio con Asia, amenazadas por la expansión árabe?
La primera Cruzada fue proclamada en el año 1095, y demoró más de un año en ponerse en marcha, en la medida en que los señores feudales comprendían que para vencer, necesitaban asegurarse la superioridad militar en Oriente. Se desarrolló entre el 1096 y el 1099. La mayoría de los ejércitos se desplazaron por tierra, mientras que la expedición naval coincidió con las fuerzas terrestres a su llegada a Bizancio.
Desde una óptica estratégica e internacional, las Cruzadas pueden ser comprendidas como el choque de dos culturas políticas con vocación expansionista sobre el vasto espacio territorial de Europa oriental, el Medio Oriente y el Mediterráneo. Las consecuencias no solo fueron una suerte de occidentalización del Oriente y de orientalización de Occidente, sino también el fortalecimiento de los intercambios comerciales y del progreso cultural, como consecuencia de la apertura a los nuevos conocimientos y técnicas de  que cada cultura era portadora.
La última Cruzada se realizó en el 1270 (siglo XIII), pero resultó un fracaso.
La cultura árabe encontró durante la Edad Media, en Ibn-Khaldoun (1332-1406 NE) una adecuada síntesis política y estratégica.  Khaldoun, desde una perspectiva de observador agudo de la realidad y de historiador, sustenta la necesaria complementariedad de las ciencias y del conocimiento, con exclusión de todo juicio o a-priori moral.
La guerra de los Cien Años (1337-1453), constituyó una etapa decisiva en el debilitamiento del feudalismo europeo, y en el fortalecimiento de las burguesías comerciantes y bancaria.  Esta es la época en que predominan la infantería y la caballería, pero sin lograr un efecto decisivo sobre el campo de batalla o en la escena política internacional.  Al término de éste conflicto, ni Francia ni Inglaterra resultaron beneficiadas sino que por el contrario, debido al desgaste y la destrucción prolongada, sus economías estaban debilitadas y sus fuerzas diezmadas.
Por otra parte, la formación de la Liga Hanseática (de la que llegaron a formar parte cerca de 90 ciudades comerciales e industriales del norte de Alemania, Polonia, los países bálticos y Rusia), reflejó también una estrecha y realista asociación entre los intereses comerciales y el significado político atribuido a éstos.  La Liga Hanseática (predominante en los mares del Norte de Europa entre  mediados del siglo XIII y fines del siglo XV) se planteó como una de sus metas, competir frente al comercio de las ciudades italianas, de manera que su peso financiero y su potencial económico, determinó en muchos casos la política exterior e interior de los Estados en que estaba implantada.
Por lo tanto, la política comercial de la Liga de Hansa es una política pragmática de poder económico, respaldada –en última instancia- por el poder político, es decir, estuvo profundamente dominada por los intereses materiales de los comerciantes dominantes en las ciudades de la alianza.
La misma lógica de poder y dominación, caracterizó a las ciudades-Estados italianas encabezadas por la República de Venecia, desde el siglo XII al siglo XV.
“La moneda de la ciudad de Venecia, el ducado de oro, llegaría a ser durante más de trescientos años, junto al florín de Florencia, el patrón monetario del Mediterráneo occidental.” (Crónica de la Humanidad.  Barcelona, 1987.  Plaza & Janés Editores, p. 367).  El predominio de los intereses comerciales como manifestación pragmática de la voluntad de hegemonía de una unidad política en la escena internacional, encuentra un ejemplo evidente en la experiencia veneciana: los intereses económicos, a medida que se hacen predominantes, impulsan la búsqueda de la hegemonía política, mediante la utilización del instrumento estratégico -en este caso- de una poderosa flota de guerra.
Pero es necesario llegar hasta el Cinqueccento italiano, con autores como Maquiavelo, Guicciardini y otros, para  encontrar el realismo estratégico formulado sobre bases históricas y conceptuales sólidas.
Como se ha visto más arriba, Maquiavelo funda la autonomía de lo Político y pone de manifiesto en Los Discursos sobre las Décadas de Tito Livio, en El Príncipe y especialmente en El Arte de la guerra, la significación política de la acción estratégica.
Nicolas Maquiavelo tambien aporto al desarrollo de la Estrategia y al estudio de la guerra.
En  El arte de la guerra, N. Maquiavelo se plantea dos temas mayores: el primero, la organización de las milicias y los Ejércitos, en virtud de las necesidades políticas del Príncipe o del Estado; y el segundo, proclama la necesidad de reemplazar las fuerzas militares de mercenarios (condottieri) por Ejércitos nacionales, que garanticen a la vez, el control político del gobernante, y la fidelidad de las tropas a los intereses nacionales y al Estado al que obedecen.
El ambiente intelectual que determina el realismo maquiaveliano en el campo estratégico, es el del Humanismo dentro del Renacimiento.  Esto significa que Maquiavelo –siguiendo los dictados del humanismo- rinde tributo a la Antigüedad clásica, y se basa en la experiencia de la República de Roma, para afirmar el carácter nacional que deben tener los ejércitos y la primacía de lo político como orientación superior que dirige lo estratégico y militar.
El Humanismo operó como una poderosa corriente intelectual y cultural que invade las mentes de los europeos del siglo  XIV y XV, aunque también puede ser comprendido como una manifestación del racionalismo realista con que los pensadores, políticos y estrategas deciden centrar su pensamiento en el ser humano, entendido ahora como  objeto central y privilegiado  de reflexión e investigación.
Maquiavelo anticipó así la Modernidad, al situar la acción estratégica como una necesidad que funda la justicia, al interior de una reflexión política realizada por el gobernante de la Nación.  Para Maquiavelo, la guerra es justa cuando es necesaria.
Los principales pensadores estratégicos de la época feudal después de Maquiavelo, fueron Gustavo Adolfo de Suecia (1554-1632),  Mauricio de Sajonia (1696-1750), Federico II de Prusia (1712-1786) y el conde de Guibert (1743-1790), quienes tuvieron la particularidad de combinar la experiencia militar en terreno, con el ejercicio del poder político y la reflexión estratégica e intelectual.  Ellos fueron los teóricos del orden de batalla en sus más diversas combinaciones.  Propiciaban con mayor frecuencia una estrategia de usura y de agotamiento del adversario, antes que su destrucción total.
Federico II de Prusia escribe Los principios generales de la guerra en 1746, y posteriormente su Testamento militar en 1768.  Partidario de utilizar grandes masas de soldados en el despliegue de sus fuerzas sobre el teatro de la batalla, propuso el concepto del orden oblicuo, una forma de ataque por el flanco que supone el avance de un ala por escalones y la retirada del otra ala, de manera de obtener una victoria rápida mediante el envolvimiento de las líneas enemigas.
A su vez, el conde de Guibert publica en 1772 su Ensayo General de Táctica, en el que desarrolla dos grandes temas.  En el primero, propugna la  necesidad de formar Ejércitos nacionales, sobre la base de los ciudadanos, con lo que se adelanta a la experiencia de la Revolución Francesa de la Nación en armas y de la conscripción general.  En segundo lugar, Guibert postula el predominio de la guerra de movimientos:  una  guerra en la que los ejércitos desarrollan su máxima movilidad en líneas interiores y exteriores, mediante audaces maniobras destinadas a superar las posiciones del enemigo.
Estamos en el siglo XVII y en los inicios del XVIII, la época de oro del barroco…
Cuando las anteriores y poco decisivas guerras entre caballeros pasaron a convertirse en guerras entre mercaderes y mercenarios (siglo XVI al XVII), el predominio emergente de las burguesías comerciales europeas en la esfera del poder político (en Italia, en España, en la Liga Hanseática, en las Provincias Unidas…) determinó que los conflictos y guerras, dejen de estar motivadas mayoritariamente por intereses dinásticos (no obstante ciertos anacronismos persistentes), dando paso a enfrentamientos causados por intereses económicos y comerciales de dominación.
Incluso en el contexto de la lucha multisecular entre la Cristiandad y el Islam, una de cuyas formas fueron las Cruzadas, los intereses comerciales no podían ocultarse tras el velo religioso que las justificaba.
El historiador inglés Michael Howard,  dice al respecto que: “…en el curso del siglo XVII la aptitud para hacer la guerra y mantener el poderío político dependía de más en mas, del acceso a las riquezas provenientes del mundo extra-europeo o derivadas de su comercio.  Existía en realidad una interacción permanente entre el desarrollo de las empresas europeas de ultramar y los conflictos interiores en el continente.”
 Y expone más adelante, que “Al término de la guerra de los Treinta Años, en 1648, la mezcla de celo religioso, búsqueda de botín y la aspiración a honestos beneficios comerciales que había inspirado la expansión europea y las rivalidades marítimas en el curso de los dos siglos precedentes, se sistematizó y se simplificó: los conflictos ahora opusieron a los Estados y tuvieron por objetivo la conquista del poder”. (
[2])
La manifestación más explícita de esta combinación entre poder estratégico y político, al servicio de los intereses económicos, la encontramos en la época de los grandes descubrimientos marítimos.
La expansión marítima
 de las potencias europeas
¿Qué explica el formidable poder de expansión que despliegan las naciones europeas desde el siglo XV y XVI?
En poco más de dos siglos, mientras Europa vivía un formidable Renacimiento cultural, artístico e intelectual, varias naciones europeas se lanzaron a una empresa sin precedentes de descubrimientos geográficos, conquista territorial y expansión colonial.
No todas las naciones de Europa tuvieron una voluntad política de conquista colonial, pero aquellas que habían logrado edificar  una flota mercante y guerrera considerable, habían adquirido una experiencia de navegación apoyada en recientes conocimientos científicos: el sextante, la brújula y los avances cartográficos, no sólo confirmaban el hallazgo teórico de la esfericidad de la Tierra (N. Copérnico, 1473-1543), sino que abrieron los horizontes mentales e intelectuales de políticos, gobernantes y científicos, e hicieron por primera vez pensar en términos de planeta lo que hasta ahora sólo se circunscribía al Mediterráneo y los mares continentales.
Los autores intelectuales de la expansión marítima de Europa no fueron estrategas, sino que fueron inventores, marinos y comerciantes.  Y en el trasfondo de ésta formidable hazaña, hay que situar el significado político y militar de algunos descubrimientos científicos y tecnológicos de importancia.  El cañón (con metales de mejores aleaciones) y la pólvora (recién traída desde China por Marco Polo), fueron las herramientas militares de la nueva dominación; la brújula y el sextante, fueron los instrumentos exactos que guiaron el acceso a los mares y océanos desconocidos o inexplorados; y la imprenta de tipos móviles, fue el vehículo de transmisión de ideas.
Francis Bacon, por ejemplo, en el siglo XVI, constata que “…después de la invención del cañón, sus efectos pueden ser descritos de la siguiente manera: tenemos una nueva invención por la cual las murallas y las grandes obras militares pueden ser perforadas y derrumbadas desde una considerable distancia, con lo cual los hombres poseen ahora una considerable fuerza, para incrementar la potencia  de los proyectiles y de las máquinas.   Estas invenciones, junto a la imprenta, las armas de fuego y el compás, están cambiando la apariencia y el estado del mundo entero…” (
[3])
Los Estados se comprometieron económica y políticamente en las expediciones y descubrimientos.   Aquí, una vez más, el poder político, percibiendo los intereses económicos implícitos en la empresa colonial, apoyó los esfuerzos privados,  y adaptó sus estructuras de poder a las nuevas condiciones geográficas.   Inglaterra, España, Portugal y Francia, materializaron la conquista de nuevos territorios a continuación  de los descubrimientos, haciendo de ellos, no sólo espacios geográficos de descubrimiento, sino sobre todo los convirtieron en territorios de dominación y de poder.
La navegación y el comercio de ultramar, se fueron convirtiendo en parte de una estrategia marítima de dominación de mercados y de territorios.
Así, la política territorial y colonial de las potencias europeas del siglo XV y XVI se  fue configurando como una política de poder basada en intereses materiales, los que con el paso del tiempo se convirtieron en intereses vitales.
La política imperial del poder
La formación de sistemas imperiales constituye una de las más notables constantes en la Historia de la Humanidad.
Si se analizan desde una perspectiva histórica global, podría argumentarse que, no obstante las diferencias particulares de cada uno de ellos, la formación de sistemas de dominación imperial constituye una etapa de culminación de varios fenómenos socio- económicos, políticos y militares, en un momento dado del desarrollo de la formación estatal.  
Obsérvese, por ejemplo, los períodos de expansión imperial experimentados por China, y por el Islam.  Se trata de dos ejemplos de predominio basado fundamentalmente en una hegemonía militar terrestre, continental, la que se tradujo a continuación en dominación política. 
Entre 661 y 750 NE., el Islam se extendió por el Oriente Medio, abarcando todo el Maghreb y bordeando los dominios eslavos de Europa oriental y los pueblos de la India.    Como efecto de ésta expansión entraron en crisis, los dominios bizantino, persa, egipcio y de la Mesopotamia, desarticulando el sistema político en torno al Mediterráneo y del Medio Oriente.
 Bajo la conducción de Mahoma, Abu-Bakr, Omar I y Otman los ejércitos de la caballería árabe construyeron una amplia zona de dominación política y militar, manteniendo ciertas autonomías locales y regionales, y a partir de la cual, el Imperio pudo intentar la conquista de zonas del sur de Europa.
El dominio imperial, desde la Antigüedad hasta hoy, es un fenómeno estatal, si se lo comprende desde el punto de vista histórico y político.
Se define como política imperial del poder a la expresión material y simbólica de la hegemonía y dominación que ejerce un Estado sobre otros Estados, como resultado de una política voluntarista más o menos sistemática, en un momento del proceso histórico internacional.
 
Dos son los elementos materiales que fundamentan la política imperial del poder: uno, el logro de una cierta hegemonía en el plano económico, material y tecnológico, de manera que la superioridad alcanzada es reconocida por los demás actores de la escena internacional; y dos, la obtención de una cierta hegemonía estratégica que resulta del potencial militar que cada Estado posee.
Cuando se analiza la evolución histórica de Occidente, se perciben claramente, sucesivos períodos de hegemonía imperial.
A partir del siglo XV y XVI, la expansión comercial fue uno de los fundamentos racionales de la políticas de ciertas naciones europeas, a partir de la cual buscaron el dominio sobre otras regiones del mundo.
Hay allí, una combinación compleja de factores, tales como la  búsqueda de nuevos mercados, el desarrollo de la potencia marítima y naval, y el logro de la cohesión nacional y voluntad política deliberada por alcanzar una posición de predominio en la escena internacional.
La historia de Occidente, en los últimos cinco siglos, puede ser enfocada desde la perspectiva de la emergencia, apogeo y decadencia de sucesivos imperios marítimos y terrestres.
Así, el siglo XVI puede ser caracterizado como la época de predominio de España, bajo el poder de Carlos V (1516-1556), hasta la derrota sufrida por la “Armada Invencible”, en 1588 por la flota inglesa.  Después de  una primera época, marcada la conquista de los grandes imperios de América (que realizan principalmente H. Cortés, F. Balboa y F. Pizarro), España construye un vasto imperio basado en la explotación económica y el saqueo de las riquezas, el desplazamiento y mestizaje  cultural y social de algunas culturas aborígenes, la conquista y reparto territorial, el exterminio de los pueblos originarios renuentes, y el poblamiento y formación de unidades políticas coloniales urbano-rurales.
El dominio imperial español fue el de una nación esencialmente terrestre, continental, que había logrado formar una relativa capacidad naviera, vocación que determinó e hipotecó su futuro como potencia.
Del mismo modo, el siglo XVII europeo  estuvo marcado por el dominio relativo de Francia bajo Luis XIII, el cardenal de Richelieu (1624-1642) y Luis XIV. 
La Política de Razón de Estado construída pacientemente por los cardenales Richelieu y Mazarino, hecha de riguroso realismo político, búsqueda de la unidad territorial y política, y de construcción de la potencia nacional, industrial y marítima, puede ser considerada la base material sobre la cual se edificó el prestigio y la influencia cultural y política ejercida por Luis XIV en toda Europa, durante este período.
En el siglo XVII, la Paz de Westfalia (1648), que puso término  a la Guerra de Treinta Años, puede ser considerada como el punto de partida del Derecho Internacional moderno.  El Tratado que puso término a este largo conflicto europeo, reconoció el principio de la igualdad jurídica de los Estados, sin distinción de su tamaño o forma de Gobierno, proclamó la necesidad de las asambleas internacionales como mecanismo de negociación diplomática, y señaló la importancia de las alianzas entre Estados como forma de asegurar la paz y la solidaridad y de buscar al adecuado “contrapeso” entre las distintas potencias y Estados.
La obra político-estratégica más relevante del Cardenal de Richelieu se encuentra en su Testamento Político (1642), en el que proclama su adhesión a las doctrinas en boga del mercantilismo, al nacionalismo económico, y a la necesidad de afirmar la supremacía del Estado y de la política de Razón de Estado para asentar la unidad nacional por encima de las facciones, disensiones religiosas y actitudes de fronda de la aristocracia, y para construir metódicamente el engrandecimiento del Estado, en la esfera internacional.
El apogeo cultural francés, sin embargo no se tradujo en un imperio colonial extenso, aunque aquí también hubo de ser determinante el profundo apego terrestre, rural que forma parte -de un modo atávico- de la cultura y de la historia francesa.  El predominio cultural, político y estratégico francés –con Luis XIV y con Napoleón dos siglos más tarde- fue siempre esencialmente terrestre, carente de una voluntad marítima.
El siglo XVIII, por su parte, estuvo marcado por tres fenómenos imperiales al mismo tiempo, a saber: el inicio de la emergencia del poder de Prusia (con Federico II, entre 1740-1786) como potencia continental, en el centro de Europa; la emergencia gradual de Inglaterra como potencia marítima (a partir aproximadamente de 1763),  la máxima expansión del Estado francés hasta alcanzar una forma imperial, con la experiencia de Napoleón Bonaparte (1799-1815).
Los pensadores estratégicos más relevantes en el período de las guerras napoleónicas, y quienes mejor teorizaron al respecto, fueron Ardant du Picq, Jomini  y  Clausewitz.
Henry de Jomini (1779-1869)  en su obra mayor Précis de l’Art de la Guerre (1855) tuvo la virtud de captar el significado militar y las implicancias estratégicas de la reciente Revolución Industrial.  Percibió que las nuevas invenciones en curso (el motor a vapor, los obuses de artillería, el fusil de aguja y el revólver, los primeros fusiles ametralladoras, entre otros) estaban aproximando una revolución profunda en el desarrollo de la guerra, y en la capacidad ofensiva y poder de fuego de los ejércitos.
El mundo estaba entrando en la época del telégrafo, del navío acorazado, de los ferrocarriles, de los vehículos blindados, de manera que resultaba evidente que el desarrollo de la siderurgia y de la industria en general, estaba potenciando los intereses nacionales y de seguridad de la Nación en armas y del Estado con intenciones imperiales.
A su vez, Carl von Clausewitz (1780-1831), puede ser considerado como el pensador estratégico más importante de los siglos XIX y XX.  En su obra De la guerra, pensó el complejo fenómeno de la guerra, desde la amplia perspectiva de la Ciencia y de la Política.  El edificio teórico de Clausewitz se apoya sobre el concepto de la guerra definida como un acto de violencia destinado a obligar al adversario a ejecutar nuestra voluntad, sobre la noción de que siempre se trata de un conflicto de grandes intereses, y de que en definitiva, constituye la continuación de la Política por otros medios.
El análisis de Clausewitz desarrolla la relación entre la guerra absoluta y la guerra real, sitúa al fenómeno bélico como instrumento de la Política, define la importancia estratégica del centro de gravedad de la guerra y de la batalla, propone que la defensiva es la forma más eficaz de guerra y subraya la gravitación de la batalla decisiva en el curso del conflicto.
Toda la política del siglo XVIII y de los inicios del siglo XIX estuvo condicionada por la confrontación y la búsqueda de  esferas de influencia, con la formación de Estados- pivotes y Estados- tampones, destinados a servir en el juego complejo de los intereses de dominación de Inglaterra, Prusia y Francia, y en los que Rusia, Austria  y el Imperio Otomano jugaban un rol creciente.
Es alrededor de la experiencia napoleónica que surgió en Europa, el concepto de equilibrio entre las potencias, entendido como una condición política y estratégica en la que cada Estado y cada alianza de Estados, posea un grado de control y poder suficiente para ejercer su dominio en términos que no alteren la estabilidad y la paridad relativa en el conjunto del sistema de Estados y naciones involucrados.   Uno de los artífices de éste modelo de orden internacional, fue el Ministro K.W.L. Metternich, quién logró situar al Estado austríaco como un Estado-pivote de equilibrio y de árbitro en el sistema europeo (Santa Alianza y Congreso de Viena, 1815), con lo que de paso,  le otorgó un rol político y estratégico cada vez más relevante al Imperio Austríaco.
El Congreso y el Tratado de Viena (1815) marcaron un momento decisivo en la evolución de la Política Internacional y del Derecho.  El realismo político moderno se nutre  del Congreso de Viena, en la medida en que dicho encuentro tuvo como resultado principal la consagración política y diplomática del principio del equilibrio, como instrumento político y estratégico básico, orientado a garantizar la paz y la estabilidad en el sistema internacional.
Ciertamente, todo el siglo XIX estuvo condicionado por dos fenómenos imperiales mayores: el acceso de Inglaterra a la condición de primera potencia  marítima y comercial mundial, y la formación y consolidación de Prusia como gestora de la unidad nacional alemana.
En ambos fenómenos, que resultan como efectos retardados del derrumbe del Imperio napoleónico, Inglaterra y Prusia desarrollaron formas sistemáticas de política imperial aunque con finalidades diversas.  Inglaterra ocupa el siglo XIX con el gobierno de la reina Victoria (1837-1901) al alcanzar el zénith de su expansión imperial, dominio que se eclipsó con la I Guerra Mundial (1914-1918), mientras que Prusia, bajo la conducción de O. V. Bismarck (1815-1898), da forma al Estado nacional alemán, bajo la forma de un imperio con posesiones coloniales en Africa y Asia.
Con la guerra franco-prusiana de 1870, la Prusia de Bismarck culminó el proceso de construcción de su unidad nacional, dando forma al I Reich alemán.  Es interesante observar que cuando el Estado alemán completó la unidad de la nación alemana, lo hizo afirmando militarmente su superioridad sobre Francia, y bajo una forma política imperial única modalidad considerada suficiente y adecuada al mantenimiento de la cohesión de los numerosos particularismos y regionalismos de dicha región europea.
Los realizadores de las teorías de Clausewitz en el plano estratégico, fueron los generales prusianos Moltke y Schlieffen, quienes, como herederos de la tradición formada por Scharnhorst y Gneisenau en la Escuela de Guerra de Berlín, llevaron a su máxima perfección la organización, disciplina y doctrinas de empleo del ejército, como herramienta al servicio de la Política del Estado.  El realismo de la política de Estado pasa por el realismo estratégico de los jefes militares.
El retardo de Alemania en acceder a la unidad nacional, y su impulso político y militar por obtener rápidamente una forma imperial, será una de las causas del desequilibrio que originó la I Guerra.
En el siglo XX, a la lenta decadencia de la hegemonía británica, se sucede la llegada de Estados Unidos a la condición de potencia mundial, y la aparición de la Unión Soviética como factor global de equilibrio, de disuasión y de bi-polaridad (1945-1990).  
En efecto, los tres rasgos característicos de la política internacional durante el siglo XX, desde el punto de vista de los sistema imperiales de dominación, son el eclipse final del imperio británico (arrastrado tanto por los ingentes costos humanos y materiales de la I Guerra Mundial, como por el colapso de su dominio sobre Canadá, la India y otras colonias de importancia), la emergencia de los Estados Unidos a la condición de potencia mundial, la que se inicia en el período de entre-guerras (1918-1939), y el surgimiento de la Unión Soviética como potencia industrial y militar en Eurasia (1917-1939).
De este modo, aún cuando la política internacional entre las dos guerras mundiales aparece dominada por los imperios emergentes de Alemania, Italia y Japón, bajo fuertes dictaduras militares, el fenómeno político dominante en ésta época es el militarismo y el predominio de políticas voluntaristas de expansión imperial.
La geografía como arma estratégica
en las Relaciones Internacionales
En algún momento de su desarrollo histórico y material, cada Estado como entidad política situada en la escena internacional “toma consciencia” de su realidad geográfica, comprende los procesos de territorialización que ha estado experimentando y percibe la importancia de dichos espacios en cuanto ámbitos en donde tiene lugar la Política, la Diplomacia y la Estrategia.
Entonces, surge en el Estado la conciencia geográfica de su Historia, y en la Nación, la conciencia histórica de su Geografía.
Las dos manifestaciones históricas más explícitas de ésta conciencia territorial, provienen de la Geopolítica y de la Oceanopolítica.
Numerosos autores contemporáneos han subrayado que la Geopolítica tradicional, surgió a fines del siglo XIX y primeros veinte años del presente siglo, como una derivación intelectual de la Geografía Política, muy en boga en los círculos universitarios alemanes y nor-europeos.  Analizemos éste fenómeno.
El primer período de la Geopolítica:
elementos para un análisis crítico.
Existe, en efecto, una primera época del pensamiento geopolítico, que surge y se desarrolla dentro de una óptica marcadamente organicista y fuertemente determinista.   Sus influencias intelectuales originarias más significativas, provenían de H. Spencer y de Ch. Darwin, y de las derivaciones sociales que resultaron de sus teorías sociológicas y biológicas.
Así, dos líneas intelectuales se sitúan en las bases de la primera reflexión geopolítica: por un lado, el desarrollo del “darwinismo social”,  a partir de Ch. Darwin, en la segunda mitad del siglo XIX, incluyendo a H. Taine, G. Le Bon, L. Woltmann y V. de Lapouge; y por el otro, un cierto “bio-historicismo” que desarrollan F. List (1789- 1842),  y A. de Gobineau (1816- 1882), el que se entronca con O. Spengler , A. Rosenberg (uno de los teóricos mayores del nazismo alemán),  y con F. Ratzel.  En List y Gobineau, la Geopolítica inicial se alimentó del racismo, y a través de A. Rosenberg, a su vez, contribuyó decisivamente a elaborar una visión ideológica racista de la Historia, a partir del supuesto “conflicto entre la raza aria y la raza semita”.
Inicialmente, autores como F. Ratzel, con su Politische Geographische  y a continuación K. Haushofer, fueron construyendo un cuerpo teórico configurado en torno a conceptos tales como “espacio vital”, “heartland”, “rimland”, o la asociación entre “suelo, sangre y raza”, nociones que estaban construídas sobre la base de una visión organicista del Estado.   Otros autores alemanes en la década de los treinta y cuarenta, dieron contenido a esta visión: L. Mecking, H. Schrepfer, H. Rüdiger, N. Krebs o R. Hennig, para nombrar a los más connotados, trabajaron sistemáticamente la nueva concepción geopolítica.   Numerosos títulos aparecidos en la revista de Geopolítica creada en torno a Haushofer, la Zeitschrift für Geopolitik (revista que, desde 1932, estuvo influenciada y dominada por el Partido nazi), atestiguan el enfoque señalado.
Al mismo tiempo, desde los inicios de los años treinta, esta Geopolítica se asoció directamente con los proyectos expansionistas, racistas y belicistas del nazismo alemán, otorgándole una justificación integral, completa, y respaldándolos con un conjunto de fundamentos teóricos, ideológicos y políticos, por lo que sus postulados hicieron crisis junto con el derrumbe del III Reich,  al término de la Segunda Guerra Mundial.   Por ello puede afirmarse que dicha Geopolítica era nazi en su esencia y contenido.
Al analizar sus postulados, se puede descubrir que esta primera Geopolítica constituye una representación político-estratégica e ideológica del mundo, que tiende naturalmente a centrarse en una concepción totalizadora del poder, y en una idea absoluta de la Nación y del Estado, como si ambas fueran entidades totales y homogéneas.   Hay que subrayar que toda Geopolítica es una empresa intelectual esencialmente « patriótica », ya que intenta colocar al propio Estado, en el centro de las representaciones cartográficas del espacio territorial, de manera que la Cartografía termina graficando lo que los geopolíticos quieren que grafique…
Las falencias intelectuales de aquella visión geopolítica no solo provienen de su incapacidad conceptual para interpretar la creciente interdependencia y complejidad del mundo moderno, de las estrategias y formas políticas que hoy caracterizan a la sociedad, sino del hecho que las interpretaciones y asociaciones conceptuales organicistas, belicistas y racistas, son absolutamente insuficientes, y se encuentran en una fase pre- científica de las Ciencias Sociales, y del estudio de la relación « hombre- geografía ».
Ya ha sido demostrado que los procesos orgánicos funcionan conforme a lógicas completamente distintas y con elevados grados de pre- determinación, mientras que los sistemas sociales y políticos están dotados de características de complejidad y azar, que aquel organicismo primitivo no puede explicar.
Le Geopolítica de la primera época, era profunda y radicalmente estatista, ya que concebía al Estado como un organismo absoluto y predominante en la escena geográfica y política.
La visión geopolítica que concibe al Estado como un organismo vivo que nace, crece, se desarrolla, decae y muere, adolesce precisamente de una lectura estrecha y limitada de la estructura estatal.  G. Sabine en su Historia de la teoría política subraya que “el argumento supuestamente científico de la Geopolítica no es más que una analogía biológica.  Según dicha lectura, los Estados serían “organismos” y mientras viven y conservan su vigor, crecen; cuando dejan de crecer, mueren…” , lo que pondría de relieve que el “bienestar social parece equivaler a la supervivencia del más apto…”.   Además de contener muchas ambiguedades lógicas, ésta confluencia de ideas y de pseudo- conceptos sociales y biológicos, ha sido una fuente de graves confusiones científicas.
 Al contrario de lo que pretende la geopolítica, el Estado no es un organo viviente; es una construcción política, jurídica, ideológica y territorial que se asienta en una sociedad históricamente determinada, es una estructura institucional compleja, que opera mediante resortes materiales y simbólicos de poder.
La segunda época de la Geopolítica
A partir de la década de los cincuenta, la reflexión geopolítica se centró la comprensión de los problemas geográficos y políticos derivados del nuevo escenario de conflicto bi- polar, en la forma de diversas escuelas nacionales geopolíticas, directamente vinculadas con los intereses nacionales de los Estados.
Autores como R. Kahn, H. Kissinger y otros desarrollaron nuevas interpretaciones geopolíticas, pero todas ellas se inscribieron en dos grandes tendencias intelectuales generales, que podemos sintetizar de la siguiente manera:
a)  una corriente de orientación determinista que heredó algunas nociones de la Geopolítica de la primera época y que conservó el concepto de predominio del medio geográfico que se impone a las organizaciones humanas y políticas; y
b)  una corriente de orientación posibilista que se desprende del determinismo anterior y sostiene la primacía del hombre sobre el medio natural, en un proceso progresivo de territorialización del espacio geográfico.
Además, desde el punto de vista marítimo y oceanopolítico, es posible formular una crítica mayor a las escuelas geopolíticas tradicionales.  En la práctica, las visiones geopolíticas no dejan de  operar conceptualmente dentro de una lógica esencialmente terrestre, como si la perspectiva de lectura dominante fuera para y en los espacios continentales, subordinando a los mares y océanos a un rol secundario.  La Geopolítica es un paradigma tal,  como si nos situáramos en la tierra, para observar y comprender el mar.
La perspectiva moderna de la Oceanopolítica
La Oceanopolítica surge durante la segunda mitad del siglo XX, como resultado de una serie de procesos intelectuales y políticos.
La nueva disciplina introduce un cambio profundo de perspectiva a éste respecto: ella permite analizar los fenómenos políticos, diplomáticos y estratégicos que suceden en mares y océanos, desde la perspectiva de los espacios marítimos, de manera que se nos ofrece como un paradigma tal, como si nos situáramos en el mar,  para observar y comprender la tierra.
Si la Geopolítica pretendía ser « la conciencia territorial del Estado », la Oceanopolítica pretende ser « la conciencia marítima de la Nación ».
La Oceanopolítica puede ser considerada como una visión con pretensiones científicas, que resulta de la confluencia multidisciplinaria de distintos aportes intelectuales.   Se trata de una  forma moderna de hacer ciencia a partir de los fenómenos marítimos y navales, en la medida en que su pretensión mayor es lograr establecer un conjunto aceptado de principios y teorías dotadas de racionalidad y de objetividad.   En términos generales, la ciencia social es moderna, porque cree y se afirma en los resultados del ejercicio de la razón, como fundamento objetivo del conocimiento.
La reflexión oceanopolítica se pretende a sí misma como una racionalización de los procesos y relaciones entre el Estado- Nación (como actor político programático) y los mares y océanos.  Desde esta perspectiva, los espacios marítimos y oceánicos son comprendidos y se configuran como campos teórico- prácticos relacionales, donde se ponen en juego los objetivos políticos, los grandes fines y sobre todo, los intereses nacionales y de seguridad de los Estados, como se analizará más adelante.
Para la Oceanopolítica, como para las demás disciplinas de las Relaciones Internacionales, el contenido esencial de las relaciones entre los Estados en la esfera marítima y naval son los intereses nacionales y de seguridad, en virtud de los cuales cada Estado desarrolla una Política, y despliega su Diplomacia y su Estrategia.
La Oceanopolítica es una disciplina o ciencia política del mar, es una manera política de ver las relaciones entre los Estados y naciones a propósito de los espacios marítimos.   La politicidad de los procesos y relaciones oceanopolíticas, proviene fundamentalmente del carácter  político de la acción de sus actores principales, los Estados, y del contenido esencial de las relaciones que éstos establecen entre sí a propósito de dichos espacios.
Así, resulta que la Oceanopolítica es -al mismo tiempo- una ciencia política de los espacios marítimos y oceánicos, y también, la Política de los Estados en los espacios marítimos y oceánicos.  Por ello mismo, la Oceanopolítica no es una geopolítica marítima, ni una geografía política de los mares y océanos, sino que resulta de una elaboración intelectual y político- institucional distinta, y que produce como resultado una reflexión científico- política acerca de los mares y océanos, la que se traduce siempre en políticas y estrategias.
En su definición más primaria y elemental, la Oceanopolítica estudia la Política en el mar y en los océanos. 
Su propia denominación, sugiere un elemento de encuentro, una síntesis entre el fenómeno político y el fenómeno oceánico, en la medida en que ambas dimensiones convergen en la realidad, desde los albores de la Historia de la humanidad.  
 Ahora bien, en la Época Moderna -inaugurada por el Iluminismo racionalista y humanista, la Revolución Francesa y la descolonización de las naciones- la Política en los océanos y espacios marítimos la realizan fundamentalmente los Estados-naciones, de lo que se desprende que la Política en el mar es siempre y en primera y última instancia la Política del Estado en el mar.
 

La Oceanopolítica puede definirse -para los efectos de este ensayo- como el estudio científico de las relaciones oceanopolíticas que se establecen históricamente entre ciertos actores políticos y los espacios marítimos y oceánicos.
Esto quiere decir que el fundamento de la teoría oceanopolítica, reside en una comprensión y racionalización sistemática y científica  de un cierto tipo de relaciones, las que se pueden clasificar en dos tipos básicos:
a)  las relaciones que  establecen los Estados y otros actores políticos entre sí a propósito de los espacios marítimos y oceánicos, relaciones que tienen lugar en la esfera internacional; y
b)  las relaciones que se establecen entre los Estados y los espacios marítimos y oceánicos, las que se sitúan generalmente en la esfera nacional, por su carácter jurídico y su contenido político.
De esta definición se desprende naturalmente, que los espacios marítimos constituyen una diversidad superpuesta e interdependiente  de arenas o campos relacionales.  Aquí reside la racionalidad objetiva de los fenómenos oceanopolíticos: se trata de procesos y fenómenos que son empíricamente observables y verificables, en los que los mares y océanos son el elemento de sustrato, la base fundante y explicativa de la relación, y los Estados y otros actores políticos son el elemento activo y dinámico.
A su vez, las relaciones oceanopolíticas, sin embargo, no solamente se sitúan en la esfera objetiva y empírica de los procesos políticos, diplomáticos y estratégicos, sino que también se manifiestan en un ámbito imaginario y cultural, es decir, en una dimensión simbólica: el de la conciencia marítima.
Pero, además, la reflexión oceanopolítica no surge de una simple teorización, sino que se enmarca en un contexto histórico internacional que le fija un derrotero intelectual característico.
El aporte del realismo en Oceanopolítica.
La Oceanopolítica es una disciplina científica que se sustenta en un conjunto de constataciones empíricas de la realidad internacional.
Uno de los postulados oceanopolíticos más importantes, parte del diagnóstico histórico y afirma que a lo largo de los casi veinte siglos de Historia occidental, ha existido un centro de gravedad oceánico, consistente en un determinado mar u océano en torno al cual se han articulado los poderes, economías, imperios y Estados dominantes en cada período.
Según ésta concepción, desde la Antigüedad clásica y hasta el siglo XV, el centro marítimo del mundo habría estado en el mar Mediterraneo, y a partir del descubrimiento de América y de la apertura de nuevas rutas marítimas coloniales de conquista y comercio, dicho centro se habría desplazado gradualmente al océano Atlántico.
Esta centralidad marítima del Atlántico se habría reforzado con la hegemonía británica durante el siglo XIX y  con el predominio naval de los Estados Unidos durante el siglo XX.
Un corolario natural de ésta teoría afirma que, como consecuencia de los crecientes intercambios entre las potencias mayores del Pacífico, el siglo XXI se presentaría como la época en que dicho océano se convertirá en el centro de gravedad marítima del mundo.
Es necesario subrayar a este respecto, que a pocos años del inicio del siglo XXI, el océano Atlántico continúa manteniendo las rutas marítimas estratégicas que unen a EE.UU. con Europa occidental, y a ésta con Japón, muy en especial aquellas que aseguran los suministros energéticos principales desde el Medio Oriente y el Golfo Pérsico.
Al mismo tiempo, las alianzas políticas y estratégicas fundamentales que unen a los EE.UU.  y Norteamérica con Europa occidental, continúan sustentándose en una doctrina estratégica y militar atlántica,  basada en intereses políticos y de seguridad comunes y compartidos.
Puede afirmarse, en consecuencia, que mientras persistan éstos hechos de relevancia fundamental y dominante, el Atlántico continuará siendo un centro marítimo de importancia mundial.
A su vez, para que el Pacífico se convierta en el océano principal del sistema- planeta sería necesario que se configure en torno a él, una comunidad política, económica y estratégica basada en amplios intereses y objetivos comunes y compartidos, diseño que integre los distintos grupos de naciones y Estados, con su enorme diversidad cultural e histórica.  Eso está aún lejos de ocurrir, no obstante que ya se han perfilado algunos esfuerzos de cooperación e integración.
A partir del actual juego dinámico de las potencias globales y de los principales  Estados- pivotes presentes en torno al Pacífico, es posible prever que en un futuro previsible en la primera mitad del siglo XXI, los roles dominantes todavía estarán repartidos entre Japón, China Popular, Estados Unidos y Rusia, como actores fundamentales, mientras que Australia,  Nueva Zelandia y otras naciones asiáticas y latinoamericanas pugnarán crecientemente por intervenir en la escena marítima y política de la región.
 Además, esta interpretación de la geografía política de los mares, debe situarse en una perspectiva teórica mayor, que propone una visión distinta de los  océanos y continentes en su relación dinámica.  La Oceanopolítica funda  también sus orígenes intelectuales, en un cierto análisis geográfico del planeta, que postula que éste presenta una desigualdad básica entre un Hemisferio Norte dominado por grandes masas continentales, y un Hemisferio Sur dominado por las grandes masas oceánicas.
Analizemos ésta teoría.  La desigual distribución de continentes y océanos resulta de una simple constatación física, a la que debe agregarse el hecho de que más del 60% de la superficie total del globo terráqueo está cubierta por mares y océanos.    Ahora bien, ¿qué significado tiene el predominio oceánico del Hemisferio Sur?  ¿qué  consecuencias podrían deducirse de éste factor geo-morfológico?
En este punto, hay que despejar de inmediato toda inclinación determinista.  El predominio cuantitativo de las masas oceánicas respecto de los continentes en el Hemisferio sur del mundo, no implica necesariamente ningún destino marítimo manifiesto, ni supone automáticamente la potencia marítima de los Estados costeros.
En efecto, la sola constatación de la distribución histórica de las hegemonías marítimas desde el siglo XV en adelante, pone de manifiesto un hecho básico, según el cual la totalidad de las potencias marítimas y navales que han ejercido un predominio a escala regional o mundial, se encuentran ubicadas en el Hemisferio Norte del planeta: Venecia, el Imperio Otomano, la Liga Hanseática, Portugal, las Provincias Unidas, Francia, España, Inglaterra (en Europa), o la China continental (en el Extremo oriente), Rusia, la URSS o los Estados Unidos en Norteamérica.
La sola posición marítima de un Estado, (que en términos oceanopolíticos  definimos como la posición oceanopolítica relativa) no constituye una condición suficiente para crear la potencia marítima o naval, y ello es particularmente evidente en el caso de las naciones ubicadas en el Hemisferio sur del mundo, puesto que la potencia marítima y naval constituye el resultado histórico de un largo proceso en el tiempo, durante el cual confluyen diversos factores políticos, culturales, económicos y estratégicos.
Realismo y Estrategia
 durante el período de la Guerra Fría
(1945-1990)
Al término de la II Guerra Mundial, quedó en evidencia que la derrota del imperio nazi de Hitler, se debió a una combinación realista de la estrategia militar, aero-naval y aero-terrestre de D. Eisenhower, la estrategia terrestre masiva del mariscal G. Schukov y la fluidez estratégica en tierra y en el aire del general Montgomery.  
La síntesis lograda por la coalición aliada, entre 1939 y 1945, de potencia militar blindada y artillada, amplio control de los mares y océanos y dominio estratégico del aire, no cristalizó después de 1945 en formas políticas de hegemonía conjunta, sino que dieron paso a una nueva forma de confrontación: el conflicto ideológico, político y militar entre la URSS y Estados Unidos.
Se puede afirmar que el fenómeno estratégico e internacional más relevante de la segunda mitad del siglo XX, ha sido la bi-polaridad Este-Oeste, que opuso a Estados Unidos y la Unión Soviética.  Se trataba de un ordenamiento global particularmente previsible, en el que detrás de las dos potencias globales dominantes, se fueron formando dos campos políticos y estratégicos opuestos, al interior de los cuales debían alinearse todos los demás Estados, naciones, movimientos y fuerzas.
El campo occidental, dirigido por los Estados Unidos y articulado en torno a un conjunto de regímenes de seguridad y de alianzas estratégicas (tales como la OTAN, el ASEAN, el Pacto de Río de Janeiro, etc.), trataba de mantener la hegemonía económica, política y cultural de la potencia dominante, desarrollando relaciones de dependencia económica y tecnológica.
A su vez, el campo oriental o socialista, dirigido por la Unión Soviética y articulado en torno al Pacto de Varsovia, trataba de mantener la hegemonía económica, política y cultural de la potencia dominante, desarrollando relaciones de dependencia ideológica, estratégica y económica.
En una amplia perspectiva histórica de los años de guerra fría, puede constatarse que la Unión Soviética aplicó una política estratégica fuertemente realista en la esfera internacional.  Sobre todo a partir de la Crisis de los Misiles (1962), N. Khroutchev (1953-1964) y en particular L. Breshnev (1964-1982) aplicaron una política de corte pragmático, orientada a no llevar ni escalar el conflicto bipolar, hasta el extremo riesgoso de la guerra nuclear con Estados Unidos, pero de ejercer suficiente presión política y estratégica como sea posible, en el Tercer Mundo, y especialmente en aquellas nuevas naciones dependientes, que deseaban alcanzar un mayor protagonismo político y un mejor nivel de desarrollo.
Para materializar esta visión estratégica, la URSS creó en torno suyo un verdadero glacis de seguridad con una serie de Estados-pivotes aliados en un pacto estratégico-militar (el Pacto de Varsovia) y encargados de impedir y frenar un ataque occidental directo sobre territorio soviético (Polonia, Checoeslovaquia, Hungría, Rumania, Bulgaria) y un amplio sistema de bases e instalaciones militares de ultramar (Yemen. Vietnam, Cuba, Etiopía, Angola, Libia), que le permitieran extender el alcance de su presencia naval y marítima en el mundo.
La Política Estratégica general aplicada por la Unión Soviética, desde Stalin hasta Breshnev, obedeció al principio del imperio asediado.  La retórica diplomática, política e ideológica de la URSS siempre se orientó a presentarse como un Estado socialista que se encontraba permanentemente amenazado por diversas formas de agresión, provenientes del campo occidental.   Cuando ésta línea estratégica no fue aplicada, se encontraron con la política de contención de los Estados Unidos, o fueron derrotados abiertamente como en Afganistán.
Los pensadores estratégicos soviéticos más relevantes fueron el Mariscal G. Schukov, vencedor en la II Guerra Mundial y autor de unas Memorias en 1961, en las que destaca la importancia de la estrategia de cerco con blindados en la batalla terrestre; los Mariscales G. Talenskii y A.K. Slobodenko, y en particular el Mariscal V.D. Sokolovskii quién en su obra Voennaia Strategiia de 1962, subrayó la puesta a punto de una doctrina soviética de la disuasión basada en la defensa estratégica terrestre.
Posteriormente se destacan el Mariscal A.A. Grechko quién en 1975 publicó su texto Las Fuerzas Armadas del Estado soviético, y el Almirante S. Gorschkov (1910-1988), quién con su obra La potencia marítima del Estado,(1976) sentó las bases de la estrategia marítima y naval soviética. 
Un problema pendiente es el de la superioridad estratégica que se suponía alcanzaría o estaba alcanzando la URSS en la carrera nuclear con Estados Unidos.  La  información hoy disponible (con la apertura de los archivos soviéticos de inteligencia), permite afirmar que entre 1945 y 1990 nunca la Unión soviética logró la superioridad estratégica en armamentos con los EE.UU. y en muchos aspectos ni siquiera la paridad.  Y ésta podría ser una de las razones de fondo del realismo estratégico mostrado.
El derrumbe final del sistema soviético, sin embargo, se debió menos a la presión política y tecnológica ejercida por EE.UU. (carrera espacial, Guerra de las Galaxias, misiles intercontinentales, sistemas satelitales y redes informáticas), que a la crisis ideológica y política interna, en la que las sociedades civiles gobernadas por regímenes comunistas, presionaron por más libertad y más democracia.  El sistema imperial soviético, se fue desagregando lentamente, primero en el plano ideológico y después en el plano político, es decir en definitiva, hizo crisis e  implosión desde adentro.
En síntesis, la representación soviética de la guerra fue un enfoque pragmático de la invasión como principal herramienta estratégica para apoderarse del territori

3 août, 2006

realismo y ciencia política – una aproximación epistemológica

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Definimos que para la Ciencia Política, el realismo es un modo de aprehender la realidad de los hechos, procesos y fenómenos políticos, distinguiendo tales hechos del proceso cognoscitivo.  Para comprender el lugar del realismo en la ciencia politológica, primero debe reconocerse que el programa  teórico y metodológico de ésta, se propone conocer y develar los procesos, tendencias, ideas, estructuras y fuerzas dinámicas que constituyen la Política en su realidad objetiva, en la sociedad actual.

De aquí resulta, en segundo lugar, que el “realismo politológico” (es decir, el realismo aplicado a la Ciencia Política)  recoge y asume la validez de la Historia como maestra de experiencias, como ilustración susceptible de iluminar el presente, mediante la comprensión del significado de las lecciones del pasado.

No se trata tampoco de situar el estudio politológico en una perspectiva historicista, porque resultaría desviarlo de su vocación y su responsabilidad primordial con el presente y con el futuro. La Historia sirve al conocimiento realista de la Ciencia Política, únicamente en cuanto pone de manifiesto realidades anteriores, que fueron resueltas mediante procedimientos únicos y condicionados por el tiempo y otras circunstancias: también es realista reconocer que en Política, como en las demás dimensiones sociales de la existencia humana, el tiempo no regresa ni se repite.

A diferencia de otras escuelas científicas, el realismo en la Ciencia Política, presupone una teoría realista del sistema político directamente apegada a la realidad, y supone el reconocimiento de la existencia de los fenómenos políticos, como procesos complejos independientes del acto de conocerlos, de pensarlos o de estudiarlos, de donde se deriva que la relación cognoscitiva no modifica los procesos que ella estudia, y que aún cuando el investigador aborde la realidad política, desde el interior de sus dinámicas objetivas y simbólicas (de las que no puede sustraerse por su condición de ciudadano, ni siquiera en nombre de la ruptura epistemológica), ello no implica que dichos procesos agoten dicha relación.

Desde ésta perspectiva, el hecho de conocer los fenómenos y procesos políticos, no altera nada el objeto del conocimiento politológico, entendiendo que dichos procesos son relaciones, es decir, son conexiones espacio-temporales de las cosas y de los individuos que intervienen en los procesos políticos, de manera que la relación que se llama conocimiento, es una relación entre el investigador u observador (en éste caso, el Cientista Político) y los procesos y actores políticos entendidos como objetos de dicho conocimiento.

Desde el punto de vista de su trayectoria histórica, el paradigma realista de las ciencias, no es solamente una cierta forma de positivismo, en cuanto habla de hechos objetivos o positivos, o una actitud o norma para la acción, o una cierta posición adoptada en la teoría del conocimiento.  Se trata de una postura filosófica y epistemológica respecto de la ciencia y del conocimiento, que ha intentado abordar la materia empírica de la realidad, sobre la base de su comprensión interrelacional y causal, en tanto en cuanto “sistema complejo de fenómenos objetivos, empíricamente observables”.  De aquí resulta una especie de “circularidad del conocimiento” desde la óptica realista: no solamente el criterio central de la objetividad son los hechos mismos, sino que el conocimiento parte de la realidad tal cual es, se eleva a la teoría para comprenderla y vuelve finalmente a la realidad, para verificar la validez de la teoría.

La relación cognoscitiva (es decir, la que se establece entre el observador y los procesos políticos) según el punto de vista realista, no modifica a los entes, seres o procesos entre los cuales se establece, y por lo tanto, el hecho que los procesos políticos (en sus dimensiones material y simbólica) se aparezcan como en relación con el observador, no implica que su ser y su entidad se agote en dicha relación.

El realismo –como paradigma teórico- argumenta que la explicación de los hechos y los fenómenos, depende básicamente, de la identificación de los mecanismos objetivos y de los hechos reales tal como se manifiestan en la realidad empírica, la que proviene de la observación directa de los factores causales, de manera de poner en evidencia las leyes que explican y permiten interpretar las regularidades, alteraciones y cambios que se manifiestan en el flujo secuencial de hechos observables.  A su vez,  las regularidades empíricas han de ser explicadas mediante la demostración objetiva de que ellas son una manifestación observable de la vinculación entre ciertos mecanismos y estructuras sistémicas que se interpenetran.

Para el enfoque realista de la Ciencia Política, entonces, la objetividad de un juicio, una evaluación, apreciación o del conocimiento politológico consiste y depende de su más exacta correspondencia con la realidad de los procesos políticos.

De este modo, el espacio y el tiempo políticos se encuentran en una posición y en una trayectoria independiente, exterior, respecto de nuestra sensibilidad y de nuestras percepciones, lo que permite que el Cientista Político los aborde como realidades objetivas, es decir, como el modo de ser de los procesos políticos, en cuanto existen fuera e independientemente de la mente humana. 

De aquí se desprende que los hechos y los procesos políticos existen y suceden (o transcurren) como fenómenos sociales, como realidades empíricas que se manifiestan independientemente de nuestras opiniones, de nuestros deseos, de nuestras creencias y preferencias. (1)

Las principales premisas epistemológicas del realismo, son las siguientes:

primero, que los hechos, en su realidad fáctica, en su causalidad única e irrepetible, en su interpenetración espacio-temporal, constituyen el criterio fundamental del conocimiento de la realidad;

segundo, que en el proceso del conocimiento, la aprehensión de los hechos objetivos se confronta con las realidades intelectivas, con los procesos comunicacionales, con las dimensiones retóricas del quehacer humano, y en dicho proceso comparativo, son los hechos los que constituyen el criterio central de comprensión de dicha realidad;

tercero, que los hechos objetivos poseen la fuerza intelectiva de la evidencia, en tanto en cuanto permiten definir y precisar la realidad que constituyen, por encima de las percepciones subjetivas, de las intenciones y  los deseos que intentan explicarlos, aún entendiendo que los intereses (individuales, grupales y colectivos) constituyen el fundamento explicativo último de las acciones;

y cuarto, que la relación entre el objeto o realidad por conocer, el sujeto que conoce y la representación de dicha realidad, es una relación exterior, en el sentido de que se trata de tres entidades distintas y separadas, pero siempre entendiendo que, en el proceso de la construcción mental de la realidad, el criterio básico de la objetividad es la evidencia empírica  de los hechos.

El paradigma realista aplicado a las realidades sociales y políticas, considera básicamente a la Política y las Relaciones Internacionales como una realidad fáctica, objetiva, por lo que se basa en la premisa conceptual de que, en la conducta de los Estados y otros actores políticos que intervienen en la escena política e internacional, lo que prima, lo que interesa y lo que determina las evaluaciones, estimaciones, cálculos y apreciaciones, son los hechos políticos, diplomáticos y estratégicos.

De aquí se desprende que en Política y en la Política Internacional, lo esencial son los hechos, las conductas, las acciones, y no los discursos,  las declaraciones, o las intenciones anunciadas.

Tres son las dimensiones teórico-prácticas interrelacionadas, en las que el paradigma realista sintetiza su lectura de la Política y las Relaciones Internacionales: los intereses y el poder, el problema del conflicto, y la cuestión del equilibrio, cada una de las cuales se exponen a continuación, en la forma de enunciados generales.
Teoría del interés y del poder.
El interés, en general, y los intereses nacionales y el poder que los respalda, en particular, constituyen siempre el parámetro principal y más seguro, para entender la Política y las Relaciones Internacionales y para comprender el significado real las decisiones y conductas de los Estados, gobiernos y otros actores políticos.

El que tiene poder, lo usa.

El poder es una realidad jerarquizada y asimétrica, es decir,  desigualmente repartida.

El poder en la política y en la esfera internacional se encuentra repartido estructuralmente de un modo desigual, asimétrico, y por lo tanto, los Estados y los actores políticos se guían permanentemente por una voluntad y un propósito de conservar, preservar o aumentar su propia cuota de poder e influencia en la vida política y en la esfera internacional, en la que le corresponde actuar.

Los Estados y los gobiernos, en la promoción y defensa de sus intereses nacionales y de seguridad, tienden a aplicar una lógica pragmática de Razón de Estado, que les garantice su supervivencia y continuidad.

El Derecho Internacional y los acuerdos políticos y diplomáticos que se forman entre los actores políticos internacionales, solo tienen vigencia y permanencia efectiva en las relaciones internacionales, a condición que se encuentren debidamente respaldados, por una voluntad política explícita de los gobiernos y los Estados intervinientes, y por una adecuada estatura política, diplomática y estratégica que les asegure eficacia y durabilidad en el tiempo.

La Diplomacia y la Política Internacional entendidas como acciones sistemáticas de los Estados a través de los gobiernos, basan su eficacia última en la Estrategia y en el poder material que los sustenta.

El sistema y el orden internacional rehúyen permanentemente del vacío de poder, tanto en sus dimensiones políticas, como diplomáticas y territoriales.  Allí donde no hay un poder político y estratégico firme, estable y legítimo, otro poder buscará llenar el vacío.
Teoría del conflicto.
? El conflicto es una realidad dominante y omnipresente en la Política y en las Relaciones Internacionales.  Más que la paz y la estabilidad, que constituyen realidades transitorias, fluídas y hasta inestables, el conflicto presenta una mayor permanencia y persistencia, a la luz la trayectoria histórica y de la experiencia de las relaciones entre los actores políticos e internacionales.

? El conflicto es, básicamente, una confrontación de intereses divergentes, que será resuelta por la vía política, diplomática o estratégica, según los beneficios inmediatos y mediatos que cada actor político estimará obtener de dicha vía.

? En las relaciones entre los actores políticos y los Estados, el conflicto  es siempre una opción, un escenario posible, una hipótesis a considerar entre varias.  El conflicto así, es posible en proporción al estado de la coyuntura internacional y regional, del grado de conflictividad creado en torno a ciertos intereses cruciales, de la correlación y el balance de poder, de fuerzas y de vulnerabilidades relativas, de un cálculo político-estratégico y una evaluación objetiva y pragmática de los costos, beneficios y resultados a corto, mediano y largo plazo.

? La lógica de la disuasión preside la escena estratégica internacional y regional, en términos que dependen del equilibrio de fuerzas, de un balance de poder estable, y de la disposición visible de los actores para no intentar alterar estratégicamente el orden, la estabilidad y los equilibrios existentes.  Para que la lógica de la disuasión opere eficazmente, se supone la racionalidad de los actores implicados y de sus procesos de toma de decisión, y un conjunto de percepciones mutuas que conducen a la estabilidad.

? Las crisis deben ser consideradas como signos precursores del conflicto abierto, especialmente cuando ellas se repiten en torno a un mismo nudo problemático.

? Los diferendos considerados cruciales o vitales, por uno de los actores involucrados y no resueltos por la vía diplomática o de la negociación, siempre alimentan demandas, aspiraciones, tensiones y conflictos abiertos posteriores.

? El desbalance marcadamente pronunciado en la esfera estratégica internacional o regional, siempre tiende a generar tentativas de re-equilibrio, que suponen desestabilización del orden dominante.

? En términos polemológicos y de resultados políticos de la acción armada, la agresión y el abuso de la fuerza nunca resultan finalmente exitosos ni durablemente dominantes.
Teoría del equilibrio.
? La tendencia normal y espontánea en el comportamiento internacional de los Estados y Gobiernos en la época actual, y en el funcionamiento del sistema internacional y de los sub-sistemas regionales que lo componen, es la tendencia hacia la búsqueda y la preservación del equilibrio de poderes.

? El equilibrio de poder en la escena política e internacional es una situación históricamente transitoria, en la que cada uno de los actores acepta la correlación vigente de fuerzas y debilidades mutuas, a condición que no sea modificada sino mediante una decisión colectiva y consensual.

? El equilibrio de poder en las esferas internacional, regional y subregional, constituye uno de los fundamentos objetivos de la estabilidad y la paz.

? Las alianzas políticas, diplomáticas y estratégicas son básicamente coaliciones de intereses que convergen transitoriamente, en función de los beneficios mutuos y ventajas compartidas que reportan a sus integrantes, y que pueden reducirse o ampliarse según su eficacia.  Desde el punto de vista político, los acuerdos y tratados son convenciones más o menos estables, regidas por principios aceptados y reglas conocidas, cuya permanencia y vigencia depende de su adecuación con los intereses individuales de cada actor, y con los intereses comunes y compartidos que lo motivaron.

El conjunto de estos parámetros conceptuales, permitiría comprender la lógica realista en la esfera de la Política y en el ámbito estratégico de las Relaciones Internacional, como se examina a continuación.

¿De dónde proviene intelectualmente el realismo?

¿Cuáles son los orígenes y los fundamentos históricos de la escuela realista de pensamiento?

El realismo encuentra sus raíces intelectuales en numerosos pensadores que, desde la Antiguedad y a través de las distintas épocas históricas:  medieval y contemporánea o moderna, han ido estableciendo sucesivamente las principales herramientas conceptuales de ésta visión teórica.

Pertenece a la tradición realista subrayar la importancia crucial que tiene el estudio y observación de la Historia, como archivo acumulativo de la experiencia humana en el tiempo, como manifestación de la presencia y de la creación material y cultural de los seres humanos, instalados en distintos espacios geográficos. 

En la visión realista de la Política, la Historia sirve como herramienta de trabajo para comparar hechos, conductas, decisiones, errores y aciertos, sirve como pedagogía vivencial que permite deducir lecciones, aún dentro de las limitaciones que supone el carácter irrepetible de los hechos históricos.  Los hechos del pasado no vuelven a suceder, pero siempre es posible encontrar en ellos enseñanzas útiles.

Este ensayo se sustenta –entre otros conceptos- en la noción teórica de que a lo largo de la prolongada tradición intelectual de Occidente, se ha venido construyendo gradualmente una visión pragmática  realista de la Política y de las Relaciones Internacionales, y en cuyas premisas conceptuales, puede encontrarse una explicación objetiva de la evolución histórica  experimentada por dichas relaciones.

Si pudiera darse una definición del realismo político, podría afirmarse que se trata de una escuela de pensamiento que busca reflexionar en torno a la práctica política, a partir de los hechos objetivos que la constituyen, y en particular, del juego complejo y dinámico de fuerzas, intereses y  poderes.
 

politica y poder – la problemática de la modernidad

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el objeto de la ciencia política 

 

El objeto de la ciencia es la política -la politeia de los griegos, es decir, la comunidad politica- lo que significa que estudia las interacciones que se producen entre los individuos y otras unidades políticas en relación con el poder. A subrayar aquí el concepto de « producción de relaciones » en la medida en que los individuos, en cuanto sujetos a la vez individuales y sociales, producen constantemente sus relaciones políticas en el tiempo y en el espacio, y en un proceso a la vez material y simbólico.

El objeto « política » es entonces, una forma de relación social que se articula en relación y para el poder.

Ahora bien, la problemática política debemos estudiarla en cuanto se manifiesta en la realidad social e histórica mediante estructuras, sistemas, instituciones, normas, costumbres, creencias y valores que le son propios y característicos y cuya especificidad reside precisamente en que se producen en relación con el poder y las modalidades como éste se ejerce.

En realidad, la « política » es una construcción intelectual, es un constructo conceptual y teórico que, para ser conocido y re-conocido, necesita manifestarse, expresarse, cristalizar más o menos concretamente, en formas de relación social y política cuya materialidad nos permita identificarlos y someterlos a análisis y crítica.   Si no existieran las estructuras, normas e instituciones en las que se « realiza » la vida política de una sociedad determinada, no tendríamos forma de conocer de su existencia.

Ahora bien, desde sus orígenes la política ha surgido como un concepto y como un objeto de estudio caracterizado por su polisemia.  La idea de Política ha estado históricamente revestida de diversos significados. 

La noción de política se origina en las palabras griegas « polis », « politeia », « politike », « politica ».

La « polis » en su acepción original, nos remite a una realidad política específicamente griega: la « polis » era una ciudad-Estado, es decir, un cierto tipo de ordenamiento político circunscrito al territorio de la ciudad y sus alrededores inmediatos y dentro del cual se ejercía un conjunto de poderes independientes de las demás ciudades.  Pero además del « recinto urbano », la polis era la reunión de individuos que constituían la ciudad, es decir los ciudadanos.   La polis surgió y era una expresión de la multiplicidad de unidades políticas que caracterizaba a la Hélade en la antiguedad.

A su vez, « politeia », tiene signficados mucho más precisos y más ricos para los fines de la Ciencia Política.  Se refiere al Estado, a la constitución de un Estado, al régimen político que gobierna una sociedad, y estos son objetos privilegiados del estudio politológico, en la medida en que hace referencia a ciertos modos de organización del poder dentro de una sociedad y en algún momento de su devenir histórico.

La palabra « politica » o mas bien « ta politica » (castellanizando el griego), es el plural neutro de « politikos », y significa las cosas políticas, los asuntos cívicos, las cuestiones que se tratan en la esfera política de la sociedad.

Y por último « e politike », se refiere al arte de la política, al arte de gobernar, de dirigir la sociedad y el Estado, y desde este punto de vista, hace alusión a la « techné », es decir, a los medios y recursos técnicos de que nos valemos para buscar, adquirir y ejercer el poder.

No deja de ser interesante observar además, que en la Grecia antigua, existía ya una tendencia a comprender los procesos políticos desde un ángulo realista, ya que se hablaba de la « politika pragmateia » para referirse a la búsqueda del conocimiento acerca de la vida en común de los individuos en la estructura esencial de la vida social, es decir, en la constitución política de la sociedad.  La « politica pragmateia » era entonces un concepto propio de los griegos antiguos, para referirse a la realidad del orden político en cuanto objeto de estudio, observación y conocimiento.

En la Grecia clásica surgen así, los primeros rasgos de una interpretación realista de la Política y de la Ciencia Política.

Por otra parte, la historicidad de la política en cuanto objeto de estudio científico, reside en la naturaleza evolutiva e inscrita en el tiempo que adquieren los fenómenos políticos.  No hay fixidad en política, no hay fenómenos estáticos o inalterables, sino por el contrario, continuamente se manifiestan continuidades, saltos y rupturas, hay evoluciones e involuciones, hay avances y retrocesos, de manera tal que el analista y el investigador deben dar cuenta de la « elasticidad temporal » de los hechos políticos, ya que el « tempo político » no sucede al mismo ritmo que los demás sucesos sociales, y de la « plasticidad » de los procesos y coyunturas (dimensión que permite diferentes explicaciones y puntos de vista para analizar una misma realidad).

Otro aspecto de la historicidad de la política, reside en el uso intensivo que los politólogos debemos hacer de los datos históricos, como material empírico de segunda mano que  permite aprehender las causalidades, tendencias y trayectorias de los fenómenos pasados en su conexión con los procesos actuales o presentes. La Historia sirve a la Ciencia Política en cuanto ilustra al analista de hoy, respecto de aquellos procesos similares que han tenido lugar en el pasado, de manera que al comparar los sucesos (la confrontación del pasado con el presente) se tengan a la vista las similitudes y diferencias a que dan lugar los contextos, actores y escenarios de uno y otro.
ciencia política e interdisciplinariedad

El encuentro de la Ciencia Política con las demás disciplinas de las Ciencias Sociales, a lo largo de los dos recientes siglos, ha dado lugar a un diálogo enriquecedor y a una confrontación de conceptos y de metodologías, que debieran conducirnos a completar y a hacer más integral la visión de nuestra disciplina frente a los hechos y procesos políticos.

Debemos reconocer que tres han sido las ciencias desde las cuales han surgido los fundamentos originarios de la Ciencia Política: la Filosofía, la Historia y el Derecho.

Veamos en primer lugar el encuentro de la Ciencia Política con la Historia.

La Ciencia Política moderna reconoce en la Filosofía una de sus fuentes nutricias.

Estudiemos además, los puntos de encuentro de la Ciencia Política con el Derecho.

La Ciencia Política y la Psicología, han dado lugar a la llamada Psicología Política.

La Ciencia Política y las ciencias de la Administración tienen  también diversos puntos de encuentro.

Buscamos entonces la interdisciplinariedad, centrando en la Ciencia Política la estructura conceptual que permite avanzar en una comprensión más amplia y diversa de los fenómenos políticos, a la luz de su evolución contemporánea.
la construcción política de la realidad

 

La sociedad contemporánea actualmente vive un profundo proceso de cambios.  Se trata no solamente de una época de cambios, sino que más profundamente, estamos asistiendo a un cambio de época.

El cambio fundamental que caracteriza a la sociedad contemporánea es el de una profunda y prolongada transición desde una sociedad basada en el trabajo físico,  el consumo de la energía no-renovable y una cultura  tradicional, a una  sociedad basada en el conocimiento, la información y la cultura moderna y post-moderna.

Una de las dimensiones que más cambios está experimentando como efecto de esta transformación profunda de la sociedad, es la del campo de la Política y del poder.

Allí donde los individuos, los grupos, los movimientos, la sociedad civil, los partidos y las instituciones del Estado convergen, para resolver sus demandas, para concertar las normas que regirán el sistema de gobierno, allí los cambios que provienen de la esfera económica y cultural, están ocasionando disfunciones susceptibles de alterar todo el orden político.

En síntesis, existe un orden político inherente a toda sociedad humana históricamente determinada, y se forma en torno a él una dimensión cada vez más compleja de organizaciones e instituciones, de fuerzas y de procesos dinámicos, de interacciones y fuerzas.  Existe una construcción política de la realidad, así como existe una construcción social, cultural o económica de la vida humana.

¿Porqué se afirma que existe “la construcción política de la realidad”?

Porque  en la sociedad humana existe toda una amplia dimensión material y simbólica especialmente referida a lo político, en la que se resuelven las cuestiones relativas al gobierno de dicha sociedad.

Una de las hipótesis de base que sustentan a este ensayo, es la afirmación de que existe una manera política de ver la realidad, de comprenderla y de insertarse en ella, del mismo modo como la Política y quienes la realizan construyen realidades (materiales e inmateriales o simbólicas) que contribuyen a enriquecer el quehacer social y el desarrollo de la sociedad. 

Así como las personas aprehenden la vida social y cotidiana como una realidad ordenada, del mismo modo, el actor individual (persona, sujeto, ciudadano) percibe la realidad social como algo independiente de su propio conocimiento, de modo que cada individuo se forma una idea de la Política y lo político, como una realidad exterior a cada uno.

Lo político se nos presenta entonces, como facticidad objetiva y como significado subjetivo.

Esta dimensión política de la sociedad, sin embargo, está en crisis.  Como se examina a continuación, podemos hablar de una  crisis de la Ciencia Política tradicional como lectura de los fenómenos políticos, y además, una crisis de la actividad política misma.
la crisis de las lecturas tradicionales de la Ciencia Política
El  paradigma tradicional de la Política, y de la Ciencia que la estudia, está en crisis.

No basta con declarar la crisis de la Política, sino que es necesario reconocer que los modelos explicativos que la Politología se ha dado para encontrar y descifrar las causas de la crisis del fenómeno político en la sociedad moderna, sino que el propio esfuerzo de interpretación científica de dichos fenómenos de cambio, aparece hoy insuficiente frente a la emergencia de nuevos fenómenos.

Ya sea que se sitúe en la óptica estructuralista, de la dependencia, del cambio revolucionario o del desarrollismo, la Ciencia Política enfocaba hasta hoy la problemática social y política, a partir de una lectura fuertemente dual o polarizada de los sistemas de poder y dominación.

La Ciencia Política moderna ha oscilado sucesivamente, entre la escuela contextualista (que veía la política como subordinada a fuerzas exógenas), como el enfoque reduccionista (que veía la política y sus instituciones como determinando el quehacer individual), o la visión utilitaria (que reducía la política a una acción gobernada por decisiones calculadas), o el enfoque instrumental (que otorgaba prioridad a los resultados de la acción), o la escuela funcionalista  (que aseguraba la eficiencia de la historia).

En cualquiera de estos enfoques, la Ciencia Política moderna ha intentado entender el fenómeno político como una realidad totalizadora al interior de la sociedad y la cultura, desde la esfera de la teorización y de las elaboraciones ideológicas, hasta las dimensiones prácticas y operacionales del ejercicio del poder.  Hoy es necesario reconocer que uno de los impactos más profundos de la modernidad y de la postmodernidad sobre la Política y sobre los paradigmas que la explica, es la de una realidad fragmentada y desestructurada.

Así, la sociedad y los sistemas políticos en particular, han sido percibidos tradicionalmente por las Ciencias Sociales en general y la Ciencia Política en particular, como campos o arenas de confrontación entre clases, entre poderes dicotómicos y contrapuestos, como si ciertas leyes científicas determinaran ineluctablemente el choque y el conflicto.

En la lectura tradicional y totalizante anterior, la Ciencia Política además tendía a entender el cambio social y los procesos políticos de cambio, como coyunturas lineales, fluídas y de ruptura, cuyo contenido esencial era el paso irreversible y pre-concebido desde una formación social a otra.

Se trataba entonces, de una forma de determinismo empírico e histórico, según el cual o las leyes del mercado, o ciertas clases sociales serían portadores de una vocación y una voluntad de cambio, fuertemente condicionada por la trayectoria estructural y la tendencia profunda de los acontecimientos históricos.

Está además, el problema del discurso político, o sea de la retórica y el de su doble relación: con la Ciencia Política por un lado, y con la realidad por el otro, tema que se somete aquí a un análisis comunicacional también realista y crítico.
modernidad, política y realismo:
la política frente al paradigma de la modernidad

En una perspectiva macro-social, la problemática de la modernidad en tanto paradigma y en tanto modo de organización de la sociedad y la cultura, se encuentra en el centro del debate intelectual que hoy tiene lugar.  Mientras hay quienes hablan de una crisis de la Política moderna, otros enfatizan un  cuestionamiento al propio paradigma moderno de la Política, lo que no deja de traer consecuencias para la propia Ciencia Política.  Es a este último aspecto, al que se referirá este análisis.

Como se sabe, el paradigma de la modernidad (sea ésta ilustrada o  instrumental), contiene una visión de la Política entendida como una función reservada y especializada en manos de una elite profesional, y que propone la racionalidad burocrática y territorial para la organización del Estado, se sustenta en la soberanía de la nación y en la primacía de la Ley y el Derecho, y postula el desarrollo de la conciencia libre y activa de cada ciudadano, de manera de producir una condición ciudadana involucrada y comprometida con la vida política.

Con la modernidad, el Estado (en cualquiera de sus formas, modelos y regímenes) tiende gradualmente a sustituirse y a sustituir a la Nación, en nombre de la eficiencia burocrática y centralizada, y de un poder político piramidal que distribuye –o intenta distribuir- beneficios y sanciones.

Esta misma tendencia, conduce a hacer de la actividad política y partidaria un negocio cada vez más mediatizado, una arena institucionalizada de confrontaciones virtuales y de acuerdos reales, un juego comunicacional de imágenes superpuestas y de retóricas “light”, que se alejan de la vida real y de las preocupaciones cotidianas de los ciudadanos.

Bajo el paradigma de la modernidad, y dentro de la estructura socio-política de la Nación-Estado, que es uno de sus rasgos característicos, lo que sucede en realidad es que la lógica de la Nación (que es horizontal, participativa, abierta y dinámica) tiende a oponerse a la lógica del Estado (que es vertical, burocrático, poco permeable y lento).  Y las lógicas divergentes aquí, se acompañan a la configuración de intereses colectivos e individuales, que se contraponen en su búsqueda de la hegemonía.

La crítica realista al paradigma político de la modernidad, tiende a subrayar los aspectos paradójicos y contradictorios de una construcción política que termina por erigirse por encima de los sujetos a los que pretende representar.  El surgimiento y expansión contínua de un aparato estatal moderno y burocratizado, no es una constatación que pueden arrogarse los ideólogos conservadores o liberales, sino que es un fenómeno histórico objetivo, resultante precisamente de la propia formación del Estado-Nación, de la incorporación de criterios de eficiencia, racionalidad y rentabilidad en la gestión pública.

La racionalidad moderna en la Política, tiende a producir una separación, una alienación del ser humano-ciudadano respecto del poder y del Estado, en la medida en que éste se arroga la totalidad de la función política, y en la que ésta se profesionaliza en manos de una elite especializada y tecnocrática. 

El ciudadano común no solamente se desapega de la función pública, porque su opinión no informada importa sólo en cuanto “demandas y aspiraciones”, sino que es invitado cada cierto tiempo a dar su opinión política, dejando el resto del tiempo a la política y al poder político, en manos de los funcionarios, los gobernantes y los expertos.

Con la modernidad, la Política se desgaja en dos tiempos y en dos esferas: por un lado, el tiempo de “hacer política” en que los ciudadanos –sometidos al imperio de las comunicaciones y las estrategias políticas- eligen a sus representantes, para regresar después al “tiempo cotidiano” de sus actividades habituales; y por el otro, la esfera de la política como acción, se separa entre la “clase política” que –con sus propios lenguajes, códigos, retóricas y ceremoniales- gobierna desde el Estado, y la “sociedad civil” que –sumergida en el trabajo y la producción- parece permanecer fuera del Estado.

Desde el punto de vista de la credibilidad pública, es necesario reconocer que en la Política moderna, el ciudadano comienza creyendo y termina no creyendo.

De este modo, la crisis intelectual de la modernidad política se pone de manifiesto, cuando la apatía ciudadana se extiende en los sistemas políticos, cuando los ciudadanos se des-solidarizan de la cosa pública y de la organización social, cuando los lazos de cohesión comunitaria son reemplazados por la mercantilización clientelística de las relaciones políticas, cuando se abre la brecha social y cultural entre la ciudadanía atomizada y la clase política y gobernante, cuando el discurso político se separa de la realidad y deviene ininteligible para los ciudadanos: podría afirmarse que la modernidad aliena a la Política de los ciudadanos. (2)

La razón política moderna parece  enfrentarse así a su propio discurso, a su propia retórica: la participación colectiva que propugna, no puede llegar hasta sus últimas consecuencias institucionales; el individuo no puede realizarse ni como ciudadano solo, ni como uno más en la multitud; el poder político tiende siempre a absorver, a complejizarse y a dominar; el ciudadano –en primera y última instancia-  parece tener que enfrentarse solo ante el Estado y el poder, si no quiere ser anulado por las maquinarias políticas; el cambio termina siendo conservador y la conservación siempre desencadena los cambios; la racionalidad política se hunde ante el azar y las pasiones; en nombre de la diosa Libertad, del dios Estado, del dios partido o del dios Pueblo, se instalan las dictaduras más opresivas, se cometen las peores atrocidades y se perpetran los peores crímenes e impunidades.

De este modo, la crisis de los paradigmas de la Ciencia  Política, hace referencia, sin agotarse en ella, a la crisis misma de  la política.

Un aspecto relevante de la crisis en cuestión, es el debilitamiento del universo ideológico-linguístico de la política –en cuanto lectura de la realidad y práctica social- ahora invadido por los lenguajes y códigos de la Estrategia, de las ciencias de la Comunicación, de la Psicología, de la Administración, de la Cibernética…

A medida que asistimos a una hora en la que los “grandes relatos” parecen desacreditados, la forma epopéyica y épica de la política y de la Ciencia que la estudia, crea una barrera epistemológica casi insalvable para referirse a la contemporaneidad e incluso a la cotidianeidad.  Una contemporaneidad que, por lo demás, abjura de las tradiciones, que duda de sí misma, que se burla de la política y sus rituales ceremoniales, de sus valores y estructuras estereotipadas; y una cotidianeidad que se escapa entre los dedos de una Política referida y centrada en instituciones, normas, problemáticas complejas, juegos de poder e imágenes virtuales.

Así también, mientras el discurso político se semantiza, y se convierte en complejos dispositivos semiológicos cargados de ambiguedad y de significados equívocos, la Ciencia Política se enfrenta a la dificultad mayor de tener que operar con conceptos cargados de ideología.
la crisis moderna del fenómeno político
La Política, como práctica social y como universo simbólico, ha entrado en crisis, como una de las consecuencias de los múltiples impactos provenientes de la modernización.

La percepción ciudadana respecto de la Política está cada vez más degradada y deslegitimada, y este es un fenómeno que trasciende las fronteras nacionales para abarcar el conjunto de la sociedad y los sistemas políticos contemporáneos.  Por lo tanto, la afirmación de que la Política, los partidos y la clase política han entrado en una prolongada crisis de legitimidad y credibilidad en la sociedad actual, no es básicamente un “argumento ideológico sesgado” –aunque pueda serlo en boca de ciertos políticos detractores de sus demás adversarios- sino que es un tópico respaldado por un cúmulo creciente de indicadores, entre los cuales las encuestas de opinión pública no son más que un factor.

La política tradicional se ha hecho no creíble, ha perdido la centralidad de su atractivo anterior   La crisis de la Política es, a la vez, una crisis de la acción política, como una crisis de la percepción pública acerca de ella, es decir, de la cultura política.

El creciente predominio del discurso y las prácticas individualistas, y la búsqueda del éxito y la realización personal, y la notoria des-solidarización de los ciudadanos respecto de la sociedad en general y del sistema político en particular, son manifestaciones exteriores de una tendencia profunda que tiene lugar en la época contemporánea: la tendencia hacia la modernidad.

La modernidad –como tendencia estructural e ideológico-cultural dominante- se introduce en el sistema político, generando un efecto disolvente y desarticulador, de manera que las fuerzas, partidos y actores políticos tradicionales se ven enfrentados a la creciente tensión ocasionada por nuevos problemas y nuevas aspiraciones y demandas provenientes de una sociedad civil cada vez más culturalmente diversa y socialmente diversa.

Probablemente, uno de los rasgos más significativos que denotan la crisis de los paradigmas políticos, y la propia crisis de la Política (como práctica social), reside en la pérdida de su anterior  centralidad en los procesos sociales.

En efecto, la Política aún cuando continúa siendo uno de los procesos sociales y culturales relevantes que tienen lugar en una sociedad histórica.  Sin embargo, como efecto e impacto de la modernidad, ella ha perdido su centralidad siendo aparentemente sustituída por otros liderazgos, otros intereses ciudadanos, otras formas organizativas y comunicacionales, y se ha convertido gradualmente, en objeto de crecientes críticas  generando una percepción social negativa en torno suyo.

Probablemente lo más serio es que la Política, y por ende, la clase política, parecen  dejar de ser el mecanismo único, seguro y válido de resolución de los problemas y las demandas de la ciudadanía, siendo parcialmente reemplazada por la Economía y la Administración.

Esta transposición da como resultado que la Política pierde su atractivo mediático ante las multitudes, así como su capacidad de convocatoria social: los ídolos y líderes que atraen a los grandes colectivos modernos –cuando ellos existen realmente- ya no son los dirigentes políticos, y los símbolos políticos e ideológicos dejan de tener un poder de evocación y de representación simbólica significativa.

La Política –como forma de pensar la sociedad- parece desvanecerse en el universo mediático, sustituída o relativizada por otros universos simbólicos y valóricos.

Tampoco resultaría científico atribuir éste fenómeno a la exclusiva responsabilidad de “los políticos”, por más que sobre ellos cae una nebulosa de descrédito moral.

La crisis de la Política, es en realidad, la crisis de la política tradicional, y ella traduce en el plano de las instituciones y de los procesos políticos la crisis general que acompaña a la transición desde una sociedad anteriormente basada en valores y formas tradicionales de hacer política, hacia una sociedad en la que predominarían códigos, valores, modelos y formas organizativas modernas.
Aquel paradigma tradicional que hacía de la Política una actividad a la vez, elitista y masiva, basada en el contacto directo y paternalista entre el político y la ciudadanía, en grandes movilizaciones masivas evocadoras de la unidad de la nación, la clase o el partido, que generaba relaciones de dependencia y cooptación entre la clase política –otorgadora de bienes, servicios, favores y privilegios- y la ciudadanía –demandante y receptora de los beneficios que descendían desde las esferas políticas y del poder- en términos de clientelismo y caciquismo, ese paradigma está siendo gradualmente barrido o superado por una Política moderna o con rasgos modernos basada principalmente en los efectos mediáticos y de imagen, en la capacidad individual del político para alcanzar cobertura y presencia comunicacional, en la profesionalización de la actividad política y dirigente, en la ingeniería de escenarios políticos virtuales, potenciados por la aceleración del tiempo, por el manejo de la comunicación y sus contenidos, y por la circulación instantánea de la información, de manera que ésta última deviene el poder.

Lejos debe estar hoy el Cientista Político de anunciar el fin de la Política como arte y como ciencia.  La Política no desaparecerá porque forma parte de la realidad social.   Una de las hipótesis centrales en que se sustenta este estudio, afirma que existe una manera política de  ver y aprehender la realidad, y que dicha manera política se traduce en formas de pensar y de actuar, que constituyen la distinción o el rasgo característico del quehacer político en la sociedad moderna.
 

crisis de la modernidad y crisis de la política

Classé sous ciencia política,epistemologías — paradygmes @ 0:02

En una perspectiva macro-social, la problemática de la modernidad en tanto paradigma y en tanto modo de organización de la sociedad y la cultura, se encuentra en el centro del debate intelectual que hoy tiene lugar. Mientras hay quienes hablan de una crisis de la Política moderna, otros enfatizan un cuestionamiento al propio paradigma moderno de la Política, lo que no deja de traer consecuencias para la propia Ciencia Política. Es a este último aspecto, al que se referirá este análisis.

Como se sabe, el paradigma de la modernidad (sea ésta ilustrada o instrumental), contiene una visión de la Política entendida como una función reservada y especializada en manos de una elite profesional, y que propone la racionalidad burocrática y territorial para la organización del Estado, se sustenta en la soberanía de la nación y en la primacía de la Ley y el Derecho, y postula el desarrollo de la conciencia libre y activa de cada ciudadano, de manera de producir una condición ciudadana involucrada y comprometida con la vida política.

Con la modernidad, el Estado (en cualquiera de sus formas, modelos y regímenes) tiende gradualmente a sustituirse y a sustituir a la Nación, en nombre de la eficiencia burocrática y centralizada, y de un poder político piramidal que distribuye –o intenta distribuir- beneficios y sanciones.

Esta misma tendencia, conduce a hacer de la actividad política y partidaria un negocio cada vez más mediatizado, una arena institucionalizada de confrontaciones virtuales y de acuerdos reales, un juego comunicacional de imágenes superpuestas y de retóricas « light », que se alejan de la vida real y de las preocupaciones cotidianas de los ciudadanos.

Bajo el paradigma de la modernidad, y dentro de la estructura socio-política de la Nación-Estado, que es uno de sus rasgos característicos, lo que sucede en realidad es que la lógica de la Nación (que es horizontal, participativa, abierta y dinámica) tiende a oponerse a la lógica del Estado (que es vertical, burocrático, poco permeable y lento). Y las lógicas divergentes aquí, se acompañan a la configuración de intereses colectivos e individuales, que se contraponen en su búsqueda de la hegemonía.

La crítica realista al paradigma político de la modernidad, tiende a subrayar los aspectos paradójicos y contradictorios de una construcción política que termina por erigirse por encima de los sujetos a los que pretende representar. El surgimiento y expansión contínua de un aparato estatal moderno y burocratizado, no es una constatación que pueden arrogarse los ideólogos conservadores o liberales, sino que es un fenómeno histórico objetivo, resultante precisamente de la propia formación del Estado-Nación, de la incorporación de criterios de eficiencia, racionalidad y rentabilidad en la gestión pública.

La racionalidad moderna en la Política, tiende a producir una separación, una alienación del ser humano-ciudadano respecto del poder y del Estado, en la medida en que éste se arroga la totalidad de la función política, y en la que ésta se profesionaliza en manos de una elite especializada y tecnocrática.

El ciudadano común no solamente se desapega de la función pública, porque su opinión no informada importa sólo en cuanto « demandas y aspiraciones », sino que es invitado cada cierto tiempo a dar su opinión política, dejando el resto del tiempo a la política y al poder político, en manos de los funcionarios, los gobernantes y los expertos.

Con la modernidad, la Política se desgaja en dos tiempos y en dos esferas: por un lado, el tiempo de « hacer política » en que los ciudadanos –sometidos al imperio de las comunicaciones y las estrategias políticas- eligen a sus representantes, para regresar después al « tiempo cotidiano » de sus actividades habituales; y por el otro, la esfera de la política como acción, se separa entre la « clase política » que –con sus propios lenguajes, códigos, retóricas y ceremoniales- gobierna desde el Estado, y la « sociedad civil » que –sumergida en el trabajo y la producción- parece permanecer fuera del Estado.

Desde el punto de vista de la credibilidad pública, es necesario reconocer que en la Política moderna, el ciudadano comienza creyendo y termina no creyendo.

De este modo, la crisis intelectual de la modernidad política se pone de manifiesto, cuando la apatía ciudadana se extiende en los sistemas políticos, cuando los ciudadanos se des-solidarizan de la cosa pública y de la organización social, cuando los lazos de cohesión comunitaria son reemplazados por la mercantilización clientelística de las relaciones políticas, cuando se abre la brecha social y cultural entre la ciudadanía atomizada y la clase política y gobernante, cuando el discurso político se separa de la realidad y deviene ininteligible para los ciudadanos: podría afirmarse que la modernidad aliena a la Política de los ciudadanos. (2)

La razón política moderna parece enfrentarse así a su propio discurso, a su propia retórica: la participación colectiva que propugna, no puede llegar hasta sus últimas consecuencias institucionales; el individuo no puede realizarse ni como ciudadano solo, ni como uno más en la multitud; el poder político tiende siempre a absorver, a complejizarse y a dominar; el ciudadano –en primera y última instancia- parece tener que enfrentarse solo ante el Estado y el poder, si no quiere ser anulado por las maquinarias políticas; el cambio termina siendo conservador y la conservación siempre desencadena los cambios; la racionalidad política se hunde ante el azar y las pasiones; en nombre de la diosa Libertad, del dios Estado, del dios partido o del dios Pueblo, se instalan las dictaduras más opresivas, se cometen las peores atrocidades y se perpetran los peores crímenes e impunidades.

De este modo, la crisis de los paradigmas de la Ciencia Política, hace referencia, sin agotarse en ella, a la crisis misma de la política.

Un aspecto relevante de la crisis en cuestión, es el debilitamiento del universo ideológico-linguístico de la política –en cuanto lectura de la realidad y práctica social- ahora invadido por los lenguajes y códigos de la Estrategia, de las ciencias de la Comunicación, de la Psicología, de la Administración, de la Cibernética…

A medida que asistimos a una hora en la que los « grandes relatos » parecen desacreditados, la forma epopéyica y épica de la política y de la Ciencia que la estudia, crea una barrera epistemológica casi insalvable para referirse a la contemporaneidad e incluso a la cotidianeidad. Una contemporaneidad que, por lo demás, abjura de las tradiciones, que duda de sí misma, que se burla de la política y sus rituales ceremoniales, de sus valores y estructuras estereotipadas; y una cotidianeidad que se escapa entre los dedos de una Política referida y centrada en instituciones, normas, problemáticas complejas, juegos de poder e imágenes virtuales.

Así también, mientras el discurso político se semantiza, y se convierte en complejos dispositivos semiológicos cargados de ambiguedad y de significados equívocos, la Ciencia Política se enfrenta a la dificultad mayor de tener que operar con conceptos cargados de ideología.

La Política, como práctica social y como universo simbólico, ha entrado en crisis, como una de las consecuencias de los múltiples impactos provenientes de la modernización.

La percepción ciudadana respecto de la Política está cada vez más degradada y deslegitimada, y este es un fenómeno que trasciende las fronteras nacionales para abarcar el conjunto de la sociedad y los sistemas políticos contemporáneos.

Por lo tanto, la afirmación de que la Política, los partidos y la clase política han entrado en una prolongada crisis de legitimidad y credibilidad en la sociedad actual, no es básicamente un « argumento ideológico sesgado » –aunque pueda serlo en boca de ciertos políticos detractores de sus demás adversarios- sino que es un tópico respaldado por un cúmulo creciente de indicadores, entre los cuales las encuestas de opinión pública no son más que un factor.

La política tradicional se ha hecho no creíble, ha perdido la centralidad de su atractivo anterior.

La crisis de la Política es, a la vez, una crisis de la acción política, como una crisis de la percepción pública acerca de ella, es decir, de la cultura política.

El creciente predominio del discurso y las prácticas individualistas, y la búsqueda del éxito y la realización personal, y la notoria des-solidarización de los ciudadanos respecto de la sociedad en general y del sistema político en particular, son manifestaciones exteriores de una tendencia profunda que tiene lugar en la época contemporánea: la tendencia hacia la modernidad.

La modernidad –como tendencia estructural e ideológico-cultural dominante- se introduce en el sistema político, generando un efecto disolvente y desarticulador, de manera que las fuerzas, partidos y actores políticos tradicionales se ven enfrentados a la creciente tensión ocasionada por nuevos problemas y nuevas aspiraciones y demandas provenientes de una sociedad civil cada vez más culturalmente diversa y socialmente diversa.

Probablemente, uno de los rasgos más significativos que denotan la crisis de los paradigmas políticos, y la propia crisis de la Política (como práctica social), reside en la pérdida de su anterior centralidad en los procesos sociales.

En efecto, la Política aún cuando continúa siendo uno de los procesos sociales y culturales relevantes que tienen lugar en una sociedad histórica.

Sin embargo, como efecto e impacto de la modernidad, ella ha perdido su centralidad siendo aparentemente sustituida por otros liderazgos, otros intereses ciudadanos, otras formas organizativas y comunicacionales, y se ha convertido gradualmente, en objeto de crecientes críticas generando una percepción social negativa en torno suyo.

Probablemente lo más serio es que la Política, y por ende, la clase política, parecen dejar de ser el mecanismo único, seguro y válido de resolución de los problemas y las demandas de la ciudadanía, siendo parcialmente reemplazada por la Economía y la Administración.

Esta transposición da como resultado que la Política pierde su atractivo mediático ante las multitudes, así como su capacidad de convocatoria social: los ídolos y líderes que atraen a los grandes colectivos modernos –cuando ellos existen realmente- ya no son los dirigentes políticos, y los símbolos políticos e ideológicos dejan de tener un poder de evocación y de representación simbólica significativa.

La Política –como forma de pensar la sociedad- parece desvanecerse en el universo mediático, sustituída o relativizada por otros universos simbólicos y valóricos.

Tampoco resultaría científico atribuir éste fenómeno a la exclusiva responsabilidad de « los políticos », por más que sobre ellos cae una nebulosa de descrédito moral.

La crisis de la Política, es en realidad, la crisis de la política tradicional, y ella traduce en el plano de las instituciones y de los procesos políticos la crisis general que acompaña a la transición desde una sociedad anteriormente basada en valores y formas tradicionales de hacer política, hacia una sociedad en la que predominarían códigos, valores, modelos y formas organizativas modernas.

Aquel paradigma tradicional que hacía de la Política una actividad a la vez, elitista y masiva, basada en el contacto directo y paternalista entre el político y la ciudadanía, en grandes movilizaciones masivas evocadoras de la unidad de la Nación, la clase o el partido, que generaba relaciones de dependencia y cooptación entre la clase política –otorgadora de bienes, servicios, favores y privilegios- y la ciudadanía –demandante y receptora de los beneficios que descendían desde las esferas políticas y del poder- en términos de clientelismo y caciquismo, ese paradigma está siendo gradualmente barrido o superado por una Política moderna o con rasgos modernos basada principalmente en los efectos mediáticos y de imagen, en la capacidad individual del político para alcanzar cobertura y presencia comunicacional, en la profesionalización de la actividad política y dirigente, en la ingeniería de escenarios políticos virtuales, potenciados por la aceleración del tiempo, por el manejo de la comunicación y sus contenidos, y por la circulación instantánea de la información, de manera que ésta última deviene el poder.

Lejos debe estar hoy el Cientista Político de anunciar el fin de la Política como arte y como ciencia. La Política no desaparecerá porque forma parte indisoluble de la realidad social. Una de las hipótesis centrales en que se sustenta esta reflexión, afirma que existe una manera política de ver y aprehender la realidad, y que dicha manera política se traduce en formas de pensar y de actuar, que constituyen la distinción o el rasgo característico del quehacer político en la sociedad y la tarea esencial de búsqueda e interrogación del Cientista Político.

 

2 août, 2006

notas introductorias a la epistemología

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Las raíces etimológicas de Epistemología provienen del griego (episteme), conocimiento, y – (logía) estudio. La epistemología estudia la naturaleza y validez del conocimiento. También ha sido llamada Teoría del conocimiento (términos más comúnmente usados y difundido por los alemanes e italianos), o gnoseología (utilizado frecuentemente por los franceses). En las últimas décadas también es conocida como filosofía de la ciencia.

El propósito de la epistemología es distinguir la ciencia auténtica de la seudociencia, la investigación profunda de la superficial, la búsqueda de la verdad de sólo un modus vivendi. También debe ser capaz de criticar programas y aun resultados erróneos, así como de sugerir nuevos enfoques promisorios.

El problema fundamental que ocupa a la epistemología es el de la relación sujeto-objeto. En esta teoría se le llama « sujeto » al ser cognoscente y « objeto » a todo proceso o fenómeno sobre el cual el sujeto desarrolla su actividad cognitiva. De este modo, el problema se presenta en la relación de quien conoce y lo que es cognoscible. En esencia, se trata de la naturaleza, carácter y las propiedades específicas de la relación cognoscitiva, así como de las particularidades de los elementos que intervienen en esta relación.

 

el problema de la relación sujeto-objeto

 

El pensamiento epistemológico surge, entre otras cosas, cuando la incoherencia entre el ser real del objeto y el saber subjetivo dado de este objeto, se convierte en objeto de la actividad intelectual. ¿Cuál es la relación mutua entre la substancia y sus formas fenoménicas, la relación entre lo individual y lo múltiple, entre reposo y movimiento, etc.? Esta fue la problemática planteada por la filosofía natural jónica y de Heráclito. Más tarde, en la escuela eleática, se enlaza el planteamiento cosmológico en forma consciente: a la sustancia le corresponde el saber verdadero, y a sus formas fenoménicas externas le corresponde el simple opinar, el saber falso.

Los sofistas fueron los primeros filósofos que señalaron el papel de las diferencias individuales en el conocimiento de la realidad, el papel de las condiciones perceptuales, etc. Así, afirmó Protágoras, el ser es para cada quien diferente. De ahí concluyeron que no puede haber ningún saber universalmente válido y, consecuentemente, tampoco un saber objetivo de la substancia. Para ellos era válido que algo fuera como aparece, que el hombre sea la medida de todas las cosas.

Para Platón, cada saber real debe de tener un carácter universal, persistente y objetivo y que, en consecuencia, no puede depender de las particularidades individuales y personales del sujeto cognoscente. En su filosofía se está reconociendo por primera vez, claramente, la necesidad de superar los momentos subjetivos del saber para poder reconstruir acertadamente el objeto de esta actividad cognoscitiva. Con esto se presentó la tarea de encontrar aquellas propiedades del objeto que se muestran perdurable en relaciones cognoscitivas distintas. Esa es una tarea que, como veremos, ha jugado un gran papel en toda la historia de la filosofía, y que, ahora, se vuelve a discutir con mayor énfasis: por ejemplo, en relación con los problemas metodológicos de las matemáticas, la física y la psicología.

En este sentido es específico de la filosofía antigua que todas sus reflexiones sobre el conocimiento parten de la condición, en cierto modo completamente natural, de que el saber guardar una relación estrecha con aquello que el saber representa. Esto es, que el saber ser una imagen específica del objeto. Los procesos cognoscitivos son entendidos como « flujos » que salen, tanto del sujeto como del objeto, cuya unión externa y mecánica forma la imagen.

La teoría antigua del reflejo fue desarrollándose en las doctrinas de Platón y Aristóteles, los cuales, como idealistas, naturalmente no podían aceptar la forma ingenuo-naturista de los presocráticos. Pero fieles al supuesto fundamental de toda la filosofía antigua: la tesis de la unidad entre el saber y el objeto. Platón formuló la teoría causal de la percepción: comparó el sujeto cognoscente con un pedazo de cera y el objeto de la percepción con un sello que penetra la cera. En lo que se refiere a Aristóteles, expresó la idea de que el sujeto es potencialmente lo que el objeto cognoscible es en el momento.

En la filosofía antigua no se podía comprender que la actividad creativa del sujeto era indispensable para la construcción ideal del objeto. Se pensaba que el objeto verdadero sólo puede ser « dado » al ser cognoscente: todo aquello que es producto de su creatividad cognoscitiva subjetiva, sólo puede ser un simple opinar, una subjetividad, y por lo tanto, no es verdadero, no corresponde al ser.

 

la revolución espistemológica de la ilustración

 

Sin embargo, la filosofía de los siglos XVII y XVIII presenta un nuevo planteamiento del problema que se desarrolla en relación estrecha con las ciencias naturales. Esto se manifiesta principalmente, en la comprensión del sujeto, de lo subjetivo, como algo claramente diferenciado de la substancia material que le es lógicamente opuesto.

Descartes comprendió el « yo », la autoconciencia del sujeto, como el principio, en cuya existencia no se puede dudar, porque el acto mismo de dudar presupone el « yo » (pienso, luego existo). Ya el hecho de que se subraye el « yo » como experiencia interna determinada, como apariencia vital de la conciencia, es un cierto progreso en el análisis filosófico. En su sistema, a la materia se le atribuye una propiedad cuantitativa, mientras que al espíritu se le da una cualitativa. De ahí resulta un dualismo marcado: la exclusión lógica de las dos substancias. En la medida que el racionalismo –después de Descartes- atribuía a la sustancia ideal y material, al sujeto y al objeto, propiedades lógicamente incompatibles, no pudo resolver el problema del conocimiento.

En lo que se refiere al materialismo empirista, corriente dominante de los siglos XVII y XVIII, éste se opuso a la conversión del pensamiento en una sustancia existente por sí solo. Se opuso, además, a la doctrina catesiana de « las ideas innatas ». Pero, al mismo tiempo, no pudo evitar reconocer el hecho de la existencia del « yo » como un fenómeno de la vida psíquica, que es experimentado inmediatamente por el sujeto cognoscente.

El materialismo empirista se vio enfrentado a la difícil tarea de explicar el origen y el funcionamiento de la llamada experiencia interna. Naturalmente, no era posible solucionar esta tarea dentro del marco de la forma metafísica que le era propio al materialismo de aquel tiempo. De ahí deriva la poca claridad, la incongruencia y las diversas concesiones que se hacen al subjetivismo, en la investigación del problema de la relación mutua entre experiencia « externa » e « interna », de los materialistas de los siglos XVII y XVIII. En Locke aparecen la experiencia externa (sensorial) y la experiencia interna (la reflexión) como dos fuentes casi independientes del conocimiento, cuya relación no está claramente determinada, pero cuya independencia es señalada categóricamente por el filósofo. A esto se añade otra dificultad para los filósofos de este periodo en el problema sujeto-objeto, y que consistió en lo siguiente: para la ciencia de aquel tiempo, la concepción de materia correspondía al conocimiento que de ella habían elaborado las ciencias naturales matemático-mecánicas que las identificaban con el saber objetivo, y todo aquello que se salía de este margen era declarado subjetivo. El conocimiento era interpretado como análisis y sistematización de las impresiones del objeto dadas en la experiencia sensorial (empirismo). Referente a esto, la tesis de Locke es típica, ya que sólo pueden poseer « objetividad » las « ideas simples » que en la percepción le son dadas inmediatamente al sujeto. En cambio, las « ideas compuestas », que son comprendidas como producto de la actividad de la razón, son siempre inseguras, condicionadas y en su significado cognoscitivo relativas.

También el idealismo subjetivo del siglo XVIII ignoró la actividad del sujeto. Así, subrayó Berkeley, que las sensaciones, las « ideas simples », pertenecen a nuestra mente, pero el espíritu finito no las produce sino las percibe pasivamente. El mérito de haber reconocido la actividad del sujeto en el proceso del conocimiento le corresponde a la filosofía idealista alemana clásica de fines del siglo XVIII y principios del XIX.

Por primera vez en la historia de la filosofía, Kant demuestra que el objeto no es una cosa ajena al sujeto, algo externo y opuesto a éste. La función de la objetividad, según Kant, es una forma de la actividad del sujeto, y el propio sujeto no existe fuera de las cosas conocidas por él. Además, según Kant, el objeto sólo existe en las formas de la actividad subjetiva y sólo así puede ser conocido. La cosa en sí, es decir, la realidad existente fuera de cualquier relación con el sujeto cognoscente es dada al sujeto solamente en la forma de los objetos. Según el filósofo alemán, los objetos son en su esencia producto de la actividad creadora propia del sujeto.

A diferencia de Descartes y de los otros racionalistas metafísicos, Kant no comprendió el sujeto como una res cogitans, una « cosa pensante ». Para él el sujeto es autoactividad, actividad interna, que sólo se puede manifestar en su actuación, en la ordenación de las sensaciones por medio de la síntesis categorial. Detrás de la tesis idealista de un mundo de objetos, creado por el sujeto, en Kant se encuentra el profundo supuesto dialéctico de la actividad del sujeto: el sujeto no percibe pasivamente el mundo de las sensaciones, que les es « dado », o los conceptos racionales terminados, sino realiza lo « dado » creativamente.

Hegel superó plenamente aquellos elementos de enajenación en la comprensión del sujeto y el objeto, los cuales se conservan todavía en la filosofía de Kant. Hegel demostró su dependencia mutua dialéctica, su enlazamiento mutuo, descubrió rigurosamente que no es posible contraponer metafísicamente realidad objetiva (en Kant, la cosa en sí) y objeto, saber empírico y saber racional, experiencia « externa » e « interna », razón teórica y práctica. Según Hegel, sujeto y objeto son sustancialmente idénticos porque la realidad se basa en el autodesarrollo del espíritu absoluto, (en el sentido absoluto de la palabra, realidad y espíritu absoluto confluyen, según Hegel). Pero el espíritu absoluto, para Hegel, es el sujeto absoluto que se tiene a sí mismo como objeto. La fenomenología del espíritu de Hegel, se dedica a la tentativa de comprobar esta tesis.

Hegel desarrolla el punto de vista de Kant del sujeto como autoactividad. A la vez ya no entiende la autoactividad como acto estático que se realiza fuera del espacio y tiempo, sino com autodesarrollo del sujeto, el cual se manifiesta especialmente en el desarrollo de las formas de la actividad práctica y cognoscitiva de la sociedad humana. Las categorías aparecen como grados del conocimiento del mundo exterior y del espíritu absoluto por el ser humano social. Por primera vez se plantea el problema de sujeto-objeto históricamente, en el nivel de un análisis del desarrollo de la relación entre conciencia y objeto. El sujeto sólo existe en cuanto es un eterno devenir, un movimiento sin fin. El espíritu absoluto como sujeto-objeto absoluto, no existe fuera del proceso de su autodescubrimiento y autorealización. No se puede entender el resultado sin el camino que ha conducido a él, y el resultado contiene este camino conservado y superado como momento de sí mismo.

 

la modernidad y su transformación copernicana 

 

El materialismo dialéctico afirma que la posición de que el saber no es una cosa independiente que se inmiscuye entre sujeto y objeto, sino un momento de la actividad del sujeto frente al objeto, una « forma transformada » (Marx) específica del proceso cognoscitivo. El saber representa la actividad cognoscitiva potencial del sujeto. (Cuando el saber se convierte de una actividad cognoscitiva potencial en una actual, entonces, ya no aparece en « forma transformada » de la objetividad, sino como momento del proceso cognoscitivo.) De este modo, en la realidad, no hay dos relaciones independientes –la del saber con el objeto y la del sujeto con el saber-, sino sólo la relación entre sujeto y objeto. El saber no es un « mediador » entre sujeto y objeto, sino una forma de la realización de la relación cognoscitiva. En su forma « tranformada », específica, un tipo de cristalización de la actividad cognoscitiva realizada y la forma de su posible desarrollo futuro.

A finales del siglo XIX aparecieron una serie de trabajos en los cuales se analizó lógicamente los conceptos fundamentales de la física clásica, destacan principalmente los trabajos de Ernst Mach. Mientras en la mecánica de Newton se explicaba una serie de fenómenos físicos por su referencia con el espacio absoluto, por su parte, Mach postuló un nuevo principio: todo lo que sucede en el mundo tiene que explicarse por la acción recíproca de los cuerpos. Para Mach los conceptos deben ser determinados necesariamente por datos de la observación, esta afirmación lo condujo a pensar en la existencia de elementos primarios que son « dados » sensorial e inmediatamente, y que fundamentan todo conocimiento.

La tesis de Mach sobre la reductibilidad de todo conocimiento ( y de realidad) a la combinación de elementos dados sensorial e inmediatamente, encuentra su continuación en la filosofía del neorrealismo divulgado en Inglaterra y en los Estados Unidos en las primeras décadas del siglo XX.

El mundo de los « datos sensoriales » se convierte así en un ser con existencia autónoma ( no en un modo de ser, sin en el fundamento de la realidad total). Al igual que el mundo subjetivo debe ser reducido totalmente a combinaciones diferentes de « datos sensoriales », a « construcciones lógicas » específicas de « datos sensoriales », como propuso Bertrand Russell.

Los rasgos esenciales de la teoría empirista de Mach y Russell se reproducen en las nociones del positivismo lógico. El positivismo lógico plantea el interrogante acerca de la relación de los « datos sensoriales » con el mundo de los cuerpos materiales, así como la pregunta acerca de la relación, de las proposiciones y los términos sobre los « datos sensoriales » (del llamado lenguaje fenoménico con las proposiciones y los términos de las cosas físicas (el llamado lenguaje objetivo). El positivismo lógico postula que una proposición del lenguaje objetivo equivale a una conjunción finita de proposiciones sobre « datos sensoriales »; es decir, es solamente una abreviación específica de las proposiciones que fijan en el lenguaje los resultados de las observaciones inmediatas simples. Además, declaró que los conceptos teóricos en su esencia solamente representan una abreviatura taquigráfica para el materia empírico que es dado en la experiencia sensorial.

Lenin aporta que una característica de todo saber es no ser absoluto, es decir, que no puede revelar todas las conexiones y mediaciones del objeto. Contiene en sí mismo la necesidad de trascender sus propios límites, de evidenciar su propia subjetividad. El saber no es idéntico con el objeto y, en este sentido, es subjetivo. « Conocer es la aproximación eterna, infinita del pensamiento al objeto. El reflejo de la naturaleza en el pensamiento humano, no es ‘muerto’ ni ‘abstracto’, sin movimiento o contradicciones, sino que hay que comprenderlo en el proceso eterno del movimiento, en el surgimiento y superación constante de las contradicciones.

Por otra parte, Rubinstein afirma que el objeto del saber como algo cuyas propiedades son independientes de este o aquel « punto de vista » del sujeto, independiente de cómo se le aparece al sujeto. En el proceso del conocimiento esto se manifiesta en que el sujeto elabora relaciones del objeto de cierta forma invariante, es decir estables, generales, independientes del punto de vista cambiante del sujeto. En el pensamiento, éstas permiten unir a un sistema único objetivo, las diferentes propiedades y relaciones del objeto, ya que la existencia de las mismas es lo que posibilita diferentes nociones subjetivas. En cambio, aquellas nociones sobre los aspectos del objeto que dependen de los diferentes puntos de vista y sistemas de referencia del saber, y que no se dejan integrar en un sistema de premisas objetivas, son consideradas por el sujeto como subjetivas, ilusiorias, como no conformes con la realidad objetiva.

El desarrollo del conocimiento demuestra que para el saber objetivo juega un papel importante, precisamente, la comprensión de aquellos aspectos del objeto, que son invariantes no sólo en lo relativo a las « perspectivas » cambiantes del sujeto, sino también en lo relativo a las muchas las muchas condiciones externas distintas. El problema de cómo aparece el objeto según el punto de vista del sujeto en esta o aquella « perspectiva », en un caso especial del problema más general de cómo las relaciones invariantes pueden manifestarse por medio de conexiones y propiedades variantes.

Se puede, entonces, establecer que el programa de la constancia perceptual en la psicología, es solamente un caso especial de un problema más general: el problema sobre el papel que juega la invariancia de las percepciones de los objetos en la construcción del saber objetivo. Es necesario, por ello, no solamente investigar los mecanismos psicológicos y fisiológicos por medio de los cuales el hombre percibe un objeto como constante, sino también analizar la estructura lógica de la invariancia, la relación mutua entre la invariancia y la variancia de las determinaciones del objeto, su relación con la subjetividad y objetividad del saber. La importancia del análisis lógico-filosófico de la posición de la invariancia en el proceso cognoscitivo, sea aclara especialmente en donde no se trata de una realización inconsciente de la invariancia (como en el caso de la constancia perceptual), sino de sus aplicaciones como principio metodológico importante en la construcción del saber. Esto es de lo más reciente en saber científico, especialmente en ciencias como las matemáticas y la física. El investigador reproduce el objeto y desarrolla el saber sobre el mismo objeto cognoscible, les corresponde determinada invariancia que también determina el sistema de su estado total.

En los resultados que se encuentran en los trabajos del psicólogo suizo J. Piaget, documentan el gran significado que tiene, para el desarrollo del saber, el aprovechamiento de la invariancia de las determinaciones del sujeto. Sus investigaciones en el campo de la psicología infantil, lo llevaron a desarrollar un problema general, esto es, la génesis del intelecto.

Piaget ve la esencia del intelecto en un sistema de operaciones. La operación como acción interna se deriva de la acción real, objetiva. Una operación es la acción objetiva, externa transformada, y continuada internamente (« interiorizada »). La operación como acción interna se realiza mentalmente, con el uso de imágenes, símbolos y señales que representan cosas reales. Mas, la operación no solamente se distingue de la acción objetiva, real por su carácter « interno » y abreviado. No toda acción « interna » (interiorizada) es una operación. Una acción interna sólo se convierte en operación, cuando es una dependencia mutua determinada con otras acciones, se une a un sistema, a un todo estructurado. Ahí, tal sistema de operaciones se caracteriza por el equilibrio que se establece entre las operaciones y otras opuestas a aquéllas. Así, en un sistema de operaciones en el sentido de una clasificación, por ejemplo, no hay solamente operaciones para establecer las relaciones aditivas (A+A’=B; B+B’=C; etc.), sino también las operaciones opuestas, las de la sustracción (B-A’=A; C-B’=B, etc.).

La reversibilidad de las operaciones significa, pues, que para cada operación existe otra simétrica y opuesta que reconstruye la situación original vista desde los resultados de la primera operación. La reversibilidad de las operaciones produce un « equilibrio » dentro del sistema de operaciones.

Según Piaget, sólo el intelecto logra la reversibilidad completa, puesto que a las formas inferiores de captar el objeto (tales aspectos del proceso del conocimiento como la percepción o la experiencia) les son inaccesibles la reversibilidad completa.

Para el desarrollo del niño, según Piaget, se demuestra que el pensar de un niño es tanto menos reversible cuanto más joven es. Piaget subraya que hay que evaluar la formación de operaciones y su organización en estructuras operativas según el grado en el cual el sujeto capta como invariantes y estables las características del objeto de las operaciones, independiente de todas las transformaciones hechas con el objeto. Piaget considera que la estructura de estas invariantes captadas, o « conceptos de conservación », también constituyen el fundamento lógico que posibilita la elaboración de distintos conceptos.

Mientras los objetos matemáticos, la invariancia se relaciona con la conservación de las propiedades fundamentales de tales objetos matemáticos como número y espacio, en el campo de la física, la invariancia aparece como ley de la conservación de la masa, etc. Piaget distingue varios estadios en el desarrollo del intelecto desde el nacimiento hasta la madurez: el estadio sensomotriz (hasta el segundo año). El intelecto sensomotriz todavía no es operativo, porque las acciones del sujeto todavía no se convirtieron en reversibles completamente, aunque hay cierta tendencia a la reversivilidad. El segundo estadio es el del intelecto preoperativo ( desde mediados del segundo año hasta el séptimo año de edad). En este periodo se producen el lenguaje y la representación, y las acciones se « interiorizan » en el pensamiento. Es el estadio del pensamiento plástico, « intuitivo », en donde el pensamiento infantil se subordina más a la lógica perceptiva que a la lógica conectiva. El siguiente estadio es el de las operaciones concretas (de los 7 a los 12 años de edad). En este estadio, dentro de las acciones intelectuales, se crean operaciones que se caracterizan por su reversibilidad. Se forman los conceptos elementales de la conservación (de volumen, masa, peso, etc.) Por otro lado, también ahora se pueden realizar solamente operaciones con objetos reales. Por esto, en este estadio de desarrollo, los niños todavía no pueden construir un lenguaje lógico independiente de la acción real. Las operaciones todavía son formalizadas insuficientemente y, por esto, no pueden ser comprendidas como generales. El cuarto estadio del desarrollo de intelecto, finalmente, es el estadio de la operación formal con proposiciones y afirmaciones. En este estadio aparece la capacidad para pensar en deducciones e hipótesis. Nace la posibilidad de construcción lógica ilimitada.

Según Piaget, el desarrollo del conocimiento conduce a que el sujeto reconoce tales propiedades del objeto que son invariantes con respecto a las distintas situaciones cognoscitivas. De ahí se derivan las posibilidades para superar el subjetivismo y alcanzar una mayor objetividad del saber. Así, Piaget, llega a la concepción de que es posible y necesario aplicar la teoría de las invariantes, especialmente la teoría matemática de conjuntos, en la investigación psicológica y gnosceológica del proceso del conocimiento. Las estructuras cognoscitivas que se forman en los diferentes estadios de desarrollo del intelecto, Piaget las describe matemáticamente como diferentes conjuntos de transformaciones.

Para el proceso del conocimiento, existe la tendencia característica de conectar las diferentes elementos del saber por medio de porducir un sistema único a partir de las relaciones invariantes. También subraya esta tendencia por parte de algunos teóricos de la corriente positiva, pero se la interpreta de un modo específico: no como una forma de reproducción ideal del objeto real, sino como expresión de ciertas peculiaridades del sujeto.

Así la escuela de la psicología de la Gestalt señala el carácter estructural del conocimiento. Este carácter estructural ya aparece desde la percepción elemental: el sujeto percibe determinadas totalidades estructuradas que se le aparecen como cosas existentes en un determinado « trasfondo ». Según esto, el sujeto cognoscente aparece como pasivo en la concepción de la psicología de la Gestalt; al propio sujeto se le considera como cosa física entre otras cosas físicas. Con este supuesto, desde el principio es imposible diferenciar en la percepción como resultado de la relación mutua entre sujeto y objeto, las propiedades de la cosa « como tal », de las propiedades que le son características a la percepción según las peculiaridades de sujeto.

Piaget, sin embargo, se acercó más a la solución del problema de la relación sujeto-objeto con ayuda de la teoría del equilibrio. Él critica la psicología de la Gestalt y subraya que hay que ver al sujeto como un ser activo. Según Piaget, la psicología de la Gestalt se dedica solamente a un tipo muy estrecho de estructura cognoscitiva totalitaria, a las llamadas totalidades irreversibles y no-asociativas que corresponden solamente al estadio inicial del desarrollo del intelecto y que son sustituidas en el curso del desarrollo del intelecto y que son sustituidas en el curso del desarrollo intelectual por otras estructuras reversibles y asociativas. Es hasta las estructuras reversibles, donde aparecen las características estables, invariantes del objeto, las cuales no dependen del cambio continuo de las condiciones cognoscitivas.

Los estudios psicogenéticos han puesto de relieve que la acción constituye la fuente común del conocimiento lógico-matémático y del conocimiento físico del mundo. Precisamente, es desde los sistemas de acción que puede comprenderse la contribución del objeto y del sujeto en el conocimiento, ya que tales instrumentos de conocimiento se modifican en virtud de las « resistencias » de los objetos, ya su vez, los objetos sólo son conocidos por la acción estructurante del sujeto.

Entre otra de sus aportaciones, en lo que respecta al rol de la experiencia en el conocimiento, la epistemología genética ha demostrado experimentalmente que el empirismo está equivocado. Los resultados de la investigación psicogenética han mostrado el rol esencialmente activo del sujeto cognoscente.

En la solución del problema sujeto-objeto, la filosofía marxista parte de que la relación cognoscitiva se produce en la relación práctica material-productiva entre sujeto y objeto. La primera relación sólo puede existir como algo que garantiza la realización de la segunda relación. La particularidad específica que distingue al hombre del animal, como es sabido, consiste en que el hombre no se apropia pasivamente los objetos ofrecidos por la naturaleza, sino que transforma la naturaleza, la « humaniza » y así crea un « segundo » mundo, la sociedad, en la que vive y actúa. Con la transformación de la naturaleza que el hombre realiza conforme a sus necesidades, él mismo se transforma produce dentro de sí nuevas necesidades, « se crea a sí mismo ». Mas para poder transformar el objeto conforme a sus finalidades, el sujeto necesita de un saber sobre la estructura interna del objeto tiene que conocer las conexiones necesarias del objeto, sus leyes. Por esto, la actividad que transforma el objeto, necesariamente se une a la actividad cognoscitiva del sujeto, es decir, una actividad que en su contenido coincide con el objeto. En los primeros estadios del proceso de desarrollo cognitivo humano, la actividad práctica y cognoscitiva todavía no eran separadas externamente. La última era un momento, un aspecto de la primera, según una expresión de Marx, se entrelazaba con la actividad práctica. Más tarde, se dio la separación externa entre actividad práctica y actividad cognoscitiva, lo que naturalmente no niega el hecho de que el proceso cognoscitivo depende fundamentalmente de la apropiación práctica de la realidad por el sujeto.

 

el realismo desde una perspectiva epistemológica

Classé sous epistemologías — paradygmes @ 19:13

Los planteamientos espistemológicos están dados en función del análisis de la experiencia en términos de sujeto y objeto (S/O). La fertilidad de este análisis, aparte de su significación pragmática, es indiscutible, puesto que desde sus coordenadas se organizan los métodos, por ejemplo, de la fisiología y de la psicología de la percepción. Sólo que tanto la fisiología, como la psicología de la percepción, siendo ciencias cerradas, presuponen ya dados (en la experiencia adulta definida en un determinado nivel cultural) los objetos que ellas mismas tratan de reconstruir: ese árbol, o la Luna.

Pero aquí lo que importa es el punto de vista epistemológico.  Mientras que la problemática filosófica, en cambio, se refiere al tipo de realidad que pueda corresponder a los objetos dados mismos. Y estos objetos no se circunscriben, en modo alguno, a aquellos contenidos que constituyen el campo de la Fisiología y de la Psicología, puesto que entre los objetos hay que hacer figurar, cada vez en mayor número, a los «objetos» introducidos por las ciencias modernas.

Por consiguiente, la problemática «epistemológica» ha de considerarse envolviendo a la teoría de la ciencia. Y esto se deduce simplemente del hecho de que las ciencias mismas (sobre todo, la ciencia moderna, a través de los nuevos aparatos, desde el microscopio electrónico hasta el radiotelescopio) contribuyen masivamente a los procesos de constitución de los objetos del mundo y de su estructura. Dicho de otro modo: el «mundo» no puede considerarse como una realidad «perfecta» que estuviese dada previamente a la constitución de las ciencias, una realidad que hubiera ya estado presente, en lo fundamental, al conocimiento de los hombres del Paleolítico o de la Edad de Hierro. Por el contrario, el mundo heredado, en las diversas culturas, visto desde la ciencia del presente, es un mundo «infecto», no terminado. Las ciencias, aun partiendo necesariamente de los lineamientos «arcaicos» del mundo, contribuirán decisivamente a desarrollarlo y, desde luego, a ampliarlo (el «enjambre» W del Centauro, a 21.500 años luz; la «pequeña nube de Magallanes» y el «enjambre» NGC362, a 50.000 años luz del Sol; las nebulosas de la constelación del Boyero, a más de 200 millones años luz,…).

Ahora bien: damos también por supuesto que la disyuntiva filosófica, y el dilema consecutivo, entre el realismo y el idealismo dependen del análisis de la experiencia en términos de sujeto y de objeto. Pues la experiencia, así analizada, comporta, por un lado, la organización apotética [183] y discreta de los objetos constitutivos del mundo (árboles, Luna,…) y, desde luego, de los otros sujetos, sobre todo animales; y, por otro lado, la necesidad (postulada contra cualquier pretensión «mágica» de acción a distancia [375]) de un contacto (de naturaleza electromagnética o de cualquier otro tipo) de los objetos apotéticos en el sujeto corpóreo, por tanto, la necesidad de que los objetos del mundo afecten a los órganos de los sentidos. (El «empirismo», desde esta perspectiva, se nos impone como una exigencia ontológico-causal, antes que como una premisa espitemológica). De donde la distinción entre un objeto-en-el-sujeto (objeto intencional, objeto de conocimiento, re-presentación) y un objeto-fuera-del-sujeto (objeto real, objeto conocido, presencia absoluta de la cosa).

Esto supuesto, podemos afirmar que solamente disponemos de dos esquemas primarios utilizables para dar cuenta de la conexión entre las afecciones (sensaciones) del sujeto y los objetos apotéticos que les correspondan: el esquema que considera a las sensaciones (al sujeto) -a los objetos intencionales, si se quiere- como determinados (con-formados) por objetos preexistentes (esquema encarnado en la metáfora óptica del espejo: el ojo refleja los objetos exteriores, según Aristóteles, y el entendimiento es el ojo del alma) o bien el esquema que considera a los objetos apotéticos como determinados (con-formados) por las sensaciones (esquema encarnado en la metáfora óptica de la proyección del fuego del ojo, que recorta la sombra de sus formas interiores en el exterior, usada por pitagóricos y platónicos). El primer esquema es el núcleo del realismo (con sus variantes: espejo plano, cóncavo, quebrado…); el segundo es el núcleo del idealismo (con sus variantes: idealismo material, idealismo subjetivo, idealismo trascendental). El idealismo, por ello, está muy cerca del acosmismo y aun del nihilismo (de hecho, la palabra «nihilismo» fue acuñada por Hamilton para «diagnosticar» el empirismo escéptico de Hume).

Estos dos esquemas, antes que respuestas, son el principio de sendas preguntas, prácticamente insolubles.

El realismo, en efecto, equivale a un desdoblamiento del mundo (objeto conocido/objeto de conocimiento) y, por tanto, al planteamiento del problema de la trascendencia del conocimiento del mundo exterior: «¿cómo puedo pasar de mis sensaciones (inmanentes a mi subjetividad corpórea) al mundo apotético trascendente, que permanece fuera de mi?» Berkeley, mediante una reducción geométrica de la cuestión (en términos de puntos y líneas), formulaba con toda su fuerza el problema de la trascendencia en §2 de su Ensayo sobre una teoría nueva de la visión de este modo: «Todo el mundo conviene, creo yo, que la distancia no puede ser vista por sí misma y directamente. La distancia, en efecto, siendo una línea dirigida derechamente al ojo, tan solo proyecta un punto en el fondo del mismo». Pero el idealismo, por su parte, aun cuando orilla el problema de la trascendencia, propio del realismo (al identificar el objeto intencional con el objeto conocido, desde Fichte a Husserl), lo hace abriendo otro problema que puede considerarse como sustitutivo del «problema» de la trascendencia, a saber, el problema de la hipóstasis o «constitución del objeto» respecto del sujeto: «¿cómo puedo segregar del sujeto los objetos construidos y proyectados por las facultades cognoscitivas?» Pues sólo tras un proceso de hipostatización del objeto (que lo «emancipe» del sujeto que lo proyecta) cabría dar cuenta de la independencia que los objetos muestran respecto de la subjetividad proyectante (los objetos se me imponen, incluso como dados fuera de mí, en un período «precámbrico», es decir, anterior a la existencia de toda subjetividad orgánica proyectante). Ahora bien, son las ciencias las que «constituyen» y «proyectan» objetos tales (nebulosas transgalácticas, estados ultramicroscópicos, rocas precámbricas,…) que piden una emancipación e hipóstasis mucho más enérgica de la que se necesita para dar cuenta de la percepción ordinaria precientífica de nuestro entorno actual. Puestas así las cosas cabe afirmar que los intentos de «superar» el realismo y el idealismo, manteniéndose en el mismo marco binario [S/O] de análisis que determina estas dos opciones, sólo pueden tener lugar a título de variantes de una «síntesis por yuxtaposición» del realismo y del idealismo.

 Pero la síntesis de los dos miembros del dilema no lo desborda: la «síntesis del dilema» queda aprisionada por sus tenazas. La síntesis, por lo demás, suele acogerse a la forma de una codeterminación de sujeto y objeto, bien sea según el patrón de los escolásticos medievales (ex obiecto et subiecti paritur notitia) bien sea según el patrón de los gestaltistas de nuestro siglo («la distinción entre el yo y el mundo exterior es un hecho de organización del campo total»), bien sea de cualquier otro modo.

Por nuestra parte reconocemos, desde luego, la necesidad de volver una y otra vez al análisis de la experiencia dentro del marco binario [S/O], pero constatamos también la necesidad de desbordar dialécticamente el dilema en el cual el marco binario nos encierra. A este efecto hemos propuesto un marco para el análisis de la experiencia tal en el que el análisis binario, sin ser ignorado, pueda constituirse «reabsorbido», a saber, un marco que sustituya las relaciones binarias por otras relaciones n-arias del tipo [Si/Sj/Oi/Oj/Sk/Ok/Oq/Sp]. Desde la perspectiva de este nuevo marco de análisis cabría decir que, evitando todo tipo de realismo adecuacionista, podemos alcanzar las posiciones propias de una concepción hiperrealista de las relaciones entre el «ser» y el «conocer» (un hiperrealismo cuyo primer embrión acaso se encuentra en la metafísica eleática). El hiperrealismo, por lo demás, acoge ampliamente «el lado activo del idealismo» del que habló Marx en sus tesis sobre Feuerbach.


 

razon, ciencia y libertad

Classé sous epistemologías — paradygmes @ 19:08

Uno de los rasgos característicos del paradigma de la modernidad, consiste en la primacía que se ha otorgado al individuo.  La modernidad ha sido declarada como “el reino del individuo”.    El individuo que se postula la modernidad es básicamente aquel que habían definido y proclamado los grandes textos filosóficos y de los derechos humanos entre el siglo XV y XVIII, otorgándosele la condición de un ser libre, dotado de razón y, al mismo tiempo sujeto igual de ciertos derechos y dignidades esenciales e inalienables.

¿Cuál es el acontecimiento más importante de la historia de la humanidad?  ¿El descubrimiento del fuego? ¿La muerte de Cristo?  ¿Las enseñanzas de Buda?  ¿El descubrimiento de América? ¿La revolución francesa? ¿El primer cohete enviado al espacio extraterrestre?  ¿La invención de los computadores?. 

 

En la medida en que se constituye en el acto fundador de la modernidad, se puede afirmar que el acontecimiento más importante ha sido la revolución copernicana o, para ser más precisos, la revolución intelectual y mental que Copérnico desencadenó y que completó Newton.  Un sol abstracto, construido mediante el pensamiento, sustituyó a la tierra como el centro del mundo.  Desde su puesto de observación, ahora relativo y en movimiento, el ser humano iba a comenzar a descubrir lo infinito del espacio.  Esta aparente humillación del orgullo humano coincidió, con su propio autodescubrimiento: ahora el ser humano sabía la enormidad de la potencia de su razón, de su pensamiento.   Un poco más adelante, una segunda revolución copernicana, a la inversa, iba a comenzar con Descartes y Spinoza, para culminar en Kant: mientras el sol sustituía a la tierra como centro del mundo físico, la razón humana sustituía a dios como el centro del universo intelectual.

 

El paradigma de la modernidad se sustenta en tres pilares esenciales: la razón, o más bien dicho, la racionalidad instrumental, como forma determinante de la conciencia humana, la ciencia, como resultado del uso de la razón y de la búsqueda sistemática del conocimiento, y la libertad, como atributo sustantivo del ser humano. 

 

El individuo resulta así un ser que ha sido liberado de las ataduras y limitaciones de las épocas anteriores, que ha sido despojado de los prejuicios, dogmas y creencias pre-científicas que habían ensombrecido su conciencia y que lo mantenían sometido a poderes o autoridades jerárquicas sagradas e intocables e inmutables.
Un resultado de esta condición de hombre libre del ser humano moderno, es su acceso a la condición de ciudadano.   El ciudadano es el ser humano libre, beneficiario de ciertos derechos cívicos y de una libertad individual e igualdad jurídica de las que nunca antes había gozado.  

 

Al contrario del “siervo de la gleba” de la Europa feudal o del “gañán rural” de las haciendas americanas durante la colonia española o del “indio encomendado”, obligados a permanecer durante todas sus vidas bajo la sujeción absoluta del patrón, el señor o el hacendado, la emancipación política de las nuevas naciones (independencia de Estados Unidos, Revolución Francesa o independencia de Chile…), crea una nueva figura individual basada en la igualdad y la libertad: el ciudadano.

 

Todo ciudadano es tal en tanto en cuanto se le supone igual a todos los demás ciudadanos ante la ley, y capaz de hacer uso de sus derechos, expresarse y opinar libremente, criticar y manifestar sus creencias en la opinión pública y participar en el gobierno de su país, mediante el sufragio universal.  La igualdad jurídica de todos los ciudadanos ante la ley, supone también una ley única y general para todos los ciudadanos sin excepciones ni privilegios.

 

Pero este individuo libre y transformado en ciudadano, tiene delante de sí las herramientas de la razón, de la racionalidad instrumental mediante las cuales podrá crear todas las técnicas que le permitirán transformar el mundo y hacer avanzar a la humanidad en dirección al progreso y la felicidad.   Desde la perspectiva de la modernidad, el fin último, la meta final de la razón humana es por un lado, la ciencia como campo inacabable del saber y del conocimiento, y por el otro el progreso permanente y siempre creciente de la humanidad.
Para la mayoría de las ciencias sociales y muy en particular para la Psicología, el individuo en toda su complejidad y subjetividad, constituye la razón central y el objeto epistemológico fundamental de su estudio.  La ciencia es racional desde la modernidad y el individuo se vuelve objeto de la ciencia, precisamente porque la modernidad –impregnada de humanismo- constituye un retorno al ser humano, a todo el ser humano.
Mediante la razón, la conciencia humana del individuo moderno estaría en condiciones de poder intentar cuestionar las creencias y conocimientos pre-científicos, puede poner en tela de juicio las tradiciones y costumbres del pasado, puede imaginar nuevos mundos, nuevas realidades, nuevos horizontes a alcanzar.
Mediante la razón, el individuo moderno puede descubrir, comprender, analizar; mediante la ciencia, puede abrirse nuevos caminos hacia el progreso; y mediante la libertad, puede dejar atrás los dogmas y ataduras que limitaban su crecimiento como persona y puede construir relaciones sociales más constructivas e igualitarias.
¿Cuáles son los resultados de esta promesa de la modernidad?
¿Es el individuo de hoy más libre y más racional que hace cinco siglos atrás?
¿En qué consiste la libertad que la modernidad ha otorgado a los individuos actuales?
Es posible hablar de seres humanos conscientes, racionales y libres, en cuanto individuos capaces de construir su propio destino, de autodeterminarse para participar concientemente en el destino común de la humanidad y de la sociedad a la que pertenecen, pero, asistimos hoy, por el contrario, al descentramiento del individuo, a su pérdida dramática de identidad, a su creciente alienación, a sus crisis de depresión y a sus angustias de soledad.

Si en algo se puede identificar la enfermedad contemporánea de la modernidad, es la crisis del individuo como sujeto racional y libre.  Sabemos que el ser humano ha buscado la libertad como meta última, ha luchado por su libertad, pero sabemos también que el precio de la libertad total es la soledad total.  Sabemos que el que ser humano ha buscado en la ciencia y desde la ciencia todos los conocimientos que necesita para progresar, para ser más humano,  para construir un mundo y un orden que le permita alcanzar la felicidad, pero habiendo buscado el saber, ha terminado alienado, alienado de los demás y alienado consigo mismo.   Sabemos que el ser humano ha buscado la felicidad, solo o en compañía de sus semejantes, pero finalmente, en esta época turbulenta y de cambios, la depresión se ha convertido no solo en un problema de salud pública sino en una enfermedad social de amplio alcance, que abarca desde niños y jóvenes hasta adultos y ancianos. 

El ser humano contemporáneo se declara “racional”, pero recurre cada vez más a las artes esotéricas para tratar de entenderse a sí mismo.
Edgar Morin escribe en su libro “Una política de civilización” lo siguiente:   “Todo aquello que constituía del rostro luminoso de la civilización occidental presenta hoy día un reverso mucho mas sombrío.  Así, el individualismo, que es una de las grandes conquistas de la civilización occidental, se acompaña cada vez más de fenómenos de atomización, de soledad, de egocentrismo, de degradación de las solidaridades.  Otro producto ambivalente de nuestra civilización, la técnica, que ha liberado a los seres humanos de enormes esfuerzos energéticos para confiarlos a las máquinas, ha producido al mismo tiempo que nos hemos convertido en esclavos de la lógica cuantitativa de esas máquinas.” ( )

¿De dónde pueden surgir tantas formas de depresión en una sociedad que se enorgullece de sus avances tecnológicos, de un consumo explosivo, de poder realizar grandes construcciones e infraestructuras y desarrollar las tecnologías más sofisticadas, y sin embargo, resulta incapaz de llenar el vacío existencial, la soledad y la profunda crisis de identidad que aqueja a muchos?

¿De qué pueden servir entonces, tanto bienestar o malestar material, tanto recurso tecnológico desplegado, tanta ciencia especializada, tantos objetos de consumo, si de lo que  carece hoy el ser humano, el individuo moderno, es precisamente de la libertad y la racionalidad que le permita comprenderse y ser feliz?

 

la relación entre el objeto y el sujeto en la ciencia moderna

Classé sous epistemologías — paradygmes @ 19:05

La visión crítica de la realidad surge hoy como uno de los componentes importantes de todo quehacer de las ciencias sociales, la reflexión acerca de los juicios que emergen y la puesta en duda constante de los saberes fundamenta hoy los procesos científicos, la crítica como “actividad reflexiva” surge en el conocimiento como pieza fundamental.

De allí que la crítica y las relaciones que se pueden establecen con la categoría epistémica sujeto-objeto, surge como tema interesante a trabajar desde la epistemología.

 El objetivo de este trabajo no va por desarrollar o analizar los juicios o los discursos con respecto a la sociedad desde un punto de vista ético, sino dar una mirada al “cómo” la relación que dos diferentes enfoques epistémicos (Racionalismo Lógico popperiano y la Dialéctica adorniana) establecen entre sujeto y objeto determinan  juicios y criticas que se plantean con respecto a la cultura.

La relación entre sujeto y objeto que las diferentes matrices epistémicas establecen y determinan el modo de plantear un juicio critico de la realidad, por ello se hace necesario acercarse a los conceptos de los componentes de dicha relación.

El Sujeto, entendiendo a éste como el elemento de la relación que, en su acto de conocer, recibe las imágenes del mundo, las procesa y explica a través del lenguaje y genera un juicio. La noción de sujeto se puede entender en dos dimensiones, amplio y estricto. En sentido amplio se entiende al sujeto como al hombre en su “entera naturaleza”, sus sentidos, sus facultades, es decir, lo que compone al hombre en su conjunto, que es el que conoce.

En el sentido estricto, la noción de sujeto no se entiende como el hombre en su “entera naturaleza”, sino que se hace referencia al “mundo interior” del hombre, es decir, al “centro al que se le imputan la conciencia y a los actos intelectuales del hombre” , por ello si el sujeto, epistemológicamente hablando, “es lo que subyace al hombre, es decir,  lo que se considera su ser más intimo y profundo “

El Objeto, el otro elemento que compone la relación, se puede entender como “lo que yace ante esa intimidad del hombre o está puesto ante ella de modo que pueda ser conocido” . Asimismo el objeto goza para Sierra Bravo de dos sentidos, amplio y estricto.

En sentido amplio, el objeto de conocimiento en su conjunto es el “mundo exterior”, éste está dotado de una existencia independiente del pensamiento del hombre.  En sentido estricto, el Objeto,  “no es la cosa o fenómeno parte del mundo exterior conocidos, sino lo que hay de  inteligible en esa cosa capaz de ser percibido y captado en el acto de conocimiento”.

En cuanto a la relación entre Sujeto y Objeto, se podría afirmar que está constituida por el acto cognoscitivo, que es a la vez, acto intelectivo. De allí que esta relación surge como un problema epistemológico y, por lo tanto, se dan diferentes respuesta a dicho problema, pues las lógicas diferentes de concebir la relación dan origen a distintas formas de entendimiento de ésta, así mismo la crítica, que se basa en ésta relación, en tanto se entiende al sujeto como quien establece la crítica y a la sociedad se le otorga la categoría de objeto. Esta concepción que separa al sujeto del objeto es visible en los planteamientos de Karl Popper.

Popper reedita la noción cartesiana de la división de mundos, Descartes hace alusión a dos mundos, el mundo de los cuerpos y estados fisicos (mundo1) y el mundo de los estados mentales (mundo 2),   Popper a esta noción agrega un tercer mundo que denomina mundo 3 y que en líneas generales es el mundo de los productos de la mente humana. 

La incorporación de un tercer mundo en el cual se ubicarían los productos  de la mente humana, es decir, las relaciones y significados que los sujetos den a los objetos abre la posibilidad de establecer nuevas formas de pensar esta relación de sujeto y objeto, pues Popper sitúa así a los objetos, en cuanto tales, en el mundo 1, a los procesos mentales en el mundo 2 y a los productos de la mente en el mundo 3.  Esto lleva a observar que la cultura como producto de la socialización humana (y por lo tanto de la mente humana) se ubicaría en el mundo 3, pero al plantear una critica ha de plantearse a la cultura en calidad de objeto.

Desde esta división que Popper hace de los mundos, plantea las nociones de “Conocimiento Objetivo” y “Conocimiento Subjetivo”, se refiere al conocimiento objetivo haciendo alusión a la noción kantiana de objetividad: “el conocimiento objetivo es aquel que ha de ser justificable independiente de los caprichos de nadie”  a esta noción Popper agrega lo siguiente: “…las teorías científicas no son nunca enteramente justificables o verificables, pero que son, no obstante, contrastables. Diré, por tanto, que la objetividad de los enunciados científicos descansa en el hecho de que pueden contrastarse intersubjetivamente” , de allí plantea que el conocimiento subjetivo se alimenta del conocimiento objetivo  “…aunque el conocimiento objetivo sea un producto humano, rara vez se crea asumiendo el conocimiento subjetivo. Rara vez sucede que un hombre primero adopte una convicción basándose en su experiencia personal, la publique y consiga que sea aceptada como una de esas cosas que decimos: >. Por lo general, el conocimiento objetivo es el resultado de teorías rivales que se proponen provisionalmente para solucionar algún problema conocido objetivamente” .

Popper plantea de este modo que el conocimiento tiene un carácter objetivo y subjetivo, en cuanto al carácter objetivo abre una serie de debates con respecto a la falsación o refutación de los enunciados, plantea que cuando se emiten juicios terminantes (con afán universalista) éstos pueden compararse a “vetos” o “prohibiciones” y por ello son suceptibles de falsear: “no afirman que exista algo, o que se dé en cierto caso determinado, sino que lo niegan. Insisten en que no existen ciertas cosas o situaciones, como si las vedaran o prohibieran: las excluyen. Y precisamente por esto son falseables…”     

Popper propone que la critica está relacionada en forma fundamental con la noción de validez, ya que la validez de un enunciado pasa por someterlo previamente a un juicio crítico “esto sucede (…) porque decir que una teoría es verdadera o falsa significa someterla a un juicio critico”  de modo que Popper reconoce en la crítica un procedimiento para llegar a la verdad de un enunciado.

De lo antes dicho con respecto a Popper, se puede plantear una relación con la critica,  en ella el sujeto se separa del objeto, pues el objeto ocupa un lugar en el primer mundo y el conocimiento objetivo se sitúa en el tercer mundo, pues el conocimiento es resultado la mente humana, en tanto del proceso de racional y metódico de contrastar los enunciados, el problema que surge en la lógica de Popper es que la cultura también es resultado de la mente humana y no alude a un objeto del mundo 1, por lo tanto, la interpretación que surge desde la división de mundos planteada por Popper es que la cultura pertenece exclusivamente al mundo 3 sin tener un significante en el mundo 1 (el mundo de los estado y lo procesos físicos).

Pero en el caso de la cultura que, en esta lógica de pensamiento, sería el objeto, la división o separación de sujeto y el objeto se torna problemática, ya que el sujeto está inmerso o forma parte del objeto, o, dicho de otra forma el sujeto se constituye por el objeto y el objeto se constituye por el sujeto, además ¿Cómo se apuntaría a la verdad a través de la crítica cuando es la misma cultura quien da los parámetros de veracidad?.

La paradoja que se da en este caso es abordada por Adorno, quien plantea la necesidad de repensar la critica tradicional en un sentido dinámico que pueda sobrepasar la divinización que los críticos plantean de la cultura, para ello es necesario no escindir sujeto y objeto, pues el “sujeto” (inmerso en el objeto y constituyente de éste) debe reconocerse como parte del todo y moverse con el “objeto” pues éste es dinámico.

Teodoro Adorno reconoce en primer término, que no es posible situar al sujeto (el critico) separado del objeto (cultura) y que todo critico que se supone por sobre o separado de la cultura la mayoría de las veces está inmerso en ella y justificando su existencia desde su critica: “la actitud del critico cultural, gracias a la diferencia o distancia a que se coloca del mal y el desorden imperantes, le permite pasar  teoréticamente  por encima de éstos, aunque a  menudo no consiga sino quedarse tras ellos” .

De esta forma Adorno plantea que sujeto y objeto están en una relación dialéctica, es decir, el sujeto es y no es, a la vez que el objeto lo es y no lo es, plantea que el sujeto no puede separarse del objeto, pues ello lleva a totalizaciones que hacen perder de vista la critica, “la crítica que se contenta con llamar ante su tribunal a una cultura separada de todo, o bien hace responsable de todo mal a la supuesta negatividad de la cultura. En cuanto que la cultura se acepta como un todo, se la priva del fenómeno de su propia verdad, que es la negación (…). El umbral que separa de la crítica dialéctica, que la separa de la crítica cultural, se encuentra en el lugar en que levanta a ésta hasta la supresión del concepto de cultura.”  A partir de esto Adorno hace una distinción entre la “crítica cultural” (que busca separar sujeto y objeto) y la “crítica dialéctica” (que mantiene la tensión entre sujeto y objeto),

La noción adorniana de crítica ideal es la que se funda en la tensión y tiene un carácter dinámico, Adorno la denomina Critica Dialéctica expresada así: “La crítica dialéctica se mantiene en movimiento respecto de la cultura, comprendiendo su posición en el todo. Sin esta libertad, sin que esa conciencia rebase la inmanencia de la cultura, no es imaginable ni siquiera la critica inmanente: sólo es capaz de seguir el automovimiento del objeto aquel que no está totalmente arrastrado por ese  movimiento. Pero la exigencia tradicional de una crítica de la ideología está también ella sujeta a una dinámica histórica” .  

Adorno plantea que la forma de mantener la crítica, lo cual es fundamenta en el conocimiento, es mantener la tensión y no caer en posicionamientos binarios, pues “con vacías categorías se divide el mundo en blanco y negro y se dispone para el dominio contra el cual se concibieron inicialmente los conceptos. Ninguna teoría, siquiera la verdadera, está segura de no pervertirse nunca el día que se prive de la relación espontánea con el objeto”