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3 août, 2006

realismo y ciencia política – una aproximación epistemológica

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Definimos que para la Ciencia Política, el realismo es un modo de aprehender la realidad de los hechos, procesos y fenómenos políticos, distinguiendo tales hechos del proceso cognoscitivo.  Para comprender el lugar del realismo en la ciencia politológica, primero debe reconocerse que el programa  teórico y metodológico de ésta, se propone conocer y develar los procesos, tendencias, ideas, estructuras y fuerzas dinámicas que constituyen la Política en su realidad objetiva, en la sociedad actual.

De aquí resulta, en segundo lugar, que el “realismo politológico” (es decir, el realismo aplicado a la Ciencia Política)  recoge y asume la validez de la Historia como maestra de experiencias, como ilustración susceptible de iluminar el presente, mediante la comprensión del significado de las lecciones del pasado.

No se trata tampoco de situar el estudio politológico en una perspectiva historicista, porque resultaría desviarlo de su vocación y su responsabilidad primordial con el presente y con el futuro. La Historia sirve al conocimiento realista de la Ciencia Política, únicamente en cuanto pone de manifiesto realidades anteriores, que fueron resueltas mediante procedimientos únicos y condicionados por el tiempo y otras circunstancias: también es realista reconocer que en Política, como en las demás dimensiones sociales de la existencia humana, el tiempo no regresa ni se repite.

A diferencia de otras escuelas científicas, el realismo en la Ciencia Política, presupone una teoría realista del sistema político directamente apegada a la realidad, y supone el reconocimiento de la existencia de los fenómenos políticos, como procesos complejos independientes del acto de conocerlos, de pensarlos o de estudiarlos, de donde se deriva que la relación cognoscitiva no modifica los procesos que ella estudia, y que aún cuando el investigador aborde la realidad política, desde el interior de sus dinámicas objetivas y simbólicas (de las que no puede sustraerse por su condición de ciudadano, ni siquiera en nombre de la ruptura epistemológica), ello no implica que dichos procesos agoten dicha relación.

Desde ésta perspectiva, el hecho de conocer los fenómenos y procesos políticos, no altera nada el objeto del conocimiento politológico, entendiendo que dichos procesos son relaciones, es decir, son conexiones espacio-temporales de las cosas y de los individuos que intervienen en los procesos políticos, de manera que la relación que se llama conocimiento, es una relación entre el investigador u observador (en éste caso, el Cientista Político) y los procesos y actores políticos entendidos como objetos de dicho conocimiento.

Desde el punto de vista de su trayectoria histórica, el paradigma realista de las ciencias, no es solamente una cierta forma de positivismo, en cuanto habla de hechos objetivos o positivos, o una actitud o norma para la acción, o una cierta posición adoptada en la teoría del conocimiento.  Se trata de una postura filosófica y epistemológica respecto de la ciencia y del conocimiento, que ha intentado abordar la materia empírica de la realidad, sobre la base de su comprensión interrelacional y causal, en tanto en cuanto “sistema complejo de fenómenos objetivos, empíricamente observables”.  De aquí resulta una especie de “circularidad del conocimiento” desde la óptica realista: no solamente el criterio central de la objetividad son los hechos mismos, sino que el conocimiento parte de la realidad tal cual es, se eleva a la teoría para comprenderla y vuelve finalmente a la realidad, para verificar la validez de la teoría.

La relación cognoscitiva (es decir, la que se establece entre el observador y los procesos políticos) según el punto de vista realista, no modifica a los entes, seres o procesos entre los cuales se establece, y por lo tanto, el hecho que los procesos políticos (en sus dimensiones material y simbólica) se aparezcan como en relación con el observador, no implica que su ser y su entidad se agote en dicha relación.

El realismo –como paradigma teórico- argumenta que la explicación de los hechos y los fenómenos, depende básicamente, de la identificación de los mecanismos objetivos y de los hechos reales tal como se manifiestan en la realidad empírica, la que proviene de la observación directa de los factores causales, de manera de poner en evidencia las leyes que explican y permiten interpretar las regularidades, alteraciones y cambios que se manifiestan en el flujo secuencial de hechos observables.  A su vez,  las regularidades empíricas han de ser explicadas mediante la demostración objetiva de que ellas son una manifestación observable de la vinculación entre ciertos mecanismos y estructuras sistémicas que se interpenetran.

Para el enfoque realista de la Ciencia Política, entonces, la objetividad de un juicio, una evaluación, apreciación o del conocimiento politológico consiste y depende de su más exacta correspondencia con la realidad de los procesos políticos.

De este modo, el espacio y el tiempo políticos se encuentran en una posición y en una trayectoria independiente, exterior, respecto de nuestra sensibilidad y de nuestras percepciones, lo que permite que el Cientista Político los aborde como realidades objetivas, es decir, como el modo de ser de los procesos políticos, en cuanto existen fuera e independientemente de la mente humana. 

De aquí se desprende que los hechos y los procesos políticos existen y suceden (o transcurren) como fenómenos sociales, como realidades empíricas que se manifiestan independientemente de nuestras opiniones, de nuestros deseos, de nuestras creencias y preferencias. (1)

Las principales premisas epistemológicas del realismo, son las siguientes:

primero, que los hechos, en su realidad fáctica, en su causalidad única e irrepetible, en su interpenetración espacio-temporal, constituyen el criterio fundamental del conocimiento de la realidad;

segundo, que en el proceso del conocimiento, la aprehensión de los hechos objetivos se confronta con las realidades intelectivas, con los procesos comunicacionales, con las dimensiones retóricas del quehacer humano, y en dicho proceso comparativo, son los hechos los que constituyen el criterio central de comprensión de dicha realidad;

tercero, que los hechos objetivos poseen la fuerza intelectiva de la evidencia, en tanto en cuanto permiten definir y precisar la realidad que constituyen, por encima de las percepciones subjetivas, de las intenciones y  los deseos que intentan explicarlos, aún entendiendo que los intereses (individuales, grupales y colectivos) constituyen el fundamento explicativo último de las acciones;

y cuarto, que la relación entre el objeto o realidad por conocer, el sujeto que conoce y la representación de dicha realidad, es una relación exterior, en el sentido de que se trata de tres entidades distintas y separadas, pero siempre entendiendo que, en el proceso de la construcción mental de la realidad, el criterio básico de la objetividad es la evidencia empírica  de los hechos.

El paradigma realista aplicado a las realidades sociales y políticas, considera básicamente a la Política y las Relaciones Internacionales como una realidad fáctica, objetiva, por lo que se basa en la premisa conceptual de que, en la conducta de los Estados y otros actores políticos que intervienen en la escena política e internacional, lo que prima, lo que interesa y lo que determina las evaluaciones, estimaciones, cálculos y apreciaciones, son los hechos políticos, diplomáticos y estratégicos.

De aquí se desprende que en Política y en la Política Internacional, lo esencial son los hechos, las conductas, las acciones, y no los discursos,  las declaraciones, o las intenciones anunciadas.

Tres son las dimensiones teórico-prácticas interrelacionadas, en las que el paradigma realista sintetiza su lectura de la Política y las Relaciones Internacionales: los intereses y el poder, el problema del conflicto, y la cuestión del equilibrio, cada una de las cuales se exponen a continuación, en la forma de enunciados generales.
Teoría del interés y del poder.
El interés, en general, y los intereses nacionales y el poder que los respalda, en particular, constituyen siempre el parámetro principal y más seguro, para entender la Política y las Relaciones Internacionales y para comprender el significado real las decisiones y conductas de los Estados, gobiernos y otros actores políticos.

El que tiene poder, lo usa.

El poder es una realidad jerarquizada y asimétrica, es decir,  desigualmente repartida.

El poder en la política y en la esfera internacional se encuentra repartido estructuralmente de un modo desigual, asimétrico, y por lo tanto, los Estados y los actores políticos se guían permanentemente por una voluntad y un propósito de conservar, preservar o aumentar su propia cuota de poder e influencia en la vida política y en la esfera internacional, en la que le corresponde actuar.

Los Estados y los gobiernos, en la promoción y defensa de sus intereses nacionales y de seguridad, tienden a aplicar una lógica pragmática de Razón de Estado, que les garantice su supervivencia y continuidad.

El Derecho Internacional y los acuerdos políticos y diplomáticos que se forman entre los actores políticos internacionales, solo tienen vigencia y permanencia efectiva en las relaciones internacionales, a condición que se encuentren debidamente respaldados, por una voluntad política explícita de los gobiernos y los Estados intervinientes, y por una adecuada estatura política, diplomática y estratégica que les asegure eficacia y durabilidad en el tiempo.

La Diplomacia y la Política Internacional entendidas como acciones sistemáticas de los Estados a través de los gobiernos, basan su eficacia última en la Estrategia y en el poder material que los sustenta.

El sistema y el orden internacional rehúyen permanentemente del vacío de poder, tanto en sus dimensiones políticas, como diplomáticas y territoriales.  Allí donde no hay un poder político y estratégico firme, estable y legítimo, otro poder buscará llenar el vacío.
Teoría del conflicto.
? El conflicto es una realidad dominante y omnipresente en la Política y en las Relaciones Internacionales.  Más que la paz y la estabilidad, que constituyen realidades transitorias, fluídas y hasta inestables, el conflicto presenta una mayor permanencia y persistencia, a la luz la trayectoria histórica y de la experiencia de las relaciones entre los actores políticos e internacionales.

? El conflicto es, básicamente, una confrontación de intereses divergentes, que será resuelta por la vía política, diplomática o estratégica, según los beneficios inmediatos y mediatos que cada actor político estimará obtener de dicha vía.

? En las relaciones entre los actores políticos y los Estados, el conflicto  es siempre una opción, un escenario posible, una hipótesis a considerar entre varias.  El conflicto así, es posible en proporción al estado de la coyuntura internacional y regional, del grado de conflictividad creado en torno a ciertos intereses cruciales, de la correlación y el balance de poder, de fuerzas y de vulnerabilidades relativas, de un cálculo político-estratégico y una evaluación objetiva y pragmática de los costos, beneficios y resultados a corto, mediano y largo plazo.

? La lógica de la disuasión preside la escena estratégica internacional y regional, en términos que dependen del equilibrio de fuerzas, de un balance de poder estable, y de la disposición visible de los actores para no intentar alterar estratégicamente el orden, la estabilidad y los equilibrios existentes.  Para que la lógica de la disuasión opere eficazmente, se supone la racionalidad de los actores implicados y de sus procesos de toma de decisión, y un conjunto de percepciones mutuas que conducen a la estabilidad.

? Las crisis deben ser consideradas como signos precursores del conflicto abierto, especialmente cuando ellas se repiten en torno a un mismo nudo problemático.

? Los diferendos considerados cruciales o vitales, por uno de los actores involucrados y no resueltos por la vía diplomática o de la negociación, siempre alimentan demandas, aspiraciones, tensiones y conflictos abiertos posteriores.

? El desbalance marcadamente pronunciado en la esfera estratégica internacional o regional, siempre tiende a generar tentativas de re-equilibrio, que suponen desestabilización del orden dominante.

? En términos polemológicos y de resultados políticos de la acción armada, la agresión y el abuso de la fuerza nunca resultan finalmente exitosos ni durablemente dominantes.
Teoría del equilibrio.
? La tendencia normal y espontánea en el comportamiento internacional de los Estados y Gobiernos en la época actual, y en el funcionamiento del sistema internacional y de los sub-sistemas regionales que lo componen, es la tendencia hacia la búsqueda y la preservación del equilibrio de poderes.

? El equilibrio de poder en la escena política e internacional es una situación históricamente transitoria, en la que cada uno de los actores acepta la correlación vigente de fuerzas y debilidades mutuas, a condición que no sea modificada sino mediante una decisión colectiva y consensual.

? El equilibrio de poder en las esferas internacional, regional y subregional, constituye uno de los fundamentos objetivos de la estabilidad y la paz.

? Las alianzas políticas, diplomáticas y estratégicas son básicamente coaliciones de intereses que convergen transitoriamente, en función de los beneficios mutuos y ventajas compartidas que reportan a sus integrantes, y que pueden reducirse o ampliarse según su eficacia.  Desde el punto de vista político, los acuerdos y tratados son convenciones más o menos estables, regidas por principios aceptados y reglas conocidas, cuya permanencia y vigencia depende de su adecuación con los intereses individuales de cada actor, y con los intereses comunes y compartidos que lo motivaron.

El conjunto de estos parámetros conceptuales, permitiría comprender la lógica realista en la esfera de la Política y en el ámbito estratégico de las Relaciones Internacional, como se examina a continuación.

¿De dónde proviene intelectualmente el realismo?

¿Cuáles son los orígenes y los fundamentos históricos de la escuela realista de pensamiento?

El realismo encuentra sus raíces intelectuales en numerosos pensadores que, desde la Antiguedad y a través de las distintas épocas históricas:  medieval y contemporánea o moderna, han ido estableciendo sucesivamente las principales herramientas conceptuales de ésta visión teórica.

Pertenece a la tradición realista subrayar la importancia crucial que tiene el estudio y observación de la Historia, como archivo acumulativo de la experiencia humana en el tiempo, como manifestación de la presencia y de la creación material y cultural de los seres humanos, instalados en distintos espacios geográficos. 

En la visión realista de la Política, la Historia sirve como herramienta de trabajo para comparar hechos, conductas, decisiones, errores y aciertos, sirve como pedagogía vivencial que permite deducir lecciones, aún dentro de las limitaciones que supone el carácter irrepetible de los hechos históricos.  Los hechos del pasado no vuelven a suceder, pero siempre es posible encontrar en ellos enseñanzas útiles.

Este ensayo se sustenta –entre otros conceptos- en la noción teórica de que a lo largo de la prolongada tradición intelectual de Occidente, se ha venido construyendo gradualmente una visión pragmática  realista de la Política y de las Relaciones Internacionales, y en cuyas premisas conceptuales, puede encontrarse una explicación objetiva de la evolución histórica  experimentada por dichas relaciones.

Si pudiera darse una definición del realismo político, podría afirmarse que se trata de una escuela de pensamiento que busca reflexionar en torno a la práctica política, a partir de los hechos objetivos que la constituyen, y en particular, del juego complejo y dinámico de fuerzas, intereses y  poderes.
 

politica y poder – la problemática de la modernidad

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el objeto de la ciencia política 

 

El objeto de la ciencia es la política -la politeia de los griegos, es decir, la comunidad politica- lo que significa que estudia las interacciones que se producen entre los individuos y otras unidades políticas en relación con el poder. A subrayar aquí el concepto de « producción de relaciones » en la medida en que los individuos, en cuanto sujetos a la vez individuales y sociales, producen constantemente sus relaciones políticas en el tiempo y en el espacio, y en un proceso a la vez material y simbólico.

El objeto « política » es entonces, una forma de relación social que se articula en relación y para el poder.

Ahora bien, la problemática política debemos estudiarla en cuanto se manifiesta en la realidad social e histórica mediante estructuras, sistemas, instituciones, normas, costumbres, creencias y valores que le son propios y característicos y cuya especificidad reside precisamente en que se producen en relación con el poder y las modalidades como éste se ejerce.

En realidad, la « política » es una construcción intelectual, es un constructo conceptual y teórico que, para ser conocido y re-conocido, necesita manifestarse, expresarse, cristalizar más o menos concretamente, en formas de relación social y política cuya materialidad nos permita identificarlos y someterlos a análisis y crítica.   Si no existieran las estructuras, normas e instituciones en las que se « realiza » la vida política de una sociedad determinada, no tendríamos forma de conocer de su existencia.

Ahora bien, desde sus orígenes la política ha surgido como un concepto y como un objeto de estudio caracterizado por su polisemia.  La idea de Política ha estado históricamente revestida de diversos significados. 

La noción de política se origina en las palabras griegas « polis », « politeia », « politike », « politica ».

La « polis » en su acepción original, nos remite a una realidad política específicamente griega: la « polis » era una ciudad-Estado, es decir, un cierto tipo de ordenamiento político circunscrito al territorio de la ciudad y sus alrededores inmediatos y dentro del cual se ejercía un conjunto de poderes independientes de las demás ciudades.  Pero además del « recinto urbano », la polis era la reunión de individuos que constituían la ciudad, es decir los ciudadanos.   La polis surgió y era una expresión de la multiplicidad de unidades políticas que caracterizaba a la Hélade en la antiguedad.

A su vez, « politeia », tiene signficados mucho más precisos y más ricos para los fines de la Ciencia Política.  Se refiere al Estado, a la constitución de un Estado, al régimen político que gobierna una sociedad, y estos son objetos privilegiados del estudio politológico, en la medida en que hace referencia a ciertos modos de organización del poder dentro de una sociedad y en algún momento de su devenir histórico.

La palabra « politica » o mas bien « ta politica » (castellanizando el griego), es el plural neutro de « politikos », y significa las cosas políticas, los asuntos cívicos, las cuestiones que se tratan en la esfera política de la sociedad.

Y por último « e politike », se refiere al arte de la política, al arte de gobernar, de dirigir la sociedad y el Estado, y desde este punto de vista, hace alusión a la « techné », es decir, a los medios y recursos técnicos de que nos valemos para buscar, adquirir y ejercer el poder.

No deja de ser interesante observar además, que en la Grecia antigua, existía ya una tendencia a comprender los procesos políticos desde un ángulo realista, ya que se hablaba de la « politika pragmateia » para referirse a la búsqueda del conocimiento acerca de la vida en común de los individuos en la estructura esencial de la vida social, es decir, en la constitución política de la sociedad.  La « politica pragmateia » era entonces un concepto propio de los griegos antiguos, para referirse a la realidad del orden político en cuanto objeto de estudio, observación y conocimiento.

En la Grecia clásica surgen así, los primeros rasgos de una interpretación realista de la Política y de la Ciencia Política.

Por otra parte, la historicidad de la política en cuanto objeto de estudio científico, reside en la naturaleza evolutiva e inscrita en el tiempo que adquieren los fenómenos políticos.  No hay fixidad en política, no hay fenómenos estáticos o inalterables, sino por el contrario, continuamente se manifiestan continuidades, saltos y rupturas, hay evoluciones e involuciones, hay avances y retrocesos, de manera tal que el analista y el investigador deben dar cuenta de la « elasticidad temporal » de los hechos políticos, ya que el « tempo político » no sucede al mismo ritmo que los demás sucesos sociales, y de la « plasticidad » de los procesos y coyunturas (dimensión que permite diferentes explicaciones y puntos de vista para analizar una misma realidad).

Otro aspecto de la historicidad de la política, reside en el uso intensivo que los politólogos debemos hacer de los datos históricos, como material empírico de segunda mano que  permite aprehender las causalidades, tendencias y trayectorias de los fenómenos pasados en su conexión con los procesos actuales o presentes. La Historia sirve a la Ciencia Política en cuanto ilustra al analista de hoy, respecto de aquellos procesos similares que han tenido lugar en el pasado, de manera que al comparar los sucesos (la confrontación del pasado con el presente) se tengan a la vista las similitudes y diferencias a que dan lugar los contextos, actores y escenarios de uno y otro.
ciencia política e interdisciplinariedad

El encuentro de la Ciencia Política con las demás disciplinas de las Ciencias Sociales, a lo largo de los dos recientes siglos, ha dado lugar a un diálogo enriquecedor y a una confrontación de conceptos y de metodologías, que debieran conducirnos a completar y a hacer más integral la visión de nuestra disciplina frente a los hechos y procesos políticos.

Debemos reconocer que tres han sido las ciencias desde las cuales han surgido los fundamentos originarios de la Ciencia Política: la Filosofía, la Historia y el Derecho.

Veamos en primer lugar el encuentro de la Ciencia Política con la Historia.

La Ciencia Política moderna reconoce en la Filosofía una de sus fuentes nutricias.

Estudiemos además, los puntos de encuentro de la Ciencia Política con el Derecho.

La Ciencia Política y la Psicología, han dado lugar a la llamada Psicología Política.

La Ciencia Política y las ciencias de la Administración tienen  también diversos puntos de encuentro.

Buscamos entonces la interdisciplinariedad, centrando en la Ciencia Política la estructura conceptual que permite avanzar en una comprensión más amplia y diversa de los fenómenos políticos, a la luz de su evolución contemporánea.
la construcción política de la realidad

 

La sociedad contemporánea actualmente vive un profundo proceso de cambios.  Se trata no solamente de una época de cambios, sino que más profundamente, estamos asistiendo a un cambio de época.

El cambio fundamental que caracteriza a la sociedad contemporánea es el de una profunda y prolongada transición desde una sociedad basada en el trabajo físico,  el consumo de la energía no-renovable y una cultura  tradicional, a una  sociedad basada en el conocimiento, la información y la cultura moderna y post-moderna.

Una de las dimensiones que más cambios está experimentando como efecto de esta transformación profunda de la sociedad, es la del campo de la Política y del poder.

Allí donde los individuos, los grupos, los movimientos, la sociedad civil, los partidos y las instituciones del Estado convergen, para resolver sus demandas, para concertar las normas que regirán el sistema de gobierno, allí los cambios que provienen de la esfera económica y cultural, están ocasionando disfunciones susceptibles de alterar todo el orden político.

En síntesis, existe un orden político inherente a toda sociedad humana históricamente determinada, y se forma en torno a él una dimensión cada vez más compleja de organizaciones e instituciones, de fuerzas y de procesos dinámicos, de interacciones y fuerzas.  Existe una construcción política de la realidad, así como existe una construcción social, cultural o económica de la vida humana.

¿Porqué se afirma que existe “la construcción política de la realidad”?

Porque  en la sociedad humana existe toda una amplia dimensión material y simbólica especialmente referida a lo político, en la que se resuelven las cuestiones relativas al gobierno de dicha sociedad.

Una de las hipótesis de base que sustentan a este ensayo, es la afirmación de que existe una manera política de ver la realidad, de comprenderla y de insertarse en ella, del mismo modo como la Política y quienes la realizan construyen realidades (materiales e inmateriales o simbólicas) que contribuyen a enriquecer el quehacer social y el desarrollo de la sociedad. 

Así como las personas aprehenden la vida social y cotidiana como una realidad ordenada, del mismo modo, el actor individual (persona, sujeto, ciudadano) percibe la realidad social como algo independiente de su propio conocimiento, de modo que cada individuo se forma una idea de la Política y lo político, como una realidad exterior a cada uno.

Lo político se nos presenta entonces, como facticidad objetiva y como significado subjetivo.

Esta dimensión política de la sociedad, sin embargo, está en crisis.  Como se examina a continuación, podemos hablar de una  crisis de la Ciencia Política tradicional como lectura de los fenómenos políticos, y además, una crisis de la actividad política misma.
la crisis de las lecturas tradicionales de la Ciencia Política
El  paradigma tradicional de la Política, y de la Ciencia que la estudia, está en crisis.

No basta con declarar la crisis de la Política, sino que es necesario reconocer que los modelos explicativos que la Politología se ha dado para encontrar y descifrar las causas de la crisis del fenómeno político en la sociedad moderna, sino que el propio esfuerzo de interpretación científica de dichos fenómenos de cambio, aparece hoy insuficiente frente a la emergencia de nuevos fenómenos.

Ya sea que se sitúe en la óptica estructuralista, de la dependencia, del cambio revolucionario o del desarrollismo, la Ciencia Política enfocaba hasta hoy la problemática social y política, a partir de una lectura fuertemente dual o polarizada de los sistemas de poder y dominación.

La Ciencia Política moderna ha oscilado sucesivamente, entre la escuela contextualista (que veía la política como subordinada a fuerzas exógenas), como el enfoque reduccionista (que veía la política y sus instituciones como determinando el quehacer individual), o la visión utilitaria (que reducía la política a una acción gobernada por decisiones calculadas), o el enfoque instrumental (que otorgaba prioridad a los resultados de la acción), o la escuela funcionalista  (que aseguraba la eficiencia de la historia).

En cualquiera de estos enfoques, la Ciencia Política moderna ha intentado entender el fenómeno político como una realidad totalizadora al interior de la sociedad y la cultura, desde la esfera de la teorización y de las elaboraciones ideológicas, hasta las dimensiones prácticas y operacionales del ejercicio del poder.  Hoy es necesario reconocer que uno de los impactos más profundos de la modernidad y de la postmodernidad sobre la Política y sobre los paradigmas que la explica, es la de una realidad fragmentada y desestructurada.

Así, la sociedad y los sistemas políticos en particular, han sido percibidos tradicionalmente por las Ciencias Sociales en general y la Ciencia Política en particular, como campos o arenas de confrontación entre clases, entre poderes dicotómicos y contrapuestos, como si ciertas leyes científicas determinaran ineluctablemente el choque y el conflicto.

En la lectura tradicional y totalizante anterior, la Ciencia Política además tendía a entender el cambio social y los procesos políticos de cambio, como coyunturas lineales, fluídas y de ruptura, cuyo contenido esencial era el paso irreversible y pre-concebido desde una formación social a otra.

Se trataba entonces, de una forma de determinismo empírico e histórico, según el cual o las leyes del mercado, o ciertas clases sociales serían portadores de una vocación y una voluntad de cambio, fuertemente condicionada por la trayectoria estructural y la tendencia profunda de los acontecimientos históricos.

Está además, el problema del discurso político, o sea de la retórica y el de su doble relación: con la Ciencia Política por un lado, y con la realidad por el otro, tema que se somete aquí a un análisis comunicacional también realista y crítico.
modernidad, política y realismo:
la política frente al paradigma de la modernidad

En una perspectiva macro-social, la problemática de la modernidad en tanto paradigma y en tanto modo de organización de la sociedad y la cultura, se encuentra en el centro del debate intelectual que hoy tiene lugar.  Mientras hay quienes hablan de una crisis de la Política moderna, otros enfatizan un  cuestionamiento al propio paradigma moderno de la Política, lo que no deja de traer consecuencias para la propia Ciencia Política.  Es a este último aspecto, al que se referirá este análisis.

Como se sabe, el paradigma de la modernidad (sea ésta ilustrada o  instrumental), contiene una visión de la Política entendida como una función reservada y especializada en manos de una elite profesional, y que propone la racionalidad burocrática y territorial para la organización del Estado, se sustenta en la soberanía de la nación y en la primacía de la Ley y el Derecho, y postula el desarrollo de la conciencia libre y activa de cada ciudadano, de manera de producir una condición ciudadana involucrada y comprometida con la vida política.

Con la modernidad, el Estado (en cualquiera de sus formas, modelos y regímenes) tiende gradualmente a sustituirse y a sustituir a la Nación, en nombre de la eficiencia burocrática y centralizada, y de un poder político piramidal que distribuye –o intenta distribuir- beneficios y sanciones.

Esta misma tendencia, conduce a hacer de la actividad política y partidaria un negocio cada vez más mediatizado, una arena institucionalizada de confrontaciones virtuales y de acuerdos reales, un juego comunicacional de imágenes superpuestas y de retóricas “light”, que se alejan de la vida real y de las preocupaciones cotidianas de los ciudadanos.

Bajo el paradigma de la modernidad, y dentro de la estructura socio-política de la Nación-Estado, que es uno de sus rasgos característicos, lo que sucede en realidad es que la lógica de la Nación (que es horizontal, participativa, abierta y dinámica) tiende a oponerse a la lógica del Estado (que es vertical, burocrático, poco permeable y lento).  Y las lógicas divergentes aquí, se acompañan a la configuración de intereses colectivos e individuales, que se contraponen en su búsqueda de la hegemonía.

La crítica realista al paradigma político de la modernidad, tiende a subrayar los aspectos paradójicos y contradictorios de una construcción política que termina por erigirse por encima de los sujetos a los que pretende representar.  El surgimiento y expansión contínua de un aparato estatal moderno y burocratizado, no es una constatación que pueden arrogarse los ideólogos conservadores o liberales, sino que es un fenómeno histórico objetivo, resultante precisamente de la propia formación del Estado-Nación, de la incorporación de criterios de eficiencia, racionalidad y rentabilidad en la gestión pública.

La racionalidad moderna en la Política, tiende a producir una separación, una alienación del ser humano-ciudadano respecto del poder y del Estado, en la medida en que éste se arroga la totalidad de la función política, y en la que ésta se profesionaliza en manos de una elite especializada y tecnocrática. 

El ciudadano común no solamente se desapega de la función pública, porque su opinión no informada importa sólo en cuanto “demandas y aspiraciones”, sino que es invitado cada cierto tiempo a dar su opinión política, dejando el resto del tiempo a la política y al poder político, en manos de los funcionarios, los gobernantes y los expertos.

Con la modernidad, la Política se desgaja en dos tiempos y en dos esferas: por un lado, el tiempo de “hacer política” en que los ciudadanos –sometidos al imperio de las comunicaciones y las estrategias políticas- eligen a sus representantes, para regresar después al “tiempo cotidiano” de sus actividades habituales; y por el otro, la esfera de la política como acción, se separa entre la “clase política” que –con sus propios lenguajes, códigos, retóricas y ceremoniales- gobierna desde el Estado, y la “sociedad civil” que –sumergida en el trabajo y la producción- parece permanecer fuera del Estado.

Desde el punto de vista de la credibilidad pública, es necesario reconocer que en la Política moderna, el ciudadano comienza creyendo y termina no creyendo.

De este modo, la crisis intelectual de la modernidad política se pone de manifiesto, cuando la apatía ciudadana se extiende en los sistemas políticos, cuando los ciudadanos se des-solidarizan de la cosa pública y de la organización social, cuando los lazos de cohesión comunitaria son reemplazados por la mercantilización clientelística de las relaciones políticas, cuando se abre la brecha social y cultural entre la ciudadanía atomizada y la clase política y gobernante, cuando el discurso político se separa de la realidad y deviene ininteligible para los ciudadanos: podría afirmarse que la modernidad aliena a la Política de los ciudadanos. (2)

La razón política moderna parece  enfrentarse así a su propio discurso, a su propia retórica: la participación colectiva que propugna, no puede llegar hasta sus últimas consecuencias institucionales; el individuo no puede realizarse ni como ciudadano solo, ni como uno más en la multitud; el poder político tiende siempre a absorver, a complejizarse y a dominar; el ciudadano –en primera y última instancia-  parece tener que enfrentarse solo ante el Estado y el poder, si no quiere ser anulado por las maquinarias políticas; el cambio termina siendo conservador y la conservación siempre desencadena los cambios; la racionalidad política se hunde ante el azar y las pasiones; en nombre de la diosa Libertad, del dios Estado, del dios partido o del dios Pueblo, se instalan las dictaduras más opresivas, se cometen las peores atrocidades y se perpetran los peores crímenes e impunidades.

De este modo, la crisis de los paradigmas de la Ciencia  Política, hace referencia, sin agotarse en ella, a la crisis misma de  la política.

Un aspecto relevante de la crisis en cuestión, es el debilitamiento del universo ideológico-linguístico de la política –en cuanto lectura de la realidad y práctica social- ahora invadido por los lenguajes y códigos de la Estrategia, de las ciencias de la Comunicación, de la Psicología, de la Administración, de la Cibernética…

A medida que asistimos a una hora en la que los “grandes relatos” parecen desacreditados, la forma epopéyica y épica de la política y de la Ciencia que la estudia, crea una barrera epistemológica casi insalvable para referirse a la contemporaneidad e incluso a la cotidianeidad.  Una contemporaneidad que, por lo demás, abjura de las tradiciones, que duda de sí misma, que se burla de la política y sus rituales ceremoniales, de sus valores y estructuras estereotipadas; y una cotidianeidad que se escapa entre los dedos de una Política referida y centrada en instituciones, normas, problemáticas complejas, juegos de poder e imágenes virtuales.

Así también, mientras el discurso político se semantiza, y se convierte en complejos dispositivos semiológicos cargados de ambiguedad y de significados equívocos, la Ciencia Política se enfrenta a la dificultad mayor de tener que operar con conceptos cargados de ideología.
la crisis moderna del fenómeno político
La Política, como práctica social y como universo simbólico, ha entrado en crisis, como una de las consecuencias de los múltiples impactos provenientes de la modernización.

La percepción ciudadana respecto de la Política está cada vez más degradada y deslegitimada, y este es un fenómeno que trasciende las fronteras nacionales para abarcar el conjunto de la sociedad y los sistemas políticos contemporáneos.  Por lo tanto, la afirmación de que la Política, los partidos y la clase política han entrado en una prolongada crisis de legitimidad y credibilidad en la sociedad actual, no es básicamente un “argumento ideológico sesgado” –aunque pueda serlo en boca de ciertos políticos detractores de sus demás adversarios- sino que es un tópico respaldado por un cúmulo creciente de indicadores, entre los cuales las encuestas de opinión pública no son más que un factor.

La política tradicional se ha hecho no creíble, ha perdido la centralidad de su atractivo anterior   La crisis de la Política es, a la vez, una crisis de la acción política, como una crisis de la percepción pública acerca de ella, es decir, de la cultura política.

El creciente predominio del discurso y las prácticas individualistas, y la búsqueda del éxito y la realización personal, y la notoria des-solidarización de los ciudadanos respecto de la sociedad en general y del sistema político en particular, son manifestaciones exteriores de una tendencia profunda que tiene lugar en la época contemporánea: la tendencia hacia la modernidad.

La modernidad –como tendencia estructural e ideológico-cultural dominante- se introduce en el sistema político, generando un efecto disolvente y desarticulador, de manera que las fuerzas, partidos y actores políticos tradicionales se ven enfrentados a la creciente tensión ocasionada por nuevos problemas y nuevas aspiraciones y demandas provenientes de una sociedad civil cada vez más culturalmente diversa y socialmente diversa.

Probablemente, uno de los rasgos más significativos que denotan la crisis de los paradigmas políticos, y la propia crisis de la Política (como práctica social), reside en la pérdida de su anterior  centralidad en los procesos sociales.

En efecto, la Política aún cuando continúa siendo uno de los procesos sociales y culturales relevantes que tienen lugar en una sociedad histórica.  Sin embargo, como efecto e impacto de la modernidad, ella ha perdido su centralidad siendo aparentemente sustituída por otros liderazgos, otros intereses ciudadanos, otras formas organizativas y comunicacionales, y se ha convertido gradualmente, en objeto de crecientes críticas  generando una percepción social negativa en torno suyo.

Probablemente lo más serio es que la Política, y por ende, la clase política, parecen  dejar de ser el mecanismo único, seguro y válido de resolución de los problemas y las demandas de la ciudadanía, siendo parcialmente reemplazada por la Economía y la Administración.

Esta transposición da como resultado que la Política pierde su atractivo mediático ante las multitudes, así como su capacidad de convocatoria social: los ídolos y líderes que atraen a los grandes colectivos modernos –cuando ellos existen realmente- ya no son los dirigentes políticos, y los símbolos políticos e ideológicos dejan de tener un poder de evocación y de representación simbólica significativa.

La Política –como forma de pensar la sociedad- parece desvanecerse en el universo mediático, sustituída o relativizada por otros universos simbólicos y valóricos.

Tampoco resultaría científico atribuir éste fenómeno a la exclusiva responsabilidad de “los políticos”, por más que sobre ellos cae una nebulosa de descrédito moral.

La crisis de la Política, es en realidad, la crisis de la política tradicional, y ella traduce en el plano de las instituciones y de los procesos políticos la crisis general que acompaña a la transición desde una sociedad anteriormente basada en valores y formas tradicionales de hacer política, hacia una sociedad en la que predominarían códigos, valores, modelos y formas organizativas modernas.
Aquel paradigma tradicional que hacía de la Política una actividad a la vez, elitista y masiva, basada en el contacto directo y paternalista entre el político y la ciudadanía, en grandes movilizaciones masivas evocadoras de la unidad de la nación, la clase o el partido, que generaba relaciones de dependencia y cooptación entre la clase política –otorgadora de bienes, servicios, favores y privilegios- y la ciudadanía –demandante y receptora de los beneficios que descendían desde las esferas políticas y del poder- en términos de clientelismo y caciquismo, ese paradigma está siendo gradualmente barrido o superado por una Política moderna o con rasgos modernos basada principalmente en los efectos mediáticos y de imagen, en la capacidad individual del político para alcanzar cobertura y presencia comunicacional, en la profesionalización de la actividad política y dirigente, en la ingeniería de escenarios políticos virtuales, potenciados por la aceleración del tiempo, por el manejo de la comunicación y sus contenidos, y por la circulación instantánea de la información, de manera que ésta última deviene el poder.

Lejos debe estar hoy el Cientista Político de anunciar el fin de la Política como arte y como ciencia.  La Política no desaparecerá porque forma parte de la realidad social.   Una de las hipótesis centrales en que se sustenta este estudio, afirma que existe una manera política de  ver y aprehender la realidad, y que dicha manera política se traduce en formas de pensar y de actuar, que constituyen la distinción o el rasgo característico del quehacer político en la sociedad moderna.
 

crisis de la modernidad y crisis de la política

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En una perspectiva macro-social, la problemática de la modernidad en tanto paradigma y en tanto modo de organización de la sociedad y la cultura, se encuentra en el centro del debate intelectual que hoy tiene lugar. Mientras hay quienes hablan de una crisis de la Política moderna, otros enfatizan un cuestionamiento al propio paradigma moderno de la Política, lo que no deja de traer consecuencias para la propia Ciencia Política. Es a este último aspecto, al que se referirá este análisis.

Como se sabe, el paradigma de la modernidad (sea ésta ilustrada o instrumental), contiene una visión de la Política entendida como una función reservada y especializada en manos de una elite profesional, y que propone la racionalidad burocrática y territorial para la organización del Estado, se sustenta en la soberanía de la nación y en la primacía de la Ley y el Derecho, y postula el desarrollo de la conciencia libre y activa de cada ciudadano, de manera de producir una condición ciudadana involucrada y comprometida con la vida política.

Con la modernidad, el Estado (en cualquiera de sus formas, modelos y regímenes) tiende gradualmente a sustituirse y a sustituir a la Nación, en nombre de la eficiencia burocrática y centralizada, y de un poder político piramidal que distribuye –o intenta distribuir- beneficios y sanciones.

Esta misma tendencia, conduce a hacer de la actividad política y partidaria un negocio cada vez más mediatizado, una arena institucionalizada de confrontaciones virtuales y de acuerdos reales, un juego comunicacional de imágenes superpuestas y de retóricas « light », que se alejan de la vida real y de las preocupaciones cotidianas de los ciudadanos.

Bajo el paradigma de la modernidad, y dentro de la estructura socio-política de la Nación-Estado, que es uno de sus rasgos característicos, lo que sucede en realidad es que la lógica de la Nación (que es horizontal, participativa, abierta y dinámica) tiende a oponerse a la lógica del Estado (que es vertical, burocrático, poco permeable y lento). Y las lógicas divergentes aquí, se acompañan a la configuración de intereses colectivos e individuales, que se contraponen en su búsqueda de la hegemonía.

La crítica realista al paradigma político de la modernidad, tiende a subrayar los aspectos paradójicos y contradictorios de una construcción política que termina por erigirse por encima de los sujetos a los que pretende representar. El surgimiento y expansión contínua de un aparato estatal moderno y burocratizado, no es una constatación que pueden arrogarse los ideólogos conservadores o liberales, sino que es un fenómeno histórico objetivo, resultante precisamente de la propia formación del Estado-Nación, de la incorporación de criterios de eficiencia, racionalidad y rentabilidad en la gestión pública.

La racionalidad moderna en la Política, tiende a producir una separación, una alienación del ser humano-ciudadano respecto del poder y del Estado, en la medida en que éste se arroga la totalidad de la función política, y en la que ésta se profesionaliza en manos de una elite especializada y tecnocrática.

El ciudadano común no solamente se desapega de la función pública, porque su opinión no informada importa sólo en cuanto « demandas y aspiraciones », sino que es invitado cada cierto tiempo a dar su opinión política, dejando el resto del tiempo a la política y al poder político, en manos de los funcionarios, los gobernantes y los expertos.

Con la modernidad, la Política se desgaja en dos tiempos y en dos esferas: por un lado, el tiempo de « hacer política » en que los ciudadanos –sometidos al imperio de las comunicaciones y las estrategias políticas- eligen a sus representantes, para regresar después al « tiempo cotidiano » de sus actividades habituales; y por el otro, la esfera de la política como acción, se separa entre la « clase política » que –con sus propios lenguajes, códigos, retóricas y ceremoniales- gobierna desde el Estado, y la « sociedad civil » que –sumergida en el trabajo y la producción- parece permanecer fuera del Estado.

Desde el punto de vista de la credibilidad pública, es necesario reconocer que en la Política moderna, el ciudadano comienza creyendo y termina no creyendo.

De este modo, la crisis intelectual de la modernidad política se pone de manifiesto, cuando la apatía ciudadana se extiende en los sistemas políticos, cuando los ciudadanos se des-solidarizan de la cosa pública y de la organización social, cuando los lazos de cohesión comunitaria son reemplazados por la mercantilización clientelística de las relaciones políticas, cuando se abre la brecha social y cultural entre la ciudadanía atomizada y la clase política y gobernante, cuando el discurso político se separa de la realidad y deviene ininteligible para los ciudadanos: podría afirmarse que la modernidad aliena a la Política de los ciudadanos. (2)

La razón política moderna parece enfrentarse así a su propio discurso, a su propia retórica: la participación colectiva que propugna, no puede llegar hasta sus últimas consecuencias institucionales; el individuo no puede realizarse ni como ciudadano solo, ni como uno más en la multitud; el poder político tiende siempre a absorver, a complejizarse y a dominar; el ciudadano –en primera y última instancia- parece tener que enfrentarse solo ante el Estado y el poder, si no quiere ser anulado por las maquinarias políticas; el cambio termina siendo conservador y la conservación siempre desencadena los cambios; la racionalidad política se hunde ante el azar y las pasiones; en nombre de la diosa Libertad, del dios Estado, del dios partido o del dios Pueblo, se instalan las dictaduras más opresivas, se cometen las peores atrocidades y se perpetran los peores crímenes e impunidades.

De este modo, la crisis de los paradigmas de la Ciencia Política, hace referencia, sin agotarse en ella, a la crisis misma de la política.

Un aspecto relevante de la crisis en cuestión, es el debilitamiento del universo ideológico-linguístico de la política –en cuanto lectura de la realidad y práctica social- ahora invadido por los lenguajes y códigos de la Estrategia, de las ciencias de la Comunicación, de la Psicología, de la Administración, de la Cibernética…

A medida que asistimos a una hora en la que los « grandes relatos » parecen desacreditados, la forma epopéyica y épica de la política y de la Ciencia que la estudia, crea una barrera epistemológica casi insalvable para referirse a la contemporaneidad e incluso a la cotidianeidad. Una contemporaneidad que, por lo demás, abjura de las tradiciones, que duda de sí misma, que se burla de la política y sus rituales ceremoniales, de sus valores y estructuras estereotipadas; y una cotidianeidad que se escapa entre los dedos de una Política referida y centrada en instituciones, normas, problemáticas complejas, juegos de poder e imágenes virtuales.

Así también, mientras el discurso político se semantiza, y se convierte en complejos dispositivos semiológicos cargados de ambiguedad y de significados equívocos, la Ciencia Política se enfrenta a la dificultad mayor de tener que operar con conceptos cargados de ideología.

La Política, como práctica social y como universo simbólico, ha entrado en crisis, como una de las consecuencias de los múltiples impactos provenientes de la modernización.

La percepción ciudadana respecto de la Política está cada vez más degradada y deslegitimada, y este es un fenómeno que trasciende las fronteras nacionales para abarcar el conjunto de la sociedad y los sistemas políticos contemporáneos.

Por lo tanto, la afirmación de que la Política, los partidos y la clase política han entrado en una prolongada crisis de legitimidad y credibilidad en la sociedad actual, no es básicamente un « argumento ideológico sesgado » –aunque pueda serlo en boca de ciertos políticos detractores de sus demás adversarios- sino que es un tópico respaldado por un cúmulo creciente de indicadores, entre los cuales las encuestas de opinión pública no son más que un factor.

La política tradicional se ha hecho no creíble, ha perdido la centralidad de su atractivo anterior.

La crisis de la Política es, a la vez, una crisis de la acción política, como una crisis de la percepción pública acerca de ella, es decir, de la cultura política.

El creciente predominio del discurso y las prácticas individualistas, y la búsqueda del éxito y la realización personal, y la notoria des-solidarización de los ciudadanos respecto de la sociedad en general y del sistema político en particular, son manifestaciones exteriores de una tendencia profunda que tiene lugar en la época contemporánea: la tendencia hacia la modernidad.

La modernidad –como tendencia estructural e ideológico-cultural dominante- se introduce en el sistema político, generando un efecto disolvente y desarticulador, de manera que las fuerzas, partidos y actores políticos tradicionales se ven enfrentados a la creciente tensión ocasionada por nuevos problemas y nuevas aspiraciones y demandas provenientes de una sociedad civil cada vez más culturalmente diversa y socialmente diversa.

Probablemente, uno de los rasgos más significativos que denotan la crisis de los paradigmas políticos, y la propia crisis de la Política (como práctica social), reside en la pérdida de su anterior centralidad en los procesos sociales.

En efecto, la Política aún cuando continúa siendo uno de los procesos sociales y culturales relevantes que tienen lugar en una sociedad histórica.

Sin embargo, como efecto e impacto de la modernidad, ella ha perdido su centralidad siendo aparentemente sustituida por otros liderazgos, otros intereses ciudadanos, otras formas organizativas y comunicacionales, y se ha convertido gradualmente, en objeto de crecientes críticas generando una percepción social negativa en torno suyo.

Probablemente lo más serio es que la Política, y por ende, la clase política, parecen dejar de ser el mecanismo único, seguro y válido de resolución de los problemas y las demandas de la ciudadanía, siendo parcialmente reemplazada por la Economía y la Administración.

Esta transposición da como resultado que la Política pierde su atractivo mediático ante las multitudes, así como su capacidad de convocatoria social: los ídolos y líderes que atraen a los grandes colectivos modernos –cuando ellos existen realmente- ya no son los dirigentes políticos, y los símbolos políticos e ideológicos dejan de tener un poder de evocación y de representación simbólica significativa.

La Política –como forma de pensar la sociedad- parece desvanecerse en el universo mediático, sustituída o relativizada por otros universos simbólicos y valóricos.

Tampoco resultaría científico atribuir éste fenómeno a la exclusiva responsabilidad de « los políticos », por más que sobre ellos cae una nebulosa de descrédito moral.

La crisis de la Política, es en realidad, la crisis de la política tradicional, y ella traduce en el plano de las instituciones y de los procesos políticos la crisis general que acompaña a la transición desde una sociedad anteriormente basada en valores y formas tradicionales de hacer política, hacia una sociedad en la que predominarían códigos, valores, modelos y formas organizativas modernas.

Aquel paradigma tradicional que hacía de la Política una actividad a la vez, elitista y masiva, basada en el contacto directo y paternalista entre el político y la ciudadanía, en grandes movilizaciones masivas evocadoras de la unidad de la Nación, la clase o el partido, que generaba relaciones de dependencia y cooptación entre la clase política –otorgadora de bienes, servicios, favores y privilegios- y la ciudadanía –demandante y receptora de los beneficios que descendían desde las esferas políticas y del poder- en términos de clientelismo y caciquismo, ese paradigma está siendo gradualmente barrido o superado por una Política moderna o con rasgos modernos basada principalmente en los efectos mediáticos y de imagen, en la capacidad individual del político para alcanzar cobertura y presencia comunicacional, en la profesionalización de la actividad política y dirigente, en la ingeniería de escenarios políticos virtuales, potenciados por la aceleración del tiempo, por el manejo de la comunicación y sus contenidos, y por la circulación instantánea de la información, de manera que ésta última deviene el poder.

Lejos debe estar hoy el Cientista Político de anunciar el fin de la Política como arte y como ciencia. La Política no desaparecerá porque forma parte indisoluble de la realidad social. Una de las hipótesis centrales en que se sustenta esta reflexión, afirma que existe una manera política de ver y aprehender la realidad, y que dicha manera política se traduce en formas de pensar y de actuar, que constituyen la distinción o el rasgo característico del quehacer político en la sociedad y la tarea esencial de búsqueda e interrogación del Cientista Político.