paradigmas

28 août, 2006

la impaciencia de los insatisfechos

Classé sous análisis de coyuntura,encrucijadas — paradygmes @ 7:10

1.  Tomar las recientes declaraciones del Presidente del Partido Socialista como un exabrupto linguístico, sería ver las cosas con ojos interesados.  Sus fuertes declaraciones contra aquel sector de empresarios que en Chile se aprovechan de la desigualdad de medios de las relaciones laborales, para explotar y esquilmar el trabajo asalariado, generando un vacío previsional altamente dañino para los trabajadores, no puede ocultarnos que el fenómeno de los abusos y transgresiones a las normas laborales son un fenómeno mucho más extendido que lo que los propios analistas están dispuestos a aceptar.

¿Alguien ha puesto la mirada en que las palabras de Escalona hacen referencia a una historia de abusos y atropellos a las normas laborales por parte de empresarios inescrupulosos, que ha sido denunciada en el Congreso Nacional, en los tribunales y en la prensa desde hace muchos pero muchos años?  ¿Qué son mas importantes: las palabras de Escalona o los hechos a los que se refieren las palabras de Escalona?

2.  Pero estas expresiones, probablemente tocan sensiblemente en una dimensión del momento político y social actual que pudiera ser extremadamente significativo: la sensación de inquietud social que parece apuntar en muchos sectores de la ciudadanía.   Las demandas y masivas manifestaciones de los estudiantes secundarios del mes de mayo recién pasado, y que ahora parecen despuntar nuevamente en su versión II, pueden ser leídas ahora a la luz de esta nueva clave de interpretación.

3.  Los profesores, los trabajadores de la Salud, los empleados fiscales, los deudores habitacionales, los funcionarios a honorarios en la Administración Pública, los mineros de la industria cuprífera, los estudiantes secundarios, están expresando de diversas formas y con distintas intensidades,  un malestar social que surge cada vez más masivo, aunque tenga todavía dimensiones corporativas y sectoriales, pero que traducen un clima de hastío frente a los resultados del « modelo » económico imperante.  Desde esta perspectiva, lo que estamos viendo y lo que muy probablemente veremos en los próximos meses y en el 2007, es la sensación cada vez más amplia de los ciudadanos, sobre todo  de los ciudadanos organizados, que los beneficios del crecimiento se han distribuído desigualmente, tan desigualmente que comienza a emerger la impaciencia de los insatisfechos.

23 août, 2006

el estatuto epistemológico de la ciencia política – notas para una reflexión crítica

Classé sous ciencia política,interrogaciones,reflexiones,relecturas — paradygmes @ 2:22

PROLOGO

 

 

Preguntarse que es la Politica es tan complejo de responder como preguntarse que es la Ciencia Politica.
 

¿Es la Ciencia Politica una ciencia y porqué?   Analicemos en primer lugar el estatuto científico y epistemológico de esta disciplina y a continuación los campos o ámbitos del conocimiento que abarca su estudio.
 

Este esquema de clases tiene por objeto sintetizar -con fines pedagógicos- los conceptos básicos de los contenidos que se imparten en el aula en el marco de la carrera de Ciencias Políticas y que no los sustituyen.
 

Punta Arenas – Magallanes, diciembre de 2005.
 

 

LA PREHISTORIA DE LA CIENCIA POLITICA:

FILOSOFOS, HISTORIADORES Y JURISTAS EN LA ANTIGUEDAD

 

 

Aun cuando los inicios históricos de la Ciencia Politica han sido situados en las obras de Platon y Aristoteles en la Grecia antigua, en realidad, los fundamentos epistemologicos y conceptuales de la Ciencia Politica fueron puestos a partir de Maquiavelo y otros pensadores europeos en el siglo XV y XVI y a lo largo de tres siglos, hasta llegar al siglo XX en el que esta disciplina se independiza de la Filosofia, de la Historia, del Derecho y de la Administración, para devenir una ciencia social autonoma.
 

La reflexión sobre la política se inicia entonces en la Grecia Antigua y en Roma, a partir de dos fuentes distintas pero interconectadas: la Filosofía, la Historia y el Derecho.   Fueron los pensadores griegos los primeros que – a partir de la experiencia de la polis y de las confederaciones de ciudades griegas frente al peligro asiático y persa- que configuraron los primeros conceptos teóricos acerca de la Política: las nociones de democracia, de libertad, de justicia, de igualdad, de política, de Estado, surgen en esta primera etapa. 
 

Platón y Aristóteles son aquí los fundadores de grandes corrientes de pensamiento politológico, donde encontraremos una tendencia hacia el idealismo a partir de Platón, y una tendencia hacia al realismo en Aristóteles.
 

La Filosofía piensa la política, reflexiona sobre sus fundamentos conceptuales y éticos, mientras que la Historia describe y ordena los hechos del pasado y busca comprender su sentido, finalidad y trayectoria.  Por lo tanto, podemos afirmar que la primera forma de reflexión política en la historia de Occidente fue la reflexión filosófica y el conocimiento histórico.
 

En este período –estamos en la Antigüedad- la reflexión política aparece mezclada con la comprensión de la Historia y adquiere un carácter de pensamiento filosófico.   Historia y Filosofía son entonces las disciplinas a partir de las cuales va a surgir y se desarrollará la Ciencia Política.  Es una etapa, además, en la que hay reflexión política, es decir, hay un esfuerzo racional por “pensar la política” a partir de las realidades políticas presentes y pasadas, pero no existe todavía un esfuerzo de sistematización científica de las ideas y experiencias.
 

Los romanos aportaron una tercera forma de pensar la Política: el Derecho.   La enorme construcción jurídica realizada por Roma, desde los tiempos de la República y a través del Imperio, fue la forma cómo fue pensada y realizada la vida política en aquella época.   Marco Tulio Cicerón es aquí la figura principal.
 

En esta primera fase histórica entonces, la Política aparece sumergida al interior de la Filosofía, la Historia y el Derecho.
 

 

EL MOMENTO INICIAL DE LA POLÍTICA COMO CIENCIA:
EL RENACIMIENTO Y EL HUMANISMO
 

 

Hasta aquí, pasado el Imperio Romano y desarrolladas las experiencias de los Estados feudales, todavía no podemos hablar de una Ciencia de la Política, sólo de formas de pensamiento político no sistematizadas.
 

Sin embargo, el esfuerzo de Nicolás Maquiavelo y otros pensadores del Renacimiento europeo, constituye el momento de formación de la Política como ciencia.  Es importante subrayar que la obra de Maquiavelo, siendo el resultado de su propia elaboración y reflexión, refleja también poderosas influencias humanistas que constituían el ambiente intelectual de la Italia del siglo XV.  Autores como Lorenzo Valla, Giovanni Pico della Mirandola, Leonardo Bruni, Marsilio Ficino, Francesco Guichiardini y otros, pertenencientes a la tradición de humanistas, hicieron posible que Nicolás Maquiavelo construya su propia visión de la vida política.
 

Lo que realiza Maquiavelo intelectualmente es ordenar los datos históricos que tenía a su disposición, conforme a una hipótesis que tenía in-mente, conforme a una idea filosófica propia y preconcebida, una visión del hombre y de la política que tenía elaborada previamente, y aplicarlos a su realidad política e histórica: la de Florencia e Italia a fines del siglo XV y principios del XVI.
 

Por lo tanto, se puede afirmar con propiedad que Nicolás Maquiavelo es el fundador de la Ciencia Política moderna, por su tentativa de ordenamiento y sistematización de los datos políticos e históricos existentes, por su audacia intelectual de salir de los esquemas tradicionales de la Historia, la Filosofía y el Derecho y de otorgarle a la Política el carácter de una dimensión distinta y específica del conocimiento y de la realidad existente.  Maquiavelo separa a la Política de la religión, de la Teología, de la Filosofía antigua y medieval, de la Historia secular y religiosa, del Derecho y establece que la Política como campo de conocimientos específicos, se constituye en una disciplina diferente.
 

Otros autores como a lo largo de los siglos XVI y XVII, como Jean Bodin, Erasmo de Rotterdam, Tomás Luis de Vitoria, Martin Lutero, Johannes Althusius, Francisco Suarez, continuaron abordando la cuestión política desde la perspectiva filosófica, teológica e incluso jurídica, pero Maquiavelo ya había abierto la vía para constituir a la Política en una disciplina aparte. 
 

 

LAS GRANDES CONSTRUCCIONES INTELECTUALES DE LA POLITICA:

EL SIGLO XVII Y EL ABSOLUTISMO
 

 

El gran hecho político del siglo XVII es la implantación del absolutismo como forma de gobierno monárquico en toda Europa.  Y este absolutismo encontró a teóricos que desde el pensamiento político, argumentaron a favor o en contra de él. Epoca turbulenta de crisis políticas, de guerras, de depresiones económicas, de desórdenes religiosos, el siglo XVII ve aparecer el abolutismo en política y las elaboraciones políticas y teóricas de Grottius, de Thomas Hobbes, de Baruch Spinoza, de John Locke, del cardenal de  Richelieu, de Bossuet.
 

En este período se desarrolla una corriente de pensamiento asociada al derecho natural, en la que destacan Grotius y Samuel Pufendorf, y una tendencia realista en la que se destaca Thomas Hobbes, pero también Cardin Le Bret, Philippe de Bethune, Claude Joly, Bossuet y sobre todo el Cardenal de Richelieu.
 

Pero también otros autores desarrollarán una crítica política contra el absolutismo como Pascal, La Bruyere, Fenelón, Baruch Spinoza y el filósofo alemán Leibnitz, mientras en Inglaterra surgieron pensadores utopistas renovadores como Gerrard Winstanley, Harrington, John Milton y Algernon Sidney.  Pero el principal pensador inglés de este período es John Locke, que se orienta dentro del individualismo y el liberalismo, expresando los ideales políticos de la burguesía inglesa.
 

 

EL ILUMINISMO Y SUS ELABORACIONES POLITICAS:

EL SIGLO XVIII Y LA DECLINACION DEL ABSOLUTISMO
 

 

El siglo del iluminismo en la ciencia, en las artes, en la filosofía, se inicia en el plano del pensamiento político a través de Montesqiueu, quién busca a través de las leyes de cada país un orden inteligible e intenta fijar un modelo de gobierno moderado y de equilibrio de poderes.   Le seguirán otros pensadores como Gianbattista Vicco y Voltaire.   A su vez, Diderot y el formidable esfuerzo intelectual de la Enciclopedia, con Helvetius y d’Holbach, fijaron las bases del utilitarismo francés.
 

El liberalismo de John Locke, va a ser seguido por Jeremy Bentham, Adam Smith y David Hume.
 

El otro gran pensador del siglo XVIII es Jean Jacques Rousseau, cuyo Contrato Social abre la vía para reflexionar el Derecho desde la Política, fija el concepto de soberanía, propone la idea de un contrato social primigenio que da origen al Estado y propone los rasgos básicos del buen gobierno.
 

Emmanuel Kant y Condorcet ponen término al iluminismo del siglo XVIII y dejan sentadas las bases de los conceptos que darán sustento teórico a la Independencia de Estados Unidos y a la Revolución Francesa.   A lo largo de este período, la ciencia política ha avanzado en dos sentidos: ha producido ya construcciones intelectuales jurídicas, históricas, filosóficas y políticas que tienden a analizar y comprender el acceso histórico de la burguesía al poder, pero al mismo tiempo, todavía no ha logrado separar a la Política del Derecho y de la Filosofía, el sueño y la propuesta moderna de Maquiavelo dos siglos antes.
 

 

LOS PENSADORES DE LA REVOLUCION:
EL SIGLO XVIII
 

 

Los pensadores de la Independencia Americana y de la Revolución Francesa, no pensaban todavía en términos de ciencia política sino en conceptos políticos para racionalizar los cambios que estaban produciendo.  De los Padres Fundadores de Estados Unidos, Hamilton, Jefferson o el propio Georges Washington, o de los jacobinos y girondinos de la Francia revolucionaria de 1789  y 1791, solo obtendremos ideas asociadas a sus propias experiencias de cambio social y político.
 

Pero en ambas revoluciones vemos configurarse las nociones modernas de república, de representación, de ciudadanía, de Estado de Derecho, de parlamento, de nación, de democracia representativa, que van a hacer historia en los dos siglos siguientes.
 

Dos pensadores filósofos se dedicarán a reflexionar la revolución: Emmanuel Kant y Hegel.  Ambos construyen verdaderas teorías del Estado y de la nación, que alimentaron las corrientes políticas que surgirán en el siglo siguiente.
 

 

EL SIGLO XIX:
LIBERALISMOS, NACIONALISMOS, SOCIALISMOS
 

 

El siglo XIX ve constituirse las tres corrientes de pensamiento político que van a dominar el propio siglo XIX y hasta el siglo XX.  El liberalismo se alimentó con las reflexiones de Benjamin Constant, Stuart Mills, Mireaux, y sobre todo Alexis de Tocqueville y Jules Michelet; y a fines de siglo tendrá a Herbert Spencer.
 

Los nacionalismos reflexionaron la nación desde el tradicionalismo y la búsqueda de la preeminencia de la nación propia sobre las demás naciones.
 

 

Los socialismos
 

 

Por su parte los socialismos comenzaron con Proudhon, Henri de Saint Simon y los utopistas ingleses con Robert Owen y franceses con Charles Fourier, Luis Augusto Blanqui y Louis Blanc, pasaron por los socialistas científicos Karl Marx y Federico Engels, fundadores del maxismo clásico, y llegaron hasta  los modernos socialismos europeos, alemanes, franceses, italianos, ingleses, chinos y latinoamericanos, orientados hacia teorías e hipótesis más estrechamente relacionadas con la propia evolución nacional de las luchas de liberación nacional y tentativas  de construcción del socialismo
 

El socialismo es al mismo tiempo, una teoría y una ideología política basada en el principio de que una sociedad debe existir de tal manera que el colectivo popular tenga el control del poder político, y por lo tanto, de los medios de producción. Sin embargo, en la práctica el significado de facto del socialismo ha ido cambiando con el transcurso del tiempo. Aunque es un término político bastante cargado, permanece fuertemente vinculado con el establecimiento de una clase trabajadora organizada, creada ya sea mediante revolución o evolución social, con el propósito de construir una sociedad sin clases. También se ha enfocado últimamente a las reformas sociales de las democracias modernas. El concepto y término socialista se refieren a un grupo de ideologías, un sistema económico o un estado que existe o existió.
 

El estudio del socialismo propiamente dicho suele iniciarse a partir de de la Revolución Francesa en 1789, que supuso el derrocamiento de la clase feudal francesa y la ascensión al poder de la burguesía, y el período premarxista en la historia del socialismo, corresponde a los cien años aproximadamente (de mediados del siglo XVIII a mediados del siglo XIX en los que los principale países de Europa desarrollan el proceso de sustitución del feudalismo por el capitalismo como sistema económico, y en el que los estados feudales se unen para formar las modernas Naciones-Estado.
 

A raíz de la Revolución Francesa, aparece Gracchus Babeuf, el primer pensador socialista (aunque en su época esta palabra no se utilizaba todavía) que se pone a la cabeza de un movimiento llamado la Conspiración de los Iguales.
 

Inglaterra fue la cuna del socialismo utópico y reformador en la primera mitad del siglo XIX. Existen dos causas importantes que dan al socialismo utópico inglés su carácter peculiar: la revolución industrial con su cortejo de miserias para la naciente clase proletaria y el desarrollo de una nueva rama de la ciencia : la economía política. Recordemos entre los socialistas utópicos a Spencer (1730-1814), fundador del socialismo agrario, y a William Thompson, que consideró al trabajo fuente única de valor y por tanto, si el obrero crea el valor con su propio trabajo, a él debe corresponderle el producto íntegro de éste.   De mayor relieve es la figura de Robert Owen (1771-1858), que fue el primero en considerar al proletariado como clase independiente con intereses comunes.
 

En Francia en cambio, el utopismo tuvo un carácter más filosófico que en Inglaterra. Su primer representante fue el conde Saint Simón (1760-1825). Propuso la Federación de Estados Europeos, como instrumento político para evitar las guerras y asegurar la paz mundial.   Carlos Fourier, (1772-1837), concibió los falansterios-comunidades humanas regidas por normas colectivistas.   Inspirandose en los principios fourieristas, se constituyeron falansterios, siendo el más importante el fundado en Massachussetts U.S.A., en 1841.   Otro utopista francés fue Etienne Cabet (1778-1856), que durante su destierro en Inglaterra, en el año 1842, escribió Viaje a Icaria.
 

La teoría marxista se refiere a la sociedad que debe sustituir al capitalismo, y en algunos casos desarrollarse en comunismo. El Marxismo y comunismo son dos ramas muy específicas de socialismo. Las dos no representan al socialismo como un todo.
 

El socialismo libertario es una corriente del socialismo que busca que las personas decidan sobre sus vidas directamente, y en el caso del anarquismo propugna la abolición del Estado. Es la corriente con un trasfondo más individualista, de respeto y valoración al sujeto o individuo, y que considera a la libertad como el camino y el objetivo del socialismo.
 

En la teoría moderna del socialismo democrático, se aspira a llegar a una sociedad democrática que sea la columna vertebral de un estado de bienestar. La meta del socialismo libertario es construir una sociedad sin clases sociales, autogestionaria y descentralizada.
 

La palabra tiene sus orígenes en el XIX. Fue usado por primera vez , autoreferenciado, en el lenguaje inglés en 1827 para describir a los seguidores de Robert Owen. En Francia, fue nuevamente referenciado y utilizado en 1832 para referirse a los seguidores de las doctrinas de Claude Henri de Rouvroy, Comte de Saint-Simon y más tarde por Pierre Leroux y J. Regnaud en L’Encyclopédie nouvelle.
 

La palabra ha sido ampliamente usada, en distintos momentos y lugares, por diversos grupos en ocasiones enfrentados entre sí. Existen algunas grandes diferencias entre los grupos socialistas, aunque casi todos están de acuerdo de que están unidos por una historia en común que tiene sus raíces en el siglo XIX y el siglo XX, entre las luchas de los trabajadores industriales y agricultores, operando de acuerdo a los principios de solidaridad y vocación a una sociedad igualitaria, con una economía que pueda, desde sus puntos de vista, servir a la amplia población en vez de a unos cuantos.
 

De acuerdo con los autores marxistas (más notablemente Friedrich Engels), los modelos y las ideas socialistas serían rastreables los principios de la historia social humana, siendo una característica de la naturaleza humana y los modelos sociales humanos.   En la versión del marxismo-leninismo el socialismo es considerado como la fase previa al comunismo, por ello los procesos revolucionarios vividos por la URSS, Cuba y China se relacionan con esta doctrina, ya que, en el caso de la URSS nunca se logró alcanzar el comunismo, y en el caso de Cuba todavía se lucha para alcanzar ese objetivo.
 

 

Los nacionalismos
 

 

El nacionalismo es una doctrina o filosofía política que propugna como valores fundamentales el bienestar, la preservación de los rasgos identitarios, la independencia en todos los órdenes, y la gloria, de la nación propia.
 

El nacionalismo es un concepto de identidad experimentado colectivamente por miembros de un gobierno, nación, sociedad o territorio particular. Los nacionalistas se esfuerzan en crear o sustentar una nación basados en varias nociones de legitimación política. Muchas ideologías nacionalistas derivan su desarrollo de la teoría romántica de la « identidad cultural« , mientras que otros se basan en el argumento liberal de que la legitimidad política deriva del consenso de la población de una región.
 

El nacionalismo es un término frecuentemente malinterpretado, ya que su definición más general es vasta y ha sido polémica históricamente. A menudo, sus consecuencias más negativas (tensión étnica, guerra o conflictos políticos entre estados) son vistas como nacionalismo en sí mismas. Según varias definiciones, el nacionalismo no implica que una nación sea necesariamente superior a otra, sino que sostiene que ciertas naciones podrían encontrarse en mejor situación si se les permitiera gobernarse a sí mismas, alcanzando así su independencia política, económica y cultural.
 

Ciertos teóricos, como Benedict Anderson, han afirmado que las condiciones necesarias para el nacionalismo incluyen el desarrollo de la prensa y el capitalismo. Anderson también afirma que los conceptos de nación y nacionalismo son fenómenos construidos dentro de la sociedad, llamándolos comunidades imaginarias. Ernest Gellner añade al concepto: « el nacionalismo no es el despertar de las naciones hacia su conciencia propia: inventa naciones donde no las hay ».
 

El Estado Nación surgió en Europa con el tratado de Westfalia (1648). El nacionalismo continuó siendo un fenómeno elitista durante un par de siglos tras el tratado, pero fue durante el siglo XIX cuando se propagó ampliamente por toda Europa y ganó popularidad. Desde entonces, el nacionalismo ha dominado las políticas europeas y mundiales. Muchas de las políticas europeas del siglo XIX pueden ser vistas como luchas entre antiguos régimenes autocráticos y nuevos movimientos nacionalistas. En algunos casos el nacionalismo tomó una ideología liberal y contra la monarquía, mientras que en otros los movimientos nacionalistas fueron apoyados por regímenes monárquicos conservadores. Durante dicho siglo, los viejos estados plurinacionales (como el Imperio Austrohúngaro) comenzaron gradualmente a agrietarse, y varios estados localizados fueron absorbidos por entidades nacionales mayores, como Alemania, Bolivia e Italia.
 

A finales del siglo XIX las ideas nacionalistas habían comenzado a expandirse por toda Asia. En la India el nacionalismo incentivó el fin del dominio británico. En China el nacionalismo dio una justificación para el estado chino, que se encontraba enemistado con la idea de un imperio universal. En Japón el nacionalismo fue combinado con el excepcionalismo japonés.
 

La I Guerra Mundial marcó la destrucción definitiva de varios estados multinacionales de carácter imperial y colonialista (el Imperio Otomano, el Imperio Austrohúngaro y, en cierta medida, el ruso). El Tratado de Versalles (1919= fue establecido como un intento por reconocer el principio de nacionalismo, ya que gran parte de Europa fue dividida en Naciones-Estado en un intento por mantener la paz. Sin embargo, muchos estados multinacionales e imperios sobrevivieron. El siglo XX fue también marcado por la lenta adopción del nacionalismo por todo el mundo con la destrucción de los imperios coloniales europeos, la Unión Soviética y varios otros estados multinacionales menores.
 

Simultáneamente, fuertes tendencias antinacionalistas han tenido lugar a lo largo del siglo XX, siendo en general destacables las manejadas por determinadas élites. La actual Unión Europea está actualmente transfiriendo poder del nivel nacional a entidades locales y continentales. Acuerdos de comercio, tales como NAFTA y GATT, y la creciente internacionalización de mercados de comercio debilitan también la soberanía de la Nación-Estado.
 

El nacionalismo cívico (también llamado nacionalismo civil) es la forma del nacionalismo según la que el estado deriva su legitimidad política de la participación activa de sus ciudadanos, la « voluntad del pueblo »; representación política. Un individuo en tal nación debe creer que las acciones del estado, en mayor o menor medida, reflejan su voluntad, incluso cuando ciertas acciones van en contra de sus propios principios. Jean-Jacques Rousseau, quien desarrollara esta teoría por primera vez, ideó el concepto de Voluntad General para explicar cómo podría funcionar esto. Rousseau anotó sus teorías en varios de sus escritos, particularmente en Sobre el Contrato Social (véase teorías de contrato social para un análisis en profundidad del desarrollo histórico de esta filosofía).
 

El nacionalismo cívico yace dentro de las tradiciones de racionalismo y liberalismo. Es la teoría tras las democracias constitucionales.
 

El nacionalismo étnico define la nación en términos de etnicidad, lo cual siempre incluye algunos elementos descendentes de las generaciones previas. También incluye ideas de una conexión cultural entre los miembros de la nación y sus antepasados, y frecuentemente un lenguaje común. La nacionalidad es hereditaria. El Estado deriva la legitimidad política de su estatus como hogar del grupo étnico, y de su función de protección del grupo nacional y la facilitación de una vida social y cultural para el grupo. Las ideas sobre etnicidad son muy antiguas, pero el nacionalismo étnico moderno está fuertemente influido por Johann Gottfried von Herder, quien promovió el concepto de Volk, y Johann Gottlieb Fichte.
 

El nacionalismo romántico (también llamado nacionalismo orgánico y nacionalismo identitario) es la forma de nacionalismo étnico según la cual el estado deriva su legitimidad política como consecuencia natural (orgánica) y expresión de la nación o la raza. Refleja los ideales del romanticismo y se opone al racionalismo. El nacionalismo romántico enfatiza una cultura étnica histórica que se conecta con el ideal romántico; el folklore se desarrolla como un concepto nacionalista romántico. Los hermanos Grimm se inspiraron en los escritos de Herder para crear una colección idealizada de historias étnicamente alemanas. El historiador Jules Michelet ejemplifica la concepción nacionalista romántica de la historiografía.
 

El nacionalismo de izquierdas suele defender el derecho de todas las naciones a la autodeterminación constituyendo una estructura políca que habría de beneficiar a las clases populares de esa nación. En ocasiones los nacionalistas de izquierdas se definen a la vez como internacionalistas.
 

El nacionalismo religioso es la forma de nacionalismo según la que el estado deriva su legitimidad política en consecuencia de una religión común. El sionismo es un ejemplo de esto, pero buena parte de las formas de nacionalismo étnico son también en gran medida formas de nacionalismo religioso. Por ejemplo, el nacionalismo irlandés es generalmente asociado al catolicismo; el nacionalismo indio se asocia con el hinduismo, etc. El nacionalismo religioso es generalmente visto como una forma de nacionalismo étnico.
 

En algunos casos, sin embargo, la componente religiosa es más una etiqueta que la verdadera motivación del nacionalismo de un grupo. Por ejemplo, aunque la mayoría de los líderes nacionalistas irlandeses del último siglo fueron católicos, durante el siglo XIX, y especialmente en el XVIII, muchos líderes nacionalistas fueron protestantes. Los nacionalistas irlandeses no luchan por distinciones teológicas, sino por una ideología que identifica a la isla de Irlanda con una visión particular de la cultura irlandesa, que para muchos nacionalistas incluye al catolicismo aunque no como elemento predominante. Para muchas naciones que se vieron obligadas a luchar contra las consecuencias del imperialismo de otra nación, el nacionalismo fue asociado a la búsqueda de un ideal de libertad.
 

El islam se opone fuertemente a todo tipo de nacionalismo, tribalismo, racismo u otra clasificación de la gente no basada en las creencias propias. Sin embargo, ciertos grupos islámicos pueden ser considerados racistas y nacionalistas (así, para algunos, no pueden considerarse verdaderos islámicos).
 

El fascismo es generalmente clasificado como nacionalismo étnico, habiendo sido el caso más extremo de esto el nacional socialismo de la Alemania Nazi.
 

 

El liberalismo
 

 

Se suele considerar su origen en el siglo XVII, en este caso a John Locke como el primer pensador liberal, siendo su segundo Tratado sobre el Gobierno Civil la obra seminal de esta ideología. David Hume y los economistas clásicos como Adam Smith y David Ricardo continuaron esta línea de pensamiento, especialmente en lo que se refiere al librecambismo.
 

En cuanto a la política, la ideología liberal encuentra sus bases en Montesquieu y en los padres fundadores americanos; parte del hecho de que no hay personas ni sistemas perfectos, y por lo tanto, el Estado debe ser un conjunto de pesas y balanzas en el que se contrapesen los distintos poderes que ostenta sobre el individuo, para que ninguno pueda devenir en tiranía.
 

Por tanto, según la teoría liberal, el Estado debe seguir una filosofía de mínima intervención, o laissez faire (en francés, « dejar hacer »). Esta se sustenta de un lado en la convicción de que cada individuo buscará lo mejor para si mismo, y del otro en que las relaciones sociales surgidas de este modo tenderán a beneficiar a todos, siendo la labor del Estado corregir los casos en que esto último no se cumpla. Por su parte, los críticos del Liberalismo suelen insistir en que la segunda premisa pocas veces se cumple, ya que a menudo algunos individuos logran beneficiarse a costa del resto de la sociedad.
 

Liberalismo social y liberalismo económico
 

En las formulaciones del liberalismo, es frecuente que se admita la necesidad de algunas restricciones a la libertad individual, para salvaguardar los derechos fundamentales de otros individuos. Ahora bien, como no todo el mundo considera fundamentales los mismos derechos, dependiendo de cuál sea la jerarquía de derechos, unos pensadores o agentes están a favor de unas regulaciones y otros de otras. En general, se suele diferenciar entre liberalismo social y liberalismo económico, si bien esta distinción es poco nítida y arbitraria.
 

El liberalismo social defiende la no intromisión del estado o de los colectivos en la conducta privada de los ciudadanos y en sus relaciones sociales no-mercantiles, admitiendo grandes cotas de libertad de expresión y religiosa, los diferentes tipos de relaciones sexuales consentidas, el consumo de drogas, etc. Para sus detractores, falla al no tener en cuenta valores superiores a la voluntad humana, como los valores religiosos o tradicionales.
 

El liberalismo económico postula la no intromisión del Estado en las relaciones mercantiles entre los ciudadanos (reduciendo los impuestos a su mínima expresión y eliminando cualquier regulación sobre comercio, producción, condiciones de trabajo, etc.), sacrificando toda protección a « débiles » (subsidios de desempleo, pensiones públicas, beneficencia pública) o « fuertes » (aranceles, subsidios a la producción, etc.). La impopularidad de reducir la protección de los más desfavorecidos lleva a los liberales a alegar que resulta perjudicial también para ellos, porque entorpece el crecimiento, y reduce las oportunidades de ascenso y el estímulo a los emprendedores. Los críticos, por el contrario, consideran que el Estado puede intervenir precisamente fomentando estos ámbitos en el seno de los grupos más desfavorecidos. El liberalismo económico tiende a ser identificado con el capitalismo, aunque este no tiene por qué ser necesariamente liberal, ni el liberalismo tiene por qué llevar a un sistema capitalista. Por ello muchas críticas al capitalismo son trasladadas falazmente al liberalismo.
 

En la discusión filosófica teórica actual, se suele dar el caso de que un pensador coincida a la vez con las posturas del liberalismo social y el liberalismo económico. En la práctica política, es raro que coincidan. En general, el intervencionismo económico y el liberalismo social son característicos de la socialdemocracia y el eurocomunismo mientras que el liberalismo económico y el control social son más característicos del llamado neoliberalismo económico, pero la práctica real de la política obliga a atender a muchas circunstancias, aparte de la propia ideología. Otras políticas, como el comunismo leninista (especialmente en la época de Stalin) y la autarquía franquista combinaban el intervencionismo económico con un rígido control social. También se dan casos de que un mismo grupo de presión pida unas medidas económicas liberales y otras intervencionistas. Por ejemplo, un sector industrial puede reclamar libre circulación de bienes y servicios dentro de un mercado, pero una fuerte protección frente a productores de fuera del país.
 

Una división menos famosa pero más rigurosa dentro del liberalismo es la que distingue entre el liberalismo predicado por Jeremías Bentham y el defendido por Wilfredo Pareto. Esta diferenciación surge de las distintas concepciones que estos autores tenían respecto al cálculo de un óptimo de satisfacción social.
 

En el cálculo económico se recurre con frecuencia a la teoría del Homo Oeconomicus, un ser perfectamente racional con tendencia a maximizar su satisfacción. Para simular este ser ficticio, se ideó el Gráfico Edgeworth-Pareto, que permitía conocer la decisión que tomaría un individuo con un sistema de preferencias dado (representado en Curvas de Indiferencia) y unas condiciones de mercado dadas.
 

Pero existe una gran controversia cuando el modelo de satisfacción ha de trasladarse a una determinada sociedad. Al deber elaborar un gráfico de satisfacción social, el modelo benthamiano y el paretiano chocan frontalmente.
 

Según Wilfredo Pareto, la satisfacción que goza una persona es absolutamente incomparable a la de otra. Para él, la satisfacción es una magnitud ordinal y personal. Esto supone que no se puede cuantificar ni relacionar con la de otros. Por lo tanto, sólo se puede realizar una gráfica de satifacción social con una distribución de la renta dada. No se podrían comparar de ninguna manera distribuciones diferentes. Por el contrario, en el modelo de Bentham los hombres son en esencia iguales, lo cual lleva a la comparabilidad de satisfacciones, y a la elaboración de una única gráfica de satisfacción social.
 

En el modelo paretiano, una sociedad alcanzaba la máxima satisfacción posible cuando ya no se le podía dar nada a nadie sin quitarle algo a otro. Por lo tanto, no existía ninguna distribución óptima de la renta. Un óptimo de satisfacción de una distribución absolutamente injusta sería a nivel social tan válido como uno de la más absoluta igualdad (siempre que estos se encontrasen dentro del criterio de Óptimo Paretiano).
 

Pero para igualitaristas como Bentham, no valía cualquier distribución de la renta. El que los humanos seamos en esencia iguales, la comparabilidad de las satisfacciones, llevaban necesariamente a un óptimo más afinado que el paretiano. Este nuevo óptimo, que es necesariamente uno de los casos de óptimo paretiano, surge como conclusión lógica necesaria de la llamada Ley de Rendimientos Decrecientes.
 

Estas dos concepciones radicalmente diferentes dividen al liberalismo entre dos corrientes: una igualitarista y progresista, abanderada por la teoría de Bentham, y otra que no solo tolera, sino que aplaude la desigualdad, de carácter profundamente conservador.
 

Entre los seguidores de Bentham destacan las tesis del Social-Liberalismo y del Keynesianismo, mientras que de Pareto surge la Escuela Austríaca, defensora del liberalismo autoritario y del anarco-capitalismo.
 

 

LA CIENCIA POLITICA EN EL SIGLO XX:
LA CONSTRUCCION DE LA CIENCIA
 

 

 

Aunque la Ciencia Política nace como disciplina en la segunda mitad del siglo XIX, pueden incluirse dentro de ella obras de autores clásicos como Aristóteles, Maquiavelo, Montesquieu o Toqueville, debido a que las mismas tienden a la formulación de tipologías, de generalizaciones, de teorías generales, de leyes relativas al análisis político, fundadas en el estudio de la historia, factual.
 

La Ciencia Politica en primer lugar es una ciencia social, es decir, su campo de estudio abarca la sociedad en su conjunto, aun cuando dentro del cuerpo social, esta disciplina se focaliza sobre cierto tipo de fenomenos y procesos.
 

A pesar de estos esfuerzos para conseguir una disciplina realista y concreta, basada en la objetividad y en la utilización de herramientas científicas, el tradicional estudio especulativo y normativo siguió siendo la nota común hasta mediados del siglo XX, momento en que el punto de vista científico empezó a dominar los análisis de la ciencia política. La experiencia de quienes retornaron a la docencia universitaria después de la II Guerra Mundial (1939-1945) tuvo profundas consecuencias sobre la totalidad de la disciplina. El trabajo en los organismos oficiales perfeccionó su capacidad al aplicar los métodos de las ciencias sociales, como las encuestas de opinión, análisis de contenidos, técnicas estadísticas y otras formas de obtener y analizar sistemáticamente datos políticos. Tras conocer de primera mano la realidad de la política, estos profesores volvieron a sus investigaciones y a sus clases deseosos de usar esas herramientas para averiguar quiénes poseen el poder político en la sociedad, cómo lo consiguen y para qué lo utilizan. Esta corriente de pensamiento fue llamada conductismo, porque sus defensores sostenían que la medición y la observación objetivas se debían aplicar a todas las conductas humanas tal y como se manifiestan en el mundo real.
 

Los adversarios del conductismo sostienen que no puede existir una verdadera ciencia política. Objetan, por ejemplo, que cualquier forma de experimentación en que todas las variables de una situación política estén controladas, no es ni ética, ni legal, ni posible con los seres humanos. A esta objeción, los conductistas responden que la pequeña cantidad de conocimiento obtenido de forma sistemática se irá sumando con el tiempo para dar lugar a una extensa serie de teorías que explicarán el comportamiento humano.
 

 

Desarrollos y autores recientes en la Ciencia Política
 

 

Ya a mediados de los años 50, la ciencia política estaba incorporando a sus estudios el concepto de “cultura política” de la mano de Gabriel Almond. En un célebre artículo (Comparative Political Systems, 1956), Almond decía que para analizar en clave comparada las estructuras y las funciones de los sitemas políticos, hacían falta nuevos conceptos como “cultura” o “subcultura” políticas, sabiendo que con ello el análisis pasaría de la descripción del funcionamiento de las instituciones a la explicación de la modalidad de los comportamientos de los individuos: cómo interpretan las reglas políticas, o qué valores o inclinaciones tienen hacia la política, para ver finalmente si estas orientaciones eran compatibles y funcionales respecto de una democracia competitiva moderna y estable frente a la velocidad de los cambios.
 

Con la colaboración de Sidney Verba emprendió una investigación en el Center of International Studies de la Universidad de Princeton entre 1958 y 1962, cuyos resultados darán lugar a la gran innovación de Almond: la aplicación del análisis funcional al estudio de la cultura política y del desarrollo, a través de un vastísimo trabajo empírico y comparado. En The Civic Culture: Political Attitudes and Democracy in Five Nations, publicado con Verba en 1963 —la primer versión castellana de este trabajo es La cultura cívica, Euroamérica, Madrid, 1970—. Esta obra es considerada el reflejo teórico y metodológico de la revolución conductista en ciencia política —su primer capítulo aparece en la famosa compilación española Diez textos básicos de ciencia política, Ariel, Barcelona, 1992— donde se define la “cultura política” como el conjunto de valores que determina la acción política de una nación. Partiendo su análisis de datos de opinión de Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, México y Alemania, pretende teorizar inductivamente acerca de la estabilidad democrática de estos países en función de una tipología de la cultura política, según nivel y tipo de participación, parroquialismo y compromiso político que los individuos autoperciben respecto del sistema político al que pertenecen. Así, las encuestas que definirían la cultura política concernían tres aspectos: conocimiento y respeto de las reglas del sistema político, sentimiento personal sobre las estructuras y los titulares del poder, y juicios y opiniones sobre varios componentes del sistema político.
 

En 1980, el texto The Civic Culture Revisited  de G. Almond incluye revisiones a las características de la cultura política de los países originalmente estudiados, y comentarios a las críticas y polémicas que había suscitado la utilización del concepto, ya que la primera edición del libro se había convertido en un modelo del estudio comparado. Almond fue también uno de los creadores del enfoque teórico del “desarrollo político”, particularmente en el área de la política comparada. En Comparative Politics: A Developmental Approach, escrito junto a su asistente de 24 años de edad en la Universidad de Stanford, Bingham Powell, en 1966 —la primera versión castellana es Política comparada. Una concepción evolutiva, Paidós, Bs.As., 1970— se explicita la voluntad de dejar atrás el provincialismo, el descriptivismo y el formalismo de la ciencia política.
 

Con ese texto, Almond y Powell dotaron a la ciencia política de un verdadero “paradigma” estructural funcionalista. Su objetivo era organizar una red de conceptos analítico-empíricos, no sólo para afrontar con un fuerte poder descriptivo y explicativo el estudio de un sistema político singular, sino sobre todo para comparar entre diferentes clases de sistemas políticos. Se miden allí grados variables de desarrollo político entre diferentes tipos históricos de sociedades, combinando sus grados de diferenciación en sus estructuras y secularización de la cultura política, con la autonomía de los subsistemas sociales. De esta manera, las capacidades de un sistema político serán mayores si son más altas su diferenciación estructural y su secularización cultural. Así, por ejemplo, las bandas primitivas son el tipo de sociedad que registran menor grado de diferenciación estructural y secularización de la cultura política (por estos dos factores conforman sistemas primitivos) y menor autonomía de los subsistemas; los sistemas patrimoniales o feudales estarían en una condición intermedia; mientras que los sistemas políticos modernos (con altos grados de secularización y de diferenciación estructural entre sus componentes) varían entre sistemas totalitarios, autoritarios y democráticos, a medida que aumenta la cultura de participación política y la autonomía de los subsistemas. El funcionalismo sistémico suponía que la interdependencia entre las partes de un sistema hace que el cambio de las propiedades de un componente afecte a los demás elementos que integran el sistema.
 

De esta manera, si algunos sistemas políticos han desaparecido porque no han podido desarrollar capacidades de respuesta y adaptación a los cambios, es porque el grado de desarrollo político hace variar las distintas funciones del sistema. De allí que entonces, escribían los autores, examinando y clasificando los diferentes sistemas de acuerdo a esas variables de desarrollo político y niveles funcionales, se podrá explicar y predecir su desempeño. En la segunda edición, de 1978, los autores completan el modelo original focalizando centralmente la atención en los outcomes, es decir, en el rendimiento de las políticas públicas, o en otras palabras, los efectos y las consecuencias de los outputs. Estos estudios que buscaban una teoría unificada de la política a partir de la aplicación a los diferentes sistemas políticos nacionales de las mismas categorías teóricas utilizadas para el caso norteamericano, definieron el perfil del área comparativa para la gran mayoría de los politólogos, y particularmente de los latinoamericanos hasta que surgieron las teorizaciones sobre los regímenes autoritarios desarrollistas de mediados de los 60, y la teoría de la dependencia.
 

En realidad, aquel comparativismo trataba de explicar por qué algunos países no se desarrollaban, tanto política como económicamente. Esos trabajos encarnaban la versión politológica de la sociológica teoría de la modernización (que intentaba identificar a los actores del cambio en las capas medias o el empresariado dinámico) y de la teoría económica del desarrollo (que propugnaba para el Estado un papel activo en la economía). A pesar que esos estudios dotaron de un torrente de energía nunca antes visto en la ciencia política —entre los años 50 y 60 los miembros de la American Political Science Association llegan a 14 mil, y las facultades de ciencia política a 500—, a principios de los 70 sus tipologías fueron muy criticadas, entre otros factores, por incluir casos muy disímiles en una  misma categoría —como los casos de las democracias continentales europeas, o los totalitarismos, por ejemplo—, y por presuponer la validez objetiva del examen funcional también para casos no suficientemente analizados. Pero las críticas hacia el comparatismo ilimitado del que se acusaba a Almond sirvieron luego de advertencia para los más modernos estudios de área y de los modelos de democracia.
 

El último aporte de alcance mundial de G. Almond ha sido el artículo “Mesas separadas: escuelas y corrientes en las ciencias políticas” —en su libro Una disciplina segmentada. Escuelas y corrientes en las ciencias políticas, FCE, México D.F., 1999—, donde postuló que en los años ochenta no hay una mesa central en la que converjan las diferentes vertientes de la disciplina en el mundo, sino que el debate acerca de los temas de estudio o las teorías adecuadas a ellos se da entre diversas corrientes independientes entre sí, aunque todas ellas tienen un mismo y bien definido campo de estudio. “… La inmensa mayoría de los politólogos, ecléctico en cuanto a sus enfoques metodológicos, así como quienes se esfuerzan por controlar la orientación ideológica de la actividad profesional —nuestra «cafetería central»— no deberían conceder a ninguna de estas escuelas el privilegio de escribir la historia de la disciplina. La historia de la ciencia política no apunta hacia ninguna de esas apartadas mesas, sino más bien hacia la porción central del comedor, en donde sus ocupantes son partidarios de metodologías mixtas y aspiran a la objetividad” (53). Su último ensayo, “Foreign Policy and Theology in Ancient Israel” será publicado este año en Estados Unidos como parte de Strong Religions, una serie de libros en la que Almond ha colaborado en sus últimos años. Más allá de las diferencias que podamos tener con él, es indiscutible su valiosísimo aporte y defensa de la ciencia política, desde cualquier ángulo desde el que se lo estudie.
 

Existe toda una tradición sociológica y política que viene desde Platón y Aristóteles, pasa por Polibio, Cicerón, Maquiavelo, Hobbes, Locke, Montesquieu, Hume, Rousseau, Tocqueville, Comte, Marx, Pareto, Durkheim, Weber, y llega hasta Hans Morgenthau, Raymond Aron,  Robert Dahl, M. Lipset, Rokkan, Giovanni Sartori, Moore y Lijphart, que intentó, y continúa haciéndolo, relacionar las condiciones socioeconómicas con las constituciones políticas y las estructuras institucionales, y asociar estas características estructurales con tendencias políticas en tiempos de paz y guerra.
 

 

¿Realismo o idealismo en la Ciencia Política?
 

 

Existe una tendencia y una controversia intelectual, dentro de diferentes corrientes teóricas modernas de las relaciones internacionales y de la Ciencia Política – considerando que las Relaciones Internacionales como disciplina aun no tienen un siglo de vida- a hablar sobre las corrientes más antiguas, en forma crítica, confundiendo « cosmovisiones » con los marcos teóricos o el objeto central de la teoría.  Hans Morgenthau, padre del realismo moderno en la Ciencia Política y las relaciones internacionales, parece ser el eje central de estas críticas.
 

Para Raymond Aron -un sociológico-histórico-, Morgenthau no considera como central, la variable ideológica, más allá de que este último sí considera a la ideología como una variable, aunque el poder es su variable central.
 

Keohane y Nye lo critican, por ver al poder en términos de « estructura global » y no cómo ellos lo analizan, por « áreas temáticas »; no obstante reconocer, que « hay circunstancias en las que el poder opera como estructura global y otras, como áreas temáticas » (48). Por otra parte, para ellos la ideología no es una variable significativa, pero sí la guerra como instrumento de cambio (49). Le atribuyen, a su vez, una concentración del concepto de poder en lo militar, cuando la definición central de poder para Morgenthau es sobre el « poder político » al considerar que las relaciones « cotidianas » no se basan en la fuerza, sino en la « influencia », por lo que es posible que haya un poder político y un poder « material », sea éste económico o militar.
 

En general, las críticas de los teóricos, tienen que ver con perspectivas diferentes, con variables diferentes, o con variables que agregan y que otros no consideraron, o con metodologías diferentes (51). Pareciera no reconocerse que hay algún « fenómeno central » que llama la atención de los teóricos, alrededor del cual centran su concepción teórica: Morgenthau el poder, Aron, la influencia de la ideología y las características societales; Keohane y Nye el impacto producido por la OPEP en los ’70 y una forma atípica de operar el poder, procurando substituir al realismo con lo que ellos llaman « interdependencia compleja »; Morton Kaplan, una perspectiva « totalizadora » u « holistica » de la Política y las relaciones internacionales, bajo el concepto de « sistemas de acción ».
 

Existe una frecuente confusión respecto del significado del realismo. Particularmente porque se lo confunde con una teoría. El hecho de que autores como Hans Morgenthau hayan desarrollado una teoría realista, no significa que lo hayan hecho sobre el realismo. La teoría de Hans Morgenthau fue desarrollada sobre el poder, desde una cosmovisión realista.
 

Realismo e idealismo son cosmovisiones, no teorías. Platón fue idealista filosóficamente –mito de las cavernas-. Aristóteles fue realista, al igual que Machiavello y Hegel.
 

El idealismo, visto a través del mito de las cavernas de Platón, muestra que el conocimiento no es la resultante del « condicionamiento del objeto sobre el sujeto », sino a la inversa. Resulta de la representación –imagen- que tenemos de las cosas, más que de lo que las cosas son en sí. El realismo, por el contrario, considera que « el objeto condiciona al sujeto ». El realismo, más allá de la « idea » que tenga sobre cómo debe ser –perspectiva idealista- considera que la « realidad », tiene vida propia, tiene una « lógica » propia y debe ser descubierta, a los efectos de explicarse su comportamiento y saber cómo actuar sobre ella.
 

Los autores que apuntan a que el realismo es una perspectiva teórica se equivocan. Lo hacen aún más, toda vez que consideran que el realismo de autores como Morgenthau, se basa en el poder militar y en el conflicto armado. Keohane y Nye (52)-entre otros- desarrollaron toda su teoría bajo este criterio erróneo.
 

Basta leer atentamente « Política de Poder entre las Naciones: La Lucha por el Poder y por la Paz » de Hans Morgenthau, como para tener en claro que la definición de poder, no se basa en lo militar, sino que apunta a lo político, en términos de influencia psicológica, y hace una clara diferenciación entre poder como influencia –político- y poder material, que puede ser militar o económico.
 

Por otra parte, también resulta claro que su desarrollo teórico, es sobre el poder, bajo una perspectiva u óptica realista, que se desprende con total claridad del primero de los 6 principios, alrededor de los cuales elabora toda su teoría.
 

Realismo e idealismo, como cosmovisiones, han existido siempre y seguirán existiendo como un debate interminable al interior de la Ciencia Política y las Relaciones Internacionales, ya que depende de la perspectiva que se adopte –desde dónde uno se pare para observar la realidad- para comprender, explicarse y operar sobre la realidad.
 

Los idealistas han sido los dominantes, ya que ha habido una gran influencia de su perspectiva. Las Relaciones Internacionales como Política Internacional, son algo moderno, reciente. Nace con el siglo XX, ya que, con anterioridad, las Relaciones Internacionales eran el « Derecho Internacional », visión jurídico-idealista. Recién con la finalización de la primera guerra mundial y el fracaso de la Sociedad de Naciones para mantener la paz, es que el realismo –en lo internacional- se fortaleció y planteó la necesidad de abandonar la postura de estar de « espaldas » a la realidad –deber ser- y considerarla como algo que tiene vida propia, lógica propia. Este es el origen del « realismo » de Morgenthau, y el objeto central de su planteo.
 

En el sistema internacional de la post primera guerra mundial, los principales líderes y gobernantes occidentales, seguían insistiendo en soluciones jurídico-idealistas: la Sociedad de Naciones, como instrumento capaz de lograr el ideal de « nunca más la guerra ». Además pretendían sostener un sistema internacional multipolar, cuyo eje de poder estuvo durante más de cien años centrado en Europa, cuando este sistema, estaba agotado y ya « no quería seguir viviendo ». El poder se había desplazado fuera de Europa, hacia Estados Unidos, Japón y Rusia, potencia europea que se transformaría en 1923 en la URSS.
 
El resultado de esta ceguera y a la vez « espejismo » de la configuración mundial, fue la crisis del 29/30 y la segunda guerra mundial, con intermedios como la invasión por parte de Italia a Etiopía, las de Japón a China en dos oportunidades, una de las cuales -1936- creó un nuevo Estado que llamó « Manchukuo » y que fue reconocido por la S. de N.; la invasión de la URSS a Finlandia en 1939; sin que el organismo internacional nada pudiera hacer para sancionar o para mantener el orden.
 

Este tremendo fracaso del idealismo-juridicista fortaleció la tesis de los realistas, que, reitero, siempre existieron, pero no tuvieron poder de convocatoria como para plantear su perspectiva. Morgenthau, considerado padre del realismo en relaciones internacionales, discípulo del presbítero alemán, Reinhold Niebhur, padre de la « Macht-Politik », advirtió a los « idealistas » sobre su error de vivir de « espaldas » con la realidad pensando exclusivamente en el « deber ser » sin importar el « ser » que la realidad misma tiene en la práctica.
 

A la visión « atomista » de la realidad por parte de autores, como Morgenthau, Raymond Aron y otros, sobrevino una perspectiva « totalizadora », que proponía observar a la realidad como un todo. Los idealistas también plantearon una visión totalizadora, y generaron la perspectiva sistémico-funcionalista frente a los sistémicos-estructurales que provienen del realismo y consideran al poder como una variable importante –la estructura es la configuración de poder vigente o emergente-.
 

Autores como Kenneth Waltz, o como Stephen Krasner, entre otros, son realistas, pero evolucionaron hacia perspectivas totalizadoras, al plantearse marcos teóricos sistémico-estructurales.
 

Lo significativo de la evolución del debate teórico y epistemológico, ha sido que no se ha frenado el conocimiento bajo esquemas de conjunciones desintegradoras y estancas, como « o », que plantean una visión u otra de manera excluyente, sino con conjunciones integradoras, como « y » que « sumaron » perspectivas teóricas y metodológicas, para mejorar el conocimiento y explicación de los hechos y fenómenos de la internacional.
 

El problema con las teorías de la Ciencia Político, es que muchos toman partido por una u otra, como si apuntalaran un punto de vista o una ideología, en vez de considerarlas como complementarias de una aproximación científica a la verdad. Una cosa es la concepción del decisor o el analista y otra es el debate teórico-epistemológico.
 

Por otra parte los teóricos, como los decisores, apuntan a una visión de la realidad orientada a la estabilidad y no al cambio. El cambio parece dar la sensación de inestabilidad, incluso quien lo provoca, de tener conductas « subversivas ». No obstante, los que están disconformes con el estado de cosas, o la inserción en la que se encuentran, procuran modificar su status, por lo que generan « desorden », en aras de obtener una mayor justicia a sus aspiraciones, en función de su capacidad de poder. No tienen conductas « statuquistas », sino reformistas.
 

Lo que les preocupa fundamentalmente a los teóricos y a los que toman decisiones siguiendo una concepción teórica, es el orden en términos de status quo, pero no un orden considerado como dinámico. La idea de orden, más allá de « estabilidad », no implica inmovilidad, perpetuación; sino movilidad y cambio entre parámetros.
 

Poder no es lo que dice Morgenthau o Keohane y Nye, o Krasner o Galtung, etc., sino un concepto « multívoco », donde los autores anteriores hicieron aportes significativos.
 

Sin embargo, las concepciones jurídico-idealistas, bajo el esquema actual sistémico-funcionalista, mantienen su poder de observar y operar sobre la realidad y, en vez de actuar como un complemento de la perspectiva realista o sistémico-estructural, mediante la que se podría observar que se « institucionaliza » lo que el poder alcanza en los hechos, se pretende mostrar que el orden es la resultante de una « convergencia de voluntades » dentro de un determinado marco institucional y normativo.
 

 

REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS
 

 

Chatelet, F., Duhamel, O., Pisier, E.: HISTOIRE DES IDEES POLITIQUES.  Paris, 1989.  PUF.
 

Historia de la Humanidad Larousse.  Madrid, 2004.
 

Pastor, M.: CIENCIA POLITICA.  Madrid, 1991.  McGraw-Hill.
 

Touchard; J.: HISTOIRE DES IDEES POLITIQUES. (2 vols.) Paris, 1988.  P.U.F.
 

política, globalización y educación – la transición hacia nuevos paradigmas

 

DOS TRANSICIONES PARA UN CAMBIO GLOBAL
 

El orden mundial –desde mediados del siglo xx- está en pleno proceso de mutaciones, en pleno cambio de paradigmas.  Probablemente la frase que mejor sintetiza el momento histórico que vive hoy la humanidad es que nos encontramos no solo en una época de cambios sino que sobre todo asistimos a un cambio de época.
 

Y los cambios estructurales a los que está asistiendo la sociedad contemporánea se pueden definir y sintetizar en dos fórmulas generales, que aquí pueden tener el carácter de hipótesis de trabajo:
 

1°  nos encontramos en un momento de evolución en el que el orden mundial ha ingresado en una era de hegemonía unipolar de carácter imperial en la que la globalización no es más que una forma de materializarse esa hegemonía; y
 

2° que la sociedad en su conjunto avanza desde una cultura material basada en los valores tradicionales de la modernidad, hacia una cultura basada en el conocimiento y en el saber.
 

Agreguemos que Chile, además se encuentra precisamente en una etapa paralela de transición hacia la modernidad. En efecto, y siempre ubicados en una perspectiva temporal del largo plazo, podemos sustentar la hipótesis de que la sociedad chilena se encuentra -desde mediados del siglo XX- en una prolongada fase de transición desde una cultura tradicional a unha cultura con rasgos modernos.  El ingreso de Chile a la modernidad, al igual que las demás sociedades latinoamericanas, se produce en condiciones en que nuestro país se sitúa como una sociedad subdesarrollada y dependiente.  
 

Por lo tanto, el cambio fundamental que caracteriza a la sociedad contemporánea es el de una profunda y prolongada transición desde una sociedad basada en el trabajo físico, el consumo de las energías no-renovables y una cultura tradicional, hacia una sociedad basada en el conocimiento, en la circularidad de la información y en el despliegue de una cultura moderna y post-moderna esencialmente materialista e individualista.
 

¿Qué es lo que está siendo cuestionado por este cambio estructural al cual estamos asistiendo como sociedad y como sistema-planeta?
 

Tres aspectos que nos interesan.
 

A fuerza de no pretender poner el acento en los aspectos negativos, cabe subrayar que asistimos a tres formas de crisis.  Asistimos a una crisis de la Política tradicional.  Asistimos a una crisis del orden mundial anterior.  Asistimos a una crisis de los paradigmas anteriores de la comunicación y del conocimiento.
 

I.  CRISIS DE  LA POLITICA TRADICIONAL
 

Se ha vuelto un lugar común criticar a la Política en nombre de la crisis de la política tradicional.   La política como forma social de actividad intelectual y práctica dirigida a pensar y gobernar la sociedad hace crisis en la medida en que percibimos que los términos de referencia de la relación entre las instituciones y la clase política por un lado, y la ciudadanía por el otro, están cambiando radicalmente.
 

La Política, como práctica social y como universo simbólico, ha entrado en crisis, como una de las consecuencias de los múltiples impactos provenientes de la modernización.
 

La percepción ciudadana respecto de la Política está cada vez más degradada y deslegitimada, y este es un fenómeno que trasciende las fronteras nacionales para abarcar el conjunto de la sociedad y los sistemas políticos contemporáneos. Por lo tanto, la afirmación de que la Política, los partidos y la clase política han entrado en una prolongada crisis de legitimidad y credibilidad en la sociedad actual, no es básicamente un “argumento ideológico sesgado” –aunque pueda serlo en boca de ciertos políticos detractores de sus demás adversarios- sino que es un tópico respaldado por un cúmulo creciente de indicadores, entre los cuales las encuestas de opinión pública no son más que un factor.
 

La política tradicional se ha hecho no creíble, ha perdido la centralidad de su atractivo anterior.
 

La crisis de la Política es, a la vez, una crisis de la acción política, como una crisis de la percepción pública acerca de ella, es decir, de la cultura política.
 

El creciente predominio del discurso y las prácticas individualistas, y la búsqueda del éxito y la realización personal, y la notoria des-solidarización de los ciudadanos respecto de la sociedad en general y del sistema político en particular, son manifestaciones exteriores de una tendencia profunda que tiene lugar en la época contemporánea: la tendencia hacia la modernidad.
 

La modernidad –como tendencia estructural e ideológico-cultural dominante- se introduce en el sistema político, generando un efecto disolvente y desarticulador, de manera que las fuerzas, partidos y actores políticos tradicionales se ven enfrentados a la creciente tensión ocasionada por nuevos problemas y nuevas aspiraciones y demandas provenientes de una sociedad civil cada vez más culturalmente diversa y socialmente diversa.
 

Probablemente, uno de los rasgos más significativos que denotan la crisis de los paradigmas políticos, y la propia crisis de la Política (como práctica social), reside en la pérdida de su anterior centralidad en los procesos sociales.
 

En efecto, la Política aún cuando continúa siendo uno de los procesos sociales y culturales relevantes que tienen lugar en una sociedad histórica. Sin embargo, como efecto e impacto de la modernidad, ella ha perdido su centralidad siendo aparentemente sustituída por otros liderazgos, otros intereses ciudadanos, otras formas organizativas y comunicacionales, y se ha convertido gradualmente, en objeto de crecientes críticas generando una percepción social negativa en torno suyo.
 

Probablemente lo más serio es que la Política, y por ende, la clase política, parecen dejar de ser el mecanismo único, seguro y válido de resolución de los problemas y las demandas de la ciudadanía, siendo parcialmente reemplazada por la Economía, por la tecnocracia y por la Administración.
 

Esta transposición da como resultado que la Política pierde su atractivo mediático ante las multitudes, así como su capacidad de convocatoria social: los ídolos y líderes que atraen a los grandes colectivos modernos –cuando ellos existen realmente- ya no son los dirigentes políticos, y los símbolos políticos e ideológicos dejan de tener un poder de evocación y de representación simbólica significativa.
 

La Política –como forma de pensar la sociedad- parece desvanecerse en el universo mediático, sustituída o relativizada por otros universos simbólicos y valóricos.   Tampoco resultaría científico atribuir éste fenómeno a la exclusiva responsabilidad de “los políticos”, por más que sobre ellos cae una nebulosa de descrédito moral.
 

La crisis de la Política, es en realidad, la crisis de la política tradicional, y ella traduce en el plano de las instituciones y de los procesos políticos la crisis general que acompaña a la transición desde una sociedad anteriormente basada en valores y formas tradicionales de hacer política, hacia una sociedad en la que predominarían códigos, valores, modelos y formas organizativas modernas.
 

Aquel paradigma tradicional que hacía de la Política una actividad a la vez, elitista y masiva, basada en el contacto directo y paternalista entre el político y la ciudadanía, en grandes movilizaciones masivas evocadoras de la unidad de la nación, la clase o el partido, que generaba relaciones de dependencia y cooptación entre la clase política –otorgadora de bienes, servicios, favores y privilegios- y la ciudadanía –demandante y receptora de los beneficios que descendían desde las esferas políticas y del poder- en términos de clientelismo y caciquismo, ese paradigma está siendo gradualmente barrido o superado por una Política moderna o con rasgos modernos basada principalmente en los efectos mediáticos y de imagen, en la capacidad individual del político para alcanzar cobertura y presencia comunicacional, en la profesionalización de la actividad política y dirigente, en la ingeniería de los escenarios políticos virtuales, potenciados por la aceleración del tiempo, por el manejo de la comunicación y sus contenidos, y por la circulación instantánea de la información, de manera que ésta última deviene el poder.
 

II.  CRISIS DEL ORDEN MUNDIAL Y GLOBALIZACION
  Al mismo tiempo, a nivel mundial, el sistema internacional ha entrado también en una época de turbulencias y de incertidumbres.  Terminada la bipolaridad Este-Oeste de la segunda mitad del siglo XX, ahora hemos entrado en una época –cuyo término en el tiempo no podemos prever-  caracterizada por la hegemonía global del imperio estadounidense, en términos de unipolaridad.
 

Y esta hegemonía global se acompaña de una tendencia profunda que aparece desde fines del siglo XX de expansión de los intercambios que se ha denominado “globalización” o “mundialización”.  Para los efectos de este ensayo definimos la globalización como una tendencia profunda del desarrollo contemporáneo que apunta hacia la expansión y complejización de los intercambios, de los flujos y de los significados a escala mundial, transformando al orbe en un sistema-planeta.
 

Redes y estructuras de la globalización
 

La estructura piramidal y asimétrica de la globalización (pirámides de empresas y asimetrías de capitales, pirámides de mercados y asimetrías de recursos…), se articula alrededor de cuatro componentes fundamentales:
 

a) un conjunto de empresas y corporaciones globales (de carácter industrial, financiero y comercial), cuyas estrategias y mercados se planifican a escala planetaria y también a escalas espaciales menores (continentes, regiones de continentes, países, regiones de países, sub-mercados…);
b) un conjunto de espacios geo-económicos constituidos y articulados como mercados, a diferentes escalas y con diversos niveles de dinamismo;
c) un conjunto de entidades supranacionales cada vez más interdependientes entre sí, y que tiende a configurar la nueva arquitectura económica y jurídica global;
d) un conjunto de instituciones internacionales que tienden a constituir la estructura política global del futuro.
 

La asimetría caracteriza a estos cuatro subsistemas componentes: son asimétricas las relaciones entre las empresas y corporaciones globales y sus empresas nacionales y locales relacionadas, proveedoras y/o maquiladoras; son asimétricos, desiguales, los mercados, al interior de los cuales con frecuencia los consumidores se ven desprotegidos frente a la omnipotencia del monopolio, del oligopolio y de sus estrategias de marketing, y donde los mercados locales se ven invadidos por la presencia avasalladora de empresas nacionales o redes transnacionales que apuntan a dominar mercados en términos de hegemonía excluyente.
 

Del mismo modo, es asimétrica en realidad la estructura y la acción de las entidades supranacionales que dominan el proceso globalizador.  Entidades internacionales, con diversos grados de institucionalización, como la OMC, el G-8, el Foro Económico de Davos, la APEC, el FMI o el Banco Mundial, operan en realidad como factores institucionales de apoyo a la expansión de las corporaciones globales, por la vía de estimular política, jurídica e ideológicamente el libre comercio y la mayor apertura de los mercados.
 

La lógica asimétrica de la globalización encuentra su punto culminante en la desigualdad básica que se inscribe en las instituciones internacionales como Naciones Unidas, la OMC, el FMI, el Banco Mundial o la OTAN, cuya función estratégica en este nuevo ordenamiento mundial se dirige a otorgar fundamento político, financiero y/o militar a las tendencias globalizadoras.
 

Los soportes materiales de la globalización
  Los procesos globalizadores son posibles gracias a la articulación de un marco de soportes materiales, que se combinan con los soportes ideológicos que la justifican e impulsan.
 

Estos soportes materiales son a lo menos tres:
 

a) las cada vez más amplias y diversificadas redes satelitales de información y de intercambio, las que tienden a virtualizar los mercados y los flujos de bienes y servicios, sin reemplazar su materialidad;
b) los sistemas informáticos de archivo, tratamiento, manipulación y transferencia de data, conocimientos e información, que se ven reforzados por la expansión exponencial de su acceso y uso y por la miniaturización de los artefactos y soportes;
c) las redes financieras, bancarias y bursátiles, que permiten fluidizar, agilizar los movimientos e intercambios de capitales, de plusvalías, a través de las antiguas fronteras nacionales y continentales, ampliando la escala –y el tiempo espacio- de los flujos de capital y concentrando su acumulación desigual.
 

Visto desde este punto de vista, la globalización opera sobre la base de una formidable estructura satelital de redes informáticas, que aceleran los intercambios, relativizan las fronteras, cuestionan las soberanías y dejan obsoletos los marcos legales nacionales.
 

Veamos la cuestión desde la perspectiva einsteniana del espacio-tiempo: mientras los espacios geo-económicos tienden a expandirse en alcance y escala y a reducirse en velocidades de desplazamientos (de bienes, de capitales, de personas, de servicios), los tiempos de intercambio van disminuyendo hasta el punto de la instantaneidad, de la virtualidad inmediata.  Desde el punto de vista económico mientras se multiplican los intercambios, se concentran los flujos hacia los centros económicos de poder global, se aceleran y se acortan los tiempos entre el diseño, la producción y el consumo, entre la compra y la venta.
 

La globalización en cuanto forma actual de expansión del capitalismo es debida esencialmente a un conjunto de mutaciones tecnológicas que permiten la rápida transferencia de capitales y la gestión industrial flexible; a la extensión de las redes de inversores y firmas comerciales establecidas por las firmas transnacionales y globales; al desarrollo creciente de bloques comerciales regionales apuntando a crear economías continentales de escala; a los avances en las negociaciones sobre la liberalización del comercio internacional; a la liberalización de las economías en vías de desarrollo y suministradoras de materias primas. 
 

Pero, la globalización no es solamente una mundialización del sistema capitalista debido a la transnacionalización del capital, la circulación acelerada de los productos y a la deslocalización de la producción; es además, una forma actualizada de invasión del campo social por el capital, mediante la normalización de las redes económicas, a la mercantilización de los servicios, de la ciencia y de la cultura y en particular, a través del surgimiento de nuevos centros de poder geo-económicos no estatales y no territoriales, favorables a la acción expansiva de las corporaciones globales, centros de poder hegemónico que tienden a emanciparse de la tutela de los Estados y las soberanías nacionales.
 

Los soportes ideológicos de la globalización
 

Pero, la globalización no es solamente una red de redes piramidales, o una tendencia asimétrica del desarrollo contemporáneo, o una estructura mundial de poderes económicos y políticos articulados.  La globalización se presenta a sí misma, tiende a presentarse y a justificarse a sí misma, como una realidad ineludible, como un proceso que no tiene vuelta a atrás, como una locomotora a alta velocidad de la que es imposible bajarse. 
 

Es decir, la globalización posee, produce, reproduce y transmite su propia ideología, ella misma opera como una poderosa ideología comunicacional e intelectual, como un pensamiento único, que instala en el espacio público su propio lenguaje neoliberal o neo-conservador, que pone de moda ciertos conceptos (como mundialización, flexibilidad, gobernabilidad, empleabilidad, desregulación, nueva economía, economía del conocimiento, postmodernidad…) y que deja en las sombras del olvido, de la obsolescencia o de la impertinencia a otros conceptos develadores (como capitalismo, poder global, imperio, plusvalía, desigualdad, etc.).
 

Los riesgos del discurso único que verbaliza esta ideología única o pretendidamente única, residen precisamente en la creencia de que los dogmas de la globalización capitalista en marcha, constituyen artículos de fé intocables, afirmaciones absolutas de una “nueva vulgata planetaria” (como dice Pierre Bourdieu) y que resulta operar en la realidad social como un delicado, poderoso y sutil tamiz incluyente y excluyente de lo que es permitido o no dentro de la ideología del poder.  Foucault dice que “la verdad está ligada circularmente a sistemas de poder que la producen y la sostienen, y a efectos de poder que inducen y la prorrogan. Un régimen de la verdad
 

La ideología de la globalización funciona hoy como una lógica medieval y totalitaria, solo que ahora parece estaríamos entrando en realidad en la edad media de la modernidad, ya que presenta y asume sus verdades como dogmas, como la verdad única, incontrastable, absoluta, en la que el dios-mercado o el dios-dinero sacrifican  en su altar virtual las identidades locales, regionales y nacionales, las especificidades humanas, las particularidades identitarias, en nombre de la eficiencia, de la productividad, de las metas estadísticas y de la rentabilidad, sin importar mayormente los efectos individuales en términos de estrés y depresiones, y los efectos colectivos en términos de desigualdad, marginación y acumulación social de frustraciones.
 

El paradigma de la globalización –cuyos acentos económicos neo-liberales se combinan con el enfoque político neo-conservador- opera como una sutil maquinaria de desmemoriación de las historia particulares y de las economías anteriores.  Los paradigmas económicos pretéritos del colonialismo interno, de la marginalidad estructural, de la dependencia, de las relaciones centro-periferia, del imperialismo económico y financiero, habrían quedado obsoletos en cuanto ineficaces para responder a los “nuevos desafíos” de la modernidad y la post-modernidad globalizadora.
 

La liturgia de esta nueva religión única, totalitaria y totalizadora sucede cotidianamente en los mercados; el mercado es el altar sagrado de la globalización, de sus causas y de sus efectos, de sus formas y de sus contenidos; el mercado es el sancta-sanctorum donde se guardan y adoran las tablas de la ley (los tratados de libre comercio, las liberalizaciones aduaneras, las políticas desreguladoras, las prácticas privatizadoras, los códigos empresariales, los Estados subsidiarios).
 

A este nuevo Baal intocable, se le rinde pleitesía en los medios de comunicación, en todo el espacio público, en las políticas públicas y en la vida cotidiana de las personas: este dios-mercado o el dios-dinero omnipotente todo lo decide, todo lo ordena, todo lo organiza.
La globalización se presenta como modelo, cuando no es más que una etapa, una etapa transitoria de la evolución capitalista mundial, y la imagen comunicacional, esa poderosa mercancía que participa en el proceso de acumulación del capital por la vía de su realización y de su reificación, le sirve como soporte ideológico y virtual.    Dos parecen ser los dogmas constitutivos del nuevo catecismo político-económico: la idea de que el libre comercio constituye la vía principal y privilegiada a través de la cual se lograría el progreso, el crecimiento y el desarrollo; y la noción de que el desarrollo económico, base material del progreso social, resultará después del logro de un crecimiento económico basado prioritariamente en la apertura de los mercados al libre intercambio, sobre la base del uso intensivo de ciertas ventajas comparativas y competitivas.
 

Lo potente del proceso globalizador consiste, entre otros factores, en que este discurso ideológico se instala en los imaginarios colectivos y en las elites dominantes de las sociedades, sino que además, se inscribe en los territorios y espacios geo-económicos, transformando la totalidad del sistema-planeta en mercados segmentados, que deben obedecer a una lógica única y a patrones de comportamiento económico pre-establecidos.
 

III.  CRISIS DEL PARADIGMA DE LA COMUNICACIÓN
Y DEL CONOCIMIENTO
 

La Escuela de Frankfurt a principios del siglo XX, fue la primera visión intelectual que puso en cuestionamiento los paradigmas tradicionales de la comunicación.  Postulaba, a través de Horkheimer y Adorno, que la  industria cultural es uniforme,  que su tecnología simboliza y reproduce el sistema de dominación, que trasforma los productos culturales en mercancías, que tiende a degradar la cultura, que sirve como instrumento de dominación ideológica, que desublima el arte y que se fusiona técnica y económicamente con la publicidad. Estas afirmaciones paradigmáticas, sin embargo han debido ser repensadas.
 

Desde la segunda mitad del siglo XX, asistimos a un serio cuestionamiento a las teorías anteriormente predominantes en materia de comunicación.  En particular, la “escuela de Birmingham” formula una síntesis de las teorías críticas de diversas procedencias, disciplinas y epistemologías para aplicarlas al estudio de fenómenos comunicativos. Su objetivo principal es el estudio de la cultura de la sociedad contemporánea así como la relación que existe entre los medios y la sociedad de masas.
 

El primer postulado que surge desde allí es que se niega la noción de aceptar a los medios como vehículo de significación transparente, es decir sin significados ocultos o implícitos.   Por el contrario, el nuevo paradigma comunicacional pone especial énfasis en la estructuración lingüística e ideológica del mensaje, ambas preocupaciones tomadas de la Semiótica.
 

En segundo lugar, el nuevo paradigma comunicacional rechaza un concepto de la audiencia entendida como un ente pasivo e indiferenciado remplazándola con concepciones más activas, en las que se asume que la audiencia no solo es receptora de conocimientos e información, sino también juega un rol activo en la producción y reproducción de la información.
 

Además, ponen atención a la encodificación y las variaciones de las descodificaciones de la audiencia.
Y finalmente, a nivel de las ideologías, nuevamente traen a la discusión teórica la función de los medios en la diseminación, definición y representación de las ideologías dominantes.
 

La crisis de los paradigmas comunicacionales
 

A su vez, la escuela de Palo Alto llamada también como « el colegio invisible” y conformada por pensadores como Gregory Bateson, Edward Hall, Paul Watslawick, Erving Goffman, se distingue porque adopta conceptos y modelos de la teoría sistémica, pero también de la lingüística y la lógica, y porque intentan dar cuenta de una situación global de interacción y no sólo estudiar algunas variables tomadas aisladamente.
 

La comunicación es estudiada como un proceso social permanente que integra múltiples modos de comportamiento: la palabra, el gesto, la mirada, el espacio interindividual. En este modelo la comunicación se concibe como un sistema de canales múltiples en el que el autor social participa en todo momento, lo desee o no: su mirada, su actitud, comportamiento y hasta el mismo silencio. Como miembro de una cultura forma parte de la comunicación, así como el músico forma parte de la orquesta. Pero dentro de esta extensa orquesta no existe un director ni una partitura (código escrito) cada uno toca poniéndose de acuerdo con el otro.
 

El postulado comunicacional de esta escuela se basa en tres hipótesis: 1ª La esencia de la comunicación reside en procesos de relación e interacción (los elementos cuentan menos que las relaciones que se instauran entre ellos); 2ª Todo comportamiento humano tiene un valor comunicativo (las relaciones, que se corresponden y se implican mutuamente, pueden enfocarse como un vasto sistema de comunicación), observando la sucesión de los mensajes reubicados en el contexto horizontal (la secuencia de los mensajes sucesivos) y en el contexto vertical (la relación entre los elementos y el sistema), es posible extraer una lógica de la comunicación; y 3ª Los trastornos psíquicos reflejan perturbaciones de la comunicación entre el individuo portador del síntoma y sus allegados.   
 

La escuela de Palo Alto enfatizó sobre dos aspectos comunes y de importancia entre la comunicación interpersonal y la mediada « reconocimiento y generación de espacios a partir del factor relacional que es común a todo proceso comunicativo ». Es decir, las respuestas que el actor social encuentra a sus preguntas referidas: quién soy y quiénes somos, están impregnadas de significación espacial y varían según el sistema de redes que se invoque en este ejercicio de autoidentificación.
 

Lo que está en crisis es el paradigma positivista de las Ciencias clásicas y sus modos de conocer pero no un nuevo paradigma epistémico que en su multiplicidad y descentramiento concibe una ciencia más humana, más humilde, más relativa y más crítica. (Martínez, 1999)  En el campo de las Ciencias de la Comunicación el salto hacia lo transdiciplinar, ha significado en las dos últimas décadas no sólo el cuestionamiento del paradigma del modelo de comunicación unilateral de Laswell sino un enriquecimiento téorico- práctico de la investigación devenido de enfoques de la antropología, la historia, la economía política, la etnografia y la sociología crítica que han comenzado a interrogar los problemas de la comunicación desde otras ópticas como la de los movimientos culturales y las mediaciones simbólicas, porque más que desde los objetos (medios) o desde los sujetos (emisores/receptores) se aborda el problema de las subjetividades y los discursos sociales.
 

Sin embargo, el campo de la comunicación no escapa a las contradicciones que plantea la crisis de los paradigmas, y los avances teóricos logrados con enfoques más abiertos y flexibles se han visto acompañados de la aparición de planteamientos que devienen de una matiz teórica neopositivista, la cual ha resurgido a mediados de los setenta y se ha extendido en las décadas de los ochenta y los noventa con los enfoques gerenciales y la comunicación organizacional, así como con la teoría informacional, derivada de la cibernética, aplicada al estudio de los procesos de transmisión de información mediante computadoras.
 

En el fondo de esos enfoques se encuentra la teoría general de los sistemas, del biólogo Ludwing Von Bertalanffy (Mattelart, 1997:44), según la cual la información y sus procesos de transmisión y control en el seno de las organizaciones contribuyen a que los mismos funcionen, se regeneren, se institucionalicen y sobrevivan. Al trasladar el concepto de sistema a las organizaciones sociales y al pensar que todos los sistemas bien sea físicos, biológicos, psicológicos y sociales tienen características similares y pueden trabajar con un mismo modelo de análisis se confluye con las propuestas funcionalistas de la teoría de Talcott Parsons sobre los sistemas.
Según Lilienfeld (1984), la teoría de los sistemas concibe que el estado característico de los sistemas abiertos es su constante interacción con el entorno, con el cual mantiene una situación constante de equilibrio a pesar de que las entradas y salidas de información al sistema pudiesen producir transformaciones en sus partes. El concepto de estado constante de todo sistema abierto, es tomado de las leyes termodinámicas de la física, según las cuales el equilibrio de un sistema, su permanencia en un estado constante a pesar de estar abierto al entorno, depende fundamentalmente del suministro de energía. En el fondo todo enfoque sustentado en la teoría de los sistemas busca siempre el equilibrio.
 

En una visión más moderna, Niklas Luhmann aporta su teoría que considera a la sociedad como un sistema abierto que comprende no sólo los procesos evolutivos del hombre sino su proyecto de futuro, como un sistema dinámico pleno de significaciones dialógicas pero acompañado de un desarrollo tecnológico que si bien presenta peligros para la especie humana también contiene la esperanza y el futuro de la misma. (De Oliveira, 1992).
Aunque Luhmann busca abordar lo social de una manera más integral que las teorías clásicas lo hace desde la propuesta de la teoría de los sistemas, según la cual la sociedad es un sistema que se autogenera y autorreproduce, un sistema complejo integrado no tanto por individuos sino por la comunicación y determinado por la producción de sentido (Burkle, 1994:127-141).
 

El cientificismo sistémico que acompaña este pensamiento y que busca abordar la globalidad, las interrelaciones de los elementos que conforman al todo y la complejidad de los sistemas como conjuntos dinámicos y cambiantes, aplicado al campo social penetró primero en las ciencias políticas para luego incursionar en el campo de las ciencias de la comunicación a partir de Laswell, cuando se estudia cómo los medios y la información intervienen en la formación de las decisiones políticas y cuando se aborda el problema del feed-back o comunicación de retorno en su función de retroalimentación y regulación del sistema. (Mattelart, 1997).
 

En la actualidad, ese cientificismo sistémico ha servido de apoyo a teorías sobre las sociedades tecnológicamente avanzadas que analizan las innovaciones sociales y los procesos informáticos y electrónicos producidos en la sociedad de la información y a teorías sobre el análisis sistémico de las organizaciones modernas y sus estudios gerenciales; las cuales continúan dependiendo fuertemente de las derivaciones teóricas de la biología y la física al considerar a la categoría “sistema” como una realidad fija, determinada por funciones y disfunciones controlables, que aunque en sus visiones más progresistas incluyen al concepto de “sistema abierto”, y con ello plantean una divergencia con la física clásica, no transgreden la matriz teórica propia del pensamiento científico positivista.
 

Frente a ese resurgir de un nuevo neopositivismo que acompaña a las visiones optimistas sobre la cultura organizacional y el papel del crecimiento exponencial de la información en las sociedades modernas, sobre todo con el desarrollo de las tecnologías de la información, aparece un nuevo pensamiento más holístico y global que en su oposición con el positivismo modernista busca radicalizar la reflexión y aboga por un pluralismo metodológico.
 

En los años noventa, la fuerza del pensamiento posmodernista en las Ciencias Sociales parece tender hacia esa dirección, la de la confluencia, la interdisciplinaridad, la del alejamiento de la racionalidad científica encerrada en las fronteras del positivismo lógico, la de la vuelta de la ciencia hacia la vida humana, la de la reflexión profunda para derrumbar o validar viejos argumentos.
 

Esa “síntesis creativa”, según la definición de Enrique Sánchez (1992) se sustenta en la teoría de las apropiaciones dialécticas, en la reflexión teórica, en el pluralismo disciplinario y en la confluencia metodológica como vías para comenzar una tarea de recomposición del pensamiento científico del siglo XXI que deberá arrancar de la transgresión de teorías,  paradigmas, modelos y enfoques metodológicos para poder iniciar la construcción de otras teorías con fundamentos filosóficos, éticos y epistemológicos críticos, desde lo real-global y con enfoques más holísticos, integrales y sinérgicos.
 

Los riesgos que implican esa nueva aproximación a la realidad desde una perspectiva distinta, nos obligan como investigadores de la comunicación a retomar la investigación teórica para ejercer una vigilancia epistemológica que hoy resulta fundamental para reconstruir los campos del saber comunicacional que han estado fuertemente influenciados por enfoques metodológicos y teóricos propios del neopositivismo.
 

Por su parte, la confluencia de nuevos enfoques en la constitución de paradigmas transdiciplinarios en el campo de la comunicación nos plantea la necesidad de mantener una apertura para mirar los fenómenos comunicacionales desde la historia, la cultura, la economía, la antropología y en ese juego de apropiaciones dialécticas poder acercarnos a problemas concretos que nos permitan una reflexión teórica más humanizada y menos instrumental.
 

La corriente de investigación latinoamericana ha empezado a llamar la atención sobre la necesidad de indagar la realidad comunicacional sin miedo a las aproximaciones empíricas, útiles para contrastar teorías, sin olvidar por ello las visiones críticas, de reconstrucción; en este planteamiento han coincidido los mexicanos Enrique Sánchez (1997), Raúl Fuentes (1997) y José Carlos Lozano (1994), entre otros.
 

Comunicación y globalización
 

 Por otra parte, observamos que la tendencia de la globalización, hacia la mundialización de los intercambios de bienes materiales y simbólicos, está introduciendo cambios estructurales profundos en la esfera de la producción, reproducción y circulación de la información y del conocimiento.
 

A medida que las redes de la globalización se extienden por el mundo y dentro de las sociedades, el conocimiento y la información van adquiriendo una capacidad de virtualizarse y de expandirse en forma creciente.   Virtualización y expansión son dos aspectos de una misma tendencia a hacer del conocimiento y de la información que lo contiene, un componente cada vez más importante, influyente y decisivo en los procesos productivos, en los procesos cognitivos y en los procesos pedagógicos.
 

Se ha difundido la idea de que la información y el conocimiento se están convirtiendo en datos horizontales, es decir, que se difunden a mayor velocidad y a un creciente número de individuos en nuestra sociedad contemporánea.  Esta no es más que una parte de la verdad. 
 

Para comprender este fenómeno de la expansión del conocimiento y la información, necesitamos de dos conceptos: el de asimetría y el de segmentación. 
 

La noción de asimetría –una vez más- nos permite comprender que los procesos de producción, reproducción y circulación de la información y del conocimiento, acelerados por la expansión física de las redes de las T.I.C. (tecnologías de la información y las comunicaciones) y que se producen en el contexto de la globalización, son procesos asimétricos, desiguales, estructuralmente desiguales.
 

La producción de conocimiento y de información es asimétrica, porque generalmente quienes la producen están situados en la cúspide de la escala social, y porque los conocimientos socialmente aceptados, culturalmente aceptados y reconocidos provienen de quienes forman parte del sistema, se integran dentro de un orden social ya desigual.   La sociedad moderna por lo tanto, se articula asimétricamente a la hora de producir conocimientos e información.   Pero además, hay asimetría en la reproducción del conocimiento, desde que los actores que participan en los procesos educativos y de multiplicación del saber, vienen condicionados por una desigualdad estructural anterior a la globalización.
 

Y finalmente hay asimetría en la circulación del conocimiento y de la información en una sociedad globalizada, toda vez que para acceder a la información el individuo necesita estar “conectado” a alguna de las redes que constituyen la globalización.  Para estar inserto e integrado en la globalización, el individuo debe estar conectado.   Pero, ¿qué sucede con quienes por razones geográficas, por razones culturales, por razones históricas, no están conectados, no saben que deben estar conectados o simplemente no se interesan en estar conectados?
 

REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS
  BÚFALO, Enzo del (1999). “El Triunfo de la economía de mercado y el ocaso de la teoría pura”. Ponencia presentada en el Seminario ¿Fin de la Ciencia?. CIPOST/Instituto de Filosofía del Derecho. LUZ. Maracaibo, 7 y 8 de Mayo.
 

BURKLE: B, Martha (1994). “La Comunicación: constitutivo esencial de la sociedad. Una aproximación a la propuesta luhmanniana”. En: OROZCO, G (Coord). Perspectivas para el análisis de los procesos de recepción televisiva. Cuadernos de Comunicación y Prácticas Sociales Nº 6. Universidad Iberoamericana. México. Pp.127-141.
 

DELEUZE, G y GUATTARI, F (1994). Mil Mesetas. Edit. Pre-textos. Valencia-Venezuela.
 

FUENTES, Raúl (1997). “Retos disciplinarios y postdisciplinarios para la investigación de la comunicación”. En: Revista Comunicación y Sociedad, Nº 31. Universidad de Guadalajara. México, Septiembre-Octubre.
 

LIlLIENFELD, Robert (1984). Teoría de Sistemas. Trillas. México.
 

LOZANO, José C (1994). “Hacia la reconsideración del análisis de contenido en la investigación de los mensajes comunicacionales”. En: CERVANTES, C y SÁNCHEZ, E (Coords.). Investigar la Comunicación. CEIC/universidad de Guadalajara/ALAIC. México.
 

OLIVEIRA CARDOSO, Onésimo de (1992). “Os paradigmas no ensino da comunicaçao: a transgressao epistemològica”. En: Revista Comunicaçao & Sociedade, No 17. Instituto Metodista de Educación Superior. Sao Paulo-Brasil.
 

MARTÍNEZ, Miguel (1999). Conferencia dictada en el Seminario ¿Fin de la Ciencia? CIPOST/Instituto de Filosofía del Derecho. LUZ. Maracaibo, Venezuela.
 

MATTELART, Armand (1997). Historia de las teorías de la comunicación. Paidós. Barcelona-España.
 

SÁNCHEZ, Enrique (1992). Medios de difusión y sociedad. Notas críticas y metodológicas. CEIC/Universidad de Guadalajara. México.
 

SÁNCHEZ, Enrique (1997). “Algunos retos para la investigación mexicana de comunicación. Una reflexión personal”. En: Revista Comunicación y Sociedad, Nº 30. Universidad de Guadalajara. México.
 

VEGA, Aimée (1999). “Los medios de comunicación en el nuevo orden”. En: Noticias de Comunicación (Noticom), Nº 10. Edit. Bosch. Barcelona- España.
 

13 août, 2006

el desarrollo futuro de la región de magallanes – desafíos y perspectivas

Classé sous alfondoalaizquierda,desarrollo regional,reflexiones — paradygmes @ 18:02

PROLOGO

 

Este ensayo tiene por objeto presentar una visión de conjunto acerca del desarrollo futuro de la región de Magallanes, con especial referencia a sus problemas actuales más relevantes y sus proyecciones más probables. Este ensayo tiene por objeto presentar una visión de conjunto acerca del desarrollo futuro de la región de Magallanes, con especial referencia a sus problemas actuales más relevantes y sus proyecciones más probables.Este documento ptropone una contribución intelectual y prospectiva, para un debate político y técnico desde una perspectiva de izquierda y para estimular una reflexión necesaria.

Manuel Luis Rodríguez U.   Cientista Político.

 

Punta Arenas – Magallanes, septiembre de 2003.

 

 INTRODUCCION GENERAL

 El siglo XXI ha comenzado.

Magallanes, junto a Chile y el mundo, se adentran paulatinamente en el siglo XXI y en sus complejos desafíos.

Los problemas del presente, sin lugar a dudas serán diferentes en el futuro. Las crisis, comom siempre suceden son cíclicas y mañana tendrán otro aspecto.

Los magallánicos merecemos mucho más.   Los magallánicos podemos construir otro desarrollo, otra región, otro futuro.  No basta con diagnosticar los males y con abandonarse al pesimismo de la hora o al negativismo de la oposición por la oposición. Hay que mirar las dificultades como oportunidades abiertas, para pensar y repensar nuestra condición regional y nuestro futuro como región.

 

modernidad y desarrollo regional 

A través de la historia regional, diversos consensos forman parte de nuestra manera regional de ver a la zona. 

Uno de ellos, es el sentido territorial profundo que nos une: nos sentimos parte de un espacio geográfico lejano y aislado del centro del país. De aquí emana un segundo consenso: compartimos una visión regionalista de nuestro pasado, nuestro estado actual y nuestro futuro.

Entre los consensos mayores que comienzan a instalarse entre nosotros, acaso éste es el más reciente: la necesidad y la perspectiva de alcanzar la modernidad, de ser una región moderna, como una condición deseable, como un modo de vida que garantice las mejores oportunidades y un nivel de calidad de vida cada vez más satisfactorio, para todos los habitantes del país y de la región.

Resulta evidente hasta hoy, que las modernizaciónes han traído un cierto progreso material visible, pero también han acentuado y profundizado las diferencias sociales, han abierto más la brecha económica y demográfica entre la capital regional y las demás comunas y provincias, y han generado nuevas formas de exclusión social y cultural.

Todos desean la modernidad, pero las diferencias y sesgos se producen al momento de definir qué tipo de sociedad moderna queremos alcanzar, qué sociedad moderna estamos construyendo, y sobre todo, cuáles son los costos humanos, culturales y ambientales que deberá pagar el país y la región, para llegar a la condición de modernos.

Entendemos que todo proceso de desarrollo que apunte hacia la modernidad, cualquiera sea el signo de ésta, implica esfuerzos, sacrificios y costos, los que se suman a las particulares condiciones geográficas y de estructura económica y productiva de la región de Magallanes. Por lo tanto, es altamente probable que el largo paso de Magallanes a la modernidad, se vea acompañado de mutaciones sociales, económicas y culturales más difíciles que el de otras regiones del país.

 

La modernización en curso es una tendencia profunda del desarrollo nacional y regional, que se ha instalado en nuestras vidas en forma permanente y por muchos decenios, y por lo tanto, los ciudadanos, los grupos organizados, los actores políticos, sociales y económicos regionales sienten la necesidad de interrogarse legítimamente, sobre el tipo de región que va a resultar de ella.

Es necesario subrayar y advertir que las formas de sociabilidad, estilos de vida y costumbres individuales y colectivas que caracterizaban en forma tradicional a la comunidad magallánica, están siendo impactadas y resultarán gradual y profundamente transformadas, por la incorporación de valores, estilos y formas de trabajo típicamente modernas.

Nuestros problemas actuales y los problemas que enfrentaremos como región en el futuro previsible, son y serán los problemas de la modernidad: creciente individualismo en las aspiraciones y formas de pensar y de actuar; pérdida y búsqueda del sentido de las vidas; descrédito y despolitización relativa de la ciudadanía; debilitamiento y pérdida de convocatoria de las organizaciones sociales tradicionales; orientación hacia el éxito personal medido en bienes materiales; consumismo; relativismo moral…

 

algunos rasgos históricos de nuestro desarrollo La totalidad de los actores regionales, coinciden desde hace largos decenios que el desarrollo de Magallanes no puede ser entendido ni concebido con los mismos parámetros que el resto de las regiones de Chile.

La totalidad de los actores regionales, coinciden desde hace largos decenios queSomos diferentes y queremos ser tratados en forma diferente y justa.

La totalidad de los actores regionales, coinciden desde hace largos decenios queSomos diferentes y queremos ser tratados en forma diferente y justa.Resulta interesante observar que el conjunto del desarrollo histórico de la región de Magallanes, desde la Toma de Posesión del Estrecho, ha girado a través del tiempo en torno a un recurso natural y productivo, formando períodos largos períodos, marcados por su predominio: la época del carbón (en la etapa fundacional), la época del comercio y la navegación (entre 1880 y 1920 aproximadamente), la época de la lana y la ganadería (entre 1920 y 1950), la época del petróleo (desde 1950 hasta hoy…).

A su vez, la crisis de cada uno de esos recursos, fueron el rasgo determinante de la decadencia económica relativa y de la búsqueda de nuevos recursos que dieran dinamismo al progreso de la zona.

Tres son a nuestro juicio, los factores que determinan la características distintivas del desarrollo histórico de Magallanes:

  1. la importancia estratégica, geopolítica y oceanopolítica que se le aribuye a la región de Magallanes, por su condición extrema y fronteriza, por su proximidad con el territorio antártico, por sus fragilidades demográficas en cuanto frontera interior, y por su privilegiada posición bioceánica;
  2. la característica pionera y colonizadora de su desarrollo económico fundacional, lo que determina su estructura productiva, sus modalidades de inversión y de poblamiento, todo lo cual produce un modo de desarrollo diferente al del resto del país; y
  3. la naturaleza específica de la identidad cultural magallánica, afirmada en un fuerte sentimiento regionalista, en el rechazo a los centralismos, en una apertura a la diversidad de aportes culturales y a una actitud pionera frente a la vida y al progreso. Magallanes:  Estado y desarrollo

En cada uno de los períodos señalados para nuestra historia económica regional, el rol y gravitación del Estado y las Políticas Públicas han sido determinantes para el progreso de la región.

Esto no quiere decir que la empresa privada no haya desempeñado una función activa y creadora. Por el contrario, el espíritu pionero que ha caracterizado históricamente a los magallánicos, se origina también en una poderosa corriente de iniciativas y empuje privado, de forjadores de empresas, de creación de trabajo y de riquezas.

Lo esencial, sin embargo, es que los elementos y factores determinantes que han hecho posible el desarrollo actual de Magallanes e incluso el desarrollo de la empresa privada, han dependido fundamentalmente del rol activo, orientador y planificador del Estado.

Fue el Estado el que creó en Magallanes, la infraestructura material que ha hecho posible el desarrollo actual de la región: construyó redes de caminos y de puentes; extrajo petróleo y gas y dio orígen a la industria petrolera nacional; instaló puertos y desarrolló astilleros; pavimentó veredas y calles; levantó edificaciones públicas y construyó numerosas poblaciones de viviendas sociales; puso en funcionamiento los sistemas de educación básica, media y universitaria; vinculó a la región con el resto de Chile y el mundo, mediante la telefonía, el correo y la televisión directa; fundó nuevas localidades urbanas; mantuvo las rutas marítimas de comunicación, con las zonas más apartadas de nuestra geografía; abrió las rutas hacia la Antártica y los mares australes; construyó aeropuertos, escuelas, liceos, hospitales y policlínicos; tendió vastas redes de gas natural en toda la región, para todas las viviendas; abrió las rutas de conexión aérea con el resto del país y del mundo; realizó toda la electrificación urbana y rural.

El Estado en el presente y en el futuro de Magallanes, no podrá ser un actor indiferente, mutilado o subsidiario de las iniciativas privadas. En Magallanes no habrá desarrollo estable y sustentable, sin un Estado activo, dinamizador, orientador de los esfuerzos individuales, colectivos y empresariales.

Por eso, necesitamos de un Estado más servicial y menos burocrático; de un Estado más eficaz y eficiente y menos tramitador; de un Estado que deja trabajar y abre oportunidades, y no que limita o paraliza.

Este ensayo presenta un análisis global de la problemática del desarrollo regional, desde tres aspectos fundamentales.

El primer capítulo presenta un amplio examen de un concepto del desarrollo de la región, de manera de fundamentar las propuestas aquí contenidas, mientras que el capítulo II analiza los principales nudos problemáticos del desarrollo regional.

El cap. III analiza la institucionalidad actual del desarrollo de Magallanes y presenta una propuesta al respecto, para el futuro.

 

UN CONCEPTO DEL DESARROLLO REGIONAL  DE MAGALLANES

 

El concepto del desarrollo regional, puede ser visto desde dos puntos de vista: desde el punto de vista de las estructuras y de las tendencias que lo determinan, o desde el ángulo de sus actores protagónicos y de los medios y recursos de que disponen para realizarlo.

Elegimos este segundo camino, porque creemos que el desarrollo de Magallanes y sus perspectivas futuras, especialmente en el corto y el mediano plazo, dependen fundamentalmente de la voluntad, de la decisión, de la confiabilidad y de la capacidad de concertación y compromiso de los principales actores económicos: el sector privado o empresarial, la Administración pública y el sector laboral.

Se propone reflexionar el presente y el futuro de Magallanes, en función de las siguientes definiciones básicas.El desarrollo de Magallanes lo entendemos primordialmente al servicio de su gente, tanto en el fortalecimiento de la identidad cultural regional y local como en su potenciamiento y crecimiento, en cuanto capital humano.Es necesario partir desde una premisa esencial, que afirma que los habitantes de Magallanes constituyen su riqueza cultural y económica más importante: son un capital humano de enormes potencialidades.Es necesario partir desde una premisa esencial, que afirma que los habitantes de Magallanes constituyen su riqueza cultural y económica más importante: son un capital humano de enormes potencialidades.No es posible pensar el desarrollo actual y futuro de Magallanes, si no se parte de la noción de que, en definitiva, se trata de una tarea humana, de seres humanos comprometidos consigo mismos y con sus familias, y que anhelan ver a su región progresando y modernizándose.

Es necesario partir desde una premisa esencial, que afirma que los habitantes de Magallanes constituyen su riqueza cultural y económica más importante: son un capital humano de enormes potencialidades.No es posible pensar el desarrollo actual y futuro de Magallanes, si no se parte de la noción de que, en definitiva, y que anhelan ver a su región progresando y modernizándose.Si creemos que Magallanes debe ser una región moderna, es para que sus habitantes se sientan felices viviendo en ella, para que sus recursos humanos sean cada vez más eficientes en promover la identidad cultural magallánica y patagónica y en producir los bienes y servicios que su desarrollo requiere.

Nuestras metas de desarrollo como región parten del requerimiento absoluto de lograr la radicación estable y definitiva de los magallanicos en su tierra. No es posible que los jóvenes y los profesionales opten por emigrar fuera de Magallanes, por encontrar mejores oportunidades.

Debemos hacer un esfuerzo para que Magallanes ofrezca las mejores oportunidades de trabajo, y de realización individual, familiar y profesional a sus propios hijos, integrando a los migrantes y a las personas que ven en la región un espacio abierto a su desarrollo.El desarrollo de Magallanes lo entendemos como un esfuerzo sustentable y sistemático de industrialización, mediante el trabajo, la iniciativa y la inversión de los propios habitantes de la región, creando riqueza a partir de la elaboración, transformación e incorporación de valor agregado a los recursos naturales disponibles.Magallanes no va a progresar ni crecer a ritmos mayores que los actuales, mientras no se generen en la región emprendimientos y empleos de carácter productivo, que potencien los recursos que la naturaleza nos ofrece. Magallanes no va a progresar ni crecer a ritmos mayores que los actuales, mientras no se generen en la región emprendimientos y empleos de carácter productivo, que potencien los recursos que la naturaleza nos ofrece.La generación de polos de desarrollo industrial, a partir del gas natural, de los hidrocarburos, del carbón, de los atractivos turísticos actuales y potenciales, de los productos primarios de la ganadería, la agricultura y la pesca, debiera constituirse en una prioridad de las políticas públicas regionales.El desarrollo de Magallanes lo entendemos como un esfuerzo colectivo e integrado de trabajo, de capital y de conocimientos, y una suma de esfuerzos individuales y colectivos, destinados a mejorar sustancialmente la calidad de vida de sus habitantes.En una perspectiva humana y cotidiana, el progreso y el desarrollo de Magallanes, son una suma de esfuerzos diarios, de trabajo, de estudio, de creatividad e imaginación, la que apunta a lograr un nivel de calidad de vida digno, moderno y sustentable para todos los habitantes de la región.En una perspectiva humana y cotidiana, el progreso y el desarrollo de Magallanes, son una suma de esfuerzos diarios, de trabajo, de estudio, de creatividad e imaginación, la que apunta a lograr un nivel de para todos los habitantes de la región.Deseamos que el desarrollo regional contribuya eficazmente a la integración social y cultural de todos sus sectores, dentro de la diversidad geográfica y cultural que lo caracteriza.

En una perspectiva humana y cotidiana, el progreso y el desarrollo de Magallanes, son una suma de esfuerzos diarios, de trabajo, de estudio, de creatividad e imaginación, la que apunta a lograr un nivel de para todos los habitantes de la región.Deseamos que el desarrollo regional contribuya eficazmente a la de todos sus sectores, dentro de la diversidad geográfica y cultural que lo caracteriza.El desarrollo de sus infraestructuras, de sus servicios, de sus empresas, de sus medios de comunicación y transporte, de la calidad y progreso de sus ciudades y localidades, de sus barrios y poblaciones, no apuntan al progreso material en sí mismo, sino a la realización de la dignidad de las personas, a una vida moderna en lo material y en lo cultural y a condiciones de respeto y equilibrio con el medio ambiente natural que les rodea, para que dicha calidad de vida mejor, puedan heredarla con orgullo a las generaciones venideras.El desarrollo de Magallanes lo concebimos como una tarea política y económica con visión de futuro, que supone necesariamente la integración y la complementación patagónica, que compromete las capacidades creativas y productivas de empresarios, trabajadores y funcionarios del Estado, en la perspectiva de insertar eficientemente a la región, en un conjunto de mercados regionales, nacionales e internacionales, en función de ciertas ventajas competitivas y en términos de competencia equitativa.El progreso de Magallanes no depende sólo de algunos.El progreso de Magallanes no depende sólo de algunos.Es el fruto colectivo del trabajo, de la inversión, y la creatividad de todos sus habitantes. En Magallanes se sintetiza el esfuerzo de los trabajadores, los empresarios y del sector público, aún cuando los aportes sean diferentes.

El progreso de Magallanes no depende sólo de algunos.Es el fruto colectivo del trabajo, de la inversión, y la creatividad de todos sus habitantes. En Magallanes se sintetiza el esfuerzo de los trabajadores, los empresarios y del sector público, aún cuando los aportes sean diferentes.De aquí que el sector público y las autoridades de Gobierno tienen una responsabilidad de orientar el desarrollo, de poner en marcha políticas públicas estables y de crear las condiciones políticas y jurídicas para que el esfuerzo colectivo sea percibido positiva y beneficiosamente por cada uno de los habitantes de la región.

Se entiende que Magallanes constituye un mercado de tamaño reducido, suficiente para un conjunto de actividades económicas locales, pero insuficiente para la producción/consumo a gran escala. Por lo tanto, la inserción e integración de la región (de sus productos y servicios especializados) en los mercados de la Patagonia, de América Latina y del resto del mundo) constituye una tarea estratégica para el desarrollo regional.

La integración y la complementación con las provincias australes argentinas, es un requisito esencial para el desarrollo de la región de Magallanes. Es necesario observar que los actores económicos, laborales, políticos y culturales de ambos lados de la frontera austral quieren ser parte de la integración.

En la medida en que los procesos de integración, han sido predominantemente verticales, o sea, que han consistido fundamentalmente en el desmantelamiento gradual de las regulaciones estatales, que impiden una mejor aproximación de las economías, o que limitan la circulación de personas, bienes y capitales, se hace necesario avanzar ahora en el fortalecimiento de la dimensión horizontal de la integración, entre los actores económicos, sociales y culturales de toda la Patagonia.

El concepto de regionalismo abierto que ha estado vigente en los actuales esquemas de integración latinoamericana, puede adaptarse a escala de la integración entre regiones fronterizas, y dentro de un espacio geo-económico único como es la Patagonia.

Se trataría entonces de aplicar criterios de preferencias recíprocas entre los actores económicos de las regiones chilenas y argentinas de la Patagonia, no extensibles a otras regiones de ambos países, de manera de crear flujos de comercio e intercambio, sin incrementar las barreras que existen aún respecto de otros países u otras regiones del mundo.

Desde el punto de vista de la inserción internacional y continental de la economía regional, hay que responderse a cuatro preguntas: ¿cuáles son nuestras ventajas competitivas? ¿qué producimos mejor y más eficientemente? ¿dónde están los mercados que se interesan en nuestros productos? y ¿cómo llegamos a dichos mercados con nuestros productos?

Es necesario un esfuerzo sistemático –especialmente del sector público- para explorar e identificar mercados, para promover nuestra imagen-región y nuestros productos y servicios, a fin de ganar una mayor presencia e inserción internacional.

Los tres círculos concéntricos de la expansión e inserción económica internacional de la región de Magallanes, son los espacios económicos privilegiados donde se pueden desarrollar nuestras ventajas competitivas, y donde buscar preferentemente mercados, los que podrían definirse como los siguientes:

  1. un primer círculo concentrico, constituído por la región patagónica: Aysén y Chiloé en Chile, y las provincias de Rio Negro, Santa Cruz y Tierra del Fuego en Argentina.
  2. un segundo círculo concéntrico, está constituído por los países y mercados potenciales del MERCOSUR (Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay), y
  3. un tercer círculo concéntrico, formado por los mercados de algunos países de Europa, Asia, Medio Oriente y América del Norte.

La inserción internacional de la región en los mercados externos, la entendemos como un esfuerzo a la vez individual y colectivo, basado en una lógica de potenciamiento de nuestras ventajas competitivas como región y de competencia equitativa, de manera que los principios de equidad y beneficio mutuo que fundamentan las normas de la competencia, se apliquen de igual forma al interior de la economía regional, como en sus relaciones con otros mercados.El desarrollo de Magallanes lo concebimos como una acción sistemática y un conjunto de logros concretos y medibles en el tiempo, en los que se comprometen los actores regionales, los representantes políticos y el Estado central, de manera que operen políticas públicas estables y reglas claras, para favorecer la inversión y la radicación productiva permanente.Magallanes dispone de una profusión de políticas públicas, de una amplia batería de normas de estímulo a la inversión.Magallanes dispone de una profusión de políticas públicas, de una amplia batería de normas de estímulo a la inversión.La tarea es ahora buscar compatibilizar y armonizar todas éstas disposiciones, en un marco normativo e indicativo único, en un Plan Indicativo global del Desarrollo Regional (eventualmente para el período 2000-2012), que establezca criterios y reglas del juego estables en el tiempo, orientadas al mediano y largo plazo, y que surja de una eficaz elaboración político-técnica, y de la consulta y participación ciudadana.

Magallanes dispone de una profusión de políticas públicas, de una amplia batería de normas de estímulo a la inversión.La tarea es ahora buscar compatibilizar y armonizar todas éstas disposiciones, en un marco normativo e indicativo único, en un (eventualmente para el período 2000-2012), que establezca estables en el tiempo, orientadas al mediano y largo plazo, y que surja de una eficaz elaboración político-técnica, y de la consulta y participación ciudadana.Ello implicará que los representantes políticos de la región, verán allí reflejadas las aspiraciones y orientaciones de política, dentro de las cuales realizarán la labor legislativa y de fiscalización.El desarrollo sustentable de Magallanes lo concebimos como un proceso de mejoramiento sostenido y equitativo de la calidad de vida de las personas en la región, fundado en la aplicación de medidas apropiadas de conservación y protección del medio ambiente regional y patagónico, de manera de satisfacer las necesidades y requerimientos de las generaciones actuales, sin comprometer las expectativas de las generaciones futuras.Los magallánicos vivimos en un territorio privilegiado.Los magallánicos vivimos en un territorio privilegiado.Aquí se sintetiza una geografía cuyo patrimonio ecológico territorial es único e irrepetible. Aquí se encuentran la pampa patagónica, los hielos milenarios, los bosques nativos y los mares australes y antárticos.

Los magallánicos vivimos en un territorio privilegiado.Aquí se sintetiza una geografía cuyo es único e irrepetible. Aquí se encuentran la pampa patagónica, los hielos milenarios, los bosques nativos y los mares australes y antárticos.Históricamente, el desarrollo de Magallanes ha dependido en gran medida, de la explotación extensiva e intensiva de uno o dos recursos naturales. Por lo tanto, el desarrollo presente y futuro de Magallanes continuará asociado fuertemente a la dotación de recursos y materias primas que entrega su capital natural.

Por lo tanto, el desarrollo de Magallanes debe ser sustentable ambientalmente o se convertirá en una gradual depredación de la naturaleza, de los recursos naturales y de la propia biodiversidad.

La naturaleza es uno de los mayores capitales de que dispone la región, para impulsar su desarrollo, introducir valor agregado en la producción y realizar el bienestar de sus habitantes.

El desarrollo sustentable de Magallanes apunta a recuperar y mejorar la calidad ambiental de la vida de los magallánicos, a prevenir el deterioro ambiental en la región, a fomentar sistemáticamente la protección del patrimonio ambiental y el uso sustentable de los recursos naturales de la región, a introducir consideraciones ambientales en los proyectos y actividades del sector productivo regional, a involucrar participativamente a la ciudadanía en la gestión ambiental, a reforzar la institucionalidad ambiental de la región, y a contribuir desde una perspectiva regional y local a perfeccionar la legislación ambiental, y al desarrollo de nuevos instrumentos de gestión adecuados a las características regionales.

Magallanes posee una identidad cultural regional propia y única, que la caracteriza en el contexto nacional y que la integra en la Patagonia, basada en un sentido pionero de la vida, en una voluntad perseverante de progreso y de esfuerzo frente a las adversidades naturales de su geografía, y en una actitud de apertura al extranjero, valores que constituyen el sentido cultural profundo de nuestro estilo histórico de desarrollo.Los magallánicos realizan su desarrollo y su progreso, de acuerdo a sus propias características, a su mentalidad austral, patagónica y sureña, a su idiosincracia regionalista. Los ritmos de trabajo y de funcionamiento cotidiano, aquí son diferentes a los de otras regiones o de la capital. Nuestra sociabilidad es predominantemente familiar, hogareña e intramuros.Los magallánicos realizan su desarrollo y su progreso, de acuerdo a sus propias características, a su mentalidad austral, patagónica y sureña, a su idiosincracia regionalista. Los ritmos de trabajo y de funcionamiento cotidiano, aquí son diferentes a los de otras regiones o de la capital. Nuestra sociabilidad es predominantemente familiar, hogareña e intramuros.El regionalismo magallánico debe ser visto más como un acerbo histórico y cultural que enriquece nuestra identidad e idiosincracia, antes que como un localismo que limita nuestra visión de región o de país.

Los magallánicos realizan su desarrollo y su progreso, de acuerdo a sus propias características, a su mentalidad austral, patagónica y sureña, a su idiosincracia regionalista. Los ritmos de trabajo y de funcionamiento cotidiano, aquí son diferentes a los de otras regiones o de la capital. Nuestra sociabilidad es predominantemente familiar, hogareña e intramuros.El regionalismo magallánico debe ser visto más como un acerbo histórico y cultural que enriquece nuestra identidad e idiosincracia, antes que como un localismo que limita nuestra visión de región o de país.Por lo tanto, estas características culturales deben ser consideradas como ventajas y oportunidades para que en los productos y servicios que salen de la región, vaya impreso el sello distintivo de nuestra identidad.

Por último, respecto a la relación entre las Políticas Públicas para el desarrollo regional y el Estado central, debe existir un mecanismo que permita conciliar permanentemente ambos niveles de decisión e implementación.

En efecto, si se parte de la premisa que la región de Magallanes se encuentra entre las regiones más rezagadas en su contribución al crecimiento y al dinamismo económico del país, y en la que la percepción de aislamiento y abandono de los niveles centrales es más aguda, debiera entenderse que la Política o Estrategia de Desarrollo Regional para el próximo período de gobierno, representa a la vez, un compromiso político y moral de los habitantes de la región y de sus principales actores sociales y económicos, y una responsabilidad global del Estado tanto de sus autoridades nacionales como de su Gobierno regional.

Esto se traduciría en sellar un compromiso de cumplimiento (eventualmente de naturaleza jurídica) entre el Gobierno regional y el Gobierno nacional para que dicha Estrategia o Política general de Desarrollo Regional se constituya en el hilo conductor único de los respectivos procesos de toma de decisiones y de asignación de recursos.

 

LOS PRINCIPALES NUDOS PROBLEMATICOS  DEL DESARROLLO REGIONAL

 

Este capítulo presenta un examen de los principales problemas o nudos problemáticos que afectan a la región de Magallanes en la actualidad, y esboza algunas líneas generales de propuesta, dentro de las cuales se pueden formular Políticas Públicas específicas, sectoriales o multisectoriales para intentar resolverlos.

Este capítulo presenta un examen de los principales problemas o que afectan a la región de Magallanes en la actualidad, y esboza algunas líneas generales de propuesta, dentro de las cuales se pueden formular Políticas Públicas específicas, sectoriales o multisectoriales para intentar resolverlos. pobreza, políticas públicas y solidaridad 

Crece entre los magallánicos, la percepción que el actual modelo económico de desarrollo, parece acentuar las diferencias sociales y las desigualdades en la distribución del ingreso.

La pobreza -junto al desempleo, la inseguridad ciudadana, la salud, la educación y las bajas remuneraciones que le están asociadas- constituye una de las prioridades fundamentales en la actualidad para los ciudadanos.

La pobreza debe ser enfrentada por parte del Estado, con más educación/capacitación, con la generación de recursos y proyectos que permitan la creación de puestos de trabajo y estimulando la solidaridad horizontal.

Una vez más, el rol gravitante del Estado y la Administración en la composición de la fuerza de trabajo de la región, debe permitir una mejor distribución del ingreso, mediante fórmulas estables, por ejemplo, de bonificación y compensación por el aislamiento, y estímulos especiales y permanentes, para la radicación de los funcionarios públicos después de su jubilación.

Los márgenes de pobreza urbana y rural que aún tiene la región, debieran enfrentarse con medidas paliativas del Estado, eficientemente focalizadas a los propios beneficiarios, y con el desarrollo de redes horizontales de solidaridad y de fortalecimiento del tejido social organizado, a fin de generar interdependencias positivas.

Una política regional para enfrentar la pobreza y la exclusión, debiera orientarse a generar programas de trabajos públicos anuales, ofrecer beneficios especiales para la educación y la capacitación de las personas y familias, así como para asegurar el acceso preferencial a la salud pública y a la vivienda.

La región debiera crear, por ejemplo, con fondos fiscales y privados, un Fondo Regional de Estímulo a la Educación, que opere regional y comunalmente becas de estudios en la Enseñanza Básica, Media y Superior, dirigidas a niños y jóvenes de escasos recursos, sobre la base del rendimiento escolar y educacional de sus beneficiarios.

A los procesos de globalización e inserción internacional de la economía regional, hay que agregar esfuerzos para fortalecer y potenciar las microeconomías locales, poniendo énfasis, por ejemplo, en estimular el desarrollo de la economía doméstica y familiar urbana.

Hay que crear redes de solidaridad que favorezcan la superación personal, la autonomía, el crecimiento humano y el autodesarrollo de los sectores más vulnerables de la población, y evitar que el asistencialismo sea el único recurso de ayuda.

En la generación de estas redes horizontales de solidaridad, hay que tomar en consideración el aporte fundamental de las mujeres, a través de su experiencia en la economía doméstica, y su capacidad de entrega y compromiso, así también como el rol positivo de las organizaciones comunitarias y de las entidades religiosas.Transformación productiva, desarrollo industrial, diversificación y medio ambiente

Este ensayo tiene por objeto presentar una visión de conjunto acerca del desarrollo futuro de la región de Magallanes, con especial referencia a sus problemas actuales más relevantes y sus proyecciones más probables.Se propone reflexionar el presente y el futuro de Magallanes, en función de las siguientes definiciones básicas.Debemos hacer un esfuerzo para que Magallanes ofrezca las mejores oportunidades de trabajo, y de realización individual, familiar y profesional a sus propios hijos, integrando a los migrantes y a las personas que ven en la región un espacio abierto a su desarrollo.

Este ensayo tiene por objeto presentar una visión de conjunto acerca del desarrollo futuro de la región de Magallanes, con especial referencia a sus problemas actuales más relevantes y sus proyecciones más probables.Se propone reflexionar el presente y el futuro de Magallanes, en función de las siguientes definiciones básicas.Debemos hacer un esfuerzo para que Magallanes ofrezca las mejores oportunidades de trabajo, y de realización individual, familiar y profesional a sus propios hijos, integrando a los migrantes y a las personas que ven en la región un espacio abierto a su desarrollo.La generación de polos de desarrollo industrial, a partir del gas natural, de los hidrocarburos, del carbón, de los atractivos turísticos actuales y potenciales, de los productos primarios de la ganadería, la agricultura y la pesca, debiera constituirse en una prioridad de las políticas públicas regionales.El desarrollo de sus infraestructuras, de sus servicios, de sus empresas, de sus medios de comunicación y transporte, de la calidad y progreso de sus ciudades y localidades, de sus barrios y poblaciones, no apuntan al en sí mismo, sino a la y a condiciones de que les rodea, para que dicha calidad de vida mejor, puedan heredarla con orgullo a las generaciones venideras.La inserción internacional de la región en los mercados externos, la entendemos como un esfuerzo a la vez individual y colectivo, basado en una lógica de potenciamiento de nuestras y de de manera que los principios de equidad y beneficio mutuo que fundamentan las normas de la competencia, se apliquen de igual forma al interior de la economía regional, como en sus relaciones con otros mercados.Ello implicará que los representantes políticos de la región, verán allí reflejadas las aspiraciones y orientaciones de política, dentro de las cuales realizarán la labor legislativa y de fiscalización.Este capítulo presenta un examen de los principales problemas o que afectan a la región de Magallanes en la actualidad, y esboza algunas líneas generales de propuesta, dentro de las cuales se pueden formular Políticas Públicas específicas, sectoriales o multisectoriales para intentar resolverlos. Magallanes siempre ha articulado su desarrollo, en función de uno o más recursos naturales.

Ahora la región necesita urgentemente recursos para inversión en su desarrollo productivo e industrial. Ya no basta con producir y extraer recursos naturales; ahora se hace necesario transformarlos, incorporarles valor agregado en la región, generando de paso nuevas perspectivas de empleo a sus habitantes.Por lo tanto, junto con introducir las variables ambientales en el desarrollo, se requiere inducir y orientar la inversión productiva hacia la diversificación productiva y hacia una creciente incorporación de valor agregado a nuestros productos y servicios, orientación que debe ser emprendida con un sentido de región y de largo plazo. Ello supone, entre otras tareas, fortalecer las capacidades emprendedoras de los habitantes de la región, especialmente de las jóvenes generaciones.

La transformación productiva de la región, en la perspectiva del mediano y largo plazo, supone no solamente la necesaria e ineludible reconversión programada de las actividades de ENAP, en virtud del agotamiento gradual de la producción petrolera tradicional, sino que debiera ser la motivación central de una Política regional deliberada orientada a la diversificación de la inversión y de las actividades productivas.

No basta que desarrollemos la ganadería, la pesca, los recursos forestales, o el turismo: tenemos que incorporarle tecnología y tecnologías limpias, y sobre todo, información y conocimientos adquiridos de la propia creatividad magallánica.

Esto implicaría, entre otros instrumentos, generar mecanismos estables de apoyo estatal a la iniciativa y creatividad tecnológica y empresarial, y a la innovación a partir de los recursos naturales de la región.desarrollo del capital humano de la región

Los magallánicos no son solamente la población de la región: constituyen además un capital humano que debemos cuidar y potenciar. El aprendizaje y el dinamismo del joven, el trabajo y la experiencia del adulto, el acerbo y la sabiduría del anciano, la sensibilidad y el empuje de la mujer, todo contribuye a un crear un importante potencial humano de creatividad, que puede ser potenciado en beneficio del desarrollo de la región y de las comunas.

Los esfuerzos de capacitación tanto del sector privado, como del Estado, deben ser aún mayores, y contar con mayores recursos, a fin de favorecer sistemáticamente un mejoramiento de la calidad, la inserción laboral y la productividad de la fuerza de trabajo.

Una Política Regional de Capacitación debe articular y potenciar los esfuerzos y capacidades estatales y privadas, y orientarse a focalizar la formación especializada hacia dos sectores en particular: hacia el desarrollo de las capacidades emprendedoras, y hacia los sectores laborales más rezagados y de menor nivel de preparación, y en particular, hacia los jóvenes que ingresan al mundo del trabajo, los que constituyen un universo altamente sensible a los impactos y cambios en el mercado y de las coyunturas de crisis.

A su vez, el fortalecimiento de los Gobiernos provinciales y Comunales, pasa, entre otros objetivos, por un intenso y sistemático esfuerzo de capacitación especializada de los equipos humanos y profesionales que los administran, a fin de reforzar las capacidades de gestión, implementación y evaluación de las Políticas Públicas.

En cuanto a las generaciones jovenes actuales, la región debe realizar un esfuerzo sistemático para multiplicar las oportunidades de expresión cultural, formación y educación, e inserción laboral, a fin de evitar la frustración de las expectativas.

También, la región debe estimular las iniciativas que tiendan a favorecer e inducir la radicación estable y definitiva de sus propios jóvenes y sus nuevos profesionales, ampliando la oferta educacional superior en la región, y generando –por ejemplo- un Servicio-Región que amplíe los horizontes culturales, la experiencia práctica y la identidad regional de sus estudiantes. Este Servicio-Región –al igual que el Servicio-País- operaría con fondos regionales de manera de facilitar la inserción de jóvenes nuevos profesionales al desarrollo de alguna comuna apartada de la zona, durante un año.

 

integración patagónica y desarrollo sustentable 

La Patagonia argentina no es solamente el principal espacio de inmigración chilena a la vecina república. Debemos verla como el primer mercado potencial más cercano que tienen los productos y servicios magallánicos.

Es necesario reconocer que –en general- la trayectoria histórica, el modo de producción, la estructura productiva, y el tipo de relación con la capital nacional de las regiones australes de Chile y Argentina, ha sido muy similar.

La Patagonia chileno-argentina posee un mismo contexto geográfico y medio-ambiental, de manera que las políticas ambientales aplicadas por los respectivos gobiernos regionales y provinciales de ambos lados de la frontera, deben tender a compatibilizarse y a establecer normas comunes y compatibles de evaluación de impacto ambiental.

En el contexto de globalización de los mercados y las economías, actualmente predominante, debemos pensar a Magallanes como parte de la Patagonia, entendida como un solo gran espacio geo-económico de integración y cooperación, con una creciente capacidad política e institucional para proyectarse hacia el resto del continente americano y del mundo.

Hay que identificar nuestras ventajas competitivas como región de Magallanes, y trabajarlas en coordinación política e institucional con las regiones del sur argentino, a fin de potenciar las ventajas competitivas y las economías de escala del conjunto de la Patagonia, a fin de intentar acceder -también en conjunto- a los grandes mercados asiáticos, europeos y americanos.

Tenemos que aprender a ofrecer y vender las ventajas, bellezas, productos y servicios de toda la Patagonia, juntos argentinos y chilenos, cuidando de preservar, también en conjunto, sus riquezas naturales, su patrimonio ecológico territorial único.globalización, apertura e identidad regional 

La región necesita integrarse en las corrientes globalizadoras, pero no al costo de la entrada indiscriminada de la influencia imperialista y extranjerizante, sino con sus propias ventajas competitivas, con sus propios productos y servicios, con su propia identidad cultural.

La globalización no puede ser vista solo como una limitante, sino que por el contrario, hay que utilizarla como una oportunidad abierta, como un mecanismo que puede servir para crecer como región, para acceder y expandir sus mercados y para hacer efectiva su presencia en el mundo y en el continente latinoamericano.

Los habitantes de la región deben tomar en sus manos las posibilidades de la globalización, introduciendo en ella sus valores identitarios como magallánicos y como chilenos.

Por lo tanto, junto con estimular los procesos de integración y complementación con las provincias de la Patagonia argentina, el Estado en la región debe desplegar políticas sistemáticas para la identificación y exploración de mercados potenciales para nuestros productos, en los países del MERCOSUR, en América Latina en general, hacia América del Norte, Europa, Asia y otras regiones del mundo.

El gobierno regional y otros actores regionales deben fortalecer sus capacidades para promover de un modo sistemático y programado la imagen-región en dichos mercados, mediante giras de difusión y la participación en eventos y ferias. Un mecanismo eficaz en esta perspectiva, sería la idea de realizar -anual y alternativamente- una Feria Industrial, Turística y Comercial de la Patagonia, en conjunto con los gobiernos provinciales del sur argentino.

 

desarrollo territorial, inversión productiva y radicación estable

 

Magallanes es una zona demográficamente vulnerable, que presenta sectores y comunas en los que la población radicada no crece, sino que se proyecta en disminución, con grave perjuicio para su desarrollo y para el ejercicio de la soberanía. 

Desde ésta perspectiva territorial, cada magallánico, cada habitante de la región, es un protagonista responsable de la soberanía nacional.

La región está experimentando un lento drenaje de habitantes, de jóvenes, de profesionales, técnicos y especialistas. El trabajador que jubila opta por emigrar, el estudiante secundario busca otros horizontes para estudiar, el egresado universitario prefiere otras regiones o la capital para su realización profesional.

La red de infraestructura vial en la región, forma aún un entramado muy frágil y poco denso, como para favorecer la penetración, la presencia y el poblamiento.

A su vez, la gradual crisis de la explotación petrolera tradicional, pudiera acentuar la emigración de profesionales y generar cambios demográficos negativos, principalmente en las localidades pobladas que han dependido del petróleo.

El Estado, en consecuencia, como factor institucional articulador del desarrollo regional, debe generar e implementar una política de Estado –situada en la perspectiva del largo plazo- que estimule la inversión y la radicación en Magallanes, de personas, familias y agentes productivos regionales y nacionales, que permanezcan y se radiquen en la zona, que contribuyan a su progreso material y cultural, generando oportunidades y trabajos estables.

Esta política supone también, una visión de Estado de su desarrollo, ordenamiento y planificación territorial, de manera que tiendan a disminuir las vulnerabilidades demográficas que afectan a la región, y al mismo tiempo, contribuyan a fortalecer las ventajas competitivas y las características socio-económicas y culturales de las provincias.

Se trata de disminuir gradualmente los desequilibrios demográficos y territoriales entre la capital regional y las provincias, generando sinergias que orienten y reorienten la inversión, el poblamiento y la radicación productiva especialmente en Tierra del Fuego y Ultima Esperanza, conforme a criterios de preservación de la identidad cultural y del patrimonio ecológico territorial, y de búsqueda de un mayor equilibrio demográfico intraregional.imagen-región y desarrollo turístico

Si la geografía es uno de los capitales mayores y una de las principales ventajas competitivas de la región de Magallanes, entonces el turismo puede devenir un sector cada vez más gravitante de su desarrollo y crecimiento.

Las distancias, la lejanía de los grandes centros poblados del mundo, y a su vez, la proximidad con el Polo Sur y la Antártica, las características ganaderas de su economía histórica, y la naturaleza agreste del territorio y los mares australes, constituyen un patrimonio ecológico único y un capital natural que pueden explotarse turísticamente.

Así también, se hace necesario potenciar el turismo de verano y el turismo de invierno, en función de las características climatológicas y geográficas de la zona, dirigiendose a mercados específicos.

Para ello, el Estado y el sector privado deben desarrollar planes y políticas sistemáticas de promoción de nuestra imagen-región y de las bellezas naturales que nos caracterizan. La propia promoción en los mercados cercanos a Magallanes (Cono Sur, MERCOSUR, América Latina) debiera realizarse enfatizando su entorno natural, sus características únicas y su identidad cultural.

 

proyección marítima y antártica de magallanes

El desarrollo de la región de Magallanes debe integrar las variables antártica y marítimo-oceánica, de manera de consolidar su importancia geopolítica y oceanopolítica en el contexto nacional y del Cono Sur de América Latina.

En efecto, la posición relativa de Magallanes en el Cono Sur de América Latina, le otorga un conjunto de ventajas geográficas comparativas y le asignan un rol oceanopolítico de importancia, en la proyección marítima de Chile hacia los espacios australes y antárticos y hacia el océano Pacífico.

El fortalecimiento de las infraestructuras portuarias, de reglamentaciones flexibles y de nuestra capacidad de interconexión aérea y marítima entre el continente americano y la Antártica, debiera redundar en beneficios económicos y científicos para la región.

Magallanes debe configurarse en un gran centro de proyección antártica, que estimule la investigación científica, y la formación profesional y técnica de recursos humanos especializados en asuntos antárticos.

La región de Magallanes, y en particular la ciudad de Punta Arenas, puede fijarse la meta de devenir el primer puerto y aeropuerto antártico de Chile. La presencia de Chile en el continente antártico y en los mares australes, debiera realizarse preferentemente a partir de la región de Magallanes.

Una Política Antártica de la región de Magallanes, diseñada con una visión prospectiva y de Estado, debiera orientarse principalmente a fortalecer la presencia de Chile en el continente blanco, mediante planes y programas de investigación científica y tecnológica aplicada, y el estímulo de un desarrollo turístico ambientalmente sustentable en dicha región del planeta.

 

LA INSTITUCIONALIDAD DEL DESARROLLO REGIONAL

 

Una característica esencial de las políticas y estrategias de desarrollo modernas, reside en su institucionalización de manera que las grandes orientaciones deben necesariamente traducirse en políticas públicas y en mecanismos jurídicamente regulados de acción. En este caso específico, ésta institucionalización también supone que la política y Estrategia de desarrollo regional se traduce en mecanismos y procedimientos sistémicos de toma de decisiones.

Una característica esencial de las políticas y estrategias de desarrollo modernas, reside en su de manera que las grandes orientaciones deben necesariamente traducirse en políticas públicas y en mecanismos jurídicamente regulados de acción. En este caso específico, ésta institucionalización también supone que la política y Estrategia de desarrollo regional se traduce en mecanismos y procedimientos sistémicos de toma de decisiones.La Región de Magallanes es beneficiaria de un conjunto de normas legales destinadas a incentivar la inversión y el desarrollo.

 

los instrumentos actuales para el desarrollo regional

 

Desde el punto de vista de los instrumentos, por ejemplo, existen diversos tipos de Incentivos para Inversionistas (vía CORFO), Proyectos de Fomento (PROFOS), mecanismos de estímulo a la Contratación de Mano de Obra, de estímulo y subsidio a la Capacitación Laboral, además del Plan de Desarrollo Productivo para la Zona Austral (o Plan Austral, recientemente aprobado) y del Fondo de Desarrollo de Magallanes (FONDEMA).

Desde el punto de vista jurídico –por otra parte- la región de Magallanes dispone actualmente de los siguientes instrumentos especiales para su desarrollo:

      

  • Ley Nº 13.039 (1958) de Franquicias a los residentes en Regiones Extremas.
  • DS. Nº 341 (08.06.77) de Zonas Francas.
  • DL. Nº 1939 (10.11.77) Fija normas respecto de los bienes del Estado y la venta de terrenos a extranjeros.
  • DL. Nº 889 (21.02.75) de Incentivo a la Contratación de Mano de Obra.
  • DL. Nº 3529 (06.12.80) y DFL. Nº 15 (20.04.81) de Incentivo a la Inversión.
  • Ley Nº 18.392 (14.01.85) o « Ley Navarino », de Régimen Preferencial Aduanero y Tributario.
  • Ley Nº 19.149 (06.07.92) o « Ley Tierra del Fuego », de Régimen Preferencial Aduanero y Tributario.
  • Ley Nº 19.420 (23.10.,95) o « Ley Arica » con beneficios aplicables para Magallanes.
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¿Han sido o son todos ellos útiles, eficientes y eficaces en promover el desarrollo, o en cumplir con las finalidades para los que fueron creados?

Es necesario efectuar una amplia evaluación crítica de la eficacia, pertinencia e impacto que dichos mecanismos han tenido en el desarrollo y el crecimiento económico de Magallanes, y en particular en la generación de empleos, en la perspectiva de integrar a todos estos instrumentos en un cuerpo normativo único.

 

un plan indicativo estratégico para el desarrollo de magallanes

 

La diversidad de instrumentos de apoyo y estímulo al desarrollo de Magallanes indica que históricamente, han existido esfuerzos y orientaciones de política distintos, según los énfasis que cada Gobierno ha querido imprimirle a la región.

Magallanes, por su condición de región extrema y aislada, por su significación geopolítica y oceanopolítica en el contexto nacional y continental, así como por sus características geográficas, demográficas, económicas y socio-culturales particulares, requiere que el Estado articule el conjunto de sus políticas y acciones, mediante un instrumento jurídico normativo único: un Plan Indicativo Estratégico para el Desarrollo de Magallanes.

Magallanes requiere disponer de un marco regulatorio y normativo estable, que permita inducir, integrar y favorecer las distintas iniciativas privadas y públicas dentro de condiciones jurídicas e institucionales estables y conocidas.

Concebimos que éste sería un cuerpo legal de diez años de vigencia, renovable, a manera de una Ley Marco, emanado de un mecanismo, a la vez, técnico y participativo de formulación (el Gobierno Regional, Consejo Regional y/o la Corporación para el Desarrollo de Magallanes), y sancionado por el Congreso Nacional, y al cual se ajustarían todos los actores socio-económicos y políticos de la región.

El Plan Indicativo Estratégico debiera contener, a lo menos los siguientes aspectos específicos:

  1. normas, criterios y mecanismos de estímulo a la inversión productiva estable en la región;
  2. normas, criterios y mecanismos de estímulo a la radicación permanente en la región, de iniciativas y proyectos productivos;
  3. orientaciones estables de política en materia de exenciones tributarias, de estímulo a la inversión y la radicación productiva en la región;
  4. orientaciones estables de política en materia de estímulo a la capacitación, entrenamiento, formación especializada y educación permanente de mano de obra técnica y profesional en y para la región;
  5. normas, criterios y mecanismos de apoyo a la exportación de productos regionales y desde la región; y
  6. normas, criterios y mecanismos de estímulo al financiamiento e implantación en la región de iniciativas y proyectos de innovación, infraestructura y transferencia tecnológicas.

Un Plan Indicativo Estratégico para el Desarrollo de Magallanes, requiere de una institucionalidad ad-hoc, que se responsabilize de su seguimiento.

 

una nueva Corporación para el Desarrollo de Magallanes La experiencia de la Corporación de Magallanes (CORMAG) parece no haber sido suficientemente reconocida ni valorada.

Descartando el enfoque estatista que pudiera percibirse detrás de dicha experiencia, ella significó un impulso valioso a muchos proyectos y se constituyó en un marco institucional eficaz para promover el desarrollo de la región y de sus comunas.

Se hace necesario, sin embargo, evaluar los nuevos escenarios nacionales e internacionales en los que la región podrá actuar e integrarse, así como diagnosticar las nuevas condiciones y características de nuestro propio desarrollo como región, para generar una nueva institucionalidad.

Una Corporación para el Desarrollo de Magallanes, puede ser definida como una corporación de derecho público, autónoma, descentralizada y de carácter regional, destinada a orientar y estimular el desarrollo de la región de Magallanes, y cuya función primordial sería administrar, asignar y controlar el uso eficiente de los recursos señalados en el Plan Indicativo Estratégico.

Desde un punto de vista organizativo, ésta debiera ser una estructura técnicamente eficiente, con un equipo humano técnico-profesional regional y de alta calidad, con un mínimo de personal administrativo, y con oficinas en las cuatro capitales provinciales de la región y en Santiago.

Desde esta misma perspectiva institucional, deben formularse claramente los límites y ámbitos jurisdiccionales respectivos entre la Corporación y el Gobierno Regional, de manera de evitar duplicidades de esfuerzos.el fortalecimiento de los instrumentos de participación

 

Los instrumentos legales e institucionales de participación establecidos por la Ley Orgánica Constitucional de Bases de la Administración, necesitan ser revisados y perfeccionados.

Los instrumentos legales e institucionales de participación establecidos por la Ley Orgánica Constitucional de Bases de la Administración, necesitan ser revisados y perfeccionados.En Magallanes, dadas sus particulares condiciones geográficas, la acción e incidencia de la participación social en las distintas instancias del aparato del Estado, debe relacionarse con éstas características territoriales y combinarse con esfuerzos dirigidos a la descentralización y desconcentración de los servicios públicos, a los que tienen acceso directo los usuarios, especialmente de la salud, la educación, la vivienda y la seguridad ciudadana.

El énfasis debe ser puesto en los Consejos Económico-Sociales Comunales y en los Consejos Económico-Sociales Provinciales, de manera de ampliar el ámbito de sus facultades y de su capacidad para adoptar decisiones técnicamente consistentes en materias presupuestarias, así también con el potenciamiento de las capacidades propositivas y de gestión de las propias organizaciones sociales que acceden a dichas instancias, y en particular, dentro de los campos de acción propios del desarrollo comunal y provincial.

 

 

la construcción social de la crítica: notas sobre el rol de los intelectuales y de la crítica frente al orden establecido

Classé sous ciencia política,epistemologías,reflexiones — paradygmes @ 5:43

la naturaleza del acto crítico 

 

La crítica es un acto de cuestionamiento, representa una representación simbólica y simbolizable de la puesta en tensión, de la problematización de lo existente, de lo pretendidamente existente, para sustituirlo por una lectura diferente. La crítica es una lectura, una lectura de la realidad que apoyada en el inconformismo de lo establecido, apunta a la construcción de una relectura, de una nueva reconstrucción del imaginario.Desde una perspectiva intelectual la crítica se constituye en una tentativa de redefinición de la verdad, de una verdad, a partir de un cuestionamiento de sus premisas, de sus bases conceptuales y empíricas, de una relectura de sus estructuras argumentales, a fin de presentar a la conciencia una nueva manera de ver los hechos, una nueva forma de interpretar los acontecim ientos que intenta escapar a los dogmas establecidos, que pretende « iluminar » otros aspectos de la realidad en cuestión.

Existe una relación dialéctica entre la verdad y la crítica. 

La crítica parte desde una verdad, para arribar -o intentar llegar- a otra verdad por el difícil camino de la reconstrucción y de la reinterpretación de los datos que la constituyen.  La crítica destructiva solo se remite al imaginario por la vía del desmontaje del argumento o la verdad ajena, mediante la descalificación del otro o de la forma argumental utilizada por el interlocutor.  La crítica constructiva recoge y desarma los elementos constitutivos de la verdad argumental en cuestión, va al fundamento de la verdad y no a sus formas exteriores,  y reformula una interpretación de los hechos, dando forma a ideas y fórmulas propositivas que tienden a presentar nuevas salidas a la salución del problema analizado.

La radicalidad de la crítica en el mundo social y en el orden político moderno, hace posible que pueda leerse la realidad escapando a los « discursos oficiales » y a los « discursos únicos » que abundan en ambas dimensiones de la vida contemporánea.  Critico porque la sociedad y la cultura tienen la posibilidad de  alimentarse de una visión distinta que devela, que desnuda las verdades aceptadas como absolutas e intocables.   Por eso la crítica es una posibilidad, una probabilidad que puede o no ser aceptada, que puede o no ser escuchada, pero el intelectual tendrá su conciencia tranquila una vez que haya formulado una visión distinta frente a una misma realidad o frente a otras realidades que los discursos oficiales pueden pretender ocultar, velar  o silenciar.

La crítica frente al orden político es la palabra diferente que elude aceptar en forma obsecuente lo ya establecido, para introducir una interrogación, una duda sustancial: ¿existe otra manera de ver los hechos?  ¿los hechos tal como nos son presentados, constituyen la única interpretación de la realidad?  ¿es posible ver la realidad desde otros puntos de vista?

El dogma se alimenta de verdades absolutas e intocables.

El discurso oficial se nutre de verdades consideradas como únicas o como las verdades políticamente correctas.

Por eso, la crítica -desde el punto de vista intelectual- puede constituirse social y políticamente en un gesto de transgresión frente a las verdades únicas y al orden establecido.

la construcción social de la verdad

En las condiciones de la sociedad moderna, los grupos,  las instituciones, las organizaciones construyen universos simbólicos a partir de los cuales explican su propia realidad y la realidad que los rodea.  Cada grupo humano se construye su propia verdad, su propia realidad, dando forma así a una construcción simbólica y social de la verdad, a partir de la cual los integrantes de ese grupo « leen » la realidad a la que pertenecen.

Los significados y los símbolos confieren así a la acción social y a la interacción social características distintivas.  Si aceptamos que la acción social es aquella en la que los individuos actúan teniendo en mente a los otros, a los demás, entonces sucede que al emprender una acción, los individuos tratan de medir su influencia en los demás actores implicados y por lo tanto en el curso de la acción social, en el curso de la interacción social los individuos comunican simbólicamente significados a otros individuos implicados en la interacción.  Por su parte,  los demás individuos de la escena social interpretan esos símbolos y esos significados y orientan sus respuestas en función de esa interpretación que se hacen de la situación.

Y esas interpretaciones siempre son únicas, porque cada grupo construye su propia visión del orden social que integra, porque proviene de un punto de vista, el propio.

La crítica es un acto de la razón.  Pero ¿se trata siempre de una razón despierta? ¿En el auténtico sentido de la palabra despierta, es decir, atenta, vigilante, crítica, obstinadamente crítica? ¿o de una razón somnolienta, adormecida, que en el momento de inventar, de crear, de imaginar, descarrila y crea, imagina efectivamente monstruos?   La crítica es obra de la razón, cuando devela lo que otros quieren ocultar, cuando reordena en la conciencia individual y colectiva los datos tal como han sido presentados, cuando desnuda lo que estaba vestido para que lo veamos en toda su integridad y en la totalidad de su realidad. 

De esta manera las visiones particulares se orientan en función de verdades generales, aceptadas, consensuadas.  Se produce una construcción social de la realidad, de la verdad, dando forma a verdades únicas, a verdades aceptadas socialmente como únicas e intocables.

La crítica es un acto de la razón en nombre de la libertad y de la responsabilidad.

La crítica social, intelectual y política apunta precisamente a desmontar teórica y argumentalmente esta maquinaria de construcción social de la verdad, poniendo el acento en los tópicos que han sido silenciados, en los aspectos que no han sido mostrados, en los hechos que no han sido abordados en profundidad.   Una crítica tibia y sumisa, una crítica obsecuente es el más seguro pasaporte a un mundo yermo y carente de miradas alternativas, incapaz de poner en entredicho las verdades establecidas que envilecen nuestra existencia y la vuelven gris y acotada.

11 août, 2006

elementos para una historia del realismo político

Classé sous ciencia política,epistemologías — paradygmes @ 4:34

La prehistoria de la Ciencia Politica:
Antigüedad clasica en Grecia y Roma
Los orígenes de la tradición intelectual del realismo en Occidente, podrían situarse en la filosofía clásica greco-latina con Tucídides, Aristóteles, Protágoras y Cicerón, quienes, entre otros, ponen las bases de esta escuela. 
Heródoto (siglo V AnE.), por ejemplo,  pone en evidencia que la ley es la única norma que gobierna a los hombres, que los seres humanos se gobiernan a sí mismos, y en particular subraya que los seres humanos no tienen otra motivación en la vida política,  que el interés y el temor.
Protágoras, por su parte, declara que el hombre es la medida de todas las cosas, de lo que resulta que la Ciudad, la polis (es decir, la organización política de la sociedad) es el producto de los actos de los hombres y que las leyes resultan de una convención acordada entre ellos.  Mientras tanto, Jenofonte e Isócrates (en el siglo IV AnE.), consideran que la desgracia de las ciudades griegas proviene de su división y proponen buscar una autoridad política superior que sea capaz de confederar las ciudades-Estados, con lo que pre-anuncian el dominio imperial de Filipo de Macedonia y de Alejandro el Grande.
Por su parte, Aristóteles (384-322 AnE.), alejándose de los utopistas y sofistas que parecían dominar su época, propone el ideal realista de la Ciudad, la que hace de la libertad de los ciudadanos la premisa fundamental de toda organización justa, entendiendo que la Ciudad es la unidad de una multiplicidad y que la Ley es la expresión política de un orden, teniendo en cuenta la situación de la Ciudad, de su historia y de la composición del cuerpo social.
La creación política de la República y del Imperio romano, a su vez, sustentada en una prolongada elaboración jurídica, proviene justamente del hecho que la cultura romana presenta la virtualidad de haber sabido actuar mediante un sentido constante de los hechos consumados, procurando radicar la idea y la Ley en las estructuras colectivas cada vez más impersonales e institucionalizadas.  En esta concepción, los enunciados jurídicos y la legitimación filosófica que les acompaña, funcionan como marco fundacional y de perpetuación de un orden, de manera que el Derecho, la República y el Imperio actúan en tanto factores constitutivos de un orden militar y administrativo establecidos por dos órganos de poder: el Pueblo y el Senado.
Una de las diferencias mayores que separan a la construcción imperial romana, respecto de los imperios asiáticos anteriores, es precisamente el rasgo de satrapía que caracteriza a éstos.  El gobernante es aquí un autócrata absoluto e incontrolable, mientras que Roma y su Imperio se ven a sí mismos, como orden político universal regido por la Ley, y por un poder que ha cristalizado históricamente en órganos establecidos, regulados y distintos.
A partir de la Ley de las Doce Tablas, el Derecho Romano reconoce la existencia de un orden del mundo ineluctable y racional, que considera la sumisión tranquila al destino como una virtud capital.  De este modo, los méritos  de las instituciones romanas –como se pone en evidencia con Cicerón (106-43 AnE) y la escuela estoica- consiste en haber sabido definir una comunidad regida por Roma bajo el imperio de la Ley y de un orden político estrictamente determinado, y de haber comprendido a  Roma y a su imperio como una Ciudad Universal, en la que la condición ciudadana se extendía cada vez más, creando así un primer esbozo de ordenamiento internacional y de cosmopolitismo.
Desde la perspectiva de Roma, como capital y centro de un poder único y sacralizado, el imperium es el medio por el cual la Ciudad realiza sus virtudes republicanas y propaga por el mundo las ventajas de una dominación revestida de civilización.  El gobernante o Emperador, deviene a la vez, detentor de la “potestas” y la “auctoritas”, mientras se erige en “imperator” y en “princeps”. 
En este ordenamiento político, con vocación internacional aún poco definida, el pragmatismo del ejercicio del poder y la dominación, mediante una combinación dosificada de fuerza militar, diversidad religiosa, ocupación territorial, reconocimiento jurídico e influencia cultural, producen como resultado histórico que, tanto en las provincias como en la capital imperial, las fuerzas materiales y simbólicas de unificación –o fuerzas centrípetas- siempre logran predominar sobre los  poderosos factores de dispersión y división –o fuerzas centrífugas.
En el imperio romano, como forma refinada de dominación política de un Estado sobre una diversidad creciente de  territorios, el poder imperial se caracteriza por la omnipotencia del dominio, por la sacralidad de que se rodean los símbolos y signos visibles del poder, y por la legitimidad subjetiva que sustenta a los gobernantes transformados en divinidades.  La pax romana que se instala en torno al Mediterráneo y en Europa central y sur por varios siglos, es más una época de fuerte dominación tranquila que una larga sucesión de guerras de conquista. 
Roma funda el jus gentium mediante la práctica de su dominación imperial.
El realismo romano (tan notorio en Polibio, como en Cicerón y en Séneca) consiste en un pragmatismo revestido de juridicidad y de un vigoroso sentido material del poder, lo que convierte al Imperio (floreciente o decadente) en la base política  sobre la que se levantaron los Estados de la Edad Media, de manera que la crisis de ésta estructura de dominación territorial, tuvo más bien el aspecto de una desconstrucción prolongada, lenta y casi imperceptible (aún a pesar de las invasiones orientales).
La prehistoria de la Ciencia Politica:
(Edad Media)
La tradición realista proveniente del imperio romano, dio paso en los inicios de la Edad Media, al predominio de las concepciones cristianas, que afirmaban –con Agustín de Hipona (354-430 NE), Gelasio y Gregorio el Grande (540-604 NE) el principio de las dos espadas o los dos poderes: temporal y espiritual, y de que entre ambos, es el poder divino el que detentaba la plenitudo potestatis o potestad suprema.
Esta concepción produce como resultado en la esfera internacional, que el Papado ejerce una suprema autoridad espiritual, a la que se subordinan los poderes temporales: reyes, príncipes y emperadores.  Pero mientras gran parte de la Edad Media estuvo atravesada por ésta contienda de competencias, al interior de los reinos y territorios resultantes de la desmembración del Imperio, una contínua práctica jurídica y administrativa fue consolidando la autonomía de un poder político, ejercido en nombre de otros principios: así surge el poder monárquico.
Hay que observar que al interior de la dispersión medieval de reinados, aparece la visión universalista de Marsilio de Padua (1275-1343 NE.) quién al pretender sostener las pretensiones del poder universal de un emperador europeo, reinicia la polémica contra la teocracia romana, desde una óptica tomista.  Pero, al mismo tiempo sustenta el principio de que la sociedad es un todo, que es anterior y trascendente a sus partes, lo que origina el universitas civium, una universalidad de ciudadanos regida por un pars principans es decir, por un Príncipe responsable de la gestión pública y la coerción.
Marsilio, al concebir y proponer la autonomía del cuerpo político respecto del poder religioso, prefigura el concepto político de la soberanía, es decir, el concepto moderno de Estado, con lo que –de paso- recusa teórica y jurídicamente la autoridad de los Papas.  Al mismo tiempo, la idea de universitas no se refiere solamente a la comunidad de los ciudadanos, sino a los grupos y Estados reunidos en torno a una función y a una misma regla, dando forma a cuerpos sociales que aspiran a ser reconocidos como sujetos de Derecho y como personas morales.
Sin embargo, al separar al hombre cada vez más solo, del poder cada vez más fuerte e impersonal del Estado, los pensadores medievales estaban abriendo las puertas del Humanismo y del Renacimiento.
El realismo político se alimentó inicialmente de la tradición humanista.  El Humanismo, como paradigma cultural, estético y filosófico se originó en el siglo XIV en Italia, pero a lo largo de dos siglos se extendió a toda Europa occidental, en gracias a la difusión provocada por la imprenta inventada por Gutenberg, como un ideal y un conjunto de maneras de ser, métodos y corrientes filosóficas cuyo énfasis central se dirige a valorar, enaltecer y comprender la realidad humana.
La visión humanista clásica de fines de la Edad Media, se estructura en torno a un clacicismo literario y estético, a un fuerte realismo y una visión esencialmente crítica de la realidad, a la emergencia del individuo y de la idea de la dignidad del ser humano y al desarrollo de ciertas virtudes activas.
El realismo que contiene el Humanismo clásico apunta a rechazar las creencias tradicionales, y buscar establecer al análisis objetivo de la experiencia observable como el modelo epistemológico del hombre curioso y ávido de saber.  A partir de esta búsqueda nacieron las ciencias modernas, no solo como disciplinas académicas, lo que implicaba una evolución cultural e institucional que desembocó en la formación de la institución universidad, sino sobre todo como instrumentos eficaces y prácticos para conocer la verdad y la realidad, lo que tendría efectos sobre el mundo político con la formación de los primeros Estados modernos.
Desde Francisco Petrarca (1304-1374) hasta Marsilio Ficino (1433-1499), autores tan influyentes como F. Guicciardini, C. Salutati, L.B. Alberti, G. Boccaccio, T. Tasso, B. Bruno, G. Budé, D. Erasmus, F. Rabelais y M. de Montaigne, desarrollaron una corriente de pensamiento cuyo realismo político y moral desembocaría más adelante en Maquiavelo y Bodin, postulando que el conocimiento de los hechos humanos debía ser similar al examen que Galileo hacía de los hechos físicos, es decir, que los hechos son fenómenos que deben ser descritos minuciosamente, antes de ser explicados, evaluados y comprendidos.
El humanismo clásico produce la primera ruptura con los paradigmas religiosos y morales predominantes en la edad feudal, incita al ser humano a pensar por sí mismo y sobre sí mismo, a creer en sus poderes y capacidades humanas reales como individuo y como parte de la sociedad y de la historia.  Se trata también de un realismo historicista que busca relativizar en la mente humana, las creencias sobrenaturales imperantes.
Los primeros fundamentos
de la Ciencia Politica:
el aporte del Renacimiento
Hay que avanzar hasta el Renacimiento italiano en el siglo XV, para encontrar algunos de los desarrollos intelectuales más significativos de la escuela de pensamiento realista, momento en el que N. Maquiavelo (1469-1527) estableció las primeras bases conceptuales de la Ciencia Política moderna.
El aporte de Maquiavelo al realismo en Política y en Estrategia y a la Ciencia Politica como disciplina, proviene de dos conceptos fundamentales: el primero, que la Política debe ser considerada como la actividad objetiva y constitutiva de la existencia colectiva; y el segundo, el concepto de la autonomía de la Política, respecto de las creencias, ideas y religiones, de manera que deben ser descartadas del cálculo gracias al cual se establece el poder y se mantiene el Estado.  
Propone Maquiavelo, que en la Política reina la voluntad de poder, y por eso sintetiza la noción primera de la Razón de Estado, la « raggion di Stato », posteriormente perfeccionada por Giovanni Bottero  (1544-1617).
El realismo de Maquiavelo proviene precisamente de la tajante y definitiva separación y autonomía de lo político frente a otras realidades sociales y culturales. (3)  Maquiavelo proclama la autonomia de la Politica con respecto a las demas formas de conocimiento y de practica humana, con lo que estaba sentando los primeros fundamentos de una disciplina social distinta de la Historia, de la Filosofia y del Derecho.
  Según el Florentino, la autonomía de la Política, como ciencia y como práctica social,  pone de relieve que  son los hombres quienes hacen su Historia. Hay que destacar que N. Maquiavelo formó parte de toda una tradición intelectual y de un ambiente cultural donde otros escritores como Leonardo Bruni, C. Salutati, F. Guicciardini (1483-1540), Alain Chartier o J. Fortescue, contribuyeron también a desarrollar una visión realista del quehacer político.
Hay que observar que el siglo XV es el escenario de cambios científicos y mentales de profunda amplitud en Occidente: se juntan Copérnico, Erasmo de Rotterdam, Leonardo da Vinci, Maquiavelo, mientras los grandes navegantes y conquistadores, como F. Pizarro, J. Cabot, C. Colón y A. Vespucio, contribuyen a extender los horizontes físicos e intelectuales de su época con los grandes descubrimientos geográficos.
Esta fue la época histórica en que el astrolabio, la brújula y el cañón, hicieron posible  realizar la navegación oceánica y los grandes descubrimientos geográficos marítimos.
  
Al entrar en crisis la visión  feudal y teológica dominante, el realismo en la Política y en el poder, en la ciencia y en el conocimiento, se alimentó de una concepción moderna y humanista del mundo, centrada ahora en el ser humano y en el ejercicio pleno de la razón. En este período, se instala plenamente en la conciencia europea el racionalismo: se trata de la búsqueda voluntarista de la Razón como ideal, como actitud y como método. El humanismo ha devenido realista y el realismo ha devenido racional y racionalista.  Desde este punto de vista, la razón es –para el hombre renacentista- a la vez un ideal y un método, es decir, obedece y se manifiesta como el pensamiento crítico, mesurado y metódico, que siempre tiende a reducir a las dimensiones humanas y a los hechos objetivos, las ilusiones que forman su fantasía y su imaginación.
                                                                                                       
 Por lo tanto, el desarrollo más amplio de la tradición intelectual del realismo, se corresponde con la primera etapa de la historia de la Modernidad, desde principios del siglo XVI a fines del siglo XVIII.
A continuación, se incorporarán los aportes de Jean Bodin, con su teoría de la potencia soberana del Estado, como principio necesario y trascendente de la sociedad como organización política; de J. Althusius  que insiste sobre la unidad nacional que funda al Estado,  de H. Grottius con su tentativa de fundar la razón política sobre las bases de la ley natural y el Derecho, y finalmente, de S. Pufendorf  quién afirma la preeminencia del derecho, y el rol de la autoridad como  entidad legisladora. 
El jurista Jean Bodin (1529-1596) en particular, se esfuerza en afirmar la soberanía absoluta del Estado, a partir del concepto de que el poder del Estado se ejerce sobre ciudadanos o sujetos libres, y de que ésta potencia soberana es absoluta, una e indivisible y perpetua.  Para Bodin, el Estado es la sede de la soberanía y de la potencia soberana, punto focal del orden público, y sólo en él residen las  facultades de hacer la paz y la guerra, de dirigir la administración, de juzgar y de solicitar impuestos.
Desde la perspectiva internacional, el realismo político de Bodin reside en su visión del Estado como un actor soberano en el mundo, como el único órgano de poder que, junto con reunir el mando y la autoridad dentro de una sociedad, y encarnando dicha potencia soberana en instituciones empíricas, la representa en la escena internacional con una plenitud de potestad.
Ha quedado así abierta la perspectiva para el Estado contractual que propone H. Grotius.
Hugo Grotius (1583-1645) en su De jure Belli ac Pacis (1625), propone los principios y los elementos de un derecho universal que apunta a definir las reglas en función de las cuales se  deberían regir las relaciones entre Estados soberanos, tanto en la paz como en la guerra, de manera de proteger a los individuos implicados en tales conflictos.
Esta preocupación, lleva a Grotius a afirmar la universalidad del Derecho sobre la naturaleza del hombre, en su acepción más racional.  La sociedad política, para este jurista holandés, es un resultado objetivo de la sociabilidad humana, o sea, es una realización de las leyes de la naturaleza.  Esta sociedad política –interna e internacional- emana de una decisión voluntaria de sus integrantes (individuos o Estados soberanos), de manera de colocar la autoridad pública en una instancia soberana y perpetua cuya misión es asegurar la paz y la concordia.
En la visión de Grotius, el individuo es el centro de la organización estatal, y el Estado se sustenta en el consentimiento y la voluntad de la colectividad.  Grotius no es el creador del Derecho Internacional, pero su obra tiene la virtud de introducir la Razón en el derecho natural. Asi, el jurista holandés no fue un pacifista, sino un realista del pensamiento político, en tanto pretendía humanizar y legalizar la guerra, pero no suprimirla, y en cuanto sustenta el programa de un Estado universal, de una sociedad internacional conformada por todos los Estados, que mantengan las mejores y más armoniosas relaciones posibles entre sí.
El siglo XVII es una época de revolución intelectual y científica y Grotius forma parte de ésta poderosa corriente, cuando afirma que “el derecho deriva de la naturaleza, que es igualmente la madre de todos, y cuyo imperio se extiende sobre aquellos que dirigen las naciones…”, como aparece en su obra De mare liberum (1609).
 Por su parte T. Hobbes (1588- 1679) subrayó que el orden político se funda en un principio de autoridad y poder que se impone a la colectividad, el que reside en el Estado, y cuya soberanía es única e indivisible.  Para Hobbes, el ser humano es una individualidad corporal caracterizada fundamentalmente por su potencia: de aquí se deriva su visión del Estado y del poder.
Aquí nos encontramos en la transición entre el siglo XVI y el siglo XVII, un período en que numerosos autores cuestionan, desde el punto de vista de la Política, del Derecho y de la Filosofía, las concepciones idealistas y teológicas predominantes.  Hobbes escribe en su Leviatán: “…en una condición en la que los hombres no tienen más ley que sus apetitos personales, no puede haber norma general que establezca qué acciones son buenas y qué acciones son malas.  Pero dentro de un Estado, esa norma basada en el apetito individual de cada uno es ya falsa: no es el apetito de cada individuo sino la Ley, es decir, la voluntad y el apetito del Estado, lo que constituye la norma”. ([1]).
La soberanía del Estado es única, indivisible e ilimitada, según Hobbes. 
En el fondo de su visión, lo que pretende Hobbes es eliminar el estado natural de las relaciones políticas, en la que cada uno puede perjudicar o destruir a los demás, produciendo un choque caótico de voluntades e intereses, y reemplazarlo por una instancia superior cuya finalidad sea imponer un orden que junto con eliminar la violencia natural de los actores políticos, sea capaz de sustituir la guerra de todos contra todos, por la paz entre todos.
Tomando como punto de partida una concepción realista e individualista del ser humano, Hobbes afirma que la condición fundamental para que exista un orden político estable, es que la colectividad construya e institucionalice un principio de soberanía todopoderosa, y que consienta a obedecer a las leyes y a las decisiones que impondrá dicho poder, en cuanto encarnación de la soberanía.
El realismo dominante de T. Hobbes se prolonga en la experiencia de poder del cardenal de Richelieu (1585-1642) en el Estado absoluto francés, en el siglo XVII.
Richelieu inscribe la práctica del poder en la lógica de la Razón de Estado.  En la práctica de la Política de Richelieu más que en su retórica, los principios básicos son la permanencia y preservación del Estado, la continuidad y estabilidad de las instituciones, y la primacía del interés general representado y realizado en la práctica política por dicho poder estatal.
Como se analiza más adelante, la doctrina de la Razón de Estado encuentra sus raíces en los pensadores y hombres de Estado del Renacimiento, en un proceso que se asocia estrechamente con la formación y consolidación del Estado absolutista, la primera forma de Estado moderno históricamente conocida.
Los amplios cambios intelectuales incubados desde el Renacimiento, cristalizaron en la Epoca y la Filosofía de las Luces, verdadera revolución intelectual de la que se desprendieron novedosas proposiciones realistas.
El realismo de los iluministas viene sugerido desde Descartes (1596-1650), quién deduce y construye un modelo, un método y un instrumento dirigido al conocimiento demostrativo.  La razón cartesiana se dirige a establecer una ciencia eficaz, susceptible de ser aplicada en el mundo real, y el conocimiento teórico se dirige a conocer no sólo los cuerpos y las almas –tarea ya cumplida anteriormente por la filosofía escolástica y la teología-  sino además a construir ciencias e ingenierías capaces de permitir el gobierno de los seres humanos y la sociedades, de limitar las pasiones y ordenar el curso de la Historia.
En la poderosa vertiente cultural generada por el Iluminismo, el realismo político se manifiesta –entre otros elementos- en su especial valoración por el Derecho de Gentes, a través del cual se pretende regular las relaciones entre los Estados.  Estamos en pleno siglo XVIII.
 Asi, por ejemplo, Puffendorf influye en Diderot y D’Alambert para que éstos plasmen en la Enciclopedia (1751-1780) la lógica de la razón aplicada al quehacer político e internacional, y a toda la reflexión científica y filosófica.
La continuidad intelectual del realismo político con el período del Renacimiento y el Iluminismo, puede encontrarse   a través de los teóricos de la Nación- Estado en el siglo XVIII, asociados a la Revolución Americana y a la Revolución Francesa.  Esta orientación contribuirá a una visión política realista, subrayando el lugar central del ciudadano (citoyen o citizen) y de la Nación,  en la construcción política y simbólica de un Estado soberano, unitario y territorialmente establecido y organizado, pero al mismo tiempo, desencadenará fuerzas sociales, políticas e ideológicas, cuyos efectos aún encontramos en el umbral del siglo XXI.
Por su parte,  las contribuciones de B. Spinoza (1632- 1677), de Ch. de Montesquieu (1689-1755), de G.W. Hegel (1770-1831), terminaron por despojar al pensamiento político de sus “lastres del pasado”.  B. Spinoza, por ejemplo, afirma que el mejor de los Estados es aquel que garantiza la seguridad y la paz, en un mundo en el que la fuerza coincide con el Derecho, es decir, donde la fuerza no es más que una manifestación de la Ley.
A través de B. Spinoza y R. Descartes, como se ha visto, el esfuerzo intelectual y teórico del realismo –aún en medio de un prolongado contrapunto con el idealismo- se entronca con el racionalismo emergente, y conducirá a los pensadores políticos a buscar construir una “política de la razón”, es decir, una política fundada en la racionalidad del ser humano como ser político.
Ch. de Montesquieu a su vez, propone que la investigación de las causas es la primera etapa que lleva al descubrimiento de las leyes que rigen la sociedad y la Política, de manera que el punto de partida de su método y de la novedad de éste, es suponer que la infinita diversidad de los seres humanos, puede ser comprendida mediante un orden inteligible. 
Su actitud científica realista se resume en su proposición de “describir lo que es, no lo que debe ser”.   Por esta vía, afirma que la Ciencia de la Política debe fundarse sobre la autonomía intelectual y moral de la Política, respecto de las demás actividades materiales e intelectuales.
Durante el siglo XVIII, C.A. Helvetius (1715-1771) señala un momento relevante en el desarrollo de una visión realista de los hechos y de la Política. 
Dentro de los filósofos iluministas, C.A. Helvetius (1715-1771) es quién mejor afirma la primacía del interés y del interés general como criterio central de lectura de la realidad y de la moral.  No solamente el interés preside todos nuestros juicios, sino que el realismo se extiende a la esfera moral, al afirmar que dicho interés (personal o general) es el único juicio de la probidad, del intelecto y del mérito, de manera que no son más que las acciones de los hombres, de donde el público puede juzgar su probidad. La libertad, a su vez, desde la óptica de Helvetius, es el ejercicio libre de las potencialidades del ser humano.  Para este filósofo, un hombre es justo, en la medida en que todas sus acciones tienden hacia el bien público, de modo tal que en cuanto a la probidad, es únicamente el interés público el que hay que considerar, como criterio para comprender la justicia, la verdad y la libertad, en cuanto valores cívicos.
Durante el siglo XIX, probablemente Metternich y O. von Bismarck, fueron la expresión  más acabada del realismo en Política, mientras K. von Clausewitz, siendo tributario de C. de Guibert y de una larga tradición occidental del pensamiento estratégico, propuso los fundamentos de una profunda y amplia visión estratégico- política, analizando los principios y las características objetivas del fenómeno bélico.    
El paradigma de la modernidad –que preside el desarrollo del mundo desde el siglo XVIII hasta hoy- supone que ésta representa un modo de civilización característico, que se opone a la tradición, es decir a todas las otras culturas anteriores, y que se centra en el individuo libre o autónomo, en la búsqueda del interés privado y la realización de la conciencia personal, así como en la incorporación creciente de la ciencia y de las técnicas con su racionalidad eficiente, a los procesos sociales, políticos y productivos.  Individuo y razón son así, los dos valores ideológicos, culturales y morales centrales de la modernidad.  En el mundo de la modernidad, lo realista reside en la búsqueda consciente y voluntarista de la racionalidad, en todos los fenómenos y procesos.
En ese período, el realismo se alimentó  además con el fortalecimiento metodológico y conceptual alcanzado por las principales Ciencias Sociales: Sociología, Ciencia Política, Economía, Historia.   A. Comte y E. Durkheim, fueron los autores más relevantes.
Entre el siglo XIX y el siglo XX, período durante el cual las grandes convulsiones sociales anunciaban las grandes guerras que asolaron el mundo entre 1914  y 1939, dos fuerzas ideológicas adquirieron una connotación relevante en la escena política: el marxismo sustentado en el ideario socialista clásico, y el nacionalismo respaldado en la afirmación histórica del hecho nacional en Occidente.  Ambas doctrinas nacen en Occidente y se nutren, en términos más o menos significativos, de un realismo político que se afirma en la creciente adhesión social que encuentran en las sociedades donde se instalan como fuerzas emergentes.
El realismo implícito en el marxismo (especialmente en su vertiente clásica, a partir de las elaboraciones de C. Marx y F. Engels), proviene tanto de su crítica filosófica contra la alienación humana provocada por el sistema económico capitalista dominante, como de su tentativa intelectual de develar los mecanismos económicos y políticos de dominación creados por dicho sistema, y por una cierta categoría social instalada en el poder: la burguesía. 
El marxismo -desde una perspectiva teórica e intelectual- se nutrió de los principales avances de las Ciencias Sociales en el siglo XIX, especialmente de la Sociología, la Economía Política y la Historia.
Lo que el marxismo clásico contiene de realismo (y que proviene básicamente de la tradición intelectual del Iluminismo europeo), es su capacidad objetiva para identificar la existencia de diferencias profundas y estructurales entre las diferentes clases y segmentos de la sociedad, y su formidable potencialidad crítica, para develar las fuentes del poder en la sociedad moderna y sus múltiples formas de dominación y explotación, pero ese realismo queda relativizado, cuando el marxismo anuncia la crisis terminal del capitalismo y la llegada de una sociedad socialista y comunista, y cuando carece de conceptos que le permitan explicar el retorno del socialismo al capitalismo.
A su vez, el nacionalismo desde el siglo XIX hasta hoy, ha sido una fuerza impulsora de movimientos sociales e ideológicos, de la formación de partidos y fuerzas políticas,  de guerras civiles e internacionales. 
El nacionalismo convertido en fuerza política e intelectual, se apoya en el poderoso sustrato cultural formado por la identidad territorial y grupal constituída a lo largo de un período histórico, por una comunidad de individuos, grupos y familias, los que al alcanzar la condición nacional, la convierten en una creencia cohesionadora.  Naturalmente, que siempre es necesario distinguir el nacionalismo espontáneo de los pueblos, de los nacionalismos políticos reaccionarios  producidos por los ideólogos conservadores y racistas.
Cualquiera sea la tendencia ideológica que se apropie del hecho nacional, el fenómeno objetivo que debe considerarse políticamente, es que el hecho nacional y la creencia nacionalista constituyen todavía poderosos resortes políticos y sociales, aún en las condiciones de la sociedad de hoy, crecientemente  globalizada e interdependiente.
La constitucion de la Ciencia Politica
 en el siglo XX
La Política del siglo XX, puede ser comprendida y considerada como la política alienada, individualista e ideologizada que entra en crisis consigo misma y con la racionalidad  moderna.  La Política ha chocado con la Modernidad y con la Razón, en un siglo en el que el realismo ha llevado tanto por el camino de la prudencia y del equilibrio, como por la senda de la agresión y la violencia.
A su vez, la tradición realista se desarrolla durante el presente siglo  en dos direcciones intelectuales complementarias: por un lado, la racionalidad política del pragmatismo en los sistemas nacionales, y por el otro, las aplicaciones del realismo a la esfera de las Relaciones Internacionales, de la Estrategia y de la Polemología.
Tres fenómenos mayores marcan la evolución del realismo en el siglo XX: la lucha interminable de la democracia y el Estado de Derecho, como sistema de gobierno, frente a sus enemigos dictatoriales y autoritarios; la experiencia de las guerras mundiales y de las guerras ideológicas, con su corolario estratégico del hecho nuclear; y la problemática económica, política y cultural del desarrollo y el subdesarrollo.
Las dos Guerras Mundiales y el ciclo de la bipolaridad Este- Oeste (1945-1990), potenciaron la escuela realista con una visión objetiva, descarnada y fría de los múltiples juegos de fuerzas, intereses y manifestaciones de poder, que caracterizan a las relaciones entre los Estados.
La experiencia de las dos Guerras Mundiales puso de relieve dos fenómenos que influyeron sobre la evolución intelectual de la escuela realista de las Relaciones Internacionales. 
Uno de ellos, fue el logro una mayor conciencia en cuanto a la relatividad de los tratados y acuerdos internacionales, si ellos no están suficientemente respaldados por una adecuada estatura política y estratégica de los respectivos  Estados contratantes, lo que ha contribuído, en cierto modo, a otorgar un mayor realismo y pragmatismo a las decisiones y a las conductas de Estados y gobiernos.
La I Guerra Mundial y el conjunto de conflictos anteriores que desembocaron en ella (guerra ruso-japonesa de 1905, guerras balcánicas de 1912 y 1913), así como los numerosos esfuerzos de paz y de conciliación internacional (Conferencias de La Haya, Conferencias Navales, etc.), demostraron la necesidad de la existencia de una organización internacional amplia, que otorgue respaldo a la creciente  normativa jurídica que surgía de la voluntad e intereses de los Estados.
El fracaso de la Sociedad de las Naciones, para impedir los cada vez más frecuentes conflictos en Europa y otras regiones del mundo, en la década de los años 30, y para frenar las ambiciones imperialistas de algunas naciones europeas, demostró precisamente que el Derecho Internacional -en las condiciones de la sociedad moderna y tecnificada actual, dotada de armamentos de creciente sofisticación, letalidad y precisión- no puede tener mayor fuerza ni eficacia, que la que emana de la voluntad política explícita de los gobiernos y Estados que lo pactan y de la suficiente estatura política, diplomática y estratégica de esos mismos Estados, a fin de garantizar su cumplimiento.
El otro fenómeno, fue el logro de una mayor comprensión y conciencia universal, acerca de las posibilidades aterradoras de destrucción total, que la propia especie humana es capaz de inflingir a otros seres humanos, como consecuencia de determinadas ideologías políticas. 
De las dos mayores conflagraciones mundiales, y especialmente después de la II Guerra y de los Tribunales de Nuremberg y Tokio y otros procesos históricos, ha emanado gradualmente una conciencia humanitaria, que no solo apunta al fortalecimiento de los derechos de las personas, los grupos y las minorías ante el poder del Estado, sino también ha continuado en la tendencia a cristalizar tales derechos en normas del Derecho Internacional, susceptibles de ser aplicadas en cualquier lugar del mundo, dando forma –desde 1945 en adelante- a una suerte de extra-territorialidad moral y jurídica aún en vías de configurarse.
Este Derecho sin embargo, continúa requiriendo de una afirmación pragmática de la personalidad internacional de cada Estado soberano.
Entre los más destacados exponentes de la escuela realista, durante la segunda mitad del siglo XX, hay que mencionar a G. Bouthoul en el desarrollo de la Polemología, K. Friedrich y C.W. Deutsch en el campo teórico de la Ciencia Política, R. Aron y H. Morgenthau en la esfera de las Relaciones Internacionales, los que encontraron seguidores destacados en las décadas de los sesenta y los setenta, en autores como B. Brodie, N. Spykman, H. Kissinger, Z. Brzezinski, G. Kennan, A. Wohlstetter y H. Kahn,  entre otros. 
En particular, H. Kissinger y Z. Brzezinski desarrollaron en el plano teórico y práctico, una concepción realista de la disuasión, aplicada a las difíciles condiciones contemporáneas del hecho nuclear, al mismo tiempo que elaboraron y trataron de aplicar una visión del equilibrio político y estratégico y la estabilidad en la esfera internacional, incorporando un desarrollo específico de la teoría del dominó al complejo juego de fuerzas políticas y militares que allí tienen lugar, a través de un estudio pragmático de los intereses en conflicto en las relaciones entre las naciones-Estados.
Es necesario subrayar que H. Kissinger, G. Kennan, A. Wohlstetter y H. Kahn, sin embargo, a diferencia de los realistas teóricos de principios de siglo, tuvieron la virtualidad de llevar el pragmatismo doctrinal que sustentaban, a la esfera de la aplicación concreta en la realidad del ejercicio del poder en la esfera internacional.
  A decir verdad, en el siglo XX, el realismo político encuentra líneas muy estrechas de conexión intelectual con el realismo estratégico.
Revisemos algunas de sus líneas matrices de desarrollo.
Después de la II Guerra Mundial, el escenario internacional pareció dominado por las visiones estratégicas y políticas orientadas a la confrontación entre Oriente y Occidente. 
El hecho nuclear introdujo además, una creciente dosis de incertidumbre en los cálculos estratégicos de los actores internacionales.
Por el lado estadounidense y occidental, Winston Churchill, Truman y George Kennan inauguran el enfoque bipolar, a partir del concepto de que la superioridad estratégica (real o supuesta) de la Unión Soviética, constituía un dato inaceptable para la posición político-estratégica de Estados Unidos y de todo Occidente, y de dicha “brecha” debía ser cerrada.
Entre 1945 y 1953, la visión política de Estados Unidos es la del containment , basada en la lógica de que había que contener o parar la ofensiva de la URSS, en todo lugar donde ésta se manifieste.  Naturalmente, este enfoque presupone la existencia de arsenales estratégicos suficientemente dotados para poder servir a tal política.
El realismo americano de la primera post-guerra, se alimenta del deseo de mantener la superioridad de los intereses estadounidenses en el mundo, y de combatir al comunismo allí donde éste emerja y ponga en riesgo dichos intereses.
A su vez, la URSS construye en éste período, la estrategia de la fortaleza asediada.  J. Stalin define entonces que la URSS se encuentra crecientemente sometida a una estrategia occidental de amenaza que los rodea territorialmente.  El “muro de Berlín” y la “cortina de hierro” que acusa Churchill, convenía a ambas partes: los sovéticos lo utilizan como muro defensivo e impermeable y glacis de contención,  frente a las numerosas alianzas militares que EE.UU. tejió a su alrededor, y los occidentales lo utilizan como arma retórica, y como justificación del armamentismo.
La URSS formuló entonces una definición territorial de la potencia estratégica, y los EE.UU., generan una fórmula de contención ante todos los movimientos soviéticos en el exterior.  Cada uno percibe en los gestos, pasos, decisiones, acciones y omisiones del adversario, una estrategia de agresión que debe ser respondida.
En el período soviético, los pensadores políticos coinciden con los gobernantes, de manera que V.I. Lenin, fundador del Estado soviético fue el primero en formular una visión político-estratégica global.  Desde el punto de vista del realismo político marxista, el concepto leninista del imperialismo como última fase del capitalismo constituye el fundamento doctrinal sobre el cual su sucesor J. Stalin, elaboró la doctrina de la Unión Soviética como el primer y único Estado socialista, en función de la cual los pensadores militares trabajaron la noción de la fortaleza asediada por las fuerzas del capitalismo y el imperialismo.
A la muerte de Stalin, en 1953, se inicia un nuevo período de formulaciones político estratégicas.  N. Khroutchev en sus sucesivos Informes del Comité Central al Congreso del PC de la URSS, desarrolló la política de la coexistencia pacífica, la que pretendía combinar el potenciamiento de la capacidad militar y el armamentismo estratégico de su país, con la mantención de relaciones de coexistencia pacífica y competitiva con los Estados Unidos en todas las regiones del planeta.
Esta orientación reveló sus imperfecciones con la Crisis de los Misiles de 1962, la que le costó su salida del poder en 1963.
L.Breshnev, a medida que fue afirmando su hegemonía al interior del aparato de poder de la URSS, desarrolló la doctrina de la intervención  limitada, al mismo tiempo que fortaleció la capacidad estratégica intercontinental y marítima de su país.  La política estratégica de la URSS de Breshnev, a pesar de su fuerte realismo clausewitziano, comenzó a hacer crisis con la Primavera de Praga (1968) y la invasión de Afganistán (1979), en las que el propio edificio intelectual del marxismo-leninismo comenzó a perder su atractivo intelectual y su poder explicativo teórico y práctico.
El advenimiento de M. Gorbatchov (1985) significó la aparición de una política realista de glasnost (transparencia), de perestroika (apertura) y de desarme regulado y compartido con Estados Unidos, lo que constituyó en la práctica, un reconocimiento pragmático del atraso tecnológico de la URSS ante los EE.UU., y de la necesidad de democratizar el socialismo, lo que a su vez, se correspondía con la presión social que surgía en otras naciones de Europa Oriental (Polonia en particular).    El libro Perestroika de 1987, puede considerarse como la elaboración más acabada de la nueva visión política soviética representada por M. Gorbatchov, en la que postula un nuevo esquema de relaciones con Estados Unidos, basado en la cooperación, el desarme equilibrado y gradual de las fuerzas y el retiro de las respectivas tropas nacionales de territorios extranjeros.  Este enfoque –profundamente realista- no pudo impedir ni frenar las poderosas fuerzas internas y externas que condujeron a la implosión soviética.
Como se verá más adelante, el realismo político encontró su corolario en el pensamiento estratégico de manera que toda la idea de la disuasión clásica al llevar a un impasse militar, terminó por conducir  al término de la lógica de la bipolaridad en 1989 y 1990, abriéndose el actual período de transición e incertidumbre.
 

¿Cuál es la postura del realismo actual en la esfera internacional?
 

El realismo político del presente, especialmente en las Relaciones Internacionales, se nutre del reconocimiento de la coyuntura transitoria e impredecible que experimenta el mundo actual, de la identificación de causas cada vez más complejas y variadas en el orígen de los conflictos y las guerras, y de la necesidad de afirmar la Política Exterior del Estado en una identificación pragmática y objetiva del balance de poder y del juego de intereses que se manifiestan en su entorno internacional.
LA POLITICA DE LA RAZON DE ESTADO
Uno de los componentes conceptuales básicos del paradigma realista de la Política, se encuentra en la Política de la Razón de Estado.
La Ciencia Política moderna parece haber eludido un examen minucioso en torno a uno de los mecanismos políticos más importantes y decisivos para asegurar la permanencia y continuidad del Estado.
Consideraciones históricas
La doctrina de la Razón de Estado encuentra sus fundamentos históricos en las profundas mutaciones intelectuales y culturales que se manifiestan en el Renacimiento europeo en los siglos XV y XVI.
 

 

La Razón de Estado es una creación política –o un descubrimiento intelectual- propio del Renacimiento europeo.  En el clima  político y cultural inquieto de las ciudades italianas del siglo XV y XVI, autores humanistas como F. Guichiardinni, C. Salutati, Leonardo Bruni entre otros, influyeron para que N. Maquiavelo y G. Botero elaboraran una primera formulación  doctrinal, poniendo al desnudo la realidad del poder del Estado, y fijando los principios para que éste naciente aparato de poder y de gobierno, pudiera perpetuarse en el tiempo y trascender a sus funcionarios. Mientras Maquiavelo fue el primero en separar la Política de las religiones y teorías idealistas, Giovanni Botero comprendió que la Razón de Estado era la propia manera de funcionar del Estado.  Según la nueva doctrina, la Política es un arte pragmático y positivo, es una práctica racional que recoge y sintetiza en sus cálculos, los datos de la realidad concreta y de la experiencia.  Posteriormente, J. Bodin, T. Hobbes, así como las experiencias de gobierno del Cardenal de Richelieu y del propio M. Robespierre en el siglo XVIII, vinieron a confirmar sus alcances y límites.
 

La doctrina de la Razón de Estado es el punto de convergencia de la modernidad y del poder, del realismo en política y de la búsqueda de una racionalidad en los actos humanos. 
Elementos para una definición
 de la Razón de Estado
Más allá de la retórica o del silencio que rodea al tema de la Razón de Estado, todo Estado moderno está dotado de una doctrina inmanente cuya función fundamental consiste en justificar su existencia, de manera de otorgarle cohesión doctrinal a su funcionamiento como institución de instituciones.
La Razón de Estado podría entenderse, en un primer sentido, como el conjunto de las decisiones y actos políticos cuya legitimidad y legalidad son problemáticas, y mediante las cuales un Estado soberano asegura su realización, sin perjuicio de los recursos internos o externos que permitan garantizar tales prácticas.  Sin embargo, la Razón de Estado no se confunde pura y simplemente con una política de transgresión de las normas ético-jurídicas bajo los efectos de una afirmación de hecho del poder coercitivo del Estado.
Es necesario reconocer que la conservación de un Estado o el crecimiento de su poder y potencia, deben ser incorporadas durante una larga tradición política e intelectual, dentro del ámbito de los fines legítimos que se proponen los gobernantes y los funcionarios del Estado.  
En última instancia, es el interés del Estado en el sentido amplio del concepto,  el objetivo, la guía y la justificación de los gobernantes, cualquiera sea el régimen político donde aquel tenga lugar.
El interés del Estado, no necesariamente coincide con el interés de la Nación, y ambos tampoco pueden necesariamente asociarse con el interés general, aunque estas tres dimensiones tienden a ser confundidas, labor que resulta precisamente del funcionamiento o de los mecanismos de la razón de Estado.
La Razón de Estado es la doctrina inmanente de la maquinaria estatal, que se orienta a preservar y asegurar su estabilidad, su permanencia y su continuidad en el tiempo, por encima de las variaciones coyunturales, y que trasciende a los individuos que ejercen el poder.
Los mecanismos de la Razón de Estado
El gobierno y la política de la Razón de Estado son inseparables de la realización de un conjunto de actos y operaciones políticas, a través de las cuales el Estado o alguna de sus instituciones fundamentales intenta preservar la continuidad esencial de la “maquinaria estatal”.
Cuatro son los mecanismos principales a través de los cuales se manifiesta el principio de la razón de Estado, en las organizaciones estatales modernas, a saber:
a)         Las políticas de silenciamiento de la acción estatal o de sus decisiones.
b)        Las políticas comunicacionales sistemáticas, en cuanto son conducentes a establecer una verdad oficial.
c)        Las técnicas de golpe de Estado.
d)        Las políticas de seguridad del Estado.
Veamos cada uno de estos mecanismos.
Se definen como políticas de silenciamiento al conjunto de procedimientos políticos y burocrático-administrativos destinados a ocultar los mecanismos y el proceso de toma de decisiones de las autoridades e instituciones del Estado.
 

El Estado tiende espontáneamente a ocultar de la opinión pública y del escrutinio ciudadano, los procesos de toma de decisiones especialmente aquellos que se sitúan institucionalmente en las esferas superiores de las estructuras de poder.
Los ciudadanos en definitiva, aún cuando cuenten con la acción vigilante de la opinión pública, sólo conocen las decisiones cuando éstas han sido adoptadas y son comunicadas o ejecutadas por la burocracia.
 

Las políticas comunicacionales, son operaciones sistemáticas de orientación de la información y del flujo de las comunicaciones estatales, a fin de presentar bajo el mejor aspecto posible y presentable, una verdad oficial.
 

 

Forma parte de los mecanismos normales de ejercicio de la razón de Estado, el que la maquinaria estatal tienda a elaborar, procesar, difundir y defender una verdad oficial, la que se configura en un conjunto –más o menos coherente- de afirmaciones, puntos de vista, interpretaciones y percepciones acerca de la realidad.
La verdad oficial es la interpretación que el Estado y/o sus autoridades dan a los eventos de la vida política, social, económica y cultural de la sociedad; se trata ciertamente de un punto de vista, de un enfoque diferente e incluso de un enfoque ideológicamente sesgado y dirigido.
Pero, además se trata de un conjunto de técnicas de elaboración y manipulación de los hechos y de la información, de manera de producir un determinado efecto comunicacional y político.
 

 

La técnica del golpe de Estado constituye una operación político-militar de irrupción violenta y de copamiento de las fuentes físico-geográficas de poder y de las instituciones fundamentales del Estado, a fin de satisfacer determinados intereses políticos.
 

En cuanto operación político militar, todo golpe de Estado supone la intervención –más o menos planificada- de fuerzas armadas o militares, sean éstas regulares o irregulares.
Todo golpe de Estado supone, al mismo tiempo, el doble objetivo de paralizar el funcionamiento de la maquinaria decisional y burocrática de las instituciones fundamentales del Estado (en particular de los poderes ejecutivo y legislativo); y poner en marcha nuevas estructuras, autoridades y/o procesos políticos decisionales.  Desde ésta perspectiva procedimental, la operación del golpe supone siempre tres tiempos, a saber: un primer tiempo, de preparación y creación de clima; un segundo tiempo, de ejecución de la operación y  de instalación del nuevo poder; y un tercer tiempo, de consolidación del nuevo poder.
En una perspectiva política general, el golpe de Estado puede ser el punto de partida o el momento culminante de una crisis política o institucional prolongada, o de una coyuntura insurrecional.
 

Desde el punto de vista de los motivos y sus ejecutores, se distinguen el golpe de Estado como una operación en la que intervienen militares y políticos; y el golpe militar en cuanto operación en la que intervienen solamente militares.
Desde el punto de vista de su operatoria, se distingue el golpe de Estado propiamente tal, rompiendo la legalidad vigente, y el golpe blanco que consiste en la ocupación política y militar del poder, dentro de los límites de la legalidad.
Desde el punto de vista de sus consecuencias físicas y humanas, se distingue el golpe cruento que implica daños materiales y bajas en vidas humanas, y el golpe incruento en el que la operación de toma del poder resulta tan súbita que las bajas son mínimas o inexistentes.
 

Las políticas de seguridad del Estado consisten en orientaciones generales de acción, dirigidas a prevenir y preservar la integridad física y material de las instituciones y autoridades del Estado, frente a amenazas internas y externas.
De este modo, todas decisiones y actos de los funcionarios y autoridades que operan desde el Estado tienden a impregnarse de una justificación oculta y silenciosa, cuya finalidad es la realización objetiva, impersonal y sistemática de tres condiciones o requisitos, esenciales para asegurar el funcionamiento del Estado:
a)                    su estabilidad (poniéndolo a resguardo de cambios, de desequilibrios, crisis o quiebres institucionales, que puedan arriesgar su ordenamiento jurídico básico);
b)                   su permanencia (en cuanto conjunto de instituciones instaladas en un espacio físico, geográfico y político propio y jurisdiccional, y en las que las autoridades y  funcionarios son siempre transitorios); y
c)                   su continuidad (es decir, que se asegura su existencia en el tiempo, trascendiendo a los individuos  que operan en él).
 

Al revelar la existencia de la doctrina de la Razón de Estado, queda en evidencia que la política y el poder son realidades objetivas, profundamente humanas, marcadas por el sesgo del conflicto, por la disparidad básica e incluso la confrontación de ideas, de fuerzas y de intereses.
La política de la Razón de Estado, se manifiesta en todas aquellas decisiones y actos de la autoridad política, tendientes a preservar el interés superior de la Nación o del propio Estado, a asegurar por cualquier medio (especialmente por medios legales, pero sin descartar los medios no-legales o ilegales) la permanencia y unidad del Estado y de sus instituciones básicas, la estabilidad de dichas instituciones o su continuidad en el tiempo, así como su estatura política, diplomática y estratégica en el campo internacional.  Se trata en la práctica política, de medidas de carácter riguroso, no siempre populares ni del agrado de la opinión pública, y por ello, frecuentemente incomprendidas y criticadas.
Lo que realiza la idea de la Razón de Estado, es que introduce el desvelamiento del logos de la política, del poder y del Estado. 
Desde esta perspectiva profundamente realista, el Estado no es una fuerza ideal y superior que se impone sobre el espíritu de los hombres, sino que ahora, al ponerse en evidencia la existencia de la Razón de Estado, queda al desnudo que el Estado es, en primera y última instancia, una maquinaria organizada de poder y de mando, que funciona dentro de la esfera política de la sociedad, dominada por los intereses, por las estrategias, los cálculos y los juegos de poder y de guerra de quienes ejercen el poder.
En la práctica política, la Razón de Estado se realiza permanente y cotidianamente, cada vez que el poder político es ejercido por una autoridad o funcionario, por cuanto a través de sus decisiones y actos de poder, ambos están cumpliendo con sus propias metas y objetivos y están contribuyendo a realizar en el presente, los fines de permanencia y continuidad del Estado al que sirven.
De este modo, el poder político del Estado moderno encuentra en la Razón de Estado una lógica propia, una racionalidad explicativa que le da coherencia en el tiempo y en el espacio.  El poder político no podría ejercerse en el Estado y aún mediante los instrumentos de poder que le son inherentes (tribunales, ejército, policía), si quién ejerce tal poder no tuviera la certeza que sus decisiones serán cumplidas y ejecutadas por una cadena de funcionarios, y que a través de dicha cadena orgánica de individuos, el Estado se asegura su permanencia y su continuidad.  Es como si el Estado, adquiriendo una personalidad propia, se reprodujera a sí mismo, asegurándose de paso su propia permanencia.
 

 

Política y poder en la Razón de Estado
 

 

La Razón de Estado, de este modo, no es el deber ser del Estado como aparato político o de la Política como forma de relación para organizar el gobierno de la sociedad, sino que es el Estado y la Política tal como son en la realidad objetiva. 
Por ello se afirma que la política de la Razón de Estado no es solamente el realismo político en su estado más puro, sino también es la propia Política de Estado, en su forma más objetiva, en sus finalidades más amplias y prospectivas, en sus manifestaciones más pragmaticas y eficaces.
Para la política enfocada, pensada y realizada desde esta perspectiva, lo que cuenta es el poder, lo que importa son los hechos concretos, lo determinante son las fuerzas, capacidades y recursos de que dispone realmente cada actor, y no las intenciones, las retóricas o las declaraciones de principios. 
Lo esencial siempre  es la preservación de la unidad del Estado –como territorio y como jurisdicción soberana- y todo lo que la altere o ponga en riesgo, choca con una razón de Estado que vigila su cohesión esencial.
Aquí, a diferencia de otras perspectivas doctrinales o ideológicas, lo central es la capacidad objetiva de actuar con eficacia, con capacidad de realización.
La política de la Razón de Estado es la política del poder, un poder completamente desnudado de toda pretensión idealista, de toda veleidad imaginaria, de toda intención discursiva: los hechos y los hechos políticos tal como son, y no como uno quisiera que fueran.  Más que “una moral en acción”, ésta forma de hacer Política es “la acción moral y pragmática”.
 

 

Cuando el político se guía por estos criterios pragmáticos, se aleja de la posibilidad de confundir sus deseos con la realidad, y pone su capacidad de influencia, de acción y de realización, al servicio de una idea superior (e incluso de una utopía) que le puede permitir sobrevivir a los avatares de la política cotidiana y a las cambiantes coyunturas, situándose en una perspectiva de largo plazo.
La Política no es lo que parece, sino lo que es en realidad: un juego dinámico y cambiante de decisiones y actos motivados por intereses, en el que cada actor calcula sus estrategias, movimientos y retóricas para ganar posiciones en cada arena política, y lograr en definitiva influir y predominar.
En la política de la Razón de Estado, la fuerza está al servicio de la razón, es decir, de la Política como función superior y gobernante.  De aquí se desprende que la compulsión o la coerción, que son el resultado inmediato de la fuerza, funcionan siempre en la lógica de que la fuerza es un instrumento racional al servicio de una Política pragmática y eficaz: la Política siempre  es la idea y la fuerza es el instrumento.
Esto no quiere decir que la Razón de Estado carezca de ideales o de moral, como le atribuyen sus detractores.  Por el contrario, el ideal aquí es el pragmatismo irrecusable de los hechos, es el logro objetivo de las realizaciones, es el cumplimiento irrestricto de las promesas, es la política de las obras antes que de las promesas, es el Hacer más que el Decir: un ideal utilitario, funcional y eficaz, que se opone a la política tradicional de anuncios y proclamas, sustentándose en una ética incorruptible de la eficiencia, de la verdad, de la justicia y del deber cívico.
La doctrina de la Razón de Estado, aunque ha desaparecido como tema de interés para los pensadores y hombres de acción, ha pasado a incorporarse en el funcionamiento normal de todos los Estados, y aparece frecuentemente puesta de relieve tanto en la política interna, como en las Relaciones Internacionales, en las esferas de la Política, la Diplomacia y la Estrategia.
 

 

 

CONSIDERACIONES HISTORICAS
SOBRE EL REALISMO
EN LA ESFERA ESTRATEGICA
Y EN LAS RELACIONES INTERNACIONALES
Como se podrá apreciar a continuación, existe una clara conexión intelectual, por lo menos en la tradición cultural de Occidente, entre el realismo político, entendido en los términos definidos más arriba, y el realismo estratégico, entendido a su vez, como una perspectiva teórica, doctrinal y práctica que tiende a privilegiar la problemática del poder y las correlaciones de fuerzas, para comprender los procesos políticos y estratégicos y los conflictos en las relaciones internacionales.
Esta tradición encuentra sus bases fundacionales en la práctica estratégica de algunos líderes militares de la Antigüedad, en ciertos pensadores y en la tradición histórica que allí se originó.
El realismo estratégico de la Antigüedad
Poco se sabe sobre la experiencia guerrera, o las relaciones que entablaron las primitivas comunidades en la Prehistoria.
Los  testimonios gráficos y pictóricos del Paleolítico (Lescaux, Altamira…), no se centran principalmente en escenas de batallas, sino de cacería, por lo que debemos aproximarnos a la Antigüedad para comprender las primitivas formas de pensar y actuar en Estrategia.
Un panorama histórico e intelectual del realismo centrado en el campo estratégico dentro de Occidente, no estaría completo si no mencionara además, la significación e influencia producida por los encuentros y conflictos entre los europeos y otras civilizaciones.
Así entonces, debiera reconocerse que autores como Sun-Tzu desde la tradición cultural china o Ibn-Kaldhoun como manifestación polemológica de la civilización árabe, constituyeron paradigmas estratégicos que, habiendo influído decisivamente en el pensamiento militar y político de sus culturas, trascendieron inspirando las conquistas y el quehacer “internacional” de los pueblos que tuvieron contacto con ellos.
Hace más de 2.000 años, Sun-Tzu un misterioso filósofo guerrero chino, recopiló un conjunto de máximas hoy conocidas bajo el nombre de El arte de la guerra.  Allí Sun-Tzu recogió los aspectos esenciales de la sabiduría guerrera oriental, de manera que el conjunto de la obra se orienta a demostrar que la eficiencia máxima del conocimiento y de la estrategia, es hacer que el conflicto sea totalmente innecesario. Sun-Tzu se ocupa de los criterios estratégicos de la guerra, del orden de batalla, de la fuerza, de las maniobras, de la utilización de espías y la adquisición de la información, y de la importancia del terreno, asumiendo un enfoque pragmático cuya modernidad está fuera de discusión.  Hay en la lógica de Sun-Tzu un realismo implacable, una frialdad absoluta en el camino y los medios hacia el objetivo final, pero siempre toma en cuenta al estratega, al ser humano, en cuanto individuo dotado  de un juicio racional y objetivo, para evaluar fríamente las cambiantes situaciones reales.
El paradigma estratégico chino iniciado por el maestro Sun-Tzu, ha predominado en el mundo oriental hasta el siglo XX.
Si adoptamos una perspectiva global y reconocemos el juego dinámico de influencias que operan en este campo, comprenderemos que, por ejemplo, la experiencia militar de las Cruzadas (entre los siglos XI y XIII de nuestra Era), no sólo significó una empresa conquistadora de los ejércitos feudales europeos, sino que además, pusieron en contacto –estratégico, económico y cultural- a dos civilizaciones disímiles, ninguna de las cuales resultó totalmente inmune a la influencia de la otra.
Tal es también el caso de la empresa conquistadora española que –como se verá más adelante- al contacto con las culturas originarias de América, no sólo desplegó su milenario saber guerrero –aún impregnado de un acento épico y feudal- sino que recibió el impacto de esos pueblos con sus tácticas de hostigamiento, dispersión y ataque en bandada.
Durante la Antigüedad, surgen los primeros atisbos de la idea de comunidad internacional.  El concepto se arraiga en la necesidad y búsqueda de normas que permitan ordenar y regular las relaciones y los intercambios entre los Estados y los gobiernos.
El primer testimonio histórico de un Tratado internacional se remonta al 1277 AnE. en el que hititas y egipcios (bajo Ramsés II) acuerdan un tratado de paz y fraternidad, y en cuyas estipulaciones se encuentran: la renuncia mutua a todo proyecto de conquista de sus respectivos territorios,  se establece una alianza defensiva, y se acuerdan formas de cooperación en el castigo de súbditos delincuentes y su extradición mutua.
Heródoto y Tucídides, respectivamente, señalan también la existencia de Tratados de alianza en el siglo V AnE., entre varios pueblos griegos como respuesta a las necesidades de regulación de sus vínculos con Estados y pueblos “bárbaros”: dieron así orígen a la práctica del asilo político, ensayaron  los pactos de arbitraje, e iniciaron la realización de los congresos anfictiónicos en los que se acordaban las reglas jurídicas comunes entre los diversos pueblos y ciudades-Estados de la Hélade.
Siguiendo una inspiración realista y pragmática, fueron las realidades objetivas e impostergables de los crecientes vínculos  entre los actores políticos en la esfera internacional, las que impulsaron el surgimiento de normas e instituciones, a partir de las cuales se pudiera hablar de comunidad internacional.
El realismo estratégico de la prolongada época de la Antigüedad, está marcado por  una fuerte tendencia a una política imperial de conquista, es decir, por una lógica de poder y de dominación, según la cual cada Estado que alcanzaba una estatura política y militar significativa, consideraba su derecho la dominación de territorios y pueblos vecinos, hasta alcanzar la forma imperial.
Esta fue –entre otros- la experiencia de Hammurabi, fundador del imperio babilonio (hacia 1750 AnE), de Amenofis III (1410-1379 AnE) con el imperio egipcio, de Salomón (972-932 AnE) en el espacio israelita del Medio Oriente, de Asurnazirpal (883-859 AnE) y Asurbanipal con el imperio asirio, o de la dinastía Ts’in en la que Che-Houang-Ti fundó el imperio chino (221-207 AnE).
La Antigüedad clásica que conocemos sin embargo, inaugura su experiencia estratégica con la Guerra de Troya, si es que no queremos remontarnos a las bíblicas batallas que enfrentaron al pueblo judío con los filisteos y los egipcios.
La Grecia clásica hace escuela de realismo estratégico, mediante una tentativa exitosa de expansión comercial y guerrera contra Troya (hacia el 1.250 AnE) como lo ilustra Homero en  La Ilíada.  Los griegos coaligados montan una expedición marítima llevando en sus naves un ejército perfectamente equipado para un largo sitio.   La concepción estratégica es de un realismo puro: se trataba de vencer la oposición de Troya a la expansión de las líneas de comercio de las polis griegas, tal como lo hará varios siglos más tarde, la República romana ante la oposición de Cartago.
Hay quienes han visto en la historia de las guerras de la Antigüedad, los inicios de una histórica confrontación entre potencias terrestres y potencias marítimas.  Este criterio de lectura nos podrá servir en ciertos casos caracterizados, pero no será el único. 
El imperio persa fue probablemente uno de los casos más notables de perseverancia en el ejercicio del poder imperial.  El imperio persa representa una vasta dominación política y territorial entre el siglo VI AnE hasta el VII NE.  Ciro II (559-520 AnE),  Darío I el Grande (522-486 AnE) y Jerjes I (486-465 AnE) representan la etapa más floreciente de la dominación persa, abarcando  desde las costas de Asia Menor hasta  el río Indo, y desde el océano Indico hasta  el Mar de Aral.  Un imperio de dominación exclusivamente terrestre, que combinó una organización territorial (las satrapías), un sistema monetario e impositivo único, vías de comunicación y ejércitos dotados de una alta movilidad.
Del mismo modo, hacia el 300 AnE., se consolidaron en China los siete Estados, que dan forma al llamado Período de los Reinos Combatientes.  Después de 400 años en que predominan las tendencias a la división feudal, a través de diversas guerras y otras formas de decantación política, el vasto imperio chino comienza a orientarse hacia la configuración de grandes unidades políticas. 
Este proceso culminó en la formación de un solo Estado, hacia el 221 AnE con el emperador Qin-Shi-Huangdi, quién organiza una administración central y un ejército de arqueros y lanceros, sobre el que se asentó el nuevo poder.  Hacia el siglo III AnE, China inicia un lento y prolongado proceso de construcción estatal e imperial.
Lo que importa subrayar es que, en medio de su experiencia conquistadora y guerrera, numerosos pueblos de la Antigüedad clásica, y en particular el pueblo griego, aprendieron gradualmente a pensar política y estratégicamente no sólo en términos de unidades políticas aisladas que se enfrentan (Estados, polis, señoríos y ciudades), sino también en términos mundiales o universales, guardando las debidas proporciones geográficas del “mundo conocido” que ellos tenían.  Probablemente, ésta es la mayor contribución de Grecia al pensamiento estratégico e internacional.
Los griegos con su concepción de la Hélade enfrentándose al poderío masivo de los ejércitos persas (siglo V AnE), son acaso los primeros en Occidente que abren una perspectiva histórica y realista de comprensión del mundo que les rodea y en el que les toca actuar, y al mismo tiempo dan los primeros pasos en la configuración de la idea de comunidad y Derecho internacional. 
Su realismo los impulsa a aliarse entre ellos, frente al peligro de la dominación oriental, de manera que la amenaza exterior no solo les proporciona una intuición de unidad cultural y política, sino que les enseña una de las primeras lecciones maestras del pragmatismo político y estratégico: “si estás en desventaja ante tu adversario, busca buenos aliados”.
Este es el significado político profundo que aporta la retórica de Pericles desde la experiencia estratégica de la Atenas clásica (492-429 AnE): solo la unidad de los débiles, les permitirá vencer al más fuerte.
Al mismo tiempo, la obra de los historiadores, Heródoto (486-420 AnE), Tucídides (465-395 AnE) y Jenofonte (430-355 AnE) en primer lugar, permite efectivamente ampliar la visión del mundo real que tenían los griegos, comprensión innovadora de la que no hay que descartar  a los primeros geógrafos y cartógrafos, de manera que los helénicos no sólo se ven como parte de un mundo muy variado y complejo, sino que se retratan a sí mismos dentro del mundo.
El primer testimonio de la Estrategia aplicada en la Antigüedad griega, se  encuentra en La Ilíada de Homero (hacia el 750 AnE) en el que se ponen de manifiesto tanto las cualidades literarias del autor, como los aspectos técnicos de las tácticas guerreras terrestres de griegos (falanges de hoplitas) y troyanos.  Desde una perspectiva realista, la obra de Homero subraya las tendencias expansivas del pueblo griego y su creciente influencia en el espacio mediterráneo.  La guerra de Troya duró 10 años y al término de ella, las ciudades griegas iniciaron un largo proceso de crecimiento y predominio imperial.
 
Hasta esta etapa de la Historia de Occidente, el horizonte mental, político y geográfico de los estrategas y gobernantes griegos es el Mediterráneo.   El mundo llega hasta las “Columnas de Hércules”.
Entre La Hélade y el dominio de Alejandro el Magno, pudiera verse una cierta solución de continuidad, aunque el quiebre intelectual y político que produce su dominación, puso de relieve el fracaso de la polis griega como forma política adecuada para un mundo dominado por vastas construcciones imperiales.
Alejandro no escribió sus conquistas ni teorizó acerca de su imperio, pero su genio consiste precisamente, en la realización objetiva de una vasta obra de confederación de culturas, pueblos y Estados diversos.
Sin embargo, fue Julio Cesar (101-44 AnE), el gran conquistador romano, quién primero tuvo una de las intuiciones estratégicas más realistas: la idea de que la supremacía militar conduce casi irremediablemente a la dominación política. 
Cesar fue el primero que hizo uso del arte de la Política para conquistar las voluntades y la adhesión, al mismo tiempo que utilizó el arma del arte de la Diplomacia, para convencer a sus conciudadanos y a otros pueblos de las ventajas de su dominio, en una adecuación realista con el arte de la Estrategia, ampliando los límites de las conquistas romanas,  poniendo en práctica así una política de poder en la que combinó la satisfacción de sus intereses y ambiciones personales, con la preservación y ampliación de los intereses vitales de Roma.
Diversos historiadores han visto en la obra literaria de Julio Cesar, especialmente en sus Comentarios de la Guerra de las Galias, como un clásico de la propaganda política, en la que el general y Senador victorioso, junto con reivindicar las victorias obtenidas en el campo de batalla sobre los pueblos galos, se sitúa por encima de las rencillas políticas que atraviesan la República.  En ella, se describe la confrontación entre la táctica de bloque y de rodillo compresor utilizada por las legiones romanas, y la táctica de guerrilla organizada por los diversos pueblos francos.   La ocupación romana a continuación –hecha en base al poblamiento estable y a la construcción de una cadena de aldeas-fuertes fronterizas, el “limes” imperial, permitió extender los límites del Imperio hasta el Norte de Europa y la Germania.
Es importante subrayar que la lógica realista de los romanos, aplicada en la esfera estratégica les permitió lanzarse a la conquista del mundo que los rodeaba.  Para ello, dividieron a los pueblos vecinos para combatirlos unos a otros; se sirvieron de los pueblos sometidos, para dominar a aquellos que no lo estaban; intervinieron en los conflictos internos de los pueblos no sometidos a fin de proteger a los débiles, y lograr con ello el dominio; ejecutaron un estilo de guerra sin cuartel, de manera de ser más inflexibles en las derrotas que en las victorias; e invadieron los territorios vecinos bajo el pretexto de defenderlos de sus enemigos.
No deja de ser sugestivo constatar que, paralelamente a la evolución política de las culturas europeas y asiáticas, en América, diversos pueblos como los olmecas (300 AnE-300 NE), la cultura de Teotihuacán  (100-200 NE), o los aztecas y mayas en América Central (400 AnE- 1000 NE) construyeron sistemas políticos de rasgos imperiales, combinando conquista militar y económica, dominación político y fuertes influencias culturales y religiosas.
Los aztecas extendieron su dominación desde el centro de México, durante casi un siglo (1440- 1521 NE), a partir de la Triple Alianza de reinos-ciudades (Tenochtitlán, Texcoco y Tlacopán), en una combinación política de capacidad de aprendizaje, fuerza militar organizada, y una política diplomática hábil y flexible.
Del mismo modo, a partir de los horizontes culturales Chavin y Nazca, los imperios de Tiwanaku (siglos VII al XI NE) y de Tahuantinsuyo en América del Sur, configuraron una amplia estructura de dominación política y económica, que llegó a su apogeo con Thupa Inka Yupanki y Wayna Qhapaq (1463-1493 NE), y que supo equilibrar un cierto grado de autonomía relativa de los señoríos locales, con una estructura centralizada de poder supraterritorial, adaptándose –de un modo realista y pragmático- a las condiciones de una gran diversidad de pueblos y espacios geográficos conquistados.
Hay que subrayar aquí la importancia de la sacralidad del poder y la dominación que instauraron los pueblos americanos originarios.  Mayas, aztecas e incas dieron una relevancia excepcional al carácter místico, divino y sagrado de sus gobernantes imperiales, instaurando una tradición de poder elitista casi absoluto, que perduró mucho más allá de la conquista española.
Al otro lado del mundo, en China y en las grandes estepas de Mongolia, por su parte, se desarrolla la experiencia conquistadora del Imperio Mongol.   Bajo  el poder de Gengis Khan (1155-1227 NE), los ejércitos de arqueros y jinetes mongoles se convirtieron en una arma política, en una combinación realista de alianzas, saqueos, conquistas, incursiones relámpago y ocupación territorial.  En el siglo XVII, la expansión mongol decayó y fue finalmente detenida, ante  el crecimiento del poder manchú.
La lógica estratégica de la cultura china, ha sido sintetizada en numerosos autores, pero el más conocido es Sun-Tzu cuyo Arte de la Guerra (escrito en el siglo V AnE.) es considerado un clásico hasta el día de hoy.  Sun-Tzu enfatiza la importancia del dominio de la voluntad guerrera como parte de una visión humana integral en la que la fuerza se somete a los imperativos de la inteligencia, de la sabiduría y del conocimiento.
El derrumbe de los grandes imperios de la Antigüedad, dió paso a una disgregación de la unidad política y territorial y a una poderosa tendencia centrífuga en la geografía política de Europa y Asia: así surgió el feudalismo.
La estrategia medieval
Probablemente la experiencia estratégica e internacional de Europa, en la época medieval, comenzó, entre otros hechos, con las invasiones de los marineros escandinavos.   Los normandos o vikingos ejercieron una combinación bastante pragmática de conquista depredadora, saqueo e intercambio comercial, sin buscar prioritariamente la ocupación territorial, durante un largo período que va desde el siglo VIII hasta el IX, en las costas de Europa occidental y del norte.
Numerosos autores han subrayado el aspecto épico de las guerras medievales.  Hayan sido motivados por el afán de conquista, por las necesidades dinásticas o las ambiciones principescas, los conflictos de la Edad Media se nos aparecen como guerras entre caballeros, que van adquiriendo un aspecto cada vez más refinado y barroco.
No es posible quedarse con ésta primera impresión.   Las prácticas guerreras y de la Política exterior de los Estados medievales, dejan traslucir un notorio realismo.
La formación del Imperio Carolingio, a partir de la coronación de Carlomagno (en el 800 NE), constituyó una expresión de las posibilidades y limitaciones del poer de los francos.  Se extendieron hacia  el Mar del Norte y el Báltico, hacia la región de Bohemia, hacia los reinos itálicos y España y en dirección de las regiones eslavas de los Balkanes.  Pero, a la muerte del emperador (814 NE), el Imperio carolingio se desmoronó en menos de dos generaciones.
En efecto, por debajo de la dialéctica y la elegante retórica religiosa, teológica o política de los guerreros y diplomáticos del Medioevo, se encuentra siempre una intrincada gama de intereses de poder y de dominio y de fuerzas poderosas y actuantes las que constituyen el material objetivo, concreto de las ambiciones y las pasiones desatadas en el campo de batalla o en los refinados salones.
Ya en esta época, resulta cada vez más claro que la guerra es un acto político que obedece a una finalidad política del gobernante.  A partir de Santo Tomás de Aquino, todos los autores medievales parten del principio realista de que la guerra justa debe ser conducida por el monarca, lo que conduce a relacionar el acto bélico como acción militar, con los intereses políticos que le daban justificación.
Así se puede considerar la obra  El arbol de las Batallas, como una de las primeras obras estratégicas medievales, publicada entre 1382-1387 por Honoré Bonnet, y donde ya se plantea el tema de la guerra justa y la responsabilidad política primordial del Príncipe [es decir del gobernante], en su organización y en su conducción.
Pero sin duda, la acción político-estratégica más relevante de la Edad Media, fueron las Cruzadas. Entre el siglo XI y el siglo XIII, numerosos reyes, príncipes y guerreros europeos de todo tipo enfrentaron a los ejércitos islámicos por el dominio de Jerusalén y otros territorios.  Se trataba de una época de abierta expansión de la dominación política y militar árabe, la que ejercía una fuerte presión geopolítica sobre todo el flanco sur de Europa, desde España por el oeste hasta Siria y Palestina por el este.
 ¿Qué mas grande acto de realismo estratégico que pretender recuperar la lejana Tierra Santa en el Medio Oriente, bajo una inspiración declaradamente religiosa y mística, cuando en realidad lo que se pretendía era asegurarse los mercados  orientales y las rutas de navegación y comercio con Asia, amenazadas por la expansión árabe?
La primera Cruzada fue proclamada en el año 1095, y demoró más de un año en ponerse en marcha, en la medida en que los señores feudales comprendían que para vencer, necesitaban asegurarse la superioridad militar en Oriente. Se desarrolló entre el 1096 y el 1099. La mayoría de los ejércitos se desplazaron por tierra, mientras que la expedición naval coincidió con las fuerzas terrestres a su llegada a Bizancio.
Desde una óptica estratégica e internacional, las Cruzadas pueden ser comprendidas como el choque de dos culturas políticas con vocación expansionista sobre el vasto espacio territorial de Europa oriental, el Medio Oriente y el Mediterráneo. Las consecuencias no solo fueron una suerte de occidentalización del Oriente y de orientalización de Occidente, sino también el fortalecimiento de los intercambios comerciales y del progreso cultural, como consecuencia de la apertura a los nuevos conocimientos y técnicas de  que cada cultura era portadora.
La última Cruzada se realizó en el 1270 (siglo XIII), pero resultó un fracaso.
La cultura árabe encontró durante la Edad Media, en Ibn-Khaldoun (1332-1406 NE) una adecuada síntesis política y estratégica.  Khaldoun, desde una perspectiva de observador agudo de la realidad y de historiador, sustenta la necesaria complementariedad de las ciencias y del conocimiento, con exclusión de todo juicio o a-priori moral.
La guerra de los Cien Años (1337-1453), constituyó una etapa decisiva en el debilitamiento del feudalismo europeo, y en el fortalecimiento de las burguesías comerciantes y bancaria.  Esta es la época en que predominan la infantería y la caballería, pero sin lograr un efecto decisivo sobre el campo de batalla o en la escena política internacional.  Al término de éste conflicto, ni Francia ni Inglaterra resultaron beneficiadas sino que por el contrario, debido al desgaste y la destrucción prolongada, sus economías estaban debilitadas y sus fuerzas diezmadas.
Por otra parte, la formación de la Liga Hanseática (de la que llegaron a formar parte cerca de 90 ciudades comerciales e industriales del norte de Alemania, Polonia, los países bálticos y Rusia), reflejó también una estrecha y realista asociación entre los intereses comerciales y el significado político atribuido a éstos.  La Liga Hanseática (predominante en los mares del Norte de Europa entre  mediados del siglo XIII y fines del siglo XV) se planteó como una de sus metas, competir frente al comercio de las ciudades italianas, de manera que su peso financiero y su potencial económico, determinó en muchos casos la política exterior e interior de los Estados en que estaba implantada.
Por lo tanto, la política comercial de la Liga de Hansa es una política pragmática de poder económico, respaldada –en última instancia- por el poder político, es decir, estuvo profundamente dominada por los intereses materiales de los comerciantes dominantes en las ciudades de la alianza.
La misma lógica de poder y dominación, caracterizó a las ciudades-Estados italianas encabezadas por la República de Venecia, desde el siglo XII al siglo XV.
“La moneda de la ciudad de Venecia, el ducado de oro, llegaría a ser durante más de trescientos años, junto al florín de Florencia, el patrón monetario del Mediterráneo occidental.” (Crónica de la Humanidad.  Barcelona, 1987.  Plaza & Janés Editores, p. 367).  El predominio de los intereses comerciales como manifestación pragmática de la voluntad de hegemonía de una unidad política en la escena internacional, encuentra un ejemplo evidente en la experiencia veneciana: los intereses económicos, a medida que se hacen predominantes, impulsan la búsqueda de la hegemonía política, mediante la utilización del instrumento estratégico -en este caso- de una poderosa flota de guerra.
Pero es necesario llegar hasta el Cinqueccento italiano, con autores como Maquiavelo, Guicciardini y otros, para  encontrar el realismo estratégico formulado sobre bases históricas y conceptuales sólidas.
Como se ha visto más arriba, Maquiavelo funda la autonomía de lo Político y pone de manifiesto en Los Discursos sobre las Décadas de Tito Livio, en El Príncipe y especialmente en El Arte de la guerra, la significación política de la acción estratégica.
Nicolas Maquiavelo tambien aporto al desarrollo de la Estrategia y al estudio de la guerra.
En  El arte de la guerra, N. Maquiavelo se plantea dos temas mayores: el primero, la organización de las milicias y los Ejércitos, en virtud de las necesidades políticas del Príncipe o del Estado; y el segundo, proclama la necesidad de reemplazar las fuerzas militares de mercenarios (condottieri) por Ejércitos nacionales, que garanticen a la vez, el control político del gobernante, y la fidelidad de las tropas a los intereses nacionales y al Estado al que obedecen.
El ambiente intelectual que determina el realismo maquiaveliano en el campo estratégico, es el del Humanismo dentro del Renacimiento.  Esto significa que Maquiavelo –siguiendo los dictados del humanismo- rinde tributo a la Antigüedad clásica, y se basa en la experiencia de la República de Roma, para afirmar el carácter nacional que deben tener los ejércitos y la primacía de lo político como orientación superior que dirige lo estratégico y militar.
El Humanismo operó como una poderosa corriente intelectual y cultural que invade las mentes de los europeos del siglo  XIV y XV, aunque también puede ser comprendido como una manifestación del racionalismo realista con que los pensadores, políticos y estrategas deciden centrar su pensamiento en el ser humano, entendido ahora como  objeto central y privilegiado  de reflexión e investigación.
Maquiavelo anticipó así la Modernidad, al situar la acción estratégica como una necesidad que funda la justicia, al interior de una reflexión política realizada por el gobernante de la Nación.  Para Maquiavelo, la guerra es justa cuando es necesaria.
Los principales pensadores estratégicos de la época feudal después de Maquiavelo, fueron Gustavo Adolfo de Suecia (1554-1632),  Mauricio de Sajonia (1696-1750), Federico II de Prusia (1712-1786) y el conde de Guibert (1743-1790), quienes tuvieron la particularidad de combinar la experiencia militar en terreno, con el ejercicio del poder político y la reflexión estratégica e intelectual.  Ellos fueron los teóricos del orden de batalla en sus más diversas combinaciones.  Propiciaban con mayor frecuencia una estrategia de usura y de agotamiento del adversario, antes que su destrucción total.
Federico II de Prusia escribe Los principios generales de la guerra en 1746, y posteriormente su Testamento militar en 1768.  Partidario de utilizar grandes masas de soldados en el despliegue de sus fuerzas sobre el teatro de la batalla, propuso el concepto del orden oblicuo, una forma de ataque por el flanco que supone el avance de un ala por escalones y la retirada del otra ala, de manera de obtener una victoria rápida mediante el envolvimiento de las líneas enemigas.
A su vez, el conde de Guibert publica en 1772 su Ensayo General de Táctica, en el que desarrolla dos grandes temas.  En el primero, propugna la  necesidad de formar Ejércitos nacionales, sobre la base de los ciudadanos, con lo que se adelanta a la experiencia de la Revolución Francesa de la Nación en armas y de la conscripción general.  En segundo lugar, Guibert postula el predominio de la guerra de movimientos:  una  guerra en la que los ejércitos desarrollan su máxima movilidad en líneas interiores y exteriores, mediante audaces maniobras destinadas a superar las posiciones del enemigo.
Estamos en el siglo XVII y en los inicios del XVIII, la época de oro del barroco…
Cuando las anteriores y poco decisivas guerras entre caballeros pasaron a convertirse en guerras entre mercaderes y mercenarios (siglo XVI al XVII), el predominio emergente de las burguesías comerciales europeas en la esfera del poder político (en Italia, en España, en la Liga Hanseática, en las Provincias Unidas…) determinó que los conflictos y guerras, dejen de estar motivadas mayoritariamente por intereses dinásticos (no obstante ciertos anacronismos persistentes), dando paso a enfrentamientos causados por intereses económicos y comerciales de dominación.
Incluso en el contexto de la lucha multisecular entre la Cristiandad y el Islam, una de cuyas formas fueron las Cruzadas, los intereses comerciales no podían ocultarse tras el velo religioso que las justificaba.
El historiador inglés Michael Howard,  dice al respecto que: “…en el curso del siglo XVII la aptitud para hacer la guerra y mantener el poderío político dependía de más en mas, del acceso a las riquezas provenientes del mundo extra-europeo o derivadas de su comercio.  Existía en realidad una interacción permanente entre el desarrollo de las empresas europeas de ultramar y los conflictos interiores en el continente.”
 Y expone más adelante, que “Al término de la guerra de los Treinta Años, en 1648, la mezcla de celo religioso, búsqueda de botín y la aspiración a honestos beneficios comerciales que había inspirado la expansión europea y las rivalidades marítimas en el curso de los dos siglos precedentes, se sistematizó y se simplificó: los conflictos ahora opusieron a los Estados y tuvieron por objetivo la conquista del poder”. (
[2])
La manifestación más explícita de esta combinación entre poder estratégico y político, al servicio de los intereses económicos, la encontramos en la época de los grandes descubrimientos marítimos.
La expansión marítima
 de las potencias europeas
¿Qué explica el formidable poder de expansión que despliegan las naciones europeas desde el siglo XV y XVI?
En poco más de dos siglos, mientras Europa vivía un formidable Renacimiento cultural, artístico e intelectual, varias naciones europeas se lanzaron a una empresa sin precedentes de descubrimientos geográficos, conquista territorial y expansión colonial.
No todas las naciones de Europa tuvieron una voluntad política de conquista colonial, pero aquellas que habían logrado edificar  una flota mercante y guerrera considerable, habían adquirido una experiencia de navegación apoyada en recientes conocimientos científicos: el sextante, la brújula y los avances cartográficos, no sólo confirmaban el hallazgo teórico de la esfericidad de la Tierra (N. Copérnico, 1473-1543), sino que abrieron los horizontes mentales e intelectuales de políticos, gobernantes y científicos, e hicieron por primera vez pensar en términos de planeta lo que hasta ahora sólo se circunscribía al Mediterráneo y los mares continentales.
Los autores intelectuales de la expansión marítima de Europa no fueron estrategas, sino que fueron inventores, marinos y comerciantes.  Y en el trasfondo de ésta formidable hazaña, hay que situar el significado político y militar de algunos descubrimientos científicos y tecnológicos de importancia.  El cañón (con metales de mejores aleaciones) y la pólvora (recién traída desde China por Marco Polo), fueron las herramientas militares de la nueva dominación; la brújula y el sextante, fueron los instrumentos exactos que guiaron el acceso a los mares y océanos desconocidos o inexplorados; y la imprenta de tipos móviles, fue el vehículo de transmisión de ideas.
Francis Bacon, por ejemplo, en el siglo XVI, constata que “…después de la invención del cañón, sus efectos pueden ser descritos de la siguiente manera: tenemos una nueva invención por la cual las murallas y las grandes obras militares pueden ser perforadas y derrumbadas desde una considerable distancia, con lo cual los hombres poseen ahora una considerable fuerza, para incrementar la potencia  de los proyectiles y de las máquinas.   Estas invenciones, junto a la imprenta, las armas de fuego y el compás, están cambiando la apariencia y el estado del mundo entero…” (
[3])
Los Estados se comprometieron económica y políticamente en las expediciones y descubrimientos.   Aquí, una vez más, el poder político, percibiendo los intereses económicos implícitos en la empresa colonial, apoyó los esfuerzos privados,  y adaptó sus estructuras de poder a las nuevas condiciones geográficas.   Inglaterra, España, Portugal y Francia, materializaron la conquista de nuevos territorios a continuación  de los descubrimientos, haciendo de ellos, no sólo espacios geográficos de descubrimiento, sino sobre todo los convirtieron en territorios de dominación y de poder.
La navegación y el comercio de ultramar, se fueron convirtiendo en parte de una estrategia marítima de dominación de mercados y de territorios.
Así, la política territorial y colonial de las potencias europeas del siglo XV y XVI se  fue configurando como una política de poder basada en intereses materiales, los que con el paso del tiempo se convirtieron en intereses vitales.
La política imperial del poder
La formación de sistemas imperiales constituye una de las más notables constantes en la Historia de la Humanidad.
Si se analizan desde una perspectiva histórica global, podría argumentarse que, no obstante las diferencias particulares de cada uno de ellos, la formación de sistemas de dominación imperial constituye una etapa de culminación de varios fenómenos socio- económicos, políticos y militares, en un momento dado del desarrollo de la formación estatal.  
Obsérvese, por ejemplo, los períodos de expansión imperial experimentados por China, y por el Islam.  Se trata de dos ejemplos de predominio basado fundamentalmente en una hegemonía militar terrestre, continental, la que se tradujo a continuación en dominación política. 
Entre 661 y 750 NE., el Islam se extendió por el Oriente Medio, abarcando todo el Maghreb y bordeando los dominios eslavos de Europa oriental y los pueblos de la India.    Como efecto de ésta expansión entraron en crisis, los dominios bizantino, persa, egipcio y de la Mesopotamia, desarticulando el sistema político en torno al Mediterráneo y del Medio Oriente.
 Bajo la conducción de Mahoma, Abu-Bakr, Omar I y Otman los ejércitos de la caballería árabe construyeron una amplia zona de dominación política y militar, manteniendo ciertas autonomías locales y regionales, y a partir de la cual, el Imperio pudo intentar la conquista de zonas del sur de Europa.
El dominio imperial, desde la Antigüedad hasta hoy, es un fenómeno estatal, si se lo comprende desde el punto de vista histórico y político.
Se define como política imperial del poder a la expresión material y simbólica de la hegemonía y dominación que ejerce un Estado sobre otros Estados, como resultado de una política voluntarista más o menos sistemática, en un momento del proceso histórico internacional.
 
Dos son los elementos materiales que fundamentan la política imperial del poder: uno, el logro de una cierta hegemonía en el plano económico, material y tecnológico, de manera que la superioridad alcanzada es reconocida por los demás actores de la escena internacional; y dos, la obtención de una cierta hegemonía estratégica que resulta del potencial militar que cada Estado posee.
Cuando se analiza la evolución histórica de Occidente, se perciben claramente, sucesivos períodos de hegemonía imperial.
A partir del siglo XV y XVI, la expansión comercial fue uno de los fundamentos racionales de la políticas de ciertas naciones europeas, a partir de la cual buscaron el dominio sobre otras regiones del mundo.
Hay allí, una combinación compleja de factores, tales como la  búsqueda de nuevos mercados, el desarrollo de la potencia marítima y naval, y el logro de la cohesión nacional y voluntad política deliberada por alcanzar una posición de predominio en la escena internacional.
La historia de Occidente, en los últimos cinco siglos, puede ser enfocada desde la perspectiva de la emergencia, apogeo y decadencia de sucesivos imperios marítimos y terrestres.
Así, el siglo XVI puede ser caracterizado como la época de predominio de España, bajo el poder de Carlos V (1516-1556), hasta la derrota sufrida por la “Armada Invencible”, en 1588 por la flota inglesa.  Después de  una primera época, marcada la conquista de los grandes imperios de América (que realizan principalmente H. Cortés, F. Balboa y F. Pizarro), España construye un vasto imperio basado en la explotación económica y el saqueo de las riquezas, el desplazamiento y mestizaje  cultural y social de algunas culturas aborígenes, la conquista y reparto territorial, el exterminio de los pueblos originarios renuentes, y el poblamiento y formación de unidades políticas coloniales urbano-rurales.
El dominio imperial español fue el de una nación esencialmente terrestre, continental, que había logrado formar una relativa capacidad naviera, vocación que determinó e hipotecó su futuro como potencia.
Del mismo modo, el siglo XVII europeo  estuvo marcado por el dominio relativo de Francia bajo Luis XIII, el cardenal de Richelieu (1624-1642) y Luis XIV. 
La Política de Razón de Estado construída pacientemente por los cardenales Richelieu y Mazarino, hecha de riguroso realismo político, búsqueda de la unidad territorial y política, y de construcción de la potencia nacional, industrial y marítima, puede ser considerada la base material sobre la cual se edificó el prestigio y la influencia cultural y política ejercida por Luis XIV en toda Europa, durante este período.
En el siglo XVII, la Paz de Westfalia (1648), que puso término  a la Guerra de Treinta Años, puede ser considerada como el punto de partida del Derecho Internacional moderno.  El Tratado que puso término a este largo conflicto europeo, reconoció el principio de la igualdad jurídica de los Estados, sin distinción de su tamaño o forma de Gobierno, proclamó la necesidad de las asambleas internacionales como mecanismo de negociación diplomática, y señaló la importancia de las alianzas entre Estados como forma de asegurar la paz y la solidaridad y de buscar al adecuado “contrapeso” entre las distintas potencias y Estados.
La obra político-estratégica más relevante del Cardenal de Richelieu se encuentra en su Testamento Político (1642), en el que proclama su adhesión a las doctrinas en boga del mercantilismo, al nacionalismo económico, y a la necesidad de afirmar la supremacía del Estado y de la política de Razón de Estado para asentar la unidad nacional por encima de las facciones, disensiones religiosas y actitudes de fronda de la aristocracia, y para construir metódicamente el engrandecimiento del Estado, en la esfera internacional.
El apogeo cultural francés, sin embargo no se tradujo en un imperio colonial extenso, aunque aquí también hubo de ser determinante el profundo apego terrestre, rural que forma parte -de un modo atávico- de la cultura y de la historia francesa.  El predominio cultural, político y estratégico francés –con Luis XIV y con Napoleón dos siglos más tarde- fue siempre esencialmente terrestre, carente de una voluntad marítima.
El siglo XVIII, por su parte, estuvo marcado por tres fenómenos imperiales al mismo tiempo, a saber: el inicio de la emergencia del poder de Prusia (con Federico II, entre 1740-1786) como potencia continental, en el centro de Europa; la emergencia gradual de Inglaterra como potencia marítima (a partir aproximadamente de 1763),  la máxima expansión del Estado francés hasta alcanzar una forma imperial, con la experiencia de Napoleón Bonaparte (1799-1815).
Los pensadores estratégicos más relevantes en el período de las guerras napoleónicas, y quienes mejor teorizaron al respecto, fueron Ardant du Picq, Jomini  y  Clausewitz.
Henry de Jomini (1779-1869)  en su obra mayor Précis de l’Art de la Guerre (1855) tuvo la virtud de captar el significado militar y las implicancias estratégicas de la reciente Revolución Industrial.  Percibió que las nuevas invenciones en curso (el motor a vapor, los obuses de artillería, el fusil de aguja y el revólver, los primeros fusiles ametralladoras, entre otros) estaban aproximando una revolución profunda en el desarrollo de la guerra, y en la capacidad ofensiva y poder de fuego de los ejércitos.
El mundo estaba entrando en la época del telégrafo, del navío acorazado, de los ferrocarriles, de los vehículos blindados, de manera que resultaba evidente que el desarrollo de la siderurgia y de la industria en general, estaba potenciando los intereses nacionales y de seguridad de la Nación en armas y del Estado con intenciones imperiales.
A su vez, Carl von Clausewitz (1780-1831), puede ser considerado como el pensador estratégico más importante de los siglos XIX y XX.  En su obra De la guerra, pensó el complejo fenómeno de la guerra, desde la amplia perspectiva de la Ciencia y de la Política.  El edificio teórico de Clausewitz se apoya sobre el concepto de la guerra definida como un acto de violencia destinado a obligar al adversario a ejecutar nuestra voluntad, sobre la noción de que siempre se trata de un conflicto de grandes intereses, y de que en definitiva, constituye la continuación de la Política por otros medios.
El análisis de Clausewitz desarrolla la relación entre la guerra absoluta y la guerra real, sitúa al fenómeno bélico como instrumento de la Política, define la importancia estratégica del centro de gravedad de la guerra y de la batalla, propone que la defensiva es la forma más eficaz de guerra y subraya la gravitación de la batalla decisiva en el curso del conflicto.
Toda la política del siglo XVIII y de los inicios del siglo XIX estuvo condicionada por la confrontación y la búsqueda de  esferas de influencia, con la formación de Estados- pivotes y Estados- tampones, destinados a servir en el juego complejo de los intereses de dominación de Inglaterra, Prusia y Francia, y en los que Rusia, Austria  y el Imperio Otomano jugaban un rol creciente.
Es alrededor de la experiencia napoleónica que surgió en Europa, el concepto de equilibrio entre las potencias, entendido como una condición política y estratégica en la que cada Estado y cada alianza de Estados, posea un grado de control y poder suficiente para ejercer su dominio en términos que no alteren la estabilidad y la paridad relativa en el conjunto del sistema de Estados y naciones involucrados.   Uno de los artífices de éste modelo de orden internacional, fue el Ministro K.W.L. Metternich, quién logró situar al Estado austríaco como un Estado-pivote de equilibrio y de árbitro en el sistema europeo (Santa Alianza y Congreso de Viena, 1815), con lo que de paso,  le otorgó un rol político y estratégico cada vez más relevante al Imperio Austríaco.
El Congreso y el Tratado de Viena (1815) marcaron un momento decisivo en la evolución de la Política Internacional y del Derecho.  El realismo político moderno se nutre  del Congreso de Viena, en la medida en que dicho encuentro tuvo como resultado principal la consagración política y diplomática del principio del equilibrio, como instrumento político y estratégico básico, orientado a garantizar la paz y la estabilidad en el sistema internacional.
Ciertamente, todo el siglo XIX estuvo condicionado por dos fenómenos imperiales mayores: el acceso de Inglaterra a la condición de primera potencia  marítima y comercial mundial, y la formación y consolidación de Prusia como gestora de la unidad nacional alemana.
En ambos fenómenos, que resultan como efectos retardados del derrumbe del Imperio napoleónico, Inglaterra y Prusia desarrollaron formas sistemáticas de política imperial aunque con finalidades diversas.  Inglaterra ocupa el siglo XIX con el gobierno de la reina Victoria (1837-1901) al alcanzar el zénith de su expansión imperial, dominio que se eclipsó con la I Guerra Mundial (1914-1918), mientras que Prusia, bajo la conducción de O. V. Bismarck (1815-1898), da forma al Estado nacional alemán, bajo la forma de un imperio con posesiones coloniales en Africa y Asia.
Con la guerra franco-prusiana de 1870, la Prusia de Bismarck culminó el proceso de construcción de su unidad nacional, dando forma al I Reich alemán.  Es interesante observar que cuando el Estado alemán completó la unidad de la nación alemana, lo hizo afirmando militarmente su superioridad sobre Francia, y bajo una forma política imperial única modalidad considerada suficiente y adecuada al mantenimiento de la cohesión de los numerosos particularismos y regionalismos de dicha región europea.
Los realizadores de las teorías de Clausewitz en el plano estratégico, fueron los generales prusianos Moltke y Schlieffen, quienes, como herederos de la tradición formada por Scharnhorst y Gneisenau en la Escuela de Guerra de Berlín, llevaron a su máxima perfección la organización, disciplina y doctrinas de empleo del ejército, como herramienta al servicio de la Política del Estado.  El realismo de la política de Estado pasa por el realismo estratégico de los jefes militares.
El retardo de Alemania en acceder a la unidad nacional, y su impulso político y militar por obtener rápidamente una forma imperial, será una de las causas del desequilibrio que originó la I Guerra.
En el siglo XX, a la lenta decadencia de la hegemonía británica, se sucede la llegada de Estados Unidos a la condición de potencia mundial, y la aparición de la Unión Soviética como factor global de equilibrio, de disuasión y de bi-polaridad (1945-1990).  
En efecto, los tres rasgos característicos de la política internacional durante el siglo XX, desde el punto de vista de los sistema imperiales de dominación, son el eclipse final del imperio británico (arrastrado tanto por los ingentes costos humanos y materiales de la I Guerra Mundial, como por el colapso de su dominio sobre Canadá, la India y otras colonias de importancia), la emergencia de los Estados Unidos a la condición de potencia mundial, la que se inicia en el período de entre-guerras (1918-1939), y el surgimiento de la Unión Soviética como potencia industrial y militar en Eurasia (1917-1939).
De este modo, aún cuando la política internacional entre las dos guerras mundiales aparece dominada por los imperios emergentes de Alemania, Italia y Japón, bajo fuertes dictaduras militares, el fenómeno político dominante en ésta época es el militarismo y el predominio de políticas voluntaristas de expansión imperial.
La geografía como arma estratégica
en las Relaciones Internacionales
En algún momento de su desarrollo histórico y material, cada Estado como entidad política situada en la escena internacional “toma consciencia” de su realidad geográfica, comprende los procesos de territorialización que ha estado experimentando y percibe la importancia de dichos espacios en cuanto ámbitos en donde tiene lugar la Política, la Diplomacia y la Estrategia.
Entonces, surge en el Estado la conciencia geográfica de su Historia, y en la Nación, la conciencia histórica de su Geografía.
Las dos manifestaciones históricas más explícitas de ésta conciencia territorial, provienen de la Geopolítica y de la Oceanopolítica.
Numerosos autores contemporáneos han subrayado que la Geopolítica tradicional, surgió a fines del siglo XIX y primeros veinte años del presente siglo, como una derivación intelectual de la Geografía Política, muy en boga en los círculos universitarios alemanes y nor-europeos.  Analizemos éste fenómeno.
El primer período de la Geopolítica:
elementos para un análisis crítico.
Existe, en efecto, una primera época del pensamiento geopolítico, que surge y se desarrolla dentro de una óptica marcadamente organicista y fuertemente determinista.   Sus influencias intelectuales originarias más significativas, provenían de H. Spencer y de Ch. Darwin, y de las derivaciones sociales que resultaron de sus teorías sociológicas y biológicas.
Así, dos líneas intelectuales se sitúan en las bases de la primera reflexión geopolítica: por un lado, el desarrollo del “darwinismo social”,  a partir de Ch. Darwin, en la segunda mitad del siglo XIX, incluyendo a H. Taine, G. Le Bon, L. Woltmann y V. de Lapouge; y por el otro, un cierto “bio-historicismo” que desarrollan F. List (1789- 1842),  y A. de Gobineau (1816- 1882), el que se entronca con O. Spengler , A. Rosenberg (uno de los teóricos mayores del nazismo alemán),  y con F. Ratzel.  En List y Gobineau, la Geopolítica inicial se alimentó del racismo, y a través de A. Rosenberg, a su vez, contribuyó decisivamente a elaborar una visión ideológica racista de la Historia, a partir del supuesto “conflicto entre la raza aria y la raza semita”.
Inicialmente, autores como F. Ratzel, con su Politische Geographische  y a continuación K. Haushofer, fueron construyendo un cuerpo teórico configurado en torno a conceptos tales como “espacio vital”, “heartland”, “rimland”, o la asociación entre “suelo, sangre y raza”, nociones que estaban construídas sobre la base de una visión organicista del Estado.   Otros autores alemanes en la década de los treinta y cuarenta, dieron contenido a esta visión: L. Mecking, H. Schrepfer, H. Rüdiger, N. Krebs o R. Hennig, para nombrar a los más connotados, trabajaron sistemáticamente la nueva concepción geopolítica.   Numerosos títulos aparecidos en la revista de Geopolítica creada en torno a Haushofer, la Zeitschrift für Geopolitik (revista que, desde 1932, estuvo influenciada y dominada por el Partido nazi), atestiguan el enfoque señalado.
Al mismo tiempo, desde los inicios de los años treinta, esta Geopolítica se asoció directamente con los proyectos expansionistas, racistas y belicistas del nazismo alemán, otorgándole una justificación integral, completa, y respaldándolos con un conjunto de fundamentos teóricos, ideológicos y políticos, por lo que sus postulados hicieron crisis junto con el derrumbe del III Reich,  al término de la Segunda Guerra Mundial.   Por ello puede afirmarse que dicha Geopolítica era nazi en su esencia y contenido.
Al analizar sus postulados, se puede descubrir que esta primera Geopolítica constituye una representación político-estratégica e ideológica del mundo, que tiende naturalmente a centrarse en una concepción totalizadora del poder, y en una idea absoluta de la Nación y del Estado, como si ambas fueran entidades totales y homogéneas.   Hay que subrayar que toda Geopolítica es una empresa intelectual esencialmente « patriótica », ya que intenta colocar al propio Estado, en el centro de las representaciones cartográficas del espacio territorial, de manera que la Cartografía termina graficando lo que los geopolíticos quieren que grafique…
Las falencias intelectuales de aquella visión geopolítica no solo provienen de su incapacidad conceptual para interpretar la creciente interdependencia y complejidad del mundo moderno, de las estrategias y formas políticas que hoy caracterizan a la sociedad, sino del hecho que las interpretaciones y asociaciones conceptuales organicistas, belicistas y racistas, son absolutamente insuficientes, y se encuentran en una fase pre- científica de las Ciencias Sociales, y del estudio de la relación « hombre- geografía ».
Ya ha sido demostrado que los procesos orgánicos funcionan conforme a lógicas completamente distintas y con elevados grados de pre- determinación, mientras que los sistemas sociales y políticos están dotados de características de complejidad y azar, que aquel organicismo primitivo no puede explicar.
Le Geopolítica de la primera época, era profunda y radicalmente estatista, ya que concebía al Estado como un organismo absoluto y predominante en la escena geográfica y política.
La visión geopolítica que concibe al Estado como un organismo vivo que nace, crece, se desarrolla, decae y muere, adolesce precisamente de una lectura estrecha y limitada de la estructura estatal.  G. Sabine en su Historia de la teoría política subraya que “el argumento supuestamente científico de la Geopolítica no es más que una analogía biológica.  Según dicha lectura, los Estados serían “organismos” y mientras viven y conservan su vigor, crecen; cuando dejan de crecer, mueren…” , lo que pondría de relieve que el “bienestar social parece equivaler a la supervivencia del más apto…”.   Además de contener muchas ambiguedades lógicas, ésta confluencia de ideas y de pseudo- conceptos sociales y biológicos, ha sido una fuente de graves confusiones científicas.
 Al contrario de lo que pretende la geopolítica, el Estado no es un organo viviente; es una construcción política, jurídica, ideológica y territorial que se asienta en una sociedad históricamente determinada, es una estructura institucional compleja, que opera mediante resortes materiales y simbólicos de poder.
La segunda época de la Geopolítica
A partir de la década de los cincuenta, la reflexión geopolítica se centró la comprensión de los problemas geográficos y políticos derivados del nuevo escenario de conflicto bi- polar, en la forma de diversas escuelas nacionales geopolíticas, directamente vinculadas con los intereses nacionales de los Estados.
Autores como R. Kahn, H. Kissinger y otros desarrollaron nuevas interpretaciones geopolíticas, pero todas ellas se inscribieron en dos grandes tendencias intelectuales generales, que podemos sintetizar de la siguiente manera:
a)  una corriente de orientación determinista que heredó algunas nociones de la Geopolítica de la primera época y que conservó el concepto de predominio del medio geográfico que se impone a las organizaciones humanas y políticas; y
b)  una corriente de orientación posibilista que se desprende del determinismo anterior y sostiene la primacía del hombre sobre el medio natural, en un proceso progresivo de territorialización del espacio geográfico.
Además, desde el punto de vista marítimo y oceanopolítico, es posible formular una crítica mayor a las escuelas geopolíticas tradicionales.  En la práctica, las visiones geopolíticas no dejan de  operar conceptualmente dentro de una lógica esencialmente terrestre, como si la perspectiva de lectura dominante fuera para y en los espacios continentales, subordinando a los mares y océanos a un rol secundario.  La Geopolítica es un paradigma tal,  como si nos situáramos en la tierra, para observar y comprender el mar.
La perspectiva moderna de la Oceanopolítica
La Oceanopolítica surge durante la segunda mitad del siglo XX, como resultado de una serie de procesos intelectuales y políticos.
La nueva disciplina introduce un cambio profundo de perspectiva a éste respecto: ella permite analizar los fenómenos políticos, diplomáticos y estratégicos que suceden en mares y océanos, desde la perspectiva de los espacios marítimos, de manera que se nos ofrece como un paradigma tal, como si nos situáramos en el mar,  para observar y comprender la tierra.
Si la Geopolítica pretendía ser « la conciencia territorial del Estado », la Oceanopolítica pretende ser « la conciencia marítima de la Nación ».
La Oceanopolítica puede ser considerada como una visión con pretensiones científicas, que resulta de la confluencia multidisciplinaria de distintos aportes intelectuales.   Se trata de una  forma moderna de hacer ciencia a partir de los fenómenos marítimos y navales, en la medida en que su pretensión mayor es lograr establecer un conjunto aceptado de principios y teorías dotadas de racionalidad y de objetividad.   En términos generales, la ciencia social es moderna, porque cree y se afirma en los resultados del ejercicio de la razón, como fundamento objetivo del conocimiento.
La reflexión oceanopolítica se pretende a sí misma como una racionalización de los procesos y relaciones entre el Estado- Nación (como actor político programático) y los mares y océanos.  Desde esta perspectiva, los espacios marítimos y oceánicos son comprendidos y se configuran como campos teórico- prácticos relacionales, donde se ponen en juego los objetivos políticos, los grandes fines y sobre todo, los intereses nacionales y de seguridad de los Estados, como se analizará más adelante.
Para la Oceanopolítica, como para las demás disciplinas de las Relaciones Internacionales, el contenido esencial de las relaciones entre los Estados en la esfera marítima y naval son los intereses nacionales y de seguridad, en virtud de los cuales cada Estado desarrolla una Política, y despliega su Diplomacia y su Estrategia.
La Oceanopolítica es una disciplina o ciencia política del mar, es una manera política de ver las relaciones entre los Estados y naciones a propósito de los espacios marítimos.   La politicidad de los procesos y relaciones oceanopolíticas, proviene fundamentalmente del carácter  político de la acción de sus actores principales, los Estados, y del contenido esencial de las relaciones que éstos establecen entre sí a propósito de dichos espacios.
Así, resulta que la Oceanopolítica es -al mismo tiempo- una ciencia política de los espacios marítimos y oceánicos, y también, la Política de los Estados en los espacios marítimos y oceánicos.  Por ello mismo, la Oceanopolítica no es una geopolítica marítima, ni una geografía política de los mares y océanos, sino que resulta de una elaboración intelectual y político- institucional distinta, y que produce como resultado una reflexión científico- política acerca de los mares y océanos, la que se traduce siempre en políticas y estrategias.
En su definición más primaria y elemental, la Oceanopolítica estudia la Política en el mar y en los océanos. 
Su propia denominación, sugiere un elemento de encuentro, una síntesis entre el fenómeno político y el fenómeno oceánico, en la medida en que ambas dimensiones convergen en la realidad, desde los albores de la Historia de la humanidad.  
 Ahora bien, en la Época Moderna -inaugurada por el Iluminismo racionalista y humanista, la Revolución Francesa y la descolonización de las naciones- la Política en los océanos y espacios marítimos la realizan fundamentalmente los Estados-naciones, de lo que se desprende que la Política en el mar es siempre y en primera y última instancia la Política del Estado en el mar.
 

La Oceanopolítica puede definirse -para los efectos de este ensayo- como el estudio científico de las relaciones oceanopolíticas que se establecen históricamente entre ciertos actores políticos y los espacios marítimos y oceánicos.
Esto quiere decir que el fundamento de la teoría oceanopolítica, reside en una comprensión y racionalización sistemática y científica  de un cierto tipo de relaciones, las que se pueden clasificar en dos tipos básicos:
a)  las relaciones que  establecen los Estados y otros actores políticos entre sí a propósito de los espacios marítimos y oceánicos, relaciones que tienen lugar en la esfera internacional; y
b)  las relaciones que se establecen entre los Estados y los espacios marítimos y oceánicos, las que se sitúan generalmente en la esfera nacional, por su carácter jurídico y su contenido político.
De esta definición se desprende naturalmente, que los espacios marítimos constituyen una diversidad superpuesta e interdependiente  de arenas o campos relacionales.  Aquí reside la racionalidad objetiva de los fenómenos oceanopolíticos: se trata de procesos y fenómenos que son empíricamente observables y verificables, en los que los mares y océanos son el elemento de sustrato, la base fundante y explicativa de la relación, y los Estados y otros actores políticos son el elemento activo y dinámico.
A su vez, las relaciones oceanopolíticas, sin embargo, no solamente se sitúan en la esfera objetiva y empírica de los procesos políticos, diplomáticos y estratégicos, sino que también se manifiestan en un ámbito imaginario y cultural, es decir, en una dimensión simbólica: el de la conciencia marítima.
Pero, además, la reflexión oceanopolítica no surge de una simple teorización, sino que se enmarca en un contexto histórico internacional que le fija un derrotero intelectual característico.
El aporte del realismo en Oceanopolítica.
La Oceanopolítica es una disciplina científica que se sustenta en un conjunto de constataciones empíricas de la realidad internacional.
Uno de los postulados oceanopolíticos más importantes, parte del diagnóstico histórico y afirma que a lo largo de los casi veinte siglos de Historia occidental, ha existido un centro de gravedad oceánico, consistente en un determinado mar u océano en torno al cual se han articulado los poderes, economías, imperios y Estados dominantes en cada período.
Según ésta concepción, desde la Antigüedad clásica y hasta el siglo XV, el centro marítimo del mundo habría estado en el mar Mediterraneo, y a partir del descubrimiento de América y de la apertura de nuevas rutas marítimas coloniales de conquista y comercio, dicho centro se habría desplazado gradualmente al océano Atlántico.
Esta centralidad marítima del Atlántico se habría reforzado con la hegemonía británica durante el siglo XIX y  con el predominio naval de los Estados Unidos durante el siglo XX.
Un corolario natural de ésta teoría afirma que, como consecuencia de los crecientes intercambios entre las potencias mayores del Pacífico, el siglo XXI se presentaría como la época en que dicho océano se convertirá en el centro de gravedad marítima del mundo.
Es necesario subrayar a este respecto, que a pocos años del inicio del siglo XXI, el océano Atlántico continúa manteniendo las rutas marítimas estratégicas que unen a EE.UU. con Europa occidental, y a ésta con Japón, muy en especial aquellas que aseguran los suministros energéticos principales desde el Medio Oriente y el Golfo Pérsico.
Al mismo tiempo, las alianzas políticas y estratégicas fundamentales que unen a los EE.UU.  y Norteamérica con Europa occidental, continúan sustentándose en una doctrina estratégica y militar atlántica,  basada en intereses políticos y de seguridad comunes y compartidos.
Puede afirmarse, en consecuencia, que mientras persistan éstos hechos de relevancia fundamental y dominante, el Atlántico continuará siendo un centro marítimo de importancia mundial.
A su vez, para que el Pacífico se convierta en el océano principal del sistema- planeta sería necesario que se configure en torno a él, una comunidad política, económica y estratégica basada en amplios intereses y objetivos comunes y compartidos, diseño que integre los distintos grupos de naciones y Estados, con su enorme diversidad cultural e histórica.  Eso está aún lejos de ocurrir, no obstante que ya se han perfilado algunos esfuerzos de cooperación e integración.
A partir del actual juego dinámico de las potencias globales y de los principales  Estados- pivotes presentes en torno al Pacífico, es posible prever que en un futuro previsible en la primera mitad del siglo XXI, los roles dominantes todavía estarán repartidos entre Japón, China Popular, Estados Unidos y Rusia, como actores fundamentales, mientras que Australia,  Nueva Zelandia y otras naciones asiáticas y latinoamericanas pugnarán crecientemente por intervenir en la escena marítima y política de la región.
 Además, esta interpretación de la geografía política de los mares, debe situarse en una perspectiva teórica mayor, que propone una visión distinta de los  océanos y continentes en su relación dinámica.  La Oceanopolítica funda  también sus orígenes intelectuales, en un cierto análisis geográfico del planeta, que postula que éste presenta una desigualdad básica entre un Hemisferio Norte dominado por grandes masas continentales, y un Hemisferio Sur dominado por las grandes masas oceánicas.
Analizemos ésta teoría.  La desigual distribución de continentes y océanos resulta de una simple constatación física, a la que debe agregarse el hecho de que más del 60% de la superficie total del globo terráqueo está cubierta por mares y océanos.    Ahora bien, ¿qué significado tiene el predominio oceánico del Hemisferio Sur?  ¿qué  consecuencias podrían deducirse de éste factor geo-morfológico?
En este punto, hay que despejar de inmediato toda inclinación determinista.  El predominio cuantitativo de las masas oceánicas respecto de los continentes en el Hemisferio sur del mundo, no implica necesariamente ningún destino marítimo manifiesto, ni supone automáticamente la potencia marítima de los Estados costeros.
En efecto, la sola constatación de la distribución histórica de las hegemonías marítimas desde el siglo XV en adelante, pone de manifiesto un hecho básico, según el cual la totalidad de las potencias marítimas y navales que han ejercido un predominio a escala regional o mundial, se encuentran ubicadas en el Hemisferio Norte del planeta: Venecia, el Imperio Otomano, la Liga Hanseática, Portugal, las Provincias Unidas, Francia, España, Inglaterra (en Europa), o la China continental (en el Extremo oriente), Rusia, la URSS o los Estados Unidos en Norteamérica.
La sola posición marítima de un Estado, (que en términos oceanopolíticos  definimos como la posición oceanopolítica relativa) no constituye una condición suficiente para crear la potencia marítima o naval, y ello es particularmente evidente en el caso de las naciones ubicadas en el Hemisferio sur del mundo, puesto que la potencia marítima y naval constituye el resultado histórico de un largo proceso en el tiempo, durante el cual confluyen diversos factores políticos, culturales, económicos y estratégicos.
Realismo y Estrategia
 durante el período de la Guerra Fría
(1945-1990)
Al término de la II Guerra Mundial, quedó en evidencia que la derrota del imperio nazi de Hitler, se debió a una combinación realista de la estrategia militar, aero-naval y aero-terrestre de D. Eisenhower, la estrategia terrestre masiva del mariscal G. Schukov y la fluidez estratégica en tierra y en el aire del general Montgomery.  
La síntesis lograda por la coalición aliada, entre 1939 y 1945, de potencia militar blindada y artillada, amplio control de los mares y océanos y dominio estratégico del aire, no cristalizó después de 1945 en formas políticas de hegemonía conjunta, sino que dieron paso a una nueva forma de confrontación: el conflicto ideológico, político y militar entre la URSS y Estados Unidos.
Se puede afirmar que el fenómeno estratégico e internacional más relevante de la segunda mitad del siglo XX, ha sido la bi-polaridad Este-Oeste, que opuso a Estados Unidos y la Unión Soviética.  Se trataba de un ordenamiento global particularmente previsible, en el que detrás de las dos potencias globales dominantes, se fueron formando dos campos políticos y estratégicos opuestos, al interior de los cuales debían alinearse todos los demás Estados, naciones, movimientos y fuerzas.
El campo occidental, dirigido por los Estados Unidos y articulado en torno a un conjunto de regímenes de seguridad y de alianzas estratégicas (tales como la OTAN, el ASEAN, el Pacto de Río de Janeiro, etc.), trataba de mantener la hegemonía económica, política y cultural de la potencia dominante, desarrollando relaciones de dependencia económica y tecnológica.
A su vez, el campo oriental o socialista, dirigido por la Unión Soviética y articulado en torno al Pacto de Varsovia, trataba de mantener la hegemonía económica, política y cultural de la potencia dominante, desarrollando relaciones de dependencia ideológica, estratégica y económica.
En una amplia perspectiva histórica de los años de guerra fría, puede constatarse que la Unión Soviética aplicó una política estratégica fuertemente realista en la esfera internacional.  Sobre todo a partir de la Crisis de los Misiles (1962), N. Khroutchev (1953-1964) y en particular L. Breshnev (1964-1982) aplicaron una política de corte pragmático, orientada a no llevar ni escalar el conflicto bipolar, hasta el extremo riesgoso de la guerra nuclear con Estados Unidos, pero de ejercer suficiente presión política y estratégica como sea posible, en el Tercer Mundo, y especialmente en aquellas nuevas naciones dependientes, que deseaban alcanzar un mayor protagonismo político y un mejor nivel de desarrollo.
Para materializar esta visión estratégica, la URSS creó en torno suyo un verdadero glacis de seguridad con una serie de Estados-pivotes aliados en un pacto estratégico-militar (el Pacto de Varsovia) y encargados de impedir y frenar un ataque occidental directo sobre territorio soviético (Polonia, Checoeslovaquia, Hungría, Rumania, Bulgaria) y un amplio sistema de bases e instalaciones militares de ultramar (Yemen. Vietnam, Cuba, Etiopía, Angola, Libia), que le permitieran extender el alcance de su presencia naval y marítima en el mundo.
La Política Estratégica general aplicada por la Unión Soviética, desde Stalin hasta Breshnev, obedeció al principio del imperio asediado.  La retórica diplomática, política e ideológica de la URSS siempre se orientó a presentarse como un Estado socialista que se encontraba permanentemente amenazado por diversas formas de agresión, provenientes del campo occidental.   Cuando ésta línea estratégica no fue aplicada, se encontraron con la política de contención de los Estados Unidos, o fueron derrotados abiertamente como en Afganistán.
Los pensadores estratégicos soviéticos más relevantes fueron el Mariscal G. Schukov, vencedor en la II Guerra Mundial y autor de unas Memorias en 1961, en las que destaca la importancia de la estrategia de cerco con blindados en la batalla terrestre; los Mariscales G. Talenskii y A.K. Slobodenko, y en particular el Mariscal V.D. Sokolovskii quién en su obra Voennaia Strategiia de 1962, subrayó la puesta a punto de una doctrina soviética de la disuasión basada en la defensa estratégica terrestre.
Posteriormente se destacan el Mariscal A.A. Grechko quién en 1975 publicó su texto Las Fuerzas Armadas del Estado soviético, y el Almirante S. Gorschkov (1910-1988), quién con su obra La potencia marítima del Estado,(1976) sentó las bases de la estrategia marítima y naval soviética. 
Un problema pendiente es el de la superioridad estratégica que se suponía alcanzaría o estaba alcanzando la URSS en la carrera nuclear con Estados Unidos.  La  información hoy disponible (con la apertura de los archivos soviéticos de inteligencia), permite afirmar que entre 1945 y 1990 nunca la Unión soviética logró la superioridad estratégica en armamentos con los EE.UU. y en muchos aspectos ni siquiera la paridad.  Y ésta podría ser una de las razones de fondo del realismo estratégico mostrado.
El derrumbe final del sistema soviético, sin embargo, se debió menos a la presión política y tecnológica ejercida por EE.UU. (carrera espacial, Guerra de las Galaxias, misiles intercontinentales, sistemas satelitales y redes informáticas), que a la crisis ideológica y política interna, en la que las sociedades civiles gobernadas por regímenes comunistas, presionaron por más libertad y más democracia.  El sistema imperial soviético, se fue desagregando lentamente, primero en el plano ideológico y después en el plano político, es decir en definitiva, hizo crisis e  implosión desde adentro.
En síntesis, la representación soviética de la guerra fue un enfoque pragmático de la invasión como principal herramienta estratégica para apoderarse del territorio enemigo, mediante el copamiento y el aplastamiento de sus capacidades ofensivas y defensivas, a partir de una santuarización militar y política del imperio soviético.
La lógica que presidió el sistema bipolar fue la de evitar la guerra o la confrontación directa entre las potencias globales (lo que habría conducido a una guerra nuclear, con un resultado de aniquilamiento masivo y planetario, inaceptable para ambos contendores), y de derivar el conflicto hacia las naciones del Tercer Mundo,  de manera que la mayor parte de las conflagraciones (internas e internacionales) de la época de la Guerra Fría, fueron guerras por procuración: cada bando, grupo armado o Estado en conflicto, era más o menos apoyado por cada una de las potencias dominantes, según la importancia de la encrucijada.
De este modo, las guerras de la Guerra Fría fueron siempre guerras ideológicas o con un fuerte contenido político, aunque sus causas de fondo hayan sido étnicas, geopolíticas, religiosas o económicas.  La bipolaridad Este-Oeste, fue, por ejemplo, el telón de fondo del fin de los imperios coloniales en Asia, Africa y Oceanía,  del fortalecimiento de los nacionalismos y fundamentalismos árabes, y del conflicto entre la URSS y China Popular por la hegemonía ideológica en el campo socialista.
La política estratégica de los Estados Unidos durante casi medio siglo (1945-1990) se orientó a mantener su hegemonía imperial en el mundo, creando a su vez, un vasto sistema de alianzas políticas y estratégicas, de Estados-pivotes (Turquía, Iran, Pakistán, Israel, Arabia Saudita, Australia, Sudáfrica…), y de numerosas bases militares capaces de rodear todo el territorio de la Unión Soviética con un muro de contención, y una amplia red de relaciones comerciales, tecnológicas y financieras –mediante empresas, bolsas de comercio y bancos- que permitieran asegurar los suministros y flujos económicos y energéticos estables entre el centro y la periferia.
El pensamiento estratégico estadounidense y occidental de la Guerra Fría, estuvo dominado por autores como B. Brodie y el General Maxwell Taylor, con su obra The Uncertain Trumpet  de 1961.  Desde el punto de vista de la conducción estratégica de la guerra, pensadores y políticos como Robert McNamara, que propiciaba la proliferación de blancos y la gestión de las crisis, en su texto The Essence of Security, (1968), o Thomas Schelling, a través de su obra La estrategia del conflicto,  son quienes mejor contribuyeron a formular  la teoría de la respuesta flexible o graduada, dominante en el pensamiento estratégico occidental de los años sesenta y setenta.
Simultáneamente, la OTAN desarrolló un pensamiento estratégico, en el que las elaboraciones más relevantes fueron El Informe Harmel (1967) sobre la estrategia de la respuesta graduada, la Declaración de Washington sobre las relaciones Este-Oeste (1984) y el Nuevo concepto estratégico de la Alianza de 1991.
Durante la década de los sesenta, emergen dos nuevas formulaciones doctrinales estadounidenses: la doctrina del Assured Destruction-Damage Limitation orientada a precisar en el plano nuclear las implicancias militares de la doctrina de la respuesta flexible (y propuesta por McNamara en 1965); y la ideología de la seguridad nacional, destinada a servir de justificativo  político a una nueva etapa de intervencionismo militar y de militarismo en el Tercer Mundo.
La doctrina americana del MAD /Mutual Assured Destruction constituye el punto culminante del pensamiento estratégico occidental en los años setenta.  En 1967y 1968, R. McNamara la cristaliza en su texto The Essence of Security, al afirmar que “…a partir de ahora, la destrucción asegurada es la verdadera esencia de todo el concepto de disuasión”, en la medida en que supone la capacidad para asestar un segundo golpe nuclear estratégico al adversario.  A su vez, Thomas Schelling propone su obra Controlled response and strategic warfare, (1965), en la que  postula que la respuesta americana en cualquier región del mundo a las variadas formas de agresión percibidas desde la URSS, deben evitar ser “demasiado grandes” para que puedan seguir siendo creible, lo que fue desoído en Vietnam.
En este mismo período, o sea, en los años setenta, Henry Kissinger aporta una visión  profundamente realista y pragmática de la política internacional, con su teoría del dominó  y un elaborado concepto de la guerra limitada para enfrentar la amenaza soviética, y para pensar una capacidad de realizar la guerra nuclear en caso que la disuasión fracase.
El realismo estratégico de EE.UU., en este punto de su evolución histórica, parece reducirse a una contabilidad cuasi-matemática de cabezas nucleares disponibles, para afirmar la superioridad estratégica sobre el enemigo principal.
Sin lugar a dudas, y a la luz de la información actual disponible, los Estados Unidos siempre mantuvieron una ventaja considerable en la esfera de los armamentos estratégicos, como consecuencia de la superioridad tecnológica alcanzada, especialmente a  partir de la década de los setenta.
En numerosos momentos de la confrontación Este-Oeste, los Estados Unidos ejercieron un rol  de gendarme imperial en el Tercer Mundo, desestabilizando y reemplazando gobiernos poco proclives, por dictaduras civiles y militares aliadas, de manera de garantizarse su propia hegemonía regional y mundial, así como los suministros energéticos que requería su economía.
Finalmente, la derrota americana en Vietnam produce una prolongada crisis en el pensamiento estratégico estadounidense, de la que se recuperan solamente con la doctrina reaganiana de la disuasión discriminada, que proponen F. Iklé y A. Wohlstetter en Discriminate Deterrence en 1988, que contiene –entre otros elementos- la llamada doctrina del conflicto de baja intensidad, mediante la que se pretende enfrentar los nuevos desafíos del narcotráfico, las mafias internacionales, las guerrillas internas, las guerras locales y el terrorismo fundamentalista, y con su concepto de la Iniciativa de Defensa Estratégica que postulaba llevar la disuasión y la guerra nuclear al espacio extraterrestre.
Con este enfoque, el pensamiento estratégico estadounidense deviene pluridimensional, hace depender el cálculo estratégico de la diversidad y calidad tecnológica de los arsenales disponibles, y refleja la disposición política de Estados Unidos de intervenir militarmente en cualquier punto del globo donde su propia Diplomacia y Estrategia lo aconsejen, y donde se perciban sus intereses nacionales afectados. 
En síntesis, la representación estadounidense de la guerra es un enfoque pragmático de la saturación del teatro enemigo, mediante el peso imponente y decisivo de una tecnología sofisticada masivamente utilizada, y que supone el control de los mares y océanos y el dominio estratégico del aire, el espacio y las comunicaciones, a partir de la santuarización nuclear del territorio de los Estados Unidos y de Europa occidental.
Al final del período de la Guerra Fría, ambas potencias tuvieron que experimentar costosas derrotas en guerras llevadas a cabo con tropas de intervención propias en territorios ajenos.  
La derrota militar de Estados Unidos en Vietnam (1965-1975) fue un golpe psicológico y político muy duro, del que se recuperaron sólo diez años después; mientras que el desastre y retirada militar de la Unión Soviética en Afganistán (1979-1989) constituyó un factor coadyuvante de consideración, en el derrumbe socio-político, ideológico y militar del sistema soviético.
La doctrina político-estratégica que predominó entre las grandes potencias en el período 1945-1990 fue la disuasión clásica y la disuasión nuclear.   Como se sabe, el principio de la disuasión ha sido  considerado tan antiguo como la propia historia de la Humanidad, pero sólo ha cristalizado doctrinalmente durante el siglo XX, y  consiste esencialmente en la noción que supone disuadir al oponente de ejecutar una acción hostil, mediante la amenaza creíble y la certeza previsible de una respuesta  más destructiva, y por ello  inaceptable.
 
La gran interrogante es la de determinar en qué medida la disuasión clásica podrá responder a las exigencias e incertidumbres del período posterior a la guerra fría.
Estrategia y relaciones internacionales
en el orden de la post-guerra fría
Numerosos autores realistas, afirman que con la crisis final del orden bi-polar predominante hasta 1990, ha entrado también en crisis la noción tradicional de disuasión, ya que no sólo se han multiplicado los focos y causas de conflicto, sino que el poderío nuclear estratégico resultaría políticamente inviable, para resolver tantos conflictos diversos y localizados.
En efecto, el conjunto del edificio intelectual y político edificado en torno a la disuasión clásica, ha quedado profundamente cuestionado, desde el momento en que con la implosión del sistema soviético y de toda la bipolaridad, la disuasión parece ser cada vez menos eficaz para resolver los problemas estratégicos ocasionados por la multipolaridad y sobre todo por la imprevisibilidad  del escenario internacional.
El año 1989 y el derrumbe de la Unión Soviética constituyó uno de los fenómenos mayores en las Relaciones Internacionales, hasta el punto que diversos autores han señalado que en dicha coyuntura concluyó el siglo XX.
A partir del quiebre del sistema de la bipolaridad Este-Oeste, el escenario internacional de fines de la década de los noventa y desde el punto de vista estratégico, ha entrado en una prolongada zona de incertidumbre y de imprevisibilidad.
El mundo de fines del siglo XX y de principios del siglo XXI es menos previsible y más incierto que lo era durante el período de la Guerra Fría, en razón de una complejización y multiplicación de las causas de los conflictos, del hecho que muchos conflictos de dicho período quedaron pendientes y de la ausencia de un orden internacional seguro y capaz de regular el conjunto del sistema-planeta.
No solamente han desaparecido  las motivaciones ideológicas que fundamentaban los conflictos del actual siglo XX, sino que –como se explica en otro capítulo-  se han complejizado las causas que originan las guerras.
Las guerras y conflictos abiertos más relevantes que han sucedido en el mundo, desde 1989 hasta el presente, se sitúan precisamente en ésta óptica de complejización y multiplicación de sus causas originarias.
Por ejemplo, los conflictos pendientes en el Medio Oriente (Israel frente al Líbano, fundamentalismos islámicos, Israel y el pueblo palestino, Irak frente a la comunidad internacional), han continuado suscitando guerras y enfrentamientos, sobre la base de motivaciones geopolíticas, étnicas y religiosas.   Tal es el caso también, de la guerra civil en la exYugoeslavia (1993-1999), y de los conflictos civiles internos de Irlanda del Norte, Córcega, España y Norte de Italia.
La pervivencia de diferendos fronterizos entre diversos Estados en el mundo, en Asia, en el continente africano y en América Latina, permite comprender que durante el período de la Guerra Fría, se mantuvieron latentes pero obedecían a  motivaciones geopolíticas y de intereses nacionales, que la oposición ideológica anterior no logró superar.
Resulta particularmente significativo observar que los dos Estados victoriosos de la II Guerra Mundial, sin embargo, han sido alcanzados por las dos potencias vencidas: Japón y Alemania, cuyas esferas de influencia económica y tecnológica, abarcan el continente europeo y toda la región del Asia- Pacífico.

elementos para una historia del realismo político

Classé sous ciencia política,epistemologías — paradygmes @ 4:34

La prehistoria de la Ciencia Politica:
Antigüedad clasica en Grecia y Roma
Los orígenes de la tradición intelectual del realismo en Occidente, podrían situarse en la filosofía clásica greco-latina con Tucídides, Aristóteles, Protágoras y Cicerón, quienes, entre otros, ponen las bases de esta escuela. 
Heródoto (siglo V AnE.), por ejemplo,  pone en evidencia que la ley es la única norma que gobierna a los hombres, que los seres humanos se gobiernan a sí mismos, y en particular subraya que los seres humanos no tienen otra motivación en la vida política,  que el interés y el temor.
Protágoras, por su parte, declara que el hombre es la medida de todas las cosas, de lo que resulta que la Ciudad, la polis (es decir, la organización política de la sociedad) es el producto de los actos de los hombres y que las leyes resultan de una convención acordada entre ellos.  Mientras tanto, Jenofonte e Isócrates (en el siglo IV AnE.), consideran que la desgracia de las ciudades griegas proviene de su división y proponen buscar una autoridad política superior que sea capaz de confederar las ciudades-Estados, con lo que pre-anuncian el dominio imperial de Filipo de Macedonia y de Alejandro el Grande.
Por su parte, Aristóteles (384-322 AnE.), alejándose de los utopistas y sofistas que parecían dominar su época, propone el ideal realista de la Ciudad, la que hace de la libertad de los ciudadanos la premisa fundamental de toda organización justa, entendiendo que la Ciudad es la unidad de una multiplicidad y que la Ley es la expresión política de un orden, teniendo en cuenta la situación de la Ciudad, de su historia y de la composición del cuerpo social.
La creación política de la República y del Imperio romano, a su vez, sustentada en una prolongada elaboración jurídica, proviene justamente del hecho que la cultura romana presenta la virtualidad de haber sabido actuar mediante un sentido constante de los hechos consumados, procurando radicar la idea y la Ley en las estructuras colectivas cada vez más impersonales e institucionalizadas.  En esta concepción, los enunciados jurídicos y la legitimación filosófica que les acompaña, funcionan como marco fundacional y de perpetuación de un orden, de manera que el Derecho, la República y el Imperio actúan en tanto factores constitutivos de un orden militar y administrativo establecidos por dos órganos de poder: el Pueblo y el Senado.
Una de las diferencias mayores que separan a la construcción imperial romana, respecto de los imperios asiáticos anteriores, es precisamente el rasgo de satrapía que caracteriza a éstos.  El gobernante es aquí un autócrata absoluto e incontrolable, mientras que Roma y su Imperio se ven a sí mismos, como orden político universal regido por la Ley, y por un poder que ha cristalizado históricamente en órganos establecidos, regulados y distintos.
A partir de la Ley de las Doce Tablas, el Derecho Romano reconoce la existencia de un orden del mundo ineluctable y racional, que considera la sumisión tranquila al destino como una virtud capital.  De este modo, los méritos  de las instituciones romanas –como se pone en evidencia con Cicerón (106-43 AnE) y la escuela estoica- consiste en haber sabido definir una comunidad regida por Roma bajo el imperio de la Ley y de un orden político estrictamente determinado, y de haber comprendido a  Roma y a su imperio como una Ciudad Universal, en la que la condición ciudadana se extendía cada vez más, creando así un primer esbozo de ordenamiento internacional y de cosmopolitismo.
Desde la perspectiva de Roma, como capital y centro de un poder único y sacralizado, el imperium es el medio por el cual la Ciudad realiza sus virtudes republicanas y propaga por el mundo las ventajas de una dominación revestida de civilización.  El gobernante o Emperador, deviene a la vez, detentor de la “potestas” y la “auctoritas”, mientras se erige en “imperator” y en “princeps”. 
En este ordenamiento político, con vocación internacional aún poco definida, el pragmatismo del ejercicio del poder y la dominación, mediante una combinación dosificada de fuerza militar, diversidad religiosa, ocupación territorial, reconocimiento jurídico e influencia cultural, producen como resultado histórico que, tanto en las provincias como en la capital imperial, las fuerzas materiales y simbólicas de unificación –o fuerzas centrípetas- siempre logran predominar sobre los  poderosos factores de dispersión y división –o fuerzas centrífugas.
En el imperio romano, como forma refinada de dominación política de un Estado sobre una diversidad creciente de  territorios, el poder imperial se caracteriza por la omnipotencia del dominio, por la sacralidad de que se rodean los símbolos y signos visibles del poder, y por la legitimidad subjetiva que sustenta a los gobernantes transformados en divinidades.  La pax romana que se instala en torno al Mediterráneo y en Europa central y sur por varios siglos, es más una época de fuerte dominación tranquila que una larga sucesión de guerras de conquista. 
Roma funda el jus gentium mediante la práctica de su dominación imperial.
El realismo romano (tan notorio en Polibio, como en Cicerón y en Séneca) consiste en un pragmatismo revestido de juridicidad y de un vigoroso sentido material del poder, lo que convierte al Imperio (floreciente o decadente) en la base política  sobre la que se levantaron los Estados de la Edad Media, de manera que la crisis de ésta estructura de dominación territorial, tuvo más bien el aspecto de una desconstrucción prolongada, lenta y casi imperceptible (aún a pesar de las invasiones orientales).
La prehistoria de la Ciencia Politica:
(Edad Media)
La tradición realista proveniente del imperio romano, dio paso en los inicios de la Edad Media, al predominio de las concepciones cristianas, que afirmaban –con Agustín de Hipona (354-430 NE), Gelasio y Gregorio el Grande (540-604 NE) el principio de las dos espadas o los dos poderes: temporal y espiritual, y de que entre ambos, es el poder divino el que detentaba la plenitudo potestatis o potestad suprema.
Esta concepción produce como resultado en la esfera internacional, que el Papado ejerce una suprema autoridad espiritual, a la que se subordinan los poderes temporales: reyes, príncipes y emperadores.  Pero mientras gran parte de la Edad Media estuvo atravesada por ésta contienda de competencias, al interior de los reinos y territorios resultantes de la desmembración del Imperio, una contínua práctica jurídica y administrativa fue consolidando la autonomía de un poder político, ejercido en nombre de otros principios: así surge el poder monárquico.
Hay que observar que al interior de la dispersión medieval de reinados, aparece la visión universalista de Marsilio de Padua (1275-1343 NE.) quién al pretender sostener las pretensiones del poder universal de un emperador europeo, reinicia la polémica contra la teocracia romana, desde una óptica tomista.  Pero, al mismo tiempo sustenta el principio de que la sociedad es un todo, que es anterior y trascendente a sus partes, lo que origina el universitas civium, una universalidad de ciudadanos regida por un pars principans es decir, por un Príncipe responsable de la gestión pública y la coerción.
Marsilio, al concebir y proponer la autonomía del cuerpo político respecto del poder religioso, prefigura el concepto político de la soberanía, es decir, el concepto moderno de Estado, con lo que –de paso- recusa teórica y jurídicamente la autoridad de los Papas.  Al mismo tiempo, la idea de universitas no se refiere solamente a la comunidad de los ciudadanos, sino a los grupos y Estados reunidos en torno a una función y a una misma regla, dando forma a cuerpos sociales que aspiran a ser reconocidos como sujetos de Derecho y como personas morales.
Sin embargo, al separar al hombre cada vez más solo, del poder cada vez más fuerte e impersonal del Estado, los pensadores medievales estaban abriendo las puertas del Humanismo y del Renacimiento.
El realismo político se alimentó inicialmente de la tradición humanista.  El Humanismo, como paradigma cultural, estético y filosófico se originó en el siglo XIV en Italia, pero a lo largo de dos siglos se extendió a toda Europa occidental, en gracias a la difusión provocada por la imprenta inventada por Gutenberg, como un ideal y un conjunto de maneras de ser, métodos y corrientes filosóficas cuyo énfasis central se dirige a valorar, enaltecer y comprender la realidad humana.
La visión humanista clásica de fines de la Edad Media, se estructura en torno a un clacicismo literario y estético, a un fuerte realismo y una visión esencialmente crítica de la realidad, a la emergencia del individuo y de la idea de la dignidad del ser humano y al desarrollo de ciertas virtudes activas.
El realismo que contiene el Humanismo clásico apunta a rechazar las creencias tradicionales, y buscar establecer al análisis objetivo de la experiencia observable como el modelo epistemológico del hombre curioso y ávido de saber.  A partir de esta búsqueda nacieron las ciencias modernas, no solo como disciplinas académicas, lo que implicaba una evolución cultural e institucional que desembocó en la formación de la institución universidad, sino sobre todo como instrumentos eficaces y prácticos para conocer la verdad y la realidad, lo que tendría efectos sobre el mundo político con la formación de los primeros Estados modernos.
Desde Francisco Petrarca (1304-1374) hasta Marsilio Ficino (1433-1499), autores tan influyentes como F. Guicciardini, C. Salutati, L.B. Alberti, G. Boccaccio, T. Tasso, B. Bruno, G. Budé, D. Erasmus, F. Rabelais y M. de Montaigne, desarrollaron una corriente de pensamiento cuyo realismo político y moral desembocaría más adelante en Maquiavelo y Bodin, postulando que el conocimiento de los hechos humanos debía ser similar al examen que Galileo hacía de los hechos físicos, es decir, que los hechos son fenómenos que deben ser descritos minuciosamente, antes de ser explicados, evaluados y comprendidos.
El humanismo clásico produce la primera ruptura con los paradigmas religiosos y morales predominantes en la edad feudal, incita al ser humano a pensar por sí mismo y sobre sí mismo, a creer en sus poderes y capacidades humanas reales como individuo y como parte de la sociedad y de la historia.  Se trata también de un realismo historicista que busca relativizar en la mente humana, las creencias sobrenaturales imperantes.
Los primeros fundamentos
de la Ciencia Politica:
el aporte del Renacimiento
Hay que avanzar hasta el Renacimiento italiano en el siglo XV, para encontrar algunos de los desarrollos intelectuales más significativos de la escuela de pensamiento realista, momento en el que N. Maquiavelo (1469-1527) estableció las primeras bases conceptuales de la Ciencia Política moderna.
El aporte de Maquiavelo al realismo en Política y en Estrategia y a la Ciencia Politica como disciplina, proviene de dos conceptos fundamentales: el primero, que la Política debe ser considerada como la actividad objetiva y constitutiva de la existencia colectiva; y el segundo, el concepto de la autonomía de la Política, respecto de las creencias, ideas y religiones, de manera que deben ser descartadas del cálculo gracias al cual se establece el poder y se mantiene el Estado.  
Propone Maquiavelo, que en la Política reina la voluntad de poder, y por eso sintetiza la noción primera de la Razón de Estado, la « raggion di Stato », posteriormente perfeccionada por Giovanni Bottero  (1544-1617).
El realismo de Maquiavelo proviene precisamente de la tajante y definitiva separación y autonomía de lo político frente a otras realidades sociales y culturales. (3)  Maquiavelo proclama la autonomia de la Politica con respecto a las demas formas de conocimiento y de practica humana, con lo que estaba sentando los primeros fundamentos de una disciplina social distinta de la Historia, de la Filosofia y del Derecho.
  Según el Florentino, la autonomía de la Política, como ciencia y como práctica social,  pone de relieve que  son los hombres quienes hacen su Historia. Hay que destacar que N. Maquiavelo formó parte de toda una tradición intelectual y de un ambiente cultural donde otros escritores como Leonardo Bruni, C. Salutati, F. Guicciardini (1483-1540), Alain Chartier o J. Fortescue, contribuyeron también a desarrollar una visión realista del quehacer político.
Hay que observar que el siglo XV es el escenario de cambios científicos y mentales de profunda amplitud en Occidente: se juntan Copérnico, Erasmo de Rotterdam, Leonardo da Vinci, Maquiavelo, mientras los grandes navegantes y conquistadores, como F. Pizarro, J. Cabot, C. Colón y A. Vespucio, contribuyen a extender los horizontes físicos e intelectuales de su época con los grandes descubrimientos geográficos.
Esta fue la época histórica en que el astrolabio, la brújula y el cañón, hicieron posible  realizar la navegación oceánica y los grandes descubrimientos geográficos marítimos.
  
Al entrar en crisis la visión  feudal y teológica dominante, el realismo en la Política y en el poder, en la ciencia y en el conocimiento, se alimentó de una concepción moderna y humanista del mundo, centrada ahora en el ser humano y en el ejercicio pleno de la razón. En este período, se instala plenamente en la conciencia europea el racionalismo: se trata de la búsqueda voluntarista de la Razón como ideal, como actitud y como método. El humanismo ha devenido realista y el realismo ha devenido racional y racionalista.  Desde este punto de vista, la razón es –para el hombre renacentista- a la vez un ideal y un método, es decir, obedece y se manifiesta como el pensamiento crítico, mesurado y metódico, que siempre tiende a reducir a las dimensiones humanas y a los hechos objetivos, las ilusiones que forman su fantasía y su imaginación.
                                                                                                       
 Por lo tanto, el desarrollo más amplio de la tradición intelectual del realismo, se corresponde con la primera etapa de la historia de la Modernidad, desde principios del siglo XVI a fines del siglo XVIII.
A continuación, se incorporarán los aportes de Jean Bodin, con su teoría de la potencia soberana del Estado, como principio necesario y trascendente de la sociedad como organización política; de J. Althusius  que insiste sobre la unidad nacional que funda al Estado,  de H. Grottius con su tentativa de fundar la razón política sobre las bases de la ley natural y el Derecho, y finalmente, de S. Pufendorf  quién afirma la preeminencia del derecho, y el rol de la autoridad como  entidad legisladora. 
El jurista Jean Bodin (1529-1596) en particular, se esfuerza en afirmar la soberanía absoluta del Estado, a partir del concepto de que el poder del Estado se ejerce sobre ciudadanos o sujetos libres, y de que ésta potencia soberana es absoluta, una e indivisible y perpetua.  Para Bodin, el Estado es la sede de la soberanía y de la potencia soberana, punto focal del orden público, y sólo en él residen las  facultades de hacer la paz y la guerra, de dirigir la administración, de juzgar y de solicitar impuestos.
Desde la perspectiva internacional, el realismo político de Bodin reside en su visión del Estado como un actor soberano en el mundo, como el único órgano de poder que, junto con reunir el mando y la autoridad dentro de una sociedad, y encarnando dicha potencia soberana en instituciones empíricas, la representa en la escena internacional con una plenitud de potestad.
Ha quedado así abierta la perspectiva para el Estado contractual que propone H. Grotius.
Hugo Grotius (1583-1645) en su De jure Belli ac Pacis (1625), propone los principios y los elementos de un derecho universal que apunta a definir las reglas en función de las cuales se  deberían regir las relaciones entre Estados soberanos, tanto en la paz como en la guerra, de manera de proteger a los individuos implicados en tales conflictos.
Esta preocupación, lleva a Grotius a afirmar la universalidad del Derecho sobre la naturaleza del hombre, en su acepción más racional.  La sociedad política, para este jurista holandés, es un resultado objetivo de la sociabilidad humana, o sea, es una realización de las leyes de la naturaleza.  Esta sociedad política –interna e internacional- emana de una decisión voluntaria de sus integrantes (individuos o Estados soberanos), de manera de colocar la autoridad pública en una instancia soberana y perpetua cuya misión es asegurar la paz y la concordia.
En la visión de Grotius, el individuo es el centro de la organización estatal, y el Estado se sustenta en el consentimiento y la voluntad de la colectividad.  Grotius no es el creador del Derecho Internacional, pero su obra tiene la virtud de introducir la Razón en el derecho natural. Asi, el jurista holandés no fue un pacifista, sino un realista del pensamiento político, en tanto pretendía humanizar y legalizar la guerra, pero no suprimirla, y en cuanto sustenta el programa de un Estado universal, de una sociedad internacional conformada por todos los Estados, que mantengan las mejores y más armoniosas relaciones posibles entre sí.
El siglo XVII es una época de revolución intelectual y científica y Grotius forma parte de ésta poderosa corriente, cuando afirma que “el derecho deriva de la naturaleza, que es igualmente la madre de todos, y cuyo imperio se extiende sobre aquellos que dirigen las naciones…”, como aparece en su obra De mare liberum (1609).
 Por su parte T. Hobbes (1588- 1679) subrayó que el orden político se funda en un principio de autoridad y poder que se impone a la colectividad, el que reside en el Estado, y cuya soberanía es única e indivisible.  Para Hobbes, el ser humano es una individualidad corporal caracterizada fundamentalmente por su potencia: de aquí se deriva su visión del Estado y del poder.
Aquí nos encontramos en la transición entre el siglo XVI y el siglo XVII, un período en que numerosos autores cuestionan, desde el punto de vista de la Política, del Derecho y de la Filosofía, las concepciones idealistas y teológicas predominantes.  Hobbes escribe en su Leviatán: “…en una condición en la que los hombres no tienen más ley que sus apetitos personales, no puede haber norma general que establezca qué acciones son buenas y qué acciones son malas.  Pero dentro de un Estado, esa norma basada en el apetito individual de cada uno es ya falsa: no es el apetito de cada individuo sino la Ley, es decir, la voluntad y el apetito del Estado, lo que constituye la norma”. ([1]).
La soberanía del Estado es única, indivisible e ilimitada, según Hobbes. 
En el fondo de su visión, lo que pretende Hobbes es eliminar el estado natural de las relaciones políticas, en la que cada uno puede perjudicar o destruir a los demás, produciendo un choque caótico de voluntades e intereses, y reemplazarlo por una instancia superior cuya finalidad sea imponer un orden que junto con eliminar la violencia natural de los actores políticos, sea capaz de sustituir la guerra de todos contra todos, por la paz entre todos.
Tomando como punto de partida una concepción realista e individualista del ser humano, Hobbes afirma que la condición fundamental para que exista un orden político estable, es que la colectividad construya e institucionalice un principio de soberanía todopoderosa, y que consienta a obedecer a las leyes y a las decisiones que impondrá dicho poder, en cuanto encarnación de la soberanía.
El realismo dominante de T. Hobbes se prolonga en la experiencia de poder del cardenal de Richelieu (1585-1642) en el Estado absoluto francés, en el siglo XVII.
Richelieu inscribe la práctica del poder en la lógica de la Razón de Estado.  En la práctica de la Política de Richelieu más que en su retórica, los principios básicos son la permanencia y preservación del Estado, la continuidad y estabilidad de las instituciones, y la primacía del interés general representado y realizado en la práctica política por dicho poder estatal.
Como se analiza más adelante, la doctrina de la Razón de Estado encuentra sus raíces en los pensadores y hombres de Estado del Renacimiento, en un proceso que se asocia estrechamente con la formación y consolidación del Estado absolutista, la primera forma de Estado moderno históricamente conocida.
Los amplios cambios intelectuales incubados desde el Renacimiento, cristalizaron en la Epoca y la Filosofía de las Luces, verdadera revolución intelectual de la que se desprendieron novedosas proposiciones realistas.
El realismo de los iluministas viene sugerido desde Descartes (1596-1650), quién deduce y construye un modelo, un método y un instrumento dirigido al conocimiento demostrativo.  La razón cartesiana se dirige a establecer una ciencia eficaz, susceptible de ser aplicada en el mundo real, y el conocimiento teórico se dirige a conocer no sólo los cuerpos y las almas –tarea ya cumplida anteriormente por la filosofía escolástica y la teología-  sino además a construir ciencias e ingenierías capaces de permitir el gobierno de los seres humanos y la sociedades, de limitar las pasiones y ordenar el curso de la Historia.
En la poderosa vertiente cultural generada por el Iluminismo, el realismo político se manifiesta –entre otros elementos- en su especial valoración por el Derecho de Gentes, a través del cual se pretende regular las relaciones entre los Estados.  Estamos en pleno siglo XVIII.
 Asi, por ejemplo, Puffendorf influye en Diderot y D’Alambert para que éstos plasmen en la Enciclopedia (1751-1780) la lógica de la razón aplicada al quehacer político e internacional, y a toda la reflexión científica y filosófica.
La continuidad intelectual del realismo político con el período del Renacimiento y el Iluminismo, puede encontrarse   a través de los teóricos de la Nación- Estado en el siglo XVIII, asociados a la Revolución Americana y a la Revolución Francesa.  Esta orientación contribuirá a una visión política realista, subrayando el lugar central del ciudadano (citoyen o citizen) y de la Nación,  en la construcción política y simbólica de un Estado soberano, unitario y territorialmente establecido y organizado, pero al mismo tiempo, desencadenará fuerzas sociales, políticas e ideológicas, cuyos efectos aún encontramos en el umbral del siglo XXI.
Por su parte,  las contribuciones de B. Spinoza (1632- 1677), de Ch. de Montesquieu (1689-1755), de G.W. Hegel (1770-1831), terminaron por despojar al pensamiento político de sus “lastres del pasado”.  B. Spinoza, por ejemplo, afirma que el mejor de los Estados es aquel que garantiza la seguridad y la paz, en un mundo en el que la fuerza coincide con el Derecho, es decir, donde la fuerza no es más que una manifestación de la Ley.
A través de B. Spinoza y R. Descartes, como se ha visto, el esfuerzo intelectual y teórico del realismo –aún en medio de un prolongado contrapunto con el idealismo- se entronca con el racionalismo emergente, y conducirá a los pensadores políticos a buscar construir una “política de la razón”, es decir, una política fundada en la racionalidad del ser humano como ser político.
Ch. de Montesquieu a su vez, propone que la investigación de las causas es la primera etapa que lleva al descubrimiento de las leyes que rigen la sociedad y la Política, de manera que el punto de partida de su método y de la novedad de éste, es suponer que la infinita diversidad de los seres humanos, puede ser comprendida mediante un orden inteligible. 
Su actitud científica realista se resume en su proposición de “describir lo que es, no lo que debe ser”.   Por esta vía, afirma que la Ciencia de la Política debe fundarse sobre la autonomía intelectual y moral de la Política, respecto de las demás actividades materiales e intelectuales.
Durante el siglo XVIII, C.A. Helvetius (1715-1771) señala un momento relevante en el desarrollo de una visión realista de los hechos y de la Política. 
Dentro de los filósofos iluministas, C.A. Helvetius (1715-1771) es quién mejor afirma la primacía del interés y del interés general como criterio central de lectura de la realidad y de la moral.  No solamente el interés preside todos nuestros juicios, sino que el realismo se extiende a la esfera moral, al afirmar que dicho interés (personal o general) es el único juicio de la probidad, del intelecto y del mérito, de manera que no son más que las acciones de los hombres, de donde el público puede juzgar su probidad. La libertad, a su vez, desde la óptica de Helvetius, es el ejercicio libre de las potencialidades del ser humano.  Para este filósofo, un hombre es justo, en la medida en que todas sus acciones tienden hacia el bien público, de modo tal que en cuanto a la probidad, es únicamente el interés público el que hay que considerar, como criterio para comprender la justicia, la verdad y la libertad, en cuanto valores cívicos.
Durante el siglo XIX, probablemente Metternich y O. von Bismarck, fueron la expresión  más acabada del realismo en Política, mientras K. von Clausewitz, siendo tributario de C. de Guibert y de una larga tradición occidental del pensamiento estratégico, propuso los fundamentos de una profunda y amplia visión estratégico- política, analizando los principios y las características objetivas del fenómeno bélico.    
El paradigma de la modernidad –que preside el desarrollo del mundo desde el siglo XVIII hasta hoy- supone que ésta representa un modo de civilización característico, que se opone a la tradición, es decir a todas las otras culturas anteriores, y que se centra en el individuo libre o autónomo, en la búsqueda del interés privado y la realización de la conciencia personal, así como en la incorporación creciente de la ciencia y de las técnicas con su racionalidad eficiente, a los procesos sociales, políticos y productivos.  Individuo y razón son así, los dos valores ideológicos, culturales y morales centrales de la modernidad.  En el mundo de la modernidad, lo realista reside en la búsqueda consciente y voluntarista de la racionalidad, en todos los fenómenos y procesos.
En ese período, el realismo se alimentó  además con el fortalecimiento metodológico y conceptual alcanzado por las principales Ciencias Sociales: Sociología, Ciencia Política, Economía, Historia.   A. Comte y E. Durkheim, fueron los autores más relevantes.
Entre el siglo XIX y el siglo XX, período durante el cual las grandes convulsiones sociales anunciaban las grandes guerras que asolaron el mundo entre 1914  y 1939, dos fuerzas ideológicas adquirieron una connotación relevante en la escena política: el marxismo sustentado en el ideario socialista clásico, y el nacionalismo respaldado en la afirmación histórica del hecho nacional en Occidente.  Ambas doctrinas nacen en Occidente y se nutren, en términos más o menos significativos, de un realismo político que se afirma en la creciente adhesión social que encuentran en las sociedades donde se instalan como fuerzas emergentes.
El realismo implícito en el marxismo (especialmente en su vertiente clásica, a partir de las elaboraciones de C. Marx y F. Engels), proviene tanto de su crítica filosófica contra la alienación humana provocada por el sistema económico capitalista dominante, como de su tentativa intelectual de develar los mecanismos económicos y políticos de dominación creados por dicho sistema, y por una cierta categoría social instalada en el poder: la burguesía. 
El marxismo -desde una perspectiva teórica e intelectual- se nutrió de los principales avances de las Ciencias Sociales en el siglo XIX, especialmente de la Sociología, la Economía Política y la Historia.
Lo que el marxismo clásico contiene de realismo (y que proviene básicamente de la tradición intelectual del Iluminismo europeo), es su capacidad objetiva para identificar la existencia de diferencias profundas y estructurales entre las diferentes clases y segmentos de la sociedad, y su formidable potencialidad crítica, para develar las fuentes del poder en la sociedad moderna y sus múltiples formas de dominación y explotación, pero ese realismo queda relativizado, cuando el marxismo anuncia la crisis terminal del capitalismo y la llegada de una sociedad socialista y comunista, y cuando carece de conceptos que le permitan explicar el retorno del socialismo al capitalismo.
A su vez, el nacionalismo desde el siglo XIX hasta hoy, ha sido una fuerza impulsora de movimientos sociales e ideológicos, de la formación de partidos y fuerzas políticas,  de guerras civiles e internacionales. 
El nacionalismo convertido en fuerza política e intelectual, se apoya en el poderoso sustrato cultural formado por la identidad territorial y grupal constituída a lo largo de un período histórico, por una comunidad de individuos, grupos y familias, los que al alcanzar la condición nacional, la convierten en una creencia cohesionadora.  Naturalmente, que siempre es necesario distinguir el nacionalismo espontáneo de los pueblos, de los nacionalismos políticos reaccionarios  producidos por los ideólogos conservadores y racistas.
Cualquiera sea la tendencia ideológica que se apropie del hecho nacional, el fenómeno objetivo que debe considerarse políticamente, es que el hecho nacional y la creencia nacionalista constituyen todavía poderosos resortes políticos y sociales, aún en las condiciones de la sociedad de hoy, crecientemente  globalizada e interdependiente.
La constitucion de la Ciencia Politica
 en el siglo XX
La Política del siglo XX, puede ser comprendida y considerada como la política alienada, individualista e ideologizada que entra en crisis consigo misma y con la racionalidad  moderna.  La Política ha chocado con la Modernidad y con la Razón, en un siglo en el que el realismo ha llevado tanto por el camino de la prudencia y del equilibrio, como por la senda de la agresión y la violencia.
A su vez, la tradición realista se desarrolla durante el presente siglo  en dos direcciones intelectuales complementarias: por un lado, la racionalidad política del pragmatismo en los sistemas nacionales, y por el otro, las aplicaciones del realismo a la esfera de las Relaciones Internacionales, de la Estrategia y de la Polemología.
Tres fenómenos mayores marcan la evolución del realismo en el siglo XX: la lucha interminable de la democracia y el Estado de Derecho, como sistema de gobierno, frente a sus enemigos dictatoriales y autoritarios; la experiencia de las guerras mundiales y de las guerras ideológicas, con su corolario estratégico del hecho nuclear; y la problemática económica, política y cultural del desarrollo y el subdesarrollo.
Las dos Guerras Mundiales y el ciclo de la bipolaridad Este- Oeste (1945-1990), potenciaron la escuela realista con una visión objetiva, descarnada y fría de los múltiples juegos de fuerzas, intereses y manifestaciones de poder, que caracterizan a las relaciones entre los Estados.
La experiencia de las dos Guerras Mundiales puso de relieve dos fenómenos que influyeron sobre la evolución intelectual de la escuela realista de las Relaciones Internacionales. 
Uno de ellos, fue el logro una mayor conciencia en cuanto a la relatividad de los tratados y acuerdos internacionales, si ellos no están suficientemente respaldados por una adecuada estatura política y estratégica de los respectivos  Estados contratantes, lo que ha contribuído, en cierto modo, a otorgar un mayor realismo y pragmatismo a las decisiones y a las conductas de Estados y gobiernos.
La I Guerra Mundial y el conjunto de conflictos anteriores que desembocaron en ella (guerra ruso-japonesa de 1905, guerras balcánicas de 1912 y 1913), así como los numerosos esfuerzos de paz y de conciliación internacional (Conferencias de La Haya, Conferencias Navales, etc.), demostraron la necesidad de la existencia de una organización internacional amplia, que otorgue respaldo a la creciente  normativa jurídica que surgía de la voluntad e intereses de los Estados.
El fracaso de la Sociedad de las Naciones, para impedir los cada vez más frecuentes conflictos en Europa y otras regiones del mundo, en la década de los años 30, y para frenar las ambiciones imperialistas de algunas naciones europeas, demostró precisamente que el Derecho Internacional -en las condiciones de la sociedad moderna y tecnificada actual, dotada de armamentos de creciente sofisticación, letalidad y precisión- no puede tener mayor fuerza ni eficacia, que la que emana de la voluntad política explícita de los gobiernos y Estados que lo pactan y de la suficiente estatura política, diplomática y estratégica de esos mismos Estados, a fin de garantizar su cumplimiento.
El otro fenómeno, fue el logro de una mayor comprensión y conciencia universal, acerca de las posibilidades aterradoras de destrucción total, que la propia especie humana es capaz de inflingir a otros seres humanos, como consecuencia de determinadas ideologías políticas. 
De las dos mayores conflagraciones mundiales, y especialmente después de la II Guerra y de los Tribunales de Nuremberg y Tokio y otros procesos históricos, ha emanado gradualmente una conciencia humanitaria, que no solo apunta al fortalecimiento de los derechos de las personas, los grupos y las minorías ante el poder del Estado, sino también ha continuado en la tendencia a cristalizar tales derechos en normas del Derecho Internacional, susceptibles de ser aplicadas en cualquier lugar del mundo, dando forma –desde 1945 en adelante- a una suerte de extra-territorialidad moral y jurídica aún en vías de configurarse.
Este Derecho sin embargo, continúa requiriendo de una afirmación pragmática de la personalidad internacional de cada Estado soberano.
Entre los más destacados exponentes de la escuela realista, durante la segunda mitad del siglo XX, hay que mencionar a G. Bouthoul en el desarrollo de la Polemología, K. Friedrich y C.W. Deutsch en el campo teórico de la Ciencia Política, R. Aron y H. Morgenthau en la esfera de las Relaciones Internacionales, los que encontraron seguidores destacados en las décadas de los sesenta y los setenta, en autores como B. Brodie, N. Spykman, H. Kissinger, Z. Brzezinski, G. Kennan, A. Wohlstetter y H. Kahn,  entre otros. 
En particular, H. Kissinger y Z. Brzezinski desarrollaron en el plano teórico y práctico, una concepción realista de la disuasión, aplicada a las difíciles condiciones contemporáneas del hecho nuclear, al mismo tiempo que elaboraron y trataron de aplicar una visión del equilibrio político y estratégico y la estabilidad en la esfera internacional, incorporando un desarrollo específico de la teoría del dominó al complejo juego de fuerzas políticas y militares que allí tienen lugar, a través de un estudio pragmático de los intereses en conflicto en las relaciones entre las naciones-Estados.
Es necesario subrayar que H. Kissinger, G. Kennan, A. Wohlstetter y H. Kahn, sin embargo, a diferencia de los realistas teóricos de principios de siglo, tuvieron la virtualidad de llevar el pragmatismo doctrinal que sustentaban, a la esfera de la aplicación concreta en la realidad del ejercicio del poder en la esfera internacional.
  A decir verdad, en el siglo XX, el realismo político encuentra líneas muy estrechas de conexión intelectual con el realismo estratégico.
Revisemos algunas de sus líneas matrices de desarrollo.
Después de la II Guerra Mundial, el escenario internacional pareció dominado por las visiones estratégicas y políticas orientadas a la confrontación entre Oriente y Occidente. 
El hecho nuclear introdujo además, una creciente dosis de incertidumbre en los cálculos estratégicos de los actores internacionales.
Por el lado estadounidense y occidental, Winston Churchill, Truman y George Kennan inauguran el enfoque bipolar, a partir del concepto de que la superioridad estratégica (real o supuesta) de la Unión Soviética, constituía un dato inaceptable para la posición político-estratégica de Estados Unidos y de todo Occidente, y de dicha “brecha” debía ser cerrada.
Entre 1945 y 1953, la visión política de Estados Unidos es la del containment , basada en la lógica de que había que contener o parar la ofensiva de la URSS, en todo lugar donde ésta se manifieste.  Naturalmente, este enfoque presupone la existencia de arsenales estratégicos suficientemente dotados para poder servir a tal política.
El realismo americano de la primera post-guerra, se alimenta del deseo de mantener la superioridad de los intereses estadounidenses en el mundo, y de combatir al comunismo allí donde éste emerja y ponga en riesgo dichos intereses.
A su vez, la URSS construye en éste período, la estrategia de la fortaleza asediada.  J. Stalin define entonces que la URSS se encuentra crecientemente sometida a una estrategia occidental de amenaza que los rodea territorialmente.  El “muro de Berlín” y la “cortina de hierro” que acusa Churchill, convenía a ambas partes: los sovéticos lo utilizan como muro defensivo e impermeable y glacis de contención,  frente a las numerosas alianzas militares que EE.UU. tejió a su alrededor, y los occidentales lo utilizan como arma retórica, y como justificación del armamentismo.
La URSS formuló entonces una definición territorial de la potencia estratégica, y los EE.UU., generan una fórmula de contención ante todos los movimientos soviéticos en el exterior.  Cada uno percibe en los gestos, pasos, decisiones, acciones y omisiones del adversario, una estrategia de agresión que debe ser respondida.
En el período soviético, los pensadores políticos coinciden con los gobernantes, de manera que V.I. Lenin, fundador del Estado soviético fue el primero en formular una visión político-estratégica global.  Desde el punto de vista del realismo político marxista, el concepto leninista del imperialismo como última fase del capitalismo constituye el fundamento doctrinal sobre el cual su sucesor J. Stalin, elaboró la doctrina de la Unión Soviética como el primer y único Estado socialista, en función de la cual los pensadores militares trabajaron la noción de la fortaleza asediada por las fuerzas del capitalismo y el imperialismo.
A la muerte de Stalin, en 1953, se inicia un nuevo período de formulaciones político estratégicas.  N. Khroutchev en sus sucesivos Informes del Comité Central al Congreso del PC de la URSS, desarrolló la política de la coexistencia pacífica, la que pretendía combinar el potenciamiento de la capacidad militar y el armamentismo estratégico de su país, con la mantención de relaciones de coexistencia pacífica y competitiva con los Estados Unidos en todas las regiones del planeta.
Esta orientación reveló sus imperfecciones con la Crisis de los Misiles de 1962, la que le costó su salida del poder en 1963.
L.Breshnev, a medida que fue afirmando su hegemonía al interior del aparato de poder de la URSS, desarrolló la doctrina de la intervención  limitada, al mismo tiempo que fortaleció la capacidad estratégica intercontinental y marítima de su país.  La política estratégica de la URSS de Breshnev, a pesar de su fuerte realismo clausewitziano, comenzó a hacer crisis con la Primavera de Praga (1968) y la invasión de Afganistán (1979), en las que el propio edificio intelectual del marxismo-leninismo comenzó a perder su atractivo intelectual y su poder explicativo teórico y práctico.
El advenimiento de M. Gorbatchov (1985) significó la aparición de una política realista de glasnost (transparencia), de perestroika (apertura) y de desarme regulado y compartido con Estados Unidos, lo que constituyó en la práctica, un reconocimiento pragmático del atraso tecnológico de la URSS ante los EE.UU., y de la necesidad de democratizar el socialismo, lo que a su vez, se correspondía con la presión social que surgía en otras naciones de Europa Oriental (Polonia en particular).    El libro Perestroika de 1987, puede considerarse como la elaboración más acabada de la nueva visión política soviética representada por M. Gorbatchov, en la que postula un nuevo esquema de relaciones con Estados Unidos, basado en la cooperación, el desarme equilibrado y gradual de las fuerzas y el retiro de las respectivas tropas nacionales de territorios extranjeros.  Este enfoque –profundamente realista- no pudo impedir ni frenar las poderosas fuerzas internas y externas que condujeron a la implosión soviética.
Como se verá más adelante, el realismo político encontró su corolario en el pensamiento estratégico de manera que toda la idea de la disuasión clásica al llevar a un impasse militar, terminó por conducir  al término de la lógica de la bipolaridad en 1989 y 1990, abriéndose el actual período de transición e incertidumbre.
 

¿Cuál es la postura del realismo actual en la esfera internacional?
 

El realismo político del presente, especialmente en las Relaciones Internacionales, se nutre del reconocimiento de la coyuntura transitoria e impredecible que experimenta el mundo actual, de la identificación de causas cada vez más complejas y variadas en el orígen de los conflictos y las guerras, y de la necesidad de afirmar la Política Exterior del Estado en una identificación pragmática y objetiva del balance de poder y del juego de intereses que se manifiestan en su entorno internacional.
LA POLITICA DE LA RAZON DE ESTADO
Uno de los componentes conceptuales básicos del paradigma realista de la Política, se encuentra en la Política de la Razón de Estado.
La Ciencia Política moderna parece haber eludido un examen minucioso en torno a uno de los mecanismos políticos más importantes y decisivos para asegurar la permanencia y continuidad del Estado.
Consideraciones históricas
La doctrina de la Razón de Estado encuentra sus fundamentos históricos en las profundas mutaciones intelectuales y culturales que se manifiestan en el Renacimiento europeo en los siglos XV y XVI.
 

 

La Razón de Estado es una creación política –o un descubrimiento intelectual- propio del Renacimiento europeo.  En el clima  político y cultural inquieto de las ciudades italianas del siglo XV y XVI, autores humanistas como F. Guichiardinni, C. Salutati, Leonardo Bruni entre otros, influyeron para que N. Maquiavelo y G. Botero elaboraran una primera formulación  doctrinal, poniendo al desnudo la realidad del poder del Estado, y fijando los principios para que éste naciente aparato de poder y de gobierno, pudiera perpetuarse en el tiempo y trascender a sus funcionarios. Mientras Maquiavelo fue el primero en separar la Política de las religiones y teorías idealistas, Giovanni Botero comprendió que la Razón de Estado era la propia manera de funcionar del Estado.  Según la nueva doctrina, la Política es un arte pragmático y positivo, es una práctica racional que recoge y sintetiza en sus cálculos, los datos de la realidad concreta y de la experiencia.  Posteriormente, J. Bodin, T. Hobbes, así como las experiencias de gobierno del Cardenal de Richelieu y del propio M. Robespierre en el siglo XVIII, vinieron a confirmar sus alcances y límites.
 

La doctrina de la Razón de Estado es el punto de convergencia de la modernidad y del poder, del realismo en política y de la búsqueda de una racionalidad en los actos humanos. 
Elementos para una definición
 de la Razón de Estado
Más allá de la retórica o del silencio que rodea al tema de la Razón de Estado, todo Estado moderno está dotado de una doctrina inmanente cuya función fundamental consiste en justificar su existencia, de manera de otorgarle cohesión doctrinal a su funcionamiento como institución de instituciones.
La Razón de Estado podría entenderse, en un primer sentido, como el conjunto de las decisiones y actos políticos cuya legitimidad y legalidad son problemáticas, y mediante las cuales un Estado soberano asegura su realización, sin perjuicio de los recursos internos o externos que permitan garantizar tales prácticas.  Sin embargo, la Razón de Estado no se confunde pura y simplemente con una política de transgresión de las normas ético-jurídicas bajo los efectos de una afirmación de hecho del poder coercitivo del Estado.
Es necesario reconocer que la conservación de un Estado o el crecimiento de su poder y potencia, deben ser incorporadas durante una larga tradición política e intelectual, dentro del ámbito de los fines legítimos que se proponen los gobernantes y los funcionarios del Estado.  
En última instancia, es el interés del Estado en el sentido amplio del concepto,  el objetivo, la guía y la justificación de los gobernantes, cualquiera sea el régimen político donde aquel tenga lugar.
El interés del Estado, no necesariamente coincide con el interés de la Nación, y ambos tampoco pueden necesariamente asociarse con el interés general, aunque estas tres dimensiones tienden a ser confundidas, labor que resulta precisamente del funcionamiento o de los mecanismos de la razón de Estado.
La Razón de Estado es la doctrina inmanente de la maquinaria estatal, que se orienta a preservar y asegurar su estabilidad, su permanencia y su continuidad en el tiempo, por encima de las variaciones coyunturales, y que trasciende a los individuos que ejercen el poder.
Los mecanismos de la Razón de Estado
El gobierno y la política de la Razón de Estado son inseparables de la realización de un conjunto de actos y operaciones políticas, a través de las cuales el Estado o alguna de sus instituciones fundamentales intenta preservar la continuidad esencial de la “maquinaria estatal”.
Cuatro son los mecanismos principales a través de los cuales se manifiesta el principio de la razón de Estado, en las organizaciones estatales modernas, a saber:
a)         Las políticas de silenciamiento de la acción estatal o de sus decisiones.
b)        Las políticas comunicacionales sistemáticas, en cuanto son conducentes a establecer una verdad oficial.
c)        Las técnicas de golpe de Estado.
d)        Las políticas de seguridad del Estado.
Veamos cada uno de estos mecanismos.
Se definen como políticas de silenciamiento al conjunto de procedimientos políticos y burocrático-administrativos destinados a ocultar los mecanismos y el proceso de toma de decisiones de las autoridades e instituciones del Estado.
 

El Estado tiende espontáneamente a ocultar de la opinión pública y del escrutinio ciudadano, los procesos de toma de decisiones especialmente aquellos que se sitúan institucionalmente en las esferas superiores de las estructuras de poder.
Los ciudadanos en definitiva, aún cuando cuenten con la acción vigilante de la opinión pública, sólo conocen las decisiones cuando éstas han sido adoptadas y son comunicadas o ejecutadas por la burocracia.
 

Las políticas comunicacionales, son operaciones sistemáticas de orientación de la información y del flujo de las comunicaciones estatales, a fin de presentar bajo el mejor aspecto posible y presentable, una verdad oficial.
 

 

Forma parte de los mecanismos normales de ejercicio de la razón de Estado, el que la maquinaria estatal tienda a elaborar, procesar, difundir y defender una verdad oficial, la que se configura en un conjunto –más o menos coherente- de afirmaciones, puntos de vista, interpretaciones y percepciones acerca de la realidad.
La verdad oficial es la interpretación que el Estado y/o sus autoridades dan a los eventos de la vida política, social, económica y cultural de la sociedad; se trata ciertamente de un punto de vista, de un enfoque diferente e incluso de un enfoque ideológicamente sesgado y dirigido.
Pero, además se trata de un conjunto de técnicas de elaboración y manipulación de los hechos y de la información, de manera de producir un determinado efecto comunicacional y político.
 

 

La técnica del golpe de Estado constituye una operación político-militar de irrupción violenta y de copamiento de las fuentes físico-geográficas de poder y de las instituciones fundamentales del Estado, a fin de satisfacer determinados intereses políticos.
 

En cuanto operación político militar, todo golpe de Estado supone la intervención –más o menos planificada- de fuerzas armadas o militares, sean éstas regulares o irregulares.
Todo golpe de Estado supone, al mismo tiempo, el doble objetivo de paralizar el funcionamiento de la maquinaria decisional y burocrática de las instituciones fundamentales del Estado (en particular de los poderes ejecutivo y legislativo); y poner en marcha nuevas estructuras, autoridades y/o procesos políticos decisionales.  Desde ésta perspectiva procedimental, la operación del golpe supone siempre tres tiempos, a saber: un primer tiempo, de preparación y creación de clima; un segundo tiempo, de ejecución de la operación y  de instalación del nuevo poder; y un tercer tiempo, de consolidación del nuevo poder.
En una perspectiva política general, el golpe de Estado puede ser el punto de partida o el momento culminante de una crisis política o institucional prolongada, o de una coyuntura insurrecional.
 

Desde el punto de vista de los motivos y sus ejecutores, se distinguen el golpe de Estado como una operación en la que intervienen militares y políticos; y el golpe militar en cuanto operación en la que intervienen solamente militares.
Desde el punto de vista de su operatoria, se distingue el golpe de Estado propiamente tal, rompiendo la legalidad vigente, y el golpe blanco que consiste en la ocupación política y militar del poder, dentro de los límites de la legalidad.
Desde el punto de vista de sus consecuencias físicas y humanas, se distingue el golpe cruento que implica daños materiales y bajas en vidas humanas, y el golpe incruento en el que la operación de toma del poder resulta tan súbita que las bajas son mínimas o inexistentes.
 

Las políticas de seguridad del Estado consisten en orientaciones generales de acción, dirigidas a prevenir y preservar la integridad física y material de las instituciones y autoridades del Estado, frente a amenazas internas y externas.
De este modo, todas decisiones y actos de los funcionarios y autoridades que operan desde el Estado tienden a impregnarse de una justificación oculta y silenciosa, cuya finalidad es la realización objetiva, impersonal y sistemática de tres condiciones o requisitos, esenciales para asegurar el funcionamiento del Estado:
a)                    su estabilidad (poniéndolo a resguardo de cambios, de desequilibrios, crisis o quiebres institucionales, que puedan arriesgar su ordenamiento jurídico básico);
b)                   su permanencia (en cuanto conjunto de instituciones instaladas en un espacio físico, geográfico y político propio y jurisdiccional, y en las que las autoridades y  funcionarios son siempre transitorios); y
c)                   su continuidad (es decir, que se asegura su existencia en el tiempo, trascendiendo a los individuos  que operan en él).
 

Al revelar la existencia de la doctrina de la Razón de Estado, queda en evidencia que la política y el poder son realidades objetivas, profundamente humanas, marcadas por el sesgo del conflicto, por la disparidad básica e incluso la confrontación de ideas, de fuerzas y de intereses.
La política de la Razón de Estado, se manifiesta en todas aquellas decisiones y actos de la autoridad política, tendientes a preservar el interés superior de la Nación o del propio Estado, a asegurar por cualquier medio (especialmente por medios legales, pero sin descartar los medios no-legales o ilegales) la permanencia y unidad del Estado y de sus instituciones básicas, la estabilidad de dichas instituciones o su continuidad en el tiempo, así como su estatura política, diplomática y estratégica en el campo internacional.  Se trata en la práctica política, de medidas de carácter riguroso, no siempre populares ni del agrado de la opinión pública, y por ello, frecuentemente incomprendidas y criticadas.
Lo que realiza la idea de la Razón de Estado, es que introduce el desvelamiento del logos de la política, del poder y del Estado. 
Desde esta perspectiva profundamente realista, el Estado no es una fuerza ideal y superior que se impone sobre el espíritu de los hombres, sino que ahora, al ponerse en evidencia la existencia de la Razón de Estado, queda al desnudo que el Estado es, en primera y última instancia, una maquinaria organizada de poder y de mando, que funciona dentro de la esfera política de la sociedad, dominada por los intereses, por las estrategias, los cálculos y los juegos de poder y de guerra de quienes ejercen el poder.
En la práctica política, la Razón de Estado se realiza permanente y cotidianamente, cada vez que el poder político es ejercido por una autoridad o funcionario, por cuanto a través de sus decisiones y actos de poder, ambos están cumpliendo con sus propias metas y objetivos y están contribuyendo a realizar en el presente, los fines de permanencia y continuidad del Estado al que sirven.
De este modo, el poder político del Estado moderno encuentra en la Razón de Estado una lógica propia, una racionalidad explicativa que le da coherencia en el tiempo y en el espacio.  El poder político no podría ejercerse en el Estado y aún mediante los instrumentos de poder que le son inherentes (tribunales, ejército, policía), si quién ejerce tal poder no tuviera la certeza que sus decisiones serán cumplidas y ejecutadas por una cadena de funcionarios, y que a través de dicha cadena orgánica de individuos, el Estado se asegura su permanencia y su continuidad.  Es como si el Estado, adquiriendo una personalidad propia, se reprodujera a sí mismo, asegurándose de paso su propia permanencia.
 

 

Política y poder en la Razón de Estado
 

 

La Razón de Estado, de este modo, no es el deber ser del Estado como aparato político o de la Política como forma de relación para organizar el gobierno de la sociedad, sino que es el Estado y la Política tal como son en la realidad objetiva. 
Por ello se afirma que la política de la Razón de Estado no es solamente el realismo político en su estado más puro, sino también es la propia Política de Estado, en su forma más objetiva, en sus finalidades más amplias y prospectivas, en sus manifestaciones más pragmaticas y eficaces.
Para la política enfocada, pensada y realizada desde esta perspectiva, lo que cuenta es el poder, lo que importa son los hechos concretos, lo determinante son las fuerzas, capacidades y recursos de que dispone realmente cada actor, y no las intenciones, las retóricas o las declaraciones de principios. 
Lo esencial siempre  es la preservación de la unidad del Estado –como territorio y como jurisdicción soberana- y todo lo que la altere o ponga en riesgo, choca con una razón de Estado que vigila su cohesión esencial.
Aquí, a diferencia de otras perspectivas doctrinales o ideológicas, lo central es la capacidad objetiva de actuar con eficacia, con capacidad de realización.
La política de la Razón de Estado es la política del poder, un poder completamente desnudado de toda pretensión idealista, de toda veleidad imaginaria, de toda intención discursiva: los hechos y los hechos políticos tal como son, y no como uno quisiera que fueran.  Más que “una moral en acción”, ésta forma de hacer Política es “la acción moral y pragmática”.
 

 

Cuando el político se guía por estos criterios pragmáticos, se aleja de la posibilidad de confundir sus deseos con la realidad, y pone su capacidad de influencia, de acción y de realización, al servicio de una idea superior (e incluso de una utopía) que le puede permitir sobrevivir a los avatares de la política cotidiana y a las cambiantes coyunturas, situándose en una perspectiva de largo plazo.
La Política no es lo que parece, sino lo que es en realidad: un juego dinámico y cambiante de decisiones y actos motivados por intereses, en el que cada actor calcula sus estrategias, movimientos y retóricas para ganar posiciones en cada arena política, y lograr en definitiva influir y predominar.
En la política de la Razón de Estado, la fuerza está al servicio de la razón, es decir, de la Política como función superior y gobernante.  De aquí se desprende que la compulsión o la coerción, que son el resultado inmediato de la fuerza, funcionan siempre en la lógica de que la fuerza es un instrumento racional al servicio de una Política pragmática y eficaz: la Política siempre  es la idea y la fuerza es el instrumento.
Esto no quiere decir que la Razón de Estado carezca de ideales o de moral, como le atribuyen sus detractores.  Por el contrario, el ideal aquí es el pragmatismo irrecusable de los hechos, es el logro objetivo de las realizaciones, es el cumplimiento irrestricto de las promesas, es la política de las obras antes que de las promesas, es el Hacer más que el Decir: un ideal utilitario, funcional y eficaz, que se opone a la política tradicional de anuncios y proclamas, sustentándose en una ética incorruptible de la eficiencia, de la verdad, de la justicia y del deber cívico.
La doctrina de la Razón de Estado, aunque ha desaparecido como tema de interés para los pensadores y hombres de acción, ha pasado a incorporarse en el funcionamiento normal de todos los Estados, y aparece frecuentemente puesta de relieve tanto en la política interna, como en las Relaciones Internacionales, en las esferas de la Política, la Diplomacia y la Estrategia.
 

 

 

CONSIDERACIONES HISTORICAS
SOBRE EL REALISMO
EN LA ESFERA ESTRATEGICA
Y EN LAS RELACIONES INTERNACIONALES
Como se podrá apreciar a continuación, existe una clara conexión intelectual, por lo menos en la tradición cultural de Occidente, entre el realismo político, entendido en los términos definidos más arriba, y el realismo estratégico, entendido a su vez, como una perspectiva teórica, doctrinal y práctica que tiende a privilegiar la problemática del poder y las correlaciones de fuerzas, para comprender los procesos políticos y estratégicos y los conflictos en las relaciones internacionales.
Esta tradición encuentra sus bases fundacionales en la práctica estratégica de algunos líderes militares de la Antigüedad, en ciertos pensadores y en la tradición histórica que allí se originó.
El realismo estratégico de la Antigüedad
Poco se sabe sobre la experiencia guerrera, o las relaciones que entablaron las primitivas comunidades en la Prehistoria.
Los  testimonios gráficos y pictóricos del Paleolítico (Lescaux, Altamira…), no se centran principalmente en escenas de batallas, sino de cacería, por lo que debemos aproximarnos a la Antigüedad para comprender las primitivas formas de pensar y actuar en Estrategia.
Un panorama histórico e intelectual del realismo centrado en el campo estratégico dentro de Occidente, no estaría completo si no mencionara además, la significación e influencia producida por los encuentros y conflictos entre los europeos y otras civilizaciones.
Así entonces, debiera reconocerse que autores como Sun-Tzu desde la tradición cultural china o Ibn-Kaldhoun como manifestación polemológica de la civilización árabe, constituyeron paradigmas estratégicos que, habiendo influído decisivamente en el pensamiento militar y político de sus culturas, trascendieron inspirando las conquistas y el quehacer “internacional” de los pueblos que tuvieron contacto con ellos.
Hace más de 2.000 años, Sun-Tzu un misterioso filósofo guerrero chino, recopiló un conjunto de máximas hoy conocidas bajo el nombre de El arte de la guerra.  Allí Sun-Tzu recogió los aspectos esenciales de la sabiduría guerrera oriental, de manera que el conjunto de la obra se orienta a demostrar que la eficiencia máxima del conocimiento y de la estrategia, es hacer que el conflicto sea totalmente innecesario. Sun-Tzu se ocupa de los criterios estratégicos de la guerra, del orden de batalla, de la fuerza, de las maniobras, de la utilización de espías y la adquisición de la información, y de la importancia del terreno, asumiendo un enfoque pragmático cuya modernidad está fuera de discusión.  Hay en la lógica de Sun-Tzu un realismo implacable, una frialdad absoluta en el camino y los medios hacia el objetivo final, pero siempre toma en cuenta al estratega, al ser humano, en cuanto individuo dotado  de un juicio racional y objetivo, para evaluar fríamente las cambiantes situaciones reales.
El paradigma estratégico chino iniciado por el maestro Sun-Tzu, ha predominado en el mundo oriental hasta el siglo XX.
Si adoptamos una perspectiva global y reconocemos el juego dinámico de influencias que operan en este campo, comprenderemos que, por ejemplo, la experiencia militar de las Cruzadas (entre los siglos XI y XIII de nuestra Era), no sólo significó una empresa conquistadora de los ejércitos feudales europeos, sino que además, pusieron en contacto –estratégico, económico y cultural- a dos civilizaciones disímiles, ninguna de las cuales resultó totalmente inmune a la influencia de la otra.
Tal es también el caso de la empresa conquistadora española que –como se verá más adelante- al contacto con las culturas originarias de América, no sólo desplegó su milenario saber guerrero –aún impregnado de un acento épico y feudal- sino que recibió el impacto de esos pueblos con sus tácticas de hostigamiento, dispersión y ataque en bandada.
Durante la Antigüedad, surgen los primeros atisbos de la idea de comunidad internacional.  El concepto se arraiga en la necesidad y búsqueda de normas que permitan ordenar y regular las relaciones y los intercambios entre los Estados y los gobiernos.
El primer testimonio histórico de un Tratado internacional se remonta al 1277 AnE. en el que hititas y egipcios (bajo Ramsés II) acuerdan un tratado de paz y fraternidad, y en cuyas estipulaciones se encuentran: la renuncia mutua a todo proyecto de conquista de sus respectivos territorios,  se establece una alianza defensiva, y se acuerdan formas de cooperación en el castigo de súbditos delincuentes y su extradición mutua.
Heródoto y Tucídides, respectivamente, señalan también la existencia de Tratados de alianza en el siglo V AnE., entre varios pueblos griegos como respuesta a las necesidades de regulación de sus vínculos con Estados y pueblos “bárbaros”: dieron así orígen a la práctica del asilo político, ensayaron  los pactos de arbitraje, e iniciaron la realización de los congresos anfictiónicos en los que se acordaban las reglas jurídicas comunes entre los diversos pueblos y ciudades-Estados de la Hélade.
Siguiendo una inspiración realista y pragmática, fueron las realidades objetivas e impostergables de los crecientes vínculos  entre los actores políticos en la esfera internacional, las que impulsaron el surgimiento de normas e instituciones, a partir de las cuales se pudiera hablar de comunidad internacional.
El realismo estratégico de la prolongada época de la Antigüedad, está marcado por  una fuerte tendencia a una política imperial de conquista, es decir, por una lógica de poder y de dominación, según la cual cada Estado que alcanzaba una estatura política y militar significativa, consideraba su derecho la dominación de territorios y pueblos vecinos, hasta alcanzar la forma imperial.
Esta fue –entre otros- la experiencia de Hammurabi, fundador del imperio babilonio (hacia 1750 AnE), de Amenofis III (1410-1379 AnE) con el imperio egipcio, de Salomón (972-932 AnE) en el espacio israelita del Medio Oriente, de Asurnazirpal (883-859 AnE) y Asurbanipal con el imperio asirio, o de la dinastía Ts’in en la que Che-Houang-Ti fundó el imperio chino (221-207 AnE).
La Antigüedad clásica que conocemos sin embargo, inaugura su experiencia estratégica con la Guerra de Troya, si es que no queremos remontarnos a las bíblicas batallas que enfrentaron al pueblo judío con los filisteos y los egipcios.
La Grecia clásica hace escuela de realismo estratégico, mediante una tentativa exitosa de expansión comercial y guerrera contra Troya (hacia el 1.250 AnE) como lo ilustra Homero en  La Ilíada.  Los griegos coaligados montan una expedición marítima llevando en sus naves un ejército perfectamente equipado para un largo sitio.   La concepción estratégica es de un realismo puro: se trataba de vencer la oposición de Troya a la expansión de las líneas de comercio de las polis griegas, tal como lo hará varios siglos más tarde, la República romana ante la oposición de Cartago.
Hay quienes han visto en la historia de las guerras de la Antigüedad, los inicios de una histórica confrontación entre potencias terrestres y potencias marítimas.  Este criterio de lectura nos podrá servir en ciertos casos caracterizados, pero no será el único. 
El imperio persa fue probablemente uno de los casos más notables de perseverancia en el ejercicio del poder imperial.  El imperio persa representa una vasta dominación política y territorial entre el siglo VI AnE hasta el VII NE.  Ciro II (559-520 AnE),  Darío I el Grande (522-486 AnE) y Jerjes I (486-465 AnE) representan la etapa más floreciente de la dominación persa, abarcando  desde las costas de Asia Menor hasta  el río Indo, y desde el océano Indico hasta  el Mar de Aral.  Un imperio de dominación exclusivamente terrestre, que combinó una organización territorial (las satrapías), un sistema monetario e impositivo único, vías de comunicación y ejércitos dotados de una alta movilidad.
Del mismo modo, hacia el 300 AnE., se consolidaron en China los siete Estados, que dan forma al llamado Período de los Reinos Combatientes.  Después de 400 años en que predominan las tendencias a la división feudal, a través de diversas guerras y otras formas de decantación política, el vasto imperio chino comienza a orientarse hacia la configuración de grandes unidades políticas. 
Este proceso culminó en la formación de un solo Estado, hacia el 221 AnE con el emperador Qin-Shi-Huangdi, quién organiza una administración central y un ejército de arqueros y lanceros, sobre el que se asentó el nuevo poder.  Hacia el siglo III AnE, China inicia un lento y prolongado proceso de construcción estatal e imperial.
Lo que importa subrayar es que, en medio de su experiencia conquistadora y guerrera, numerosos pueblos de la Antigüedad clásica, y en particular el pueblo griego, aprendieron gradualmente a pensar política y estratégicamente no sólo en términos de unidades políticas aisladas que se enfrentan (Estados, polis, señoríos y ciudades), sino también en términos mundiales o universales, guardando las debidas proporciones geográficas del “mundo conocido” que ellos tenían.  Probablemente, ésta es la mayor contribución de Grecia al pensamiento estratégico e internacional.
Los griegos con su concepción de la Hélade enfrentándose al poderío masivo de los ejércitos persas (siglo V AnE), son acaso los primeros en Occidente que abren una perspectiva histórica y realista de comprensión del mundo que les rodea y en el que les toca actuar, y al mismo tiempo dan los primeros pasos en la configuración de la idea de comunidad y Derecho internacional. 
Su realismo los impulsa a aliarse entre ellos, frente al peligro de la dominación oriental, de manera que la amenaza exterior no solo les proporciona una intuición de unidad cultural y política, sino que les enseña una de las primeras lecciones maestras del pragmatismo político y estratégico: “si estás en desventaja ante tu adversario, busca buenos aliados”.
Este es el significado político profundo que aporta la retórica de Pericles desde la experiencia estratégica de la Atenas clásica (492-429 AnE): solo la unidad de los débiles, les permitirá vencer al más fuerte.
Al mismo tiempo, la obra de los historiadores, Heródoto (486-420 AnE), Tucídides (465-395 AnE) y Jenofonte (430-355 AnE) en primer lugar, permite efectivamente ampliar la visión del mundo real que tenían los griegos, comprensión innovadora de la que no hay que descartar  a los primeros geógrafos y cartógrafos, de manera que los helénicos no sólo se ven como parte de un mundo muy variado y complejo, sino que se retratan a sí mismos dentro del mundo.
El primer testimonio de la Estrategia aplicada en la Antigüedad griega, se  encuentra en La Ilíada de Homero (hacia el 750 AnE) en el que se ponen de manifiesto tanto las cualidades literarias del autor, como los aspectos técnicos de las tácticas guerreras terrestres de griegos (falanges de hoplitas) y troyanos.  Desde una perspectiva realista, la obra de Homero subraya las tendencias expansivas del pueblo griego y su creciente influencia en el espacio mediterráneo.  La guerra de Troya duró 10 años y al término de ella, las ciudades griegas iniciaron un largo proceso de crecimiento y predominio imperial.
 
Hasta esta etapa de la Historia de Occidente, el horizonte mental, político y geográfico de los estrategas y gobernantes griegos es el Mediterráneo.   El mundo llega hasta las “Columnas de Hércules”.
Entre La Hélade y el dominio de Alejandro el Magno, pudiera verse una cierta solución de continuidad, aunque el quiebre intelectual y político que produce su dominación, puso de relieve el fracaso de la polis griega como forma política adecuada para un mundo dominado por vastas construcciones imperiales.
Alejandro no escribió sus conquistas ni teorizó acerca de su imperio, pero su genio consiste precisamente, en la realización objetiva de una vasta obra de confederación de culturas, pueblos y Estados diversos.
Sin embargo, fue Julio Cesar (101-44 AnE), el gran conquistador romano, quién primero tuvo una de las intuiciones estratégicas más realistas: la idea de que la supremacía militar conduce casi irremediablemente a la dominación política. 
Cesar fue el primero que hizo uso del arte de la Política para conquistar las voluntades y la adhesión, al mismo tiempo que utilizó el arma del arte de la Diplomacia, para convencer a sus conciudadanos y a otros pueblos de las ventajas de su dominio, en una adecuación realista con el arte de la Estrategia, ampliando los límites de las conquistas romanas,  poniendo en práctica así una política de poder en la que combinó la satisfacción de sus intereses y ambiciones personales, con la preservación y ampliación de los intereses vitales de Roma.
Diversos historiadores han visto en la obra literaria de Julio Cesar, especialmente en sus Comentarios de la Guerra de las Galias, como un clásico de la propaganda política, en la que el general y Senador victorioso, junto con reivindicar las victorias obtenidas en el campo de batalla sobre los pueblos galos, se sitúa por encima de las rencillas políticas que atraviesan la República.  En ella, se describe la confrontación entre la táctica de bloque y de rodillo compresor utilizada por las legiones romanas, y la táctica de guerrilla organizada por los diversos pueblos francos.   La ocupación romana a continuación –hecha en base al poblamiento estable y a la construcción de una cadena de aldeas-fuertes fronterizas, el “limes” imperial, permitió extender los límites del Imperio hasta el Norte de Europa y la Germania.
Es importante subrayar que la lógica realista de los romanos, aplicada en la esfera estratégica les permitió lanzarse a la conquista del mundo que los rodeaba.  Para ello, dividieron a los pueblos vecinos para combatirlos unos a otros; se sirvieron de los pueblos sometidos, para dominar a aquellos que no lo estaban; intervinieron en los conflictos internos de los pueblos no sometidos a fin de proteger a los débiles, y lograr con ello el dominio; ejecutaron un estilo de guerra sin cuartel, de manera de ser más inflexibles en las derrotas que en las victorias; e invadieron los territorios vecinos bajo el pretexto de defenderlos de sus enemigos.
No deja de ser sugestivo constatar que, paralelamente a la evolución política de las culturas europeas y asiáticas, en América, diversos pueblos como los olmecas (300 AnE-300 NE), la cultura de Teotihuacán  (100-200 NE), o los aztecas y mayas en América Central (400 AnE- 1000 NE) construyeron sistemas políticos de rasgos imperiales, combinando conquista militar y económica, dominación político y fuertes influencias culturales y religiosas.
Los aztecas extendieron su dominación desde el centro de México, durante casi un siglo (1440- 1521 NE), a partir de la Triple Alianza de reinos-ciudades (Tenochtitlán, Texcoco y Tlacopán), en una combinación política de capacidad de aprendizaje, fuerza militar organizada, y una política diplomática hábil y flexible.
Del mismo modo, a partir de los horizontes culturales Chavin y Nazca, los imperios de Tiwanaku (siglos VII al XI NE) y de Tahuantinsuyo en América del Sur, configuraron una amplia estructura de dominación política y económica, que llegó a su apogeo con Thupa Inka Yupanki y Wayna Qhapaq (1463-1493 NE), y que supo equilibrar un cierto grado de autonomía relativa de los señoríos locales, con una estructura centralizada de poder supraterritorial, adaptándose –de un modo realista y pragmático- a las condiciones de una gran diversidad de pueblos y espacios geográficos conquistados.
Hay que subrayar aquí la importancia de la sacralidad del poder y la dominación que instauraron los pueblos americanos originarios.  Mayas, aztecas e incas dieron una relevancia excepcional al carácter místico, divino y sagrado de sus gobernantes imperiales, instaurando una tradición de poder elitista casi absoluto, que perduró mucho más allá de la conquista española.
Al otro lado del mundo, en China y en las grandes estepas de Mongolia, por su parte, se desarrolla la experiencia conquistadora del Imperio Mongol.   Bajo  el poder de Gengis Khan (1155-1227 NE), los ejércitos de arqueros y jinetes mongoles se convirtieron en una arma política, en una combinación realista de alianzas, saqueos, conquistas, incursiones relámpago y ocupación territorial.  En el siglo XVII, la expansión mongol decayó y fue finalmente detenida, ante  el crecimiento del poder manchú.
La lógica estratégica de la cultura china, ha sido sintetizada en numerosos autores, pero el más conocido es Sun-Tzu cuyo Arte de la Guerra (escrito en el siglo V AnE.) es considerado un clásico hasta el día de hoy.  Sun-Tzu enfatiza la importancia del dominio de la voluntad guerrera como parte de una visión humana integral en la que la fuerza se somete a los imperativos de la inteligencia, de la sabiduría y del conocimiento.
El derrumbe de los grandes imperios de la Antigüedad, dió paso a una disgregación de la unidad política y territorial y a una poderosa tendencia centrífuga en la geografía política de Europa y Asia: así surgió el feudalismo.
La estrategia medieval
Probablemente la experiencia estratégica e internacional de Europa, en la época medieval, comenzó, entre otros hechos, con las invasiones de los marineros escandinavos.   Los normandos o vikingos ejercieron una combinación bastante pragmática de conquista depredadora, saqueo e intercambio comercial, sin buscar prioritariamente la ocupación territorial, durante un largo período que va desde el siglo VIII hasta el IX, en las costas de Europa occidental y del norte.
Numerosos autores han subrayado el aspecto épico de las guerras medievales.  Hayan sido motivados por el afán de conquista, por las necesidades dinásticas o las ambiciones principescas, los conflictos de la Edad Media se nos aparecen como guerras entre caballeros, que van adquiriendo un aspecto cada vez más refinado y barroco.
No es posible quedarse con ésta primera impresión.   Las prácticas guerreras y de la Política exterior de los Estados medievales, dejan traslucir un notorio realismo.
La formación del Imperio Carolingio, a partir de la coronación de Carlomagno (en el 800 NE), constituyó una expresión de las posibilidades y limitaciones del poer de los francos.  Se extendieron hacia  el Mar del Norte y el Báltico, hacia la región de Bohemia, hacia los reinos itálicos y España y en dirección de las regiones eslavas de los Balkanes.  Pero, a la muerte del emperador (814 NE), el Imperio carolingio se desmoronó en menos de dos generaciones.
En efecto, por debajo de la dialéctica y la elegante retórica religiosa, teológica o política de los guerreros y diplomáticos del Medioevo, se encuentra siempre una intrincada gama de intereses de poder y de dominio y de fuerzas poderosas y actuantes las que constituyen el material objetivo, concreto de las ambiciones y las pasiones desatadas en el campo de batalla o en los refinados salones.
Ya en esta época, resulta cada vez más claro que la guerra es un acto político que obedece a una finalidad política del gobernante.  A partir de Santo Tomás de Aquino, todos los autores medievales parten del principio realista de que la guerra justa debe ser conducida por el monarca, lo que conduce a relacionar el acto bélico como acción militar, con los intereses políticos que le daban justificación.
Así se puede considerar la obra  El arbol de las Batallas, como una de las primeras obras estratégicas medievales, publicada entre 1382-1387 por Honoré Bonnet, y donde ya se plantea el tema de la guerra justa y la responsabilidad política primordial del Príncipe [es decir del gobernante], en su organización y en su conducción.
Pero sin duda, la acción político-estratégica más relevante de la Edad Media, fueron las Cruzadas. Entre el siglo XI y el siglo XIII, numerosos reyes, príncipes y guerreros europeos de todo tipo enfrentaron a los ejércitos islámicos por el dominio de Jerusalén y otros territorios.  Se trataba de una época de abierta expansión de la dominación política y militar árabe, la que ejercía una fuerte presión geopolítica sobre todo el flanco sur de Europa, desde España por el oeste hasta Siria y Palestina por el este.
 ¿Qué mas grande acto de realismo estratégico que pretender recuperar la lejana Tierra Santa en el Medio Oriente, bajo una inspiración declaradamente religiosa y mística, cuando en realidad lo que se pretendía era asegurarse los mercados  orientales y las rutas de navegación y comercio con Asia, amenazadas por la expansión árabe?
La primera Cruzada fue proclamada en el año 1095, y demoró más de un año en ponerse en marcha, en la medida en que los señores feudales comprendían que para vencer, necesitaban asegurarse la superioridad militar en Oriente. Se desarrolló entre el 1096 y el 1099. La mayoría de los ejércitos se desplazaron por tierra, mientras que la expedición naval coincidió con las fuerzas terrestres a su llegada a Bizancio.
Desde una óptica estratégica e internacional, las Cruzadas pueden ser comprendidas como el choque de dos culturas políticas con vocación expansionista sobre el vasto espacio territorial de Europa oriental, el Medio Oriente y el Mediterráneo. Las consecuencias no solo fueron una suerte de occidentalización del Oriente y de orientalización de Occidente, sino también el fortalecimiento de los intercambios comerciales y del progreso cultural, como consecuencia de la apertura a los nuevos conocimientos y técnicas de  que cada cultura era portadora.
La última Cruzada se realizó en el 1270 (siglo XIII), pero resultó un fracaso.
La cultura árabe encontró durante la Edad Media, en Ibn-Khaldoun (1332-1406 NE) una adecuada síntesis política y estratégica.  Khaldoun, desde una perspectiva de observador agudo de la realidad y de historiador, sustenta la necesaria complementariedad de las ciencias y del conocimiento, con exclusión de todo juicio o a-priori moral.
La guerra de los Cien Años (1337-1453), constituyó una etapa decisiva en el debilitamiento del feudalismo europeo, y en el fortalecimiento de las burguesías comerciantes y bancaria.  Esta es la época en que predominan la infantería y la caballería, pero sin lograr un efecto decisivo sobre el campo de batalla o en la escena política internacional.  Al término de éste conflicto, ni Francia ni Inglaterra resultaron beneficiadas sino que por el contrario, debido al desgaste y la destrucción prolongada, sus economías estaban debilitadas y sus fuerzas diezmadas.
Por otra parte, la formación de la Liga Hanseática (de la que llegaron a formar parte cerca de 90 ciudades comerciales e industriales del norte de Alemania, Polonia, los países bálticos y Rusia), reflejó también una estrecha y realista asociación entre los intereses comerciales y el significado político atribuido a éstos.  La Liga Hanseática (predominante en los mares del Norte de Europa entre  mediados del siglo XIII y fines del siglo XV) se planteó como una de sus metas, competir frente al comercio de las ciudades italianas, de manera que su peso financiero y su potencial económico, determinó en muchos casos la política exterior e interior de los Estados en que estaba implantada.
Por lo tanto, la política comercial de la Liga de Hansa es una política pragmática de poder económico, respaldada –en última instancia- por el poder político, es decir, estuvo profundamente dominada por los intereses materiales de los comerciantes dominantes en las ciudades de la alianza.
La misma lógica de poder y dominación, caracterizó a las ciudades-Estados italianas encabezadas por la República de Venecia, desde el siglo XII al siglo XV.
“La moneda de la ciudad de Venecia, el ducado de oro, llegaría a ser durante más de trescientos años, junto al florín de Florencia, el patrón monetario del Mediterráneo occidental.” (Crónica de la Humanidad.  Barcelona, 1987.  Plaza & Janés Editores, p. 367).  El predominio de los intereses comerciales como manifestación pragmática de la voluntad de hegemonía de una unidad política en la escena internacional, encuentra un ejemplo evidente en la experiencia veneciana: los intereses económicos, a medida que se hacen predominantes, impulsan la búsqueda de la hegemonía política, mediante la utilización del instrumento estratégico -en este caso- de una poderosa flota de guerra.
Pero es necesario llegar hasta el Cinqueccento italiano, con autores como Maquiavelo, Guicciardini y otros, para  encontrar el realismo estratégico formulado sobre bases históricas y conceptuales sólidas.
Como se ha visto más arriba, Maquiavelo funda la autonomía de lo Político y pone de manifiesto en Los Discursos sobre las Décadas de Tito Livio, en El Príncipe y especialmente en El Arte de la guerra, la significación política de la acción estratégica.
Nicolas Maquiavelo tambien aporto al desarrollo de la Estrategia y al estudio de la guerra.
En  El arte de la guerra, N. Maquiavelo se plantea dos temas mayores: el primero, la organización de las milicias y los Ejércitos, en virtud de las necesidades políticas del Príncipe o del Estado; y el segundo, proclama la necesidad de reemplazar las fuerzas militares de mercenarios (condottieri) por Ejércitos nacionales, que garanticen a la vez, el control político del gobernante, y la fidelidad de las tropas a los intereses nacionales y al Estado al que obedecen.
El ambiente intelectual que determina el realismo maquiaveliano en el campo estratégico, es el del Humanismo dentro del Renacimiento.  Esto significa que Maquiavelo –siguiendo los dictados del humanismo- rinde tributo a la Antigüedad clásica, y se basa en la experiencia de la República de Roma, para afirmar el carácter nacional que deben tener los ejércitos y la primacía de lo político como orientación superior que dirige lo estratégico y militar.
El Humanismo operó como una poderosa corriente intelectual y cultural que invade las mentes de los europeos del siglo  XIV y XV, aunque también puede ser comprendido como una manifestación del racionalismo realista con que los pensadores, políticos y estrategas deciden centrar su pensamiento en el ser humano, entendido ahora como  objeto central y privilegiado  de reflexión e investigación.
Maquiavelo anticipó así la Modernidad, al situar la acción estratégica como una necesidad que funda la justicia, al interior de una reflexión política realizada por el gobernante de la Nación.  Para Maquiavelo, la guerra es justa cuando es necesaria.
Los principales pensadores estratégicos de la época feudal después de Maquiavelo, fueron Gustavo Adolfo de Suecia (1554-1632),  Mauricio de Sajonia (1696-1750), Federico II de Prusia (1712-1786) y el conde de Guibert (1743-1790), quienes tuvieron la particularidad de combinar la experiencia militar en terreno, con el ejercicio del poder político y la reflexión estratégica e intelectual.  Ellos fueron los teóricos del orden de batalla en sus más diversas combinaciones.  Propiciaban con mayor frecuencia una estrategia de usura y de agotamiento del adversario, antes que su destrucción total.
Federico II de Prusia escribe Los principios generales de la guerra en 1746, y posteriormente su Testamento militar en 1768.  Partidario de utilizar grandes masas de soldados en el despliegue de sus fuerzas sobre el teatro de la batalla, propuso el concepto del orden oblicuo, una forma de ataque por el flanco que supone el avance de un ala por escalones y la retirada del otra ala, de manera de obtener una victoria rápida mediante el envolvimiento de las líneas enemigas.
A su vez, el conde de Guibert publica en 1772 su Ensayo General de Táctica, en el que desarrolla dos grandes temas.  En el primero, propugna la  necesidad de formar Ejércitos nacionales, sobre la base de los ciudadanos, con lo que se adelanta a la experiencia de la Revolución Francesa de la Nación en armas y de la conscripción general.  En segundo lugar, Guibert postula el predominio de la guerra de movimientos:  una  guerra en la que los ejércitos desarrollan su máxima movilidad en líneas interiores y exteriores, mediante audaces maniobras destinadas a superar las posiciones del enemigo.
Estamos en el siglo XVII y en los inicios del XVIII, la época de oro del barroco…
Cuando las anteriores y poco decisivas guerras entre caballeros pasaron a convertirse en guerras entre mercaderes y mercenarios (siglo XVI al XVII), el predominio emergente de las burguesías comerciales europeas en la esfera del poder político (en Italia, en España, en la Liga Hanseática, en las Provincias Unidas…) determinó que los conflictos y guerras, dejen de estar motivadas mayoritariamente por intereses dinásticos (no obstante ciertos anacronismos persistentes), dando paso a enfrentamientos causados por intereses económicos y comerciales de dominación.
Incluso en el contexto de la lucha multisecular entre la Cristiandad y el Islam, una de cuyas formas fueron las Cruzadas, los intereses comerciales no podían ocultarse tras el velo religioso que las justificaba.
El historiador inglés Michael Howard,  dice al respecto que: “…en el curso del siglo XVII la aptitud para hacer la guerra y mantener el poderío político dependía de más en mas, del acceso a las riquezas provenientes del mundo extra-europeo o derivadas de su comercio.  Existía en realidad una interacción permanente entre el desarrollo de las empresas europeas de ultramar y los conflictos interiores en el continente.”
 Y expone más adelante, que “Al término de la guerra de los Treinta Años, en 1648, la mezcla de celo religioso, búsqueda de botín y la aspiración a honestos beneficios comerciales que había inspirado la expansión europea y las rivalidades marítimas en el curso de los dos siglos precedentes, se sistematizó y se simplificó: los conflictos ahora opusieron a los Estados y tuvieron por objetivo la conquista del poder”. (
[2])
La manifestación más explícita de esta combinación entre poder estratégico y político, al servicio de los intereses económicos, la encontramos en la época de los grandes descubrimientos marítimos.
La expansión marítima
 de las potencias europeas
¿Qué explica el formidable poder de expansión que despliegan las naciones europeas desde el siglo XV y XVI?
En poco más de dos siglos, mientras Europa vivía un formidable Renacimiento cultural, artístico e intelectual, varias naciones europeas se lanzaron a una empresa sin precedentes de descubrimientos geográficos, conquista territorial y expansión colonial.
No todas las naciones de Europa tuvieron una voluntad política de conquista colonial, pero aquellas que habían logrado edificar  una flota mercante y guerrera considerable, habían adquirido una experiencia de navegación apoyada en recientes conocimientos científicos: el sextante, la brújula y los avances cartográficos, no sólo confirmaban el hallazgo teórico de la esfericidad de la Tierra (N. Copérnico, 1473-1543), sino que abrieron los horizontes mentales e intelectuales de políticos, gobernantes y científicos, e hicieron por primera vez pensar en términos de planeta lo que hasta ahora sólo se circunscribía al Mediterráneo y los mares continentales.
Los autores intelectuales de la expansión marítima de Europa no fueron estrategas, sino que fueron inventores, marinos y comerciantes.  Y en el trasfondo de ésta formidable hazaña, hay que situar el significado político y militar de algunos descubrimientos científicos y tecnológicos de importancia.  El cañón (con metales de mejores aleaciones) y la pólvora (recién traída desde China por Marco Polo), fueron las herramientas militares de la nueva dominación; la brújula y el sextante, fueron los instrumentos exactos que guiaron el acceso a los mares y océanos desconocidos o inexplorados; y la imprenta de tipos móviles, fue el vehículo de transmisión de ideas.
Francis Bacon, por ejemplo, en el siglo XVI, constata que “…después de la invención del cañón, sus efectos pueden ser descritos de la siguiente manera: tenemos una nueva invención por la cual las murallas y las grandes obras militares pueden ser perforadas y derrumbadas desde una considerable distancia, con lo cual los hombres poseen ahora una considerable fuerza, para incrementar la potencia  de los proyectiles y de las máquinas.   Estas invenciones, junto a la imprenta, las armas de fuego y el compás, están cambiando la apariencia y el estado del mundo entero…” (
[3])
Los Estados se comprometieron económica y políticamente en las expediciones y descubrimientos.   Aquí, una vez más, el poder político, percibiendo los intereses económicos implícitos en la empresa colonial, apoyó los esfuerzos privados,  y adaptó sus estructuras de poder a las nuevas condiciones geográficas.   Inglaterra, España, Portugal y Francia, materializaron la conquista de nuevos territorios a continuación  de los descubrimientos, haciendo de ellos, no sólo espacios geográficos de descubrimiento, sino sobre todo los convirtieron en territorios de dominación y de poder.
La navegación y el comercio de ultramar, se fueron convirtiendo en parte de una estrategia marítima de dominación de mercados y de territorios.
Así, la política territorial y colonial de las potencias europeas del siglo XV y XVI se  fue configurando como una política de poder basada en intereses materiales, los que con el paso del tiempo se convirtieron en intereses vitales.
La política imperial del poder
La formación de sistemas imperiales constituye una de las más notables constantes en la Historia de la Humanidad.
Si se analizan desde una perspectiva histórica global, podría argumentarse que, no obstante las diferencias particulares de cada uno de ellos, la formación de sistemas de dominación imperial constituye una etapa de culminación de varios fenómenos socio- económicos, políticos y militares, en un momento dado del desarrollo de la formación estatal.  
Obsérvese, por ejemplo, los períodos de expansión imperial experimentados por China, y por el Islam.  Se trata de dos ejemplos de predominio basado fundamentalmente en una hegemonía militar terrestre, continental, la que se tradujo a continuación en dominación política. 
Entre 661 y 750 NE., el Islam se extendió por el Oriente Medio, abarcando todo el Maghreb y bordeando los dominios eslavos de Europa oriental y los pueblos de la India.    Como efecto de ésta expansión entraron en crisis, los dominios bizantino, persa, egipcio y de la Mesopotamia, desarticulando el sistema político en torno al Mediterráneo y del Medio Oriente.
 Bajo la conducción de Mahoma, Abu-Bakr, Omar I y Otman los ejércitos de la caballería árabe construyeron una amplia zona de dominación política y militar, manteniendo ciertas autonomías locales y regionales, y a partir de la cual, el Imperio pudo intentar la conquista de zonas del sur de Europa.
El dominio imperial, desde la Antigüedad hasta hoy, es un fenómeno estatal, si se lo comprende desde el punto de vista histórico y político.
Se define como política imperial del poder a la expresión material y simbólica de la hegemonía y dominación que ejerce un Estado sobre otros Estados, como resultado de una política voluntarista más o menos sistemática, en un momento del proceso histórico internacional.
 
Dos son los elementos materiales que fundamentan la política imperial del poder: uno, el logro de una cierta hegemonía en el plano económico, material y tecnológico, de manera que la superioridad alcanzada es reconocida por los demás actores de la escena internacional; y dos, la obtención de una cierta hegemonía estratégica que resulta del potencial militar que cada Estado posee.
Cuando se analiza la evolución histórica de Occidente, se perciben claramente, sucesivos períodos de hegemonía imperial.
A partir del siglo XV y XVI, la expansión comercial fue uno de los fundamentos racionales de la políticas de ciertas naciones europeas, a partir de la cual buscaron el dominio sobre otras regiones del mundo.
Hay allí, una combinación compleja de factores, tales como la  búsqueda de nuevos mercados, el desarrollo de la potencia marítima y naval, y el logro de la cohesión nacional y voluntad política deliberada por alcanzar una posición de predominio en la escena internacional.
La historia de Occidente, en los últimos cinco siglos, puede ser enfocada desde la perspectiva de la emergencia, apogeo y decadencia de sucesivos imperios marítimos y terrestres.
Así, el siglo XVI puede ser caracterizado como la época de predominio de España, bajo el poder de Carlos V (1516-1556), hasta la derrota sufrida por la “Armada Invencible”, en 1588 por la flota inglesa.  Después de  una primera época, marcada la conquista de los grandes imperios de América (que realizan principalmente H. Cortés, F. Balboa y F. Pizarro), España construye un vasto imperio basado en la explotación económica y el saqueo de las riquezas, el desplazamiento y mestizaje  cultural y social de algunas culturas aborígenes, la conquista y reparto territorial, el exterminio de los pueblos originarios renuentes, y el poblamiento y formación de unidades políticas coloniales urbano-rurales.
El dominio imperial español fue el de una nación esencialmente terrestre, continental, que había logrado formar una relativa capacidad naviera, vocación que determinó e hipotecó su futuro como potencia.
Del mismo modo, el siglo XVII europeo  estuvo marcado por el dominio relativo de Francia bajo Luis XIII, el cardenal de Richelieu (1624-1642) y Luis XIV. 
La Política de Razón de Estado construída pacientemente por los cardenales Richelieu y Mazarino, hecha de riguroso realismo político, búsqueda de la unidad territorial y política, y de construcción de la potencia nacional, industrial y marítima, puede ser considerada la base material sobre la cual se edificó el prestigio y la influencia cultural y política ejercida por Luis XIV en toda Europa, durante este período.
En el siglo XVII, la Paz de Westfalia (1648), que puso término  a la Guerra de Treinta Años, puede ser considerada como el punto de partida del Derecho Internacional moderno.  El Tratado que puso término a este largo conflicto europeo, reconoció el principio de la igualdad jurídica de los Estados, sin distinción de su tamaño o forma de Gobierno, proclamó la necesidad de las asambleas internacionales como mecanismo de negociación diplomática, y señaló la importancia de las alianzas entre Estados como forma de asegurar la paz y la solidaridad y de buscar al adecuado “contrapeso” entre las distintas potencias y Estados.
La obra político-estratégica más relevante del Cardenal de Richelieu se encuentra en su Testamento Político (1642), en el que proclama su adhesión a las doctrinas en boga del mercantilismo, al nacionalismo económico, y a la necesidad de afirmar la supremacía del Estado y de la política de Razón de Estado para asentar la unidad nacional por encima de las facciones, disensiones religiosas y actitudes de fronda de la aristocracia, y para construir metódicamente el engrandecimiento del Estado, en la esfera internacional.
El apogeo cultural francés, sin embargo no se tradujo en un imperio colonial extenso, aunque aquí también hubo de ser determinante el profundo apego terrestre, rural que forma parte -de un modo atávico- de la cultura y de la historia francesa.  El predominio cultural, político y estratégico francés –con Luis XIV y con Napoleón dos siglos más tarde- fue siempre esencialmente terrestre, carente de una voluntad marítima.
El siglo XVIII, por su parte, estuvo marcado por tres fenómenos imperiales al mismo tiempo, a saber: el inicio de la emergencia del poder de Prusia (con Federico II, entre 1740-1786) como potencia continental, en el centro de Europa; la emergencia gradual de Inglaterra como potencia marítima (a partir aproximadamente de 1763),  la máxima expansión del Estado francés hasta alcanzar una forma imperial, con la experiencia de Napoleón Bonaparte (1799-1815).
Los pensadores estratégicos más relevantes en el período de las guerras napoleónicas, y quienes mejor teorizaron al respecto, fueron Ardant du Picq, Jomini  y  Clausewitz.
Henry de Jomini (1779-1869)  en su obra mayor Précis de l’Art de la Guerre (1855) tuvo la virtud de captar el significado militar y las implicancias estratégicas de la reciente Revolución Industrial.  Percibió que las nuevas invenciones en curso (el motor a vapor, los obuses de artillería, el fusil de aguja y el revólver, los primeros fusiles ametralladoras, entre otros) estaban aproximando una revolución profunda en el desarrollo de la guerra, y en la capacidad ofensiva y poder de fuego de los ejércitos.
El mundo estaba entrando en la época del telégrafo, del navío acorazado, de los ferrocarriles, de los vehículos blindados, de manera que resultaba evidente que el desarrollo de la siderurgia y de la industria en general, estaba potenciando los intereses nacionales y de seguridad de la Nación en armas y del Estado con intenciones imperiales.
A su vez, Carl von Clausewitz (1780-1831), puede ser considerado como el pensador estratégico más importante de los siglos XIX y XX.  En su obra De la guerra, pensó el complejo fenómeno de la guerra, desde la amplia perspectiva de la Ciencia y de la Política.  El edificio teórico de Clausewitz se apoya sobre el concepto de la guerra definida como un acto de violencia destinado a obligar al adversario a ejecutar nuestra voluntad, sobre la noción de que siempre se trata de un conflicto de grandes intereses, y de que en definitiva, constituye la continuación de la Política por otros medios.
El análisis de Clausewitz desarrolla la relación entre la guerra absoluta y la guerra real, sitúa al fenómeno bélico como instrumento de la Política, define la importancia estratégica del centro de gravedad de la guerra y de la batalla, propone que la defensiva es la forma más eficaz de guerra y subraya la gravitación de la batalla decisiva en el curso del conflicto.
Toda la política del siglo XVIII y de los inicios del siglo XIX estuvo condicionada por la confrontación y la búsqueda de  esferas de influencia, con la formación de Estados- pivotes y Estados- tampones, destinados a servir en el juego complejo de los intereses de dominación de Inglaterra, Prusia y Francia, y en los que Rusia, Austria  y el Imperio Otomano jugaban un rol creciente.
Es alrededor de la experiencia napoleónica que surgió en Europa, el concepto de equilibrio entre las potencias, entendido como una condición política y estratégica en la que cada Estado y cada alianza de Estados, posea un grado de control y poder suficiente para ejercer su dominio en términos que no alteren la estabilidad y la paridad relativa en el conjunto del sistema de Estados y naciones involucrados.   Uno de los artífices de éste modelo de orden internacional, fue el Ministro K.W.L. Metternich, quién logró situar al Estado austríaco como un Estado-pivote de equilibrio y de árbitro en el sistema europeo (Santa Alianza y Congreso de Viena, 1815), con lo que de paso,  le otorgó un rol político y estratégico cada vez más relevante al Imperio Austríaco.
El Congreso y el Tratado de Viena (1815) marcaron un momento decisivo en la evolución de la Política Internacional y del Derecho.  El realismo político moderno se nutre  del Congreso de Viena, en la medida en que dicho encuentro tuvo como resultado principal la consagración política y diplomática del principio del equilibrio, como instrumento político y estratégico básico, orientado a garantizar la paz y la estabilidad en el sistema internacional.
Ciertamente, todo el siglo XIX estuvo condicionado por dos fenómenos imperiales mayores: el acceso de Inglaterra a la condición de primera potencia  marítima y comercial mundial, y la formación y consolidación de Prusia como gestora de la unidad nacional alemana.
En ambos fenómenos, que resultan como efectos retardados del derrumbe del Imperio napoleónico, Inglaterra y Prusia desarrollaron formas sistemáticas de política imperial aunque con finalidades diversas.  Inglaterra ocupa el siglo XIX con el gobierno de la reina Victoria (1837-1901) al alcanzar el zénith de su expansión imperial, dominio que se eclipsó con la I Guerra Mundial (1914-1918), mientras que Prusia, bajo la conducción de O. V. Bismarck (1815-1898), da forma al Estado nacional alemán, bajo la forma de un imperio con posesiones coloniales en Africa y Asia.
Con la guerra franco-prusiana de 1870, la Prusia de Bismarck culminó el proceso de construcción de su unidad nacional, dando forma al I Reich alemán.  Es interesante observar que cuando el Estado alemán completó la unidad de la nación alemana, lo hizo afirmando militarmente su superioridad sobre Francia, y bajo una forma política imperial única modalidad considerada suficiente y adecuada al mantenimiento de la cohesión de los numerosos particularismos y regionalismos de dicha región europea.
Los realizadores de las teorías de Clausewitz en el plano estratégico, fueron los generales prusianos Moltke y Schlieffen, quienes, como herederos de la tradición formada por Scharnhorst y Gneisenau en la Escuela de Guerra de Berlín, llevaron a su máxima perfección la organización, disciplina y doctrinas de empleo del ejército, como herramienta al servicio de la Política del Estado.  El realismo de la política de Estado pasa por el realismo estratégico de los jefes militares.
El retardo de Alemania en acceder a la unidad nacional, y su impulso político y militar por obtener rápidamente una forma imperial, será una de las causas del desequilibrio que originó la I Guerra.
En el siglo XX, a la lenta decadencia de la hegemonía británica, se sucede la llegada de Estados Unidos a la condición de potencia mundial, y la aparición de la Unión Soviética como factor global de equilibrio, de disuasión y de bi-polaridad (1945-1990).  
En efecto, los tres rasgos característicos de la política internacional durante el siglo XX, desde el punto de vista de los sistema imperiales de dominación, son el eclipse final del imperio británico (arrastrado tanto por los ingentes costos humanos y materiales de la I Guerra Mundial, como por el colapso de su dominio sobre Canadá, la India y otras colonias de importancia), la emergencia de los Estados Unidos a la condición de potencia mundial, la que se inicia en el período de entre-guerras (1918-1939), y el surgimiento de la Unión Soviética como potencia industrial y militar en Eurasia (1917-1939).
De este modo, aún cuando la política internacional entre las dos guerras mundiales aparece dominada por los imperios emergentes de Alemania, Italia y Japón, bajo fuertes dictaduras militares, el fenómeno político dominante en ésta época es el militarismo y el predominio de políticas voluntaristas de expansión imperial.
La geografía como arma estratégica
en las Relaciones Internacionales
En algún momento de su desarrollo histórico y material, cada Estado como entidad política situada en la escena internacional “toma consciencia” de su realidad geográfica, comprende los procesos de territorialización que ha estado experimentando y percibe la importancia de dichos espacios en cuanto ámbitos en donde tiene lugar la Política, la Diplomacia y la Estrategia.
Entonces, surge en el Estado la conciencia geográfica de su Historia, y en la Nación, la conciencia histórica de su Geografía.
Las dos manifestaciones históricas más explícitas de ésta conciencia territorial, provienen de la Geopolítica y de la Oceanopolítica.
Numerosos autores contemporáneos han subrayado que la Geopolítica tradicional, surgió a fines del siglo XIX y primeros veinte años del presente siglo, como una derivación intelectual de la Geografía Política, muy en boga en los círculos universitarios alemanes y nor-europeos.  Analizemos éste fenómeno.
El primer período de la Geopolítica:
elementos para un análisis crítico.
Existe, en efecto, una primera época del pensamiento geopolítico, que surge y se desarrolla dentro de una óptica marcadamente organicista y fuertemente determinista.   Sus influencias intelectuales originarias más significativas, provenían de H. Spencer y de Ch. Darwin, y de las derivaciones sociales que resultaron de sus teorías sociológicas y biológicas.
Así, dos líneas intelectuales se sitúan en las bases de la primera reflexión geopolítica: por un lado, el desarrollo del “darwinismo social”,  a partir de Ch. Darwin, en la segunda mitad del siglo XIX, incluyendo a H. Taine, G. Le Bon, L. Woltmann y V. de Lapouge; y por el otro, un cierto “bio-historicismo” que desarrollan F. List (1789- 1842),  y A. de Gobineau (1816- 1882), el que se entronca con O. Spengler , A. Rosenberg (uno de los teóricos mayores del nazismo alemán),  y con F. Ratzel.  En List y Gobineau, la Geopolítica inicial se alimentó del racismo, y a través de A. Rosenberg, a su vez, contribuyó decisivamente a elaborar una visión ideológica racista de la Historia, a partir del supuesto “conflicto entre la raza aria y la raza semita”.
Inicialmente, autores como F. Ratzel, con su Politische Geographische  y a continuación K. Haushofer, fueron construyendo un cuerpo teórico configurado en torno a conceptos tales como “espacio vital”, “heartland”, “rimland”, o la asociación entre “suelo, sangre y raza”, nociones que estaban construídas sobre la base de una visión organicista del Estado.   Otros autores alemanes en la década de los treinta y cuarenta, dieron contenido a esta visión: L. Mecking, H. Schrepfer, H. Rüdiger, N. Krebs o R. Hennig, para nombrar a los más connotados, trabajaron sistemáticamente la nueva concepción geopolítica.   Numerosos títulos aparecidos en la revista de Geopolítica creada en torno a Haushofer, la Zeitschrift für Geopolitik (revista que, desde 1932, estuvo influenciada y dominada por el Partido nazi), atestiguan el enfoque señalado.
Al mismo tiempo, desde los inicios de los años treinta, esta Geopolítica se asoció directamente con los proyectos expansionistas, racistas y belicistas del nazismo alemán, otorgándole una justificación integral, completa, y respaldándolos con un conjunto de fundamentos teóricos, ideológicos y políticos, por lo que sus postulados hicieron crisis junto con el derrumbe del III Reich,  al término de la Segunda Guerra Mundial.   Por ello puede afirmarse que dicha Geopolítica era nazi en su esencia y contenido.
Al analizar sus postulados, se puede descubrir que esta primera Geopolítica constituye una representación político-estratégica e ideológica del mundo, que tiende naturalmente a centrarse en una concepción totalizadora del poder, y en una idea absoluta de la Nación y del Estado, como si ambas fueran entidades totales y homogéneas.   Hay que subrayar que toda Geopolítica es una empresa intelectual esencialmente « patriótica », ya que intenta colocar al propio Estado, en el centro de las representaciones cartográficas del espacio territorial, de manera que la Cartografía termina graficando lo que los geopolíticos quieren que grafique…
Las falencias intelectuales de aquella visión geopolítica no solo provienen de su incapacidad conceptual para interpretar la creciente interdependencia y complejidad del mundo moderno, de las estrategias y formas políticas que hoy caracterizan a la sociedad, sino del hecho que las interpretaciones y asociaciones conceptuales organicistas, belicistas y racistas, son absolutamente insuficientes, y se encuentran en una fase pre- científica de las Ciencias Sociales, y del estudio de la relación « hombre- geografía ».
Ya ha sido demostrado que los procesos orgánicos funcionan conforme a lógicas completamente distintas y con elevados grados de pre- determinación, mientras que los sistemas sociales y políticos están dotados de características de complejidad y azar, que aquel organicismo primitivo no puede explicar.
Le Geopolítica de la primera época, era profunda y radicalmente estatista, ya que concebía al Estado como un organismo absoluto y predominante en la escena geográfica y política.
La visión geopolítica que concibe al Estado como un organismo vivo que nace, crece, se desarrolla, decae y muere, adolesce precisamente de una lectura estrecha y limitada de la estructura estatal.  G. Sabine en su Historia de la teoría política subraya que “el argumento supuestamente científico de la Geopolítica no es más que una analogía biológica.  Según dicha lectura, los Estados serían “organismos” y mientras viven y conservan su vigor, crecen; cuando dejan de crecer, mueren…” , lo que pondría de relieve que el “bienestar social parece equivaler a la supervivencia del más apto…”.   Además de contener muchas ambiguedades lógicas, ésta confluencia de ideas y de pseudo- conceptos sociales y biológicos, ha sido una fuente de graves confusiones científicas.
 Al contrario de lo que pretende la geopolítica, el Estado no es un organo viviente; es una construcción política, jurídica, ideológica y territorial que se asienta en una sociedad históricamente determinada, es una estructura institucional compleja, que opera mediante resortes materiales y simbólicos de poder.
La segunda época de la Geopolítica
A partir de la década de los cincuenta, la reflexión geopolítica se centró la comprensión de los problemas geográficos y políticos derivados del nuevo escenario de conflicto bi- polar, en la forma de diversas escuelas nacionales geopolíticas, directamente vinculadas con los intereses nacionales de los Estados.
Autores como R. Kahn, H. Kissinger y otros desarrollaron nuevas interpretaciones geopolíticas, pero todas ellas se inscribieron en dos grandes tendencias intelectuales generales, que podemos sintetizar de la siguiente manera:
a)  una corriente de orientación determinista que heredó algunas nociones de la Geopolítica de la primera época y que conservó el concepto de predominio del medio geográfico que se impone a las organizaciones humanas y políticas; y
b)  una corriente de orientación posibilista que se desprende del determinismo anterior y sostiene la primacía del hombre sobre el medio natural, en un proceso progresivo de territorialización del espacio geográfico.
Además, desde el punto de vista marítimo y oceanopolítico, es posible formular una crítica mayor a las escuelas geopolíticas tradicionales.  En la práctica, las visiones geopolíticas no dejan de  operar conceptualmente dentro de una lógica esencialmente terrestre, como si la perspectiva de lectura dominante fuera para y en los espacios continentales, subordinando a los mares y océanos a un rol secundario.  La Geopolítica es un paradigma tal,  como si nos situáramos en la tierra, para observar y comprender el mar.
La perspectiva moderna de la Oceanopolítica
La Oceanopolítica surge durante la segunda mitad del siglo XX, como resultado de una serie de procesos intelectuales y políticos.
La nueva disciplina introduce un cambio profundo de perspectiva a éste respecto: ella permite analizar los fenómenos políticos, diplomáticos y estratégicos que suceden en mares y océanos, desde la perspectiva de los espacios marítimos, de manera que se nos ofrece como un paradigma tal, como si nos situáramos en el mar,  para observar y comprender la tierra.
Si la Geopolítica pretendía ser « la conciencia territorial del Estado », la Oceanopolítica pretende ser « la conciencia marítima de la Nación ».
La Oceanopolítica puede ser considerada como una visión con pretensiones científicas, que resulta de la confluencia multidisciplinaria de distintos aportes intelectuales.   Se trata de una  forma moderna de hacer ciencia a partir de los fenómenos marítimos y navales, en la medida en que su pretensión mayor es lograr establecer un conjunto aceptado de principios y teorías dotadas de racionalidad y de objetividad.   En términos generales, la ciencia social es moderna, porque cree y se afirma en los resultados del ejercicio de la razón, como fundamento objetivo del conocimiento.
La reflexión oceanopolítica se pretende a sí misma como una racionalización de los procesos y relaciones entre el Estado- Nación (como actor político programático) y los mares y océanos.  Desde esta perspectiva, los espacios marítimos y oceánicos son comprendidos y se configuran como campos teórico- prácticos relacionales, donde se ponen en juego los objetivos políticos, los grandes fines y sobre todo, los intereses nacionales y de seguridad de los Estados, como se analizará más adelante.
Para la Oceanopolítica, como para las demás disciplinas de las Relaciones Internacionales, el contenido esencial de las relaciones entre los Estados en la esfera marítima y naval son los intereses nacionales y de seguridad, en virtud de los cuales cada Estado desarrolla una Política, y despliega su Diplomacia y su Estrategia.
La Oceanopolítica es una disciplina o ciencia política del mar, es una manera política de ver las relaciones entre los Estados y naciones a propósito de los espacios marítimos.   La politicidad de los procesos y relaciones oceanopolíticas, proviene fundamentalmente del carácter  político de la acción de sus actores principales, los Estados, y del contenido esencial de las relaciones que éstos establecen entre sí a propósito de dichos espacios.
Así, resulta que la Oceanopolítica es -al mismo tiempo- una ciencia política de los espacios marítimos y oceánicos, y también, la Política de los Estados en los espacios marítimos y oceánicos.  Por ello mismo, la Oceanopolítica no es una geopolítica marítima, ni una geografía política de los mares y océanos, sino que resulta de una elaboración intelectual y político- institucional distinta, y que produce como resultado una reflexión científico- política acerca de los mares y océanos, la que se traduce siempre en políticas y estrategias.
En su definición más primaria y elemental, la Oceanopolítica estudia la Política en el mar y en los océanos. 
Su propia denominación, sugiere un elemento de encuentro, una síntesis entre el fenómeno político y el fenómeno oceánico, en la medida en que ambas dimensiones convergen en la realidad, desde los albores de la Historia de la humanidad.  
 Ahora bien, en la Época Moderna -inaugurada por el Iluminismo racionalista y humanista, la Revolución Francesa y la descolonización de las naciones- la Política en los océanos y espacios marítimos la realizan fundamentalmente los Estados-naciones, de lo que se desprende que la Política en el mar es siempre y en primera y última instancia la Política del Estado en el mar.
 

La Oceanopolítica puede definirse -para los efectos de este ensayo- como el estudio científico de las relaciones oceanopolíticas que se establecen históricamente entre ciertos actores políticos y los espacios marítimos y oceánicos.
Esto quiere decir que el fundamento de la teoría oceanopolítica, reside en una comprensión y racionalización sistemática y científica  de un cierto tipo de relaciones, las que se pueden clasificar en dos tipos básicos:
a)  las relaciones que  establecen los Estados y otros actores políticos entre sí a propósito de los espacios marítimos y oceánicos, relaciones que tienen lugar en la esfera internacional; y
b)  las relaciones que se establecen entre los Estados y los espacios marítimos y oceánicos, las que se sitúan generalmente en la esfera nacional, por su carácter jurídico y su contenido político.
De esta definición se desprende naturalmente, que los espacios marítimos constituyen una diversidad superpuesta e interdependiente  de arenas o campos relacionales.  Aquí reside la racionalidad objetiva de los fenómenos oceanopolíticos: se trata de procesos y fenómenos que son empíricamente observables y verificables, en los que los mares y océanos son el elemento de sustrato, la base fundante y explicativa de la relación, y los Estados y otros actores políticos son el elemento activo y dinámico.
A su vez, las relaciones oceanopolíticas, sin embargo, no solamente se sitúan en la esfera objetiva y empírica de los procesos políticos, diplomáticos y estratégicos, sino que también se manifiestan en un ámbito imaginario y cultural, es decir, en una dimensión simbólica: el de la conciencia marítima.
Pero, además, la reflexión oceanopolítica no surge de una simple teorización, sino que se enmarca en un contexto histórico internacional que le fija un derrotero intelectual característico.
El aporte del realismo en Oceanopolítica.
La Oceanopolítica es una disciplina científica que se sustenta en un conjunto de constataciones empíricas de la realidad internacional.
Uno de los postulados oceanopolíticos más importantes, parte del diagnóstico histórico y afirma que a lo largo de los casi veinte siglos de Historia occidental, ha existido un centro de gravedad oceánico, consistente en un determinado mar u océano en torno al cual se han articulado los poderes, economías, imperios y Estados dominantes en cada período.
Según ésta concepción, desde la Antigüedad clásica y hasta el siglo XV, el centro marítimo del mundo habría estado en el mar Mediterraneo, y a partir del descubrimiento de América y de la apertura de nuevas rutas marítimas coloniales de conquista y comercio, dicho centro se habría desplazado gradualmente al océano Atlántico.
Esta centralidad marítima del Atlántico se habría reforzado con la hegemonía británica durante el siglo XIX y  con el predominio naval de los Estados Unidos durante el siglo XX.
Un corolario natural de ésta teoría afirma que, como consecuencia de los crecientes intercambios entre las potencias mayores del Pacífico, el siglo XXI se presentaría como la época en que dicho océano se convertirá en el centro de gravedad marítima del mundo.
Es necesario subrayar a este respecto, que a pocos años del inicio del siglo XXI, el océano Atlántico continúa manteniendo las rutas marítimas estratégicas que unen a EE.UU. con Europa occidental, y a ésta con Japón, muy en especial aquellas que aseguran los suministros energéticos principales desde el Medio Oriente y el Golfo Pérsico.
Al mismo tiempo, las alianzas políticas y estratégicas fundamentales que unen a los EE.UU.  y Norteamérica con Europa occidental, continúan sustentándose en una doctrina estratégica y militar atlántica,  basada en intereses políticos y de seguridad comunes y compartidos.
Puede afirmarse, en consecuencia, que mientras persistan éstos hechos de relevancia fundamental y dominante, el Atlántico continuará siendo un centro marítimo de importancia mundial.
A su vez, para que el Pacífico se convierta en el océano principal del sistema- planeta sería necesario que se configure en torno a él, una comunidad política, económica y estratégica basada en amplios intereses y objetivos comunes y compartidos, diseño que integre los distintos grupos de naciones y Estados, con su enorme diversidad cultural e histórica.  Eso está aún lejos de ocurrir, no obstante que ya se han perfilado algunos esfuerzos de cooperación e integración.
A partir del actual juego dinámico de las potencias globales y de los principales  Estados- pivotes presentes en torno al Pacífico, es posible prever que en un futuro previsible en la primera mitad del siglo XXI, los roles dominantes todavía estarán repartidos entre Japón, China Popular, Estados Unidos y Rusia, como actores fundamentales, mientras que Australia,  Nueva Zelandia y otras naciones asiáticas y latinoamericanas pugnarán crecientemente por intervenir en la escena marítima y política de la región.
 Además, esta interpretación de la geografía política de los mares, debe situarse en una perspectiva teórica mayor, que propone una visión distinta de los  océanos y continentes en su relación dinámica.  La Oceanopolítica funda  también sus orígenes intelectuales, en un cierto análisis geográfico del planeta, que postula que éste presenta una desigualdad básica entre un Hemisferio Norte dominado por grandes masas continentales, y un Hemisferio Sur dominado por las grandes masas oceánicas.
Analizemos ésta teoría.  La desigual distribución de continentes y océanos resulta de una simple constatación física, a la que debe agregarse el hecho de que más del 60% de la superficie total del globo terráqueo está cubierta por mares y océanos.    Ahora bien, ¿qué significado tiene el predominio oceánico del Hemisferio Sur?  ¿qué  consecuencias podrían deducirse de éste factor geo-morfológico?
En este punto, hay que despejar de inmediato toda inclinación determinista.  El predominio cuantitativo de las masas oceánicas respecto de los continentes en el Hemisferio sur del mundo, no implica necesariamente ningún destino marítimo manifiesto, ni supone automáticamente la potencia marítima de los Estados costeros.
En efecto, la sola constatación de la distribución histórica de las hegemonías marítimas desde el siglo XV en adelante, pone de manifiesto un hecho básico, según el cual la totalidad de las potencias marítimas y navales que han ejercido un predominio a escala regional o mundial, se encuentran ubicadas en el Hemisferio Norte del planeta: Venecia, el Imperio Otomano, la Liga Hanseática, Portugal, las Provincias Unidas, Francia, España, Inglaterra (en Europa), o la China continental (en el Extremo oriente), Rusia, la URSS o los Estados Unidos en Norteamérica.
La sola posición marítima de un Estado, (que en términos oceanopolíticos  definimos como la posición oceanopolítica relativa) no constituye una condición suficiente para crear la potencia marítima o naval, y ello es particularmente evidente en el caso de las naciones ubicadas en el Hemisferio sur del mundo, puesto que la potencia marítima y naval constituye el resultado histórico de un largo proceso en el tiempo, durante el cual confluyen diversos factores políticos, culturales, económicos y estratégicos.
Realismo y Estrategia
 durante el período de la Guerra Fría
(1945-1990)
Al término de la II Guerra Mundial, quedó en evidencia que la derrota del imperio nazi de Hitler, se debió a una combinación realista de la estrategia militar, aero-naval y aero-terrestre de D. Eisenhower, la estrategia terrestre masiva del mariscal G. Schukov y la fluidez estratégica en tierra y en el aire del general Montgomery.  
La síntesis lograda por la coalición aliada, entre 1939 y 1945, de potencia militar blindada y artillada, amplio control de los mares y océanos y dominio estratégico del aire, no cristalizó después de 1945 en formas políticas de hegemonía conjunta, sino que dieron paso a una nueva forma de confrontación: el conflicto ideológico, político y militar entre la URSS y Estados Unidos.
Se puede afirmar que el fenómeno estratégico e internacional más relevante de la segunda mitad del siglo XX, ha sido la bi-polaridad Este-Oeste, que opuso a Estados Unidos y la Unión Soviética.  Se trataba de un ordenamiento global particularmente previsible, en el que detrás de las dos potencias globales dominantes, se fueron formando dos campos políticos y estratégicos opuestos, al interior de los cuales debían alinearse todos los demás Estados, naciones, movimientos y fuerzas.
El campo occidental, dirigido por los Estados Unidos y articulado en torno a un conjunto de regímenes de seguridad y de alianzas estratégicas (tales como la OTAN, el ASEAN, el Pacto de Río de Janeiro, etc.), trataba de mantener la hegemonía económica, política y cultural de la potencia dominante, desarrollando relaciones de dependencia económica y tecnológica.
A su vez, el campo oriental o socialista, dirigido por la Unión Soviética y articulado en torno al Pacto de Varsovia, trataba de mantener la hegemonía económica, política y cultural de la potencia dominante, desarrollando relaciones de dependencia ideológica, estratégica y económica.
En una amplia perspectiva histórica de los años de guerra fría, puede constatarse que la Unión Soviética aplicó una política estratégica fuertemente realista en la esfera internacional.  Sobre todo a partir de la Crisis de los Misiles (1962), N. Khroutchev (1953-1964) y en particular L. Breshnev (1964-1982) aplicaron una política de corte pragmático, orientada a no llevar ni escalar el conflicto bipolar, hasta el extremo riesgoso de la guerra nuclear con Estados Unidos, pero de ejercer suficiente presión política y estratégica como sea posible, en el Tercer Mundo, y especialmente en aquellas nuevas naciones dependientes, que deseaban alcanzar un mayor protagonismo político y un mejor nivel de desarrollo.
Para materializar esta visión estratégica, la URSS creó en torno suyo un verdadero glacis de seguridad con una serie de Estados-pivotes aliados en un pacto estratégico-militar (el Pacto de Varsovia) y encargados de impedir y frenar un ataque occidental directo sobre territorio soviético (Polonia, Checoeslovaquia, Hungría, Rumania, Bulgaria) y un amplio sistema de bases e instalaciones militares de ultramar (Yemen. Vietnam, Cuba, Etiopía, Angola, Libia), que le permitieran extender el alcance de su presencia naval y marítima en el mundo.
La Política Estratégica general aplicada por la Unión Soviética, desde Stalin hasta Breshnev, obedeció al principio del imperio asediado.  La retórica diplomática, política e ideológica de la URSS siempre se orientó a presentarse como un Estado socialista que se encontraba permanentemente amenazado por diversas formas de agresión, provenientes del campo occidental.   Cuando ésta línea estratégica no fue aplicada, se encontraron con la política de contención de los Estados Unidos, o fueron derrotados abiertamente como en Afganistán.
Los pensadores estratégicos soviéticos más relevantes fueron el Mariscal G. Schukov, vencedor en la II Guerra Mundial y autor de unas Memorias en 1961, en las que destaca la importancia de la estrategia de cerco con blindados en la batalla terrestre; los Mariscales G. Talenskii y A.K. Slobodenko, y en particular el Mariscal V.D. Sokolovskii quién en su obra Voennaia Strategiia de 1962, subrayó la puesta a punto de una doctrina soviética de la disuasión basada en la defensa estratégica terrestre.
Posteriormente se destacan el Mariscal A.A. Grechko quién en 1975 publicó su texto Las Fuerzas Armadas del Estado soviético, y el Almirante S. Gorschkov (1910-1988), quién con su obra La potencia marítima del Estado,(1976) sentó las bases de la estrategia marítima y naval soviética. 
Un problema pendiente es el de la superioridad estratégica que se suponía alcanzaría o estaba alcanzando la URSS en la carrera nuclear con Estados Unidos.  La  información hoy disponible (con la apertura de los archivos soviéticos de inteligencia), permite afirmar que entre 1945 y 1990 nunca la Unión soviética logró la superioridad estratégica en armamentos con los EE.UU. y en muchos aspectos ni siquiera la paridad.  Y ésta podría ser una de las razones de fondo del realismo estratégico mostrado.
El derrumbe final del sistema soviético, sin embargo, se debió menos a la presión política y tecnológica ejercida por EE.UU. (carrera espacial, Guerra de las Galaxias, misiles intercontinentales, sistemas satelitales y redes informáticas), que a la crisis ideológica y política interna, en la que las sociedades civiles gobernadas por regímenes comunistas, presionaron por más libertad y más democracia.  El sistema imperial soviético, se fue desagregando lentamente, primero en el plano ideológico y después en el plano político, es decir en definitiva, hizo crisis e  implosión desde adentro.
En síntesis, la representación soviética de la guerra fue un enfoque pragmático de la invasión como principal herramienta estratégica para apoderarse del territori

3 août, 2006

realismo y ciencia política – una aproximación epistemológica

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Definimos que para la Ciencia Política, el realismo es un modo de aprehender la realidad de los hechos, procesos y fenómenos políticos, distinguiendo tales hechos del proceso cognoscitivo.  Para comprender el lugar del realismo en la ciencia politológica, primero debe reconocerse que el programa  teórico y metodológico de ésta, se propone conocer y develar los procesos, tendencias, ideas, estructuras y fuerzas dinámicas que constituyen la Política en su realidad objetiva, en la sociedad actual.

De aquí resulta, en segundo lugar, que el “realismo politológico” (es decir, el realismo aplicado a la Ciencia Política)  recoge y asume la validez de la Historia como maestra de experiencias, como ilustración susceptible de iluminar el presente, mediante la comprensión del significado de las lecciones del pasado.

No se trata tampoco de situar el estudio politológico en una perspectiva historicista, porque resultaría desviarlo de su vocación y su responsabilidad primordial con el presente y con el futuro. La Historia sirve al conocimiento realista de la Ciencia Política, únicamente en cuanto pone de manifiesto realidades anteriores, que fueron resueltas mediante procedimientos únicos y condicionados por el tiempo y otras circunstancias: también es realista reconocer que en Política, como en las demás dimensiones sociales de la existencia humana, el tiempo no regresa ni se repite.

A diferencia de otras escuelas científicas, el realismo en la Ciencia Política, presupone una teoría realista del sistema político directamente apegada a la realidad, y supone el reconocimiento de la existencia de los fenómenos políticos, como procesos complejos independientes del acto de conocerlos, de pensarlos o de estudiarlos, de donde se deriva que la relación cognoscitiva no modifica los procesos que ella estudia, y que aún cuando el investigador aborde la realidad política, desde el interior de sus dinámicas objetivas y simbólicas (de las que no puede sustraerse por su condición de ciudadano, ni siquiera en nombre de la ruptura epistemológica), ello no implica que dichos procesos agoten dicha relación.

Desde ésta perspectiva, el hecho de conocer los fenómenos y procesos políticos, no altera nada el objeto del conocimiento politológico, entendiendo que dichos procesos son relaciones, es decir, son conexiones espacio-temporales de las cosas y de los individuos que intervienen en los procesos políticos, de manera que la relación que se llama conocimiento, es una relación entre el investigador u observador (en éste caso, el Cientista Político) y los procesos y actores políticos entendidos como objetos de dicho conocimiento.

Desde el punto de vista de su trayectoria histórica, el paradigma realista de las ciencias, no es solamente una cierta forma de positivismo, en cuanto habla de hechos objetivos o positivos, o una actitud o norma para la acción, o una cierta posición adoptada en la teoría del conocimiento.  Se trata de una postura filosófica y epistemológica respecto de la ciencia y del conocimiento, que ha intentado abordar la materia empírica de la realidad, sobre la base de su comprensión interrelacional y causal, en tanto en cuanto “sistema complejo de fenómenos objetivos, empíricamente observables”.  De aquí resulta una especie de “circularidad del conocimiento” desde la óptica realista: no solamente el criterio central de la objetividad son los hechos mismos, sino que el conocimiento parte de la realidad tal cual es, se eleva a la teoría para comprenderla y vuelve finalmente a la realidad, para verificar la validez de la teoría.

La relación cognoscitiva (es decir, la que se establece entre el observador y los procesos políticos) según el punto de vista realista, no modifica a los entes, seres o procesos entre los cuales se establece, y por lo tanto, el hecho que los procesos políticos (en sus dimensiones material y simbólica) se aparezcan como en relación con el observador, no implica que su ser y su entidad se agote en dicha relación.

El realismo –como paradigma teórico- argumenta que la explicación de los hechos y los fenómenos, depende básicamente, de la identificación de los mecanismos objetivos y de los hechos reales tal como se manifiestan en la realidad empírica, la que proviene de la observación directa de los factores causales, de manera de poner en evidencia las leyes que explican y permiten interpretar las regularidades, alteraciones y cambios que se manifiestan en el flujo secuencial de hechos observables.  A su vez,  las regularidades empíricas han de ser explicadas mediante la demostración objetiva de que ellas son una manifestación observable de la vinculación entre ciertos mecanismos y estructuras sistémicas que se interpenetran.

Para el enfoque realista de la Ciencia Política, entonces, la objetividad de un juicio, una evaluación, apreciación o del conocimiento politológico consiste y depende de su más exacta correspondencia con la realidad de los procesos políticos.

De este modo, el espacio y el tiempo políticos se encuentran en una posición y en una trayectoria independiente, exterior, respecto de nuestra sensibilidad y de nuestras percepciones, lo que permite que el Cientista Político los aborde como realidades objetivas, es decir, como el modo de ser de los procesos políticos, en cuanto existen fuera e independientemente de la mente humana. 

De aquí se desprende que los hechos y los procesos políticos existen y suceden (o transcurren) como fenómenos sociales, como realidades empíricas que se manifiestan independientemente de nuestras opiniones, de nuestros deseos, de nuestras creencias y preferencias. (1)

Las principales premisas epistemológicas del realismo, son las siguientes:

primero, que los hechos, en su realidad fáctica, en su causalidad única e irrepetible, en su interpenetración espacio-temporal, constituyen el criterio fundamental del conocimiento de la realidad;

segundo, que en el proceso del conocimiento, la aprehensión de los hechos objetivos se confronta con las realidades intelectivas, con los procesos comunicacionales, con las dimensiones retóricas del quehacer humano, y en dicho proceso comparativo, son los hechos los que constituyen el criterio central de comprensión de dicha realidad;

tercero, que los hechos objetivos poseen la fuerza intelectiva de la evidencia, en tanto en cuanto permiten definir y precisar la realidad que constituyen, por encima de las percepciones subjetivas, de las intenciones y  los deseos que intentan explicarlos, aún entendiendo que los intereses (individuales, grupales y colectivos) constituyen el fundamento explicativo último de las acciones;

y cuarto, que la relación entre el objeto o realidad por conocer, el sujeto que conoce y la representación de dicha realidad, es una relación exterior, en el sentido de que se trata de tres entidades distintas y separadas, pero siempre entendiendo que, en el proceso de la construcción mental de la realidad, el criterio básico de la objetividad es la evidencia empírica  de los hechos.

El paradigma realista aplicado a las realidades sociales y políticas, considera básicamente a la Política y las Relaciones Internacionales como una realidad fáctica, objetiva, por lo que se basa en la premisa conceptual de que, en la conducta de los Estados y otros actores políticos que intervienen en la escena política e internacional, lo que prima, lo que interesa y lo que determina las evaluaciones, estimaciones, cálculos y apreciaciones, son los hechos políticos, diplomáticos y estratégicos.

De aquí se desprende que en Política y en la Política Internacional, lo esencial son los hechos, las conductas, las acciones, y no los discursos,  las declaraciones, o las intenciones anunciadas.

Tres son las dimensiones teórico-prácticas interrelacionadas, en las que el paradigma realista sintetiza su lectura de la Política y las Relaciones Internacionales: los intereses y el poder, el problema del conflicto, y la cuestión del equilibrio, cada una de las cuales se exponen a continuación, en la forma de enunciados generales.
Teoría del interés y del poder.
El interés, en general, y los intereses nacionales y el poder que los respalda, en particular, constituyen siempre el parámetro principal y más seguro, para entender la Política y las Relaciones Internacionales y para comprender el significado real las decisiones y conductas de los Estados, gobiernos y otros actores políticos.

El que tiene poder, lo usa.

El poder es una realidad jerarquizada y asimétrica, es decir,  desigualmente repartida.

El poder en la política y en la esfera internacional se encuentra repartido estructuralmente de un modo desigual, asimétrico, y por lo tanto, los Estados y los actores políticos se guían permanentemente por una voluntad y un propósito de conservar, preservar o aumentar su propia cuota de poder e influencia en la vida política y en la esfera internacional, en la que le corresponde actuar.

Los Estados y los gobiernos, en la promoción y defensa de sus intereses nacionales y de seguridad, tienden a aplicar una lógica pragmática de Razón de Estado, que les garantice su supervivencia y continuidad.

El Derecho Internacional y los acuerdos políticos y diplomáticos que se forman entre los actores políticos internacionales, solo tienen vigencia y permanencia efectiva en las relaciones internacionales, a condición que se encuentren debidamente respaldados, por una voluntad política explícita de los gobiernos y los Estados intervinientes, y por una adecuada estatura política, diplomática y estratégica que les asegure eficacia y durabilidad en el tiempo.

La Diplomacia y la Política Internacional entendidas como acciones sistemáticas de los Estados a través de los gobiernos, basan su eficacia última en la Estrategia y en el poder material que los sustenta.

El sistema y el orden internacional rehúyen permanentemente del vacío de poder, tanto en sus dimensiones políticas, como diplomáticas y territoriales.  Allí donde no hay un poder político y estratégico firme, estable y legítimo, otro poder buscará llenar el vacío.
Teoría del conflicto.
? El conflicto es una realidad dominante y omnipresente en la Política y en las Relaciones Internacionales.  Más que la paz y la estabilidad, que constituyen realidades transitorias, fluídas y hasta inestables, el conflicto presenta una mayor permanencia y persistencia, a la luz la trayectoria histórica y de la experiencia de las relaciones entre los actores políticos e internacionales.

? El conflicto es, básicamente, una confrontación de intereses divergentes, que será resuelta por la vía política, diplomática o estratégica, según los beneficios inmediatos y mediatos que cada actor político estimará obtener de dicha vía.

? En las relaciones entre los actores políticos y los Estados, el conflicto  es siempre una opción, un escenario posible, una hipótesis a considerar entre varias.  El conflicto así, es posible en proporción al estado de la coyuntura internacional y regional, del grado de conflictividad creado en torno a ciertos intereses cruciales, de la correlación y el balance de poder, de fuerzas y de vulnerabilidades relativas, de un cálculo político-estratégico y una evaluación objetiva y pragmática de los costos, beneficios y resultados a corto, mediano y largo plazo.

? La lógica de la disuasión preside la escena estratégica internacional y regional, en términos que dependen del equilibrio de fuerzas, de un balance de poder estable, y de la disposición visible de los actores para no intentar alterar estratégicamente el orden, la estabilidad y los equilibrios existentes.  Para que la lógica de la disuasión opere eficazmente, se supone la racionalidad de los actores implicados y de sus procesos de toma de decisión, y un conjunto de percepciones mutuas que conducen a la estabilidad.

? Las crisis deben ser consideradas como signos precursores del conflicto abierto, especialmente cuando ellas se repiten en torno a un mismo nudo problemático.

? Los diferendos considerados cruciales o vitales, por uno de los actores involucrados y no resueltos por la vía diplomática o de la negociación, siempre alimentan demandas, aspiraciones, tensiones y conflictos abiertos posteriores.

? El desbalance marcadamente pronunciado en la esfera estratégica internacional o regional, siempre tiende a generar tentativas de re-equilibrio, que suponen desestabilización del orden dominante.

? En términos polemológicos y de resultados políticos de la acción armada, la agresión y el abuso de la fuerza nunca resultan finalmente exitosos ni durablemente dominantes.
Teoría del equilibrio.
? La tendencia normal y espontánea en el comportamiento internacional de los Estados y Gobiernos en la época actual, y en el funcionamiento del sistema internacional y de los sub-sistemas regionales que lo componen, es la tendencia hacia la búsqueda y la preservación del equilibrio de poderes.

? El equilibrio de poder en la escena política e internacional es una situación históricamente transitoria, en la que cada uno de los actores acepta la correlación vigente de fuerzas y debilidades mutuas, a condición que no sea modificada sino mediante una decisión colectiva y consensual.

? El equilibrio de poder en las esferas internacional, regional y subregional, constituye uno de los fundamentos objetivos de la estabilidad y la paz.

? Las alianzas políticas, diplomáticas y estratégicas son básicamente coaliciones de intereses que convergen transitoriamente, en función de los beneficios mutuos y ventajas compartidas que reportan a sus integrantes, y que pueden reducirse o ampliarse según su eficacia.  Desde el punto de vista político, los acuerdos y tratados son convenciones más o menos estables, regidas por principios aceptados y reglas conocidas, cuya permanencia y vigencia depende de su adecuación con los intereses individuales de cada actor, y con los intereses comunes y compartidos que lo motivaron.

El conjunto de estos parámetros conceptuales, permitiría comprender la lógica realista en la esfera de la Política y en el ámbito estratégico de las Relaciones Internacional, como se examina a continuación.

¿De dónde proviene intelectualmente el realismo?

¿Cuáles son los orígenes y los fundamentos históricos de la escuela realista de pensamiento?

El realismo encuentra sus raíces intelectuales en numerosos pensadores que, desde la Antiguedad y a través de las distintas épocas históricas:  medieval y contemporánea o moderna, han ido estableciendo sucesivamente las principales herramientas conceptuales de ésta visión teórica.

Pertenece a la tradición realista subrayar la importancia crucial que tiene el estudio y observación de la Historia, como archivo acumulativo de la experiencia humana en el tiempo, como manifestación de la presencia y de la creación material y cultural de los seres humanos, instalados en distintos espacios geográficos. 

En la visión realista de la Política, la Historia sirve como herramienta de trabajo para comparar hechos, conductas, decisiones, errores y aciertos, sirve como pedagogía vivencial que permite deducir lecciones, aún dentro de las limitaciones que supone el carácter irrepetible de los hechos históricos.  Los hechos del pasado no vuelven a suceder, pero siempre es posible encontrar en ellos enseñanzas útiles.

Este ensayo se sustenta –entre otros conceptos- en la noción teórica de que a lo largo de la prolongada tradición intelectual de Occidente, se ha venido construyendo gradualmente una visión pragmática  realista de la Política y de las Relaciones Internacionales, y en cuyas premisas conceptuales, puede encontrarse una explicación objetiva de la evolución histórica  experimentada por dichas relaciones.

Si pudiera darse una definición del realismo político, podría afirmarse que se trata de una escuela de pensamiento que busca reflexionar en torno a la práctica política, a partir de los hechos objetivos que la constituyen, y en particular, del juego complejo y dinámico de fuerzas, intereses y  poderes.
 

politica y poder – la problemática de la modernidad

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el objeto de la ciencia política 

 

El objeto de la ciencia es la política -la politeia de los griegos, es decir, la comunidad politica- lo que significa que estudia las interacciones que se producen entre los individuos y otras unidades políticas en relación con el poder. A subrayar aquí el concepto de « producción de relaciones » en la medida en que los individuos, en cuanto sujetos a la vez individuales y sociales, producen constantemente sus relaciones políticas en el tiempo y en el espacio, y en un proceso a la vez material y simbólico.

El objeto « política » es entonces, una forma de relación social que se articula en relación y para el poder.

Ahora bien, la problemática política debemos estudiarla en cuanto se manifiesta en la realidad social e histórica mediante estructuras, sistemas, instituciones, normas, costumbres, creencias y valores que le son propios y característicos y cuya especificidad reside precisamente en que se producen en relación con el poder y las modalidades como éste se ejerce.

En realidad, la « política » es una construcción intelectual, es un constructo conceptual y teórico que, para ser conocido y re-conocido, necesita manifestarse, expresarse, cristalizar más o menos concretamente, en formas de relación social y política cuya materialidad nos permita identificarlos y someterlos a análisis y crítica.   Si no existieran las estructuras, normas e instituciones en las que se « realiza » la vida política de una sociedad determinada, no tendríamos forma de conocer de su existencia.

Ahora bien, desde sus orígenes la política ha surgido como un concepto y como un objeto de estudio caracterizado por su polisemia.  La idea de Política ha estado históricamente revestida de diversos significados. 

La noción de política se origina en las palabras griegas « polis », « politeia », « politike », « politica ».

La « polis » en su acepción original, nos remite a una realidad política específicamente griega: la « polis » era una ciudad-Estado, es decir, un cierto tipo de ordenamiento político circunscrito al territorio de la ciudad y sus alrededores inmediatos y dentro del cual se ejercía un conjunto de poderes independientes de las demás ciudades.  Pero además del « recinto urbano », la polis era la reunión de individuos que constituían la ciudad, es decir los ciudadanos.   La polis surgió y era una expresión de la multiplicidad de unidades políticas que caracterizaba a la Hélade en la antiguedad.

A su vez, « politeia », tiene signficados mucho más precisos y más ricos para los fines de la Ciencia Política.  Se refiere al Estado, a la constitución de un Estado, al régimen político que gobierna una sociedad, y estos son objetos privilegiados del estudio politológico, en la medida en que hace referencia a ciertos modos de organización del poder dentro de una sociedad y en algún momento de su devenir histórico.

La palabra « politica » o mas bien « ta politica » (castellanizando el griego), es el plural neutro de « politikos », y significa las cosas políticas, los asuntos cívicos, las cuestiones que se tratan en la esfera política de la sociedad.

Y por último « e politike », se refiere al arte de la política, al arte de gobernar, de dirigir la sociedad y el Estado, y desde este punto de vista, hace alusión a la « techné », es decir, a los medios y recursos técnicos de que nos valemos para buscar, adquirir y ejercer el poder.

No deja de ser interesante observar además, que en la Grecia antigua, existía ya una tendencia a comprender los procesos políticos desde un ángulo realista, ya que se hablaba de la « politika pragmateia » para referirse a la búsqueda del conocimiento acerca de la vida en común de los individuos en la estructura esencial de la vida social, es decir, en la constitución política de la sociedad.  La « politica pragmateia » era entonces un concepto propio de los griegos antiguos, para referirse a la realidad del orden político en cuanto objeto de estudio, observación y conocimiento.

En la Grecia clásica surgen así, los primeros rasgos de una interpretación realista de la Política y de la Ciencia Política.

Por otra parte, la historicidad de la política en cuanto objeto de estudio científico, reside en la naturaleza evolutiva e inscrita en el tiempo que adquieren los fenómenos políticos.  No hay fixidad en política, no hay fenómenos estáticos o inalterables, sino por el contrario, continuamente se manifiestan continuidades, saltos y rupturas, hay evoluciones e involuciones, hay avances y retrocesos, de manera tal que el analista y el investigador deben dar cuenta de la « elasticidad temporal » de los hechos políticos, ya que el « tempo político » no sucede al mismo ritmo que los demás sucesos sociales, y de la « plasticidad » de los procesos y coyunturas (dimensión que permite diferentes explicaciones y puntos de vista para analizar una misma realidad).

Otro aspecto de la historicidad de la política, reside en el uso intensivo que los politólogos debemos hacer de los datos históricos, como material empírico de segunda mano que  permite aprehender las causalidades, tendencias y trayectorias de los fenómenos pasados en su conexión con los procesos actuales o presentes. La Historia sirve a la Ciencia Política en cuanto ilustra al analista de hoy, respecto de aquellos procesos similares que han tenido lugar en el pasado, de manera que al comparar los sucesos (la confrontación del pasado con el presente) se tengan a la vista las similitudes y diferencias a que dan lugar los contextos, actores y escenarios de uno y otro.
ciencia política e interdisciplinariedad

El encuentro de la Ciencia Política con las demás disciplinas de las Ciencias Sociales, a lo largo de los dos recientes siglos, ha dado lugar a un diálogo enriquecedor y a una confrontación de conceptos y de metodologías, que debieran conducirnos a completar y a hacer más integral la visión de nuestra disciplina frente a los hechos y procesos políticos.

Debemos reconocer que tres han sido las ciencias desde las cuales han surgido los fundamentos originarios de la Ciencia Política: la Filosofía, la Historia y el Derecho.

Veamos en primer lugar el encuentro de la Ciencia Política con la Historia.

La Ciencia Política moderna reconoce en la Filosofía una de sus fuentes nutricias.

Estudiemos además, los puntos de encuentro de la Ciencia Política con el Derecho.

La Ciencia Política y la Psicología, han dado lugar a la llamada Psicología Política.

La Ciencia Política y las ciencias de la Administración tienen  también diversos puntos de encuentro.

Buscamos entonces la interdisciplinariedad, centrando en la Ciencia Política la estructura conceptual que permite avanzar en una comprensión más amplia y diversa de los fenómenos políticos, a la luz de su evolución contemporánea.
la construcción política de la realidad

 

La sociedad contemporánea actualmente vive un profundo proceso de cambios.  Se trata no solamente de una época de cambios, sino que más profundamente, estamos asistiendo a un cambio de época.

El cambio fundamental que caracteriza a la sociedad contemporánea es el de una profunda y prolongada transición desde una sociedad basada en el trabajo físico,  el consumo de la energía no-renovable y una cultura  tradicional, a una  sociedad basada en el conocimiento, la información y la cultura moderna y post-moderna.

Una de las dimensiones que más cambios está experimentando como efecto de esta transformación profunda de la sociedad, es la del campo de la Política y del poder.

Allí donde los individuos, los grupos, los movimientos, la sociedad civil, los partidos y las instituciones del Estado convergen, para resolver sus demandas, para concertar las normas que regirán el sistema de gobierno, allí los cambios que provienen de la esfera económica y cultural, están ocasionando disfunciones susceptibles de alterar todo el orden político.

En síntesis, existe un orden político inherente a toda sociedad humana históricamente determinada, y se forma en torno a él una dimensión cada vez más compleja de organizaciones e instituciones, de fuerzas y de procesos dinámicos, de interacciones y fuerzas.  Existe una construcción política de la realidad, así como existe una construcción social, cultural o económica de la vida humana.

¿Porqué se afirma que existe “la construcción política de la realidad”?

Porque  en la sociedad humana existe toda una amplia dimensión material y simbólica especialmente referida a lo político, en la que se resuelven las cuestiones relativas al gobierno de dicha sociedad.

Una de las hipótesis de base que sustentan a este ensayo, es la afirmación de que existe una manera política de ver la realidad, de comprenderla y de insertarse en ella, del mismo modo como la Política y quienes la realizan construyen realidades (materiales e inmateriales o simbólicas) que contribuyen a enriquecer el quehacer social y el desarrollo de la sociedad. 

Así como las personas aprehenden la vida social y cotidiana como una realidad ordenada, del mismo modo, el actor individual (persona, sujeto, ciudadano) percibe la realidad social como algo independiente de su propio conocimiento, de modo que cada individuo se forma una idea de la Política y lo político, como una realidad exterior a cada uno.

Lo político se nos presenta entonces, como facticidad objetiva y como significado subjetivo.

Esta dimensión política de la sociedad, sin embargo, está en crisis.  Como se examina a continuación, podemos hablar de una  crisis de la Ciencia Política tradicional como lectura de los fenómenos políticos, y además, una crisis de la actividad política misma.
la crisis de las lecturas tradicionales de la Ciencia Política
El  paradigma tradicional de la Política, y de la Ciencia que la estudia, está en crisis.

No basta con declarar la crisis de la Política, sino que es necesario reconocer que los modelos explicativos que la Politología se ha dado para encontrar y descifrar las causas de la crisis del fenómeno político en la sociedad moderna, sino que el propio esfuerzo de interpretación científica de dichos fenómenos de cambio, aparece hoy insuficiente frente a la emergencia de nuevos fenómenos.

Ya sea que se sitúe en la óptica estructuralista, de la dependencia, del cambio revolucionario o del desarrollismo, la Ciencia Política enfocaba hasta hoy la problemática social y política, a partir de una lectura fuertemente dual o polarizada de los sistemas de poder y dominación.

La Ciencia Política moderna ha oscilado sucesivamente, entre la escuela contextualista (que veía la política como subordinada a fuerzas exógenas), como el enfoque reduccionista (que veía la política y sus instituciones como determinando el quehacer individual), o la visión utilitaria (que reducía la política a una acción gobernada por decisiones calculadas), o el enfoque instrumental (que otorgaba prioridad a los resultados de la acción), o la escuela funcionalista  (que aseguraba la eficiencia de la historia).

En cualquiera de estos enfoques, la Ciencia Política moderna ha intentado entender el fenómeno político como una realidad totalizadora al interior de la sociedad y la cultura, desde la esfera de la teorización y de las elaboraciones ideológicas, hasta las dimensiones prácticas y operacionales del ejercicio del poder.  Hoy es necesario reconocer que uno de los impactos más profundos de la modernidad y de la postmodernidad sobre la Política y sobre los paradigmas que la explica, es la de una realidad fragmentada y desestructurada.

Así, la sociedad y los sistemas políticos en particular, han sido percibidos tradicionalmente por las Ciencias Sociales en general y la Ciencia Política en particular, como campos o arenas de confrontación entre clases, entre poderes dicotómicos y contrapuestos, como si ciertas leyes científicas determinaran ineluctablemente el choque y el conflicto.

En la lectura tradicional y totalizante anterior, la Ciencia Política además tendía a entender el cambio social y los procesos políticos de cambio, como coyunturas lineales, fluídas y de ruptura, cuyo contenido esencial era el paso irreversible y pre-concebido desde una formación social a otra.

Se trataba entonces, de una forma de determinismo empírico e histórico, según el cual o las leyes del mercado, o ciertas clases sociales serían portadores de una vocación y una voluntad de cambio, fuertemente condicionada por la trayectoria estructural y la tendencia profunda de los acontecimientos históricos.

Está además, el problema del discurso político, o sea de la retórica y el de su doble relación: con la Ciencia Política por un lado, y con la realidad por el otro, tema que se somete aquí a un análisis comunicacional también realista y crítico.
modernidad, política y realismo:
la política frente al paradigma de la modernidad

En una perspectiva macro-social, la problemática de la modernidad en tanto paradigma y en tanto modo de organización de la sociedad y la cultura, se encuentra en el centro del debate intelectual que hoy tiene lugar.  Mientras hay quienes hablan de una crisis de la Política moderna, otros enfatizan un  cuestionamiento al propio paradigma moderno de la Política, lo que no deja de traer consecuencias para la propia Ciencia Política.  Es a este último aspecto, al que se referirá este análisis.

Como se sabe, el paradigma de la modernidad (sea ésta ilustrada o  instrumental), contiene una visión de la Política entendida como una función reservada y especializada en manos de una elite profesional, y que propone la racionalidad burocrática y territorial para la organización del Estado, se sustenta en la soberanía de la nación y en la primacía de la Ley y el Derecho, y postula el desarrollo de la conciencia libre y activa de cada ciudadano, de manera de producir una condición ciudadana involucrada y comprometida con la vida política.

Con la modernidad, el Estado (en cualquiera de sus formas, modelos y regímenes) tiende gradualmente a sustituirse y a sustituir a la Nación, en nombre de la eficiencia burocrática y centralizada, y de un poder político piramidal que distribuye –o intenta distribuir- beneficios y sanciones.

Esta misma tendencia, conduce a hacer de la actividad política y partidaria un negocio cada vez más mediatizado, una arena institucionalizada de confrontaciones virtuales y de acuerdos reales, un juego comunicacional de imágenes superpuestas y de retóricas “light”, que se alejan de la vida real y de las preocupaciones cotidianas de los ciudadanos.

Bajo el paradigma de la modernidad, y dentro de la estructura socio-política de la Nación-Estado, que es uno de sus rasgos característicos, lo que sucede en realidad es que la lógica de la Nación (que es horizontal, participativa, abierta y dinámica) tiende a oponerse a la lógica del Estado (que es vertical, burocrático, poco permeable y lento).  Y las lógicas divergentes aquí, se acompañan a la configuración de intereses colectivos e individuales, que se contraponen en su búsqueda de la hegemonía.

La crítica realista al paradigma político de la modernidad, tiende a subrayar los aspectos paradójicos y contradictorios de una construcción política que termina por erigirse por encima de los sujetos a los que pretende representar.  El surgimiento y expansión contínua de un aparato estatal moderno y burocratizado, no es una constatación que pueden arrogarse los ideólogos conservadores o liberales, sino que es un fenómeno histórico objetivo, resultante precisamente de la propia formación del Estado-Nación, de la incorporación de criterios de eficiencia, racionalidad y rentabilidad en la gestión pública.

La racionalidad moderna en la Política, tiende a producir una separación, una alienación del ser humano-ciudadano respecto del poder y del Estado, en la medida en que éste se arroga la totalidad de la función política, y en la que ésta se profesionaliza en manos de una elite especializada y tecnocrática. 

El ciudadano común no solamente se desapega de la función pública, porque su opinión no informada importa sólo en cuanto “demandas y aspiraciones”, sino que es invitado cada cierto tiempo a dar su opinión política, dejando el resto del tiempo a la política y al poder político, en manos de los funcionarios, los gobernantes y los expertos.

Con la modernidad, la Política se desgaja en dos tiempos y en dos esferas: por un lado, el tiempo de “hacer política” en que los ciudadanos –sometidos al imperio de las comunicaciones y las estrategias políticas- eligen a sus representantes, para regresar después al “tiempo cotidiano” de sus actividades habituales; y por el otro, la esfera de la política como acción, se separa entre la “clase política” que –con sus propios lenguajes, códigos, retóricas y ceremoniales- gobierna desde el Estado, y la “sociedad civil” que –sumergida en el trabajo y la producción- parece permanecer fuera del Estado.

Desde el punto de vista de la credibilidad pública, es necesario reconocer que en la Política moderna, el ciudadano comienza creyendo y termina no creyendo.

De este modo, la crisis intelectual de la modernidad política se pone de manifiesto, cuando la apatía ciudadana se extiende en los sistemas políticos, cuando los ciudadanos se des-solidarizan de la cosa pública y de la organización social, cuando los lazos de cohesión comunitaria son reemplazados por la mercantilización clientelística de las relaciones políticas, cuando se abre la brecha social y cultural entre la ciudadanía atomizada y la clase política y gobernante, cuando el discurso político se separa de la realidad y deviene ininteligible para los ciudadanos: podría afirmarse que la modernidad aliena a la Política de los ciudadanos. (2)

La razón política moderna parece  enfrentarse así a su propio discurso, a su propia retórica: la participación colectiva que propugna, no puede llegar hasta sus últimas consecuencias institucionales; el individuo no puede realizarse ni como ciudadano solo, ni como uno más en la multitud; el poder político tiende siempre a absorver, a complejizarse y a dominar; el ciudadano –en primera y última instancia-  parece tener que enfrentarse solo ante el Estado y el poder, si no quiere ser anulado por las maquinarias políticas; el cambio termina siendo conservador y la conservación siempre desencadena los cambios; la racionalidad política se hunde ante el azar y las pasiones; en nombre de la diosa Libertad, del dios Estado, del dios partido o del dios Pueblo, se instalan las dictaduras más opresivas, se cometen las peores atrocidades y se perpetran los peores crímenes e impunidades.

De este modo, la crisis de los paradigmas de la Ciencia  Política, hace referencia, sin agotarse en ella, a la crisis misma de  la política.

Un aspecto relevante de la crisis en cuestión, es el debilitamiento del universo ideológico-linguístico de la política –en cuanto lectura de la realidad y práctica social- ahora invadido por los lenguajes y códigos de la Estrategia, de las ciencias de la Comunicación, de la Psicología, de la Administración, de la Cibernética…

A medida que asistimos a una hora en la que los “grandes relatos” parecen desacreditados, la forma epopéyica y épica de la política y de la Ciencia que la estudia, crea una barrera epistemológica casi insalvable para referirse a la contemporaneidad e incluso a la cotidianeidad.  Una contemporaneidad que, por lo demás, abjura de las tradiciones, que duda de sí misma, que se burla de la política y sus rituales ceremoniales, de sus valores y estructuras estereotipadas; y una cotidianeidad que se escapa entre los dedos de una Política referida y centrada en instituciones, normas, problemáticas complejas, juegos de poder e imágenes virtuales.

Así también, mientras el discurso político se semantiza, y se convierte en complejos dispositivos semiológicos cargados de ambiguedad y de significados equívocos, la Ciencia Política se enfrenta a la dificultad mayor de tener que operar con conceptos cargados de ideología.
la crisis moderna del fenómeno político
La Política, como práctica social y como universo simbólico, ha entrado en crisis, como una de las consecuencias de los múltiples impactos provenientes de la modernización.

La percepción ciudadana respecto de la Política está cada vez más degradada y deslegitimada, y este es un fenómeno que trasciende las fronteras nacionales para abarcar el conjunto de la sociedad y los sistemas políticos contemporáneos.  Por lo tanto, la afirmación de que la Política, los partidos y la clase política han entrado en una prolongada crisis de legitimidad y credibilidad en la sociedad actual, no es básicamente un “argumento ideológico sesgado” –aunque pueda serlo en boca de ciertos políticos detractores de sus demás adversarios- sino que es un tópico respaldado por un cúmulo creciente de indicadores, entre los cuales las encuestas de opinión pública no son más que un factor.

La política tradicional se ha hecho no creíble, ha perdido la centralidad de su atractivo anterior   La crisis de la Política es, a la vez, una crisis de la acción política, como una crisis de la percepción pública acerca de ella, es decir, de la cultura política.

El creciente predominio del discurso y las prácticas individualistas, y la búsqueda del éxito y la realización personal, y la notoria des-solidarización de los ciudadanos respecto de la sociedad en general y del sistema político en particular, son manifestaciones exteriores de una tendencia profunda que tiene lugar en la época contemporánea: la tendencia hacia la modernidad.

La modernidad –como tendencia estructural e ideológico-cultural dominante- se introduce en el sistema político, generando un efecto disolvente y desarticulador, de manera que las fuerzas, partidos y actores políticos tradicionales se ven enfrentados a la creciente tensión ocasionada por nuevos problemas y nuevas aspiraciones y demandas provenientes de una sociedad civil cada vez más culturalmente diversa y socialmente diversa.

Probablemente, uno de los rasgos más significativos que denotan la crisis de los paradigmas políticos, y la propia crisis de la Política (como práctica social), reside en la pérdida de su anterior  centralidad en los procesos sociales.

En efecto, la Política aún cuando continúa siendo uno de los procesos sociales y culturales relevantes que tienen lugar en una sociedad histórica.  Sin embargo, como efecto e impacto de la modernidad, ella ha perdido su centralidad siendo aparentemente sustituída por otros liderazgos, otros intereses ciudadanos, otras formas organizativas y comunicacionales, y se ha convertido gradualmente, en objeto de crecientes críticas  generando una percepción social negativa en torno suyo.

Probablemente lo más serio es que la Política, y por ende, la clase política, parecen  dejar de ser el mecanismo único, seguro y válido de resolución de los problemas y las demandas de la ciudadanía, siendo parcialmente reemplazada por la Economía y la Administración.

Esta transposición da como resultado que la Política pierde su atractivo mediático ante las multitudes, así como su capacidad de convocatoria social: los ídolos y líderes que atraen a los grandes colectivos modernos –cuando ellos existen realmente- ya no son los dirigentes políticos, y los símbolos políticos e ideológicos dejan de tener un poder de evocación y de representación simbólica significativa.

La Política –como forma de pensar la sociedad- parece desvanecerse en el universo mediático, sustituída o relativizada por otros universos simbólicos y valóricos.

Tampoco resultaría científico atribuir éste fenómeno a la exclusiva responsabilidad de “los políticos”, por más que sobre ellos cae una nebulosa de descrédito moral.

La crisis de la Política, es en realidad, la crisis de la política tradicional, y ella traduce en el plano de las instituciones y de los procesos políticos la crisis general que acompaña a la transición desde una sociedad anteriormente basada en valores y formas tradicionales de hacer política, hacia una sociedad en la que predominarían códigos, valores, modelos y formas organizativas modernas.
Aquel paradigma tradicional que hacía de la Política una actividad a la vez, elitista y masiva, basada en el contacto directo y paternalista entre el político y la ciudadanía, en grandes movilizaciones masivas evocadoras de la unidad de la nación, la clase o el partido, que generaba relaciones de dependencia y cooptación entre la clase política –otorgadora de bienes, servicios, favores y privilegios- y la ciudadanía –demandante y receptora de los beneficios que descendían desde las esferas políticas y del poder- en términos de clientelismo y caciquismo, ese paradigma está siendo gradualmente barrido o superado por una Política moderna o con rasgos modernos basada principalmente en los efectos mediáticos y de imagen, en la capacidad individual del político para alcanzar cobertura y presencia comunicacional, en la profesionalización de la actividad política y dirigente, en la ingeniería de escenarios políticos virtuales, potenciados por la aceleración del tiempo, por el manejo de la comunicación y sus contenidos, y por la circulación instantánea de la información, de manera que ésta última deviene el poder.

Lejos debe estar hoy el Cientista Político de anunciar el fin de la Política como arte y como ciencia.  La Política no desaparecerá porque forma parte de la realidad social.   Una de las hipótesis centrales en que se sustenta este estudio, afirma que existe una manera política de  ver y aprehender la realidad, y que dicha manera política se traduce en formas de pensar y de actuar, que constituyen la distinción o el rasgo característico del quehacer político en la sociedad moderna.
 

crisis de la modernidad y crisis de la política

Classé sous ciencia política,epistemologías — paradygmes @ 0:02

En una perspectiva macro-social, la problemática de la modernidad en tanto paradigma y en tanto modo de organización de la sociedad y la cultura, se encuentra en el centro del debate intelectual que hoy tiene lugar. Mientras hay quienes hablan de una crisis de la Política moderna, otros enfatizan un cuestionamiento al propio paradigma moderno de la Política, lo que no deja de traer consecuencias para la propia Ciencia Política. Es a este último aspecto, al que se referirá este análisis.

Como se sabe, el paradigma de la modernidad (sea ésta ilustrada o instrumental), contiene una visión de la Política entendida como una función reservada y especializada en manos de una elite profesional, y que propone la racionalidad burocrática y territorial para la organización del Estado, se sustenta en la soberanía de la nación y en la primacía de la Ley y el Derecho, y postula el desarrollo de la conciencia libre y activa de cada ciudadano, de manera de producir una condición ciudadana involucrada y comprometida con la vida política.

Con la modernidad, el Estado (en cualquiera de sus formas, modelos y regímenes) tiende gradualmente a sustituirse y a sustituir a la Nación, en nombre de la eficiencia burocrática y centralizada, y de un poder político piramidal que distribuye –o intenta distribuir- beneficios y sanciones.

Esta misma tendencia, conduce a hacer de la actividad política y partidaria un negocio cada vez más mediatizado, una arena institucionalizada de confrontaciones virtuales y de acuerdos reales, un juego comunicacional de imágenes superpuestas y de retóricas « light », que se alejan de la vida real y de las preocupaciones cotidianas de los ciudadanos.

Bajo el paradigma de la modernidad, y dentro de la estructura socio-política de la Nación-Estado, que es uno de sus rasgos característicos, lo que sucede en realidad es que la lógica de la Nación (que es horizontal, participativa, abierta y dinámica) tiende a oponerse a la lógica del Estado (que es vertical, burocrático, poco permeable y lento). Y las lógicas divergentes aquí, se acompañan a la configuración de intereses colectivos e individuales, que se contraponen en su búsqueda de la hegemonía.

La crítica realista al paradigma político de la modernidad, tiende a subrayar los aspectos paradójicos y contradictorios de una construcción política que termina por erigirse por encima de los sujetos a los que pretende representar. El surgimiento y expansión contínua de un aparato estatal moderno y burocratizado, no es una constatación que pueden arrogarse los ideólogos conservadores o liberales, sino que es un fenómeno histórico objetivo, resultante precisamente de la propia formación del Estado-Nación, de la incorporación de criterios de eficiencia, racionalidad y rentabilidad en la gestión pública.

La racionalidad moderna en la Política, tiende a producir una separación, una alienación del ser humano-ciudadano respecto del poder y del Estado, en la medida en que éste se arroga la totalidad de la función política, y en la que ésta se profesionaliza en manos de una elite especializada y tecnocrática.

El ciudadano común no solamente se desapega de la función pública, porque su opinión no informada importa sólo en cuanto « demandas y aspiraciones », sino que es invitado cada cierto tiempo a dar su opinión política, dejando el resto del tiempo a la política y al poder político, en manos de los funcionarios, los gobernantes y los expertos.

Con la modernidad, la Política se desgaja en dos tiempos y en dos esferas: por un lado, el tiempo de « hacer política » en que los ciudadanos –sometidos al imperio de las comunicaciones y las estrategias políticas- eligen a sus representantes, para regresar después al « tiempo cotidiano » de sus actividades habituales; y por el otro, la esfera de la política como acción, se separa entre la « clase política » que –con sus propios lenguajes, códigos, retóricas y ceremoniales- gobierna desde el Estado, y la « sociedad civil » que –sumergida en el trabajo y la producción- parece permanecer fuera del Estado.

Desde el punto de vista de la credibilidad pública, es necesario reconocer que en la Política moderna, el ciudadano comienza creyendo y termina no creyendo.

De este modo, la crisis intelectual de la modernidad política se pone de manifiesto, cuando la apatía ciudadana se extiende en los sistemas políticos, cuando los ciudadanos se des-solidarizan de la cosa pública y de la organización social, cuando los lazos de cohesión comunitaria son reemplazados por la mercantilización clientelística de las relaciones políticas, cuando se abre la brecha social y cultural entre la ciudadanía atomizada y la clase política y gobernante, cuando el discurso político se separa de la realidad y deviene ininteligible para los ciudadanos: podría afirmarse que la modernidad aliena a la Política de los ciudadanos. (2)

La razón política moderna parece enfrentarse así a su propio discurso, a su propia retórica: la participación colectiva que propugna, no puede llegar hasta sus últimas consecuencias institucionales; el individuo no puede realizarse ni como ciudadano solo, ni como uno más en la multitud; el poder político tiende siempre a absorver, a complejizarse y a dominar; el ciudadano –en primera y última instancia- parece tener que enfrentarse solo ante el Estado y el poder, si no quiere ser anulado por las maquinarias políticas; el cambio termina siendo conservador y la conservación siempre desencadena los cambios; la racionalidad política se hunde ante el azar y las pasiones; en nombre de la diosa Libertad, del dios Estado, del dios partido o del dios Pueblo, se instalan las dictaduras más opresivas, se cometen las peores atrocidades y se perpetran los peores crímenes e impunidades.

De este modo, la crisis de los paradigmas de la Ciencia Política, hace referencia, sin agotarse en ella, a la crisis misma de la política.

Un aspecto relevante de la crisis en cuestión, es el debilitamiento del universo ideológico-linguístico de la política –en cuanto lectura de la realidad y práctica social- ahora invadido por los lenguajes y códigos de la Estrategia, de las ciencias de la Comunicación, de la Psicología, de la Administración, de la Cibernética…

A medida que asistimos a una hora en la que los « grandes relatos » parecen desacreditados, la forma epopéyica y épica de la política y de la Ciencia que la estudia, crea una barrera epistemológica casi insalvable para referirse a la contemporaneidad e incluso a la cotidianeidad. Una contemporaneidad que, por lo demás, abjura de las tradiciones, que duda de sí misma, que se burla de la política y sus rituales ceremoniales, de sus valores y estructuras estereotipadas; y una cotidianeidad que se escapa entre los dedos de una Política referida y centrada en instituciones, normas, problemáticas complejas, juegos de poder e imágenes virtuales.

Así también, mientras el discurso político se semantiza, y se convierte en complejos dispositivos semiológicos cargados de ambiguedad y de significados equívocos, la Ciencia Política se enfrenta a la dificultad mayor de tener que operar con conceptos cargados de ideología.

La Política, como práctica social y como universo simbólico, ha entrado en crisis, como una de las consecuencias de los múltiples impactos provenientes de la modernización.

La percepción ciudadana respecto de la Política está cada vez más degradada y deslegitimada, y este es un fenómeno que trasciende las fronteras nacionales para abarcar el conjunto de la sociedad y los sistemas políticos contemporáneos.

Por lo tanto, la afirmación de que la Política, los partidos y la clase política han entrado en una prolongada crisis de legitimidad y credibilidad en la sociedad actual, no es básicamente un « argumento ideológico sesgado » –aunque pueda serlo en boca de ciertos políticos detractores de sus demás adversarios- sino que es un tópico respaldado por un cúmulo creciente de indicadores, entre los cuales las encuestas de opinión pública no son más que un factor.

La política tradicional se ha hecho no creíble, ha perdido la centralidad de su atractivo anterior.

La crisis de la Política es, a la vez, una crisis de la acción política, como una crisis de la percepción pública acerca de ella, es decir, de la cultura política.

El creciente predominio del discurso y las prácticas individualistas, y la búsqueda del éxito y la realización personal, y la notoria des-solidarización de los ciudadanos respecto de la sociedad en general y del sistema político en particular, son manifestaciones exteriores de una tendencia profunda que tiene lugar en la época contemporánea: la tendencia hacia la modernidad.

La modernidad –como tendencia estructural e ideológico-cultural dominante- se introduce en el sistema político, generando un efecto disolvente y desarticulador, de manera que las fuerzas, partidos y actores políticos tradicionales se ven enfrentados a la creciente tensión ocasionada por nuevos problemas y nuevas aspiraciones y demandas provenientes de una sociedad civil cada vez más culturalmente diversa y socialmente diversa.

Probablemente, uno de los rasgos más significativos que denotan la crisis de los paradigmas políticos, y la propia crisis de la Política (como práctica social), reside en la pérdida de su anterior centralidad en los procesos sociales.

En efecto, la Política aún cuando continúa siendo uno de los procesos sociales y culturales relevantes que tienen lugar en una sociedad histórica.

Sin embargo, como efecto e impacto de la modernidad, ella ha perdido su centralidad siendo aparentemente sustituida por otros liderazgos, otros intereses ciudadanos, otras formas organizativas y comunicacionales, y se ha convertido gradualmente, en objeto de crecientes críticas generando una percepción social negativa en torno suyo.

Probablemente lo más serio es que la Política, y por ende, la clase política, parecen dejar de ser el mecanismo único, seguro y válido de resolución de los problemas y las demandas de la ciudadanía, siendo parcialmente reemplazada por la Economía y la Administración.

Esta transposición da como resultado que la Política pierde su atractivo mediático ante las multitudes, así como su capacidad de convocatoria social: los ídolos y líderes que atraen a los grandes colectivos modernos –cuando ellos existen realmente- ya no son los dirigentes políticos, y los símbolos políticos e ideológicos dejan de tener un poder de evocación y de representación simbólica significativa.

La Política –como forma de pensar la sociedad- parece desvanecerse en el universo mediático, sustituída o relativizada por otros universos simbólicos y valóricos.

Tampoco resultaría científico atribuir éste fenómeno a la exclusiva responsabilidad de « los políticos », por más que sobre ellos cae una nebulosa de descrédito moral.

La crisis de la Política, es en realidad, la crisis de la política tradicional, y ella traduce en el plano de las instituciones y de los procesos políticos la crisis general que acompaña a la transición desde una sociedad anteriormente basada en valores y formas tradicionales de hacer política, hacia una sociedad en la que predominarían códigos, valores, modelos y formas organizativas modernas.

Aquel paradigma tradicional que hacía de la Política una actividad a la vez, elitista y masiva, basada en el contacto directo y paternalista entre el político y la ciudadanía, en grandes movilizaciones masivas evocadoras de la unidad de la Nación, la clase o el partido, que generaba relaciones de dependencia y cooptación entre la clase política –otorgadora de bienes, servicios, favores y privilegios- y la ciudadanía –demandante y receptora de los beneficios que descendían desde las esferas políticas y del poder- en términos de clientelismo y caciquismo, ese paradigma está siendo gradualmente barrido o superado por una Política moderna o con rasgos modernos basada principalmente en los efectos mediáticos y de imagen, en la capacidad individual del político para alcanzar cobertura y presencia comunicacional, en la profesionalización de la actividad política y dirigente, en la ingeniería de escenarios políticos virtuales, potenciados por la aceleración del tiempo, por el manejo de la comunicación y sus contenidos, y por la circulación instantánea de la información, de manera que ésta última deviene el poder.

Lejos debe estar hoy el Cientista Político de anunciar el fin de la Política como arte y como ciencia. La Política no desaparecerá porque forma parte indisoluble de la realidad social. Una de las hipótesis centrales en que se sustenta esta reflexión, afirma que existe una manera política de ver y aprehender la realidad, y que dicha manera política se traduce en formas de pensar y de actuar, que constituyen la distinción o el rasgo característico del quehacer político en la sociedad y la tarea esencial de búsqueda e interrogación del Cientista Político.

 

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