paradigmas

25 juillet, 2006

los nuevos liderazgos políticos

Classé sous ciencia política — paradygmes @ 20:08

prólogo

El Chile actual es una « producción del Chile dictatorial » sentencia T. Moulián en su libro « Chile actual: anatomía de un mito »  pero habría que agregar que, habida cuenta del tiempo de transición democrática transcurrido y de la persistencia del sistema económico y las políticas públicas neo-liberales que lo implementan, se trata ahora de una versión « remasterizada, aumentada y edulcorada » de aquel sistema capitalista neo-liberal desprovisto de controles que instaló “a sangre y fuego” el régimen dictatorial, poniendo en marcha un sistema económico-político que, parafraseando la clásica metáfora marxiana, comenzó siendo una tragedia, y ahora en su segunda parte, parece haber devenido una costosa farsa. 

Y decimos « sistema » o estructura sistémica neo-capitalista, para rechazar de antemano el uso masivo que se ha querido dar a la noción de « modelo »,  rasgo que dicha estructura no tiene. 

En este contexto, el proceso de mutaciones que experimentó el escenario político resulta una consecuencia del conjunto de transformaciones modernizadoras puestas en marcha en los últimos treinta años del siglo XX.  El marco de referencia estructural de estas reformas “liberalizadoras”, es la tendencia profunda que caracteriza a la evolución histórica de la sociedad chilena desde mediados del siglo XX, tendencia que se manifiesta en la forma de una transición gradual y prolongada desde una cultura  tradicional –que sería la predominante en Chile desde la colonia y el siglo XIX hasta mediados del siglo XX- hacia una cultura y una sociedad con rasgos modernos.

Manuel Luis Rodríguez U.  Cientista Político.

Punta Arenas – Magallanes, primavera de 2005.

implosión de las grandes utopías
 y advenimiento de las ideologías light

Un segundo dato duro a retener durante este paso del siglo XX al XXI, es la implosión política, social y cultural de las grandes utopías ideológicas, de los « grandes relatos » que habían otorgado coherencia y sentido a la política de los siglos XIX y XX.  Uno de los efectos profundos de esta implosión de las « ideologías duras » parece  ser la correlativa dilución de los liderazgos basados en tales meta-relatos, de manera tal que las pertenencias ideológicas o político-ideológicas comienzan lentamente a dejar de ser el criterio fundamental y decisivo de selección de los líderes ciudadanos.  ( )

A la crisis de las utopías totalizadoras, se acompaña la crisis de la noción de « ciudadanía », característica de los procesos post-modernos que tienen lugar en la sociedad contemporánea. 

La ciudadanía había sido concebida históricamente como la condición política del individuo al interior del Estado moderno, en cuanto persona libre dotada de ciertos derechos y deberes.   La libertad del ciudadano estaba limitada por sus deberes y respaldada por los derechos que le confiere su propia condición y la del orden político a cuya construcción concurre.  

Pero, en las condiciones de un Estado nacional cuyas fronteras e instituciones entran en crisis -presionado tanto « desde arriba » por las entidades supranacionales e internacionales en un contexto de globalización, como « desde abajo » por los nuevos actores regionales y locales- la ciudadanía deja de ser una forma única y unívoca de « relación política » entre un individuo y una comunidad política, en la medida en que se manifiestan nuevas formas de relación y de adhesión entre ambas entidades.  Así, la ciudadanía parecería estar dejando de ser la forma principal como se expresa e institucionaliza la relación entre el individuo-ciudadano y el Estado o la nación, para dar paso a un proceso de retorno hacia ciertas identidades básicas, hacia otros universos simbólicos que permiten mejor hoy al sujeto disponer del sentimiento de pertenencia a una comunidad concreta, necesario para que ésta reciba su adhesión, lealtad y legitimidad.

En esta disolución de la ciudadanía política en la nebulosa de « otras ciudadanías » menos exigentes  y acaso más superficiales y sensitivas, el « ciudadano » deja de ser solamente un sujeto político  dotado de un estatuto jurídico determinado, para devenir también y sobre todo, « consumidor », « público objetivo » de estrategias comunicacionales y de marketing, adherente condicional y efímero de otras pertenencias. 

La condición ciudadana clásica había resultado demasiado exigente para los nuevos ciudadanos, quienes ahora buscan sentir y ofrecer adhesiones e integrar lealtades menos rigurosas, menos totalizadoras, que les permitan « estar con unos y otros » sin necesidad de sentirse inconsecuente o contradictorio consigo mismo y con su entorno social.   De paso, la conflictividad social y socio-política resulta conflictiva en sí misma dentro de esta nueva lógica, por cuanto el ciudadano se conformaría con reclamar su propia satisfacción, sus propios intereses y aspiraciones, postergando la dimensión social.

La toma de conciencia acerca de los derechos del ciudadano, lento proceso histórico que viene desde la época de la revolución francesa (1789) y la independencia americana (1776), ha venido a relativizar el valor de los deberes ciudadanos, en nombre de la primacía individual y colectiva de los derechos, de las libertades.   A los nuevos ciudadanos les agrada que les hablen de sus derechos y libertades, pero no desean oir sobre sus deberes y obligaciones sociales y políticas.
mercantilización de la política
Un tercer aspecto a considerar es el de la mercantilización formal y virtual de la escena política y de las prácticas políticas.  En efecto, los políticos dejan de ser políticos y gradualmente pasan a convertirse en productos. El espacio público deja de ser el ámbito privilegiado de debate ciudadano donde se discuten las agendas, para convertirse en el mercado real y virtual donde se ejecuta constantemente la compraventa de productos comunicacionales (imágenes, identidades corporativas, liderazgos, creencias soft, adhesiones, etc.).  La mercantilización de las  relaciones políticas y de la comunicación política  se acompaña de la mediatización de las prácticas y del discurso político.

Entonces, todo sucede como una secuencia  de « efectos de pantalla »: slogans e imágenes rápidas y, como las pertenencias ideológicas han  dejado de constreñir la conciencia individual del ciudadano-consumidor entonces puede elegir aquel liderazgo que mejor interpreta sus sentimientos, sus emociones, sus anhelos, sus aspiraciones y expectativas.

Hemos entrado a la « era de la política subjetiva », en la medida en que la época de la « política racional » parece estar concluyendo.  En este  contexto, los liderazgos deben responder a nuevas expectativas ciudadanas.  Hoy se parece tender hacia formas de liderazgos « situacionales »,  aquellos que dirigen en función del individuo y de la situación, de manera que una habilidad clave del líder debiera consistir en saber reconocer qué estilo utilizar según las diferentes circunstancias y desafíos.

Con la dilución de la « política de masas », propia de los dos siglos anteriores, entramos en la era del « ciudadano-consumidor » que ahora tiene la probabilidad de  relacionarse directa o virtualmente con los líderes y la clase política, sin necesidad de la « mediación » de otras instituciones del sistema representativo.  En la era del « ciudadano-consumidor » en curso, los liderazgos se configuran sobre la base de nuevas referencias en las que la representación política adquiere connotaciones distintas.  

Asistimos entonces a una personalización e individuación de las prácticas y  de las relaciones políticas, proceso que en sí mismo se multiplica ad-eternum… lo que favorece « la adopción de una concepción egocéntrica de  los problemas sociales en detrimento de una concepción social y además suscita apatía. » ( )

A su vez también cada hecho político se convierte en un evento, es decir, en un espectáculo organizado y planificado en función del impacto mediático que debe producir en los públicos-objetivos.

mediatización de la política y del discurso

La influencia de los medios de comunicación en la escena política es un tópico de larga data en las Ciencias Sociales del siglo XX y, en particular, hay una abundante literatura que relaciona críticamente la asociación entre marketing y política.  Desde los inicios del siglo XX, cuando la Escuela de Frankfurt subrayaba con pesimismo el desarrollo de la llamada “industria cultural”, las Ciencias Sociales contemporáneas, pasando por P. Bourdieu y su mordaz crítica a la “vacuidad creciente del discurso mediatizado”, o la metáfora de la “política como espectáculo” de Schwartzenberg y Guy Debord, o en el “Homo Videns” de Giovanni Sartori, donde afirma que “la televisión produce un efecto regresivo en la democracia”, la mayoría de las escuelas de pensamiento modernas analizaron bajo un prisma y un énfasis esencialmente negativo y crítico al binomio “marketing + política”.

Mas recientemente, a partir de algunas investigaciones de M. Scammell de la London School of Economics y otros investigadores, se re-argumenta la cuestión en el sentido que probablemente la relación entre “marketing y política” no sea tan negativa, simplista ni unívoca como ha sido analizada con anterioridad, en tanto en cuanto los usos intensivos de los medios y recursos audiovisuales, podrían servir como herramientas para volver a “re-encantar” a los ciudadanos desalentados de la participación política, y que en las formas personalizadas e individualistas de liderazgo y de práctica política, podrían potencialmente manifestarse nuevas modalidades, actitudes y conductas que permitirían un control ciudadano más efectivo sobre la clase política.

Desde esta perspectiva, la marketización de la política o más bien la politización del marketing, se orientaría a favorecer una relación más directa y cercana entre el líder y el ciudadano, por medio de los recursos de segmentación, informalización y focalización del discurso, con el propósito de  hacerlo más inteligible para los ciudadanos.

¿Y si lo que ocurre en realidad es que estos nuevos liderazgos políticos, aparentemente incomprensibles para los intelectuales y la clase política tradicional, están siendo el vehículo de expresión de segmentos ciudadanos despolitizados, desencantados, desocializados (y hasta desclasados!), que se sienten convocados en su universo simbólico por estas nuevas apelaciones a la movilización sectorial y grupal, por estas nuevas formas de creer en lo político?

Más que pretender ver solamente la mitad vacía del vaso de los partidos y liderazgos políticos tradicionales, probablemente habría que hacer un scanner sociológico y psico-social sobre esos públicos, que se sienten convocados por estas nuevas expresiones y formas de hacer política, lo que nos obligaría a comprender mejor la mitad llena del vaso de los públicos, las audiencias y los ciudadanos.

Lo que resulta evidente hoy es que la mediatización de la Política permite ahora el surgimiento de liderazgos más efímeros pero, a la vez, más persistentes dentro del cuerpo  social. Se ha escrito recientemente que « …la política suele asociarse con el espectáculo o un deporte… » ( ).  Esta  espectacularización del discurso y de la imagen política, va favoreciendo un gradual empobrecimiento de los términos de referencia del debate público y de la discusión política.   En efecto, la Política ha devenido una secuencia interminable de eventos.

Ante la ausencia o dilución de los « grandes relatos » explicativos, de las cosmovisiones referenciales o matriciales del pasado reciente, el discurso político en manos -o en boca- de los nuevos liderazgos que emergen, se « suaviza », se vuelve « soft », se superficializa, ya que lo que importa en la relación mediática entre el discurso del líder y los públicos-objetivos de los dispositivos comunicacionales, es la forma, la dimensión lúdica, el aspecto exterior, la sofisticación del decorado, la apariencia escénica, la presentación y la construcción de la imagen, la fuerza persuasiva de los recursos retóricos, más que la solidez o profundidad argumental de los contenidos. 

Segun esta lógica, mientras más habil, espontánea y persuasiva fuera la apariencia y la performance mediática del líder, más fácilmente estarían dadas las condiciones para que una apelación a los sentimientos, un recurso más o menos espontáneo a la emotividad del “individuo-ciudadano-consumidor”, produzca los resultados políticos buscados.   La “política-espectáculo” define y utiliza al ciudadano como espectador en un mercado pasivo, como un cliente expectante ante una “mercancía-política” o un “producto-candidato” bien preparado y adornado.  Todo es virtual, como el objeto ficticio que se crea en la mente del consumidor-ciudadano como resultado de la publicidad.

De acuerdo a esta perspectiva, los líderes políticos susceptibles de poder adquirir mayor « pregnance » o adhesión en la ciudadanía, serían aquellos cuya intuición y sentido práctico, se asocia con lo emocional y que, frente a la desconfianza ciudadana ante la racionalidad política,  aparecen revestidos de un estilo de mayor cercanía y capacidad de escucha con la gente.

Veamos el problema también no solo desde la perspectiva del “producto” que se les ofrece a los “ciudadanos-consumidores”, sino desde el punto de vista de estos propios individuos, de estos públicos. 

La cuestión no se reduce solamente al impacto –directo o retardado- de los “efectos de pantalla” ( ) que los dispositivos comunicacionales y de marketing político son capaces de desplegar para mantener, elevar, expandir y fortalecer la “imagen” del líder político actual; lo que importa analizar es que resulta cada vez más evidente que los públicos-objetivos prefieren esos efectos de pantalla, sofisticados, breves, de contenido en forma de slogan, que hacen referencia a los rasgos sensibles e incluso privados y domésticos del “líder” o del “candidato”, y no las viejas retóricas construidas mediante largos discursos, prolongados argumentos y programas políticos y de gobierno.

Y llevando la lógica del consumo hasta sus límites, será necesario reconocer que el ciudadano-consumidor, cada vez más consciente de sus derechos como consumidor, se siente cada vez más impulsado a exigir que la imagen del político se corresponda con la realidad del “producto-líder” que se le ofrece en el mercado de la Política.

En una sociedad que se mediatiza en todos los terrenos, el “espacio público” deja de ser la arena central y privilegiada del debate o el espacio de intercambio de discursos racionales (en la lógica de Habermas), para convertirse en un escenario fluido, simplista, veloz, donde se trata de capturar la imaginación y la subjetividad sensible de los votantes y los ciudadanos-consumidores, intentando recuperar las dimensiones emotivas del discurso y de las prácticas; y donde se diluyen las fronteras entre lo público y lo privado, entre lo elitista y lo popular. 

La comunicación política deviene entonces, un “complejo juego simplificado” de intersubjetividades que se encuentran y se comprenden mutuamente.  ( )

En este contexto socio-cultural emergente, necesariamente los nuevos liderazgos resultan potenciados por el hecho de que a estos nuevos  públicos, a estas nuevas audiencias les interesa menos el contenido de los programas políticos y se preocupan más de la integridad moral del candidato o del líder, de su coherencia y consecuencia de conductas, de su estilo de vida familiar  y de su cercanía con la cultura de los propios “electores-ciudadanos-consumidores”.  

No es que el “producto” tiene que ser inteligente o racionalmente eficaz; más bien tiene que ser atractivo, empático, afectuoso y afectivo, llano, cercano y alcanzable.

Esta tendencia resulta visible y evidente en las campañas electorales, aunque no solamente ocurre en ellas.  Escribe C. Crouch al respecto: “…aunque por supuesto las elecciones existan y pueden cambiar los gobiernos, el debate electoral público se limita a un espectáculo que está estrechamente controlado y gestionado por equipos rivales de profesionales expertos en técnicas de persuasión, y que se centra solamente en una pequeña gama de  cuestiones escogidas por estos equipos.  La mayor parte de los ciudadanos desempeña un papel pasivo e incluso apático y responde únicamente a las señales que se le lanzan.  Más allá de este espectáculo del juego electoral, la política se desarrolla entre bambalinas…” ( )

emocionalidad, subjetividad,
femeneidad y liderazgo

¿En qué medida la femeneidad, como condición de algunos líderes, « juega » en el juego mediático y en la escena política, como un factor coadyuvante de este nuevo estilo de liderazgo?  Probablemente porque los rasgos emocionales, cotidianizados, subjetivos y prácticos que se aluden en estos liderazgos, se corresponden también en gran parte con la psicología femenina o con la dimensión femenina o sensible de la psicología humana.

Los enfoques de la llamada “inteligencia emocional” ( ) ponen el acento en contraponer los rasgos masculinos y los rasgos femeninos del liderazgo.  Así, mientras el liderazgo masculino pondría el acento en un estilo operativo competitivo y racional, a través de estructuras organizacionales jerárquicas y mediante un control detallado, estrategias operativas, actitudes no emocionales y razonamientos analíticos, el liderazgo femenino tendría un estilo operativo de cooperación, a través de estructuras organizacionales de equipo, con actitudes intuitivo-racionales y mediante  un menor control, el manejo de la empatía y la cooperación.    Este enfoque no deja de ser interesante para examinar el problema que nos ocupa.

En efecto, los componentes principales de la inteligencia emocional han sido definidos como el auto-conocimiento emocional o conciencia de uno mismo; el autocontrol emocional o autorregulación; la automotivación, el reconocimiento de las emociones ajenas o empatía; el desarrollo y despliegue de las relaciones  inter-personales o habilidades sociales.  Es a estas dimensiones de la subjetividad a las que se dirigen las nuevas retóricas y, como se puede apreciar, la racionalidad aparece como diluida o desprovista de connotación relevante.  Por lo tanto, lo que define a los individuos en su relación con los nuevos líderes y lo que permite a éstos lograr la adhesión de sus públicos, es precisamente la transversalidad del discurso, la sensación de ser escuchado en un clima de empatía, la entonación emotiva, la apología de la vida privada, el manejo del slogan y de las emociones.
 
Un aspecto importante de la nueva fenomenología del liderazgo político, es la constante y creciente apelación a la subjetividad individual.  La  apelación a la subjetividad, el recurso a la dimensión emocional del individuo, forma parte ahora del arsenal de herramientas mediáticas dirigidas a  asegurar la eficacia del discurso, en la perspectiva de lograr la proximidad y la adhesión de los ciudadanos.  

Este llamado cotidiano y  cotidianizado al individuo y a sus condiciones reales, fácticas, permite que el ciudadano aludido, se sienta llamado a encontrar en el liderazgo  una oportunidad de cercanía y calidez, la sensación de que se escuchan sus demandas y sobre todo, de que su natural crítica “al sistema, a los políticos o al gobierno” encuentra un eco que puede  llegar hasta las esferas del poder.

Si la modernidad es el reino del individuo, el retorno al individuo sucede ahora de la mano de liderazgos  capaces de articular el carisma -en  el sentido clásico weberiano- con una refinada « performance mediática » y una capacidad de empatía y proximidad con la vida cotidiana y las realidades concretas de los ciudadanos.

En el modo de producción capitalista y globalizado de los nuevos liderazgos post-modernos, las fuerzas productivas de la comunicación-información-imagen despliegan sus recursos de marketing y sus dispositivos comunicacionales, creando un mercado virtual-material de intercambio de percepciones, opiniones, identidades y pertenencias, en el que las relaciones de producción tienen por finalidad cautivar el universo simbólico y la sensibilidad subjetiva de los individuos-consumidores-ciudadanos. 

Escribe Marx en el capítulo II “El proceso del intercambio” del volumen I de “El Capital”: “Su propia mercancía no tiene para él ningún valor de uso directo: caso contrario no la llevaría al mercado. Posee valor de uso para otros. Para él, sólo tiene directamente el valor de uso de ser portadora de valor de cambio y, de tal modo, medio de cambio. De ahí que quiera enajenarla por una  mercancía cuyo valor de uso lo satisfaga. Todas las mercancías son no-valores-de-uso para sus poseedores, valores de uso para sus no-poseedores. Por eso tienen todas que cambiar de dueño. Pero este cambio de dueños constituye su intercambio, y su intercambio las relaciona recíprocamente como valores y las realiza en cuanto tales. Las mercancías, pues, tienen primero que realizarse como valores antes que puedan realizarse como valores de uso.” ( ). 

Si asumimos que en el proceso de producción comunicacional del liderazgo al que aludimos aquí, la imagen es la mercancía que se intercambia, podremos parafrasear esta cita marxiana en todos sus sentidos.

Así, la propia mercancía-imagen no tiene para el político ningún valor de uso directo: caso contrario no la llevaría al mercado de la política. Posee valor de uso para otros, es decir, para los públicos de ciudadanos-consumidores. Para el político o el líder, la imagen sólo tiene directamente el valor de uso de ser portadora de valor de cambio y, de tal modo, medio de cambio: “yo te vendo mi imagen y tu me das el poder…” De ahí que quiera enajenarla por una  mercancía cuyo valor de uso lo satisfaga, es decir, el poder. Todas las mercancías-imagen son no-valores-de-uso para sus poseedores, valores de uso para sus no-poseedores. Por eso tienen todas que cambiar de dueño. Pero este cambio de dueños constituye su intercambio, y su intercambio las relaciona recíprocamente como valores y las realiza en cuanto tales. Las mercancías-imagen, pues, tienen primero que realizarse como valores antes que puedan realizarse como valores de uso por los ciudadanos electores.

En efecto, el valor de cambio de este complejo proceso cultural y político es la adhesión que otorgan los ciudadanos-consumidores y la imagen del líder es, a la vez, el capital político más cotizado, la mercancía sometida a precio más elevado y que se adquiere en un mercado altamente competitivo, imprevisible y cambiante.   Y la plusvalía final que resulta del manejo e intercambio de estos medios de producción mediático-corporativos es, en definitiva y como siempre, el poder.
referencias bibliográficas
y documentales

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Crouch, C.: Post-Democracia. México, 2004.  Ed. Taurus.

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Lefort, C.: Essais sur le politique.  Paris, 1986.  Ed. du Seuil.

Lijphart, A.: Las democracias contemporáneas.  Barcelona, 1987.  Ed. Ariel.

Marx, K.: El Capital. Tres vols. México, 1989.  Fondo de Cultura Económica.

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Veron, E.: Marketing y Política.  B. Aires, 2002. Eudeba.


 

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